Psique y capital: entre la ficción y la dominación

Pretendo en esta ocasión ofrecerles a mis lectores un ensayo complementario sobre lo que escribí hace un par de meses, es decir, sobre el fetichismo de la psique. Pienso que fue un buen intento acercarme desde Marx y el fetichismo de la mercancía, pero quedé un poco inconforme porque faltaron algunas cosas que solo a través de Freud podemos explicar, aunque como se podrá observar, no es que lo propuesto por Marx dependa de Freud. Me decanto más por los postulados del primero que por los del segundo, pero dada mi influencia académica, no puedo dejar de lado lo psíquico.

El marxismo, que ya es en sí subversivo, no puede ignorar las repercusiones que el sistema actual tiene en la vida individual de los sujetos; de esto Marx estaba bastante enterado. No obstante, limitarnos al marxismo podría, no solo dejar de lado aspectos importantes de las vidas individuales, sino también, nos conduciría a cobijarnos en un dogmatismo que ni Marx o Engels hubieran permitido. Pero también hemos visto, que la subjetividad no se puede abordar desde la psicología (que es mi formación), puesto que esta juega con la parte más superficial de nosotros.

Es por lo anterior, por lo que se ha propuesto, desde el siglo pasado, la articulación marxismo-psicoanálisis. En concordancia con lo mencionado por Reich1 y Vainer2, el marxismo podría darle a la teoría del inconsciente el elemento de la realidad actual, y el psicoanálisis, por su parte, podría dar cuenta de cómo esa realidad se instaura en la vida psíquica. Así, nuestros intentos en este blog pueden aportar (aunque sea de manera incompleta) a la reivindicación de lo que se ha denominado izquierda freudiana, en los que encontramos importantísimos autores del siglo pasado como Reich, Fenichel, Bernfeld, Fromm, Marcuse, etc., así como autores de este siglo, tales como Carpintero, Vainer, Pavón-Cuéllar, Páramo Ortega, entre otros.

El problema de la psique

¿Qué entendemos por “psique”? o más bien, ¿qué nos han enseñado que es la “psique”? Resulta bastante problemático responder a estas interrogantes, pero, increíblemente, hay quienes se han empeñado en contestarlas sin mayor dificultad y sin mayor explicación, entre ellos podemos invocar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro gurú de motivación o coach de inteligencia emocional.

Lo que solemos entender por psique, en el sentido común actual, es bastante simple. Es algo (sin una definición clara) que se encuentra “en la cabeza” (quién sabe dónde, pero ahí está), o que tiene su expresión en la “conducta observable” y por ende, la psique es sin lugar a dudas, objetiva: se puede medir y también se puede evaluar con alguna escala de inteligencia o de depresión, incluso con resonancia magnética. Eso es nuestra psique: una psique individual que tiene por objeto la consecución de tareas abstractas y concretas, algo que de vez en cuando, tal como lo señala Christlieb3, se reúne con otra psique individual para conversar e intercambiar estados emocionales, resultados de pruebas psicométricas, o algún trastorno padecido.

Somos entonces, por un lado, individuos con “algo” (que no sabemos realmente qué es) en nuestra cabeza (que tampoco sabemos dónde está exactamente), que contiene nuestras emociones (?), nuestros deseos (?), nuestro lenguaje (?); y por otro lado, somos individuos “objetivos” porque tenemos una conducta que expresa eso que no sabemos qué es y que no sabemos en dónde se encuentra.

“¡Ese eres tú!” dice el neuropsiquiatra o neuropsicólogo al señalar las zonas cerebrales activadas por algún estado emocional o alguna conducta realizada (suya, por supuesto). ¡Eso es nuestra psique! Un cúmulo de zonas cerebrales activadas, emociones expresadas en conductas y un cierto C.I. que nos dice qué tan inteligentes somos. Así, todo es sencillo. Llegamos a una (absurda, pero bastante consensuada) conclusión: la psique es independiente de lo exterior.

Algunos profesionales del dispositivo psi podrán objetar de manera instantánea: “¡Es que la psique recibe estímulos externos!” Efectivamente, recibe estímulos, pero al considerarlos como tal, como estímulos, es algo pasajero, algo que la misma psique puede moldear a su gusto, desechar con facilidad, y recibir otro estímulo, así una y otra vez, un movimiento circular en el que la psique sigue estando intacta a la luz de lo “externo”4. Esta, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, es la concepción que domina, precisamente, nuestra psique (risa).

Lo que podemos observar en esta descripción de lo que se entiende, comúnmente y en gran parte del gremio académico psicológico (y no psicológico), por lo “psíquico”, es que está estrechamente relacionado con la parte perceptiva consciente, es decir, nuestra psique es la que percibe, la que desecha y recibe estímulos de manera selectiva, a nuestra propia conveniencia. Bajo esta concepción, no es ello lo que elige por nosotros, sino el yo. No es el más allá, sino el más acá. Veremos esto más a detalle.

Ficción del yo

Mucho se ha hablado de que todos tenemos un yo. No hay que complicarnos tanto en este momento para explicar este yo: basta remitirnos a la manera en la que hablamos. Siempre emitimos enunciados en la primera persona del singular, ya sea con un pronombre personal o posesivo: “Mi trabajo es para que yo esté bien”. Nuestro yo es lo que efectúa cualquier acción, tal como lo vimos anteriormente con la psique. En estas conceptualizaciones del sentido común del mundo en el que nos encontramos (aquí nos empezamos a poner más serios) podemos decir que psique y el yo son uno mismo: el yo es lo psíquico y viceversa, un yo consciente.

El que habla en la primera persona del singular produce ciertos efectos psíquicos como emociones y activa ciertas zonas cerebrales que hacen notar que hay algo (quién sabe qué cosa), al mismo tiempo que estas emociones y zonas iluminadas en la resonancia magnética, presentes y accesibles en la consciencia-percepción del yo, hace que se exprese bajo la forma yoica: “¡Ese de ahí soy yo!”. Visto de esta manera, la cosa es muy sencilla y no exige mayor complicación. Es, como ya lo dije, la forma del sentido común para entender-nos como individuos (el uso de esta palabra es provisional).

La cosa se torna complicada cuando alguien introduce un corte en la línea argumentativa de lo que entendemos por el yo, o en otras palabras, es como si algo cortara al yo directamente. Esto ya es en sí, bastante problemático para quienes hasta ahora, habían concebido al que habla en la primera persona del singular como ente independiente con su psique consciente localizada anatómicamente y expresada en actos del habla. Podemos decir, que los que introducen este corte fueron Marx y Freud, pero detengámonos en el segundo.

En efecto, fue ni más ni menos que Freud el que dio cuenta que en este yo consciente que tanto se alaba hoy en día y al que se dirigen los medios de comunicación, las redes sociales, etc., no es lo único psíquico5, y al no ser lo único, entonces, debe haber algo más en la malentendida psique que hasta ahora hemos descrito. Si antes con el yo y su psique estábamos más acá, con el corte freudiano (y marxista) nos posicionamos más allá. Si lo consciente es lo positivo, es decir, lo que está y que podemos ver como tal, debe existir su contrario, su negativo, aquello de lo que no podemos dar cuenta. Existe entonces, lo inconsciente que opera y tiene efectos en y sobre el yo consciente6. Lo que vemos activado en nuestro cerebro cuando somos sometidos a una resonancia magnética o cuando hablamos en la primera persona del singular, es solo una parte de nosotros, sigue siendo lo consciente, nuestro yo, es decir, es el efecto de lo que no se ve.

Es en el yo en el que recaen las acciones no vistas, no percibidas, y por tanto, no es un ente totalmente activo como se piensa, es decir, el yo no vive, es vivido7. Es como si existiera alguien o algo más que nos controla sin nosotros saberlo. En este sentido, el yo queda, de cierta manera, sometido al proceder de lo inconsciente. La psique, entonces, se escinde (si me permiten hacer uso de esta palabra), y por tanto, la verdad del yo tal como lo conocemos se va desplomando.

Con el corte freudiano quedaría claro que no hay un yo absoluto, y que hay “algo” o “alguien” más que ejerce cierta influencia en nosotros, en nuestra manera de hablar, en nuestras acciones (lo veremos más adelante). Incluso sería un poco extraño utilizar el pronombre de la primera persona del plural: ¿realmente somos nosotros los que hablamos? ¿son nuestras las acciones que llevamos a cabo? ¿realmente mi trabajo es para que yo esté bien? Podemos decir que es gracias a Freud que descubrimos la ficción del yo, ese yo con el que la psicología fantasea. El propio Freud nos dice que debemos “emanciparnos” del “síntoma conciencia”8. Como síntoma no representa nada por sí solo, no es la realidad, es algo ficticio, un velo que encubre, en este caso, lo inconsciente.

Es cierto que, gracias al descubrimiento de lo inconsciente, en el sentido freudiano, nos abrimos paso al más allá del yo. Pero también debemos proceder con cautela para no incurrir en el mismo error que se ha cometido en la psicología al concebir lo social como una charla entre psiques (ahora ya concebida como aparato en el que existen sistemas, a saber, lo inconsciente y lo consciente), es decir, como psiques independientes que se juntan de vez en cuando. De ahí entonces que tengamos que partir desde Marx y el marxismo.

Decíamos en líneas más arriba, que algo o alguien ejercía acciones en nosotros de manera inconsciente. Podemos decir que en este inconsciente existe una “estructura pulsional” que ha sido heredada a lo largo del tiempo, es decir, que es constante9. Esto no es falso, por supuesto, pero nos atrevemos a decir que una concepción de lo inconsciente como algo simplemente pulsional, interno y constante sería caer en un error muy grave. A la par de esta estructura constante, se presenta una determinación de las condiciones reales de vida, es decir, de la realidad objetiva de producción; esto es, el mundo social en el que el individuo se encuentra (él/ella y su psique). Esto no es ni siquiera nuevo, ni una idea original de los que podemos ubicar en el freudomarxismo o en la izquierda freudiana. La idea la podemos encontrar directamente en Marx.

Antes de pasar a la exposición de lo anterior, me quiero detener en una parte de un tuit que el multimillonario cínico, Ricardo Salinas Pliego, escribió hace unos días: “…estamos como estamos, porque somos como somos”. Para el lector marxista/freudomarxista, la frase anterior no representará dificultad alguna. Lo que la frase escrita por Salinas expresa es bastante sintomático y es un reflejo de lo que hasta ahora hemos venido desarrollando. Lo que nos deja ver lo anterior es que lo que soy yo determina la situación social actual; no hay que hacer ninguna explicación rebuscada a la frase: estamos así (socialmente hablando) porque somos (del ser, del yo) así, o en otras palabras más sencillas: el yo antecede a lo social. Si nos ponemos freudianos, podremos decir que hubo algo de su inconsciente que se manifestó en esa frase. Pero la pregunta que nos queda ¿qué clase de inconsciente es? ¿el freudiano lleno de pulsiones? Esta es una respuesta que no se puede dar desde el psicoanálisis.

Marx, en conjunto con Engels, responden a las preguntas formuladas anteriormente: “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”10. Si en vez de “conciencia” remplazáramos por aparato psíquico, la cosa no cambia, es solo una modificación conceptual para adecuarla a lo que hemos venido trabajando. En este sentido, lo inconsciente explorado por Freud, quedaría también determinado, en última instancia, por la vida real, por el modo de producción. Lo inconsciente ya no sería únicamente pulsional, sino también social. Esto no quiere decir que sea un inconsciente compartido por todos y todas, sino que más bien, al estar determinado por lo social, por la vida real, se piensa, se habla, se bromea, se olvida de cierta manera que responde a los intereses del mundo actual.

La cita de Marx y Engels, si la consideramos de manera aislada, no tiene mayor dificultad. El problema es que, esa vida a la que se refieren ambos, es la vida de producción capitalista, del capitalismo. El yo consciente y lo inconsciente, pasan a formar parte de la estructura real, o mejor dicho, pasan a formar parte de la superestructura. La ficción aquí no se ha ido, pero le hemos concedido otro valor más importante. La ficción de la que hablábamos anteriormente se limitaba al nivel individual: un yo que era pura ficción porque su verdad se hallaba en lo inconsciente. Ahora, la fórmula conserva su esencia pero con una adición: el yo ficticio como efecto de lo inconsciente y lo inconsciente propiamente, son incluidos en el todo social. Ahora el yo como efecto del inconsciente, deviene en el síntoma perfecto, puesto que encubre dos cosas en una sola: el inconsciente pulsional del que no da cuenta sino a través del síntoma neurótico o de los lapsus, y lo social que también tiene efectos sobre lo inconsciente, manifestándose entonces, como actividad del habla en la forma de la primera persona del singular, sea en pronombre personal o posesivo. Si pudiéramos expresarlo resumidamente y de manera puramente provisional y quizá erróneamente, quedaría más o menos así:

Capitalismo →|(Icc: P-R-NR) →/ Yo consciente(FP)|

Siendo Icc lo inconsciente, P lo pulsional, R lo reprimido, NR lo no reprimido; las flechas indicarían el efecto sobre lo posterior. La diagonal (/) que se encuentra después de la flecha que va hacia el yo consciente responde a la ficción que hemos venido enfatizando desde el corte freudiano, lo que a su vez, da como resultado lo ya analizado anteriormente y que denominé como la producción del fetichismo de la psique representado por FP (entendida la psique como en la primera parte de este escrito y lo criticado líneas más arriba). Las barras laterales en vertical (||) que comprenden del Icc al yo consciente, representa la noción de sujeto, que veremos más adelante.

El problema de “dónde” podemos encontrar a la psique se ha esclarecido en gran medida. Primero, con el corte hecho por Freud, entendemos que lo que hasta ahora se ha conceptualizado por psique o psiquismo, no es sino una parte sintomática, puesto que hacía referencia exclusivamente al yo consciente. Segundo, y esto resuelve la duda principal sobre el “lugar” de la psique, decimos que aun incluyendo lo inconsciente como parte de lo psíquico, estos no pueden ubicarse dentro del individuo en un sentido restringido o exclusivo, y por lo tanto, lo psíquico es social, está fuera de nosotros, y no dentro. Si es necesaria una aclaración, sería únicamente para decir que no estamos diciendo que lo psíquico se encuentra en un lugar propiamente tópico ubicado fuera de nosotros. Frente a cualquier interpretación idealista de lo anterior, sostenemos junto con Marx que la psique es práctica11, determinada por el modo de producción: desde el momento de nacer, nuestro psiquismo se irá determinando por la clase de nuestra familia, por la división del trabajo, por cuánto gane el padre o la madre; no venimos al mundo con una cabeza aislada que se constituye por sí misma. Lo psíquico es el resultado de las condiciones de existencia, y al mismo tiempo, el “individuo” psíquico puede modificar sus condiciones dentro de los límites dados por la sociedad capitalista, llegando así a una reproducción de lo psíquico capitalista y el capitalismo simultáneamente.

Volviendo al ejemplo de Salinas Pliego, vemos entonces que su posición social, es decir, su posición en la producción capitalista, a saber, dueño de Grupo Salinas, el segundo hombre más rico de México, determina su yo consciente, ese que escribió esa parte del tuit que revisamos anteriormente. Aquí ocurren dos cosas. En primer lugar, en tanto psique práctica, es decir, un psiquismo determinado por las condiciones reales, deja ver su posición en la división del trabajo bien explicada por Engels12, al pensar que bastaría con lo cambiar lo que somos para cambiar las condiciones actuales o que todo sería producto del ejercicio intelectual o de los axones, somas y neurotransmisores. Segundo, se fetichiza lo psíquico, pero esto último entendido como en la primera parte de este texto, a saber, lo psíquico conocido, lo consciente, lo yoico: es gracias a la cultura de la psicología, de su saber, que permite reforzar este fetichismo. Como es sabido, el yo siempre será un orgulloso, pero en su orgullo estriba su ignorancia de lo real, de la determinación por el inconsciente, y en última instancia, por el capitalismo.

La manera de expresarse de Salinas puede ser examinada por el psicoanalista, siempre y cuando este tenga presente que no es únicamente el inconsciente (freudiano) lo que se manifiesta en el habla común. Su expresión “estamos como estamos porque somos como somos” no es exclusivamente síntoma de un inconsciente puramente pulsional, sino social y económico.

De la ficción a la dominación: del yo consciente al sujeto capitalista

Ya adelantamos que la psique, desde el punto de vista marxista-freudiano, no puede ser sino un producto de las condiciones reales de existencia que el yo no puede percibir sin los elementos necesarios, es decir, en las condiciones dadas para él o ella. El problema es que esta ficción no nos lleva a otra cosa que al sometimiento y dominación de todos y todas por el capital.

Si decíamos que el individuo-yo es el síntoma perfecto puesto que se halla producido por y en el capitalismo, ya no hablamos entonces de un individuo, porque no es alguien aislado; hablamos entonces, de un sujeto, un sujeto interpelado, como nos recuerda Althusser13. La interpelación que se le hace al sujeto no es más que una orden para adquirir una identidad necesaria (pero falsa) para el capital, es decir, la interpelación ideológica “proporciona-solicita los documentos de identidad al interpelado”14. En un movimiento particularmente interesante esta interpelación produce un efecto-inconsciente15, aunque con esto no quiera decir que produce el inconsciente como tal, es decir, no es la génesis del inconsciente propiamente, sino que más bien, es una articulación, y a su vez, ese inconsciente produce el desconocimiento del sujeto interpelado porque existe en lo “vivido” del discurso ideológico16. Luis Pablo (o sea yo) ya está interpelado en el capitalismo desde el momento de su nacimiento, produciendo así un efecto-inconsciente que se articula con mi discurso ideológico y mantiene ciertos efectos a su vez en ese discurso. Podría decirse, que uno queda preso del capitalismo y de lo inconsciente. Uno se convierte en sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, y sí, la única distinción que habría entre nosotros, todos sujetos, es la clase en la que uno se encuentra determinado: proletario o burgués, aunque como sabemos, y como nos lo recuerda Fenichel17, el yo consciente del primero casi siempre se parece, en sus valores, al segundo, puesto como ya lo adelantaba Marx y Engels: las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en la sociedad18.

El sujeto (siervo del capitalismo y de lo psíquico producido en este sistema) no podrá dar cuenta de su condición de sujetado. Esto es así porque, es un hecho que cada vez más, como lo dijimos anteriormente, los medios de comunicación, las redes sociales, los comerciales, las frases como la de Salinas y otros, todo eso, se dirigen siempre al yo e indirectamente a lo inconsciente, reforzando así el lugar que teníamos asignado desde nuestro nacimiento. Asegurado todo por el capitalismo, quedamos en un total desconocimiento.

La ficción del yo lleva consigo la condición necesaria para que exista la dominación. Lo único que está sucediendo es una reproducción incansable de lo psíquico entendido como lo consciente y lo yoico, tal como sucede en el movimiento circular vicioso del capital19. Las repercusiones son claras. El yo, ahora sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, se encuentra encerrado en su sentido común y psicológico que presume inocente y suyo, sin mayor dificultad. Es un ser, pero no siendo. Un siervo que lo tratan como de la familia real para que no se vaya de ahí. Su deseo no es su deseo, su emoción no es suya, su lenguaje no es suyo: son todos del capital. Volviendo a la frase de “Mi trabajo es para que yo esté bien”, en la realidad, significaría todo lo contrario: no es mi trabajo, sino el trabajo que necesita el capitalista, y no es mi vida la que estará bien, sino la vida del vampiro capitalista. Está por demás decirlo, pero es necesario: el sujeto capitalista no sabe que es sujeto capitalista. Es decir, el hecho de que demos cuenta que existe un psiquismo capitalista, no cambiaría mucho la cosa, puesto que los que están en el poder no irán por la vida diciendo que es un psiquismo capitalista; de ahí que recurran a la fetichización.

El fetichismo de la psique producido por el discurso ideológico, por la palabra del yo consciente, reforzado por la psicología, la psiquiatría, las resonancias magnéticas, los gurús de motivación o inteligencia emocional, impide la revolución, impide la toma de conciencia de clase, puesto que la única conciencia existente es la psicológica y capitalista: aquella que promete bienestar virtual pero en la realidad genera miseria.

Comentarios finales: marxismo y psicoanálisis

Lo que aquí se escribió no es sino un complemento a lo ya expuesto en otro lado20, quizá hasta repetido. Pero lo más importante que se puede rescatar es lo ya iniciado hace un siglo: el freudomarxismo o la izquierda freudiana. Tal como lo menciona Páramo Ortega21, los primeros freudomarxistas fueron los propios Marx y Freud. Y es que, por más divergente que pueda parecer su pensamiento, ambos se compenetran. Esta compenetración es la que necesitamos hoy. Por un lado, pienso que el marxismo, por sí mismo, es de fácil acceso para la clase proletaria, lo que implica una gran ventaja para todos y todas, ya que nos lleva inmediatamente a comprender el todo social y el mundo en el que vivimos; por el otro lado, el psicoanálisis pienso que se ha encerrado en su burbuja muchas veces (una característica de los burgueses, a saber, formar una élite en la que solo entran unos cuantos), negando así, el acceso a su comprensión, otras veces siendo reaccionario y por ende, a su poca aceptación en el marxismo. Pero tacharlo de burgués no es sino descartar el potencial crítico que tiene consigo, e incluso, tacharlo con ese adjetivo sería de lo más infantil. La sensibilidad política y teórica marxista puede darle eso que le falta al psicoanálisis, pero también este, tiene mucho para ofrecernos a los marxistas, eso que a veces se nos ha escapado. Así, en acuerdo con Pavón-Cuéllar22, el psicoanálisis puede convertirse en un medio para el marxismo, un medio para la revolución, para la subversión en el sistema, tanto a nivel individual como social.

Referencias

1 Wilhelm Reich, Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1934) (México: Siglo XXI, 1986)

2 Alejandro Vainer, “Introducción”, en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009)

3 Pablo Fernández Christlieb, “Todos los psicólogos sociales: recapitulación de cuatro o cinco décadas”, Athenea Digital 19, núm. 1 (2019): 1-25.

4 Escuchado en una conferencia dictada por David Pavón-Cuéllar: https://www.youtube.com/watch?v=s6jGb0LtbSM , min. 20.

5 Sigmund Freud, El yo y el ello (1923) (Madrid: Alianza, 2012). pp. 10-11.

6 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p.245

7 Freud, El yo y el ello (1923), Op. Cit. p. 22

8 Freud, “Lo inconsciente” (1915), Op. Cit. p. 274

9 Otto Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). pp. 224-225.

10 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

11 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012). p.35-39.

12 Friedrich Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Manifiesto del Partido Comunista. Ideología Alemana., Karl Marx y Friedrich Engels (México: Colofón, 2008)

13 Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

14 Louis Althusser, “Tres notas sobre la teoría de los discursos” (1966), en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996). p. 121.

15 Ibíd., pp. 121-125

16 Ibíd., p. 124.

17 Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), Op. Cit. p.228

18 Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, Op. Cit. p. 71

19 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

20 https://versuslapsicologia.mx/2020/12/14/la-psicologia-no-lo-sabe-pero-lo-hace-del-fetichismo-de-la-mercancia-al-fetichismo-de-la-psique/

21 Raúl Páramo Ortega, “Otto Fenichel: clásico del psicoanálisis y pionero de la izquierda freudiana” en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009) p.36

22 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

Marx y Freud en nuestras aulas: una ausencia intencionada

Esta ocasión, más que enfocarme en aportes teóricos, en propuestas críticas para la contribución a la temática del blog basadas en autores y autoras importantes, quiero cuestionar y problematizar una situación que se da en nuestras aulas de psicología, al menos en lo que respecta al campus de mi universidad, que ha caracterizado nuestra formación como psicólogos y psicólogas: la ausencia intencionada de Marx y Freud en nuestras aulas, en nuestro programa educativo; en nuestra psicología.

Muchos compañeros y compañeras, docentes o administrativos podrán objetar lo antes mencionado; argumentarán que un retorno a Marx y a Freud (si es que ya han estado en su terreno) no es necesario, y que por el contrario, debemos “actualizarnos”, “modernizarnos” en las “nuevas” prácticas en psicología; incluso los habrá quienes argumentan conocer a Marx y a Freud, pero hasta ahí, no se profundiza en ninguno de los dos, incluso ni se mencionan en clase, y si con suerte llegan a mencionarse, forman parte de “líneas del tiempo”, de distorsiones y abstracciones teóricas sin sentido, de suposiciones ideológicas y argumentos sin fundamento. Claramente no está del todo perdido este retorno a Marx y Freud; hay quienes lo han hecho, no siempre de manera explícita, pero sí a través del discurso contrahegemónico de algunos compañeros(as) y docentes, y a través de espacios de diálogo que pueden apuntar a una “nueva psicología”.

Así entonces, trataré de dirigir este breve escrito hacia dos caminos: el rechazo hacia Marx y Freud en nuestras aulas de psicología, por una parte; en el otro sentido, el necesario retorno a Marx y Freud que tendríamos que comenzar como estudiantes.

El rechazo hacia Marx y Freud en nuestra psicología: distorsiones, ausencia e ignorancia

Karl Marx (1818-1883) | Sigmund Freud (1856-1939)

Tanto Marx como Freud, contemporáneos en algún momento de su vida, cambiaron la forma de ver el mundo; fueron dos revolucionarios teóricos que llegaron para repensarse lo que se daba por sentado (y a la fecha). Para bien o para mal, distorsionados o no, todos conocemos a Marx y a Freud, hemos oído hablar de ellos, los vemos tal vez en textos, en cualquier disciplina de ciencias sociales son nombrados (a veces solo fugazmente). Sin embargo, en nuestra psicología, que es la que nos importa ahora en este escrito, ¿cuándo se han tomado en serio los aportes de Marx y de Freud? o una pregunta mejor planteada, ¿cuándo hemos revisado lo que Marx y Freud plantearon?

En primera instancia, y a quien se relaciona más en psicología, Freud ha sido rechazado y distorsionado en nuestra psicología (y no solo en mi universidad). Rechazado por la complejidad de sus argumentos, de su revolución teórica, por su “falta de cientificidad”, es decir, por no tener un fundamento científico en lo que él planteaba. Tachado de “pseudocientífico”, el psicoanálisis freudiano ni siquiera es revisado a fondo en nuestra psicología, el gremio psicológico supuestamente científico, y en general, muestran una resistencia, pero no una resistencia analítica, sino una resistencia ideológica (Althusser, citando palabras de Freud)1. Esto es claro, el psicoanálisis representa una amenaza a lo establecido, a la forma en que se hacían las cosas en la época en la supuesta ciencia psicológica, y hoy en día, la amenaza es dirigida hacia la comprensión misma del sujeto, de la supuesta autonomía que la psicología clásica y actual engendró en una sociedad burguesa.

El rechazo a Freud se tornó menos explícito debido a la gran distribución de su obra por medio de diferentes autores que se mantenían en cercanía con él, o veían la necesidad de un retorno a sus postulados (como Reich o Lacan). Sin embargo, esto no significa que el rechazo por parte de la psicología “científica” desapareció. Al contrario, este rechazo tomó formas más sofisticadas epistemológicamente hablando. En vez de rechazar a Freud y sus postulados, la psicología trató de absorber (y vaya que lo logró parcialmente) al psicoanálisis, psicologizándolo, robándose sus conceptos: la psicología del yo, el psicoanálisis infantil o del desarrollo, entre otros2. De esta forma, un psicoanálisis psicologizado (o como Althusser llama, un intento de digerir el psicoanálisis desde la psicología)3, un psicoanálisis distorsionado, perdía total capacidad subversiva, perdía todos los elementos que hacían que el sujeto se cuestionara a sí mismo, su constitución como tal; en términos psicologizados (a propósito), su “individualidad”.

Su distorsión continúa hoy presente en nuestras aulas. Escuchamos por los pasillos a psicólogos y psicólogas que dicen interesarse por Freud, que dicen entenderlo; utilizan conceptos como “inconsciente” y “consciente”, frases como “hacer consciente lo inconsciente”, sin siquiera dar cuenta de cada uno de estos conceptos. Piensan el psicoanálisis desde la psicología. Freud está presente y ausente a la vez: presente en el discurso psicologizado, ausente en la práctica subversiva, crítica y verdaderamente científica. Se piensa que revisar la primera y segunda tópica en dos clases establecidas es suficiente; el psicoanálisis es tratado como una simple “teoría de la personalidad”, una “simple teoría” de la “salud y enfermedad mental”. Los psicólogos piensan que saben de psicoanálisis porque lo piensan desde sus marcos teóricos-ideológicos pretendidamente científicos. El psicoanálisis que se nos da en las aulas es un psicoanálisis yoico, que ignora sus represiones, sus determinaciones superyóicas.

En segunda instancia, pero no menos que Freud, lo que Marx vino a hacer tanto en las ciencias sociales como en la propia filosofía claramente fue un golpe de realidad a la sociedad capitalista en turno (en ese entonces, la industrial). Marx, después de sus escritos de juventud aún con una postura idealista hegeliana (dominante en Alemania) pero con tendencias materialistas4, revolucionó la forma en que se vería el mundo real. Ya no se partirían de concepciones idealistas (como sucede en la psicología), ahora se partiría de las condiciones reales de existencia, de la vida misma; ya no habría especulación, sino una verdadera objetividad. El modo de producción real, es decir, de producción para poder vivir, determina el quehacer de los sujetos. Así, un adelantado a la época y a la misma psicología de hoy, Marx y Engels argumentaban que no es la conciencia la que determina la vida (como la psicología supone), sino que es la vida real la que determina la conciencia5. Las producciones mentales serían solo un reflejo ideológico, un reflejo “invertido” de lo real. De esta forma, el sustento ideológico del que parte la psicología y su la supuesta autonomía que le ofrece al individuo, terminan siendo nada a la luz de lo real.

De igual forma, Marx pudo vislumbrar que en los modos de producción (lo real) siempre había una parte que se quería imponer a la otra, es decir, dos clases. Esto mismo confirmado por él en la sociedad del modo de producción capitalista y sus análisis del feudalismo; en el actual modo de producción capitalista: burgueses y proletarios. La sociedad burguesa controla los medios de producción y la fuerza productiva, las ganancias solo se concentran en unos cuantos mientras que el trabajo de los proletarios es remunerado con un mísero salario. En este sentido, sin entrar a detalles en una crítica al capitalismo, se propone una concepción objetiva de la vida, una concepción materialista de las formaciones sociales: las sociedades se forman a partir de sus condiciones reales para vivir, esto es, su modo de producción. Esta concepción, denominada materialismo histórico (Marx no utilizó este término), llevó entonces a una amplia difusión para el análisis de la sociedad: autores como Engels, Plejanov, Lenin, Althusser extendieron el desarrollo teórico (entre otros). Quedo ahora bastante, pero exageradamente, corto para la explicación de la propuesta marxista.

Con todo esto ¿qué tiene que ver la psicología con Marx? El problema reside en que la psicología, nuestra psicología ha ignorado sus aportes totalmente. Aquí ni siquiera hay una presencia-ausencia, simplemente no existe Marx para la psicología de nuestros días (aparentemente no existe), para la positivista, para la adaptadora y alienante psicología. En vez de tomar en cuenta a Marx para la explicación de nuestra historia, se ignora completamente. Esto lo vemos en las supuestas clases de “historia” que se nos dan en la psicología: en vez de interesarnos por cómo saquearon América con fines de mercado en la época colonial, en vez de explicarnos las consecuencias de la sociedad capitalista neoliberal o interesarnos por la lucha de clases que hoy en día vivimos (como la COVID-19 ha dejado entrever actualmente), muy contrario a todo eso, la psicología se limita a contar lo que a su conveniencia es “mejor”. En caso de que no fuera “conveniencia” y fuera simplemente ignorancia, esta ignorancia no hace más que contribuir a que el capitalismo se siga perpetuando: en escuelas, en el trabajo, en la familia, en la sociedad misma.

La psicología sin Marx es simplemente una ciencia de las apariencias, de lo ideológico. El único acercamiento que se tiene por parte de nuestra psicología con Marx, en su ignorancia, es la distorsión de lo que él proponía. Los psicólogos y psicólogas (docentes y estudiantes) que ni un acercamiento por documental han tenido a Marx, difunden la misma propaganda burguesa en contra de un comunismo que es subversivo, revolucionario; esto es, y me atrevo a decirlo, porque sin capitalismo, ¿qué sería de la psicología?

Ya he mencionado anteriormente y en repetidas ocasiones, a partir de la propuesta de Braunstein y Althusser (seguidores de Freud, Lacan y Marx), que la psicología forma un Aparato Ideológico de Estado por sí misma. Nuestra psicología nos dota de ciertos ejes temáticos que deben ser revisados constantemente en clases, son reforzados constantemente, vistos una y otra vez sin cesar. Partimos de un idealismo platónico, un dualismo cartesiano, una “subjetividad” reducida a su comportamiento “objetivo”, observable y cuantificable, un individualismo con potencialidades, y para aparentar ser “más científicos”, una neurologización de la subjetividad. Claro, tenemos en cuenta de vez en cuando los “contextos” que la psicología determina en sus intervenciones de forma a priori: la familia, la escuela, el trabajo, lo “comunitario”. Nunca lo político y económico, nunca lo inconsciente o el aparato psíquico, nunca lo ideológico.

Este encierro en los ejes temáticos impuestos por la psicología no cumplen más que la función de serle leal al capitalismo y al “Yo” que desarrolló y reforzó la psicología como encargo del capital. Se tiene que asegurar un adoctrinamiento, la fuerza de trabajo adaptada, regulada, controlada; descartar aquellos quienes no funcionan en el entramado postindustrial; todo esto mediante pruebas psicométricas pretendidamente científicas. Nuestra psicología actúa como camisa de fuerza, que nos limita a un espacio cerrado de movimiento (sus temas y su campo de acción). Se trata de despolitizarnos, de “desrealizarnos”, de ser un psicólogo o psicóloga más. Se nos repite en las aulas (y vaya que en demasía), la premisa de que “cambiar el sistema” es IMPOSIBLE. Claro, esto es una cómoda postura para ellos y ellas, aquellos que les es más fácil recibir estímulos por cumplir con lo establecido, aquellos a los que les es más fácil subordinarse a lo que un dictamen establezca.

Comentarios finales: el retorno a Marx y a Freud

Me gustaría finalizar diciendo: no todo está perdido. Sí, tenemos mucho trabajo por realizar, mucho por leer y mucho por hacer si de verdad apostamos por una sociedad sin desigualdades. Si bien, la psicología ha absorbido al psicoanálisis e ignorado al marxismo, estos dos no necesitan de “la psicología”. Estos se han encontrado en diferentes ocasiones para formar un frente versus la psicología hegemónica, han creado y actualizado constantemente su propia psicología, una concreta y material, una verdaderamente científica no supeditada al capitalismo. Los aportes existen, solo que jamás nos los han presentado: Vygotsky (sólo vemos la ZDP), Politzer (¿y quién es?), Luria (¿no era el dios de los neuropsi?), Kornílov (¿?); todos estos forman parte de una “psicología marxista”. Más recientemente, Althusser y su retorno a Marx y su crítica de la psicología; Braunstein y su postura althusseriana; Parker, psicoanalista y marxista; Pavón-Cuéllar y su articulación del marxismo con el psicoanálisis lacaniano, entre otros tantos no menos importantes.

Necesitamos del psicoanálisis y del marxismo; necesitamos leer y releer a Freud y a Marx, tal como lo hizo Lacan con Freud, o Althusser con Marx (ambos críticos de la psicología). Ahora, no solo necesitamos de estas dos posturas para un frente teórico político comprometido, sino que también los necesitamos para cuestionar nuestra propia constitución como sujetos, es decir, cuestionar lo que nos ha hecho sujetos (en el doble sentido: sujetados y subjetivados). El compromiso de la psicología, si es que aún podemos hablar de ella como tal, no debe ser con un sistema económico encargado de violentar simbólicamente, debe ser, por el contrario, con la sociedad misma, y desarrollar un papel ético-político comprometido.

No por ser estudiantes no debamos acercarnos al lado “oscuro” como a mí me gusta llamarle. Pero es necesario que aceptemos, como estudiantes, que no será fácil comprender(se) a través de estos textos como la literatura psicológica ha ofrecido sus lecturas de forma fácil con lenguaje simplista e infantil para asegurar la reproducción ideológica. Es un camino complejo, un camino que hará poner en duda lo que somos y lo que la realidad ha sido hasta ahora.

Referencias

1 Louis Althusser, “The place of Psychoanalysis in the Human Sciences”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 1–44.

2 Ibíd. pp. 20-22

3 Louis Althusser, “Psychoanalysis and Psychology”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 45–87. (pp. 65-70)

4 Louis Althusser, “Sobre el joven Marx”, en La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1967), 39–70.

5 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.





El malestar en…¿la cultura?: de Freud a Parker

Tardé en decidir si realizar o no este breve ensayo por la complejidad que conlleva la lectura de Freud y sus postulados, y a su vez, utilizarlos como fundamento de una crítica hacia el modo de producción capitalista en la que se articula cierta ideología dominante y se reproduce una violencia simbólica constante contra los sujetos, eso a lo que le llamamos “cultura”, en la que se superponen ciertas formas de ser y de actuar. No obstante, quiero invitar al lector, específicamente a aquellos que se han interesado o formado en el psicoanálisis y que mantenga un acercamiento con la crítica marxista, de contribuir a las posibles lagunas que tenga en mi discurso.

En esta ocasión trataré de abordar muy “por encima” dos concepciones del “malestar” que reside en nuestra sociedad. Por un lado, la postura freudiana presentada en la obra “El malestar en la cultura”, publicada en 1930 a casi una década antes de la muerte de Freud, cuyo énfasis reside en la constricción y control de los sujetos mediante la represión de los instintos; y por otro lado, la perspectiva parkeriana en donde encontramos una postura marxista-materialista sobre la materialización de este malestar en el sistema capitalista, misma que se articula en una época relativamente reciente, o al menos, sigue vigente (2007). Con base en lo anterior, las dos propuestas antes mencionadas nos servirán en esta ocasión para realizar una articulación que quizá no les parezca a los psicoanalistas más ortodoxos o a los que han caído en la trampa de la psicologización y podrán tachar de ingenua y burda esta propuesta no innovadora (porque autores y autoras ya consolidadas con una gran preparación han articulado el marxismo con el psicoanálisis).

Cabe mencionar, que la segunda parte de este ensayo se relaciona directamente con la publicación anterior en este blog: “DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva”, por lo que se invita al lector revisarla posteriormente (o previamente).

Superyó y malestar: la cultura como síntoma

¿Qué implica el malestar en la cultura? Si bien no haré un análisis de la obra porque rebasaría en demasía el objetivo de este escrito, sí me enfocaré en algunos elementos claves que fundamentan la crítica hacia el modo de producción capitalista actual (en su fase neoliberal). No perdamos de vista que a pesar de que Freud no criticó tan abiertamente al capitalismo de inicios del siglo XX, e incluso llegando a afirmar que no le concernía la crítica hecha por los marxistas (Freud, 2019/1930), sí planteó algunos elementos que nos pueden servir a nosotros, estudiantes, docentes, activistas y demás, para sustentar una crítica amplia. Trataré, como ya anticipé y siguiendo a Freud, muy brevemente el cómo se instituye el malestar en nosotros a nivel social, o en este caso, cultural.

Freud en su texto de 1930 pone énfasis en cómo el principio del placer y esa búsqueda incesante por la felicidad en los sujetos se ve coartada y modificada por el “mundo exterior”, por una instancia social (la cultura) que reprime el instinto, por un “objeto” impuesto al infante, por un “afuera”. En este sentido, la satisfacción del instinto, ahora en vez de “guiarse” exclusivamente por el principio del placer, mismo que imperaba en la etapa más primitiva del sujeto, ahora está a expensas del principio de realidad, que prohíbe o regula esa satisfacción, generando un sufrimiento intenso (Freud, 2019/1930). El sujeto se verá en un sufrimiento constante al no saber cómo lidiar “correctamente” (sublimar) con su necesidad de placer dadas las restricciones culturales, cayendo así en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad (Freud, 2019/1930, p. 85), no sin antes que el sujeto emprenda una lucha “por la vida” mediante tendencias agresivas hacia la propia cultura. ¿Cómo hace la cultura para mitigar esas tendencias? Se pregunta Freud (p.123).

La “cultura” (a partir de aquí le asignaremos comillas, más adelante aclararemos esto) apelará a la misma agresión del sujeto, pero hará que esta sea introyectada: ¿cómo lo logrará? se preguntará el no-psicoanalista. La agresión es dirigida contra el propio “yo”, en forma de superyó asumiendo una conciencia moral; el superyó le generará un “sentimiento de culpabilidad” (concepto clave en la obra, pero que no abordaremos a profundidad aquí) al yo debido a que este (el yo) ha cometido materialmente, o con el simple deseo, la destrucción del “afuera”, similar a lo que sucede en el complejo de Edipo (incluso Freud afirma que el sentimiento de culpabilidad, ocasionado por el superyó, procede del Edipo, es decir, en el parricidio o en su deseo y su constante temor a la pérdida de amor de la autoridad: el padre; 2019/1930, p. 133); un sinónimo de este sentimiento de culpabilidad, podría ser la “angustia social” (ibíd.; p.125). ¿Qué función cumple el superyó en la “cultura”? Freud afirma:

“… la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada”. (ibíd; 124).

Antes de continuar con nuestro intento de abordar a Freud, es necesario que nos detengamos en el uso de las comillas en la palabra -cultura-. Usé estas comillas porque a pesar de que Freud no haya entrado en la crítica marxista porque no “le concierne” y que el postulado que se presenta en su obra de 1930 mantiene una relativa autonomía respecto a Marx (y sus seguidores), y en la misma, la cultura es vista como escultora de la subjetividad (Carpintero y Vainer, 2017), sí nos da toda una base para explicar lo que sucede hoy en día en el sistema capitalista; la cultura puede ser únicamente síntoma de este, una parte de la superestructura (para recordar a Althusser y el althusserianismo propiamente) y no un elemento aislado en el análisis. En este sentido, y quizá animándome a “criticar” a Freud, dirigir la atención únicamente a la mera cuestión de la cultura y de la subjetividad, sería caer en una especie de psicologización; las preguntas que deberían formularse los freudianos podrían ser: ¿a qué intereses sirve la cultura? ¿con qué fines se coarta la “agresión” de los sujetos y se subjetivan? Ya Braunstein (1975) con una marcada posición althusseriana nos explicaba la necesaria relación entre el superyó y la ideología dominante, es decir, el proceso de sujetación del individuo para adecuarlo al sistema capitalista (y su cultura).

Ya hemos recorrido muy vagamente algunas ideas que Freud propone, poniendo énfasis en el malestar que la cultura causa en el sujeto, sin embargo, en el párrafo anterior afirmábamos que la cultura solamente es síntoma o constituyente también de un proceso alienante que le serviría al capitalismo. Ahora recorreremos la propuesta de Ian Parker, psicólogo crítico británico, marxista y que ha contribuido ampliamente a la crítica de la psicología; le daremos especial atención (aunque breve) a su obra Revolution in Psychology: Alienation to Emancipation, publicada en 2007 (la versión traducida de esta obra se titula: La psicología como ideología: contra la disciplina, publicada en 2010).

La producción del malestar: y la psicología no para

Ian Parker | Sigmund Freud

Hablábamos pues que la cultura puede ser síntoma del capitalismo, pero, ¿en dónde queda el malestar provocado? o mejor aún, ¿es realmente la “cultura” la que produce el malestar? Como se comentaba anteriormente, no podemos pecar de psicologización y quedarnos únicamente con la idea de Freud; la cultura (junto con su respectivo malestar, del que nos ocupamos esta ocasión) responde a los intereses de la infraestructura, de la base económica, del capitalismo. El malestar entonces es producido en el sistema capitalista (Parker, 2007). De “neurosis” pasamos a “enfermedad o trastorno mental”; del análisis pasamos a la psicología adaptadora.

Como ya hemos anticipado en anteriores publicaciones, no se le hará raro al lector que de nuevo afirmemos que los psicólogos y psicólogas sean cómplices del sistema capitalista. La psicología por sí misma es considerada un aparato ideológico de Estado (Braunstein, 1975), en donde se reproduce cierta ideología de forma materializada a través de sus prácticas (Althusser, 2018). Por su parte, Parker (2007) afirma que la disciplina psicológica forma parte de la organización material del mundo, y las mismas decisiones que los psicólogos toman tienen consecuencias en nuestra forma de actuar y de pensar; es por esto que también es importante tomar seriamente el cómo la disciplina nos limita físicamente (p.94).

Nuevamente nos interesamos por la materialización del malestar, los sistemas de clasificación, especialmente el psiquiátrico (DSM). La psicología y psiquiatría, al servicio de las empresas farmacéuticas, proponen un montón de categorías nuevas en sus sistemas para que los trastornos de cada categoría, puedan ser tratados con algún tipo de medicamento (Parker, 2007). Esto, podemos adelantar, tiene dos implicaciones: por una parte generar mayor plusvalía gracias al malestar creado por los “psi”, lo que en pocas palabras es: mayor ganancia para los del poder económico; y por el otro lado, siguiendo a Braunstein (2013), ser un acto performativo, es decir, definir quién es normal (funcional) y anormal (disfuncional), determinar quiénes sí sirven en la “cultura” (en el sistema capital, mejor dicho), y quiénes no, y además, afectar la forma en que los diagnosticados por ese “malestar” (trastorno) piensan y actúan.

El trastorno, malestar, está supeditado al capitalismo, a la industria farmacéutica en compañía con los psi; el malestar se enmarca dentro de los límites de la psicología, del individuo. Aquí es necesario recordarle al lector que el malestar, el trastorno, la neurosis, desde el punto de vista psicológico-capitalista, es un problema meramente del individuo y nada más; es un problema interno y nada tiene que hacerse más que acudir con sus terapeuta más cercano para que este cumpla la función de devolverlo a la “normalidad”. Deseo cerrar con la siguiente cita de Parker (2007):

“En la cultura psicológica, se incita a todos a sentir que son vulnerables, que están ‘en riesgo’ y que cualquier indicio de infelicidad debe ser una señal de que algo está mal con ellos. En esta sociedad [la capitalista], incluso los momentos de infelicidad que podrían llevarnos a reflexionar sobre lo que está mal en el mundo se convierten en signos de patología que deben borrarse; así se refuerza la alienación en la cultura psicológica y se suprime cualquier conciencia de ella”. (p.111). (Cursivas mías)

Haciendo un breve retorno a Freud, al que no le interesaba la crítica hacia el capitalismo. ¿No nos encontramos en esta cita algo parecido a lo que Freud nos explicaba? Nos hacen sentir vulnerables, es decir con ese “sentimiento de culpabilidad”; la reflexión sobre lo que está mal en el mundo, ¿no se asemejaría con el impulso destructivo hacia el objeto impuesto al infante?; la alienación al sistema capitalista ¿no sería equivalente al sometimiento del yo al superyó para evitar la pérdida del amor? Cabe mencionar que Parker no menciona a Freud en el capítulo en el que nos basamos, y ni siquiera es citado en toda la obra.

Comentarios finales

No cabe duda que Freud sentó algunas bases para la crítica del modo de producción capitalista; ¿no será acaso que Freud sí lo criticaba de manera implícita? no lo sabemos con exactitud, pero al menos tenemos estos esbozos en los cuales diversos psicólogos críticos y psicoanalistas han articulado su crítica. Ian Parker nos acerca justamente aún más hacia esta; en vez de quedarnos con una crítica a la “cultura” únicamente, se nos propone señalar de manera constante que ese “malestar cultural” o neurosis, hoy “trastorno mental” es un síntoma de la organización estructural (económica e ideológica) de la sociedad, y la contribución perversa de la psicología en la alienación del capitalismo, de mantenernos en ese “malestar”.

El lector podrá ver muy limitadas mis opiniones, e incluso recorté mucha información valiosa que Freud y Parker nos ofrecen, sin embargo, se hizo de esta manera para evitar un escrito demasiado extenso, y además, ambos autores pueden tener claras diferencias que serían pertinentes abordar por separado. Se le invita a quien lee este escrito que revise ambas obras.

Referencias

  • Althusser, L. (2018). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Práctica teórica y lucha ideológica. Ciudad de México: Grupo Editorial Tomo.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • Carpintero, E. y Vainer, A. (2017). Psicoanálisis y marxismo: historias y propuestas para el siglo XXI. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Freud, S. (2019). El malestar en la cultura. Madrid: Alianza. 1930.
  • Parker, I. (2007). Material Interests: the Manufacture of Distress. En: I. Parker, Revolution in Psychology: Alienation to Emancipation (pp. 94-111). Inglaterra: Pluto Press.

DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva

Tanto a psicólogos como a psiquiatras (los psi de aquí en adelante), nos indican que hay que saberse los llamados “trastornos mentales”, su clasificación, sus “síntomas”, sus “criterios diagnósticos”, todo esto apoyado en los sistemas de clasificación existentes. Por un lado tenemos a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE; ICD por sus siglas en inglés: International Classification of Diseases) a cargo de la Organización Mundial de la Salud en la que no sólo se condensan las enfermedades orgánicas, sino también las “mentales”; y por otro tenemos uno exclusivo a los famosos “trastornos mentales”: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, en inglés) a cargo de la Asociación (norte)Americana de Psiquiatría.

Bajo estos dos manuales universales e imperantes, el quehacer de los psi ha sido regulado y subyugado; estos van “clasificando” a diestra y siniestra a cualquier “enfermo” que se les pare delante de ellos. En esta ocasión, me ocuparé, no de los sistemas clasificatorios como tal ni de sus diferencias entre sus ediciones, pero sí de las repercusiones del quehacer de los psi con estos sistemas, más específicamente con el DSM (de-ese-eme a partir de ahora): la clasificación como instrumento para regresar a todos a la normalidad, al cenro de la curva de Gauss. Cabe mencionar, que en este escrito el lector podrá ver fundadas mis opiniones en la crítica que hace Néstor Braunstein a la clasificación de la supuesta “enfermedad mental”, no sin antes hacer un retorno muy breve a la propuesta de Jan De Vos acerca de la neurologización del todo (ya anticipada en la publicación anterior).

Neurologización, medicalización y el DE-ESE-EME

Después de la psicologización, es decir, de ver todo a través del lente de la psicología, o de las ciencias “psi”, viene la neurologización, o mejor aún, se complementan, son como hermanas. Esta última enfatiza la materialidad cerebral de lo psicologizado anteriormente: las emociones, las ansiedades o depresiones ya no solo le competen al corpus teórico de la psicología, sino que este encuentra su complemento en el cerebro. Todo lo que le sucede al sujeto, o su subjetividad, ahora se ve a través del lente de las neurociencias o bajo el prefijo “neuro”; todas las “afecciones” psicológicas ahora residen exclusivamente en el cerebro, en sus conexiones neuronales, los neurotransmisores; el sujeto se reduce a su cerebro (De Vos, 2019). Lo “neuro” comenzó a ganar terreno en las disciplinas de los psi (neuro-psicología, neuro-psiquiatría) (ibíd.)

El lector puede preguntarse: ¿a dónde vamos con hablar de la neurologización? En su intento por pretender ser científicos, los psi acuden directamente a terrenos ajenos para poder “armarse de municiones” del campo médico (en este caso, el de la neurología, aunque suelen recurrir a otras áreas médicas como la patología), para sustentar sus sistemas de clasificación (el de-ese-eme), para supuestamente explicar las “causas” y darles nombre a los “trastornos-enfermedades mentales”, y obviamente, generar “tratamientos” a doc para el “trastorno”. En contraste, poco antes de que el DE-ESE-EME-5 fuera lanzado al mercado (como cualquier mercancía lista para generar plusvalía), Braunstein (2013) afirmaba que este apoyo de los psi en la materialidad cerebral no explica las causas de los “trastornos”, sino que simplemente harían posible la manifestación sintomática, es decir, son otros síntomas del “trastorno”.

Así pues, como mencioné en líneas anteriores, además de navegar en aguas ajenas como en la neurología, la patología, y otras tantas, para formar su corpus “neuropsi” (De Vos, 2019) y su arsenal para su quehacer profesional (en este caso, toda la clasificación del de-ese-eme), los psi (o neuropsi), también buscarán un tratamiento que funcione, adapte, normalice (¿normalizar qué?) a la persona. En este caso, como el de-ese-eme prescinde de alguna teoría y recurre a la neurologización, a lo “científico”, a lo “tangible” (Braunstein, 2013; De Vos, 2019), se recurre también a un tratamiento para esta materialidad, para el cerebro y ahora también, la conducta (no me detendré en esto esta ocasión): los fármacos. No se niega que estos puedan tener efectos benéficos para las “afecciones mentales”, sin embargo, dado que la medicalización (que incluye todo el saber médico y sus prácticas, entre ellas, el suministro de fármacos) está al servicio del discurso de los mercados (del capitalismo en su fase avanzada pues), no se encontrarán muchos “papers” que hablen de todo lo negativo que estos conllevan para la psique (Braunstein, 2013).

Parece pertinente detenerse en la siguiente cita de Braunstein con clara influencia foucaultiana:

“Que nadie se confunda: la crítica a la medicalización no es crítica a la medicina y sus innegables avances en cuanto a la transformación de la existencia, las más de las veces en un sentido potencialmente positivo (aunque degradado por las políticas estatales y corporativas que la regulan). La crítica apunta a la ideología subyacente al discurso médico, medicalizante, que se apuntala en el conocimiento de las posibilidades del cuerpo humano y que pretende, en nombre de una cierta ganancia en cuanto a la duración de la vida y prevención o control de las enfermedades, someter esa vida a los mandamientos de una empresa planetaria de regulación de todos los comportamientos instintivos y sociales, de las pulsiones y sus destinos, desviado a los hombres y a las mujeres de las preguntas relacionadas con las circunstancias (sociales, políticas, culturales, jurídicas, económicas) en que sus vidas transcurren. En otras palabras, a las obvias funciones represivas, “biopolíticas” (y “psicopolíticas”, agreguemos) del discurso basado en la medicina”. (ibíd; 41.) (Cursivas mías)

Podemos colocar a la medicalización junto con la neurologización como pilares constitutivos de los sistemas clasificatorios, tanto del mentado de-ese-eme (I, II, III, IV, V y que ojalá aquí se quede) como del CIE, que no abordaremos aquí. Por una parte, la neurologización ofrece una explicación supuestamente científica de los “trastornados”, y por otra, la medicalización comparte todo su saber y prácticas para su tratamiento (aunque también, en el sentido moebiusiano, estas dos irían de la mano: lo neuro y lo médico), formando así una relación indisoluble de trastornos-tratamientos. A su vez, no solamente constituyen un sistema clasificatorio, sino que además, devienen en acto político (algo performativo), es decir, todo en su conjunto (medicalización, neurologización y el de-ese-eme) configuran tanto el quehacer de los psi, como de los propios “pacientes” o “no-pacientes”. La clasificación y el diagnóstico son agentes activos en el dispositivo psi: no son actos “científicos” u “objetivos”, sino postulaciones con significación moral y política. (Braunstein, 2013). Cierro este apartado con una cita textual del autor antes mencionado:

“El diagnóstico no se encuentra, se emite: es un acto performativo en donde la palabra hace a la cosa que nombra y hace al sujeto que lo recibe transformándolo en otro respecto al que era antes, a menudo estigmatizándolo” (ibíd.; 50) (Cursivas mías)

En ese sentido, ya no nos vemos solamente a través del lente de la psicología, de las ciencias neuropsi o las médicas, sino que además, nos vemos (y nos ven) a través del ojo de la clasificación, del de-ese-eme.

Normalización compulsiva: ¡Quiero estar en el centro con Gauss!

Terminamos el apartado anterior con la cita de Néstor Braunstein, que alude justamente a que los sujetos ahora nos veamos, aunque estigmatizados sin darnos cuenta (como se maneja la ideología), a través de los criterios diagnósticos del de-ese-eme. Este mentado manual, con base en criterios estadísticos establecen qué es normal, y qué es anormal, aunque de manera no explícita, claro está. Todo aquel o aquella que se le marquen sus criterios en el manual, será acreedor a una etiqueta, a una letra y un número (¿dónde hemos visto esto? no entraré en detalles, dejo al lector reflexionar sobre esto), pero además, estos indicarán que no pertenecen a la población “normal”, a los “funcionales”. Aquí cabe hacernos unas preguntas en modo paréntesis: ¿normales para quiénes? ¿funcionales para qué?; En ese sentido, los manuales clasificatorios ayudarán a estigmati… perdón, a identificar el trastorno del sujeto, adecuarle un tratamiento psicoterapéutico y seguramente también, suministrarle unas cuantas drogas legales para somet… perdón de nuevo, “adaptarlo” a la “normalidad”. Todo esto, en términos psicoanalíticos, se “aplica” al yo individual, al yo consciente (?).

Aquí es necesario detenernos en una cita importante:

“Al igual que sucede con la psiquiatría, a algunos psicólogos y terapeutas les es preciso auxiliarse de sintomatologías, nosografías, pronósticos, observaciones, historiales clínicos, manuales estadísticos [como el de-ese-eme], protocolos, formatos de entrevista y test … irguiéndose con orgullo como profesionistas de la salud mental [lo normal]. La misión de estos profesionistas será prevenir y cuidar-curar la llamad enfermedad mental y las pasiones (y cuidar y resguardar al enfermo de sí mismo, de la sociedad y viceversa) ya que la enfermedad mental es un enemigas [sic] de la higiene pública“. (Pacheco-García, 2013, p.43) (Cursivas mías)

Como vemos, los psi se montan todo un arsenal para convencer a quienes acuden con ellos de que hay que regresarlos a la “normalidad”, es una búsqueda immplacable y compulsiva por colocarlos, o intentar colocarlos con Gauss, no a la izquierda, no a la derecha, al centro. Lo “normal” se establece en congresos, en reuniones entre los psi, entre la industria farmacéutica, y siempre con sus invitados especiales, los capitalistas y el Estado. Así entonces, la normalización compulsiva a través del arsenal psi responde a dos intereses aquí propuestos inspirados en las afirmaciones de Pavón-Cuéllar (2012): 1. Evitar que el sistema capitalista y su brazo político-armado, el Estado, sean molestados a través de la (re)adaptación de los (seudo)trastornados, y 2. Generar plusvalía a través de la fuerza de trabajo funcional, ya readaptada, esto se lograría con el apoyo de la clasificación y posteriormente la medicalización de los (seudo)trastornados: con el consumo de medicamentos, sedantes, neurolépticos, ansiolíticos, etc.

Comentarios finales

El arsenal psi (manuales, tests, especialistas psi), o “dispositivo psi” como Braunstein (2013) lo llama inspirándose en Foucault, no solamente responde a intereses internos de las asociaciones psiquiátricas u organizaciones de salud, sino que también responde al sistema. Estos se encargarán de clasificar, diagnosticar, tratar y medicalizar todo aquel que no esté sentado en el centro con Gauss. Se trabajará con el comportamiento visible, con la sintomatología, con el “yo” individual. Y retomando de nuevo a Braunstein, se ignorarán todas las circunstancias alrededor de los “individuos” (seudo)trastornados. Se le enseñará al sujeto (¿quiénes le enseñarán? los psi) acerca de sus neurotransmisores, de sus conexiones neuronales, de sus lóbulos cerebrales, para que aprenda a su vez, a ignorar a la estructura, la causa de su malestar. Recurrirán incontables veces a marcar con palomitas sus criterios diagnósticos para cerciorarse de que diagnosticaron “éticamente” al sujeto.

Espero que el lector haya notado el sarcasmo en el párrafo anterior. No obstante, no todo está perdido. La propuesta nuevamente apunta al psicoanálisis (y al marxismo con su crítica al sistema), no porque este sirva para algo realmente, sino más bien es porque no sirve para nada (Pavón-Cuéllar, 2012); ahí radica su potencial emancipador y crítico; el psicoanálisis no sirve para normalizar, es más, no sirve para diagnosticar; Pacheco-García (2013) complementa:

“Lo que afirmamos es que el quehacer del psicoanálisis no está supeditado a los estándares, normas o demandas del Otro, del colectivo o del orden simbólico, como si esos parámetros de lo correcto, lo sano y lo normal que establecen el común de la gente [tal vez no el común, pero sí los psi], parámetros que se sostienen desde el registro simbólico, fueran el molde a seguir, bajo el cual hay que adecuar y con-formar al sujeto y a lo inconsciente”. (p.55)

Desde aquí, a partir de los autores mencionados, y muchos omitidos no por negligencia, sino por falta de espacio para comodidad del lector, se propone una crítica constante a los sistemas clasificatorios de los trastornos; estos, en su pretensión de ser científicos, como los psi, no hacen más que contribuir con el sistema capitalista, dotarles de fuerza de trabajo readaptada, “curada”, “tranquilizada”. Es importante dilucidar que los sistemas de clasificación tienen fines políticos-ideológicos-económicos, no son neutrales aunque lo aparenten. Pongamos de cabeza al De-eSe-eMe con su pretensión científica.

Referencias

  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • De Vos, J. (2019). La neurologización. En: J. De Vos. (2019). La psicologización y sus vicisitudes (pp.99-144). México: Paradiso Editores.
  • Pacheco-García, H. H. (2013). La clínica psicoanalítica y el fin del análisis. De la botella de Klein y la banda de Moebius a la noción de cura. Zacatecas: Taberna Libraria.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209


Homo psychologicus: la psicologización del todo

Hoy en día podemos escuchar términos de la propia psicología en cualquier lado, en cualquier medio, en el discurso popular y donde menos nos lo imaginemos; la psicología ha alcanzado hasta el más recóndito de los lugares para “compartirle” su saber a diestra y siniestra. En consecuencia, nos han bombardeado (la psicología) de todo su saber, de sus prácticas, de sus técnicas y discurso, hasta de las palabras más “inocentes” que se reproducen en las teorías. Pero ¿qué repercusiones tiene todo esto? ¿qué se gana (o se pierde) al querer psicologizar todo?

Siguiendo la propuesta de Jan De Vos (psicólogo crítico belga), trataré de abordar muy superficialmente, cómo la psicologización acapara la subjetividad, la moldea, la hace y deshace a su gusto, llegando así a convertir al humano (el homo sapiens) en un “homo psychologicus”, no obstante, se deben de tomar en cuenta las repercusiones (ideológicas-políticas) de caer en este arquetipo psicologizado. El argumento de Jan De Vos implica no solo situar la mirada en el homo psychologicus como resultado de una psicologización, sino también revisar críticamente la neurologización y digitalización de los sujetos, sin embargo, revisar esto implica rebasar los objetivos de este escrito (para profundizar más, véase: De Vos, 2019). El escrito será relativamente breve, y pretendo profundizar posteriormente en lo antes mencionado y en cómo la psicologización es necesaria para lograr crear el “homo neurologicus” y el “digitalus”.

¿Qué entender por psicologización?

De Vos (2019) nos da todo un recorrido crítico sobre la lógica de la psicologización, y más que centrarnos en una definición específica, esto implicaría más bien, entenderla como una apropiación, una imposición (obviamente de los especializados en psicología: los psicólogos y psicólogas) de las teorías y corrientes psicológicas para mirarnos, mirar a los otros y a lo que sucede “allá afuera”, todo esto, claro está, a través del discurso (ya ideológico) psicológico. Es como si utilizáramos un lente graduado por la psicología para ver a través de él.

Es en ese sentido en el que se debe abordar la psicologización, una especie de “adoctrinamiento” o transferencia a partir de lo psicológico, de sus teorías y discursos; es la psicología intentando y logrando crear un sujeto: el sujeto de la ciencia (como lo llamó Lacan, 2009, citado por De Vos, 2019). Se escucha con más frecuencia los significantes de la psicología: “mente”, “depresión”, “ansiedad”, “emoción”, “sentimientos”, “afrontamiento”, “duelo”, “diagnóstico”, “salud mental”, “enfermedad mental”, “trastorno”, “tratamiento” y un sinfín más que se han incorporado en el discurso de todos y todas a través de esta psicologización.

La psicologízación implica entonces, una psico-educación (De Vos, 2019), en la que los sujetos incorporen en su subjetividad lo psicológico. Es una distribución del conocimiento psicológico, más específicamente, desde el ámbito humanista y conductual y lo que conllevan estas corrientes “psi”: lo naturalizador y normalizador, lo estadístico, lo sano y lo enfermo, la obsesiva individualidad etc. (llamémosle la psicología hegemónica y dominante). Esta distribución de conocimiento puramente psicológico a través de las distintas teorías, repercute directamente en “cómo nos vemos” a nosotros mismos: nos vemos entonces a través del ojo psicologizado, nos vemos como personas capaces de “autorrealizarnos”, con “estrategias de afrontamiento”, con “emociones”, “con un sentido estrictamente individual” (ya comentado en otra publicación). De Vos afirma: “Es como si el paciente fuera interpelado a ser su propio psicólogo, el lego [palabra utilizada para designar a alguien que es “nuevo” en algo] tiene que entender sus problemas (y las soluciones apropiadas) por la vía del corpus teórico de la psicología” (ibíd; 73).

Esta psico-educación, psicologización a fin de cuentas, claramente se apoya en distintos medios (previamente psicologizados) para conseguir sus fines: los medios de comunicación, incluyendo el internet, pueden ser la principal fuente de distribución del conocimiento psicológico académico. Se le “enseña” a la gente a pensarse y verse a sí mismos desde la mirada de la psicología, con “potencialidades” y toda esa retórica humanista-conductista que encontramos en muchos programas, series, publicaciones en Facebook o Twitter: “¡¿Quieres manejar y aprender sobre tu [inserte cualquier “padecimiento” psicológico]? Entonces, este curso-meme-video-etc. es la solución!. Así, la premisa clave de la psicologización es “Mira, eso es lo que eres” (ibíd.). Por otra parte, no hay que perder de vista (y tampoco debamos sorprendernos) que en esta adopción, aceptación y el intercambio del corpus teórico psicológico, subyacen ideas discursivas e ideológicas (De Vos, 2019): ¿ideología de qué o de quién? La respuesta ya la sabemos.

Así entonces, somos reducidos a meros conceptos psicológicos para explicarnos, para mirarnos a nosotros mismos y a los demás, a la sociedad en general. Pero ¿qué implicaciones tiene este reduccionismo psicologista? ¿acaso hay algo peor que pensarnos en términos psicológicos?

Implicaciones del homo psychologicus

Tal como Jan De Vos hacia referencia al “sujeto de la ciencia” de Jacques Lacan, así mismo explica que las ciencias modernas (entre ellas la psicología) proporcionan a la sociedad “las coordenadas esenciales de la realidad” (2019, p.168). En este sentido, si estamos en la época de la psicologización (o al menos se sigue recurriendo a esta), no es de esperarse que el “homo psychologicus” y la sociedad misma sea entendida en términos abstractos por la propia psicología (como la individualidad que se reproduce en todas sus corrientes humanistas-conductistas). Esto es, ignorar lo político (en parte), ignorar lo social, las problemáticas “externas”. Así entonces, a pesar de que el homo psychologicus sea despolitizado (sin interés político de lo que sucede allá afuera por causa de la psicologización, en pocas palabras: desinteresados del sistema), la misma psicología está cumpliendo un papel político e ideológico: despolitizarnos (y psicologizarnos) a todos y todas. Y podemos preguntarnos, ¿esto para qué? No es una casualidad, ni tampoco debemos soprendernos de que la psicología guarda una estrecha complicidad con el capitalismo en sus diferentes vertientes. Tampoco debemos sorprendernos que la mayoría de los psicólogos y psicólogas han preferido (aparentemente) no tener un posicionamiento político por lo que sucede “allá afuera”; claro está, se mueven en la misma zona psicologizada.

El sistema capitalista prefiere seres despolitizados, seres psicologizados, para que no se ponga en evidencia la hostilidad con la que este opera y reproduce las relaciones de reproducción. Crear subjetividades reducidas a la psicología implica entenderse y verse a sí mismos alejados de lo que el capitalismo (financiero, neocolonial, lumpen-capitalismo, y otros) está causando en la “verdadera” realidad (la que no vemos con el lente psicológico). De Vos (2019) lo explica magistralmente con las siguientes palabras inspiradas en Pavón-Cuéllar:

“[…] Es la psicología hace posible (sic) la explotación, la ideologización y la fetichización. La psicología no sólo proporciona la razón sino también la tecnología central del capitalismo: dibuja y esboza al sujeto del capitalismo, y permite así su explotación tanto del lado de la producción como del lado del consumo”. (p.195).

La psicología, a través de su psicologización, enajena a los sujetos con la finalidad de que estos le sirvan directamente al capitalismo, se mantengan dóciles, se mantengan levitando en el discurso psicologista de las “potencialidades”, “las emociones”, lo individual, “sus estrategias de afrontamiento”, “los duelos”, el “estrés postraumático”, las “depresiones y ansiedades”.

Comentarios finales y propuesta de Jan De Vos

Lo que aquí se expuso fue solamente una breve recapitulación y una pequeña aportación a lo que el psicólogo belga Jan De Vos nos explica en una de sus más recientes obras. Cabe aclarar, que me limito únicamente al fenómeno de la psicologización, porque De Vos se extiende a dos fenómenos que revisaremos con posterioridad: la neurologización (esa reducción de la subjetividad a cuestiones dadas por las neurociencias y la materialidad cerebral) y la digitalización (la subjetividad en redes sociales y el espacio virtual). Así mismo, se afirma que la psicologización es un proceso primordial (en el sentido perverso ideológico) para lograr las otras dos.

La psicologización es un acto político que despolitiza a los sujetos, que los enajena, que los somete a los intereses del Otro (en términos lacanianos), del capitalismo y sus secuaces (los capitalistas claramente y por el otro lado el Estado). ¿Cómo lidiar con la psicologización y la psicología propiamente? A continuación se responde.

Jan De Vos nos propone una crítica desde el marxismo y el psicoanálisis (claro está, desde el freudiano y lacaniano). Estas dos posturas, teorías se complementan una a la otra; al no poderse psicologizar ninguna de las dos en su conjunto, nos ofrecen una zona de crítica radical hacia la psicología y hacia el capitalismo. Muchos psicólogos y psicólogas que lean esto hasta podrán asustarse al leer “marxismo” y “psicoanálisis”, les puede generar repulsión y rechazo; normalmente esto ocurriría por obedecer (inconscientemente o por el contrario, “bien adoctrinados” o mejor dicho, psicologizados) a los intereses de la psicología dominante-hegemónica-capitalista. Sin embargo, son muchos y muchas otras los que nos estamos incorporando al camino de la crítica de la psicología y del mismo sistema de producción capitalista a partir de una postura marxista y psicoanalítica. Este blog, como ya se ha podido percatar el lector, mantiene esta postura, no obstante, no afirmo que ya esté del todo “des-psicologizado” o que “sepa mucho”, esto implica un camino largo, complejo, de lectura, de crítica y autocrítica constante.

Como anteriormente anticipé, abordare próximamente el fenómeno del “homo neurologicus” y el “homo digitalus” con mayor produndidad a partir de la obra de De Vos, dado que parece fundamental para el complemento de esta publicación.

Referencias

  • De Vos, J. (2019). La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.

La crítica de la/el estudiante: generando espacios de emancipación estudiantil

Muchos y a la vez pocos alumnos(as) hemos disentido en más de alguna ocasión con lo que nos imparten en nuestras clases, y no me refiero aquí a un disentimiento vago, sin fundamento, sino uno que atenta contra el saber que se nos transmite en las aulas. Este disentimiento adquiere una forma amenazante para aquellos que se paran frente a nosotros y los que se sientan a nuestro alrededor, para la estructura burocrática e ideológica educativa, para nuestras teorías pretendidamente científicas generadas del psiquismo y la realidad humana, e incluso (principalmente), para el propio sistema dominante. En esta ocasión me veo en la posición de sugerir qué podemos hacer como estudiantes para contrarrestar lo que se impone en nuestras aulas de manera tajante, lineal y hegemónica. Estas sugerencias pueden verse limitadas por los diferentes contextos universitarios y tampoco deben tomarse como las únicas alternativas.

Si bien me enfocaré específicamente en la psicología, estas alternativas emancipatorias en los espacios universitarios podrían ser “aplicables” a otras carreras, tanto de ciencias exactas como de ciencias sociales. Reitero, no son las únicas posibles, se (de)construyen y actualizan constantemente.

Psicología al servicio del poder: sin crítica, desinteresada, ideológica y capitalista

Como había denunciado ya en publicaciones anteriores, la psicología hegemónica se encarga mediante sus métodos de trabajo, sus docentes, sus aulas, las teorías, seguir reproduciendo psicólogos al servicio de una ideología dominante (capital), de reproducir supuestos sujetos autónomos, individuales y desinteresados de lo que sucede en el contexto sociohistórico, sociopolítico, socioeconómico y sociocultural; podemos incluso establecer a la psicología como un aparato ideológico de Estado. No es de extrañarse que tal psicología (hegemónica) acople todo su contenido teórico práctico en función de los intereses de la clase dominante y de un modo de producción establecido en tal o cual momento histórico determinado; esto último, como sabemos, tenemos ya varios “añitos” en donde el capitalismo (en todas sus vertientes y modificaciones) ha devenido en la instancia principal de reproducción ideológica para ponernos a su servicio.

En este sentido, todo el contenido que “consumimos” en nuestras aulas está determinado, en última instancia, por la estructura económica, tal como ya ha explicado Althusser y otros en diferentes ocasiones acerca de la infraestructura y la superestructura las que no desarrollaremos esta ocasión con más detalles (Althusser, 2018; Braunstein, 1975). Asumimos, que todo este contenido, llámese: bibliografía (tanto en los programas como en la propia biblioteca; la imperante presencia de bibliografía psicológica estadounidense de “grandes” editoriales), el discurso del docente, plan curricular, entre otros, constituyen una formación de cierto tipo de psicólogo(a). A pesar de que se exclame constantemente en el discurso burocrático con sus formalidades (por ejemplo, el dictamen de una reforma del plan de estudios) formar en nosotros un “pensamiento crítico”, este pensamiento no puede llegar muy lejos si no se crítica lo de afuera, si no damos cuenta de las desigualdades originadas por y a partir del sistema; no puede llegar muy lejos si la psicología no es crítica consigo misma, con sus técnicas, con sus teorías, con sus métodos. Incluso cabe mencionar (peor aún) que al menos en la institución en la que estudio, y el respectivo campus, no se enfatiza formar en nosotros esa criticidad a pesar de que haya quedado formalizado en un papel burocrático (dictamen oficial) no se incluye ni en la misión/visión ni en el famoso perfil de egreso, vaya, en la primera información que se les brinda a los estudiantes a través de la página web; esto también se ve traducido en las aulas: muchos docentes (claro que existen excepciones) se olvidan de fomentar esa criticidad ante los contenidos que enseñan: ¿será por pura omisión sin sentido? O, en términos freudianos, ¿se trata de un lapsus de olvido a “propósito” (inconsciente) de algo?

Como estudiantes, no podemos esperar a que una instancia al servicio del poder económico-político-ideológico (como la psicología) nos dé las herramientas para justamente realizar una crítica fundamentada. Esto por algunas y diferentes implicaciones que tiene el hecho de “criticar” o “incomodar”: así aseguran la (re)producción de un tipo de psicólogo, homogéneo y heterogéneo a la vez (homogeneización del pensamiento, y heterogeneidad de las técnicas y el quehacer profesional para las diferentes tareas que el capital requiere realizar), pero desinteresado de los verdaderos problemas estructurales; se asegura o se consolidan los pilares de la reproducción ideológica, es decir, la estructura no “tambalea” si no hay crítica.

A continuación, expondré de manera parcial y limitada, algunas opciones de emancipación que podemos realizar desde nuestra trinchera estudiantil; claro está, estas opciones podrán irse modificando y agregando muchas otras conforme el tiempo lo permita. Cabe aclarar a todos los lectores, especialmente los estudiantes (sin descartar a los docentes que también forman parte de una trinchera crítica con un papel político comprometido, no solo en las aulas, sino también en la sociedad misma) que emprender el camino de la crítica hacia lo dominante puede tornarse complicado, con dudas de por medio al cuestionarse lo que uno está haciendo; esto es claro, es preferible no cuestionar, quedarse (como dicen los psicólogos cada que pueden) en la “zona de confort” que el sistema ha preparado durante siglos. La propuesta es no desistir y remar contracorriente hacia una sociedad-educación justa sin complicidades ni restricciones.

Grupos extracurriculares

Formar grupos “fuera” de nuestras aulas puede fomentar de manera más abierta el intercambio de ideas y la conjunción de otras. Estos grupos podemos formarlos a partir de deficiencias en la currícula establecida por la propia instancia burocrática. En nuestro caso, alguna vez llegamos a formar un grupo de estudio de psicoanálisis freudiano, dado que este no tenía un “espacio” en nuestros programas, sólo se revisaba por “encima”. O el caso de aquel compañero y amigo que decidió cursar un seminario de Jacques Lacan, psicoanalista prácticamente innombrable en la carrera; esto claramente no es una coincidencia: el psicoanálisis y su relación con otras ciencias pueden develar el proceso de sujetación ideológico de los sujetos, resulta amenazador para el sistema y las clases dominantes (Braunstein, 1975). Lógicamente, el crear un grupo extracurricular no es reproducir la forma convencional en la que nos imparten clases; puede existir o acompañar un(a) docente guía (que se debe reconocer que tiene más experiencia que uno), quien normalmente, suele oponerse a lo establecido en la escuela (no hay tantos de estos, y tenemos que aprovecharlos) como los que queremos formar el grupo, pero la producción de conocimiento y el intercambio de ideas debe ser horizontal, libre, descentralizado de la figura de autoridad educativa.

Aquí debo hacer la aclaración que, estos grupos al ser extracurriculares no deben de formar en nosotros el ideal de que pueda ser contado para nuestra formación, es decir, que el grupo sea moneda de cambio (de créditos curriculares); caeríamos en la trampa misma del capitalismo académico.

Textos y Lecturas “nuevas”

Como ya mencioné, el material bibliográfico que nos ofrecen la mayor parte del tiempo suele responder a intereses encubiertos: este material es limitado a bibliografía europea, estadounidense, con contenido un psicologismo en demasía. Este tipo de lecturas contribuye a que veamos la realidad solo desde lo psicológico, desde su pretendida cientificidad, desde lo ideológico. En este caso, es conveniente optar por aquellas lecturas que no aparecen ahí, por involucrarse en filosofía y en aquellas que tengan posturas críticas, que tomen en cuenta los modos de producción y sus desigualdades, lecturas que ayuden a problematizar y cuestionar lo que se da tanto por sentado en nuestra psicología o en cualquier otra carrera profesional. En el caso de la psicología, puedo mencionar varios autores que simplemente se revisan poco o se omiten (nuevamente, ¿por pura coincidencia?): Politzer, Vygotsky, Foucault, Holzkamp, Marx, Althusser, Freud, Lacan, Braunstein, Parker, Pavón-Cuéllar, Langer, Ibáñez, Íñiguez, Deleuze, Guattari, Deleule, González-Rey, Orozco-Guzmán, Flores-Osorio, Montero, Martín-Baró, entre muchos otros. Estos autores y autoras (claramente faltan muchos más, pero en este momento fueron los que llegaron a mi pensamiento) ayudan a repensar lo que estamos aprendiendo en psicología, nos ayudan a criticarla, a incomodarles con fundamento, a ser los “revoltosos” de los salones. Leer a “otros” autores abre el camino a nuevas posibilidades de pensamiento.

Involucramiento: desde los movimientos sociales hasta la resistencia en lo digital

Involucrarse activamente en lo que pasa “afuera de nosotros” (como la psicología lo toma, supuestamente ajeno a nosotros), tener un papel político activo, criticar y proponer, denunciar y resistir. Desde los movimientos sociales y estudiantiles, hasta la misma denuncia virtual. He visto cómo compañeras de la propia institución han sido parte de forma activa de la lucha feminista y que han defendido sus derechos que han sido ignorados por siglos, pero también he visto compañeros y compañeras que son activamente políticos en sus redes sociales, compartiendo, opinando y criticando acerca de la situación social actual y todas las injusticias que se viven día con día. Lo digital nos ha alcanzado, y así como el capitalismo ha puesto también a las redes sociales y todas las herramientas tecnológicas a su favor, estas nos pueden servir también de apoyo y de denuncia. La resistencia tanto física como digital son complementarias: necesitamos de la presencia física para ejercer presión ante el sistema, pero también necesitamos de la difusión digital, de la concientización de los que no pueden salir o involucrarse físicamente por “x” o “y” motivo. Asistir a una marcha, compartir o escribir una denuncia social, contribuyen a que no seamos los mismos(as) psicólogos(as) desinteresadas de lo que pasa “alla”, “lejos de mí o de nosotros”.

Comentarios finales

Como comenté en un principio, estas opciones “emancipatorias” las podemos llamar así porque tratan de “salirse” de lo establecido, de conformar nuevas formas de hacer psicología y de pensar en lo que acontece “allá”, al “exterior”. No son las únicas y tampoco prometen “inmunidad académica”, es decir, nos pone en riesgo de ser señalados por la estructura, por “revoltosos”, por “criticones” y una serie de adjetivos que descalifican estas alternativas en psicología.

La misma estructura, en donde están las fuerzas dominantes constrictoras, puede ser la misma en la que se genere esta emancipación, tanto en el quehacer profesional como en el intercambio de conocimiento. Es una tarea compleja, tanto para los estudiantes que decidimos remar a contracorriente de lo que nos enseñan como para aquellos pocos docentes (maestros y maestras) que ponen de su parte para modificar los programas y expandir nuestro panorama teórico-práctico y nos comparten su experiencia.

A su vez, reitero que estas opciones pueden ser tomadas para cualquier otra carrera profesional: un estudiante de ingeniería emprende un camino emancipatorio y crítico al “descubrir” un método más sencillo para resolver una integral, una derivada; un estudiante de historia puede descubrir injusticias en cierto momento histórico o proceso social en tal o cual fecha determinada (por poner ejemplos muy vagos y reduccionistas).

A estas opciones o espacios emancipatorios se irán sumando nuevos en próximas publicaciones; no dejemos de remar contracorriente, de apoyarnos los unos a los otros para poner en evidencia lo que se nos quiere imponer de forma tajante y lineal.

Referencias

  • Althusser, L. (2018). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Práctica teórica y lucha ideológica. México: Editorial Tomo.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.

© 2020 Luis Pablo López Ríos

El obsesivo (e indignante) individualismo de nuestra psicología: de la represión del deseo a la reproducción social ideológica

En el presente escrito trataré de abordar algunos temas que pueden verse articulados en una perspectiva crítica. Por una parte, hablaré de la psicología y su imposición de la supuesta individualidad de los sujetos y su disociación voluntaria (y quizá inconsciente) de las situaciones sociales; a su vez, trataré de reseñar lo que Néstor Braunstein y otros han denunciado desde la práctica y teoría psicoanalítica, sobre esta supuesta individualidad que la psicología contemporánea profesa en sus teorías y las aulas, y la propuesta de explicación sobre la reproducción social a través del psiquismo y el modo de producción capitalista.

El obsesivo e indignante individualismo de la psicología

Se nos repite y se nos enseña de manera constante en nuestras aulas (salvo excepciones) que el “cambio está en uno mismo”, que “el cambio lo inicias tú y tu propia voluntad”, que “hay que evitar el conflicto” olvidándose así de la alteridad (del otro), o dejando lo “social” en segundo término, e incluso borrándolo totalmente. Estas son solo dos de las quizá cientos de premisas que existen en el que la resolución de problemas, la necesidad de cambio (psíquico y social) radica exclusivamente en el “individuo”, en una cuestión “intrasujeto”, volitiva sin importarle el sistema en el que se lleva a cabo el proceso de sujetación (el devenir sujeto), del que hablaremos más adelante.

La psicología que nos han impartido (como ya se había dicho anteriormente en otras publicaciones, capitalista y norteamericana) nos está haciendo creer que poseemos una autonomía total frente a los acontecimientos histórico-culturales, políticos y represivos originados en un modo de producción específico (el capitalismo), que respondemos individualmente a lo que sucede “allá”, “fuera de mí”, como si lo que estuviera fuera de nosotros son solo estímulos a los cuales respondemos como perro pavloviano salivando y desechamos inmediatamente (aparentemente). En este sentido, no existe un interés colectivo por lo que sucede “allá afuera”, mientras “yo” esté “bien”, mientras “yo” tenga salud mental o mientras “yo” tenga pacientes que atender, todo lo demás pasa a segundo o tercer término, e incluso llegándose a borrar toda noción de colectividad e intentando salir de las condiciones constrictoras que existen en esta (González-Rey, 2017). Existen teorías que justifican incesantemente la idea del individualismo y su supuesta capacidad generadora de cambios y adaptación desde lo interno, en las que se exaltan la motivación, la resiliencia, los procesos cognitivos y conductuales como resultado de una interacción química cerebral al reaccionar lo que está “allá afuera”; todas estas características del individuo, hacen que este se recluya en su “propio” mundo, desinteresándose por los lazos que lo atan internamente con la comunidad (Pavón-Cuéllar y Orozco-Guzmán, 2017). Estas teorías, a las cuales no les daremos promoción por obvias razones, constituyen la base para desarrollar y justificar el capitalismo (Flores-Osorio, 2017), interiorizarlo, hacerlo propio, hacerlo pasar como un sistema justo y normal. El desinterés de lo social permite que el capitalismo haga de las suyas, siga con su lógica extractivista, violente los espacios de las personas, permite mantener dóciles a las personas sin cohesión social para evitar los conflictos. La lógica individualista permite no entrar en conflicto con las cosas injustas, ¿por qué? porque eso no “me afecta”, “no me está pasando a mí”.

Esto anterior se pone en relieve en nuestras aulas cuando con sus sistemas de evaluación, enaltecen la competitividad entre nosotros los alumnos, se permea la idea de “destruir” al otro con la calificación y el discurso, no debe importar las condiciones de aprendizaje que el otro pueda poseer o sus condiciones sociales, mientras sea “yo” quien pase el curso, mientras sea “yo” el que sepa más, en lugar de compartir los saberes generados, de construir un espacio de apoyo entre todos y todas. Forman en nosotros un psicólogo(a) ególatra, desinteresado, individual. Si esto sucede en nuestras aulas durante 4 o 5 años, ¿qué podemos esperar egresando de la universidad? Seguiremos reproduciendo esa lógica individual con lo acontecido en nuestro país, en el mundo, no nos interesaremos por los verdaderos problemas estructurales en nuestra sociedad, por las injusticias sociales y económicas. Parker (1999) argumenta con firmeza que la psicología está inmersa en la sociedad de clases, y es reclutada para el servicio del poder económico; a su vez, afirma (ibíd; 292; Pavón-Cuéllar, 2011) que la psicología produce un individuo escindido (dividido) de su relación con los otros, en su obsesivo individualismo, a través de las teorías en tendencia dentro de la disciplina.

En un clásico, el cual abordaremos de manera parcial y limitada aquí, Braunstein (1975) denunciaba que la psicología académica, la que nos imparten en las universidades, cumple dos funciones fundamentales: como “técnica” de registro, predicción y control de las conductas (llevándolas al plano individual) y como “ideología” que ofrece una ilusión de singularidad, de la autonomía del yo, de la “personalidad” y de la conciencia (p.74).

Psicoanálisis y materialismo histórico: desenmascarando la ilusión de individualidad

En el primer párrafo adelanté que hablaría sobre el proceso de sujetación, el devenir sujeto social, algo que la psicología no se ha dado el tiempo de explicar, de tocar, pero sí ha ignorado deliberadamente en múltiples ocasiones (no en todas, claro está). Este apartado se realiza a partir de lo propuesto por Braunstein (1975), esto es, no una contribución (e incluso se puede tratar de tautológico), pero nos sirve para tratar de entender brevemente cómo se constituye el sujeto tanto psíquicamente como ser social e ideológico, este último en el sentido de pensar que somos “individuales”, “únicos” y “libres”.

El psicoanálisis en conjunto con la ciencia de la historia, el materialismo histórico (teorías y prácticas menos mencionadas en mi universidad, al menos en el plantel; no dudo que esto suceda en otras), revelan el proceso de sujetación por el que los supuestos “individuos” nos hacemos y rehacemos a los demás. Hablaremos un poco y de manera muy breve, laxa acerca de la conformación del aparato psíquico primero.

El psicoanálisis, enfocándonos en el freudiano, nos hace ver que la constitución del aparato psíquico (o de la supuesta “individualidad”) se da sí o sí en el conflicto interno y externo (ya desde ahí existe un conflicto): entre la necesidad de placer, no solo cuando se recibe alimento, sino en la succión del pecho y la prohibición de este junto con sus pulsiones (todo esto proviniendo del Ello), entre la resolución del complejo edípico y la fantasía de castración (no ahondaremos en estas cuestiones esta ocasión; para ver más, consulte Braunstein et al., 1975), en las que se tiene que renunciar y reprimir el deseo de un objeto (la madre) al verse inalcanzable porque le pertenece a alguien más (al padre), y que este “alguien más” (el padre) funge como instancia represora externa, como la “realidad punitiva”, pero a su vez existe la formación psíquica (mayormente inconsciente) de un Superyó. El infante entonces “aprende” que hay leyes, que sus deseos incestuosos deben ser reprimidos y desplazados a otros objetos socialmente aceptables, en el caso contrario, el Superyó se encargará de castigar, mediante extrema angustia, los deseos del niño en el plano psíquico, y la realidad exterior, mediante rechazo y exclusión. Braunstein (1975) explica:

“Se delimita en el sujeto la instancia de las pulsiones sometidas a represión (el Ello con sus representantes pulsionales), la internalización de las pautas restrictivas y de la vigilancia exteriores (el Superyó) y la estructura encargada de arbitrar los medios para proteger al organismo de los peligros a la vez que de facilitar las satisfacciones posibles teniendo en cuenta a las exigencias de la realidad exterior, por lo tanto, manteniendo la represión de los representantes psíquicos de la pulsión (el Yo)“. (p.80)

Con esta laxa explicación de la conformación psíquica, damos cuenta junto con Braunstein que desde el principio no somos autónomos o “individuales”, y que se instaura en nosotros, de manera inconsciente, toda una serie de pautas restrictivas que tenemos que sobrellevar para controlar la vida pulsional, nuestros deseos y redirigir el placer, y todo esto se da en el supuesto “primer núcleo” social: la familia. Nos queda entonces navegar en el plano de lo aceptable, de lo “normal”, con la apariencia de seres autónomos (el comienzo de la neurosis). Por otra parte, Braunstein ofrece una intersección entre el psicoanálisis y su proceso de sujetación psíquico con el materialismo histórico de Marx (tomando en cuenta algunos aportes de Althusser). Del mismo modo, no se hará un análisis fuera del alcance que el blog tiene como objeto.

Se explicaba entonces que se forma en nosotros todo un complejo proceso de sujetación psíquico en el seno familiar, pero ¿esta familia no pertenece a un entramado social? ¿también es autónoma e individual? A esta última pregunta respondemos con un rotundo NO, pero es necesario apoyarse del materialismo histórico (ciencia de la historia y los modos de producción) para explicar el porqué de ese rotundo “NO”. Nuestros papás y mamás también pasaron por ese complejo proceso de sujetación psíquico, pero a su vez, aprendieron que existen roles sociales, que existe una división del trabajo, que existe un lugar para el sujeto cuando nace y ciertas expectativas, que cumplirá cierta función cuando crezca y todo esto gracias a la instancia económica: el capitalismo. Este último se encarga de ideologizar, a través de sus aparatos ideológicos de Estado (“AIE”; ya comentados en una publicación anterior con un poco más de detalle), en los que figuran también la familia, y la psicología (Braunstein, 1975), a los supuestos “individuos” autónomos e individuales (aunque parezca pleonasmo). Estos (los AIE), junto con su ideología dominante, se encargan, mediante un proceso inconsciente (para asegurar su efectividad), de “programar” al sujeto para reproducir el statu quo, una y otra vez, con la finalidad de seguir los requerimientos del sistema capitalista, de generar mediante su fuerza de trabajo, una plusvalía para los más poderosos.

A modo de complemento, (aunque desde la crítica) Deleuze y Guattari (1985) confirman la función de la familia, más allá de un núcleo afectivo-edípico:

“Las familias salvajes forman una praxis, una política, una estrategia de alianzas y de filiaciones; son formalmente los elementos motores de la reproducción social; no tienen nada que ver con un microcosmos expresivo; el padre, la madre, la hermana siempre funcionan en ella como algo más que padre, madre o hermana […] es evidente que el individuo en la familia, incluso de pequeño, carga o catexiza directamente un campo social, histórico, económico y político, irreductible a toda estructura mental no menos que a toda constelación afectiva” (p.173)

En este sentido, el sujeto, ya ideologizado (o como Braunstein llama, “sujeto sujetado”), comienza una práctica discursiva en la que aparenta cierta autonomía, lo se hace ver o parecer como sujeto individual: “yo trabajo solo para mí” (a modo de ejemplo sencillo; no se trabaja para sí solamente, se trabaja para seguir generando plusvalía y mantener al capital y la estructura generada por este, llena de desigualdades), o cualquiera de las premisas mencionadas al inicio de esta publicación. Es conveniente para la estructura económica dominante, que exista pues una creencia de seres individuales no interesados en la colectividad, esto para que la estructura se siga perpetuando; los capitalistas saben que el “cambio no está en uno mismo”, saben de lo que pueden ser capaces una organización social, un levantamiento social en denuncia a las desigualdades impuestas por ellos. Es por esto que les conviene vender la idea, por todas su instancias ideológicas (la universidad, la familia, la religión, etc., etc.) de que somo sujetos singulares y autónomos, para no darnos cuenta de sus perversas acciones ideológicas.

Comentarios finales

La psicología reproduce un obsesivo e indignante individualismo. Obsesivo porque se presenta de manera frecuente, sin medida, sin lógica aparente. Se instaura en las clases, en los libros, en las conferencias, en los manuales, en los psiquiátricos, en las universidades. Se nos enseña a ser competitivos a costa de destruir al otro, de desconocerlo, de negarlo. Indignante porque no nos preocupamos por lo que pueda pasar alrededor de nosotros, porque se perpetúan las injusticias, se propaga la indiferencia y se admite lo no justificable. La psicología funciona como aparato ideológico, asegura las relaciones de producción capitalistas y sus discursos enajenadores. Es un cómplice más del sistema (Pavón-Cuéllar, 2012).

Braunstein, en principio, nos ayuda a ilustrar una articulación inédita que puede dar cuenta del proceso de sujetación ideológico, el cual la psicología ignora cada que puede, y por el contrario, contribuye a la ideologización. El psicoanálisis y el materialismo histórico dan cuenta de los planes perversos de la instancia económica como determinante última de los procesos sociales, a su vez critican a la psicología académica por ofrecer una falsa ilusión de individualidad. Utilizando la cinta de Möbius para explicar todo lo anterior: no puede haber sujetos escindidos de su realidad social; el psicoanálisis y el materialismo histórico pueden dar cuenta, casi a la par en cuanto a objetos de conocimiento, del proceso de sujetación ideológico, y ayudan a mantener una postura crítica ante la psicología individualista.

Referencias

  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Deleuze, G. y Guattari, F. (1985). El Anti Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia. Barcelona: Paidós.
  • Flores-Osorio, J.M. (2017). Hegemonía y contra-hegemonía del pensamiento psicosocial latinoamericano. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • González-Rey, F. (2017). Los desafíos de la psicología frente al capitalismo subdesarrollado de América Latina: los déficits para generar una práctica profesional diferente. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Parker, I. (1999). Introduction: Marxism, Ideology and Psychology. Theory and Psychology, Sage Publications, 9(3), 291-293.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2011). La psicología crítica de Ian Parker: análisis de discurso marxismo trotskista y psicoanálisis lacaniano. Teoría y Crítica de la Psicología, 1, 1-42.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indigante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2017). Capitalismo y psicología en la historia latinoamericana: esbozo de recapitulación histórica para proyectos liberadores anticapitalistas. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Pavón-Cuéllar, D. y Orozco-Guzmán, M (2017). Más allá de la psicología del mestizaje: capitalismo, colonización y singularidad latinoamericana. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.