Mundo Psicologizado

Advierto a mis lectores que este es un texto “distinto” en cuanto a formato. No tuve ganas de citar esta vez porque mucho de aquí, se ha dicho en anteriores ensayos con sus respectivas citas, lo que claramente indica que aquí no se expone nada nuevo; pero como dice Freud: “Nada nuevo habremos de decir [aquí]; tampoco evitaremos repetir lo ya expuesto en otros lugares”. Por tanto, esto no me impide, claro está, que retome las ideas de quienes han ejercido gran influencia en mis palabras.

Imperio psicológico

Es un hecho que todos y todas conocemos algo de psicología. Sabemos, hasta cierto punto, de qué trata la psicología, incluso, forma parte de nuestro día a día. Nuestra normalidad se ha convertido en normalidad psicológica. Pero es esta normalidad lo que me preocupa y debería preocuparnos. No es raro, entonces, que mientras caminemos, nos encontremos demasiadas personas expresándose en clave psicológica: “¡Me siento estresado!” dice el oficinista; “¡Este día está para deprimirse!” exclama el adolescente después de hacer tareas escolares; “¡Tenemos que ser resilientes!” dicen papá y mamá ante una crisis económica. Es como si la psicología estuviera por todos lados, como si nos acompañara hasta cuando no queremos compañía. Esta es mi preocupación: la psicología está dominando nuestras vidas.

A este dominio ejercido por la psicología se le conoce como psicologización. A simple vista, no parece tener ningún efecto, incluso, parece inofensivo. Sin embargo, como veremos más adelante, esta psicologización de la vida tiene grandes consecuencias en nuestro ser y hacer. La psicología ejerce un efecto imperialista al abarcar zonas que parecían inabarcables por ella. Y cuando hablo de psicología, por supuesto, me estoy refiriendo también a los psicólogos. Somos los psicólogos los que contribuimos a esta psicologización. Sin embargo, y recurriendo a la fórmula marxista, no lo sabemos, pero lo hacemos.

Veremos, además, que esta psicologización no surge de la nada. Es decir, la psicología es simplemente un velo que encubre otra cosa, que mantiene parcialmente oculto algo que, por su misma “naturaleza” y constitución, es preciso ocultar. Esto oculto, sin embargo, es lo que atraviesa y sostiene a la psicología: la constituye y le marca el camino que ha de recorrer. En otras palabras, la psicología se convierte así en un síntoma de la verdadera enfermedad.

Psicologización de la vida

El psicólogo crítico en Bélgica, Jan De Vos, cuyos aportes son imprescindibles para una crítica a la psicología, nos ha advertido ya que todos somos, prácticamente, psicólogos en potencia. En otras palabras, todos nos estamos convirtiendo en psicólogos(as) sin haber pisado un aula o una facultad de psicología. Se nos está enseñando a reconocernos a través de la psicología; es como si usáramos unos anteojos graduados por la psicología para ver y formar nuestras vidas alrededor de lo psicológico.

Como lo mencioné líneas más arriba, no es raro escuchar a personas que se expresen con los términos utilizados por los psicólogos: “trastorno”, “depresión”, “border”, “resiliencia”. Hay un sinfín de palabras originadas en la psicología que tienen bastantes efectos en nuestras vidas; veamos esto más de cerca. Al reconocernos a través de lo psicológico, al hablar y adoptar los términos de los psicólogos, dejamos de ser lo que somos; dejamos de ser uno con los otros para pasar a ser un “yo”, un “yo psicológico”, individual, autónomo, con libertad. Si queremos ser más radicales, podemos decir que nuestro ser, nuestra persona, ya no nos pertenece realmente, sino que le pertenece al saber de la psicología. Nos encontramos en una enajenación completa. Nos convertimos en extraños en nuestro reconocimiento a través de la psicología. Sin embargo, como habré de reflexionar más adelante, no es que nuestro ser social (puesto que todos somos seres sociales desde nuestro nacimiento) y lo propiamente social, es decir, la vida misma, se extingan, sino más bien, quedan difuminados. Queda, como ya habíamos adelantado, oculto tras el velo de la psicología.

Decíamos: la psicologización no surge de la nada. También habíamos dicho que hay algo que atraviesa a la psicología de extremo a extremo. Y si hay algo que atraviesa y sostiene a la psicología, es porque eso es más poderoso que aquella. Esto que sostiene a la psicología es el capitalismo. Veremos más detallado lo anterior.

Capitalismo y su psicología

No es que la psicología funcione de manera autónoma. Ni ella misma es lo que nos promete, esto es, libre. La psicología cumple dos funciones contradictorias: ser parte del engranaje que echa a andar la máquina capitalista y, por otra parte, ocultar esta misma función y a la máquina misma. El filósofo mexicano y marxista David Pavón-Cuéllar ya había adelantado esto: la psicología cumple funciones específicas para que el sistema no caiga, para que se mantenga estable y funcional.

Como sabemos, el capitalismo pinta todo de rosa, pero en realidad, no es más que un sistema deshumanizador que todo lo traduce en valor de cambio, en ganancia, todo tiene que generar un excedente a costa de esta deshumanización, de esta enajenación de la vida al ser explotados (eso que Marx llamó “plusvalía” y que es tan vigente como hace casi dos siglos). Y es que, precisamente esto queda oculto por la psicología: al reconocernos como sujetos psicológicos y no como lo que somos realmente, a saber, explotados, la clase explotada, el capitalismo puede seguir produciendo riqueza a través de un movimiento infinito e incansable de explotación. Este movimiento tiene que preservarse para que los bolsillos sigan llenándose. Es por esto que el capitalismo tiene que recurrir a sus mejores herramientas para asegurar su existencia, para perpetuarse y perpetuar la ganancia.

La psicología, entonces, es la herramienta perfecta para el capital. Lo es, como hemos repetido, porque nos hace ver lo que está permitido ver. Nos hace ser lo que está permitido ser. Desde el momento en que nos nombramos “depresivos”, “estresados” o “ansiosos”, difuminamos la realidad misma, a saber, la realidad que explota y genera ganancias para unos cuantos. Es más fácil y conveniente para las fábricas o cualquier otro lugar de trabajo, que sus trabajadores enfermen de “depresión” o “ansiedad”, porque así pueden recurrir a todo el tratamiento psicológico para aliviar el malestar. Como dijimos al principio: el problema está en que lo psicológico es solo un síntoma, la enfermedad es el capital, es el vampiro que nos arrebata la vida día tras día.

Al psicologizarnos, al dejarnos psicologizar, le estamos dando un territorio más al capital para que sea explotado. Digámoslo claro: al psicologizarnos nos convertimos en ignorantes, en toda la extensión de la palabra. Lo somos porque nos importa un carajo lo que le pase al vecino, al campesino explotado, al oficinista estresado. No nos importan porque solo nos importamos nosotros mismos en nuestra (supuesta) individualidad. No hay sentido de comunidad, no hay solidaridad verdadera puesto que siempre está de por medio la ganancia, el beneficio. Si el capital es una cosa muerta que vive gracias a nosotros, no esperemos que de la psicología emanen fuerzas vitales. El capital es psicología, y la psicología es capital. Nuestra autonomía es nuestra desdicha; nuestro yo es pura ficción. Nuestro mundo psicologizado no es nuestro mundo, es del capital.

Marx y Freud ante la psicologización

No hay salida de la psicologización por la misma psicología. Tenemos que buscar en otro lado. La salida es por otro lado, aunque a veces no la podamos reconocer: Marx y Freud. Por un lado, Marx nos otorga la llave para salir del capitalismo. Hace poco tuve la oportunidad de leer un comentario de un usuario en Facebook que versaba más o menos así (no recuerdo muy bien): “la genialidad de Marx no encaja en el cerebro de los vulgares”. Una frase muy cruda, pero cuánta verdad contiene. En efecto, las ideas marxianas y marxistas abren la posibilidad de otro mundo, y al referirme a sus ideas en general, hablo también de esas ideas “psicológicas” y no solo de la crítica al capital. Es por eso que Marx resulta tan peligroso, porque su legado no está limitado a lo “económico”. No entraremos a detalles a sus ideas puesto que en este espacio se han expuesto en compañía con otros marxistas.

Freud, por su parte, ofrece una salida más “rápida” y visible de la psicología. Al dar cuenta de lo inconsciente, queda destruido el sujeto psicológico, el yo psicológico, supuestamente autónomo e individual. Ya no es el sujeto psicológico consciente el que habla y el centro de nuestra atención, sino todo aquello que había desaparecido al concebirlo como individuo autónomo. Solo a través de Freud podemos saltarnos la represión impuesta por el capitalismo.

Me parece bastante irrisorio los que han dicho que Marx y Freud están superados. Irrisorio porque, sin meternos a sus detractores reales, hay quienes están constantemente “revisándolos” para tratar de anexarlos a sus filas, “digiriéndolos” para que no les caiga de peso. Es más, hay quienes han tomado sus ideas sin darles un gramo de crédito. Hasta los más posmodernos han tomado aportes de Marx, incluso de Freud. No hay crítica sin hacer paradas en Marx y Freud. Como ya lo había dicho en el artículo anterior aunque refiriéndome específicamente a Marx, es como si estos revisionistas se administraran unas buenas dosis de ideología para protegerse contra cualquier peligro.

La única oportunidad para derribar el imperio del capital y su psicología es a través del bombardeo marxista y freudiano. Así sin más.

Comentarios finales

Nunca me ha gustado dar una conclusión. Es más, siento que durante todos mis textos voy concluyendo desde el principio. Y es que la conclusión será siempre deshacernos de la psicología a como dé lugar. La conclusión será siempre oponernos al capitalismo. Concluiré siempre diciendo que necesitamos crítica: crítica en nuestras aulas y crítica en las calles, no importa qué forma tome esta. La necesitamos. No habrá nunca una conclusión; no hemos terminado.

¿Marxista en psicología? Imposible.

Muy probablemente el lector o la lectora que se ha detenido aunque sea una vez por este espacio a leerme se haya sorprendido al leer el título de este escrito. Elegí este título no porque esté en contra de Marx y el marxismo, al contrario: todas mis opiniones que vierto en este blog están posicionadas desde Marx y la crítica a la psicología y sus respectivos autores que cito constantemente en cada uno de mis ensayos. Decidí escribir el título así porque es la psicología misma la que no acepta a Marx, la que no deja que el marxismo tenga lugar en nuestros salones y en las teorías de disciplina, incluso hasta podemos decir que son incompatibles. “¿Por qué?” se podrá preguntar quien lee. La pregunta puede ser resumida, respondida sencillamente y sin mayor rodeo: una juega al servicio del capital y otro critica al capital (probablemente aquí podría terminar el escrito sin más).

Aquí el lector o la lectora no va a encontrar un escrito adulando a la psicología, mucho menos festejándole todo lo que sabe hacer en las especialidades que ofrece en cada plan de estudios. Para eso existen los miles de sitios web de temática psicológica que pretender “guiar” a los sujetos en su vida y aliviar momentáneamente su malestar y decir que “todo va a estar bien”, que solo es cuestión de “cambiar tu mentalidad”. Lamento decepcionar a las personas que esperaban que me retractara de todo lo que he escrito (lo mucho o lo poco) aquí en el blog. Pretendo, por el contrario, dar tres breves razones por las que considero que la psicología no nos permite ser marxistas en su dispositivo, repasando algunas enseñanzas que nos han dejado algunos críticos de la disciplina y desde el mismo Marx.

Lo anterior no quiere decir que sean las únicas tres razones que existen por las que la psicología se nos presenta como un bastión que protege al capital y lo trata de esconder del misil marxista, o que sean las únicas razones que dejan ver la incompatibilidad entre la psicología y el marxismo, no solamente incompatibilidad teórica, sino ética-política. Invitaría a quien esté leyendo a acercarse a aportes como los de Marx, Pavón-Cuéllar, Parker, Braunstein, De Vos… en fin, autores que han marcado la línea argumentativa de estos escritos. De igual forma, este escrito podría ser complementario al último que publiqué.

Razones por las que no podemos ser marxistas en psicología

Primero quisiera adelantarme a la conclusión y decir que para ser marxistas deberíamos apuntar a deshacernos de la “maldita psicología” en palabras de Pavón-Cuéllar[1]. No podemos ser marxistas y tratar con las injusticias sociales y el sometimiento individual de los sujetos, si partimos desde la psicología yendo siempre bajo su sombra ideológica, siguiendo su camino trazado y apoyando a que el vampiro del capital se siga alimentando y reviva una y otra vez, como nos recuerda Marx[2]. Aquí presento unas razones, específicamente tres para responder a la pregunta de la que surge mi idea para el título: ¿por qué no podemos ser marxistas en psicología? Abro también la discusión para que el lector(a) agregue sus razones y completar este escrito.

Razón 1. El absurdo idealismo de la psicología

La psicología nos enseña que no podemos ser marxistas en y con ella porque esta es profundamente idealista. No podemos ser marxistas con un idealismo bien definido en todo lo que la psicología hace. Su partir celestial, como nos dicen Marx y Engels[3]: partir del cielo hacia la tierra, nos ubica únicamente en el espacio ideológico de la vida. No quiero decir con esto que no sirva lo que pensamos, más bien es que en la psicología somos reducidos a eso, a lo que pensamos: la cognición, nuestras ideas en general, nuestras emociones, todo esto que aparenta estar en nuestra cabeza únicamente, se absolutiza en todos los sentidos. No podemos ser marxistas cuando el centro de todo análisis parte de la cabeza del sujeto e ignorando todo lo demás, la materia que precede incluso al pensamiento y al ser humano mismo.

Digo “absurdo” porque el idealismo de la psicología, ese idealismo burgués, esa abstracción de la realidad, está presente en toda nuestra psicología. Ya ni siquiera se esfuerzan por disimularlo (si es que en algún momento lo hicieron). Basta pensar tan solo en eso que la psicología estudia, y no es que nos importe en este momento recordar qué es lo que estudia (si es que esta realmente sabe a lo que se dedica, como bien se lo reprocha Canguilhem[4] y Braunstein[5]), más bien la pregunta que deberíamos formularnos no es solo “¿qué estudia la psicología?”, sino “¿por qué la psicología “estudia” lo que dice estudiar?. Los mismos objetos que rondan en su aparente cientificidad (el alma, la consciencia, la mente, etc.) precisamente nos llevan a centrarnos en la aparente autonomía de los sujetos; unos sujetos llenos de libertad que construyen (con sus ideas) la realidad. La psicología con su idealismo conduce a un obsesivo individualismo como bien nos señala Ian Parker[6] (premisa recordada aquí múltiples veces). Podemos hacernos una pregunta al respecto antes de continuar: ¿por qué no habrá una discontinuidad epistemológica, o más bien, por qué la psicología no apuesta por la ruptura epistemológica (como nos recuerda Althusser) con esos objetos pre-científicos para realmente constituirse como ciencia? Esto es claro y lo veremos más adelante.

Aun cuando se intenta descubrir las bases materiales de la “mente, consciencia, etc., etc., es decir, todos los aportes que la psicología se roba de la neurología y que psicologiza para intentar justificar su estatuto científico, aun con eso, no se puede explicar la constitución de los sujetos con axones y los somas de las neuronas, las conexiones sinápticas, las funciones o alteraciones del área de Broca o Wernicke, la funcionalidad de la corteza prefrontal o el sistema límbico. No quiero decir tampoco con esto que no son importantes, ni tampoco vamos a negar los avances de la neurología. La crítica más bien se dirige a la cuestión de que la psicología necesita de otras ciencias para justificar su idealismo burgués y la explicación de este con una base “material”. De cualquier manera, si me estoy equivocando con esto, ¿no se regresaría al mismo lugar del que parte la psicología? ¿en dónde está el cerebro?

Si nuestra intención es, como marxistas y como bien se señala Marx en la tesis XI[7], transformar el mundo, no podemos hacerlo “transformando” a los sujetos únicamente; vamos, no podemos transformar el mundo interpretando lo que está en su cabeza o lo que sucede en la cabeza de los que hoy dominan el mundo en todos sus rincones, ni explicando la dominación capitalista a través del coeficiente intelectual de los empresarios con los factores del WAIS, ni explicando la pobreza con el coeficiente extraído del WISC (o inserte usted cualquier otra prueba psicométrica, instrumento “estandarizado”, etc.). Quizá tal vez con esto se responda la pregunta de por qué no existe una discontinuidad epistemológica en nuestra disciplina: se deben erguir como ciencia de la mente, pero esta mente que estudian, es solo la mente de los que dominan como bien señala Pavón-Cuéllar[8]. La psicología no va a cambiar su base idealista. Esta base es burguesa en toda su extensión y sostiene toda la superestructura psicológica. Llamarnos entonces “psicólogos/as marxistas” sería entonces, no solo contradictorio, sino implícitamente antimarxista. Yo lo que aquí propongo, y siguiendo a los autores que mencioné al principio del escrito, es ser marxistas críticos de la psicología, o si queremos reducirlo por comodidad, ser “psicólogos críticos” (tomando en cuenta la definición de “psicología crítica” expuesta y explicada por Pavón-Cuéllar[9]) con una postura o perspectiva marxista, o partir de otra postura que no sea idealista; optar por intersecciones como las del marxismo con el psicoanálisis.

Razón 2. La despolitización política de la psicología

Horkheimer nos dice que la ciencia no es inmanente al científico, o sea, ninguna ciencia es “suprasocial” ni emana espontáneamente del sujeto que se dice a sí mismo científico: toda ciencia tiene una estrecha relación con sus condiciones reales en las que se produce[10]. Es más, no es que tenga “relación” en el que se pone en un lado a la ciencia y por otro lado a las condiciones reales: más bien la ciencia se encuentra dentro de estas condiciones reales de existencia y al revés, estas se encuentran en cualquier ciencia. Contrario a esto, llega la psicología a ignorar cualquier condición real, y como ya vimos, construye todo su saber en el discurso del idealismo y no conformes con eso, los y las profesionistas de la psicología se escinden (o al menos eso creen) de la realidad. Actúan con “objetividad” en todo lo que hacen. Son objetivos con los contenidos que enseñan en clase, son objetivos en el consultorio, son objetivos en las “intervenciones” sociales (el hecho de ser “interventor” en vez de involucrarse ya dice mucho por sí mismo), son objetivos a la hora de hacer “ciencia” y publicar sus múltiples investigaciones acumulando conocimiento. Aquí comienzan los problemas para nosotros del lado del marxismo.

El “simple” hecho de que el psicólogo se llame a sí mismo objetivo o neutral en su quehacer representa ya un impedimento que contesta a la pregunta de por qué no podemos ser marxistas en psicología. El marxismo tiene una postura, esa postura se ubica del lado de la clase proletaria, de aquellos que han sido explotados una y otra vez durante décadas y que fue posible darnos cuenta de eso a partir de Marx[11]. El marxismo tiene un posicionamiento político (no solo partidista, política institucionalizada); la psicología, por el contrario, dice que no, que no es política, y esto mismo lo va a repetir en todos los lugares en donde se pare: la escuela, industria, conferencias, revistas académicas. La psicología no quiere tomar partido por nadie, pero precisamente esa noción de neutralidad u objetividad perpetúa a la clase que domina, aquella de la que emana el discurso científico y configura la realidad con su forma de producción (la acumulación capitalista, la generación de plusvalía a costa de la explotación del obrero).

La queja constante de la psicología, como bien lo mencionaba Parker, es que hoy todo quiere hacerse “político”[12]: ¿no era ya antes todo, incluyendo a la psicología, político? El psicólogo, se convierte, como nos enseñaron Althusser[14] y Braunstein[15], en soporte de la ideología, y aquí es donde radica su ejercicio político al servicio de la clase dominante. Regresando a Parker, diremos la despolitización que la psicología intenta en su decir y en su quehacer teórico y práctico, es político.

En este aspecto me gustaría regresar a la cuestión de la “intervención” que nos suelen encargar a los y las estudiantes de psicología en prácticas profesionales. Siempre lo he dicho en mis clases, a partir de la excelente propuesta de Martínez Gúzmán[18], yo no quiero ser un “interventor” quirúrgico de la realidad para aliviar el malestar. Justamente este papel interventor ensalza más la cuestión de la “objetividad”. Una intervención “termina” después de que el cronograma llega a su fecha límite de trabajo; el psicólogo entrega resultados y propuestas (a partir de las “necesidades” o “problemáticas”) y simplemente se va después de realizar dicha intervención. Su falta de compromiso político ya es en sí un acto político que dice bastante de su quehacer, de su “ética”. Las intervenciones sociales, incluso clínicas, perpetúan el orden establecido en el discurso que se lleva al lugar intervenido.

Razón 3. El servilismo de la psicología

No podemos ser marxistas en psicología porque esta sirve al capitalismo. De nada serviría, en mi opinión, si empezamos a leer El Capital y al día siguiente compartimos en nuestras redes sociales que “el cambio está en uno mismo”. Althusser decía que existen profesionistas de la ideología; curiosamente no menciona a la psicología, pero justamente menciona que estos profesionistas “tratan la conciencia” con chantajes y demagogia[19]. Si hiciéramos una especie de lectura sintomal de Althusser, fácilmente podríamos identificar que también está hablando de los psicólogos (no olvidemos que él mismo tenía amplias influencias de Freud y Lacan, ambos críticos de la psicología, pero a su vez, bastante influenciado por Marx, crítico del discurso idealista de nuestra psicología).

No podemos ser marxistas en una disciplina que sirve al capitalismo. Una disciplina en la que el capitalismo confía para asegurar el entramado de dominación a toda costa con la ideologización, o en este caso, con la psicologización que hoy se necesita para sentir menos ese sometimiento, para aceitarnos como bien nos menciona Fromm[20]. No importa si la psicología sabe o no sabe si sirve al capital, si está consciente de ello o no. ¿Cómo ser marxista en psicología si esta última promete libertad y autonomía, falsas libertades y autonomías en este sistema?

No puedo ser marxista en psicología, o volvamos al principo, “psicólogo marxista”, cuando habrá colegas que se van a dedicar al área industrial para ofrecerles a todos los trabajadores habilidades y estrategias de inteligencia emocional para tolerar la explotación física y mental. Tampoco me sentiría a gusto ofreciendo lo anterior para ver todo positivo en el caos que vivimos hoy. Sería hipócrita de mi parte, aunque tenga que serlo con la psicología para intentar deshacernos de esta. No quiero contribuir a eso que Badiou[21] nos dice en su mensaje a nosotros los jóvenes: contribuir a la vida sinsentido o nihilista de la inmediatez que el capitalismo ofrece hoy y eso a través de una positividad para aliviar de forma inmediata y rápida mi estrés, mi malestar; una ráfaga de pensamientos positivos que hagan olvidarme de mi condición de explotado, o hacer que otro trabajador la pueda olvidar. No podemos ser marxistas porque la función de la psicología es subyugar, bajo la lógica del capital, silenciosamente a los sujetos. La psicología y el capitalismo son la pareja perfecta. Pienso yo, y casi sin temor a equivocarme, que ninguna otra “ciencia” se había entendido tan bien con el capitalismo: la psicología, en mi opinión, supera a la misma administración.

Comentarios finales

Pienso que no puede haber una conciliación entre Marx y el marxismo con la psicología. Al menos no con esta “psicología”. Podríamos intentar transformar nuestra disciplina, pero existen muchas resistencias, principalmente de orden político. Si la transformación no es posible, entonces deberíamos pues, darle paso a otra forma de entendimiento y comprensión de los sujetos, una que sí cuestione el devenir sujeto.

Mientras la psicología nos enseña en nuestras aulas una realidad ingenua y llena de felicidad incluso en situaciones complejas y caóticas, el marxismo por su parte nos muestra la realidad y su lógica, nos muestra que existe la explotación, nos muestra también que solamente unos cuantos se benefician con esa explotación, y que como bien nos diría Marx (parafraseándolo), en donde solo hay ganancia para unos, no puede existir tal igualdad[22] ni libertad (agreguemos) alegada por los psicólogos.

¿Por qué no podemos ser marxistas en psicología? Porque ser marxista en psicología sería atentar contra los principios y bases psicológicas. La psicología no va a permitirte ni permitirnos ser marxistas en su acogedora casa teórica. El marxismo es subversivo e intranquilizador para lo establecido. La psicología tranquiliza y suaviza todo alrededor para que “todo” funcione. Si somos marxistas en psicología no funcionaríamos, no nos recibirían con enjundia como cuando reciben sus honorarios por dar una capacitación de motivación organizacional. Si somos marxistas en psicología seríamos la oveja negra, el bicho raro, el “anormal”. La única opción para poder ser marxistas es serlo fuera de la psicología, pero como mencioné, siendo crítico de ella, no tratando de formar alianzas con lo que emana de ella.

Referencias

[1] David Pavón-Cuéllar, “Psicologismo, idealismo y posmodernismo Tardío En Byung-Chul Han,” Octubre 2014, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/tag/byung-chul-han/.

[2] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209.

[3] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 41–101.

[4] Georges Canguilhem, “¿Qué es la Psicología?,” en Estudios de Historia y de Filosofía de Las Ciencias (Madrid: Amorrortu, 2009), pp. 389–406.

[5] Néstor Braunstein, “¿Qué entienden los psicólogos por psicología?,” en Psicología: Ideología y Ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), pp. 21–46.

[6] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology,” Theory & Psychology 9, no. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[7] Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 34–39.

[8] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against Psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[9] David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

[10] Max Horkheimer, “Teoría Crítica” (Buenos Aires: Amorrortu, 2003)

[11] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit.

[12] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not,” Social and Personality Psychology Compass 1, no. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[14] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado,” en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), pp. 102–51.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones Del Psicoanálisis Con Las Demás Ciencias,” en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[17] Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad, Op. Cit. pp. 51-61.

[18] Antar Martínez-Guzmán, “Cambiar metáforas en la psicología social de la acción pública: de intervenir a involucrarse,” Athenea Digital 14, no. 1 (2014): 3–28.

[19] Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit. p.126.

[20] Erich Fromm, Psicoanálisis de La Sociedad Contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). pp. 144-145.

[21] Alain Badiou, La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes (Barcelona: Malpaso, 2017).

[22] Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit. p. 146.

¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiante?

Presentación del libro independiente “Versus la Psicología. Contra la psicología hegemónica, ideológica y capitalista: un aporte estudiantil” transmitida por Facebook en la página “Versus la Psicología

Influencias teóricas y primeras sospechas

Las siguientes palabras que expondré las preparé a fin de intentar vislumbrar lo que me motivó a escribir el libro que hoy se está presentando. Quien esté escuchando podrá percatarse que recurro una y otra vez a los mismos autores que han plasmado sus aportaciones teóricas en diversas obras y podrá resultar tautológico en ocasiones, sin embargo, me parece pertinente retomarlos. De este modo, el oyente podrá notar que constantemente regreso a las ideas de autores como Karl Marx, Louis Althusser, Néstor Braunstein, David Pavón-Cuéllar, Ian Parker, Jan De Vos, entre otros no menos importantes. Ellos y sus respectivas aportaciones, específicamente desde el marxismo, forman parte fundamental del argumento, no solo del libro, sino de mis opiniones y afirmaciones en general y de mi postura hacia la psicología, lo que naturalmente implica que habrá bastantes coincidencias con sus aportes. Podría atreverme a decir que estas palabras complementarían una de las conferencias dictadas por el Dr. David Pavón, en la habla acerca de por qué relacionarnos críticamente con la psicología.

Mucho antes de que se me ocurriera hacer un libro, siempre tuve la inquietud de por qué nos enseñaban lo que nos enseñaban en nuestras aulas de psicología: ¿por qué ver más corrientes humanistas que psicoanálisis freudiano o lacaniano? ¿por qué interesarnos más por psicología organizacional, educativa o clínica en vez de psicología social? ¿Por qué la necesidad de insertarnos “adecuadamente” al mercado laboral en función de la rama de psicología a la que nos dediquemos? (de ahí que se diga constantemente en nuestras clases que la psicología organizacional es la que “deja” [monetariamente hablando]) ¿Por qué ver más sobre coeficiente intelectual, trastornos psicológicos y sus clasificaciones? ¿Por qué siempre adoptar el papel “intervencionista” en prácticas profesionales? ¿Por qué tratar siempre esas “intervenciones” como formas de adaptación a la “normalidad”?

Mis porqués no cesaban conforme los semestres avanzaban y la carrera se me hacía más pesada, todo parecía apuntar siempre hacia una homogeneización en el saber y quehacer en psicología, y no porque la psicología carezca de diversidad en su saber, de hecho tiene mucho de dónde escoger y precisamente en esa heterogeneidad teórica-práctica, es decir, en todas las especialidades que ofrece (clínica, neuropsicología, organizacional, social y educativa), siempre existe de manera subyacente, una homogeneización no necesariamente teórica, pero sí ideológica. Esta homogeneización era fácil identificarla, me atrevo a decir que era hasta intuitiva porque todo análisis que se hacía en clase o cualquier reflexión recaía en el sujeto, en la psique, en la construcción de la realidad, en la aparente neutralidad, en la adaptación a la norma.

A finales de 2017 o principios de 2018, mi buen amigo Fernando que hoy me está presentando, me pasó un artículo escrito en 2012 por el Dr. David Pavón-Cuéllar[1] quien imparte clases en la universidad Michoacana; ya había leído de él algunos textos en una clase con el Dr. Daniel Reyes sin mayor detenimiento en sus reflexiones y propuestas críticas: quizá por falta de tiempo o resistencia ideológica como suele suceder hacia el psicoanálisis.

Su artículo presentaba una crítica vehemente y provocadora hacia la psicología: ese carácter ideológico del que siempre hubo sospecha y que se presentaba en esa heterogeneidad del saber psicológico que se imparte en nuestras aulas ahora podía nombrarse: la psicología es un cómplice del capitalismo[2]. En efecto: la psicología, en esa homogeneización de sus teorías y prácticas, existe una reproducción de la ideología capitalista: sistema imperante desde hace unos buenos años atrás.

La psicología como aparato ideológico: un retorno breve a Althusser

Para poder contextualizar acerca de esta ideologización, es decir, esta reproducción de la ideología, es necesario recurrir a la propuesta de Althusser y los aparatos ideológicos que se encuentran al servicio del capitalismo. La escuela es un aparato ideológico y por lo tanto, la escuela o la universidad se encarga de que se reproduzcan las relaciones existentes en el capitalismo a través de la reproducción ideológica: somos sujetos interpelados por la ideología dentro de nuestros salones[3]: unos adquieren habilidades para ser los dominadores, otros los dominados, otros terminan siendo profesionistas de la ideología[4].

Ojo aquí, a modo de paréntesis: no confundamos el término “ideología” con las concepciones que los psicólogos tienden a utilizar: “un sistema de ideas y creencias” que emanan desde la persona o desde su consciencia, por su propia voluntad, eso sería utilizar una versión ideologizada de la ideología. La ideología, por el contrario, es nuestra relación imaginaria con las condiciones reales de existencia. Para no dejar esto tan acortado, bien Foucault nos explica que en la educación se reproducen ciertos discursos, pero limita otros[5]. La pregunta que compete hacer es ¿Cuál discurso se maximiza en psicología más allá del que puede reproducir su propio campo teórico?

Esta ideología del capitalismo se reproduce en la bibliografía revisada, en las teorías que tienen mayor frecuencia, en los lapsus de olvido al no incluir otras teorías, en el discurso docente y universitario. Ahora las preguntas formuladas al principio de mi intervención comienzan a encontrar una respuesta crítica. Antes de continuar, muy probablemente se puedan cuestionar quienes estén presenciando y escuchando estas palabras: ¿Qué tiene de malo “proteger” al capitalismo? ¿Qué de malo tiene la ideología capitalista? Naturalmente no voy a realizar una exposición del sistema dominante, pero sí acercarnos a unas críticas puntales, aunque sean bastante laxas.

Capitalismo: sistema caótico y deshumanizador

El problema con el capitalismo es que este modo de producción ha dejado ver su carácter voraz y represor en el tiempo: ¿Qué de bueno existe en la explotación de la fuerza de trabajo para que unos cuantos sean beneficiados con el plusvalor? ¿Qué de bueno existe en los productos de consumo cuando estos son producidos (valga la redundancia) a costa de la explotación de ecosistemas que hoy peligran? Solo por poner dos ejemplos rápidos sin mayor detalle.

Los defensores de este sistema caótico podrán argumentar que gracias a este sistema tenemos lo que tenemos: tecnología, ciencia, rascacielos, carros; que gracias a este sistema se es libre y autónomo. Pero bien lo refutaban Marx y Engels hace 172 años en el Manifiesto[6]: estas independencias y libertades son solo independencias y libertades capitalistas: recurriendo al chiste como suele hacer Žižek (malogrado por mí y que lo pueden encontrar en memes): se encuentra un home-worker a punto de terminar un informe de trabajo y al terminar su jornada laboral dice: “qué feliz me siento al recibir mi pago quincenal y trabajar desde mi casa cuando yo quiera bajo mis tiempos, me siento totalmente libre”… inmediatamente le llega un mensaje de su compañera a su WhatsApp en donde le recuerda que debe entregar el reporte de ventas a su jefe inmediato, al de finanzas, a la secretaria general y al gerente.

Por otro lado, justamente en ese “tener”, del que hablábamos, se constituye el carácter perverso del capitalismo. Siempre hay que “tener” más y más, nunca será suficiente lo que se tiene. Siempre se tiene que producir más productos de consumo, más carros, más casas, más capital, incluso, más artículos académicos, más títulos, más constancias de congresos, más certificaciones. Siempre se piensa en términos cuantitativos en el capitalismo. Importa más la cantidad de la ganancia de un producto, la cantidad de diplomas, de certificados.

Lo perverso es que todo en esta vida se convierte en una mera mercancía, ciertamente no para satisfacer nuestras necesidades, sino que todas estas cosas pueden intercambiarse cuantitativamente buscando siempre el plusvalor en este intercambio; retomando la cuestión académica para ejemplificar un poco mejor lo anterior: los diplomas, títulos, constancias, años de experiencia previa se intercambian por puestos o promociones en el trabajo que sabemos que nos dejarán más en un futuro, y así nuevamente tendremos más diplomas, premios, más invitaciones a congresos, más ingresos que podremos reinvertir en más certificaciones: es esto a lo que el Dr. Pavón-Cuéllar hace referencia con el “capitalismo académico”; por poner otro ejemplo más perverso en la academia capitalista: hoy a los alumnos al momento de titularnos nos miden cuantitativamente para que las instancias evaluadoras (como el CENEVAL-EGEL) puedan establecer en conjunto con otras instancias federales esa aparente calidad de tal o cual carrera. El capitalismo, en su omnipresencia antepone la cantidad frente a la calidad de la vida.

O como bien analizaría Marx[7], hoy todo contiene valor de cambio (también explicado por Pavón-Cuéllar en su blog*). Se pierde todo lo cualitativo, toda cualidad humana. Incluso en el momento que escribí estas palabras, automáticamente pensaba en cuántas podía escribir para poder predecir cuánto tiempo iba a tardarme en exponerlas. ¿No somos entonces todos, en cierto sentido, capitalistas? Hoy, si queremos contextualizar más, la crisis por la que estamos pasando desde principios de año, nos deja ver que esa obsesiva necesidad de tener y tener más, de tener más lugares por explotar, de tener más objetos de consumo, nos ha llevado a un caos total, un caos sanitario que deja entrever lo realmente caótico que es el capitalismo.

Capitalismo: patrón de la psicología

A todo esto, podemos plantearnos algunas interrogantes: ¿Qué psicólogos y psicólogas se están formando y con qué funciones bajo la sombra del capitalismo? Seguida de ¿qué se le tiene que reprochar a la psicología en el entramado capitalista o por qué criticarla? ¿a qué se refiere Pavón-Cuéllar con el adjetivo “cómplice” que asigna a la psicología en este sistema[8]? Para ponernos en contexto, es necesario primero pensar tan solo en los objetos de estudio de la psicología: el alma, la mente, la consciencia, el comportamiento. Incluso, para poder acercarme todavía más a donde quiero llegar, podemos tomar a modo de préstamo la definición de psicología que Pavón-Cuéllar hace de la disciplina: “un supuesto saber de la psique, el alma, la mente o el comportamiento como objetos delimitados y relativamente diferenciados del mundo y del cuerpo”[9].

Aquí lo interesante, no es tanto lo que la psicología pretende estudiar como bien nos haría reflexionar la definición crítica de la psicología propuesta por Pavón-Cuéllar, o sea, la crítica no solo apunta, y tampoco nos detendremos en esto, hacia su estatuto científico, sino que más bien, esos objetos que además de ser cuestionables en el ámbito científico, se encuentran “diferenciados” del mundo. Quizá de ahí que Klaus Holzkamp, otro crítico de la psicología considere que a la psicología le falta “mundo” [10] o carezca de este, o que también le critique su “reducción individualista”[11]. Todos estos objetos se ubican en el sujeto, en su cabeza. Es como lo que Marx y Engels criticaban: ese partir idealista del cielo hacia la tierra.

Esta “diferenciación del mundo” lo explica Braunstein[12] cuando argumenta que la psicología ofrece ese espacio ideológico perfecto para representarnos a sí mismos, una fantasía de autonomía, de independencia, de hacer creer que existe un “yo autónomo” borrando totalmente lo que está “afuera”, de lo que aparentemente se está “diferenciado”, olvidando las condiciones reales de existencia. Los psicólogos son ahora los nuevos autores de la mistificación ideológica, o sea los nuevos profesionistas de la ideología, aquellos que prometen libertad e independencia a través del “tratamiento de la conciencia”, del chantaje y la demagogia[13]. Así también nos recuerda Holzkamp que de este modo la sociedad burguesa siempre llega hasta los espacios “más íntimos”[14].

La ideologización que necesita realizar el capitalismo para asegurar su dominio tiene que ser forzosamente integrada en prácticas materiales como sucedería en cualquier otro aparato ideológico. En este caso, si la psicología es un aparato ideológico, como lo afirmaría Braunstein[15] y esta tiene sus propias prácticas, la ideología se materializa en la psicología a través de la psicologización. Hoy en día todo es psicologizable, incluso lo que no se puede psicologizar. Es como si la psicología ejerciera un efecto imperialista al abarcar lo que aparenta ser inabarcable por ella. Hoy todo lo vemos bajo el corpus teórico de la psicología, como bien lo señala Jan De Vos[16], psicólogo crítico en Bélgica. Hoy nuestros lentes para ver la realidad están graduados por la psicología.

Psicologización en el capitalismo

Hoy somos reducidos a emociones, a cogniciones, a trastornos, a percepciones, a resultados de pruebas psicométricas. Hoy tenemos que ser resilientes con “x” cantidad de estrategias de afrontamiento para superar cualquier duelo incluyendo los económicos, los políticos y los sociales. Somos reducidos a nuestro coeficiente intelectual y las habilidades que los test de inteligencia estandarizados bajo la norma estadística dicen que tenemos y si no nos ajustamos a esa norma o no tenemos esas habilidades, seremos interpelados por la biblia de los trastornos: el manual de la asociación americana de psiquiatría: ese que nos dirá qué trastorno somos en este momento y seremos canalizados a cierto tratamiento quirúrgico de la subjetividad.

Desde antes de nacer estamos siendo psicologizados: esperan de nosotros que seamos “alegres”, “con carácter fuerte” o “inteligentes”. Hoy cada vez es más fácil escuchar a una persona que dice que se siente “ansioso”, “estresado”, “bipolar”, “depresivo”. Incluso en nuestras redes sociales, todo se reduce a reacciones emocionales: un me gusta, un “me enoja”, un “me importa”, un “me entristece”, un “me encanta”. Hoy, como nos menciona Pavón-Cuéllar, es más fácil identificar los rasgos psicológicos o de personalidad de un gobernante o de un criminal[17]; no hay lugar en donde no existe algo psicológico. Parafraseando un poco a Jan De Vos[18]: la psicología nos dice lo que somos y debemos ser bajo sus teorías y sus conceptos, bajo su saber, bajo sus Verdades (con mayúscula). Esta psicologización, que es una ideologización en el aparato de la psicología, cumple funciones específicas en el capitalismo como lo ha explicado el filósofo Byung-Chul Han[19].

En la “psicopolítica” propuesta por Han, nos convertimos en un homo psychologicus, unos sujetos de la psicología: no solo para comprendernos o reducirnos a la psicología, sino que tenemos que psicologizarnos para funcionar en el entramado capitalista. Hoy la psique se convierte en fuerza productiva, hoy el capitalismo prefiere la explotación inmaterial[20].

Hoy el capitalismo ya no necesita recurrir todo el tiempo a la explotación física, es más factible y eficaz recurrir a las técnicas psicológicas y a todo su corpus teórico para explotar el interior del sujeto para que pueda autosometerse pero a la vez que ese autosometimiento no se sienta tan coercitivo o que simplemente no se sienta, más bien debe permitirle al sujeto sentirse libre, sentirse sujeto autónomo, hacerlo sentir que tiene movilidad en lo que hace. O como ejemplifica Žižek[21]: hoy los magnates les “otorgan” independencia y libertad a los equipos especializados de trabajo para que estos se sientan jefes autónomos de lo que se hace dentro de una empresa, les dan oportunidad de elección y hasta cierto punto, son determinantes en las decisiones importantes del rumbo de las empresas, pero eso sí, bajo el mismo salario de siempre.

La psicopolítica también explota lo positivo, hoy vivimos en la sociedad positiva como explica también Han, en donde no hay espacio para la negatividad[22]. Hoy lo positivo sirve para rendir más, para ver lo que no puede ser positivo lo más optimistas posible. De ahí entonces que contraten psicólogos en la industria o en cualquier otro lugar como consultores, consejeros o motivadores para aumentar el proceso de producción o la adaptación a lo que el sistema demande en ese momento.

O como bien diría Erich Fromm, así como se aceitan las máquinas, los psicólogos “aceitan” también a las personas con lemas agradables, con comprensión empática y estrategias de afrontamiento frente a su malestar[23].

Tanto Néstor Braunstein como Erich Fromm, consideran a la psicología una “técnica”[24] o “instrumento”[25] para el control y la adaptación: para decir qué es normal en el capitalismo, quiénes son los que funcionan y los que no, tratar con todo su arsenal técnico a aquellos que no tienen “buenas emociones”, “buenas estrategias de afrontamiento”, “pensamientos positivos”, para readaptarlos lo más que se pueda. La psicología refina la explotación, la hace más sutil, menos perceptible. El término equivalente de los estragos de la explotación capitalista en la psicologización es “estrés en el trabajo” o “depresión mayor”.

Como psicólogos, ahora se debe eliminar terapéuticamente todo bloqueo mental. Bien nos recuerda Ian Parker: hoy se prefiere el cambio individual que el social[26] porque la psicología está obsesionada con el individuo[27]. Quizá para aclarar un poco más esto, es justo recurrir a la cuestión de cómo ese enfoque en la responsabilidad individual se presenta cada vez más, solo por poner un ejemplo, en las campañas “eco-friendly”: nos enseñan a usar a las personas más productos ecológicos o mejorar nuestros hábitos haciéndonos creer que lo que hagamos en casa va a funcionar: quizá en cierta medida, no lo voy a negar, pero se dejan de lado aspectos, o más bien, estas acciones e imperativos individuales ocultan cuestiones de otro orden, o más bien, ocultan el orden mismo, parafraseando a Žižek[28]. El mismo ejemplo aplica para la situación crítica de hoy: en la pandemia que vivimos actualmente, se escuchan discursos de cambiar los hábitos propios para mejorar todo lo demás, y por lo tanto, estos discursos hacen que se oculten e invisibilicen cosas más importantes como el sistema que desató la pandemia. De ahí que Pavón-Cuéllar ubique a la pandemia como síntoma del capitalismo.

La premisa de ser animales políticos (zoon politikon), es decir, entes que vivimos en sociedad, como argumenta Marx[29], se borra a la luz de las teorías y técnicas psicológicas. La psicología con su psicologización conduce a una despolitización, a un desinterés de las condiciones reales de existencia, de lo realmente importante, un desinterés a las condiciones de opresión que hoy existen, condiciones que nos han constituido como sujetos. A modo de paréntesis para finalizar este argumento, además para evitar cualquier reduccionismo, el propio Marx argumenta que las circunstancias nos han hecho en la medida en que nosotros hacemos también a las circunstancias[30].

Por otro lado, no es raro entonces que la psicología critique a la psicología crítica cuando la primera le reprocha a la segunda que esta quiere hacer todo “político” como bien señala Parker: ¿no es acaso ya esta despolitización, esta psicologización, una forma política en sí?[31] La psicología a pesar de su renuente obsesión con su neutralidad es política y deja entrever siempre en sus prácticas a las que denominan éticas esa complicidad con el sistema y sus ideas. Recordemos que las ideas de la clase dominante, los capitalistas, son las ideas dominantes[32], reproducidas en los diversos aparatos ideológicos: la producción de las instancias intelectuales, de la academia, se subordina a esas ideas burguesas.[33]

Comentarios finales: servilismo, crítica y transformación

Ya para concluir, hago énfasis en la pregunta formulada a modo de título para esta exposición: ¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiantes? Hoy hace falta una psicología crítica, no porque nos fuéramos a dedicar a ella como si fuese una especializante ofertada o una corriente teórica específica. Más bien, necesitamos tener una postura crítica hacia nuestra psicología como nos ha explicado en diferentes ocasiones el Dr. Pavón-Cuéllar: por su estrecha relación con el capitalismo y sus relaciones de dominación, por su carácter ideológico y su desbordante psicologización, por perpetuar que el capitalismo siga ganando terreno no solo en la psique sino en la misma sociedad.

Naturalmente podrán objetar algunos y algunas: pero tú eres o estás a punto de ser psicólogo, ¡¿cómo estás criticando a lo que te dedicarás?!, ¡esta carrera tiene mucho que ofrecer y mucho por hacer!. Precisamente es por eso mismo por lo que la critico: no la critico porque no sirva para algo, más bien, la psicología sirve para todo hoy en día y justamente no quiero caer en ese servilismo tan perverso, tan injusto para la mayoría, un servilismo que trata de humanizar lo inhumano como el mundo de las mercancías; no quiero ser “profesionista de la ideología” capitalista.

Pero ojo, no se puede combatir a la psicología desde fuera de ella: hay que conocer sus reglas, sus discursos, sus intenciones, sus determinaciones. Recuerdo bien una frase de Bauman, pero mejor lo cito textualmente: “No existe otra manera de alcanzar la liberación más que someterse a la sociedad y seguir sus normas. La libertad no puede obtenerse en contra de la sociedad”[34]; o como bien se nos quedó grabado a algunos en la clase del Dr. Daniel y en palabras de Fernando: hay que combatir a la Matrix desde la Matrix. O parafraseando al Dr. Pavón-Cuéllar[35], si queremos ser críticos de la psicología tendríamos pues, que lidiar con la psicologización. El mismo libro que estoy presentando fue publicado en una de las empresas más capitalistas de todas, su dueño, Jeff Bezos es el hombre más rico del mundo. Quizá habrá que someternos pero ser conscientes de que lo estamos haciendo; habrá que someternos hipócritamente para luchar desde dentro.

Otros podrán objetar: pero no estás haciendo nada. Probablemente no, pero quizá una postura crítica sea un primer paso a la transformación de nuestra psicología, o el olvido de esta para dar paso a nuevas posibilidades de conocimiento de nuestra realidad y de los mismos sujetos, incluso desde nuestra trinchera estudiantil pero apuntando hacia una trinchera que no esté obsesionada con el individuo, con el “yo”. Y probablemente estas críticas que se le hacen y le hacemos a la psicología se encaminen también a esa transformación no solo de la disciplina, sino también del mundo y las condiciones actuales.

Con esto terminaría la charla. Agradezco a todos y todas los que pudieron conectarse a la transmisión.

31 de octubre de 2020

Luis Pablo López Ríos

Referencias


[1] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Teoría y Crítica de la Psicología 209, núm. 2 (2012): 202–9.

[2] Ibíd.

[3] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

[4] Ibíd., p. 126

[5] Michel Foucault, El orden del discurso (México: Tusquets Editores, 2016).

[6] Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004).

[7] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

*David Pavón-Cuéllar, “Generalización, cuantificación, objetivación: del sujeto del comunismo y del psicoanálisis al todohombre del capitalismo y del paratodeo psicológico”.https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2019/07/22/paratodeo/

[8] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Op. Cit.

[9] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[10] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. (México: Itaca, 2019).

[11] Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985)”, Teoría y crítica de la psicología 8 (2016): 293–302.

[12] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[13] Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit., p. 126

[14] Klaus Holzkamp, Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985), Op. Cit., p. 298.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, Op. Cit., p. 88; Néstor Braunstein, “Introducción a la lectura de la psicología académica”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), 329–60.

[16] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

[17] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad, Op. Cit. p. 100.

[18] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes, Op. Cit., p. 90

[19] Byung Chul Han, Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (Barcelona: Herder, 2014).

[20] Ibíd., pp. 41-42

[21] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo (Barcelona: Anagrama, 2020).

[22] Byung Chul Han, La sociedad de la transparencia (Barcelona: Herder, 2013).

[23] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956).

[24] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”. Op. Cit., p. 74

[25] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Op. Cit., pp. 144-145

[26] Ian Parker, Revolution in psychology. Alienation to Emancipation (Londres: Pluto Press, 2007).

[27] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology”, Theory & Psychology 9, núm. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[28] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Op. Cit., pp. 93-94

[29] Karl Marx, “Introducción a la crítica de la economía política de 1857”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 121–41.

[30] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

[31] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not”, Social and Personality Psychology Compass 1, núm. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[32] Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”. Op. Cit., p.71

[33] Marx y Engels, Manifiesto Comunista. Op. Cit., pp. 26-27.

[34] Zygmunt Bauman, Modernidad Líquida (México: Fondo de Cultura Económica, 2003).

[35] Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. Op. Cit., pp. 99-101

https://versuslapsicologia.mx/2020/09/18/un-intento-de-lectura-sintomal-de-la-etica-en-psicologia-parte-i/

Cuestionar el regreso a clases hoy: ¿control psicopolítico-digitalizado de la vida?

Después de casi seis meses de que la suspensión de clases se hiciera efectiva aquí en México debido a la pandemia del SARS-CoV-2, nos encontramos de nuevo con el anhelado “regreso a clases”. Sin embargo, este regreso a clases no será igual que en años anteriores: hoy nos sujetaremos a las condiciones en las que la pandemia permite ese retorno a la escuela: transmisión de clases por televisión abierta para educación básica y clases en plataformas educativas para niveles superiores, con mayor flexibilidad, rapidez, alcance y eficiencia. Pero, deberíamos plantearnos el cuestionar lo que posiblemente subyace en este ansiado regreso digital a clases y todas sus “bondades”: cuestionarnos lo que va más allá de solo la educación en tiempos de pandemia.

La escuela, no olvidemos la propuesta althusseriana (que reiteradamente menciono en este espacio), funge como aparato ideológico, y por ende, esta no se limita a la mera transmisión de conocimientos, al seguimiento de una planeación escrita y entregada a las autoridades escolares, sino que deviene en reproducción de la ideología, del sistema capitalista y sus relaciones de producción dentro y fuera de las aulas, ese famoso “curriculum oculto” y perverso. Pero, ¿cómo hará el capitalismo neoliberal para asegurar esas relaciones, mediante la escuela, ahora que nos encontramos en la “comodidad” de nuestros hogares? ¿Será que el capitalismo no penetrará más allá de las aulas y tomaremos un breve descanso de su voracidad? Si esto no fuese así ¿a qué tendría que recurrir el sistema para no perder su dominancia ante la crisis producida solo por este? En esta ocasión, las propuestas del filósofo Byung Chul-Han y el psicólogo crítico Jan De Vos podrían encaminarnos a responder las preguntas anteriores.

Anteriormente había dedicado un espacio breve a estos dos autores (La Psicopolítica de Byung-Chul Han: la nueva técnica de poder neoliberal y Homo psychologicus: la psicologización del todo), sin embargo, la publicación dedicada a tratar parcialmente el fenómeno de la psicologización adelantaba que desarrollaría el tema de la digitalización, también argumentado por Jan De Vos. Podríamos, pues, intentar articular ambos aportes críticos para reflexionar sobre este retorno a nuestras “aulas” y esta aparente “libertad” que los dispositivos y herramientas tecnológicas aparentan ofrecer.

Digitalización y Psicopolítica: la relación perfecta

Hoy las clases toman un nuevo rumbo: docentes y estudiantes nos encontramos frente a la digitalización de la educación. Nuestra presencia física se ve sustituida por un correo electrónico, por un pseudónimo, por la intensidad de nuestra red de internet en casa, por el dispositivo inteligente y su cámara que nos hace estar presentes en las “clases”. Hoy ya no solo somos aquel homo psychologicus interpelado por las teorías psicológicas y todo el corpus de la psicología que nos pone al servicio (in)directo del capitalismo; aquel que nos decía con vehemencia: “¡Tú eres resiliente, capaz, autogestor, libre, autónomo!” “¡No necesitas a los otros, solo a ti mismo y a nadie más!” Nuestro devenir sujetos se torna distinto, en una nueva “modalidad”, esa que nos interpela a “ser” nosotros desde la comodidad y “libertad” de nuestras casas en nuestros dispositivos tecnológicos.

Ya no hablamos solamente de una psicologización, sino que se incluye en esta interpelación la digitalización de la vida, aquella interpelación para ser sujetos digitales (De Vos, 2019), un homo digitalus, una subjetividad inmaterial (¿qué hay detrás de esa inmaterialidad? ¿idealismo actualizado? debate abierto para el lector). El propio De Vos (2019) adelantaba esta vicisitud en la misma escuela (mucho antes de que la COVID-19 fuera el tema de cada día): la presencia que entonces era material, en la que decíamos “presente” cada que mencionaban nuestro nombre en el aula, hoy se ve sustituida por otras formas digitales. Al respecto menciona:

“Pero en la actualidad, la presencia escolar vuelve a ser algo muy sencillo: puede ser simplemente comprobada electrónicamente […] entrar a la clase, encender su laptop […] son diferentes formas de comprobar su presencia, mientras se comprueban otras múltiples cosas también“. (ibíd.; 154) (Cursivas mías)

La digitalización en la escuela, como la explica De Vos (2019), quedaría simplificada a dos términos: a una presencia (inmaterial, virtual, digitalizada, verificada electrónicamente) y la pantalla (donde el mundo está “presente”). Al respecto y antes de continuar, me gustaría hacer un breve paréntesis para recordar a Lacan y el estadio del espejo. Esta digitalización del sujeto, quizá podríamos compararla con aquel estadio en donde el sujeto es interpelado por el Otro al verse a través del espejo y por todo lo que no puede ver en él, lo que hay detrás de este (Braunstein, 1980): el mundo está presente y ausente a la vez en el sujeto. El sujeto se percibe a sí mismo, crea su yo “autónomo” gracias a la imagen que el espejo le devuelve y al reconocimiento del Otro. La pantalla, por su parte, le devuelve una imagen digitalizada al sujeto que se reconoce a través de ella, se ve a sí mismo como completo, como un “yo” digitalizado, sin darse cuenta de que en esa imagen existen “otras múltiples cosas”. El Otro y lo demás (¿capitalismo? ¿psicologización?), aquellos que se encuentran del otro lado de nuestra pantalla y lo que no alcanzamos a ver en el entorno digital, serán encargados de comprobar/interpelar esas “múltiples cosas” (quizá) de las que De Vos habla y que profundizaremos en esto más adelante.

La digitalización de los sujetos, de la educación misma, a su vez se convierte también en una disciplinarización de la vida (De Vos, 2019), pero no tan coercitiva, una disciplinarización “light” si así lo quisiéramos ver. Hoy, docentes y estudiantes, tenemos que encender nuestra cámara web para que se compruebe nuestra presencia inmaterial; tenemos que utilizar correos institucionales para que se compruebe nuestro ser, de lo contrario, no somos nosotros; las plataformas virtuales como Classroom o Moodle (por mencionar solo dos), se convirtieron en el nuevo panóptico, en el panóptico digital, en las que se programa el tiempo específico para hacer tareas y otras actividades. A diario llegan a nuestros correos notificaciones de nuevos deberes por cumplir. El diálogo y el debate ya no existen, ya no se puede hablar tanto por el límite de tiempo en las sesiones y los temas verdaderamente relevantes y preocupantes quedan excluidos; los docentes saben todos nuestros movimientos en la red y sus jefes saben todo de ellos: la hora en que subieron un documento, si entregaron o no un pendiente, si están conectados o no en alguna sesión virtual. Ya tampoco es una biopolítica, más bien, es una digi-política (De Vos, 2019). Antes utilizábamos el internet para buscar a través (de manera superficial) de él lo que necesitábamos para la escuela, hoy, por el contrario, nosotros somos el internet (ibíd.). Ahora somos un apéndice, parafraseando a Marx y Engels (1848/2004), de nuestra laptop o celular, de la red misma, funcionando como esclavos pasivos de lo que no aparece en nuestra pantalla.

Si bien es cierto que hoy nos encontramos frente al imperio digital, los significantes de los “psi”, o de la psicología, no desaparecerán en ningún momento (sin hablar a detalle de que la estructura del entorno digital también está psicologizado) (De Vos, 2019). Este retorno constante a la psicologización, la obsesiva necesidad por querer psicologizarlo todo, no es mera casualidad, como ya lo argumentaba Han (2014). Esa psicopolítica debe seguir siendo aplicada en todo momento para asegurar las relaciones de producción. El capitalismo neoliberal no puede descansar, ni siquiera la pandemia puede ser motivo para detenerlo. La psicopolítica debe aplicarse y aparecer siempre, sí o sí, en el entorno digital.

En el panóptico digital, se reproducirían los discursos psi, esos que nos alentarían tanto a docentes y estudiantes a estar “motivados”, a ser “autogestores” de nuestro “propio” aprendizaje, a ser “resilientes” frente a la situación de la pandemia, a estar pendientes de las propias tareas a realizar. Lo digital favorecería toda esa optimización que necesita la psique (Han, 2014) para rendir adecuadamente, convirtiéndola así en fuerza productiva. Las frases motivadoras e individualizadoras en Facebook, las imágenes alentadoras llenas de resiliencia que publican las universidades, los discursos de “autoaprendizaje” y “autogestión” en las clases en línea, conducen a un autosometimiento. De ahí que no percibamos la coerción disciplinaria que mencionábamos anteriormente: todo parece agradable. La psicopolítica vuelve todo más fácil y agradable, siendo esta maximizada por el entorno digital: teniendo inteligencia emocional y emociones positivas (Han, 2014) publicadas y enseñadas en cualquier página de Facebook, plataforma educativa o en la misma clase virtual, rendiremos más (¿para quiénes?) y nos sentiremos en “libertad”, sin presión alguna: “al fin y al cabo, no estoy en el salón de clases, no pasa nada, soy libre”. Desde el entorno digital, somos víctimas de la psicopolítica, de la psicologización ejercida que quizá sea el punto central de todo el asunto, como lo explica Pavón-Cuéllar (2019) en el prólogo de la obra de De Vos:

“[…] debemos empezar por convertirnos en impulsos, motivaciones, afectos, emociones, pensamientos, cogniciones, actitudes, rasgos de personalidad, respuestas a estímulos […] La crítica de los actuales giros neurológico y digital no puede llegar demasiado lejos ni tampoco profundizar lo suficiente, por lo tanto, si no se atreve a remontar hasta el dispositivo psicologizador con el que se produce lo que se neurologiza y se digitaliza. La psicologización es aquí el meollo de todo el asunto. El corazón del homo psychologicus es el que late dentro de los pechos del homo neurologicus y del homo digitalus“. (p. 23)

Esta psicopolítica, esta psicologización, siempre está ahí, en el seno de la digitalización, hoy digitalización escolar. La interpelación ideológica de la que Althusser nos hablaba en el aparato ideológico escolar, es hoy una interpelación a distancia, a domicilio, sutil y digital. Esta digitalización se precipitó y agudizó por la pandemia, y con ello, se maximizó la psicologización. En este sentido, nos digitalizamos y se refuerza lo que ya estaba psicologizado en nosotros. Somos homo psychologicus y digitalus a la vez, tal como lo necesita el sistema.

“Si la digitalización posibilita ciertas formas extremas y extremadamente sutiles de sujeción, dominación, manipulación, enajenación, explotación, mercantilización y financierización, es también porque se vale de la misma psicología que nos ha ido constituyendo internamente y que hoy regresa desde el exterior bajo una forma digital […] Ya somos lo dominado por la psicología que ahora simplemente reviste la forma digital de los dispositivos electrónicos, de los sistemas computacionales y de todos los demás artilugios informáticos”. (Pavón-Cuéllar, 2019a, p.27).

Comentarios finales: el retorno a la psicologización

La digitalización, al igual que las vicisitudes del capitalismo, es solo una mutación de la psicologización. El capitalismo neoliberal conserva mayoritariamente las formas y procedimientos de su antecesor industrializado, aunque de formas actualizadas y “menos” evidentes. Lo mismo sucede con la digitalización: la interpelación que sucede en el entorno digital mantiene siempre elementos de la psicologización, como lo argumentaba De Vos y Pavón-Cuéllar. La psicopolítica es un efecto inherente al proceso de devenir sujetos digitales. Lo emocional y el management de sí mismo (Han, 2014), nos hacen sentir libres frente a la crisis actual que el mismo sistema no desea perder y que por eso no existe un descanso real ni de nosotros, ni del mundo. Eso que provocó la crisis y resiste a ella, el capitalismo, es tal vez lo que se esconde detrás de la pantalla, detrás de la imagen que nos devuelve la pantalla o el espejo lacaniano.

El aparato ideológico escolar tampoco puede detenerse, porque es en este donde se reproducen las relaciones de producción que mantienen al sistema, y al no poder detener esta interpelación de sujetos, incluso durante una pandemia cuyas cifras mortíferas son síntoma del capital (explicado aquí brevemente con base en lo argumentado por Pavón-Cuéllar), tienen que recurrir a aquella flexibilidad que la “serpiente” psicológica (Han, 2014) y digital tiene en sus movimientos para escabullirse en los espacios que parecen imposibles. Somos ahora nuestro propio panóptico, desde la comodidad de nuestra casa, ya no necesitamos que el docente esté frente a nosotros. Nos autosometemos con nuestra sensación de libertad y control de nuestras emociones en el confinamiento.

Quizá el lector pueda concluir: “¿Entonces es mejor asistir a clases presenciales?” Probablemente, pero esto no quiere decir que ese regreso a la presencialidad vaya a eliminar el problema. Tal vez desaparezca parcialmente la digitalización y lo que esta conlleva en el control de la vida, sin embargo, la psicologización, la psicopolítica, la interpelación ideológica sigue y seguirá ahí si no existe una organización entre nosotros, docentes y estudiantes comprometidos(as), ético-políticos(as) y subversivos(as), que cuestione y critique lo que se dice y se hace en nuestras aulas a través del dispositivo psicologizador. Si queremos que las cosas cambien, podríamos pues, empezar por la crítica a ese dispositivo que todo lo psicologiza a su paso que, tal como Foucault lo explicaba, criticar sería “interrogar la verdad” psicologizadora, “desconfiando” de ella, “limitarla”, “escapar de esas artes” (Foucault, 1978/2018) que de la psicologización emanan, y que a su vez, esto podría conducirnos al derrocamiento de lo que hoy se esconde detrás de la pantalla y en la red, aquello que sostiene a la psicología y su psicopolítica enmascarada de digitalización.

Referencias

  • Braunstein, N. (1980). El sujeto en el psicoanálisis, el materialismo histórico y la lingüística. En Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (hacia Lacan). México: Siglo XXI.
  • De Vos, J. (2019). La digitalización. En J. De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.
  • Foucault, M. (2018). ¿Qué es la crítica? Conferencia dictada en la Sociedad Francesa de Filosofía, Universidad de la Sorbona, 27 de mayo de 1978. En ¿Qué es la crítica? Seguido de la cultura de sí. Argentina: Siglo XXI.
  • Han, B. C. (2014). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.
  • Marx, K. y Engels, F. (2004). Manifiesto Comunista. Madrid: Akal. (Original publicado en 1848. “Manifiesto del Partido Comunista”).
  • Pavón-Cuéllar, D. (2019). Prólogo. La psico-política de Jan De Vos ante nuestra psicologización en el capitalismo. En J. De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.

Marx y Freud en nuestras aulas: una ausencia intencionada

Esta ocasión, más que enfocarme en aportes teóricos, en propuestas críticas para la contribución a la temática del blog basadas en autores y autoras importantes, quiero cuestionar y problematizar una situación que se da en nuestras aulas de psicología, al menos en lo que respecta al campus de mi universidad, que ha caracterizado nuestra formación como psicólogos y psicólogas: la ausencia intencionada de Marx y Freud en nuestras aulas, en nuestro programa educativo; en nuestra psicología.

Muchos compañeros y compañeras, docentes o administrativos podrán objetar lo antes mencionado; argumentarán que un retorno a Marx y a Freud (si es que ya han estado en su terreno) no es necesario, y que por el contrario, debemos “actualizarnos”, “modernizarnos” en las “nuevas” prácticas en psicología; incluso los habrá quienes argumentan conocer a Marx y a Freud, pero hasta ahí, no se profundiza en ninguno de los dos, incluso ni se mencionan en clase, y si con suerte llegan a mencionarse, forman parte de “líneas del tiempo”, de distorsiones y abstracciones teóricas sin sentido, de suposiciones ideológicas y argumentos sin fundamento. Claramente no está del todo perdido este retorno a Marx y Freud; hay quienes lo han hecho, no siempre de manera explícita, pero sí a través del discurso contrahegemónico de algunos compañeros(as) y docentes, y a través de espacios de diálogo que pueden apuntar a una “nueva psicología”.

Así entonces, trataré de dirigir este breve escrito hacia dos caminos: el rechazo hacia Marx y Freud en nuestras aulas de psicología, por una parte; en el otro sentido, el necesario retorno a Marx y Freud que tendríamos que comenzar como estudiantes.

El rechazo hacia Marx y Freud en nuestra psicología: distorsiones, ausencia e ignorancia

Karl Marx (1818-1883) | Sigmund Freud (1856-1939)

Tanto Marx como Freud, contemporáneos en algún momento de su vida, cambiaron la forma de ver el mundo; fueron dos revolucionarios teóricos que llegaron para repensarse lo que se daba por sentado (y a la fecha). Para bien o para mal, distorsionados o no, todos conocemos a Marx y a Freud, hemos oído hablar de ellos, los vemos tal vez en textos, en cualquier disciplina de ciencias sociales son nombrados (a veces solo fugazmente). Sin embargo, en nuestra psicología, que es la que nos importa ahora en este escrito, ¿cuándo se han tomado en serio los aportes de Marx y de Freud? o una pregunta mejor planteada, ¿cuándo hemos revisado lo que Marx y Freud plantearon?

En primera instancia, y a quien se relaciona más en psicología, Freud ha sido rechazado y distorsionado en nuestra psicología (y no solo en mi universidad). Rechazado por la complejidad de sus argumentos, de su revolución teórica, por su “falta de cientificidad”, es decir, por no tener un fundamento científico en lo que él planteaba. Tachado de “pseudocientífico”, el psicoanálisis freudiano ni siquiera es revisado a fondo en nuestra psicología, el gremio psicológico supuestamente científico, y en general, muestran una resistencia, pero no una resistencia analítica, sino una resistencia ideológica (Althusser, citando palabras de Freud)1. Esto es claro, el psicoanálisis representa una amenaza a lo establecido, a la forma en que se hacían las cosas en la época en la supuesta ciencia psicológica, y hoy en día, la amenaza es dirigida hacia la comprensión misma del sujeto, de la supuesta autonomía que la psicología clásica y actual engendró en una sociedad burguesa.

El rechazo a Freud se tornó menos explícito debido a la gran distribución de su obra por medio de diferentes autores que se mantenían en cercanía con él, o veían la necesidad de un retorno a sus postulados (como Reich o Lacan). Sin embargo, esto no significa que el rechazo por parte de la psicología “científica” desapareció. Al contrario, este rechazo tomó formas más sofisticadas epistemológicamente hablando. En vez de rechazar a Freud y sus postulados, la psicología trató de absorber (y vaya que lo logró parcialmente) al psicoanálisis, psicologizándolo, robándose sus conceptos: la psicología del yo, el psicoanálisis infantil o del desarrollo, entre otros2. De esta forma, un psicoanálisis psicologizado (o como Althusser llama, un intento de digerir el psicoanálisis desde la psicología)3, un psicoanálisis distorsionado, perdía total capacidad subversiva, perdía todos los elementos que hacían que el sujeto se cuestionara a sí mismo, su constitución como tal; en términos psicologizados (a propósito), su “individualidad”.

Su distorsión continúa hoy presente en nuestras aulas. Escuchamos por los pasillos a psicólogos y psicólogas que dicen interesarse por Freud, que dicen entenderlo; utilizan conceptos como “inconsciente” y “consciente”, frases como “hacer consciente lo inconsciente”, sin siquiera dar cuenta de cada uno de estos conceptos. Piensan el psicoanálisis desde la psicología. Freud está presente y ausente a la vez: presente en el discurso psicologizado, ausente en la práctica subversiva, crítica y verdaderamente científica. Se piensa que revisar la primera y segunda tópica en dos clases establecidas es suficiente; el psicoanálisis es tratado como una simple “teoría de la personalidad”, una “simple teoría” de la “salud y enfermedad mental”. Los psicólogos piensan que saben de psicoanálisis porque lo piensan desde sus marcos teóricos-ideológicos pretendidamente científicos. El psicoanálisis que se nos da en las aulas es un psicoanálisis yoico, que ignora sus represiones, sus determinaciones superyóicas.

En segunda instancia, pero no menos que Freud, lo que Marx vino a hacer tanto en las ciencias sociales como en la propia filosofía claramente fue un golpe de realidad a la sociedad capitalista en turno (en ese entonces, la industrial). Marx, después de sus escritos de juventud aún con una postura idealista hegeliana (dominante en Alemania) pero con tendencias materialistas4, revolucionó la forma en que se vería el mundo real. Ya no se partirían de concepciones idealistas (como sucede en la psicología), ahora se partiría de las condiciones reales de existencia, de la vida misma; ya no habría especulación, sino una verdadera objetividad. El modo de producción real, es decir, de producción para poder vivir, determina el quehacer de los sujetos. Así, un adelantado a la época y a la misma psicología de hoy, Marx y Engels argumentaban que no es la conciencia la que determina la vida (como la psicología supone), sino que es la vida real la que determina la conciencia5. Las producciones mentales serían solo un reflejo ideológico, un reflejo “invertido” de lo real. De esta forma, el sustento ideológico del que parte la psicología y su la supuesta autonomía que le ofrece al individuo, terminan siendo nada a la luz de lo real.

De igual forma, Marx pudo vislumbrar que en los modos de producción (lo real) siempre había una parte que se quería imponer a la otra, es decir, dos clases. Esto mismo confirmado por él en la sociedad del modo de producción capitalista y sus análisis del feudalismo; en el actual modo de producción capitalista: burgueses y proletarios. La sociedad burguesa controla los medios de producción y la fuerza productiva, las ganancias solo se concentran en unos cuantos mientras que el trabajo de los proletarios es remunerado con un mísero salario. En este sentido, sin entrar a detalles en una crítica al capitalismo, se propone una concepción objetiva de la vida, una concepción materialista de las formaciones sociales: las sociedades se forman a partir de sus condiciones reales para vivir, esto es, su modo de producción. Esta concepción, denominada materialismo histórico (Marx no utilizó este término), llevó entonces a una amplia difusión para el análisis de la sociedad: autores como Engels, Plejanov, Lenin, Althusser extendieron el desarrollo teórico (entre otros). Quedo ahora bastante, pero exageradamente, corto para la explicación de la propuesta marxista.

Con todo esto ¿qué tiene que ver la psicología con Marx? El problema reside en que la psicología, nuestra psicología ha ignorado sus aportes totalmente. Aquí ni siquiera hay una presencia-ausencia, simplemente no existe Marx para la psicología de nuestros días (aparentemente no existe), para la positivista, para la adaptadora y alienante psicología. En vez de tomar en cuenta a Marx para la explicación de nuestra historia, se ignora completamente. Esto lo vemos en las supuestas clases de “historia” que se nos dan en la psicología: en vez de interesarnos por cómo saquearon América con fines de mercado en la época colonial, en vez de explicarnos las consecuencias de la sociedad capitalista neoliberal o interesarnos por la lucha de clases que hoy en día vivimos (como la COVID-19 ha dejado entrever actualmente), muy contrario a todo eso, la psicología se limita a contar lo que a su conveniencia es “mejor”. En caso de que no fuera “conveniencia” y fuera simplemente ignorancia, esta ignorancia no hace más que contribuir a que el capitalismo se siga perpetuando: en escuelas, en el trabajo, en la familia, en la sociedad misma.

La psicología sin Marx es simplemente una ciencia de las apariencias, de lo ideológico. El único acercamiento que se tiene por parte de nuestra psicología con Marx, en su ignorancia, es la distorsión de lo que él proponía. Los psicólogos y psicólogas (docentes y estudiantes) que ni un acercamiento por documental han tenido a Marx, difunden la misma propaganda burguesa en contra de un comunismo que es subversivo, revolucionario; esto es, y me atrevo a decirlo, porque sin capitalismo, ¿qué sería de la psicología?

Ya he mencionado anteriormente y en repetidas ocasiones, a partir de la propuesta de Braunstein y Althusser (seguidores de Freud, Lacan y Marx), que la psicología forma un Aparato Ideológico de Estado por sí misma. Nuestra psicología nos dota de ciertos ejes temáticos que deben ser revisados constantemente en clases, son reforzados constantemente, vistos una y otra vez sin cesar. Partimos de un idealismo platónico, un dualismo cartesiano, una “subjetividad” reducida a su comportamiento “objetivo”, observable y cuantificable, un individualismo con potencialidades, y para aparentar ser “más científicos”, una neurologización de la subjetividad. Claro, tenemos en cuenta de vez en cuando los “contextos” que la psicología determina en sus intervenciones de forma a priori: la familia, la escuela, el trabajo, lo “comunitario”. Nunca lo político y económico, nunca lo inconsciente o el aparato psíquico, nunca lo ideológico.

Este encierro en los ejes temáticos impuestos por la psicología no cumplen más que la función de serle leal al capitalismo y al “Yo” que desarrolló y reforzó la psicología como encargo del capital. Se tiene que asegurar un adoctrinamiento, la fuerza de trabajo adaptada, regulada, controlada; descartar aquellos quienes no funcionan en el entramado postindustrial; todo esto mediante pruebas psicométricas pretendidamente científicas. Nuestra psicología actúa como camisa de fuerza, que nos limita a un espacio cerrado de movimiento (sus temas y su campo de acción). Se trata de despolitizarnos, de “desrealizarnos”, de ser un psicólogo o psicóloga más. Se nos repite en las aulas (y vaya que en demasía), la premisa de que “cambiar el sistema” es IMPOSIBLE. Claro, esto es una cómoda postura para ellos y ellas, aquellos que les es más fácil recibir estímulos por cumplir con lo establecido, aquellos a los que les es más fácil subordinarse a lo que un dictamen establezca.

Comentarios finales: el retorno a Marx y a Freud

Me gustaría finalizar diciendo: no todo está perdido. Sí, tenemos mucho trabajo por realizar, mucho por leer y mucho por hacer si de verdad apostamos por una sociedad sin desigualdades. Si bien, la psicología ha absorbido al psicoanálisis e ignorado al marxismo, estos dos no necesitan de “la psicología”. Estos se han encontrado en diferentes ocasiones para formar un frente versus la psicología hegemónica, han creado y actualizado constantemente su propia psicología, una concreta y material, una verdaderamente científica no supeditada al capitalismo. Los aportes existen, solo que jamás nos los han presentado: Vygotsky (sólo vemos la ZDP), Politzer (¿y quién es?), Luria (¿no era el dios de los neuropsi?), Kornílov (¿?); todos estos forman parte de una “psicología marxista”. Más recientemente, Althusser y su retorno a Marx y su crítica de la psicología; Braunstein y su postura althusseriana; Parker, psicoanalista y marxista; Pavón-Cuéllar y su articulación del marxismo con el psicoanálisis lacaniano, entre otros tantos no menos importantes.

Necesitamos del psicoanálisis y del marxismo; necesitamos leer y releer a Freud y a Marx, tal como lo hizo Lacan con Freud, o Althusser con Marx (ambos críticos de la psicología). Ahora, no solo necesitamos de estas dos posturas para un frente teórico político comprometido, sino que también los necesitamos para cuestionar nuestra propia constitución como sujetos, es decir, cuestionar lo que nos ha hecho sujetos (en el doble sentido: sujetados y subjetivados). El compromiso de la psicología, si es que aún podemos hablar de ella como tal, no debe ser con un sistema económico encargado de violentar simbólicamente, debe ser, por el contrario, con la sociedad misma, y desarrollar un papel ético-político comprometido.

No por ser estudiantes no debamos acercarnos al lado “oscuro” como a mí me gusta llamarle. Pero es necesario que aceptemos, como estudiantes, que no será fácil comprender(se) a través de estos textos como la literatura psicológica ha ofrecido sus lecturas de forma fácil con lenguaje simplista e infantil para asegurar la reproducción ideológica. Es un camino complejo, un camino que hará poner en duda lo que somos y lo que la realidad ha sido hasta ahora.

Referencias

1 Louis Althusser, “The place of Psychoanalysis in the Human Sciences”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 1–44.

2 Ibíd. pp. 20-22

3 Louis Althusser, “Psychoanalysis and Psychology”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 45–87. (pp. 65-70)

4 Louis Althusser, “Sobre el joven Marx”, en La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1967), 39–70.

5 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.





La Psicopolítica de Byung-Chul Han: la nueva técnica de poder neoliberal

El capitalismo posfordista-neoliberal se ha apoyado directamente en la psicología para cumplir sus fines: desde los ideológicos hasta el aumento de la producción (in)material para el consumo excesivo con la finalidad de generar plusvalía. Pero cabe hacernos unas cuantas preguntas: ¿cómo logran sus fines, mediante la psicología, los capitalistas neoliberales? ¿por qué ha sido [el capitalismo neoliberal] el sistema imperante por aproximadamente medio siglo? ¿en dónde reside su eficacia para mantenerse como sistema dominante? Hablamos de una psicologización del capitalismo, una psicologización del ejercicio del poder; el capitalismo recurre a toda la estructura teórica de la psicología para perpetuarse en la sociedad; recurre a todo su arsenal técnico para someter, sin que se den cuenta, a los sujetos.

Esta ocasión intentaré reseñar y reflexionar acerca de la propuesta de la nueva técnica de poder por excelencia del capitalismo neoliberal. Esta “nueva técnica”, propuesta por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, nos puede interesar a quienes criticamos abiertamente a la psicología y su estrecha-perversa relación con el capitalismo. Si bien la crítica de Han es relativamente amplia, nosotros solo abordaremos la parte medular de su obra: ¿qué es la psicopolítica y qué implicaciones tiene? (si el lector desea profundizar, véase: Han, 2014). Me apoyaré muy brevemente en la propuesta de Jan De Vos acerca de la psicologización, ya revisada anteriormente: Homo psychologicus: la psicologización del todo.

Antes de entrar a detalle en lo que respecta a la psicopolítica, cabe mencionar que Han viene a dar un giro a la propuesta foucaultiana acerca del control y vigilancia de los cuerpos y la vida en general (la biopolítica) durante el capitalismo industrial (antes del neoliberal), no obstante, el análisis foucaultiano no debe descartarse en ningún momento; en este sentido, Foucault y la biopolítica deben ser abordados más a detalle y por separado.

Psicologización del poder: Poder Inteligente

Byung-Chul Han; filósofo surcoreano

Hace poco dedicábamos una publicación a la obra del psicólogo Jan De Vos en donde se enfatizaba el papel de la psicologización en el capitalismo y sus respectivas implicaciones, creando así un homo psychologicus (De Vos, 2019). Todo hoy en día lo vemos a través del lente de la psicología, de su corpus teórico (ibíd.), todo es reducido psicológicamente. ¿Por qué será que todo es psicologizado y qué función cumple la psicologización? Al habar de la psicologización, necesariamente es dar cuenta que existe un proceso de subjetivación bajo la lógica de la psicología: su obsesivo individualismo, el enfoque en las emociones y cogniciones, las motivaciones, la superación personal, el emprendimiento, la (supuesta) libertad del sujeto (resulta paradójico: ser sujeto y libre al mismo tiempo), la autorrealización, entre muchos otros conceptos que se expanden en todas las corrientes psicológicas y que llegan a lugares jamás antes esperados. En resumen, se nos enseña a mirarnos de forma psicológica, pero, ¿quién se esconde en ese “se”? ¿quiénes nos enseñan? Partiendo de estas preguntas, podemos contestar la que aparece renglones atrás.

Si antes del capitalismo neoliberal, en el capitalismo industrial y su biopolítica y el panoptismo, lo que se sometía y vigilaba era la fuerza física de trabajo y que además se imponían restricciones corporales para tener todo “bajo control”: un poder disciplinario, explícito, en el que se “niega la libertad” (Han, 2014, p.27), hoy esa técnica de poder sobre lo físico se ve “desgastada” y “rebasada” y por lo tanto el capitalismo neoliberal debe recurrir a nuevas técnicas de poder para lograr una sumisión total de los sujetos; hacerles creer que son autónomos, independientes, y libres.

El capitalismo neoliberal ejerce un ‘poder inteligente’ (Han, 2014; título del segundo capítulo), capaz de hacerlo pasar desapercibido entre las personas. A diferencia del poder que coarta la libertad con acciones explícitas, el del capitalismo fordista-industrial, el que se ejerce en el neoliberal es bastante silencioso; al respecto Han afirma (ibíd.): “El poder está precisamente allí donde no es tematizado. Cuanto mayor es el poder, más silenciosamente actúa” (p.27). Este poder no se opone a la libertad, como sucedería en el anterior, hace uso de ella, es más permisivo y positivo (ibíd; p. 28). Para complementar los siguientes aportes de Han, este afirma:

“La técnica de poder propia del neoliberalismo adquiere una forma sutil, flexible, inteligente, y escapa a toda visibilidad. El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. El entramado de dominación le queda totalmente oculto. De ahí que se presuma libre”. (ibíd.; p.28)

Ya no hay una constricción de la libertad, al contrario, se aumenta, no con la finalidad de que los sujetos sean libres realmente, sino que este aumento de libertad sirve justamente para producir más, para seguir alimentando el capital, para generar plusvalía. De ahí que entonces las empresas o cualquier institución contraten psicólogos y psicólogas o hasta coaches (que ya no habría prácticamente diferencia con los primeros en esta forma de subjetivación), ya sea en el área de “Recursos Humanos” (y vaya que la misma acepción tiene un efecto casi deshumanizador: ¿un recurso?) o cursos de motivación en el trabajo, para que les den a sus trabajadores las “herramientas inmateriales necesarias” para ser más productivos. El meollo de todo este asunto es subjetivar a las personas para que crean que realmente trabajan para sí mismos y su desarrollo personal dentro de su trabajo, para ellos como proyecto o empresarios de sí, en el que las necesidades del capital sean percibidas como propias (Han, 2014). Al respecto, Han nos aclara:

“Radicalmente más eficiente es la técnica de poder que cuida de que los hombres se sometan por sí mismos al entramado de dominación. Quiere activar, motivar, optimizar y no obstaculizar o someter. Su particular eficiencia se debe a que no actúa a través de la prohibición y la sustracción sino de complacer y colmar. […] El poder inteligente, amable, no opera de frente contra la voluntad de los sujetos sometidos, sino que dirige esa voluntad a su favor. Es más afirmativo que negador, más seductor que represor. Se esfuerza en generar emociones positivas y en explotarlas. Seduce en lugar de prohibir. No se enfrenta al sujeto, le da facilidades”. (ibíd.; 28-29)

No es raro entonces que el mismo Žižek (2020) cuestione cuando se delegan ciertas tareas a equipos de trabajo especializados y sus jefes o los gerentes les hacen creer que tienen movilidad en todo y que sus decisiones son altamente importantes. Claro, ganando el mismo salario de siempre bajo el entramado de la explotación y la extracción del plusvalor.

Volvamos momentáneamente a la cuestión de la función de la psicologización y sobre quiénes nos psicologizan. Nos encontramos entonces con un ejercicio de poder psicologizado, es decir, una nueva forma neoliberal de sometimiento; ya no es necesario controlarnos físicamente, sino más bien, es necesario recurrir al entramado psicológico, a los “psi”, para poder asegurar un buen sometimiento. Lo que hacen los psi, comúnmente (por no decir que siempre) es educar a los sujetos para que se vean a través de la psicología (De Vos, 2019), esto no es por mera decisión de los psi (porque la psicología es un aparato ideológico, recordando a Braunstein, 1975), sino que es por mero encargo del capitalismo neoliberal: los psi motivarán, dirigirán la atención de manera excesiva a las emociones, harán que el sujeto se sienta libre, que puede ser agente de sí mismo en su trabajo, harán que se sientan individuales, que los demás no importan y tienen que competir contra los otros. Esto es, un ejercicio de poder que no se percibe. De Landázuri (2017) complementa: “Un poder es realmente efectivo cuando menos se nota su presencia […] En cambio, cuando en una sociedad se asumen ciertos comportamientos y hábitos hay un poder que opera sin fuerza y que no es cuestionado por nadie”. Esto es claro, ¿cómo se va a cuestionar algo si me están enseñando a que todo lo que hago es por mí y solo para mí? Uno aprende ciertos hábitos propios de la praxis psicológica: uno se autorregula, se autoexplota, ya no es necesario la presencia física del patrón o de los jefes de área, uno tiene la supuesta posibilidad de ‘poder hacer’ todo lo que uno quiera, sin límites, uno se vuelve panóptico de sí mismo (Han, 2014)

En este sentido, bajo la noción del ‘poder inteligente’, y nosotros agregamos: un ‘poder inteligente y psicologizado’, se constituye el concepto de la psicopolítica (De Landázuri, 2017). Ya no existe un sometimiento en demasía hacia y contra el cuerpo, sino que se recurre al sometimiento de la psique de forma silenciosa, para poder enajenarnos y seguir siendo sirvientes de la clase dominante, del neoliberalismo; el poder inteligente lee y evalúa nuestros pensamientos conscientes e inconscientes, (Han, 2014, p. 30). Incluso ya no se habla de un “sujeto” que significaría “estar sometido”, ya es una persona emocional con vivencias (ibíd.; 116).

En este punto, después de pasar por el poder inteligente-psicologizado, quiénes ordenan la psicologización y el devenir homo psychologicus proyecto de sí mismo, llegamos a la definición que Han (2014) propone para la psicopolítica: “La psicopolítica neoliberal es la técnica de dominación que estabiliza y reproduce el sistema dominante por medio de una programación y control psicológicos” (p.117). Pavón-Cuéllar (2017) complementa de forma magistral:

“El poder sobre el individuo neoliberal estribaría, pues, en el poder mismo del individuo neoliberal. Su empoderamiento lo sojuzgaría. Su esclavitud radicaría en su libertad. Es así, precisamente, como procedería la psicopolítica: no desde el exterior del individuo, sino en su propio interior, a través de sus necesidades, intereses, deseos, inclinaciones y todo lo demás de lo que se ocupa la psicología” (p. 602) (Cursivas mías)

Comentarios finales

Nos acercamos pues al concepto de la psicopolítica, pero más que a su concepto, a su ejercicio en nuestra sociedad capitalista neoliberal. Así como el capitalismo ha mutado, se adapta a nuevas circunstancias, así lo hacen sus técnicas y sus secuaces como la psicología. Ya no rige la biopolítica (al menos es lo que nos propone Han); reina la psicología, y no porque esta sea una ciencia per se o porque realmente tenga buenos aportes para nuestra sociedad (o más bien, sí los tiene), sino porque sirve de técnica: dota de herramientas al capitalismo para seguir controlando de manera eficiente. La psique se convierte en fuerza productiva de capital. Hoy el capital tiene a su disposición todos los medios posibles de producción.

La propuesta de Byung-Chul Han no solamente es limitada a explicar el concepto y la aplicación de la psicopolítica; va más allá y nos dirige hacía una digitalización de los sujetos (tal y como De Vos lo explicó más a detalle cinco años después que Han), hacia un panóptico digital en el que el Big Data es primo-hermano de la psicología para controlarnos, para manejar la psique, para que el sistema pueda mantenerse como hasta ahora. Dejaremos estas propuestas para que sean abordadas en un futuro no tan lejano, dado que la importancia de la digitalización de los sujetos nos está llevando cada vez más a una indiferencia de lo que sucede “allá afuera”.

Por último, Han en sus páginas finales, apuesta por una des-psicologización de la vida para una verdadera libertad (una des-ideologización, agregaríamos nosotros). Cerraría con sus palabras:

“El arte de la vida como praxis de la libertad tiene que adoptar la forma de una des-psicologización. Desarma la psicopolítica como medio de sometimiento. Se des-psicologiza y vacía al sujeto a fin de que quede libre para esa forma de vida que todavía no tiene nombre”. (Han, 2014, p.117)

Referencias

  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo XXI.
  • De Landázuri, M. (2017). De la biopolítica a la psicopolítica en el pensamiento social de Byung-Chul Han. Athenea Digital, 17(1), 187-203.
  • De Vos, J. (2019). La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso.
  • Han, B. (2014). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2017). Subjetividad y psicología en el capitalismo neoliberal. Psicología Política, 17(40), 589-607.
  • Žižek, S. (2020). Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Barcelona: Anagrama.





El malestar en…¿la cultura?: de Freud a Parker

Tardé en decidir si realizar o no este breve ensayo por la complejidad que conlleva la lectura de Freud y sus postulados, y a su vez, utilizarlos como fundamento de una crítica hacia el modo de producción capitalista en la que se articula cierta ideología dominante y se reproduce una violencia simbólica constante contra los sujetos, eso a lo que le llamamos “cultura”, en la que se superponen ciertas formas de ser y de actuar. No obstante, quiero invitar al lector, específicamente a aquellos que se han interesado o formado en el psicoanálisis y que mantenga un acercamiento con la crítica marxista, de contribuir a las posibles lagunas que tenga en mi discurso.

En esta ocasión trataré de abordar muy “por encima” dos concepciones del “malestar” que reside en nuestra sociedad. Por un lado, la postura freudiana presentada en la obra “El malestar en la cultura”, publicada en 1930 a casi una década antes de la muerte de Freud, cuyo énfasis reside en la constricción y control de los sujetos mediante la represión de los instintos; y por otro lado, la perspectiva parkeriana en donde encontramos una postura marxista-materialista sobre la materialización de este malestar en el sistema capitalista, misma que se articula en una época relativamente reciente, o al menos, sigue vigente (2007). Con base en lo anterior, las dos propuestas antes mencionadas nos servirán en esta ocasión para realizar una articulación que quizá no les parezca a los psicoanalistas más ortodoxos o a los que han caído en la trampa de la psicologización y podrán tachar de ingenua y burda esta propuesta no innovadora (porque autores y autoras ya consolidadas con una gran preparación han articulado el marxismo con el psicoanálisis).

Cabe mencionar, que la segunda parte de este ensayo se relaciona directamente con la publicación anterior en este blog: “DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva”, por lo que se invita al lector revisarla posteriormente (o previamente).

Superyó y malestar: la cultura como síntoma

¿Qué implica el malestar en la cultura? Si bien no haré un análisis de la obra porque rebasaría en demasía el objetivo de este escrito, sí me enfocaré en algunos elementos claves que fundamentan la crítica hacia el modo de producción capitalista actual (en su fase neoliberal). No perdamos de vista que a pesar de que Freud no criticó tan abiertamente al capitalismo de inicios del siglo XX, e incluso llegando a afirmar que no le concernía la crítica hecha por los marxistas (Freud, 2019/1930), sí planteó algunos elementos que nos pueden servir a nosotros, estudiantes, docentes, activistas y demás, para sustentar una crítica amplia. Trataré, como ya anticipé y siguiendo a Freud, muy brevemente el cómo se instituye el malestar en nosotros a nivel social, o en este caso, cultural.

Freud en su texto de 1930 pone énfasis en cómo el principio del placer y esa búsqueda incesante por la felicidad en los sujetos se ve coartada y modificada por el “mundo exterior”, por una instancia social (la cultura) que reprime el instinto, por un “objeto” impuesto al infante, por un “afuera”. En este sentido, la satisfacción del instinto, ahora en vez de “guiarse” exclusivamente por el principio del placer, mismo que imperaba en la etapa más primitiva del sujeto, ahora está a expensas del principio de realidad, que prohíbe o regula esa satisfacción, generando un sufrimiento intenso (Freud, 2019/1930). El sujeto se verá en un sufrimiento constante al no saber cómo lidiar “correctamente” (sublimar) con su necesidad de placer dadas las restricciones culturales, cayendo así en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad (Freud, 2019/1930, p. 85), no sin antes que el sujeto emprenda una lucha “por la vida” mediante tendencias agresivas hacia la propia cultura. ¿Cómo hace la cultura para mitigar esas tendencias? Se pregunta Freud (p.123).

La “cultura” (a partir de aquí le asignaremos comillas, más adelante aclararemos esto) apelará a la misma agresión del sujeto, pero hará que esta sea introyectada: ¿cómo lo logrará? se preguntará el no-psicoanalista. La agresión es dirigida contra el propio “yo”, en forma de superyó asumiendo una conciencia moral; el superyó le generará un “sentimiento de culpabilidad” (concepto clave en la obra, pero que no abordaremos a profundidad aquí) al yo debido a que este (el yo) ha cometido materialmente, o con el simple deseo, la destrucción del “afuera”, similar a lo que sucede en el complejo de Edipo (incluso Freud afirma que el sentimiento de culpabilidad, ocasionado por el superyó, procede del Edipo, es decir, en el parricidio o en su deseo y su constante temor a la pérdida de amor de la autoridad: el padre; 2019/1930, p. 133); un sinónimo de este sentimiento de culpabilidad, podría ser la “angustia social” (ibíd.; p.125). ¿Qué función cumple el superyó en la “cultura”? Freud afirma:

“… la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada”. (ibíd; 124).

Antes de continuar con nuestro intento de abordar a Freud, es necesario que nos detengamos en el uso de las comillas en la palabra -cultura-. Usé estas comillas porque a pesar de que Freud no haya entrado en la crítica marxista porque no “le concierne” y que el postulado que se presenta en su obra de 1930 mantiene una relativa autonomía respecto a Marx (y sus seguidores), y en la misma, la cultura es vista como escultora de la subjetividad (Carpintero y Vainer, 2017), sí nos da toda una base para explicar lo que sucede hoy en día en el sistema capitalista; la cultura puede ser únicamente síntoma de este, una parte de la superestructura (para recordar a Althusser y el althusserianismo propiamente) y no un elemento aislado en el análisis. En este sentido, y quizá animándome a “criticar” a Freud, dirigir la atención únicamente a la mera cuestión de la cultura y de la subjetividad, sería caer en una especie de psicologización; las preguntas que deberían formularse los freudianos podrían ser: ¿a qué intereses sirve la cultura? ¿con qué fines se coarta la “agresión” de los sujetos y se subjetivan? Ya Braunstein (1975) con una marcada posición althusseriana nos explicaba la necesaria relación entre el superyó y la ideología dominante, es decir, el proceso de sujetación del individuo para adecuarlo al sistema capitalista (y su cultura).

Ya hemos recorrido muy vagamente algunas ideas que Freud propone, poniendo énfasis en el malestar que la cultura causa en el sujeto, sin embargo, en el párrafo anterior afirmábamos que la cultura solamente es síntoma o constituyente también de un proceso alienante que le serviría al capitalismo. Ahora recorreremos la propuesta de Ian Parker, psicólogo crítico británico, marxista y que ha contribuido ampliamente a la crítica de la psicología; le daremos especial atención (aunque breve) a su obra Revolution in Psychology: Alienation to Emancipation, publicada en 2007 (la versión traducida de esta obra se titula: La psicología como ideología: contra la disciplina, publicada en 2010).

La producción del malestar: y la psicología no para

Ian Parker | Sigmund Freud

Hablábamos pues que la cultura puede ser síntoma del capitalismo, pero, ¿en dónde queda el malestar provocado? o mejor aún, ¿es realmente la “cultura” la que produce el malestar? Como se comentaba anteriormente, no podemos pecar de psicologización y quedarnos únicamente con la idea de Freud; la cultura (junto con su respectivo malestar, del que nos ocupamos esta ocasión) responde a los intereses de la infraestructura, de la base económica, del capitalismo. El malestar entonces es producido en el sistema capitalista (Parker, 2007). De “neurosis” pasamos a “enfermedad o trastorno mental”; del análisis pasamos a la psicología adaptadora.

Como ya hemos anticipado en anteriores publicaciones, no se le hará raro al lector que de nuevo afirmemos que los psicólogos y psicólogas sean cómplices del sistema capitalista. La psicología por sí misma es considerada un aparato ideológico de Estado (Braunstein, 1975), en donde se reproduce cierta ideología de forma materializada a través de sus prácticas (Althusser, 2018). Por su parte, Parker (2007) afirma que la disciplina psicológica forma parte de la organización material del mundo, y las mismas decisiones que los psicólogos toman tienen consecuencias en nuestra forma de actuar y de pensar; es por esto que también es importante tomar seriamente el cómo la disciplina nos limita físicamente (p.94).

Nuevamente nos interesamos por la materialización del malestar, los sistemas de clasificación, especialmente el psiquiátrico (DSM). La psicología y psiquiatría, al servicio de las empresas farmacéuticas, proponen un montón de categorías nuevas en sus sistemas para que los trastornos de cada categoría, puedan ser tratados con algún tipo de medicamento (Parker, 2007). Esto, podemos adelantar, tiene dos implicaciones: por una parte generar mayor plusvalía gracias al malestar creado por los “psi”, lo que en pocas palabras es: mayor ganancia para los del poder económico; y por el otro lado, siguiendo a Braunstein (2013), ser un acto performativo, es decir, definir quién es normal (funcional) y anormal (disfuncional), determinar quiénes sí sirven en la “cultura” (en el sistema capital, mejor dicho), y quiénes no, y además, afectar la forma en que los diagnosticados por ese “malestar” (trastorno) piensan y actúan.

El trastorno, malestar, está supeditado al capitalismo, a la industria farmacéutica en compañía con los psi; el malestar se enmarca dentro de los límites de la psicología, del individuo. Aquí es necesario recordarle al lector que el malestar, el trastorno, la neurosis, desde el punto de vista psicológico-capitalista, es un problema meramente del individuo y nada más; es un problema interno y nada tiene que hacerse más que acudir con sus terapeuta más cercano para que este cumpla la función de devolverlo a la “normalidad”. Deseo cerrar con la siguiente cita de Parker (2007):

“En la cultura psicológica, se incita a todos a sentir que son vulnerables, que están ‘en riesgo’ y que cualquier indicio de infelicidad debe ser una señal de que algo está mal con ellos. En esta sociedad [la capitalista], incluso los momentos de infelicidad que podrían llevarnos a reflexionar sobre lo que está mal en el mundo se convierten en signos de patología que deben borrarse; así se refuerza la alienación en la cultura psicológica y se suprime cualquier conciencia de ella”. (p.111). (Cursivas mías)

Haciendo un breve retorno a Freud, al que no le interesaba la crítica hacia el capitalismo. ¿No nos encontramos en esta cita algo parecido a lo que Freud nos explicaba? Nos hacen sentir vulnerables, es decir con ese “sentimiento de culpabilidad”; la reflexión sobre lo que está mal en el mundo, ¿no se asemejaría con el impulso destructivo hacia el objeto impuesto al infante?; la alienación al sistema capitalista ¿no sería equivalente al sometimiento del yo al superyó para evitar la pérdida del amor? Cabe mencionar que Parker no menciona a Freud en el capítulo en el que nos basamos, y ni siquiera es citado en toda la obra.

Comentarios finales

No cabe duda que Freud sentó algunas bases para la crítica del modo de producción capitalista; ¿no será acaso que Freud sí lo criticaba de manera implícita? no lo sabemos con exactitud, pero al menos tenemos estos esbozos en los cuales diversos psicólogos críticos y psicoanalistas han articulado su crítica. Ian Parker nos acerca justamente aún más hacia esta; en vez de quedarnos con una crítica a la “cultura” únicamente, se nos propone señalar de manera constante que ese “malestar cultural” o neurosis, hoy “trastorno mental” es un síntoma de la organización estructural (económica e ideológica) de la sociedad, y la contribución perversa de la psicología en la alienación del capitalismo, de mantenernos en ese “malestar”.

El lector podrá ver muy limitadas mis opiniones, e incluso recorté mucha información valiosa que Freud y Parker nos ofrecen, sin embargo, se hizo de esta manera para evitar un escrito demasiado extenso, y además, ambos autores pueden tener claras diferencias que serían pertinentes abordar por separado. Se le invita a quien lee este escrito que revise ambas obras.

Referencias

  • Althusser, L. (2018). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Práctica teórica y lucha ideológica. Ciudad de México: Grupo Editorial Tomo.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • Carpintero, E. y Vainer, A. (2017). Psicoanálisis y marxismo: historias y propuestas para el siglo XXI. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Freud, S. (2019). El malestar en la cultura. Madrid: Alianza. 1930.
  • Parker, I. (2007). Material Interests: the Manufacture of Distress. En: I. Parker, Revolution in Psychology: Alienation to Emancipation (pp. 94-111). Inglaterra: Pluto Press.

DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva

Tanto a psicólogos como a psiquiatras (los psi de aquí en adelante), nos indican que hay que saberse los llamados “trastornos mentales”, su clasificación, sus “síntomas”, sus “criterios diagnósticos”, todo esto apoyado en los sistemas de clasificación existentes. Por un lado tenemos a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE; ICD por sus siglas en inglés: International Classification of Diseases) a cargo de la Organización Mundial de la Salud en la que no sólo se condensan las enfermedades orgánicas, sino también las “mentales”; y por otro tenemos uno exclusivo a los famosos “trastornos mentales”: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, en inglés) a cargo de la Asociación (norte)Americana de Psiquiatría.

Bajo estos dos manuales universales e imperantes, el quehacer de los psi ha sido regulado y subyugado; estos van “clasificando” a diestra y siniestra a cualquier “enfermo” que se les pare delante de ellos. En esta ocasión, me ocuparé, no de los sistemas clasificatorios como tal ni de sus diferencias entre sus ediciones, pero sí de las repercusiones del quehacer de los psi con estos sistemas, más específicamente con el DSM (de-ese-eme a partir de ahora): la clasificación como instrumento para regresar a todos a la normalidad, al cenro de la curva de Gauss. Cabe mencionar, que en este escrito el lector podrá ver fundadas mis opiniones en la crítica que hace Néstor Braunstein a la clasificación de la supuesta “enfermedad mental”, no sin antes hacer un retorno muy breve a la propuesta de Jan De Vos acerca de la neurologización del todo (ya anticipada en la publicación anterior).

Neurologización, medicalización y el DE-ESE-EME

Después de la psicologización, es decir, de ver todo a través del lente de la psicología, o de las ciencias “psi”, viene la neurologización, o mejor aún, se complementan, son como hermanas. Esta última enfatiza la materialidad cerebral de lo psicologizado anteriormente: las emociones, las ansiedades o depresiones ya no solo le competen al corpus teórico de la psicología, sino que este encuentra su complemento en el cerebro. Todo lo que le sucede al sujeto, o su subjetividad, ahora se ve a través del lente de las neurociencias o bajo el prefijo “neuro”; todas las “afecciones” psicológicas ahora residen exclusivamente en el cerebro, en sus conexiones neuronales, los neurotransmisores; el sujeto se reduce a su cerebro (De Vos, 2019). Lo “neuro” comenzó a ganar terreno en las disciplinas de los psi (neuro-psicología, neuro-psiquiatría) (ibíd.)

El lector puede preguntarse: ¿a dónde vamos con hablar de la neurologización? En su intento por pretender ser científicos, los psi acuden directamente a terrenos ajenos para poder “armarse de municiones” del campo médico (en este caso, el de la neurología, aunque suelen recurrir a otras áreas médicas como la patología), para sustentar sus sistemas de clasificación (el de-ese-eme), para supuestamente explicar las “causas” y darles nombre a los “trastornos-enfermedades mentales”, y obviamente, generar “tratamientos” a doc para el “trastorno”. En contraste, poco antes de que el DE-ESE-EME-5 fuera lanzado al mercado (como cualquier mercancía lista para generar plusvalía), Braunstein (2013) afirmaba que este apoyo de los psi en la materialidad cerebral no explica las causas de los “trastornos”, sino que simplemente harían posible la manifestación sintomática, es decir, son otros síntomas del “trastorno”.

Así pues, como mencioné en líneas anteriores, además de navegar en aguas ajenas como en la neurología, la patología, y otras tantas, para formar su corpus “neuropsi” (De Vos, 2019) y su arsenal para su quehacer profesional (en este caso, toda la clasificación del de-ese-eme), los psi (o neuropsi), también buscarán un tratamiento que funcione, adapte, normalice (¿normalizar qué?) a la persona. En este caso, como el de-ese-eme prescinde de alguna teoría y recurre a la neurologización, a lo “científico”, a lo “tangible” (Braunstein, 2013; De Vos, 2019), se recurre también a un tratamiento para esta materialidad, para el cerebro y ahora también, la conducta (no me detendré en esto esta ocasión): los fármacos. No se niega que estos puedan tener efectos benéficos para las “afecciones mentales”, sin embargo, dado que la medicalización (que incluye todo el saber médico y sus prácticas, entre ellas, el suministro de fármacos) está al servicio del discurso de los mercados (del capitalismo en su fase avanzada pues), no se encontrarán muchos “papers” que hablen de todo lo negativo que estos conllevan para la psique (Braunstein, 2013).

Parece pertinente detenerse en la siguiente cita de Braunstein con clara influencia foucaultiana:

“Que nadie se confunda: la crítica a la medicalización no es crítica a la medicina y sus innegables avances en cuanto a la transformación de la existencia, las más de las veces en un sentido potencialmente positivo (aunque degradado por las políticas estatales y corporativas que la regulan). La crítica apunta a la ideología subyacente al discurso médico, medicalizante, que se apuntala en el conocimiento de las posibilidades del cuerpo humano y que pretende, en nombre de una cierta ganancia en cuanto a la duración de la vida y prevención o control de las enfermedades, someter esa vida a los mandamientos de una empresa planetaria de regulación de todos los comportamientos instintivos y sociales, de las pulsiones y sus destinos, desviado a los hombres y a las mujeres de las preguntas relacionadas con las circunstancias (sociales, políticas, culturales, jurídicas, económicas) en que sus vidas transcurren. En otras palabras, a las obvias funciones represivas, “biopolíticas” (y “psicopolíticas”, agreguemos) del discurso basado en la medicina”. (ibíd; 41.) (Cursivas mías)

Podemos colocar a la medicalización junto con la neurologización como pilares constitutivos de los sistemas clasificatorios, tanto del mentado de-ese-eme (I, II, III, IV, V y que ojalá aquí se quede) como del CIE, que no abordaremos aquí. Por una parte, la neurologización ofrece una explicación supuestamente científica de los “trastornados”, y por otra, la medicalización comparte todo su saber y prácticas para su tratamiento (aunque también, en el sentido moebiusiano, estas dos irían de la mano: lo neuro y lo médico), formando así una relación indisoluble de trastornos-tratamientos. A su vez, no solamente constituyen un sistema clasificatorio, sino que además, devienen en acto político (algo performativo), es decir, todo en su conjunto (medicalización, neurologización y el de-ese-eme) configuran tanto el quehacer de los psi, como de los propios “pacientes” o “no-pacientes”. La clasificación y el diagnóstico son agentes activos en el dispositivo psi: no son actos “científicos” u “objetivos”, sino postulaciones con significación moral y política. (Braunstein, 2013). Cierro este apartado con una cita textual del autor antes mencionado:

“El diagnóstico no se encuentra, se emite: es un acto performativo en donde la palabra hace a la cosa que nombra y hace al sujeto que lo recibe transformándolo en otro respecto al que era antes, a menudo estigmatizándolo” (ibíd.; 50) (Cursivas mías)

En ese sentido, ya no nos vemos solamente a través del lente de la psicología, de las ciencias neuropsi o las médicas, sino que además, nos vemos (y nos ven) a través del ojo de la clasificación, del de-ese-eme.

Normalización compulsiva: ¡Quiero estar en el centro con Gauss!

Terminamos el apartado anterior con la cita de Néstor Braunstein, que alude justamente a que los sujetos ahora nos veamos, aunque estigmatizados sin darnos cuenta (como se maneja la ideología), a través de los criterios diagnósticos del de-ese-eme. Este mentado manual, con base en criterios estadísticos establecen qué es normal, y qué es anormal, aunque de manera no explícita, claro está. Todo aquel o aquella que se le marquen sus criterios en el manual, será acreedor a una etiqueta, a una letra y un número (¿dónde hemos visto esto? no entraré en detalles, dejo al lector reflexionar sobre esto), pero además, estos indicarán que no pertenecen a la población “normal”, a los “funcionales”. Aquí cabe hacernos unas preguntas en modo paréntesis: ¿normales para quiénes? ¿funcionales para qué?; En ese sentido, los manuales clasificatorios ayudarán a estigmati… perdón, a identificar el trastorno del sujeto, adecuarle un tratamiento psicoterapéutico y seguramente también, suministrarle unas cuantas drogas legales para somet… perdón de nuevo, “adaptarlo” a la “normalidad”. Todo esto, en términos psicoanalíticos, se “aplica” al yo individual, al yo consciente (?).

Aquí es necesario detenernos en una cita importante:

“Al igual que sucede con la psiquiatría, a algunos psicólogos y terapeutas les es preciso auxiliarse de sintomatologías, nosografías, pronósticos, observaciones, historiales clínicos, manuales estadísticos [como el de-ese-eme], protocolos, formatos de entrevista y test … irguiéndose con orgullo como profesionistas de la salud mental [lo normal]. La misión de estos profesionistas será prevenir y cuidar-curar la llamad enfermedad mental y las pasiones (y cuidar y resguardar al enfermo de sí mismo, de la sociedad y viceversa) ya que la enfermedad mental es un enemigas [sic] de la higiene pública“. (Pacheco-García, 2013, p.43) (Cursivas mías)

Como vemos, los psi se montan todo un arsenal para convencer a quienes acuden con ellos de que hay que regresarlos a la “normalidad”, es una búsqueda immplacable y compulsiva por colocarlos, o intentar colocarlos con Gauss, no a la izquierda, no a la derecha, al centro. Lo “normal” se establece en congresos, en reuniones entre los psi, entre la industria farmacéutica, y siempre con sus invitados especiales, los capitalistas y el Estado. Así entonces, la normalización compulsiva a través del arsenal psi responde a dos intereses aquí propuestos inspirados en las afirmaciones de Pavón-Cuéllar (2012): 1. Evitar que el sistema capitalista y su brazo político-armado, el Estado, sean molestados a través de la (re)adaptación de los (seudo)trastornados, y 2. Generar plusvalía a través de la fuerza de trabajo funcional, ya readaptada, esto se lograría con el apoyo de la clasificación y posteriormente la medicalización de los (seudo)trastornados: con el consumo de medicamentos, sedantes, neurolépticos, ansiolíticos, etc.

Comentarios finales

El arsenal psi (manuales, tests, especialistas psi), o “dispositivo psi” como Braunstein (2013) lo llama inspirándose en Foucault, no solamente responde a intereses internos de las asociaciones psiquiátricas u organizaciones de salud, sino que también responde al sistema. Estos se encargarán de clasificar, diagnosticar, tratar y medicalizar todo aquel que no esté sentado en el centro con Gauss. Se trabajará con el comportamiento visible, con la sintomatología, con el “yo” individual. Y retomando de nuevo a Braunstein, se ignorarán todas las circunstancias alrededor de los “individuos” (seudo)trastornados. Se le enseñará al sujeto (¿quiénes le enseñarán? los psi) acerca de sus neurotransmisores, de sus conexiones neuronales, de sus lóbulos cerebrales, para que aprenda a su vez, a ignorar a la estructura, la causa de su malestar. Recurrirán incontables veces a marcar con palomitas sus criterios diagnósticos para cerciorarse de que diagnosticaron “éticamente” al sujeto.

Espero que el lector haya notado el sarcasmo en el párrafo anterior. No obstante, no todo está perdido. La propuesta nuevamente apunta al psicoanálisis (y al marxismo con su crítica al sistema), no porque este sirva para algo realmente, sino más bien es porque no sirve para nada (Pavón-Cuéllar, 2012); ahí radica su potencial emancipador y crítico; el psicoanálisis no sirve para normalizar, es más, no sirve para diagnosticar; Pacheco-García (2013) complementa:

“Lo que afirmamos es que el quehacer del psicoanálisis no está supeditado a los estándares, normas o demandas del Otro, del colectivo o del orden simbólico, como si esos parámetros de lo correcto, lo sano y lo normal que establecen el común de la gente [tal vez no el común, pero sí los psi], parámetros que se sostienen desde el registro simbólico, fueran el molde a seguir, bajo el cual hay que adecuar y con-formar al sujeto y a lo inconsciente”. (p.55)

Desde aquí, a partir de los autores mencionados, y muchos omitidos no por negligencia, sino por falta de espacio para comodidad del lector, se propone una crítica constante a los sistemas clasificatorios de los trastornos; estos, en su pretensión de ser científicos, como los psi, no hacen más que contribuir con el sistema capitalista, dotarles de fuerza de trabajo readaptada, “curada”, “tranquilizada”. Es importante dilucidar que los sistemas de clasificación tienen fines políticos-ideológicos-económicos, no son neutrales aunque lo aparenten. Pongamos de cabeza al De-eSe-eMe con su pretensión científica.

Referencias

  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • De Vos, J. (2019). La neurologización. En: J. De Vos. (2019). La psicologización y sus vicisitudes (pp.99-144). México: Paradiso Editores.
  • Pacheco-García, H. H. (2013). La clínica psicoanalítica y el fin del análisis. De la botella de Klein y la banda de Moebius a la noción de cura. Zacatecas: Taberna Libraria.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209


Homo psychologicus: la psicologización del todo

Hoy en día podemos escuchar términos de la propia psicología en cualquier lado, en cualquier medio, en el discurso popular y donde menos nos lo imaginemos; la psicología ha alcanzado hasta el más recóndito de los lugares para “compartirle” su saber a diestra y siniestra. En consecuencia, nos han bombardeado (la psicología) de todo su saber, de sus prácticas, de sus técnicas y discurso, hasta de las palabras más “inocentes” que se reproducen en las teorías. Pero ¿qué repercusiones tiene todo esto? ¿qué se gana (o se pierde) al querer psicologizar todo?

Siguiendo la propuesta de Jan De Vos (psicólogo crítico belga), trataré de abordar muy superficialmente, cómo la psicologización acapara la subjetividad, la moldea, la hace y deshace a su gusto, llegando así a convertir al humano (el homo sapiens) en un “homo psychologicus”, no obstante, se deben de tomar en cuenta las repercusiones (ideológicas-políticas) de caer en este arquetipo psicologizado. El argumento de Jan De Vos implica no solo situar la mirada en el homo psychologicus como resultado de una psicologización, sino también revisar críticamente la neurologización y digitalización de los sujetos, sin embargo, revisar esto implica rebasar los objetivos de este escrito (para profundizar más, véase: De Vos, 2019). El escrito será relativamente breve, y pretendo profundizar posteriormente en lo antes mencionado y en cómo la psicologización es necesaria para lograr crear el “homo neurologicus” y el “digitalus”.

¿Qué entender por psicologización?

De Vos (2019) nos da todo un recorrido crítico sobre la lógica de la psicologización, y más que centrarnos en una definición específica, esto implicaría más bien, entenderla como una apropiación, una imposición (obviamente de los especializados en psicología: los psicólogos y psicólogas) de las teorías y corrientes psicológicas para mirarnos, mirar a los otros y a lo que sucede “allá afuera”, todo esto, claro está, a través del discurso (ya ideológico) psicológico. Es como si utilizáramos un lente graduado por la psicología para ver a través de él.

Es en ese sentido en el que se debe abordar la psicologización, una especie de “adoctrinamiento” o transferencia a partir de lo psicológico, de sus teorías y discursos; es la psicología intentando y logrando crear un sujeto: el sujeto de la ciencia (como lo llamó Lacan, 2009, citado por De Vos, 2019). Se escucha con más frecuencia los significantes de la psicología: “mente”, “depresión”, “ansiedad”, “emoción”, “sentimientos”, “afrontamiento”, “duelo”, “diagnóstico”, “salud mental”, “enfermedad mental”, “trastorno”, “tratamiento” y un sinfín más que se han incorporado en el discurso de todos y todas a través de esta psicologización.

La psicologízación implica entonces, una psico-educación (De Vos, 2019), en la que los sujetos incorporen en su subjetividad lo psicológico. Es una distribución del conocimiento psicológico, más específicamente, desde el ámbito humanista y conductual y lo que conllevan estas corrientes “psi”: lo naturalizador y normalizador, lo estadístico, lo sano y lo enfermo, la obsesiva individualidad etc. (llamémosle la psicología hegemónica y dominante). Esta distribución de conocimiento puramente psicológico a través de las distintas teorías, repercute directamente en “cómo nos vemos” a nosotros mismos: nos vemos entonces a través del ojo psicologizado, nos vemos como personas capaces de “autorrealizarnos”, con “estrategias de afrontamiento”, con “emociones”, “con un sentido estrictamente individual” (ya comentado en otra publicación). De Vos afirma: “Es como si el paciente fuera interpelado a ser su propio psicólogo, el lego [palabra utilizada para designar a alguien que es “nuevo” en algo] tiene que entender sus problemas (y las soluciones apropiadas) por la vía del corpus teórico de la psicología” (ibíd; 73).

Esta psico-educación, psicologización a fin de cuentas, claramente se apoya en distintos medios (previamente psicologizados) para conseguir sus fines: los medios de comunicación, incluyendo el internet, pueden ser la principal fuente de distribución del conocimiento psicológico académico. Se le “enseña” a la gente a pensarse y verse a sí mismos desde la mirada de la psicología, con “potencialidades” y toda esa retórica humanista-conductista que encontramos en muchos programas, series, publicaciones en Facebook o Twitter: “¡¿Quieres manejar y aprender sobre tu [inserte cualquier “padecimiento” psicológico]? Entonces, este curso-meme-video-etc. es la solución!. Así, la premisa clave de la psicologización es “Mira, eso es lo que eres” (ibíd.). Por otra parte, no hay que perder de vista (y tampoco debamos sorprendernos) que en esta adopción, aceptación y el intercambio del corpus teórico psicológico, subyacen ideas discursivas e ideológicas (De Vos, 2019): ¿ideología de qué o de quién? La respuesta ya la sabemos.

Así entonces, somos reducidos a meros conceptos psicológicos para explicarnos, para mirarnos a nosotros mismos y a los demás, a la sociedad en general. Pero ¿qué implicaciones tiene este reduccionismo psicologista? ¿acaso hay algo peor que pensarnos en términos psicológicos?

Implicaciones del homo psychologicus

Tal como Jan De Vos hacia referencia al “sujeto de la ciencia” de Jacques Lacan, así mismo explica que las ciencias modernas (entre ellas la psicología) proporcionan a la sociedad “las coordenadas esenciales de la realidad” (2019, p.168). En este sentido, si estamos en la época de la psicologización (o al menos se sigue recurriendo a esta), no es de esperarse que el “homo psychologicus” y la sociedad misma sea entendida en términos abstractos por la propia psicología (como la individualidad que se reproduce en todas sus corrientes humanistas-conductistas). Esto es, ignorar lo político (en parte), ignorar lo social, las problemáticas “externas”. Así entonces, a pesar de que el homo psychologicus sea despolitizado (sin interés político de lo que sucede allá afuera por causa de la psicologización, en pocas palabras: desinteresados del sistema), la misma psicología está cumpliendo un papel político e ideológico: despolitizarnos (y psicologizarnos) a todos y todas. Y podemos preguntarnos, ¿esto para qué? No es una casualidad, ni tampoco debemos soprendernos de que la psicología guarda una estrecha complicidad con el capitalismo en sus diferentes vertientes. Tampoco debemos sorprendernos que la mayoría de los psicólogos y psicólogas han preferido (aparentemente) no tener un posicionamiento político por lo que sucede “allá afuera”; claro está, se mueven en la misma zona psicologizada.

El sistema capitalista prefiere seres despolitizados, seres psicologizados, para que no se ponga en evidencia la hostilidad con la que este opera y reproduce las relaciones de reproducción. Crear subjetividades reducidas a la psicología implica entenderse y verse a sí mismos alejados de lo que el capitalismo (financiero, neocolonial, lumpen-capitalismo, y otros) está causando en la “verdadera” realidad (la que no vemos con el lente psicológico). De Vos (2019) lo explica magistralmente con las siguientes palabras inspiradas en Pavón-Cuéllar:

“[…] Es la psicología hace posible (sic) la explotación, la ideologización y la fetichización. La psicología no sólo proporciona la razón sino también la tecnología central del capitalismo: dibuja y esboza al sujeto del capitalismo, y permite así su explotación tanto del lado de la producción como del lado del consumo”. (p.195).

La psicología, a través de su psicologización, enajena a los sujetos con la finalidad de que estos le sirvan directamente al capitalismo, se mantengan dóciles, se mantengan levitando en el discurso psicologista de las “potencialidades”, “las emociones”, lo individual, “sus estrategias de afrontamiento”, “los duelos”, el “estrés postraumático”, las “depresiones y ansiedades”.

Comentarios finales y propuesta de Jan De Vos

Lo que aquí se expuso fue solamente una breve recapitulación y una pequeña aportación a lo que el psicólogo belga Jan De Vos nos explica en una de sus más recientes obras. Cabe aclarar, que me limito únicamente al fenómeno de la psicologización, porque De Vos se extiende a dos fenómenos que revisaremos con posterioridad: la neurologización (esa reducción de la subjetividad a cuestiones dadas por las neurociencias y la materialidad cerebral) y la digitalización (la subjetividad en redes sociales y el espacio virtual). Así mismo, se afirma que la psicologización es un proceso primordial (en el sentido perverso ideológico) para lograr las otras dos.

La psicologización es un acto político que despolitiza a los sujetos, que los enajena, que los somete a los intereses del Otro (en términos lacanianos), del capitalismo y sus secuaces (los capitalistas claramente y por el otro lado el Estado). ¿Cómo lidiar con la psicologización y la psicología propiamente? A continuación se responde.

Jan De Vos nos propone una crítica desde el marxismo y el psicoanálisis (claro está, desde el freudiano y lacaniano). Estas dos posturas, teorías se complementan una a la otra; al no poderse psicologizar ninguna de las dos en su conjunto, nos ofrecen una zona de crítica radical hacia la psicología y hacia el capitalismo. Muchos psicólogos y psicólogas que lean esto hasta podrán asustarse al leer “marxismo” y “psicoanálisis”, les puede generar repulsión y rechazo; normalmente esto ocurriría por obedecer (inconscientemente o por el contrario, “bien adoctrinados” o mejor dicho, psicologizados) a los intereses de la psicología dominante-hegemónica-capitalista. Sin embargo, son muchos y muchas otras los que nos estamos incorporando al camino de la crítica de la psicología y del mismo sistema de producción capitalista a partir de una postura marxista y psicoanalítica. Este blog, como ya se ha podido percatar el lector, mantiene esta postura, no obstante, no afirmo que ya esté del todo “des-psicologizado” o que “sepa mucho”, esto implica un camino largo, complejo, de lectura, de crítica y autocrítica constante.

Como anteriormente anticipé, abordare próximamente el fenómeno del “homo neurologicus” y el “homo digitalus” con mayor produndidad a partir de la obra de De Vos, dado que parece fundamental para el complemento de esta publicación.

Referencias

  • De Vos, J. (2019). La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.

Cambiar “yo” para que nada cambie: la retórica del capitalismo

Mientras leía el capítulo final de “Psicología: ideología y ciencia” (1975), escrito por Gloria Benedito (y en donde también figuran ampliamente los aportes de Néstor Braunstein), me encontré con una serie de denuncias en contra de la psicología y su complicidad con el modo de producción capitalista y su afán de querer cambiar a los sujetos en su individualidad para que todo siga como esté. La cita hizo que me motivara a escribir estas líneas, y que considero importante argumentar. La cita menciona:

“…la producción de todos los cambios necesarios en el hombre para que nada cambie, para que no cambie lo esencial, la estructura, la determinante en última instancia, el modo y relaciones de producción imperantes”. (Benedito, 1975, p.412)

A pesar de que esta aseveración se haya escrito hace 45 años, no cabe duda que hoy nos encontramos frente a la misma situación en la actualidad, solo que esta ocasión, el capitalismo ha sabido mediante su retórica muy elaborada y apoyada por diferentes instancias ideológicas como la propia psicología, esconder a través de premisas muy escuchadas por todos día a día, algunas de estas ya mencionadas en una publicación en este blog: “el cambio está en uno mismo”, “el cambio lo haces tú”, “no esperes a que los demás cambien” entre muchas otras bastante reproducidas en prácticamente todos los lugares en los que estamos. Me propongo entonces en esta ocasión, a elaborar unas (limitadas) reflexiones en torno a este tipo de premisas, cómo se incrustan en nosotros y qué repercusiones tienen a partir de analizar de forma breve, general e incompleta, el modus operandi del capitalismo a través de sus técnicas compradas (como las de la psicología). Al final del escrito pretendo mostrar un ejemplo muy común en la sociedad actual en dónde se puede visibilizar con mayor facilidad la reproducción de esta premisa muy sonada: “el cambio está en uno mismo”.

El modus operandi del capitalismo: la psicología como soporte y técnica ideológica

La psicología hegemónica al servicio del capital se ha encargado de definir (o mejor dicho, de reproducir) lo que es “normal” y “anormal”, lo “sano” y lo “enfermo”, la conducta “adaptada” y la “inadaptada”. Estas definiciones corresponden a ciertas normas (y nos preguntaremos ¿impuestas por quién[es]?) que todos y todas debemos de cumplir y seguir; los estándares impuestos para considerarse “normal”, “sano” o “adaptado” se presentan en función de una serie de demandas y expectativas (¿de quiénes?) que se deben realizar; los psicólogos suelen argumentar que son demandas y expectativas del “medio social” (¿y quiénes dirigen ese “medio social”?). Todas estas demandas y expectativas son difundidas a través de los diferentes aparatos ideológicos de Estado (ya revisados anteriormente): la escuela, la religión, los medios de comunicación, creando así un “sujeto ideal”, un ideal del Yo, en términos psicoanalíticos. Este sujeto tiene ciertas funciones en el “medio” (¿impuestas por quién?), que deben ser cumplidas para seguir perteneciendo a ese medio, de lo contrario, se verá acorralado en la exclusión “social” (¿quién determina a quiénes se excluyen y a quiénes no?).

Para dar respuesta a todas las preguntas planteadas en paréntesis, recordemos lo que Althusser a través de los aportes de Marx con el materialismo histórico: la infraestructura económica es determinante, en última instancia, de las cuestiones ideológicas, jurídicas-políticas. Es decir, el modo de producción imperante en un momento dado (el capitalismo, desde hace casi un siglo) determina qué es lo “normal”, lo “patológico”, lo que se adapta a él, y lo que se desvía. Todo lo normal y lo adaptado, podrán cumplir las funciones que le corresponden en el modo de producción capitalista, no serán una incomodidad o un problema que se tenga que solucionar. En caso de que exista alguien que se desvíe (que cuestione, o no cumpla su función), el capitalismo se verá obligado, mediante sus aparatos ideológicos (como la psicología), en aplicar las técnicas necesarias para solucionar el “problema”.

El capitalismo escoge a nuestra disciplina, dado que esta ha definido (vagamente y con aparente cientificidad) su objeto de estudio como la “conciencia” y la “conducta”, y sobre estos trabaja (Braunstein, 1975), para hacer los cambios pertinentes en aquellos que “lo necesitan”; es la más adecuada para tratar con los sujetos. La psicología se verá en la necesidad de cumplirle al capitalismo, dado que este la financia (métodos, técnicas, etc), sus demandas: readaptar a todo aquel que no cumpla con los estatutos del “medio”, aquel que presenta conductas no admisibles/aceptables que interfieran con el proceso de producción (ahora en el neoliberalismo). La readaptación se realizará mediante sus diagnósticos, mediante los test “estandarizados” (en función de criterios estadísticos de normalidad) y psicoterapias, a través de una lógica centrada en el individuo y su conducta individual (porque es “uno” el que está mal), en el “aquí y en el ahora” para ignorar los determinantes históricos; se le enfatizará al sujeto que su forma de ser (inadaptada), no funciona, que debe cambiar para funcionar. En este sentido, se ignora toda la causalidad estructural, el modo de producción detrás de estas supuestas inadaptaciones (Benedito, 1975; Braunstein, 1975).

Pavón-Cuéllar (2012) enfatiza en esta cuestión de la psicología y su lógica (obsesiva) del individualismo como cómplice del modo de producción: “…consiste en desviar la atención del sistema”, el sistema “no puede ser molestado”, la psicología debe centrar los problemas “en las inseguridades, los complejos, las desesperaciones e impulsividades” de los individuos, en este sentido “no es necesario transformar al sistema” sino al individuo, en vez de realizar una gran “revolución social”, realizar una “pequeña revolución individual en un centro de readaptación social, una clínica psiquiátrica, un consultorio de terapia breve o en un diván de psicoanalista”. Y continúa:

Podemos representarnos la psicología como un alambique del sistema por el que entran seres peligrosamente frustrados e insatisfechos, potencialmente indignados y subversivos, y salen seres sonrientes, satisfechos, tranquilos, relajados, resignados, adaptados. En su indignante complicidad con el sistema, la psicología opta por adaptarnos al sistema, a sus mezquinos intereses, a sus falsos ideales y caprichos perversos, en lugar de adaptar el sistema a nosotros, a nuestras necesidades, aspiraciones y deseos. En lugar de que el sistema sea lo que nosotros queremos, somos nosotros los que debemos ser lo que decide el sistema. Somos nosotros los que debemos ceder. Somos nosotros los que debemos adaptarnos al sistema, como si el sistema fuera digno de que nos adaptáramos a él, como si lo valiera, como si mereciera que todos los psicólogos trabajen diariamente para él, para perpetuarlo, para protegerlo de los inadaptados” (ibíd; 204).

Ha quedado claro, que el problema no es el sistema, es el individuo inadaptado, el anormal, el patológico. El sujeto cree que el problema es él o ella, que debe cambiar para no ser excluido (ya sabemos por quiénes), que si quiere seguir en su trabajo debe cambiar él, que debe controlar su síntoma (por ejemplo, el estrés) ignorando toda causalidad (las condiciones y relaciones de producción) para no generarles un problema en la gerencia, a los administrativos; el alumno debe cambiar (readaptar) su forma rebelde de pensar a contracorriente para obtener el agrado del profesor(a) y pasar la materia, y que este no cuestione su discurso hegemónico (tanto del docente como el de la universidad). Ejemplos hay muchos, en esta ocasión me enfocaré particularmente en la difusión del “cambio está en uno mismo” respecto a la situación medio ambiental en decadencia

La retórica de “el cambio está en uno mismo” en la situación medio ambiental

¿Cuántas veces no hemos visto en Facebook, Twitter, o Instagram que publican un montón de pautas, productos ecológicos, para ayudar al medio ambiente? ¿Cuántas campañas no hemos visto de “recoge la basura”, “reutiliza”? Me atrevo a decir que diariamente nos encontramos entre 1 o 2 publicaciones al día de esta índole. Estas actividades se enfocan en generar en “nosotros” (volvemos a cuestionarnos ya con la respuesta establecida anteriormente, ¿quiénes generan eso?) una especie de conciencia hacia el medio ambiente, argumentando que el cambio comienza cuando uno decide recoger su basura, cuando en vez de utilizar ciertos productos utilizo otros con la etiqueta de “ecológicos”, que si “yo” reutilizo voy a cambiar el mundo y su situación ambiental.

“Necesito cambiar mis hábitos para no dañar al medio ambiente”, es lo que se alega en redes sociales, en las pláticas con amigos. Toda esta publicidad ecológica, si así le podemos decir, está incluso financiada por grandes empresas, por la gran industria. Toda publicidad, de cualquier tipo, cumple una función como aparato ideológico de Estado (medios de comunicación): crear un sujeto ideológico recluido en su individualidad, para ocuparse de sí mismo, ocuparse de sus hábitos ecológicos. Hacen que creamos (¿quiénes?) que el problema de contaminación, el calentamiento global, la extinción de flora y fauna, es “nuestra” culpa, el individuo, y por lo tanto, debemos cambiar nuestros hábitos. En este sentido, estamos tan enfocados en cambiar solamente nosotros y nuestros hábitos, que ignoramos totalmente la causalidad de las afectaciones al medio ambiente: el capitalismo con su lógica extractivista, la expansión territorial de sus industrias, el consumo compulsivo motivado por su publicidad perversa.

El modo de producción capitalista hace de las suyas para desviar la atención, mediante distintas técnicas (medios de comunicación; por ejemplo, los autonombrados “influencers”), de que son ellos (los capitalistas) la causa del problema. Desvía la atención hacia nosotros, hace que “cambiemos nosotros para que nada cambie” y todo siga igual, que el cambio “está” en nosotros y no en aquellos que detentan el poder. Se prefieren hacer acciones individuales en vez de poner en evidencia las acciones de este modo de producción. El “chiste” es disipar cualquier actitud subversiva, cualquier incomodidad para las grandes transnacionales, para que estas sigan produciendo, incluso “productos” placebo como muchos estos que llevan la etiqueta de “ecológicos”. De igual manera, y aunque no me detendré en explicarlo, las marcas más famosas utilizan su lógica “eco-friendly”, para vender más, para generar plusvalía.

El cambio no está en uno mismo. El cambio se debe hacer desde la estructura, hacia y en contra de lo hegemónico, en contra del capitalismo y sus aparatos ideológicos (y las técnicas que de estos emanan), su publicidad, su aparente actitud altruista a la “humanidad”,

Comentarios finales

Se muestra entonces, ahora sí de forma concreta y sin sarcasmo, que el problema es de índole estructural, el problema es el capitalismo y su retórica. El cambio no reside en el individuo; las adaptaciones se hacen a favor del sistema, y la psicología contribuye a esa adaptación (entre otros AIE). Entre más nos enfoquemos en cambiar “nosotros” antes que al sistema, solo prolongaremos el síntoma, el malestar, la culpa.

La cita con la que inicié el escrito, a pesar de lo alejada que está a nuestra temporalidad, se sigue repitiendo, sigue vigente y con nuevas actualizaciones mediante técnicas ideológicas que ayudan a perpetuar el modo de producción y la clase dominantes. El capitalismo se reinventa, no quiere perder terreno, hará todo lo posible por seguir aquí con nosotros, por seguir mintiendo a su favor; hará todo lo posible por adjudicarnos sus errores, nos hará creer que “el cambio está en uno mismo”. Nos hará ver como “inadaptados”, como “enfermos mentales” en los diagnósticos de la psicología financiada por este; nos tratará de readaptar, de excluir si no le servimos a sus intereses. Nos hará creer que con “pequeños gestos o acciones” hacia el medio ambiente podemos cambiar la situación decadente. Se pretende no molestar, por eso necesita de la psicología, para “calmarnos”, para asentir con la cabeza a todo lo que se dice (¿quiénes nos lo dicen? ya sabemos).

El escrito puede quedar muy limitado debido a que no quiero entorpecer las ganas de seguir leyendo, el tema da para mucho más análisis y muchas más reflexiones. Nos toca ser críticos, en conjunto, no de manera individual.

Referencias

  • Benedito, G. (1975). Rol del psicólogo: Rol asignado, Rol asumido y Rol posible. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209.