Síntomas del capital

¿Inconsciente capitalista?

Existe una tendencia notable en la que el capital no se presenta como lo que es, sino que, más bien, se expresa y toma sentido a través de síntomas: ya sea como personificaciones, como sentido común, como mercancías, como discursos académicos o como una pandemia[1]. Sería inútil que el capital se expresara como lo que es fuera de su terreno: un sistema opresor, mortífero, injusto, desigual, patriarcal, colonial, inhumano, racista, clasista, homicida y feminicida, obsesionado con la ganancia. Si esto fuera así, es decir, si el capital se presentara ante nosotros como tal, probablemente estaríamos librados de él desde hace mucho tiempo. Pero es justamente su carácter sintomático, esto es, su despliegue, retorno, transmutación, desplazamiento o condensación en otras formas, lo que impide su superación, renovándose de manera incansable.

En efecto, el capital permanece oculto, es algo intangible. En otras palabras, permanece inconsciente para nosotros, sin embargo, no por ello deja de tener efectos en “nuestras” vidas[2]: en “nuestro” ser, en lo que compramos o en la universidad. Son los síntomas los que nos dan la clave para entender el funcionamiento de lo que subyace a estos, a saber, como mencionamos anteriormente, el capital. No debería impresionarnos lo anterior: Marx lo anticipó hace casi dos siglos[3]. Podremos aventurarnos diciendo que existe un inconsciente capitalista, mismo que fue descubierto por Marx. Siguiendo a Páramo Ortega[4] y Pavón-Cuéllar[5], podemos identificar tres características básicas de dicho inconsciente:

  1. Su núcleo básico es la maximización de la ganancia, su pulsión es la producción de la plusvalía[6], una pulsión de acrecentamiento y acumulación[7], incluyendo a su vez, el origen de la valorización del valor, a saber, la explotación de unos por los otros, del proletariado por los capitalistas.
  2. Puesto que su núcleo es la producción de plusvalía, no le interesa la cualidad, sino la cantidad.
  3. Es un inconsciente idealista, producto de la división mental y física del trabajo, en donde el primero domina al segundo. De ahí que se considere al cerebro como motor de toda realidad exterior[8].

Es el inconsciente capitalista el que domina la vida del obrero, del académico, e incluso, del capitalista más acaudalado. Nadie nos salvamos. Devenimos, de alguna manera, síntomas del capital: ya sea expresando el núcleo básico del capital, o reproduciendo el idealismo burgués, o reduciéndonos a puros número, o tal vez las tres cosas al mismo tiempo.

Si Freud nos ofrece las coordenadas para explicar lo inconsciente “personal-individual” (nótese el entrecomillado puesto que no hay algo propiamente individual), Marx nos ofrece las coordenadas para entender el inconsciente capitalista. Nos limitaremos esta ocasión a tratar de analizar dos síntomas: la mercancía y al capitalista.

Mercancías y capitalistas como síntomas

Mercancías

Tal como lo descubrió Freud, el inconsciente se manifiesta en la vida cotidiana[9], ya sea en las equivocaciones orales o en el olvido. Sin embargo, habremos de admitir también que el inconsciente capitalista descubierto por Marx no solamente se manifiesta en los actos fallidos, sino que también se expresa en los actos cotidianos de la vida. La vida cotidiana no solamente incluye toda actividad práctica humana, sea trabajo o lenguaje, sino también los aparatos utilizados para llevar a cabo tal actividad, a saber, cualquier dispositivo móvil, medio de transporte, accesorio o herramientas específicas, aquellos que, por sus características, es decir, como valores de uso y de cambio, podemos denominar mercancías[10].

Nuestra vida cotidiana en el modo de producción capitalista se encuentra rodeada de mercancías. Cuando tenemos una mercancía con nosotros, lo que realmente tenemos es el trabajo humano invertido en ella[11], sin embargo, no lo sabemos[12]. En efecto, además de que la mercancía se presenta como fetiche encubriendo el carácter social del trabajo humano, también se nos presenta como una formación sintomática de lo que hemos descrito párrafos arriba, es decir, se presenta como síntoma del capital. Veamos más a detalle lo anterior.

Una mercancía, de manera general, es la objetivación del trabajo humano. Sin embargo, bajo el yugo del capitalismo, el trabajo humano no es lo que parece a simple vista, esto es, no es únicamente actividad práctica del ser ni la exteriorización del mismo; es, por el contrario, trabajo enajenado[13], trabajo que no le pertenece al obrero, y por ende, tampoco la mercancía producida por él/ella. Queda así el obrero reducido a pura fuerza física de trabajo, traducida en la cantidad de tiempo en que esta puede ser empleada por su comprador para beneficio propio. Sin entrar en demasiados detalles, puesto que rebasaría ampliamente nuestros objetivos, agregaremos que desde el momento en que se compra la fuerza física de trabajo, el capitalista sabe lo que tal fuerza puede rendir[14] más allá de lo necesario para “reponerse”. Es precisamente en esta extensión del tiempo de trabajo, es decir, más allá del que sirve al obrero para reproducirse diariamente, lo que le generará la plusvalía al capitalista. Creará así un plusproducto con el plustrabajo, en donde el primero le traerá ganancias al capitalista, y el segundo le ocasionará miseria al trabajador, o como diría Marx: “el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el trabajador”[15].

Han aparecido las características del capital en el síntoma mercancía. En primer lugar, la mercancía lleva desde su origen la intención de maximizar la ganancia. Desde el momento en que el capitalista desembolsa su dinero para comprar medios de producción y fuerza de trabajo que crearán el producto nuevo, “es ya capital por su propio destino”[16], tiene la intención, por tanto, de acrecentarse; la mercancía es solo un medio para la riqueza. Sucede, a su vez, que la mercancía esconde la explotación del obrero por el capitalista, por el mismo capital, explotación que crece en la medida en que se extiende la jornada de trabajo y se le hace producir más. En segundo lugar, puesto que la mercancía interesa porque reporta ganancias, lo que importa es siempre su valor de cambio y nunca su valor de uso. Sucede lo mismo con el trabajo del obrero: lo que importa no es su trabajo concreto, la forma útil en la que pueda expresarse, sino tan solo la inversión (cantidad) de su fuerza de trabajo, la forma abstracta del mismo[17]. Al capitalista no le interesa para qué pueda ser usada la mercancía que producen sus trabajadores, sino cuánto ($) va a ingresar a su billetera. En tercer lugar, el idealismo queda expresado en la mercancía por la relación de explotación antes descrita: son solo aquellos los que poseen el capital anticipado, aquellos que tienen los medios de producción y la capacidad de comprar la fuerza de trabajo los que hacen abstracción del trabajo manual; por eso siempre “andan de cabeza”.

De manera general, podemos decir que toda mercancía que tenemos en este momento a nuestra disposición, es un síntoma del capital. En ella no vemos ni la plusvalía, ni la explotación del obrero, ni el idealismo del capitalista, tampoco nos interesa qué hizo con nuestro dinero su vendedor (lo más seguro es que lo reinvirtió para generar más dinero). Todos estos elementos anteriores, propios del capital, retornan en forma de una “simple” mercancía. Estamos conviviendo con el capital sin darnos cuenta. Al disfrutar nuestras mercancías, no somos realmente nosotros los que las disfrutamos, sino, más bien, es el capital el que disfruta de nosotros, el que ríe al vernos usar continuamente lo que fue producto de una explotación. Diremos pues, que la mercancía se convierte en el síntoma perfecto porque de ella no se sospecha nada; ella misma condensa la esencia del capital, el acrecentamiento y la explotación. Las personas no disfrutan de sus lujosos iPhone, tampoco disfrutamos de las compras innecesarias que hacemos por Amazon. Por el contrario, es Tim Cook (Apple) riéndose de nosotros al saber que nos vendió un teléfono en más del 100% de su costo real, o Jeff Bezos (Amazon) al ver cómo compramos compulsivamente mercancías mientras explota a sus trabajadores. Se ríen precisamente porque su truco funcionó. El capital no se presentó como lo que es, sino como síntoma, como mercancía. No importa su forma ni su uso, ni quién la creó; lo único que importa es que el capital se pudo expresar, pudo salir a la superficie sin que sospecháramos de él.

Capitalistas

Pero si Tim Cook o Jeff Bezos se rieron de nosotros, es simplemente porque ellos también son un medio del capital para expresarse. Los estafadores fueron estafados. Ni siquiera ellos actúan con total independencia. No fueron ellos los que se rieron, sino el capital que se encarna y cobra vida gracias a ellos. Todo capitalista es solo “capital personificado”[18], su alma “es el alma del capital”[19] puesto que “su único motivo propulsor”[20] es la apropiación, el acrecentamiento de plusvalía. Marx nos deja la clave al decir que el capital se dota de conciencia a través del capitalista[21], y decimos que es la clave porque es lo que intentamos exponer aquí: la conciencia del capitalista le pertenece al capital, por eso Freud nos recuerda que la conciencia es tan solo un síntoma, y que si queremos, por ejemplo, saber la verdad del capitalista, debemos emanciparnos de tal síntoma[22]. El capitalista, además, se abstrae del trabajo pesado, piensa que el mundo se crea desde las órdenes que emanan de su cabeza, de esa conciencia que es solo una conciencia que personifica otra cosa.

El capital retorna en forma de cuerpo humano: tiene cara para sonreír y burlarse de nosotros, cerebro para determinar sus operaciones, manos para contar su jugoso dinero, órganos sexuales para dejar pequeñas crías que seguirán su legado. Dejaré que Pavón-Cuéllar[23] nos acompañe en esta explicación, por tanto, me permito citarlo ampliamente:

“Cerebro, neuronas y fibras nerviosas son requeridas por el capital para adquirir su psique característica, ambiciosa y despiadada. Sin embargo, una vez adquirida, esta no es más la psique de la persona que posee capital, sino que es el capital el que posee, como un demonio, a la persona que le ha vendido su alma”. (Cursivas mías)

Su persona queda reducida, además, en puras cantidades. Es porque tiene. ¡Hasta son números en las listas de Forbes! ¡Qué risa! Ya no los conocen ni siquiera por su nombre, sino por el número de posición en que se encuentran en la lista de los más ricos. Bezos es el #1, lo que quiere decir que está por encima de n personas (números). El ser del capitalista se divide entre su fortuna calculada en acciones, en el número de propiedades en donde reside y vacaciona, el número de fundaciones a las que “apoya” con su sonrisa cínica, la cantidad de trabajadores que le producen, el número de hijos entre los cuales repartirá su fortuna. La cantidad de su fortuna, acumulada gracias a la explotación, “es cada vez más su única propiedad importante”[24] dado que su “desmesura y el exceso, es su verdadera medida”[25]. Una vez que el capitalista muera, el capital quedará vivo únicamente porque el mismo capitalista ha preparado a sus pequeños para que continúen su legado. El capital siempre resucitará de entre los muertos.

A pesar de que Páramo Ortega[26] haya acertado al diagnosticar a los capitalistas con la “psicopatología de la avaricia”, en el capitalismo esta condición es considerada normal, a lo que todo mundo aspira. De ahí que no aparezca en nuestro gracioso Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales (o como sea que se llame). La psicopatología que sufre el capitalista es su condición normal. Pero, al igual que la mercancía, su personificación, su estado psicopatológico, es otro síntoma clave del capital. Su verdad son las lógicas del capital, es el capital mismo. Su cuerpo es la extensión de aquello que los economistas burgueses criticados por Marx escribieron en sus libros.

Al igual que como vimos en la mercancía, el capital quedó expresado en el capitalista: su tendencia a enriquecerse, su idealismo puesto que se abstrae del trabajo manual sólo dando órdenes con su cabeza, y su reducción a ser cuantitativo.

Comentarios finales: otros síntomas

Lo inconsciente retorna de muchas maneras; lo mismo el capital. Hemos equiparado el capital con el descubrimiento freudiano, pudiendo unirlo de manera provisoria y aventurada (“inconsciente capitalista”). Damos el crédito principalmente a Marx por descubrir tal inconsciente, y a los autores que hemos citado por el momento por contribuir a la descripción del mismo. Sabemos que no son los únicos y con una investigación más profunda con otras/os autores, podríamos enriquecer lo discutido. A quienes hemos omitido por ahora, les damos crédito por contribuir a la crítica.

Hemos identificado, quizás, los dos síntomas perfectos del capital: mercancía y capitalista. Es en ellos en donde cobra vida para poder expresarse. Sin embargo, no por ser los perfectos quiere decir que sean los únicos. Como adelantamos al principio, el capital, como categoría inconsciente, mantiene efectos en los lugares menos esperados. Un ejemplo de ello lo encontramos en la psicología. La psicología se nos presenta como un síntoma del capital puesto que cumple con las condiciones (lógicas) del capital. Podríamos argumentar que su lógica de acrecentamiento estriba en la reproducción de sus teorías fuera del lugar académico, su plusvalía es su psicologización: producen teorías no para entender, explicar o transformar al mundo, sino por pura soberbia, por avaricia teórica. Lo cuantitativo del capital se expresa en la reducción de los sujetos a puros números en cuestionarios, tests, encuestas, cantidad de criterios diagnósticos, sus evaluaciones cuantitativas de grado como determinantes de su calidad académica (CENEVAL en México), las calificaciones en los exámenes, la persecución de los estímulos académicos por parte de los docentes descuidando la calidad educativa, el cuidado del puesto administrativo para no perder su dinero, la publicación de papers irrelevantes, con poca calidad, en exceso. Su idealismo es más evidente: un psiquismo escindido de sus condiciones reales de existencia, emociones entendidas como propias del sujeto, lenguaje entendido como una mera función cognitiva, su pretendida materialidad basada en las neurociencias que termina diciendo nada del sujeto, entre otras.

Los síntomas del capital los tenemos a la orden del día. La única forma de enfrentarnos a ellos es descubriendo su verdad y al mismo tiempo aceptando que existen estas formaciones del capital (síntomas) que nos dominan. Mientras esto no suceda, mientras no aceptemos los síntomas como son, es decir, como velos encubridores de lo real, el capital vivirá. No somos los que viviremos, sino que será el capital el que lo haga a través y a costa de nosotros.

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, El coronavirus como síntoma del capitalismo, David Pavón-Cuéllar http://oktubre.cl/2020/04/06/el-coronavirus-como-sintoma-del-capitalismo/

2 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), En El malestar de la cultura y otros ensayos, Madrid, Alianza, 2010.

3 Karl Marx, El Capital I. Crítica de la economía política (1867), México, Fondo de Cultura Económica, 2014.

4 Raúl Páramo Ortega, “Dinero y Adicción. Patología social como subproducto cultural del capitalismo”, en El psicoanálisis y lo social, Valencia-Guadalajara, Universidad de Valencia-Universidad de Guadalajara, 2006.

5 David Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies” en Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology?, Londres, Routledge, 2017.

6 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 256

7 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op. cit. pp. 16-18

8 Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), México, Colofón, 2008, p. 176

9 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Madrid, Alianza, 2011.

10 Marx, El Capital I…, op. cit., pp. 41-42

11 ibid., pp. 44, 72-73

12 ibid., p. 74

13 Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Alianza, 2013.

14 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. pp. 175-176

15 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit. p. 137

16 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. p. 135

17 ibid., p. 44

18 ibid., pp. 141, 208

19 ibid., p. 208

20 ibid., p. 141

21 ibid.

22 Freud, “Lo inconsciente” (1915), op. cit., p. 274

23 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op cit., p. 18

24 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit., p. 190

25 ibid.

26 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 254