Enfermedad Marxista

Antes de comenzar, tengo que ofrecerle una disculpa a mis lectores, nuevamente, por usar un título que puede confundir a primera vista, pero intentaré disipar tal confusión sobre la marcha en este breve texto.

Dado que estamos en tiempos pandémicos, presiento que existe a la par de la COVID-19, una nueva enfermedad que se está desatando y que puede abrir paso a replantearnos (realmente y sin apariencias) nuestro modo de vida. Podemos iniciar concluyendo que vivimos en una sociedad con lógicas que enferman a los sujetos, si entendemos la enfermedad en el sentido más reducido y común posible: lo que nos hace daño, lo que nos mata rápida o lentamente, lo que tenemos que prevenir con medicamentos para su control. Pero inmediatamente entramos en una contradicción tan evidente para algunos pocos: esta sociedad insana (como la llama Fromm[1]) se presenta como la más sana de todas, como la única sociedad en la que puede existir el humano, en la única en la que se concibe como persona “sana”. Y es que precisamente esta presentación como “lo más sano de todo”, crea un efecto ilusorio en el que lo dañino, lo mortífero, “desaparece”, y desaparece para hacerse más fuerte, para agravarse, para desatenderse.

En este sentido, me propongo dos cosas, pero antes, necesito hacer unas aclaraciones. Primero, me siento obligado a hablar como psicólogo en esta ocasión, a saber, casi como un “técnico” que ofrece un diagnóstico. Me siento de esta manera porque pienso que puede ser una oportunidad para devolver la fuerza psicologizadora contra su mismo origen: la psicología y el capitalismo; apoyarme en esta lógica psicologizadora del diagnóstico serviría, a su vez, para intentar criticarla disimuladamente. También es preciso manejar el lenguaje del diagnóstico para que, si existe algún psicólogo o psiquiatra mainstream leyendo esto, se sienta familiarizado, aunque sinceramente no espero nada de ellos, ni espero y tampoco me importa que cambien su postura y mucho menos están dirigidas a ellos mis palabras en este momento. Estoy casi seguro que, como Parker[2], ya a muchos y muchas no nos interesa buscar un cambio en la psicología misma, sino más bien, únicamente criticarla para incomodar lo más que se pueda: tanto al capital como a su psicología; de ahí que busquemos otra cosa. Por otro lado, aunque esté por demás decirlo, lo presentado aquí es pura analogía, sin afán de distorsionar lo que aquí nos compete: el pensamiento marxista como elemento necesario para pensar en otra sociedad.

Entonces, estas breves palabras tienen un doble sentido: primero, hacer un “diagnóstico” en sentido marxista de nuestra sociedad excesivamente sana (pero enferma): su funcionamiento sano, sus personas sanas, sus profesionales que mantienen esta salud [mental] normales, etc. Y por otro lado, deseo explicar la enfermedad que aterra a esta sociedad; es una enfermedad que ni los psiquiatras o psicólogos más empedernidos en sus áreas tuvieron el tiempo de incluir en sus manuales diagnósticos. Lo curioso de esta enfermedad es que puede manifestarse mentalmente o de manera física: es por esto que se les escapó a los profesionales de la salud que ejercen a favor del capital. Son tan amplios sus síntomas que se convierte imperceptible. Puedo decir que esta “enfermedad” es el mismo marxismo, o parafraseando a Pavón-Cuéllar[3]: es una sana “enfermedad”. Es lo más anormal que se podrá encontrar en nuestra normalidad, lo más inquietante en la supuesta quietud en la que vivimos y pretenden mantener.

Capitalismo Sano

Tal como sugiere el subtítulo, pareciera que nos encontramos en un sistema sano. Y sí, probablemente es sano en la medida en que se tenga que enfermar todo lo vivo en el globo para que tal sistema exista y funcione. Nuestra sociedad capitalista está excesivamente sana, es decir, funciona de “maravilla”. Pero ¿cómo es su funcionamiento? Su proceder tiene que ser eficaz y no puede haber cabida para la enfermedad (¿no es el capital, en sí mismo, la enfermedad?). Detengámonos brevemente para hacer un diagnóstico marxista de nuestra sociedad (in)sana.

Plusvalía sana

Existe cierto consenso para que todo aparente ser normal, vamos, para que todo funcione. En primer lugar, la normalidad o la salud en el capitalismo equivale a la exagerada producción de mercancías, de la cual, lo único bueno que puede extraerse es el valor de cambio y, obviamente, la plusvalía. Es esta última lo que hace que nuestro sistema sea excesivamente sano. Nuestra sociedad se caracteriza por estar motorizada por la ganancia, por el excedente, por el ganar más y más. Lo sano es la destrucción de cualquier ecosistema a costa de obtener el plusvalor, lo sano es el sometimiento físico e ideológico de los sujetos a fin de que estos sean los que produzcan dicho excedente. Pero lo verdaderamente interesante en este sistema sano es que, para que exista una producción de plusvalía de manera normal y sana, debemos desconocer su origen. La plusvalía que funciona en el capital es la que se oculta, y sí, hablar de plusvalía oculta ya es redundante. De ahí entonces que podamos decir, junto con Marx[4] y Debord[5], que nuestra sociedad es una sociedad del fetichismo y del espectáculo: ¡Fetiche y espectáculo completamente sanos!

Personas sanas: Capitalista y Trabajador

Tenemos dos tipos de personas sanas en [y para] el capitalismo: el que tiene los medios de producción y que compra la fuerza de trabajo, y el que no tiene dichos medios y, por tanto, tiene que vender su fuerza de trabajo al primero [6]. La salud del primero, radica en el acoso del valor[7], es decir, en su obsesión “incansable de ganar” a través de la valorización del valor [8]. Si no estuviera motivado para ganar, estaría entonces enfermo, desviado de la campana capitalista de Gauss. Sería preocupante para el sistema que lo acoge. Desde el momento en que pone en movimiento su dinero, lo lanza a la circulación, se convierte en la persona más sana de todas. Es más, puesto que “su bolsillo es el punto de partida y el punto de retorno de su dinero” [9], y este dinero se incrementa, se valoriza, se puede pagar mejores condiciones de salud: se convierte en una persona con exceso de salud. Parafraseando a Marx, esta persona, el capitalista, puesto que se encuentra con exceso de salud debido al excedente económico, puede sobrevivir más en este sistema que la segunda persona que estamos a punto de describir: el trabajador [10]. El capitalista se perpetúa y perpetúa su ganancia. Se convierte, por así decirlo, en [casi] todopoderoso. Esta es su condición normal, es lo más normal en esta vida (si es que esta sociedad en la que nos encontramos es realmente vida), es su estado más “saludable”.

La segunda persona sana en y para el capitalismo es el trabajador. El trabajador es un pilar en nuestra sociedad capitalista para que esta se mantenga sana. A diferencia del capitalista, el trabajador tiene ciertas características que dejan ver su normalidad en el sistema, o mejor dicho, características que le permiten funcionar y catalogarlo como sano. Como ya adelantamos, en primer lugar, el trabajador no es poseedor de mercancías para vender y obtener un beneficio de dicha venta, lo único que posee es su capacidad de trabajo, su habilidad física y mental, vamos, su fuerza de trabajo[11]. Pero veamos más de cerca esta situación. Solo puede estar sano si produce para otros, es decir, si se [le] enajena[12]. El trabajador para estar sano en nuestro sistema sano, debe sentirse extraño, ajeno a sí mismo y lo que produce, debe renunciar a eso producido por sus manos. Para estar sano, el trabajador debe “producir maravillas” para los capitalistas y al mismo tiempo “privarse” de estas[13]. Solo es una persona sana si es comprada por otro, por el capitalista. Vamos más adelante con nuestro intento de diagnóstico marxista.

Podemos agregar un tercer tipo de personas sanas: los que mantienen al capitalismo como hasta ahora, esto es, sano. Estos últimos sacan a relucir todo su arsenal técnico y teórico para que nada se salga de la norma, para que nada ni nadie enferme. Aquí podemos encontrar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro psicoanalista. Estos se encargan de que el trabajador no se dé cuenta de que está siendo explotado, y en caso de que empiece a percatarse de ello, en caso de comenzar a enfermarse, darle una alta dosis de medicamento ideológico para que siga funcionando. Por otro lado, estos mismos técnicos del capital, cuidadores del capitalista y del trabajador, se enfrentan a un fenómeno interesante ya analizado por Pavón-Cuéllar[14]. Pongámoslo con un ejemplo cotidiano. Todos sabemos que mantenemos cierta temperatura corporal al día, sin embargo, durante ese mismo día podemos sufrir pequeñas variaciones en dicha temperatura. Estas pequeñas variaciones es un alejamiento simple y nada llamativo de la temperatura normal; o como les gusta decir a los que manejan la estadística, “no representa diferencia significativa”. Lo mismo sucede con este fenómeno, es decir, existe un “pensamiento crítico capitalista-neoliberal” [15], o sea, que de cierta manera este pensamiento causa incomodidad al estado normal de las cosas, pero termina por desvanecerse, termina por ser irrelevante en cierto sentido. Tal es el caso de Han, quien se ha limitado a describir al sujeto neoliberal y al mismo tiempo olvidarse de lo que subyace a este sujeto, reproduciendo al mismo tiempo el orden de las cosas (toda esta explicación, en donde se aborda a otros “críticos neoliberales” es expuesta claramente por Pavón-Cuéllar en la obra citada anteriormente, el lector puede recurrir a ella si desea indagar más). Estos mismos críticos están tan sanos como los primeros descritos líneas más arriba.

Enfermedad Marxista

Como vimos, estamos totalmente sanos a los ojos del capital. Pero resulta que este último es tan tonto que su obsesión por mantenerse sano lo ha traicionado. Ha dejado espacio libre para que una enfermedad lo ataque hasta el fondo y amenace con matarlo: el marxismo. Podemos hablar que la contraparte de la salud capitalista se encuentra en la enfermedad marxista. Lo más curioso de todo, es que el mismo estado normal y sano del capitalismo, creó su peor enemigo, creó su propio fin, cavó su propia tumba [16] La enfermedad marxista es aquella que se ubica en un extremo bastante alejado de la normalidad capitalista, de la salud del sistema. Al igual que la enfermedad freudiana, la enfermedad marxista toca fibras sensibles y fundamentales del capital [17] de tal manera que el sistema inmune capitalista quede rebasado y destruido totalmente. Mientras la primera ataca primordialmente la cabeza, la segunda, sin limitarse, ataca a todo el organismo. Sin embargo, esta enfermedad marxista tiene efectos totalmente distintos en las personas descritas anteriormente.

A los capitalistas, esta enfermedad les causa asco, la repudian, no la toleran, no pueden lidiar con ella. Les causa dolor excesivo, mareos ideológicos, les amenaza con quitarles lo que robaron para mantenerse sanos, los mantiene sin posibilidad alguna de cura ni siquiera con oportunidad de alejarse del centro, y es que, en cuanto salen del lugar que les permite vivir, esto es, del capitalismo, mueren al instante. En los trabajadores sucede lo contrario. No tienen ninguna reacción. Es más, creo que los hace más fuertes en el momento en que la contraen. La salud en la que vivían realmente les perjudicaba, esa era la realidad. Más bien, estaban tan sedados por el medicamento con bastantes gramos de ideología, que tal estado les hacía creer que era su condición real, su estado sano. En el tercer tipo de personas, pueden ocurrir dos cosas: lo mismo que a las primeras, es decir, causarles bastante malestar, o por el otro lado, permitirles reconectarse con lo real, es decir, con la explotación de la segunda persona descrita y las operaciones (i)lógicas del capitalismo.

Hay quienes ya nos contagiamos de la enfermedad marxista, y como lo mencioné, no hay marcha atrás, no tiene cura. Ventaja para nosotros, crueldad para los capitalistas. La enfermedad marxista tiene sus síntomas. Los síntomas benefician al sujeto trabajador que contrajo tal enfermedad: permite su expresión, permite la expresión de su marxismo, de la vida real y no enajenada. Hay quienes lo hacen protestando por derechos, otros lo hacen desde la militancia y el trabajo de base, otros publicando en redes información importante, otros lo hacemos escribiendo siguiendo los pasos de Marx y Engels y otros marxistas escritores, otros desde el consultorio, otros desde el propio trabajo en general, otros desde casa al rebelarse a sus padres, otros en la escuela al cuestionar a sus profesores. De esta y muchas otras maneras se manifiesta la peligrosa enfermedad marxista, esa que pone en peligro la normalidad de nuestro sistema actual.

Enfermarnos de marxismo es también una advertencia para nosotros mismos, es decir, es lo que nos dice que el rumbo que estamos tomando, o que han tomado por nosotros desde siempre, ha sido siempre el incorrecto, ha sido el que lleva a la ruina todo lo que toca, la vida misma. Es una advertencia por habernos acostumbrado a una falsa salud, a la salud del capitalismo. Y el hecho de llamarle “enfermedad marxista” es porque el sistema capitalista así lo considera: una enfermedad, algo que perturba la normalidad de los sujetos sometidos en este sistema, algo que perturba a los bolsillos de los capitalistas.

Comentarios finales

Quiero cerrar citando a Pavón-Cuéllar[18] aunque complementando un poco: “Habría que enloquecerse [o enfermarse de marxismo] […] para curarse de la patología de la normalidad* [o del capitalismo excesivamente sano]”. No hay salida del capitalismo más que por la puerta del marxismo [19]. Esto es por una única razón: la sociedad actual, con su sana avaricia, amenaza con la aniquilación de todos, de todo lo que conocemos como vida. No hay vida real en el capitalismo. Y si es que la hay, no es ni siquiera nuestra. ¡¿Qué carajo hacemos entonces aquí?! ¡Hay que enfermarnos para no morir!

Pero, como toda enfermedad, es preciso neutralizarla. Debemos entonces, tener cuidado con el tercer tipo de personas sanas en el capital, a saber, los psicólogos. Estos últimos intentarán por todos los medios neutralizar la enfermedad, erradicarla. Esto es evidente: lo harán porque es en este sistema en el que ya tienen un reconocimiento “científico”. También conocemos su modus operandi: mediante la psicologización se asegura el estado normal de las cosas, quedamos fuera de todo “peligro”. Deshacernos del capital al enfermarnos de marxismo, implica deshacernos de los guardianes de aquel, de sus médicos y sus respectivos medicamentos ideológicos. Los enfermos de marxismo no podemos continuar si no nos deshacemos de estos últimos, de la totalidad. Todos y todas estamos en la misma lucha.

Referencias y notas

1 Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). p. 66

2 Ian Parker, “Psychology is Not What You Think: An Interview with Critical Psychologist Ian Parker”, Marzo 2020, https://www.madinamerica.com/2020/03/psychology-not-think-interview-critical-psychologist-ian-parker/?fbclid=IwAR0bdOlOgyU9aeM4H0oj10LZJqxSvgzvMUOKThUX6VwiovJAOVgsPbDdP4U

3 David Pavón-Cuéllar, “Sana locura y normalidad patológica en el capitalismo neoliberal”, Clínica & Cultura 6, no. 2 (2017): 62-78.

4 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 72-82.

5 Guy Debord, La sociedad del espectáculo (España: Gegner, 1967).

6 Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I., Op. Cit., pp. 153-154

7 Ibíd., p. 141

8 Ibíd., pp. 140-141

9 Ibíd., p. 141

10 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013). p. 65

11 Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I., Op. Cit., pp. 153-157

12 Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía, Op. Cit., pp. 132-151.

13 Ibíd., p. 137

14 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

15 Ibíd., pp. 31-33

16 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004), p. 37

17 Louis Althusser, “Sobre Marx y Freud”, en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996)

18 Pavón-Cuéllar, “Sana locura y normalidad patológica en el capitalismo neoliberal”, Op. Cit., p. 76

*La noción de “patología de la normalidad” es desarrollada por Fromm en la obra aquí citada y por Pavón-Cuéllar en el artículo de la referencia no. 3 en este ensayo

19 Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Op. Cit.

El retorno de Freud y Marx en psicología

Es para el comunismo que nosotros, los comunistas,
necesitamos del psicoanálisis.
Lo necesitamos porque sirve para mucho de lo que buscamos,
como la reinserción en la trama histórica,
la evasión de la esfera individual y
la subversión de las identificaciones opresivas.
(David Pavón-Cuéllar, 2019, “Comunismo y psicoanálisis
ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”)

Es bien conocido entre marxistas y psicoanalistas que tanto Marx como Freud representan un peligro para el statu quo. No solamente representan una amenaza en el aspecto teórico, sino también, en el terreno ideológico. Hace ya algunos meses había escrito acerca de una ausencia intencionada sobre Marx y Freud en las aulas de psicología, de forma más precisa, alegaba que prácticamente eran inexistentes en el saber psicológico, y eso obedecía a imperativos más allá de la academia. Sin embargo, he de admitir que me limité a la mera descripción de su ausencia y ahora también admito que esta misma es falsa, en el sentido que no es como tal que no existan en la psicología, sino que esta última, a través de todo su dispositivo ejerce cierta (re)presión para que tanto el legado de Marx como Freud se mantengan relegados en los planes de estudios. No es raro entonces que se encuentren bastantes similitudes entre este texto y el otro, dado que el objetivo es el mismo: analizar el porqué del “no” a Marx y Freud en psicología.

He de admitir también que, como marxista, el uso de los términos freudianos en esta exposición puede generar incomodidad entre los psicoanalistas más ortodoxos dado que no pretendo hacer uso de ellos en el sentido clínico/convencional, pero por lo que aquí se lucha es por una repolitización de la psicología, o mejor dicho, al prescindir de nuestra actual psicología y optar, quizá, por el psicoanálisis como otra-psicología, esta repolitización debe formularse de la siguiente manera: No Freud sin Marx y viceversa. Esto es, en principio, porque no podemos darnos el lujo como “estudiosos del psiquismo” de prescindir de la crítica al capital y de la corrosiva realidad que este ha dejado a su paso, y que, indudablemente, configura los aspectos más íntimos de nuestro ser. En este sentido, recurro al uso de términos específicamente a manera de analogía con un fin politizador, así sin más.

En algo que coinciden y coincidimos marxistas y psicoanalistas es que aquí no vemos la esencia de la psicología crítica dentro de la misma disciplina, sino que la vemos fuera de ella, más allá de sus márgenes. Es así, entonces, que me propongo analizar el mecanismo represivo que ejerce la psicología con Marx y Freud, de tal manera que al final, podamos reflexionar acerca del retorno de lo reprimido que Freud planteó, aplicado a esta articulación subversiva Marx-Freud. Invito ampliamente al lector/a a que complemente en aquello que pueda escapar a mis palabras.

Inconsciente marxista-freudiano

Tengo la sospecha de que existe algo que podemos denominar como inconsciente marxista-freudiano, esto por dos cosas. En primer lugar, porque este inconsciente se encuentra más allá de la consciencia de la psicología (que incluye, por obvias razones, al capitalismo); en segundo lugar, y aquí está lo más importante, es que en tanto inconsciente, no deja de tener efectos sobre esta consciencia [1]. Así, la característica más importante de este inconsciente marxista-freudiano es que en psicología existe, pero no lo percibimos, no sabemos de su existencia: es algo conocido desconocido, como diría Žižek [2]. Pero también encontramos que este inconsciente marxista-freudiano no tiene temporalidad, es decir, ha perdurado por siempre a través del legado marxista y en Lacan, lo mismo que en la aparente diferencia entre Marx y Freud: no hay contradicción alguna; en este inconsciente marxista-freudiano se apuesta por la vida, por el placer y no se subordina a la “realidad” de la psicología y del capitalismo[3].

Lo que este inconsciente marxista-freudiano nos permite es, justamente, dar un sentido más allá de lo consciente mismo, es decir, más allá de la psicología misma y sus respectivos márgenes; es a través de este inconsciente que podemos explicar lo psicológico más allá de la psicología en sí. Parafraseando a Freud, sería una “presunción insostenible” tratar de explicar lo psicológico solo a través de su consciencia[4], en este caso, sería absurdo pensar que la psicología puede explicar todo irguiéndose como panacea cuando en realidad solo obedece a sus altos mandos. Es aquí entonces donde el inconsciente marxista-freudiano podría tener su papel más llamativo: explicar lo que no se explica en la superficie psicológica.

Sin embargo, y aquí está el meollo de toda la discusión, es que este inconsciente no puede ser sino obstruido, no por completo, pero sí parcialmente, de tal manera que quede relegado. Puesto que el inconsciente marxista-freudiano explica lo que no se explica en la consciencia de la psicología, es decir, explica la razón de ser en tanto que esta psicología es un aparato ideológico capitalista que a su vez fomenta el desconocimiento de lo psíquico en su totalidad, y que también da cuenta del sistema económico-cultural que oprime al sujeto, es preciso que a este inconsciente se le ejerza una fuerza represiva.

Represión del inconsciente marxista-freudiano

Como adelantaba al principio, es bien sabido lo que puede causar el acercamiento al inconsciente marxista-freudiano, o en términos más simples, es peligroso acercarnos a Marx y a Freud. De esto se percató Mariátegui al exponer que tanto en Marx como en Freud existía cierto intento de “racionalizarlos” y oponerles “reacciones de defensa”, de tal manera que estas oposiciones de carácter “más violento e infantil” no obedecían propiamente al ámbito de la discusión teórica-filosófica, sino más bien, al plano político-ideológico[5]. ¿No es acaso esto previsto por Mariátegui lo mismo, o al menos parecido a la represión? Veamos con detenimiento cómo funcionaría dicha represión en nuestra psicología.

Lo que vemos en lo expresado por Mariátegui es justamente lo que sucede en psicología. No es que Marx y Freud no existan o estén ausentes, como había pensado con anterioridad en el otro texto, sino que más bien, sufren de la represión ejercida en psicología. Sufren la represión como el inconsciente freudiano. En la represión ejercida por la consciencia de la psicología, lo mejor es “rechazar” y “mantener alejados”[6] los elementos del inconsciente marxista-freudiano: es precismo mantener a Marx y a Freud fuera del campo psicológico consciente.

La represión ejercida en oposición al inconsciente marxista-freudiano y sus elementos es para evitar el displacer en el terreno de la psicología[7], pero este displacer no es sólo psíquico, sino político. No es extraño que en los planes de estudio en las facultades de psicología se le dé mayor peso a lo que mantiene al sistema tal como lo conocemos, tanto en el aspecto subjetivador como en la cuestión de producción de capital y explotación real. La represión entonces sirve, en psicología y en el capital, para mantener el equilibrio, de tal manera que a aquella se le tiene que exigir un esfuerzo continuo[8]. Pero no nos confundamos, el hecho de que se necesite mantener el equilibrio y con esto evitar el displacer responde al imperativo de mantener las cosas tal cual las conocemos al día de hoy. Es decir, la represión funciona como una gran muralla que protege cualquier acto subversivo del inconsciente marxista-freudiano; aunque, como inconsciente, sabemos que ni la muralla más grande ni la más llena de soldados impiden su acceso; esto lo veremos más adelante.

El displacer ideológico-político generado por el inconsciente marxista-freudiano se manifiesta en los actos para evitar ese mismo displacer, a saber, la desaparición del psicoanálisis en las facultades y solamente abordado y absorbido como una simple y banal “teoría de la personalidad”, y por el lado marxista, este es simplemente visto como una teoría económica. Lo vemos también en el discurso de los docentes y compañeros cuando se incomodan con la crítica freudiana y marxista, pretendiendo alegar que Freud y Marx han sido superados y que “existen” otras posibilidades, acomodándose en el sillón del posmodernismo más apolítico de todos.

En términos laxos, podríamos decir que el placer que podríamos obtener de la liberación del inconsciente marxista-freudiano se encuentra, hasta este momento de la discusión, subordinado al principio de realidad capitalista-psicológica. También podríamos decir que se obedece a una conservación de lo capitalista-psicológico, una conservación que se opone a la libertad, a la verdadera libertad social e individual, no aquella aparente alardeada por los gurús del capital y de la psicología. Pareciera entonces que toda vida dentro del espacio amurallado por el capital y la psicología tiene su destino en la muerte [9]: no hay vida como tal en el capital, y agreguemos, en su psicología. Se evita el displacer a costa de vivir menos; esta evitación solo alimenta al vampiro capitalista [10]. Nos volvemos también autómatas en nuestras aulas al reproducir lo impuesto, lo permitido, lo normal, lo adecuado para la consciencia de la psicología a fin de que en esta se eviten perturbaciones.

El “retorno de lo reprimido”: Marx y Freud ante la represión de la psicología

Fue Freud quien dilucidó que la represión no es omnipotente. A la represión se le escapan muchos elementos: piensa que lo puede todo cuando en realidad, en esa pretensión de omnipotencia, se le escapan “por la tangente” muchos elementos, retoños de lo reprimido [11]. Tal es el caso, al menos desde el marxismo, de las psicologías marxistas. Todo esto es solo sintomático, de tal forma que pudo alcanzar, aunque de manera “distorsionada” la consciencia de la psicología. Cabe hacernos una pregunta: ¿no será acaso este ejemplo de síntoma la capacidad subversiva del inconsciente que venimos hasta ahora intentando describir?

El inconsciente marxista-freudiano es aquello que lucha por la vida frente a lo mortífero en el capital y en psicología, es lo disruptivo en el equilibrio impuesto por el capitalismo y la psicología. Si bien es cierto que el acceso a la consciencia lo tiene negado, este puede encontrar otros caminos indirectos para acceder a ella. No es tampoco raro que estudiantes y docentes recurran a Marx y a Freud fuera de su plan de estudios, fuera de su currícula.

El inconsciente marxista-freudiano, que podríamos tomarlo como sinónimo de la metapsicología crítica iniciada por los propios Marx y Freud, seguida por Pavón-Cuéllar y colegas de manera magistral, y argumentada en este espacio anteriormente de manera breve, se manifiesta de forma sintomática en las discusiones con los docentes que psicologizan todo a su paso y distorsionan a Marx y Freud al debatirles sus ideas y abordar los problemas de manera crítica; se manifiesta cuando un alumno o un docente habla de “capitalismo”, de “inconsciente”, de “plusvalía”, de “ello-yo-superyó”, de “fuerza de trabajo”, de “represión”; se manifiesta cuando un estudiante de psicología sabe que la psicología solo aborda una parte del problema o cuando nota el más descarado servilismo en la psicología organizacional (por ser el más explícito); se manifiesta en las compañeras feministas que dan cuenta de la opresión que ejerce el sistema capitalista-patriarcal a la mujer; el inconsciente marxista-freudiano se manifiesta cuando algún alumno o alumna pregunta “¿quién es Marx?” o “¿Qué dice Freud?”; se manifiesta en los pocos ejemplares de los libros de Marx en facultades de psicología y en el abundante número de ejemplares llenos de polvo y casi nuevos de Freud.

Los lapsus de discusión acalorada o incluso los famosos memes de Marx y Freud, son manifestaciones del inconsciente marxista-freudiano. Es todo lo que se le escapó a la represión ejercida por la psicología. Nos dejan ver que están ahí. Lo único que esta represión permite es que entre marxistas y freudianos nos “desarrollemos más libremente en la oscuridad” para encontrar después formas “extremas” de expresión[12]: entre la liberación sexual y el comunismo.

Comentarios finales

Lo expuesto aquí ha sido pura analogía. No pretendo que se adopte lo que aquí se presentó, y como verá el lector, utilicé en esta ocasión los conceptos freudianos, pero de ninguna manera se debe tomar este ejercicio como “enseñanza” de algún concepto psicoanalítico. Lo que sí puedo afirmar, es que existe un potencial subversivo entre aquellos que decidimos acercarnos tanto a Marx como a Freud, a veces más a uno que a otro. Independientemente de a quién nos acerquemos más, la subversión se mantiene. Si la mancuerna perfecta que mantiene la dominación de los sujetos y del estado actual de las cosas es capitalismo-psicología, la mancuerna que podría servir para la crítica a la psicología y al capitalismo sería Marx-Freud. Una relación no dicotómica, pero sí moebiusiana, complementaria una a otra.

En contraposición a este inconsciente subversivo, se encuentra el inconsciente capitalista, que se manifiesta en prácticamente toda la psicología exceptuando aquellas psicologías que dan cuenta de este sistema represor. Pero me atrevo a decir que este inconsciente hace mal, nos hace a todos y a todas mal: a los psicólogos y psicólogas, a las personas fuera de la academia. Nos enajenamos en él, nuestra práctica ya no es nuestra y se nos impone el estudio de un inconsciente, o mejor dicho, de un psiquismo manipulado por el capital, un psiquismo lleno de ilusiones e irrealidad pura. De ahí entonces la necesidad de hablar de un inconsciente marxista-freudiano y ponerlo sobre la mesa y jugar con sus cartas apostando a un nuevo mundo fuera de las lógicas del mercado y a otra-psicología.

Referencias

1 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p. 245.

2 Slavoj Žižek, Acontecimiento (2014) (México: Sexto Piso, 2018)

3 Freud, Lo inconsciente (1915), Op. Cit., pp. 268-269.

4 Ibíd., p. 247

5 José Carlos Mariátegui, “Freudismo y Marxismo” (1974), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). p. 284

6 Sigmund Freud, “La represión” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p. 232.

7 Ibíd.

8 Ibíd., p. 236

9 Sigmund Freud, “Más allá del principio del placer” (1920), en Psicología de las masas, Más allá del principio del placer, El porvenir de una ilusión (Madrid: Alianza, 2010). p. 132.

10 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209

11 Freud, La represión (1915), Op. Cit., pp. 233-237.

12 Ibíd. p. 234

(Meta)Psicología Crítica

La crítica suele desvanecerse en las aulas de psicología. Pero, ¿no es acaso este desvanecimiento o pulverización de lo crítico-reflexivo producto de su origen?, en otras palabras, ¿no será que el error que cometemos muchos y muchas al criticar a la psicología es, precisamente, que partimos de la misma psicología? Los intentos vagos de crítica a la psicología suelen ser muchos, lo hemos constatado: conductistas “criticando” humanistas, humanistas a los cognitivos, psicoanalistas (psicologizados como bien lo analizó Althusser[1]) a humanistas, sistémicos a psicoanalistas. El potencial crítico se esfuma cuanto más se alegue entre ellos, queriendo imponer cada uno su Verdad; más aún: una Verdad psicologizada, dentro de los límites trazados por la institución psicológica tal como la conocemos desde hace un siglo. Lo que podemos notar es un bucle infinito acrítico en el que se pierde cualquier posibilidad de trascendencia académica y política. La pérdida de posibilidades la podemos notar cuando encontramos intentos de burdo eclecticisimo que, por cierto, no terminan llevando a ningún lado.

Ojo, que el lector/a no se confunda aquí, no ubico a ninguno de esos paradigmas dominantes como salvadores de nuestra psicología, pretendiendo superar ese eclecticismo. La psicología, como institución, ejerce una forma (o varias formas) de gobierno de los sujetos, no solo de los que alguna vez pisamos sus campos de concentración, sino también, de aquellos que son ajenos a la disciplina. No es raro entonces que nos empeñemos en buscar la crítica en otro lado, fuera de su dispositivo para regresar a él con suficientes armas y destruirlo.

Si en este espacio me comprometí con una psicología crítica, más específicamente, con una crítica marxista a la psicología, es porque encuentro en ella lo que no existe en los intentos de crítica al interior de nuestras facultades, de nuestros salones y en nuestras conversaciones con los docentes. Encuentro eso que la enseñanza de Pavón-Cuéllar ha dilucidado en su articulación de Marx y Freud [2], también lo que Marx permite pensar más allá de lo que se nos da en nuestros planes curriculares y la necesaria intervención de Foucault para entender el “arte de no dejarnos gobernar”. Es así pues, que en este texto se retoma lo que ya se podría haber denominado como “meta-psicología crítica”, que ya de por sí puede sonar redundante para quien ya esté familiarizado con los autores mencionados anteriormente.

¿Qué es la crítica?

Esta pregunta a modo de título se la hizo Michel Foucault en una conferencia que dictó en 1978 en la Universidad de la Sorbona, Francia. Lo que aquí nos interesa es, precisamente, su conceptualización de lo que hoy es tan necesario en la psicología para rebasarla “por la derecha”, o sea, por su lado ciego, de tal forma que ni la misma disciplina sepa que está siendo superada. Algo que es revelador, y a modo de paréntesis, de esta conferencia es que se dicta tres años después de la publicación de Vigilar y Castigar, texto en el que se posiciona en un inconfesado marxismo[3], un marxismo que es necesario para la propuesta que aquí nos compete.

La pregunta que nos interesa, al igual que a Foucault, es: ¿qué es la crítica? ¿para qué nos puede servir la crítica? Podemos sostener la tesis que, al igual que la Iglesia cristiana analizada por Foucault[4], la psicología opera de la misma manera en la actualidad: propaga la idea de que “debemos” ser gobernados por ella, por su saber-poder. Pareciera que todas las facultades de psicología obedecieran a una Cosa que escapa de su saber en el sentido que no sabe que es determinado por aquella. En las universidades en donde se imparte psicología, es preciso sujetar a todos los estudiantes a esa homogeneización disfrazada en diversidad teórica [5]. Ante esta homogeneización, esta gubernamentalización en el que las Verdades incluyen efectos de poder y el poder tiene sus verdades, es necesaria una postura crítica.

Al posicionarnos en la crítica, tratamos de escapar de esa forma (o de las diversas formas) que nos gobierna, de esa psicología ejercida en los manuales, en las clases, en el discurso docente-universitario. La crítica, entonces, siguiendo a Foucault, sería el arte de no dejarse gobernar, la inservidumbre voluntaria, sería pues una postura indócil, reflexiva[6]. Paralelamente, encontramos una postura similar en Holzkamp: la crítica se traduciría en nuestra capacidad de acción que permitiría ejercer un mayor control sobre nuestro devenir, en este caso, el devenir estudiantes en las facultades de psicología, y que además, rebasaría las estructuras del poder, de la estructura burguesa de dominación y sus estrechos márgenes con los que la psicología burguesa juega y da una supuesta libertad a los sujetos[7].

La crítica entonces es algo que niega lo que es negado, y que, probablemente, supere a través de esa negación realizada en la reflexividad. La crítica se aleja de lo que es criticado: a través de la crítica se puede lograr una emancipación. Trataremos de profundizar más a continuación

Meta-Psicología Crítica

Es indudable, como intentamos adelantarlo en el primer párrafo, que existen críticas en nuestra psicología. Si se me permite ser más abierto a lo que planteé anteriormente, podría decir que bajo la definición de Foucault y Holzkamp, existen ciertas psicologías críticas (que omitiré nombrarlas por espacio; el interesado/a puede revisar el texto de “Psicología crítica y lucha social: pasado, presente y futuro” del Dr. Pavón-Cuéllar, en el que ofrece una visión panorámica de estas psicologías críticas) que han aportado en demasía a la discusión teórico-práctica en nuestra disciplina y que han posibilitado la apertura a repensar lo que se hace y decimos en psicología. No obstante, podemos atrevernos a decir que estas psicologías críticas suelen estancarse en el bucle psicologizado en el que se erosiona cualquier potencial crítico. Podemos decir también que muchas psicologías pueden ser “críticas”, pero no todas las psicologías críticas son metapsicologías críticas.

Es cierto que partimos de una definición particular de psicología crítica, una definición que revisamos parcialmente en el primer escrito de este espacio. Es preciso detenernos en ella. Pavón-Cuéllar nos escribe: la psicología crítica es “una actitud crítica ante la psicología”[8], una “posición ante ella”, una “forma crítica de relacionarse con ella”[9]. La definición es sintomática, en el buen sentido de la palabra. Lo es porque el autor revela lo que debe de contener una psicología crítica, y es justamente que el “ante” y el “relacionarse” ubican a la psicología crítica fuera de lo mismo psicológico. Es una posición anormal, fuera del discurso psicológico, fuera del alcance de la tecnología psicológica y su control, fuera de las querellas disciplinares que se dan entre psicólogos.

Lo que aquí se propone entonces, es buscar esa crítica fuera de los márgenes de la psicología misma, fuera de las estructuras del poder, fuera de la institucionalización, más allá del statu quo psicológico-burgués. Este “más allá” psicológico, como bien ha sido señalado por Pavón-Cuéllar, se puede encontrar tanto en Marx como en Freud, ese carácter metapsicológico[10]. Antes de limitarnos al primero, es menester mencionar que la tópica freudiana es un claro ejemplo de la crítica que aquí estamos presentando y recordando, es decir, Freud no se limitó a estudiar la consciencia tan desgastada en nuestra psicología mainstream, sino que halló otro camino, más reflexivo, más profundo y menos reduccionista. Al verse rebasados siempre por Freud, a los psicólogos no les queda otra cosa más que psicologizarlo y distorsionarlo, encubrirlo todo con el velo de la fantasía. Es tal el miedo y la resistencia al psicoanálisis freudiano que por eso no se revisa en las aulas, y si se revisa, es una abstracción y erosión descarada de su crítica. El inconsciente está más allá del límite psicológico, pero su crítica, precisamente, radica en ese alejamiento de lo que está ya psicologizado.

Si estamos hablando, al igual que Holzkamp, de que existe una psicología burguesa, no solamente necesitamos de Freud para “rebasar por la derecha” a la psicología. En cierto sentido y paradójicamente, podríamos decir que lo que Freud ofrece es una crítica directa a lo psicológico, una crítica más evidente y quizá por esto, los psicólogos estén más precavidos a la hora de enseñarlo, y por eso es más susceptible a distorsiones. En este sentido, entonces, es preciso recurrir a Marx. Este terreno no ha sido explotado ni se deja explotar por la psicología. En el desconocimiento de Marx radica su debilidad como ciencia.

Cuando recurrimos a Marx, nuestros intentos de abordar y relacionarnos críticamente a la psicología se repolitizan y se llevan más allá de la crítica psicológica, más allá de la psicologización, y lo hace de tal forma que la psicología no se da cuenta que están siendo rebasados por Marx y el marxismo. Esto en dos sentidos: el primero es que se ofrece una reinterpretación y reelaboración de lo psíquico [11] y otro, en que esto psíquico no está cerrado en lo mismo psicológico, es decir, no hay nada de psicología en Marx.

El más allá psicológico de Marx se explica por su intervención desde lo económico-social, desde su postura materialista histórica y dialéctica. En esta intervención se resalta el aspecto fundamental del ser, justo en el momento en que esta metapsicología no se cierra a los sentidos y no hace abstracciones deliberadas [12]. La metapsicología de Marx supera en creces a nuestra psicología en el momento en que dilucida el sistema que lo sostiene todo, incluyendo a la misma disciplina: el capitalismo. Una psicología que no tiene nada qué ofrecer (críticamente hablando) frente a este sistema que lo devora todo a su paso, es únicamente una psicología que atomiza la realidad. No hay crítica sin crítica al capitalismo, o mejor dicho, y parafraseando a Pavón-Cuéllar, no hay psicología crítica sin crítica al capital.

A su vez, puede decirse que la metapsicología de Marx es una crítica en el sentido foucaultiano, dado que escapa a eso psicológico que actualmente nos gobierna a los estudiantes, profesores, clínicos, etcétera, configurados por el sistema capitalista. Es un “escape de esas artes de gobierno”[13]. Es reflexionar en donde no se reflexiona ni un momento. Es no aceptar en donde se acepta todo: lo único que aceptamos es que hay un más allá que explicaría lo psíquico y a la psicología, el capital. Si existe incomodidad entre los psicólogos al darse cuenta de que hay algo que los sostiene, es justamente por eso mismo, porque los sostiene, y una vez en el lado metapsicológico-crítico, no podría haber tal sostén. Es como si esta metapsicología crítica desentrañara los más oscuros secretos que se ocultan en el velo de la psicología, en su espectáculo, en su fetichismo.

Decíamos entonces que hablar de metapsicología crítica es redundante. Lo es porque ambas palabras están fuera del alcance de la psicología. Ambas se oponen a ella de forma tajante. Es así que podemos decir que lo que conocemos como psicología crítica debería ser sin la ausencia de Marx (y de Freud, y quizá de Foucault). Cito la reflexión de donde surge la idea de este escrito:

“En Marx, lo psicológico se esfuma, se desvanece, desaparece. Y desaparece porque se desatiende, porque resulta secundario y parece incluso irrelevante. La psicología suele obviarse y sirve principalmente para ser atravesada [cual fantasía] y permitirnos acceder a la metapsicología[14] (Cursivas mías)

La psicología crítica, desde nuestra perspectiva y desde la de otros marxistas, es algo que desborda lo psicológico [15], es algo que no se deja psicologizar [16] ni gobernar por esas artes. Es una sospecha porque permite preguntarnos por qué algo no está ahí, por qué se encubre, por qué no se deja ver.

Comentarios finales: necesitamos la metapsicología marxiana

Las nuevas generaciones de estudiantes de psicología necesitan dar cuenta de que existe un más allá de las teorías y discursos pronunciados en sus aulas. Necesitan no dejarse cooptar en sus filas psicológicas. Esto por dos cosas: la primera es que ya existen muchos psicólogos mainstream, al servicio del poder, unos que no se dan cuenta que sirven al mismo y otros cínicos que lo siguen haciendo, pero por otro lado, y aquí está lo interesante, al ubicarnos en una metapsicología crítica estaríamos asumiendo un papel político a favor de quienes han sido marginados, a través de la psicología, por el capital, y una vez asumiendo esta postura política, nos apuntamos hacia otro mundo, no solo más allá de lo psicológico, sino, más allá del capital.

Ser metapsicólogos críticos, si se me permite hacer uso de esta denominación, es entonces apostar también por otra psicología, por otra forma de entender la constitución psíquica. Dice Pavón-Cuéllar, cerrando también su artículo: “Este ir más allá es principio fundamental de toda crítica radical en nuestra época”[17]. Es una postura crítica no titubeante ni ambivalente, entre el aquí psicológico y el más allá psicológico, es simplemente más allá de la psicología. Lo cierto es, que las nuevas generaciones de estudiantes de psicología, si deciden elegir este camino, deben saber que no serán bien recibidos en su psicología, en nuestra psicología: serán los anormales, los locos, los “rojos”, los “zurdos”, como peyorativamente se refieren muchos y como suelen proceder los reaccionarios en la psicología. Es un reto que pocas y pocos están dispuestos a asumir. Es más fácil escudarse en la cómoda premisa de que el cambio es utópico. Es justamente así porque no salen de su esfera psicologizada, una esfera que no les deja ver lo que es y la posibilidad misma.

Referencias

1 Louis Althusser, Psychoanalysis and the Human Sciences (1963-1964). (Estados Unidos: Columbia University: 2016)

2 David Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Teoría y Crítica de la Psicología 7, (2016): 139-149.

3 David Pavón-Cuéllar, “Michel Foucault, su inconfesado marxismo y su crítica de la psicología”, Athenea Digital 20, no. 1 (2020): 1-23, https://doi.org/10.5565/rev/athenea.2229

4 Michel Foucault, “¿Qué es la crítica? (1978)” en: ¿Qué es la crítica? seguido de la cultura de sí, (Buenos Aires: Siglo XXI, 2018), p. 47

5 Luis Pablo López-Ríos, “¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiante?” Versus la Psicología, 2020, https://versuslapsicologia.mx/2020/11/01/por-que-criticar-a-la-psicologia-siendo-estudiante/

6 Foucault, “¿Qué es la crítica? (1978)”, Op. Cit. p. 52

7 Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la psicología crítica”, Teoría y Crítica de la Psicología 8, (2016): 293-302.

8 David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. (México: Itaca, 2019).

9 Ibíd., p. 12.

10 Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Op. Cit. pp. 140, 143

11 Ibíd. pp. 139-149.

12 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (1844) (Madrid: Alianza, 2013). pp. 183-184.

13 Foucault, “¿Qué es la crítica? (1978)”, Op. Cit. p. 49

14 Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Op. Cit. p. 143

15 Ibíd.

16 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. Hacia una crítica psico-política (México: Paradiso Editores, 2019).

17 Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Op. Cit. p. 147.

La psicología no lo sabe, pero lo hace: del fetichismo de la mercancía al fetichismo de la psique

Es un hecho prácticamente indiscutible que Marx no solo dedicó una vasta crítica al modo de producción capitalista. No sólo nos enseñó quién es el que nos domina actualmente, sino que al mismo tiempo nos enseñó cómo nos domina. Esta dilucidación la podemos encontrar específicamente en dos textos que me parecen importantísimos: “El trabajo enajenado” en los Manuscritos de economía y filosofía y en “El fetichismo de la mercancía y su secreto” en el Libro I de El Capital. Ambos textos, bastante ricos en relación a lo que nos estructura como sujetos (además complejos a mi parecer; quizá de ahí que se diga en diferentes medios que los economistas burgueses y uno que otro marxista se hayan saltado esta parte), explican a detalle cómo es que, en las condiciones actuales, el capital domina sobre nosotros, nos hace suyos, o lo que es lo mismo, cómo nos deshumaniza para humanizar otras cosas.

En este sentido, en el presente escrito trataré de abordar una propuesta que estuve pensando mientras leía estos dos textos, y específicamente el segundo ya mencionado. Esta propuesta tiene que ver con el fenómeno de la psicologización y con este, obviamente, el aparato de la psicología y su respectivo papel subyugante en el capitalismo actual. Muy probablemente, esta propuesta, (que no es para nada nueva y que además puede estar bastante incompleta) esté tan psicologizada como la psicología y el capital mismo. No obstante, apelo a aquello que Pavón-Cuéllar, parafraséandolo, nos menciona[1]: ¿por qué no volver contra la psicología su misma fuerza psicologizadora? O la misma crítica que propone Jan De Vos: una crítica a la psicología y a la psicologización sería imposible sin estar en estas[2].

De este modo, pretendo retornar a Marx y al fetichismo de la mercancía, aunque sea de manera laxa (y quizá incompleta) para utilizarlo como punto de explicación del proceder de la psicología dominante, de esa psicología perpetradora de la clase dominante, del capital.

Fetichización: de lo mercantil a lo psicológico

La mercancía

El capitalismo, en palabras de Marx, es un gran cúmulo de mercancías[3]. Las mercancías poseen ante todo dos cualidades bien distintivas: el valor de uso y su valor de cambio[4]. Al menos esto es lo que se puede percibir inmediatamente en cualquier objeto-mercancía, sin embargo, como bien lo analizaría Marx, al ver a la mercancía más de cerca, vemos que este objeto cobra un carácter social. Estas mercancías, no son solo objetos así sin más, pura objetividad material; en cambio, toda mercancía es producto del trabajo humano, inversión de la fuerza de trabajo para producir dicho objeto (lo que a su vez indica el valor de la mercancía, determinado por la magnitud o cantidad de tiempo de trabajo), independientemente de las cualidades útiles que del trabajo resulten y que el mismo producto contenga. En este sentido, Marx explica que la mercancía esconde algo misterioso en ella, adquiere pues, una cualidad fantasmagórica que emana de sí misma. La mercancía, nos dice Marx, refleja al humano el carácter social del trabajo de este, sin embargo, este carácter aparece como si fuera de la misma mercancía, como si la cualidad social-humana fuese propia de esta forma, y por tanto, la relación social entre productores, aparezca ajena a esas cosas[5].

En este sentido, la mercancía aparece como una entidad independiente de quienes la producen, de ahí que Marx llame a este fenómeno el “fetichismo inherente a los productos del trabajo”[6]. Dado que la producción de mercancías es exclusiva del capitalismo, de la propiedad privada, los productores en su supuesta independencia y privacidad del trabajo “únicamente” se relacionan en el intercambio de dichos productos, lo que deja ver que lo único que se relaciona de manera social, son las mercancías y no los sujetos. Al respecto Marx menciona: “Ello hace que las relaciones sociales entre los trabajos privados aparezcan ante los productores como lo que son, es decir, no como relaciones directamente sociales entre personas en sus trabajos mismos, sino como relaciones de cosas entre personas y relaciones sociales entre cosas”[7].

En el capitalismo nada es humano, lo único humanizado es aquello que por su naturaleza no puede, per se, humanizarse sino a través de la práctica del ser humano, es decir, aquellos productos fetichizados, las mercancías. Pero el humano en el capitalismo ni siquiera es humano desde el momento en que se enajena él, su producto y su propia práctica al trabajar para otros; en pocas palabras, todo le es extraño[8]. Ya no se pertenece él mismo ni le pertenece lo que produce. Por el contrario, la mercancía (y lo que se oculta tras de esta) lo domina, lo hace suyo, lo somete, lo subyuga. Cobra ante él la fuerza con la que fue producida, la usa a su favor para someter a su productor; no únicamente constituye el camino que ha de seguir el trabajador en su producción, sino que ha de establecer el encuadramiento mental para que siga dominando a aquél. El trabajador se desvaloriza al mismo tiempo que se valoriza el mundo de las cosas[9].

Volviendo a lo anterior, por tanto, las relaciones sociales, lo humano y el trabajo mismo quedan siempre escondidos en la forma mercancía, siendo esta una entidad “independiente”, y a su vez, al estar estos elementos ocultos, los trabajadores no saben que precisamente están intercambiando trabajo humano; piensan que están intercambiando sus mercancías como meros valores emanados del mismo objeto por su carácter intercambiable. De ahí la maravillosa frase de Marx, que es mejor citar en su totalidad: “[…] Los hombres no relacionan unos con otros sus productos del trabajo como valores porque esas cosas valgan para ellos como las envolturas puramente materiales de un trabajo igualmente humano. Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos como trabajo humano al cambiar entre sí sus diferentes productos como valores. No lo saben, pero lo hacen[10]. La mercancía se convierte en un “jeroglífico social”[11].

La mercancía oculta pues, además del trabajo humano, la dominación del trabajador, oculta su explotación, la explotación del plusvalor. Hoy, por el movimiento histórico del mundo y el cambio de las fuerzas productivas, se llevan a cabo nuevas formas de dominación en el capital. La propuesta del “sentido común mercantil-capitalista” de Veraza[12] viene a colación respecto a estas nuevas formas de sometimiento. El propio Marx lo señalaba anticipadamente: “lo que distingue unas épocas económicas de otras no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace”[13], o lo que es lo mismo y complementando esta proposición, el capital y su perverso proceder no cambia, lo que cambia es su forma para hacer más efectivo este proceder.

La psique

La psicología, nos dice De Vos, hace posible la fetichización[14]. Nosotros agregaríamos que la fetichización en el capitalismo es lo que es gracias a la psicología, y precisamente es así en la medida en que lo que estudia la psicología, lo psíquico y todo “lo demás”, es a su vez, fetichizado en la sociedad actual. La psique se absolutiza en el capitalismo y en la psicología. Esto no es una idea nueva que se me haya ocurrido espontáneamente. Marx lo explica precisamente al hacer su análisis acerca del fetichismo de la mercancía y compararla esta última con el mundo religioso al decir que “los productos de la cabeza humana aparecen como figuras independientes y dotadas de vida propia”[15]. También Engels nos da un claro ejemplo cuando critica al idealismo imperante hoy en día, cuando este afirma que “el rápido progreso de la civilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo y actividad del cerebro”[16].

Eso que estudia la psicología, la psique (entendamos aquí este concepto desde la psicología) aparece como una entidad fantasmagórica, y al respecto de esto último, sabemos que lo consciente, lo yoico, lo que para la psicología es primero, hace posible la creación de fantasías para ocultar la realidad; la psicología no atravesará la fantasía, la reforzará y tampoco intentará combatir la mistificación en el fetichismo de la mercancía, por el contrario, sostiene dicha fetichización. Este ocultamiento de lo externo que reside en lo interno es propio de la psique de la psicología, y que además, tiene bastantes consecuencias que iremos abordando a continuación. La psicología necesita que su objeto esté fetichizado y que lo esté ella también para que todo lo demás no interese. Es lo que me atrevería a llamar el fetichismo de la psique.

Una de las primeras consecuencias de esta fetichización de la psique es que oculta el orden social constituyente de los sujetos, es decir, su lugar en el sistema. Lo anterior claramente hace referencia a la propuesta de Braunstein cuando este menciona que sólo el psicoanálisis en conjunto con el materialismo histórico haría posible la develación de este ocultamiento[17]. El sujeto no es lo que es por su propia voluntad, como también se piensa en el mundo de las mercancías; o sea, no se es rico porque así lo quiera el sujeto: si el humano es rico es porque existen unas condiciones reales de existencia que le preceden, existe, a su vez, un mundo simbólico que lo atraviesa y lo constituye para que pueda comportarse y hablar como rico.

El problema viene también cuando el sujeto quiere cuestionarse la psicologización de su ser y del mundo. El problema justamente es que todo ya parece natural desde que se nace. Todo es ya psicológico. De ahí entonces que al psicólogo le cueste trabajo aceptar que ese interior que estudia no es un interior absoluto, sino producto de las condiciones reales. Por otro lado, en un mundo en el que se nace y, paradójicamente, se le dice al recién nacido (aquí está lo paradójico para la psicología; lo que precede al “recién nacido” no lo toma en cuenta) que será “inteligente”, “enojón”, “cariñoso”, “noble”, no hay mucha capacidad de acción después. El sujeto nace ya como homo psychologicus, desde ese momento empieza la fetichización de lo psicológico, de la psique como motor del sujeto, desde este momento nos empiezan a psicoeducar[18], desde ese momento queda oculto quien nos dijo que seremos enojones, cariñosos o inteligentes con 2000 de C.I.

La psicología no sabe que cuando habla de psique, emociones, el “yo” y la cognición, está al mismo tiempo hablando del modo de producción, de su compadrazgo con el capitalismo, de las relaciones de explotación, del plusvalor explotado al trabajador, del lenguaje estructurante del ser humano. Al igual que los productores de mercancías, la psicología no lo sabe, pero lo hace. El mundo psicológico, al igual que el mundo religioso, lo que está en la cabeza aparece como independiente de la realidad, y a su vez, todo eso resulta ser un cúmulo de “jeroglíficos sociales”. Lo psíquico, al igual que la mercancía, no se pone en la frente lo que verdaderamente es. Al fetichizar la psique pareciera que únicamente nos relacionamos entre síntomas, trastornos, emociones y cogniciones. Se relaciona el yo de un empleado con el yo de su jefe; ya no existe relación entre obrero y trabajador, sino que esta relación aparece exclusivamente como relación social entre los elementos psicológicos al relacionar cada uno su sentir y pensar, y por tanto “se borra” el carácter social de lo que produjo su “interior”. En la psicología todos aparecemos como productores privados.

Por otro lado, el ser humano ya no es ser social en el momento en que se interpela a través de la psicología, no se pertenece, sino que su ser le pertenece ahora a la psicología y lo que esta oculta. Su enajenación radica en su psicologización. Su extrañamiento estribaría en el conocimiento exclusivo de lo psicológico. Lo corpóreo y las condiciones reales se reducen a lo psíquico. Cuanto más sujeto de la psicología es, tanto menos ser humano y social se vuelve. Cuanto más se mira al espejo el sujeto, más borrosa se convierte su imagen y menos se da cuenta de lo que está detrás de aquel.

Comentarios finales

¿Qué es el capitalismo sin su psicología? Es una pregunta que me persigue desde que comencé el blog. No quiero decir que la psicología sea la más importante aquí. Suficiente tiene con ser nombrada por todos en cualquier lugar. Lo que quiero decir es que existe una relación interdependiente entre el capitalismo y la psicología. El capitalismo facilita la existencia de la psicología, su razón de existencia. La psicología, por tanto, se encuentra en deuda con el vampiro. La tiene que saldar, tiene que regresarle el favor a toda costa. Con su efecto psicopolítico adquiere un lugar especial en la sociedad, la colocamos en un pedestal. ¿Por qué será que se adora tanto a la psicología y lo psicológico en las empresas, en los noticieros o en las mismas redes sociales?

Al igual que el economista burgués, el psicólogo con el mismo adjetivo tampoco se da cuenta del fetichismo, no solo de la mercancía (porque en sí, el psicólogo ignora el modo de producción), sino tampoco de la psique, del propio elemento que dice estudiar. El fetichismo de la psique, a su vez, es una cuarta razón por la que no se puede ser marxista en psicología[19].

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

2 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

3 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 41

4 Ibíd., p. 42

5 Ibíd., p. 73

6 Ibíd.

7 Ibíd.

8 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013).

9 Ibíd., p. 134

10 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 74

11 Ibíd.

12 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018).

13 Marx, “El Capital. Crítica de La Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 164

14 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit. p. 195.

15 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 73

16 Friedrich Engels, “El Papel del Trabajo en la transformación del mono en hombre” En El Papel Del Trabajo En La Transformación Del Mono En Hombre. Manifiesto Del Partido Comunista. Ideología Alemana (Ciudad de México: Colofón, 2008), p. 176.

17 Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias,” En Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

18 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit.

19 Luis Pablo López-Ríos, “¿Marxista en psicología? Imposible.,” Versus la Psicología, 2020, https://versuslapsicologia.mx/2020/11/12/marxista-en-psicologia-imposible/.

¿Marxista en psicología? Imposible.

Muy probablemente el lector o la lectora que se ha detenido aunque sea una vez por este espacio a leerme se haya sorprendido al leer el título de este escrito. Elegí este título no porque esté en contra de Marx y el marxismo, al contrario: todas mis opiniones que vierto en este blog están posicionadas desde Marx y la crítica a la psicología y sus respectivos autores que cito constantemente en cada uno de mis ensayos. Decidí escribir el título así porque es la psicología misma la que no acepta a Marx, la que no deja que el marxismo tenga lugar en nuestros salones y en las teorías de disciplina, incluso hasta podemos decir que son incompatibles. “¿Por qué?” se podrá preguntar quien lee. La pregunta puede ser resumida, respondida sencillamente y sin mayor rodeo: una juega al servicio del capital y otro critica al capital (probablemente aquí podría terminar el escrito sin más).

Aquí el lector o la lectora no va a encontrar un escrito adulando a la psicología, mucho menos festejándole todo lo que sabe hacer en las especialidades que ofrece en cada plan de estudios. Para eso existen los miles de sitios web de temática psicológica que pretender “guiar” a los sujetos en su vida y aliviar momentáneamente su malestar y decir que “todo va a estar bien”, que solo es cuestión de “cambiar tu mentalidad”. Lamento decepcionar a las personas que esperaban que me retractara de todo lo que he escrito (lo mucho o lo poco) aquí en el blog. Pretendo, por el contrario, dar tres breves razones por las que considero que la psicología no nos permite ser marxistas en su dispositivo, repasando algunas enseñanzas que nos han dejado algunos críticos de la disciplina y desde el mismo Marx.

Lo anterior no quiere decir que sean las únicas tres razones que existen por las que la psicología se nos presenta como un bastión que protege al capital y lo trata de esconder del misil marxista, o que sean las únicas razones que dejan ver la incompatibilidad entre la psicología y el marxismo, no solamente incompatibilidad teórica, sino ética-política. Invitaría a quien esté leyendo a acercarse a aportes como los de Marx, Pavón-Cuéllar, Parker, Braunstein, De Vos… en fin, autores que han marcado la línea argumentativa de estos escritos. De igual forma, este escrito podría ser complementario al último que publiqué.

Razones por las que no podemos ser marxistas en psicología

Primero quisiera adelantarme a la conclusión y decir que para ser marxistas deberíamos apuntar a deshacernos de la “maldita psicología” en palabras de Pavón-Cuéllar[1]. No podemos ser marxistas y tratar con las injusticias sociales y el sometimiento individual de los sujetos, si partimos desde la psicología yendo siempre bajo su sombra ideológica, siguiendo su camino trazado y apoyando a que el vampiro del capital se siga alimentando y reviva una y otra vez, como nos recuerda Marx[2]. Aquí presento unas razones, específicamente tres para responder a la pregunta de la que surge mi idea para el título: ¿por qué no podemos ser marxistas en psicología? Abro también la discusión para que el lector(a) agregue sus razones y completar este escrito.

Razón 1. El absurdo idealismo de la psicología

La psicología nos enseña que no podemos ser marxistas en y con ella porque esta es profundamente idealista. No podemos ser marxistas con un idealismo bien definido en todo lo que la psicología hace. Su partir celestial, como nos dicen Marx y Engels[3]: partir del cielo hacia la tierra, nos ubica únicamente en el espacio ideológico de la vida. No quiero decir con esto que no sirva lo que pensamos, más bien es que en la psicología somos reducidos a eso, a lo que pensamos: la cognición, nuestras ideas en general, nuestras emociones, todo esto que aparenta estar en nuestra cabeza únicamente, se absolutiza en todos los sentidos. No podemos ser marxistas cuando el centro de todo análisis parte de la cabeza del sujeto e ignorando todo lo demás, la materia que precede incluso al pensamiento y al ser humano mismo.

Digo “absurdo” porque el idealismo de la psicología, ese idealismo burgués, esa abstracción de la realidad, está presente en toda nuestra psicología. Ya ni siquiera se esfuerzan por disimularlo (si es que en algún momento lo hicieron). Basta pensar tan solo en eso que la psicología estudia, y no es que nos importe en este momento recordar qué es lo que estudia (si es que esta realmente sabe a lo que se dedica, como bien se lo reprocha Canguilhem[4] y Braunstein[5]), más bien la pregunta que deberíamos formularnos no es solo “¿qué estudia la psicología?”, sino “¿por qué la psicología “estudia” lo que dice estudiar?. Los mismos objetos que rondan en su aparente cientificidad (el alma, la consciencia, la mente, etc.) precisamente nos llevan a centrarnos en la aparente autonomía de los sujetos; unos sujetos llenos de libertad que construyen (con sus ideas) la realidad. La psicología con su idealismo conduce a un obsesivo individualismo como bien nos señala Ian Parker[6] (premisa recordada aquí múltiples veces). Podemos hacernos una pregunta al respecto antes de continuar: ¿por qué no habrá una discontinuidad epistemológica, o más bien, por qué la psicología no apuesta por la ruptura epistemológica (como nos recuerda Althusser) con esos objetos pre-científicos para realmente constituirse como ciencia? Esto es claro y lo veremos más adelante.

Aun cuando se intenta descubrir las bases materiales de la “mente, consciencia, etc., etc., es decir, todos los aportes que la psicología se roba de la neurología y que psicologiza para intentar justificar su estatuto científico, aun con eso, no se puede explicar la constitución de los sujetos con axones y los somas de las neuronas, las conexiones sinápticas, las funciones o alteraciones del área de Broca o Wernicke, la funcionalidad de la corteza prefrontal o el sistema límbico. No quiero decir tampoco con esto que no son importantes, ni tampoco vamos a negar los avances de la neurología. La crítica más bien se dirige a la cuestión de que la psicología necesita de otras ciencias para justificar su idealismo burgués y la explicación de este con una base “material”. De cualquier manera, si me estoy equivocando con esto, ¿no se regresaría al mismo lugar del que parte la psicología? ¿en dónde está el cerebro?

Si nuestra intención es, como marxistas y como bien se señala Marx en la tesis XI[7], transformar el mundo, no podemos hacerlo “transformando” a los sujetos únicamente; vamos, no podemos transformar el mundo interpretando lo que está en su cabeza o lo que sucede en la cabeza de los que hoy dominan el mundo en todos sus rincones, ni explicando la dominación capitalista a través del coeficiente intelectual de los empresarios con los factores del WAIS, ni explicando la pobreza con el coeficiente extraído del WISC (o inserte usted cualquier otra prueba psicométrica, instrumento “estandarizado”, etc.). Quizá tal vez con esto se responda la pregunta de por qué no existe una discontinuidad epistemológica en nuestra disciplina: se deben erguir como ciencia de la mente, pero esta mente que estudian, es solo la mente de los que dominan como bien señala Pavón-Cuéllar[8]. La psicología no va a cambiar su base idealista. Esta base es burguesa en toda su extensión y sostiene toda la superestructura psicológica. Llamarnos entonces “psicólogos/as marxistas” sería entonces, no solo contradictorio, sino implícitamente antimarxista. Yo lo que aquí propongo, y siguiendo a los autores que mencioné al principio del escrito, es ser marxistas críticos de la psicología, o si queremos reducirlo por comodidad, ser “psicólogos críticos” (tomando en cuenta la definición de “psicología crítica” expuesta y explicada por Pavón-Cuéllar[9]) con una postura o perspectiva marxista, o partir de otra postura que no sea idealista; optar por intersecciones como las del marxismo con el psicoanálisis.

Razón 2. La despolitización política de la psicología

Horkheimer nos dice que la ciencia no es inmanente al científico, o sea, ninguna ciencia es “suprasocial” ni emana espontáneamente del sujeto que se dice a sí mismo científico: toda ciencia tiene una estrecha relación con sus condiciones reales en las que se produce[10]. Es más, no es que tenga “relación” en el que se pone en un lado a la ciencia y por otro lado a las condiciones reales: más bien la ciencia se encuentra dentro de estas condiciones reales de existencia y al revés, estas se encuentran en cualquier ciencia. Contrario a esto, llega la psicología a ignorar cualquier condición real, y como ya vimos, construye todo su saber en el discurso del idealismo y no conformes con eso, los y las profesionistas de la psicología se escinden (o al menos eso creen) de la realidad. Actúan con “objetividad” en todo lo que hacen. Son objetivos con los contenidos que enseñan en clase, son objetivos en el consultorio, son objetivos en las “intervenciones” sociales (el hecho de ser “interventor” en vez de involucrarse ya dice mucho por sí mismo), son objetivos a la hora de hacer “ciencia” y publicar sus múltiples investigaciones acumulando conocimiento. Aquí comienzan los problemas para nosotros del lado del marxismo.

El “simple” hecho de que el psicólogo se llame a sí mismo objetivo o neutral en su quehacer representa ya un impedimento que contesta a la pregunta de por qué no podemos ser marxistas en psicología. El marxismo tiene una postura, esa postura se ubica del lado de la clase proletaria, de aquellos que han sido explotados una y otra vez durante décadas y que fue posible darnos cuenta de eso a partir de Marx[11]. El marxismo tiene un posicionamiento político (no solo partidista, política institucionalizada); la psicología, por el contrario, dice que no, que no es política, y esto mismo lo va a repetir en todos los lugares en donde se pare: la escuela, industria, conferencias, revistas académicas. La psicología no quiere tomar partido por nadie, pero precisamente esa noción de neutralidad u objetividad perpetúa a la clase que domina, aquella de la que emana el discurso científico y configura la realidad con su forma de producción (la acumulación capitalista, la generación de plusvalía a costa de la explotación del obrero).

La queja constante de la psicología, como bien lo mencionaba Parker, es que hoy todo quiere hacerse “político”[12]: ¿no era ya antes todo, incluyendo a la psicología, político? El psicólogo, se convierte, como nos enseñaron Althusser[14] y Braunstein[15], en soporte de la ideología, y aquí es donde radica su ejercicio político al servicio de la clase dominante. Regresando a Parker, diremos la despolitización que la psicología intenta en su decir y en su quehacer teórico y práctico, es político.

En este aspecto me gustaría regresar a la cuestión de la “intervención” que nos suelen encargar a los y las estudiantes de psicología en prácticas profesionales. Siempre lo he dicho en mis clases, a partir de la excelente propuesta de Martínez Gúzmán[18], yo no quiero ser un “interventor” quirúrgico de la realidad para aliviar el malestar. Justamente este papel interventor ensalza más la cuestión de la “objetividad”. Una intervención “termina” después de que el cronograma llega a su fecha límite de trabajo; el psicólogo entrega resultados y propuestas (a partir de las “necesidades” o “problemáticas”) y simplemente se va después de realizar dicha intervención. Su falta de compromiso político ya es en sí un acto político que dice bastante de su quehacer, de su “ética”. Las intervenciones sociales, incluso clínicas, perpetúan el orden establecido en el discurso que se lleva al lugar intervenido.

Razón 3. El servilismo de la psicología

No podemos ser marxistas en psicología porque esta sirve al capitalismo. De nada serviría, en mi opinión, si empezamos a leer El Capital y al día siguiente compartimos en nuestras redes sociales que “el cambio está en uno mismo”. Althusser decía que existen profesionistas de la ideología; curiosamente no menciona a la psicología, pero justamente menciona que estos profesionistas “tratan la conciencia” con chantajes y demagogia[19]. Si hiciéramos una especie de lectura sintomal de Althusser, fácilmente podríamos identificar que también está hablando de los psicólogos (no olvidemos que él mismo tenía amplias influencias de Freud y Lacan, ambos críticos de la psicología, pero a su vez, bastante influenciado por Marx, crítico del discurso idealista de nuestra psicología).

No podemos ser marxistas en una disciplina que sirve al capitalismo. Una disciplina en la que el capitalismo confía para asegurar el entramado de dominación a toda costa con la ideologización, o en este caso, con la psicologización que hoy se necesita para sentir menos ese sometimiento, para aceitarnos como bien nos menciona Fromm[20]. No importa si la psicología sabe o no sabe si sirve al capital, si está consciente de ello o no. ¿Cómo ser marxista en psicología si esta última promete libertad y autonomía, falsas libertades y autonomías en este sistema?

No puedo ser marxista en psicología, o volvamos al principo, “psicólogo marxista”, cuando habrá colegas que se van a dedicar al área industrial para ofrecerles a todos los trabajadores habilidades y estrategias de inteligencia emocional para tolerar la explotación física y mental. Tampoco me sentiría a gusto ofreciendo lo anterior para ver todo positivo en el caos que vivimos hoy. Sería hipócrita de mi parte, aunque tenga que serlo con la psicología para intentar deshacernos de esta. No quiero contribuir a eso que Badiou[21] nos dice en su mensaje a nosotros los jóvenes: contribuir a la vida sinsentido o nihilista de la inmediatez que el capitalismo ofrece hoy y eso a través de una positividad para aliviar de forma inmediata y rápida mi estrés, mi malestar; una ráfaga de pensamientos positivos que hagan olvidarme de mi condición de explotado, o hacer que otro trabajador la pueda olvidar. No podemos ser marxistas porque la función de la psicología es subyugar, bajo la lógica del capital, silenciosamente a los sujetos. La psicología y el capitalismo son la pareja perfecta. Pienso yo, y casi sin temor a equivocarme, que ninguna otra “ciencia” se había entendido tan bien con el capitalismo: la psicología, en mi opinión, supera a la misma administración.

Comentarios finales

Pienso que no puede haber una conciliación entre Marx y el marxismo con la psicología. Al menos no con esta “psicología”. Podríamos intentar transformar nuestra disciplina, pero existen muchas resistencias, principalmente de orden político. Si la transformación no es posible, entonces deberíamos pues, darle paso a otra forma de entendimiento y comprensión de los sujetos, una que sí cuestione el devenir sujeto.

Mientras la psicología nos enseña en nuestras aulas una realidad ingenua y llena de felicidad incluso en situaciones complejas y caóticas, el marxismo por su parte nos muestra la realidad y su lógica, nos muestra que existe la explotación, nos muestra también que solamente unos cuantos se benefician con esa explotación, y que como bien nos diría Marx (parafraseándolo), en donde solo hay ganancia para unos, no puede existir tal igualdad[22] ni libertad (agreguemos) alegada por los psicólogos.

¿Por qué no podemos ser marxistas en psicología? Porque ser marxista en psicología sería atentar contra los principios y bases psicológicas. La psicología no va a permitirte ni permitirnos ser marxistas en su acogedora casa teórica. El marxismo es subversivo e intranquilizador para lo establecido. La psicología tranquiliza y suaviza todo alrededor para que “todo” funcione. Si somos marxistas en psicología no funcionaríamos, no nos recibirían con enjundia como cuando reciben sus honorarios por dar una capacitación de motivación organizacional. Si somos marxistas en psicología seríamos la oveja negra, el bicho raro, el “anormal”. La única opción para poder ser marxistas es serlo fuera de la psicología, pero como mencioné, siendo crítico de ella, no tratando de formar alianzas con lo que emana de ella.

Referencias

[1] David Pavón-Cuéllar, “Psicologismo, idealismo y posmodernismo Tardío En Byung-Chul Han,” Octubre 2014, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/tag/byung-chul-han/.

[2] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209.

[3] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 41–101.

[4] Georges Canguilhem, “¿Qué es la Psicología?,” en Estudios de Historia y de Filosofía de Las Ciencias (Madrid: Amorrortu, 2009), pp. 389–406.

[5] Néstor Braunstein, “¿Qué entienden los psicólogos por psicología?,” en Psicología: Ideología y Ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), pp. 21–46.

[6] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology,” Theory & Psychology 9, no. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[7] Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 34–39.

[8] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against Psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[9] David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

[10] Max Horkheimer, “Teoría Crítica” (Buenos Aires: Amorrortu, 2003)

[11] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit.

[12] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not,” Social and Personality Psychology Compass 1, no. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[14] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado,” en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), pp. 102–51.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones Del Psicoanálisis Con Las Demás Ciencias,” en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[17] Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad, Op. Cit. pp. 51-61.

[18] Antar Martínez-Guzmán, “Cambiar metáforas en la psicología social de la acción pública: de intervenir a involucrarse,” Athenea Digital 14, no. 1 (2014): 3–28.

[19] Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit. p.126.

[20] Erich Fromm, Psicoanálisis de La Sociedad Contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). pp. 144-145.

[21] Alain Badiou, La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes (Barcelona: Malpaso, 2017).

[22] Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit. p. 146.

¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiante?

Presentación del libro independiente “Versus la Psicología. Contra la psicología hegemónica, ideológica y capitalista: un aporte estudiantil” transmitida por Facebook en la página “Versus la Psicología

Influencias teóricas y primeras sospechas

Las siguientes palabras que expondré las preparé a fin de intentar vislumbrar lo que me motivó a escribir el libro que hoy se está presentando. Quien esté escuchando podrá percatarse que recurro una y otra vez a los mismos autores que han plasmado sus aportaciones teóricas en diversas obras y podrá resultar tautológico en ocasiones, sin embargo, me parece pertinente retomarlos. De este modo, el oyente podrá notar que constantemente regreso a las ideas de autores como Karl Marx, Louis Althusser, Néstor Braunstein, David Pavón-Cuéllar, Ian Parker, Jan De Vos, entre otros no menos importantes. Ellos y sus respectivas aportaciones, específicamente desde el marxismo, forman parte fundamental del argumento, no solo del libro, sino de mis opiniones y afirmaciones en general y de mi postura hacia la psicología, lo que naturalmente implica que habrá bastantes coincidencias con sus aportes. Podría atreverme a decir que estas palabras complementarían una de las conferencias dictadas por el Dr. David Pavón, en la habla acerca de por qué relacionarnos críticamente con la psicología.

Mucho antes de que se me ocurriera hacer un libro, siempre tuve la inquietud de por qué nos enseñaban lo que nos enseñaban en nuestras aulas de psicología: ¿por qué ver más corrientes humanistas que psicoanálisis freudiano o lacaniano? ¿por qué interesarnos más por psicología organizacional, educativa o clínica en vez de psicología social? ¿Por qué la necesidad de insertarnos “adecuadamente” al mercado laboral en función de la rama de psicología a la que nos dediquemos? (de ahí que se diga constantemente en nuestras clases que la psicología organizacional es la que “deja” [monetariamente hablando]) ¿Por qué ver más sobre coeficiente intelectual, trastornos psicológicos y sus clasificaciones? ¿Por qué siempre adoptar el papel “intervencionista” en prácticas profesionales? ¿Por qué tratar siempre esas “intervenciones” como formas de adaptación a la “normalidad”?

Mis porqués no cesaban conforme los semestres avanzaban y la carrera se me hacía más pesada, todo parecía apuntar siempre hacia una homogeneización en el saber y quehacer en psicología, y no porque la psicología carezca de diversidad en su saber, de hecho tiene mucho de dónde escoger y precisamente en esa heterogeneidad teórica-práctica, es decir, en todas las especialidades que ofrece (clínica, neuropsicología, organizacional, social y educativa), siempre existe de manera subyacente, una homogeneización no necesariamente teórica, pero sí ideológica. Esta homogeneización era fácil identificarla, me atrevo a decir que era hasta intuitiva porque todo análisis que se hacía en clase o cualquier reflexión recaía en el sujeto, en la psique, en la construcción de la realidad, en la aparente neutralidad, en la adaptación a la norma.

A finales de 2017 o principios de 2018, mi buen amigo Fernando que hoy me está presentando, me pasó un artículo escrito en 2012 por el Dr. David Pavón-Cuéllar[1] quien imparte clases en la universidad Michoacana; ya había leído de él algunos textos en una clase con el Dr. Daniel Reyes sin mayor detenimiento en sus reflexiones y propuestas críticas: quizá por falta de tiempo o resistencia ideológica como suele suceder hacia el psicoanálisis.

Su artículo presentaba una crítica vehemente y provocadora hacia la psicología: ese carácter ideológico del que siempre hubo sospecha y que se presentaba en esa heterogeneidad del saber psicológico que se imparte en nuestras aulas ahora podía nombrarse: la psicología es un cómplice del capitalismo[2]. En efecto: la psicología, en esa homogeneización de sus teorías y prácticas, existe una reproducción de la ideología capitalista: sistema imperante desde hace unos buenos años atrás.

La psicología como aparato ideológico: un retorno breve a Althusser

Para poder contextualizar acerca de esta ideologización, es decir, esta reproducción de la ideología, es necesario recurrir a la propuesta de Althusser y los aparatos ideológicos que se encuentran al servicio del capitalismo. La escuela es un aparato ideológico y por lo tanto, la escuela o la universidad se encarga de que se reproduzcan las relaciones existentes en el capitalismo a través de la reproducción ideológica: somos sujetos interpelados por la ideología dentro de nuestros salones[3]: unos adquieren habilidades para ser los dominadores, otros los dominados, otros terminan siendo profesionistas de la ideología[4].

Ojo aquí, a modo de paréntesis: no confundamos el término “ideología” con las concepciones que los psicólogos tienden a utilizar: “un sistema de ideas y creencias” que emanan desde la persona o desde su consciencia, por su propia voluntad, eso sería utilizar una versión ideologizada de la ideología. La ideología, por el contrario, es nuestra relación imaginaria con las condiciones reales de existencia. Para no dejar esto tan acortado, bien Foucault nos explica que en la educación se reproducen ciertos discursos, pero limita otros[5]. La pregunta que compete hacer es ¿Cuál discurso se maximiza en psicología más allá del que puede reproducir su propio campo teórico?

Esta ideología del capitalismo se reproduce en la bibliografía revisada, en las teorías que tienen mayor frecuencia, en los lapsus de olvido al no incluir otras teorías, en el discurso docente y universitario. Ahora las preguntas formuladas al principio de mi intervención comienzan a encontrar una respuesta crítica. Antes de continuar, muy probablemente se puedan cuestionar quienes estén presenciando y escuchando estas palabras: ¿Qué tiene de malo “proteger” al capitalismo? ¿Qué de malo tiene la ideología capitalista? Naturalmente no voy a realizar una exposición del sistema dominante, pero sí acercarnos a unas críticas puntales, aunque sean bastante laxas.

Capitalismo: sistema caótico y deshumanizador

El problema con el capitalismo es que este modo de producción ha dejado ver su carácter voraz y represor en el tiempo: ¿Qué de bueno existe en la explotación de la fuerza de trabajo para que unos cuantos sean beneficiados con el plusvalor? ¿Qué de bueno existe en los productos de consumo cuando estos son producidos (valga la redundancia) a costa de la explotación de ecosistemas que hoy peligran? Solo por poner dos ejemplos rápidos sin mayor detalle.

Los defensores de este sistema caótico podrán argumentar que gracias a este sistema tenemos lo que tenemos: tecnología, ciencia, rascacielos, carros; que gracias a este sistema se es libre y autónomo. Pero bien lo refutaban Marx y Engels hace 172 años en el Manifiesto[6]: estas independencias y libertades son solo independencias y libertades capitalistas: recurriendo al chiste como suele hacer Žižek (malogrado por mí y que lo pueden encontrar en memes): se encuentra un home-worker a punto de terminar un informe de trabajo y al terminar su jornada laboral dice: “qué feliz me siento al recibir mi pago quincenal y trabajar desde mi casa cuando yo quiera bajo mis tiempos, me siento totalmente libre”… inmediatamente le llega un mensaje de su compañera a su WhatsApp en donde le recuerda que debe entregar el reporte de ventas a su jefe inmediato, al de finanzas, a la secretaria general y al gerente.

Por otro lado, justamente en ese “tener”, del que hablábamos, se constituye el carácter perverso del capitalismo. Siempre hay que “tener” más y más, nunca será suficiente lo que se tiene. Siempre se tiene que producir más productos de consumo, más carros, más casas, más capital, incluso, más artículos académicos, más títulos, más constancias de congresos, más certificaciones. Siempre se piensa en términos cuantitativos en el capitalismo. Importa más la cantidad de la ganancia de un producto, la cantidad de diplomas, de certificados.

Lo perverso es que todo en esta vida se convierte en una mera mercancía, ciertamente no para satisfacer nuestras necesidades, sino que todas estas cosas pueden intercambiarse cuantitativamente buscando siempre el plusvalor en este intercambio; retomando la cuestión académica para ejemplificar un poco mejor lo anterior: los diplomas, títulos, constancias, años de experiencia previa se intercambian por puestos o promociones en el trabajo que sabemos que nos dejarán más en un futuro, y así nuevamente tendremos más diplomas, premios, más invitaciones a congresos, más ingresos que podremos reinvertir en más certificaciones: es esto a lo que el Dr. Pavón-Cuéllar hace referencia con el “capitalismo académico”; por poner otro ejemplo más perverso en la academia capitalista: hoy a los alumnos al momento de titularnos nos miden cuantitativamente para que las instancias evaluadoras (como el CENEVAL-EGEL) puedan establecer en conjunto con otras instancias federales esa aparente calidad de tal o cual carrera. El capitalismo, en su omnipresencia antepone la cantidad frente a la calidad de la vida.

O como bien analizaría Marx[7], hoy todo contiene valor de cambio (también explicado por Pavón-Cuéllar en su blog*). Se pierde todo lo cualitativo, toda cualidad humana. Incluso en el momento que escribí estas palabras, automáticamente pensaba en cuántas podía escribir para poder predecir cuánto tiempo iba a tardarme en exponerlas. ¿No somos entonces todos, en cierto sentido, capitalistas? Hoy, si queremos contextualizar más, la crisis por la que estamos pasando desde principios de año, nos deja ver que esa obsesiva necesidad de tener y tener más, de tener más lugares por explotar, de tener más objetos de consumo, nos ha llevado a un caos total, un caos sanitario que deja entrever lo realmente caótico que es el capitalismo.

Capitalismo: patrón de la psicología

A todo esto, podemos plantearnos algunas interrogantes: ¿Qué psicólogos y psicólogas se están formando y con qué funciones bajo la sombra del capitalismo? Seguida de ¿qué se le tiene que reprochar a la psicología en el entramado capitalista o por qué criticarla? ¿a qué se refiere Pavón-Cuéllar con el adjetivo “cómplice” que asigna a la psicología en este sistema[8]? Para ponernos en contexto, es necesario primero pensar tan solo en los objetos de estudio de la psicología: el alma, la mente, la consciencia, el comportamiento. Incluso, para poder acercarme todavía más a donde quiero llegar, podemos tomar a modo de préstamo la definición de psicología que Pavón-Cuéllar hace de la disciplina: “un supuesto saber de la psique, el alma, la mente o el comportamiento como objetos delimitados y relativamente diferenciados del mundo y del cuerpo”[9].

Aquí lo interesante, no es tanto lo que la psicología pretende estudiar como bien nos haría reflexionar la definición crítica de la psicología propuesta por Pavón-Cuéllar, o sea, la crítica no solo apunta, y tampoco nos detendremos en esto, hacia su estatuto científico, sino que más bien, esos objetos que además de ser cuestionables en el ámbito científico, se encuentran “diferenciados” del mundo. Quizá de ahí que Klaus Holzkamp, otro crítico de la psicología considere que a la psicología le falta “mundo” [10] o carezca de este, o que también le critique su “reducción individualista”[11]. Todos estos objetos se ubican en el sujeto, en su cabeza. Es como lo que Marx y Engels criticaban: ese partir idealista del cielo hacia la tierra.

Esta “diferenciación del mundo” lo explica Braunstein[12] cuando argumenta que la psicología ofrece ese espacio ideológico perfecto para representarnos a sí mismos, una fantasía de autonomía, de independencia, de hacer creer que existe un “yo autónomo” borrando totalmente lo que está “afuera”, de lo que aparentemente se está “diferenciado”, olvidando las condiciones reales de existencia. Los psicólogos son ahora los nuevos autores de la mistificación ideológica, o sea los nuevos profesionistas de la ideología, aquellos que prometen libertad e independencia a través del “tratamiento de la conciencia”, del chantaje y la demagogia[13]. Así también nos recuerda Holzkamp que de este modo la sociedad burguesa siempre llega hasta los espacios “más íntimos”[14].

La ideologización que necesita realizar el capitalismo para asegurar su dominio tiene que ser forzosamente integrada en prácticas materiales como sucedería en cualquier otro aparato ideológico. En este caso, si la psicología es un aparato ideológico, como lo afirmaría Braunstein[15] y esta tiene sus propias prácticas, la ideología se materializa en la psicología a través de la psicologización. Hoy en día todo es psicologizable, incluso lo que no se puede psicologizar. Es como si la psicología ejerciera un efecto imperialista al abarcar lo que aparenta ser inabarcable por ella. Hoy todo lo vemos bajo el corpus teórico de la psicología, como bien lo señala Jan De Vos[16], psicólogo crítico en Bélgica. Hoy nuestros lentes para ver la realidad están graduados por la psicología.

Psicologización en el capitalismo

Hoy somos reducidos a emociones, a cogniciones, a trastornos, a percepciones, a resultados de pruebas psicométricas. Hoy tenemos que ser resilientes con “x” cantidad de estrategias de afrontamiento para superar cualquier duelo incluyendo los económicos, los políticos y los sociales. Somos reducidos a nuestro coeficiente intelectual y las habilidades que los test de inteligencia estandarizados bajo la norma estadística dicen que tenemos y si no nos ajustamos a esa norma o no tenemos esas habilidades, seremos interpelados por la biblia de los trastornos: el manual de la asociación americana de psiquiatría: ese que nos dirá qué trastorno somos en este momento y seremos canalizados a cierto tratamiento quirúrgico de la subjetividad.

Desde antes de nacer estamos siendo psicologizados: esperan de nosotros que seamos “alegres”, “con carácter fuerte” o “inteligentes”. Hoy cada vez es más fácil escuchar a una persona que dice que se siente “ansioso”, “estresado”, “bipolar”, “depresivo”. Incluso en nuestras redes sociales, todo se reduce a reacciones emocionales: un me gusta, un “me enoja”, un “me importa”, un “me entristece”, un “me encanta”. Hoy, como nos menciona Pavón-Cuéllar, es más fácil identificar los rasgos psicológicos o de personalidad de un gobernante o de un criminal[17]; no hay lugar en donde no existe algo psicológico. Parafraseando un poco a Jan De Vos[18]: la psicología nos dice lo que somos y debemos ser bajo sus teorías y sus conceptos, bajo su saber, bajo sus Verdades (con mayúscula). Esta psicologización, que es una ideologización en el aparato de la psicología, cumple funciones específicas en el capitalismo como lo ha explicado el filósofo Byung-Chul Han[19].

En la “psicopolítica” propuesta por Han, nos convertimos en un homo psychologicus, unos sujetos de la psicología: no solo para comprendernos o reducirnos a la psicología, sino que tenemos que psicologizarnos para funcionar en el entramado capitalista. Hoy la psique se convierte en fuerza productiva, hoy el capitalismo prefiere la explotación inmaterial[20].

Hoy el capitalismo ya no necesita recurrir todo el tiempo a la explotación física, es más factible y eficaz recurrir a las técnicas psicológicas y a todo su corpus teórico para explotar el interior del sujeto para que pueda autosometerse pero a la vez que ese autosometimiento no se sienta tan coercitivo o que simplemente no se sienta, más bien debe permitirle al sujeto sentirse libre, sentirse sujeto autónomo, hacerlo sentir que tiene movilidad en lo que hace. O como ejemplifica Žižek[21]: hoy los magnates les “otorgan” independencia y libertad a los equipos especializados de trabajo para que estos se sientan jefes autónomos de lo que se hace dentro de una empresa, les dan oportunidad de elección y hasta cierto punto, son determinantes en las decisiones importantes del rumbo de las empresas, pero eso sí, bajo el mismo salario de siempre.

La psicopolítica también explota lo positivo, hoy vivimos en la sociedad positiva como explica también Han, en donde no hay espacio para la negatividad[22]. Hoy lo positivo sirve para rendir más, para ver lo que no puede ser positivo lo más optimistas posible. De ahí entonces que contraten psicólogos en la industria o en cualquier otro lugar como consultores, consejeros o motivadores para aumentar el proceso de producción o la adaptación a lo que el sistema demande en ese momento.

O como bien diría Erich Fromm, así como se aceitan las máquinas, los psicólogos “aceitan” también a las personas con lemas agradables, con comprensión empática y estrategias de afrontamiento frente a su malestar[23].

Tanto Néstor Braunstein como Erich Fromm, consideran a la psicología una “técnica”[24] o “instrumento”[25] para el control y la adaptación: para decir qué es normal en el capitalismo, quiénes son los que funcionan y los que no, tratar con todo su arsenal técnico a aquellos que no tienen “buenas emociones”, “buenas estrategias de afrontamiento”, “pensamientos positivos”, para readaptarlos lo más que se pueda. La psicología refina la explotación, la hace más sutil, menos perceptible. El término equivalente de los estragos de la explotación capitalista en la psicologización es “estrés en el trabajo” o “depresión mayor”.

Como psicólogos, ahora se debe eliminar terapéuticamente todo bloqueo mental. Bien nos recuerda Ian Parker: hoy se prefiere el cambio individual que el social[26] porque la psicología está obsesionada con el individuo[27]. Quizá para aclarar un poco más esto, es justo recurrir a la cuestión de cómo ese enfoque en la responsabilidad individual se presenta cada vez más, solo por poner un ejemplo, en las campañas “eco-friendly”: nos enseñan a usar a las personas más productos ecológicos o mejorar nuestros hábitos haciéndonos creer que lo que hagamos en casa va a funcionar: quizá en cierta medida, no lo voy a negar, pero se dejan de lado aspectos, o más bien, estas acciones e imperativos individuales ocultan cuestiones de otro orden, o más bien, ocultan el orden mismo, parafraseando a Žižek[28]. El mismo ejemplo aplica para la situación crítica de hoy: en la pandemia que vivimos actualmente, se escuchan discursos de cambiar los hábitos propios para mejorar todo lo demás, y por lo tanto, estos discursos hacen que se oculten e invisibilicen cosas más importantes como el sistema que desató la pandemia. De ahí que Pavón-Cuéllar ubique a la pandemia como síntoma del capitalismo.

La premisa de ser animales políticos (zoon politikon), es decir, entes que vivimos en sociedad, como argumenta Marx[29], se borra a la luz de las teorías y técnicas psicológicas. La psicología con su psicologización conduce a una despolitización, a un desinterés de las condiciones reales de existencia, de lo realmente importante, un desinterés a las condiciones de opresión que hoy existen, condiciones que nos han constituido como sujetos. A modo de paréntesis para finalizar este argumento, además para evitar cualquier reduccionismo, el propio Marx argumenta que las circunstancias nos han hecho en la medida en que nosotros hacemos también a las circunstancias[30].

Por otro lado, no es raro entonces que la psicología critique a la psicología crítica cuando la primera le reprocha a la segunda que esta quiere hacer todo “político” como bien señala Parker: ¿no es acaso ya esta despolitización, esta psicologización, una forma política en sí?[31] La psicología a pesar de su renuente obsesión con su neutralidad es política y deja entrever siempre en sus prácticas a las que denominan éticas esa complicidad con el sistema y sus ideas. Recordemos que las ideas de la clase dominante, los capitalistas, son las ideas dominantes[32], reproducidas en los diversos aparatos ideológicos: la producción de las instancias intelectuales, de la academia, se subordina a esas ideas burguesas.[33]

Comentarios finales: servilismo, crítica y transformación

Ya para concluir, hago énfasis en la pregunta formulada a modo de título para esta exposición: ¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiantes? Hoy hace falta una psicología crítica, no porque nos fuéramos a dedicar a ella como si fuese una especializante ofertada o una corriente teórica específica. Más bien, necesitamos tener una postura crítica hacia nuestra psicología como nos ha explicado en diferentes ocasiones el Dr. Pavón-Cuéllar: por su estrecha relación con el capitalismo y sus relaciones de dominación, por su carácter ideológico y su desbordante psicologización, por perpetuar que el capitalismo siga ganando terreno no solo en la psique sino en la misma sociedad.

Naturalmente podrán objetar algunos y algunas: pero tú eres o estás a punto de ser psicólogo, ¡¿cómo estás criticando a lo que te dedicarás?!, ¡esta carrera tiene mucho que ofrecer y mucho por hacer!. Precisamente es por eso mismo por lo que la critico: no la critico porque no sirva para algo, más bien, la psicología sirve para todo hoy en día y justamente no quiero caer en ese servilismo tan perverso, tan injusto para la mayoría, un servilismo que trata de humanizar lo inhumano como el mundo de las mercancías; no quiero ser “profesionista de la ideología” capitalista.

Pero ojo, no se puede combatir a la psicología desde fuera de ella: hay que conocer sus reglas, sus discursos, sus intenciones, sus determinaciones. Recuerdo bien una frase de Bauman, pero mejor lo cito textualmente: “No existe otra manera de alcanzar la liberación más que someterse a la sociedad y seguir sus normas. La libertad no puede obtenerse en contra de la sociedad”[34]; o como bien se nos quedó grabado a algunos en la clase del Dr. Daniel y en palabras de Fernando: hay que combatir a la Matrix desde la Matrix. O parafraseando al Dr. Pavón-Cuéllar[35], si queremos ser críticos de la psicología tendríamos pues, que lidiar con la psicologización. El mismo libro que estoy presentando fue publicado en una de las empresas más capitalistas de todas, su dueño, Jeff Bezos es el hombre más rico del mundo. Quizá habrá que someternos pero ser conscientes de que lo estamos haciendo; habrá que someternos hipócritamente para luchar desde dentro.

Otros podrán objetar: pero no estás haciendo nada. Probablemente no, pero quizá una postura crítica sea un primer paso a la transformación de nuestra psicología, o el olvido de esta para dar paso a nuevas posibilidades de conocimiento de nuestra realidad y de los mismos sujetos, incluso desde nuestra trinchera estudiantil pero apuntando hacia una trinchera que no esté obsesionada con el individuo, con el “yo”. Y probablemente estas críticas que se le hacen y le hacemos a la psicología se encaminen también a esa transformación no solo de la disciplina, sino también del mundo y las condiciones actuales.

Con esto terminaría la charla. Agradezco a todos y todas los que pudieron conectarse a la transmisión.

31 de octubre de 2020

Luis Pablo López Ríos

Referencias


[1] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Teoría y Crítica de la Psicología 209, núm. 2 (2012): 202–9.

[2] Ibíd.

[3] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

[4] Ibíd., p. 126

[5] Michel Foucault, El orden del discurso (México: Tusquets Editores, 2016).

[6] Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004).

[7] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

*David Pavón-Cuéllar, “Generalización, cuantificación, objetivación: del sujeto del comunismo y del psicoanálisis al todohombre del capitalismo y del paratodeo psicológico”.https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2019/07/22/paratodeo/

[8] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Op. Cit.

[9] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[10] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. (México: Itaca, 2019).

[11] Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985)”, Teoría y crítica de la psicología 8 (2016): 293–302.

[12] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[13] Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit., p. 126

[14] Klaus Holzkamp, Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985), Op. Cit., p. 298.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, Op. Cit., p. 88; Néstor Braunstein, “Introducción a la lectura de la psicología académica”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), 329–60.

[16] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

[17] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad, Op. Cit. p. 100.

[18] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes, Op. Cit., p. 90

[19] Byung Chul Han, Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (Barcelona: Herder, 2014).

[20] Ibíd., pp. 41-42

[21] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo (Barcelona: Anagrama, 2020).

[22] Byung Chul Han, La sociedad de la transparencia (Barcelona: Herder, 2013).

[23] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956).

[24] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”. Op. Cit., p. 74

[25] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Op. Cit., pp. 144-145

[26] Ian Parker, Revolution in psychology. Alienation to Emancipation (Londres: Pluto Press, 2007).

[27] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology”, Theory & Psychology 9, núm. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[28] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Op. Cit., pp. 93-94

[29] Karl Marx, “Introducción a la crítica de la economía política de 1857”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 121–41.

[30] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

[31] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not”, Social and Personality Psychology Compass 1, núm. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[32] Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”. Op. Cit., p.71

[33] Marx y Engels, Manifiesto Comunista. Op. Cit., pp. 26-27.

[34] Zygmunt Bauman, Modernidad Líquida (México: Fondo de Cultura Económica, 2003).

[35] Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. Op. Cit., pp. 99-101

https://versuslapsicologia.mx/2020/09/18/un-intento-de-lectura-sintomal-de-la-etica-en-psicologia-parte-i/

La COVID-19 frente al Manifiesto Comunista: ¿profecía cumplida?

“La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros.
Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”
(Marx y Engels, 1848/2004)

El mundo se ha paralizado. Una pandemia ha azotado y frenado el desarrollo tan anhelado, prometido y aparente en nuestra sociedad. Los sistemas políticos, el económico y el social se encuentran en una crisis inevitable. ¿Deberíamos, pues, echarle la culpa a la COVID-19? o por el contrario, ver lo real de la situación, más allá del síntoma. ¿Qué nos adelantaban Marx y Engels en el ya emblemático Manifiesto Comunista hace más de 170 años? ¿De qué nos serviría retomar hoy lo escrito en este manifiesto? ¿Tendrá sentido pensar en la supuesta “nueva” “normalidad” que los medios diseminan constantemente?

No cabe duda que la crisis actual, más allá de una crisis sanitaria, representaría la crisis de algo más, de algo más profundo. La enfermedad COVID-19 ya no es en sí la enfermedad; sus cifras mortíferas son solo un signo de que algo anda mal entre nosotros, en la sociedad misma. De este modo, este artículo pretende aproximarse a algunas premisas que considero (y varios también) vigentes expuestas por Marx y Engels para entender “la pandemia” hoy. El artículo no pretende ser una reseña del Manifiesto, sino que nos apoyaríamos en este para hacer una crítica a la situación actual y quizá ver aquellos destellos del camino al cambio que deseamos. De igual forma, tomaremos algunos aportes recientes que Pavón-Cuéllar nos ha dejado para entender la pandemia como síntoma de “algo más”: el capitalismo.

La “profecía” cumplida de Marx y Engels: crisis en la sociedad burguesa

El brote del SARS-CoV-2 en Wuhan, China, resultó ser caótico. El virus se esparció a todos los continentes, incluso llegando a los lugares más recónditos en donde el capitalista no se imaginaba que existían pero que sin duda estaba presente. La crisis sanitaria no solo produjo temor y paranoia en la gente, sino que también, tuvo consecuencias más allá de ser una mera cuestión de salud. Hoy la crisis sanitaria deja entrever la insostenible voracidad del sistema actual, aquel que lo inició todo explotando la naturaleza en aquel país en donde prolifera la venta de animales exóticos para consumo cotidiano; quizá no hubiera pasado si el capitalismo no hubiera irrumpido en estos ecosistemas (Pavón-Cuéllar, 2020a), convirtiéndolos o aprisionándolos como fuerza productiva de capital. En este sentido, la COVID-19 no tendría la culpa de la crisis económica y social en la que nos encontramos y tampoco sería el “centro de atención”, sino que sería el mismo sistema que con su omnipresencia, explicada por Marx y Engels, recluta todo a su favor a costa de la destrucción y explotación de la vida con fines de acumulación de capital.

Las fuerzas productivas, como Marx y Engels (1848/2004) ya adelantaban, alcanzan niveles de desarrollo que llegan a ser incontrolables para la clase dominante en turno, produciendo así entonces una crisis para aquellos que detentan estas fuerzas productivas. La clase burguesa, los capitalistas, convierten y explotan todo lo que pueden en medio de producción: lo exótico, lo natural, lo no-humano: el mercado de animales exóticos en Wuhan, China, por ejemplo. Todo entra en las fuerzas productivas. Sin embargo, esta obsesión de convertirlo todo a su favor, de tener fuerzas productivas en demasía para lograr sus fines, rebasan la capacidad de manejo la clase dominante tiene sobre estas. Al respecto se menciona:

Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros” (Marx y Engels, 1848/2004, p. 28). (Cursivas mías)

Lo explotado y convertido en fuerza productiva, como lo que dio origen al SARS-CoV-2, resulta “demasiado poderoso” para la clase capitalista (Marx y Engels, 1848/2004): las relaciones de producción capitalistas resultan “demasiado estrechas” para contener lo producido en su seno (ibíd.; p.29). Esta estrechez revestida de pandemia, solo deja de manifiesto la incapacidad de control del capitalismo sobre lo incontrolable, a pesar de que se presente como sistema omnipotente e “ilimitado” (Alemán, 2019). No obstante, el capitalismo no quiere desistir y vendrá con sus vicisitudes y, por el contrario, recurrirá a la destrucción de ciertas fuerzas productivas, conquistando nuevos mercados y explotando intensamente algunos antiguos (Marx y Engels, 1848/2004). Hoy se apuesta por el “home office”, por la venta y consumo en línea (¿explotación a domicilio?), por la rotación de trabajadores para que las empresas no pierdan ni un solo centavo, por la “optimización” del tiempo y la toma de “medidas sanitarias” (como si realmente lo sanitario fuera el meollo del asunto), la excesiva carga de trabajo, el recorte de salarios…

Hoy la crisis “por” la COVID-19 rebasa lo sanitario. Aumentó el desempleo, se acentuaron las desigualdades, crisis en los Estados burgueses; la lucha de clases es hoy más vigente que nunca entre aquellos que no desean ver afectada la acumulación de capital y los que desean luchar por la vida y el sustento. Un ejemplo lo tenemos en los voraces de Elon Musk o Jeff Bezos, quienes aumentaron considerablemente su riqueza mientras que gran parte de la población sufre los estragos de “la pandemia”. Obligan a trabajar explotándolos desde casa, otros tienen que arriesgar su vida y la de los seres queridos por el sustento diario; la biopolítica y psicopolítica se unen al servicio del neoliberalismo.

La “profecía” de Marx y Engels se ha cumplido: el capitalismo está en crisis, crisis disimulada por la pandemia, crisis de su obsesión, arrogancia, prepotencia y necedad por la acumulación capitalista. Las “fuerzas productivas” se han rebelado ante las relaciones de producción burguesas (Marx y Engles, 1848/2004). Hoy el capitalismo se encuentra en un callejón sin salida, desesperado por subsistir y seguir con vida a costa de la muerte de “otras cosas”. El capitalismo ha fracasado y su obsolescencia queda exhibida cuando solo vela por los intereses de aquellos dueños de los medios de producción y que, ni con esto, son capaces de asegurar la existencia a sus “esclavos” (ibíd.). Como ya anticipaba Pavón-Cuéllar (2020b), la aparición del SARS-CoV-2 se explicaría por la devastación capitalista del planeta, por la insistencia de la clase dominante de explotar aquello que no debió explotarse, aquello “demasiado poderoso” para estos. Las crisis son inherentes al capitalismo y solo dejan entrever su disfuncionalidad como sistema (ibíd.), un sistema caótico, voraz y contradictorio, funcional solo para unos cuantos. Del mismo modo, Pavón-Cuéllar (2020c) complementa su enunciado al hacer énfasis en que esta crisis sanitaria, solo representaría un síntoma (uno solo) de la verdadera enfermedad:

“Aunque los gobiernos estén haciendo su mejor esfuerzo, pero también precisamente porque lo están haciendo, la enfermedad capitalista no deja de agravarse y amenaza con destruir el planeta y aniquilar a la humanidad. Hay que entender bien que lo catastrófico, lo apocalíptico, es el capital y no el coronavirus. El agente viral, tal como ha brotado y se ha diseminado ante nuestros ojos, no es él mismo sino un revelador síntoma del sistema capitalista“. (Cursivas mías)

El “mago” (o brujo) capitalista que Marx y Engels mencionan en la analogía líneas arriba ya no puede sostener sus ilusiones, sus actos se tornan crueles, opacos y descarados a la luz de la explotación de sus materiales en su performance. Sin embargo, deja a la gente con incertidumbre, con ganas de saber qué es lo que va a suceder, el mago ya no solo somete a sus espectadores, les crea una dependencia de seguir presenciando su acto sin sentido, vacío, violento, y estos aplaudirán cada vez que el mago haya concluido con su espectáculo lleno de fantasías (metáfora desde lo propuesto por Jorge Alemán, 2019).

Comentarios finales: el mito de la “nueva normalidad”

La “nueva normalidad” tan anhelada por varios gobiernos y capitalistas, solo habla de que se quieren mantener las cosas como antes: bajo esa “normalidad” conocida pero a la vez revestida con el adjetivo novedoso, dentro de ciertos márgenes, con ciertas leyes, ciertas personas al frente, ciertas empresas, ciertos salarios. Cualquier desviación, como sucede en lo estadístico, será considerada “anormal”. El imperativo de “nueva normalidad” respondería a intereses que siempre han estado ahí, queriendo preservar lo mismo, queriendo, como veíamos en el artículo anterior (AMLO y su compulsión a repetir: entre la pulsión de muerte y el capitalismo), repetir lo pasado para retornar a eso destructivo, a lo inerte, a lo muerto que es el capital. Hoy no necesitamos una “nueva normalidad”, aquella promocionada y ofrecida como panacea que al final mantendrá las cosas dentro de lo conocido. Si esta “nueva normalidad” no conduce a una emancipación del capitalismo, la crisis volverá: quizá con otro virus, tal vez con una guerra nuclear o con una aniquilación total del planeta. La “nueva normalidad” sigue el mismo esquema capitalista: seguirá el imperativo de trabajo, los tiempos controlados, los salarios paupérrimos, la creencia de libertad y un “yo” que todo lo puede frente a las crisis con sus adjetivos como “resiliente”.

Hoy más que nunca necesitamos la vacuna contra la COVID-19. Sin embargo, esto sería como tratar un dolor de cabeza siendo este signo de “otra cosa”: hace falta tratar todo en su conjunto. Lo que hoy necesitamos no es una “nueva normalidad”, a lo que deberíamos apostarle es a una “nueva realidad”, en la que los intereses no sean los de unos cuantos y para beneficio de estos. La ilusión de eternidad del capitalismo se nos muestra porque no pensamos en su después histórico (Alemán, 2019), sin embargo, en el camino nos encontraremos para ese “después histórico”, ese retorno de lo “reprimido” en el capitalismo, como Pavón-Cuéllar lo ha reflexionado en otros espacios citados en este blog; ese camino iniciado por Marx y Engels y el que seguimos los marxistas. Lo que necesitamos, además de la vacuna contra la COVID-19, es la vacuna contra el capitalismo; necesitamos “anticuerpos” que resistan la lucha que se avecina por ese mundo mejor.

Marx y Engels lo adelantaron hace 172 años: el capitalismo está cavando su propia tumba. Pero necesita a alguien que lo entierre con varias capas encima para dar paso a una nueva posibilidad (ni extrañarlo en el “duelo” ni revivirlo cada que se le recuerde) en la que, tal como estos dos emblemáticos autores mencionaron: “En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos” (1848, p.50). La oportunidad existe. Hoy es momento de involucrarnos con la clase trabajadora, superar nuestra fantasía de pequeños-burgueses que se nos engendra en la academia y se refuerza en los trabajos. El trabajo de Marx y Engels sigue vigente, y esa vigencia la adelantaban ellos mismos al afirmar que las condiciones históricas habrán de determinar esa búsqueda del “mundo mejor”.

Referencias

Marx y Freud en nuestras aulas: una ausencia intencionada

Esta ocasión, más que enfocarme en aportes teóricos, en propuestas críticas para la contribución a la temática del blog basadas en autores y autoras importantes, quiero cuestionar y problematizar una situación que se da en nuestras aulas de psicología, al menos en lo que respecta al campus de mi universidad, que ha caracterizado nuestra formación como psicólogos y psicólogas: la ausencia intencionada de Marx y Freud en nuestras aulas, en nuestro programa educativo; en nuestra psicología.

Muchos compañeros y compañeras, docentes o administrativos podrán objetar lo antes mencionado; argumentarán que un retorno a Marx y a Freud (si es que ya han estado en su terreno) no es necesario, y que por el contrario, debemos “actualizarnos”, “modernizarnos” en las “nuevas” prácticas en psicología; incluso los habrá quienes argumentan conocer a Marx y a Freud, pero hasta ahí, no se profundiza en ninguno de los dos, incluso ni se mencionan en clase, y si con suerte llegan a mencionarse, forman parte de “líneas del tiempo”, de distorsiones y abstracciones teóricas sin sentido, de suposiciones ideológicas y argumentos sin fundamento. Claramente no está del todo perdido este retorno a Marx y Freud; hay quienes lo han hecho, no siempre de manera explícita, pero sí a través del discurso contrahegemónico de algunos compañeros(as) y docentes, y a través de espacios de diálogo que pueden apuntar a una “nueva psicología”.

Así entonces, trataré de dirigir este breve escrito hacia dos caminos: el rechazo hacia Marx y Freud en nuestras aulas de psicología, por una parte; en el otro sentido, el necesario retorno a Marx y Freud que tendríamos que comenzar como estudiantes.

El rechazo hacia Marx y Freud en nuestra psicología: distorsiones, ausencia e ignorancia

Karl Marx (1818-1883) | Sigmund Freud (1856-1939)

Tanto Marx como Freud, contemporáneos en algún momento de su vida, cambiaron la forma de ver el mundo; fueron dos revolucionarios teóricos que llegaron para repensarse lo que se daba por sentado (y a la fecha). Para bien o para mal, distorsionados o no, todos conocemos a Marx y a Freud, hemos oído hablar de ellos, los vemos tal vez en textos, en cualquier disciplina de ciencias sociales son nombrados (a veces solo fugazmente). Sin embargo, en nuestra psicología, que es la que nos importa ahora en este escrito, ¿cuándo se han tomado en serio los aportes de Marx y de Freud? o una pregunta mejor planteada, ¿cuándo hemos revisado lo que Marx y Freud plantearon?

En primera instancia, y a quien se relaciona más en psicología, Freud ha sido rechazado y distorsionado en nuestra psicología (y no solo en mi universidad). Rechazado por la complejidad de sus argumentos, de su revolución teórica, por su “falta de cientificidad”, es decir, por no tener un fundamento científico en lo que él planteaba. Tachado de “pseudocientífico”, el psicoanálisis freudiano ni siquiera es revisado a fondo en nuestra psicología, el gremio psicológico supuestamente científico, y en general, muestran una resistencia, pero no una resistencia analítica, sino una resistencia ideológica (Althusser, citando palabras de Freud)1. Esto es claro, el psicoanálisis representa una amenaza a lo establecido, a la forma en que se hacían las cosas en la época en la supuesta ciencia psicológica, y hoy en día, la amenaza es dirigida hacia la comprensión misma del sujeto, de la supuesta autonomía que la psicología clásica y actual engendró en una sociedad burguesa.

El rechazo a Freud se tornó menos explícito debido a la gran distribución de su obra por medio de diferentes autores que se mantenían en cercanía con él, o veían la necesidad de un retorno a sus postulados (como Reich o Lacan). Sin embargo, esto no significa que el rechazo por parte de la psicología “científica” desapareció. Al contrario, este rechazo tomó formas más sofisticadas epistemológicamente hablando. En vez de rechazar a Freud y sus postulados, la psicología trató de absorber (y vaya que lo logró parcialmente) al psicoanálisis, psicologizándolo, robándose sus conceptos: la psicología del yo, el psicoanálisis infantil o del desarrollo, entre otros2. De esta forma, un psicoanálisis psicologizado (o como Althusser llama, un intento de digerir el psicoanálisis desde la psicología)3, un psicoanálisis distorsionado, perdía total capacidad subversiva, perdía todos los elementos que hacían que el sujeto se cuestionara a sí mismo, su constitución como tal; en términos psicologizados (a propósito), su “individualidad”.

Su distorsión continúa hoy presente en nuestras aulas. Escuchamos por los pasillos a psicólogos y psicólogas que dicen interesarse por Freud, que dicen entenderlo; utilizan conceptos como “inconsciente” y “consciente”, frases como “hacer consciente lo inconsciente”, sin siquiera dar cuenta de cada uno de estos conceptos. Piensan el psicoanálisis desde la psicología. Freud está presente y ausente a la vez: presente en el discurso psicologizado, ausente en la práctica subversiva, crítica y verdaderamente científica. Se piensa que revisar la primera y segunda tópica en dos clases establecidas es suficiente; el psicoanálisis es tratado como una simple “teoría de la personalidad”, una “simple teoría” de la “salud y enfermedad mental”. Los psicólogos piensan que saben de psicoanálisis porque lo piensan desde sus marcos teóricos-ideológicos pretendidamente científicos. El psicoanálisis que se nos da en las aulas es un psicoanálisis yoico, que ignora sus represiones, sus determinaciones superyóicas.

En segunda instancia, pero no menos que Freud, lo que Marx vino a hacer tanto en las ciencias sociales como en la propia filosofía claramente fue un golpe de realidad a la sociedad capitalista en turno (en ese entonces, la industrial). Marx, después de sus escritos de juventud aún con una postura idealista hegeliana (dominante en Alemania) pero con tendencias materialistas4, revolucionó la forma en que se vería el mundo real. Ya no se partirían de concepciones idealistas (como sucede en la psicología), ahora se partiría de las condiciones reales de existencia, de la vida misma; ya no habría especulación, sino una verdadera objetividad. El modo de producción real, es decir, de producción para poder vivir, determina el quehacer de los sujetos. Así, un adelantado a la época y a la misma psicología de hoy, Marx y Engels argumentaban que no es la conciencia la que determina la vida (como la psicología supone), sino que es la vida real la que determina la conciencia5. Las producciones mentales serían solo un reflejo ideológico, un reflejo “invertido” de lo real. De esta forma, el sustento ideológico del que parte la psicología y su la supuesta autonomía que le ofrece al individuo, terminan siendo nada a la luz de lo real.

De igual forma, Marx pudo vislumbrar que en los modos de producción (lo real) siempre había una parte que se quería imponer a la otra, es decir, dos clases. Esto mismo confirmado por él en la sociedad del modo de producción capitalista y sus análisis del feudalismo; en el actual modo de producción capitalista: burgueses y proletarios. La sociedad burguesa controla los medios de producción y la fuerza productiva, las ganancias solo se concentran en unos cuantos mientras que el trabajo de los proletarios es remunerado con un mísero salario. En este sentido, sin entrar a detalles en una crítica al capitalismo, se propone una concepción objetiva de la vida, una concepción materialista de las formaciones sociales: las sociedades se forman a partir de sus condiciones reales para vivir, esto es, su modo de producción. Esta concepción, denominada materialismo histórico (Marx no utilizó este término), llevó entonces a una amplia difusión para el análisis de la sociedad: autores como Engels, Plejanov, Lenin, Althusser extendieron el desarrollo teórico (entre otros). Quedo ahora bastante, pero exageradamente, corto para la explicación de la propuesta marxista.

Con todo esto ¿qué tiene que ver la psicología con Marx? El problema reside en que la psicología, nuestra psicología ha ignorado sus aportes totalmente. Aquí ni siquiera hay una presencia-ausencia, simplemente no existe Marx para la psicología de nuestros días (aparentemente no existe), para la positivista, para la adaptadora y alienante psicología. En vez de tomar en cuenta a Marx para la explicación de nuestra historia, se ignora completamente. Esto lo vemos en las supuestas clases de “historia” que se nos dan en la psicología: en vez de interesarnos por cómo saquearon América con fines de mercado en la época colonial, en vez de explicarnos las consecuencias de la sociedad capitalista neoliberal o interesarnos por la lucha de clases que hoy en día vivimos (como la COVID-19 ha dejado entrever actualmente), muy contrario a todo eso, la psicología se limita a contar lo que a su conveniencia es “mejor”. En caso de que no fuera “conveniencia” y fuera simplemente ignorancia, esta ignorancia no hace más que contribuir a que el capitalismo se siga perpetuando: en escuelas, en el trabajo, en la familia, en la sociedad misma.

La psicología sin Marx es simplemente una ciencia de las apariencias, de lo ideológico. El único acercamiento que se tiene por parte de nuestra psicología con Marx, en su ignorancia, es la distorsión de lo que él proponía. Los psicólogos y psicólogas (docentes y estudiantes) que ni un acercamiento por documental han tenido a Marx, difunden la misma propaganda burguesa en contra de un comunismo que es subversivo, revolucionario; esto es, y me atrevo a decirlo, porque sin capitalismo, ¿qué sería de la psicología?

Ya he mencionado anteriormente y en repetidas ocasiones, a partir de la propuesta de Braunstein y Althusser (seguidores de Freud, Lacan y Marx), que la psicología forma un Aparato Ideológico de Estado por sí misma. Nuestra psicología nos dota de ciertos ejes temáticos que deben ser revisados constantemente en clases, son reforzados constantemente, vistos una y otra vez sin cesar. Partimos de un idealismo platónico, un dualismo cartesiano, una “subjetividad” reducida a su comportamiento “objetivo”, observable y cuantificable, un individualismo con potencialidades, y para aparentar ser “más científicos”, una neurologización de la subjetividad. Claro, tenemos en cuenta de vez en cuando los “contextos” que la psicología determina en sus intervenciones de forma a priori: la familia, la escuela, el trabajo, lo “comunitario”. Nunca lo político y económico, nunca lo inconsciente o el aparato psíquico, nunca lo ideológico.

Este encierro en los ejes temáticos impuestos por la psicología no cumplen más que la función de serle leal al capitalismo y al “Yo” que desarrolló y reforzó la psicología como encargo del capital. Se tiene que asegurar un adoctrinamiento, la fuerza de trabajo adaptada, regulada, controlada; descartar aquellos quienes no funcionan en el entramado postindustrial; todo esto mediante pruebas psicométricas pretendidamente científicas. Nuestra psicología actúa como camisa de fuerza, que nos limita a un espacio cerrado de movimiento (sus temas y su campo de acción). Se trata de despolitizarnos, de “desrealizarnos”, de ser un psicólogo o psicóloga más. Se nos repite en las aulas (y vaya que en demasía), la premisa de que “cambiar el sistema” es IMPOSIBLE. Claro, esto es una cómoda postura para ellos y ellas, aquellos que les es más fácil recibir estímulos por cumplir con lo establecido, aquellos a los que les es más fácil subordinarse a lo que un dictamen establezca.

Comentarios finales: el retorno a Marx y a Freud

Me gustaría finalizar diciendo: no todo está perdido. Sí, tenemos mucho trabajo por realizar, mucho por leer y mucho por hacer si de verdad apostamos por una sociedad sin desigualdades. Si bien, la psicología ha absorbido al psicoanálisis e ignorado al marxismo, estos dos no necesitan de “la psicología”. Estos se han encontrado en diferentes ocasiones para formar un frente versus la psicología hegemónica, han creado y actualizado constantemente su propia psicología, una concreta y material, una verdaderamente científica no supeditada al capitalismo. Los aportes existen, solo que jamás nos los han presentado: Vygotsky (sólo vemos la ZDP), Politzer (¿y quién es?), Luria (¿no era el dios de los neuropsi?), Kornílov (¿?); todos estos forman parte de una “psicología marxista”. Más recientemente, Althusser y su retorno a Marx y su crítica de la psicología; Braunstein y su postura althusseriana; Parker, psicoanalista y marxista; Pavón-Cuéllar y su articulación del marxismo con el psicoanálisis lacaniano, entre otros tantos no menos importantes.

Necesitamos del psicoanálisis y del marxismo; necesitamos leer y releer a Freud y a Marx, tal como lo hizo Lacan con Freud, o Althusser con Marx (ambos críticos de la psicología). Ahora, no solo necesitamos de estas dos posturas para un frente teórico político comprometido, sino que también los necesitamos para cuestionar nuestra propia constitución como sujetos, es decir, cuestionar lo que nos ha hecho sujetos (en el doble sentido: sujetados y subjetivados). El compromiso de la psicología, si es que aún podemos hablar de ella como tal, no debe ser con un sistema económico encargado de violentar simbólicamente, debe ser, por el contrario, con la sociedad misma, y desarrollar un papel ético-político comprometido.

No por ser estudiantes no debamos acercarnos al lado “oscuro” como a mí me gusta llamarle. Pero es necesario que aceptemos, como estudiantes, que no será fácil comprender(se) a través de estos textos como la literatura psicológica ha ofrecido sus lecturas de forma fácil con lenguaje simplista e infantil para asegurar la reproducción ideológica. Es un camino complejo, un camino que hará poner en duda lo que somos y lo que la realidad ha sido hasta ahora.

Referencias

1 Louis Althusser, “The place of Psychoanalysis in the Human Sciences”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 1–44.

2 Ibíd. pp. 20-22

3 Louis Althusser, “Psychoanalysis and Psychology”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 45–87. (pp. 65-70)

4 Louis Althusser, “Sobre el joven Marx”, en La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1967), 39–70.

5 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.





El malestar en…¿la cultura?: de Freud a Parker

Tardé en decidir si realizar o no este breve ensayo por la complejidad que conlleva la lectura de Freud y sus postulados, y a su vez, utilizarlos como fundamento de una crítica hacia el modo de producción capitalista en la que se articula cierta ideología dominante y se reproduce una violencia simbólica constante contra los sujetos, eso a lo que le llamamos “cultura”, en la que se superponen ciertas formas de ser y de actuar. No obstante, quiero invitar al lector, específicamente a aquellos que se han interesado o formado en el psicoanálisis y que mantenga un acercamiento con la crítica marxista, de contribuir a las posibles lagunas que tenga en mi discurso.

En esta ocasión trataré de abordar muy “por encima” dos concepciones del “malestar” que reside en nuestra sociedad. Por un lado, la postura freudiana presentada en la obra “El malestar en la cultura”, publicada en 1930 a casi una década antes de la muerte de Freud, cuyo énfasis reside en la constricción y control de los sujetos mediante la represión de los instintos; y por otro lado, la perspectiva parkeriana en donde encontramos una postura marxista-materialista sobre la materialización de este malestar en el sistema capitalista, misma que se articula en una época relativamente reciente, o al menos, sigue vigente (2007). Con base en lo anterior, las dos propuestas antes mencionadas nos servirán en esta ocasión para realizar una articulación que quizá no les parezca a los psicoanalistas más ortodoxos o a los que han caído en la trampa de la psicologización y podrán tachar de ingenua y burda esta propuesta no innovadora (porque autores y autoras ya consolidadas con una gran preparación han articulado el marxismo con el psicoanálisis).

Cabe mencionar, que la segunda parte de este ensayo se relaciona directamente con la publicación anterior en este blog: “DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva”, por lo que se invita al lector revisarla posteriormente (o previamente).

Superyó y malestar: la cultura como síntoma

¿Qué implica el malestar en la cultura? Si bien no haré un análisis de la obra porque rebasaría en demasía el objetivo de este escrito, sí me enfocaré en algunos elementos claves que fundamentan la crítica hacia el modo de producción capitalista actual (en su fase neoliberal). No perdamos de vista que a pesar de que Freud no criticó tan abiertamente al capitalismo de inicios del siglo XX, e incluso llegando a afirmar que no le concernía la crítica hecha por los marxistas (Freud, 2019/1930), sí planteó algunos elementos que nos pueden servir a nosotros, estudiantes, docentes, activistas y demás, para sustentar una crítica amplia. Trataré, como ya anticipé y siguiendo a Freud, muy brevemente el cómo se instituye el malestar en nosotros a nivel social, o en este caso, cultural.

Freud en su texto de 1930 pone énfasis en cómo el principio del placer y esa búsqueda incesante por la felicidad en los sujetos se ve coartada y modificada por el “mundo exterior”, por una instancia social (la cultura) que reprime el instinto, por un “objeto” impuesto al infante, por un “afuera”. En este sentido, la satisfacción del instinto, ahora en vez de “guiarse” exclusivamente por el principio del placer, mismo que imperaba en la etapa más primitiva del sujeto, ahora está a expensas del principio de realidad, que prohíbe o regula esa satisfacción, generando un sufrimiento intenso (Freud, 2019/1930). El sujeto se verá en un sufrimiento constante al no saber cómo lidiar “correctamente” (sublimar) con su necesidad de placer dadas las restricciones culturales, cayendo así en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad (Freud, 2019/1930, p. 85), no sin antes que el sujeto emprenda una lucha “por la vida” mediante tendencias agresivas hacia la propia cultura. ¿Cómo hace la cultura para mitigar esas tendencias? Se pregunta Freud (p.123).

La “cultura” (a partir de aquí le asignaremos comillas, más adelante aclararemos esto) apelará a la misma agresión del sujeto, pero hará que esta sea introyectada: ¿cómo lo logrará? se preguntará el no-psicoanalista. La agresión es dirigida contra el propio “yo”, en forma de superyó asumiendo una conciencia moral; el superyó le generará un “sentimiento de culpabilidad” (concepto clave en la obra, pero que no abordaremos a profundidad aquí) al yo debido a que este (el yo) ha cometido materialmente, o con el simple deseo, la destrucción del “afuera”, similar a lo que sucede en el complejo de Edipo (incluso Freud afirma que el sentimiento de culpabilidad, ocasionado por el superyó, procede del Edipo, es decir, en el parricidio o en su deseo y su constante temor a la pérdida de amor de la autoridad: el padre; 2019/1930, p. 133); un sinónimo de este sentimiento de culpabilidad, podría ser la “angustia social” (ibíd.; p.125). ¿Qué función cumple el superyó en la “cultura”? Freud afirma:

“… la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada”. (ibíd; 124).

Antes de continuar con nuestro intento de abordar a Freud, es necesario que nos detengamos en el uso de las comillas en la palabra -cultura-. Usé estas comillas porque a pesar de que Freud no haya entrado en la crítica marxista porque no “le concierne” y que el postulado que se presenta en su obra de 1930 mantiene una relativa autonomía respecto a Marx (y sus seguidores), y en la misma, la cultura es vista como escultora de la subjetividad (Carpintero y Vainer, 2017), sí nos da toda una base para explicar lo que sucede hoy en día en el sistema capitalista; la cultura puede ser únicamente síntoma de este, una parte de la superestructura (para recordar a Althusser y el althusserianismo propiamente) y no un elemento aislado en el análisis. En este sentido, y quizá animándome a “criticar” a Freud, dirigir la atención únicamente a la mera cuestión de la cultura y de la subjetividad, sería caer en una especie de psicologización; las preguntas que deberían formularse los freudianos podrían ser: ¿a qué intereses sirve la cultura? ¿con qué fines se coarta la “agresión” de los sujetos y se subjetivan? Ya Braunstein (1975) con una marcada posición althusseriana nos explicaba la necesaria relación entre el superyó y la ideología dominante, es decir, el proceso de sujetación del individuo para adecuarlo al sistema capitalista (y su cultura).

Ya hemos recorrido muy vagamente algunas ideas que Freud propone, poniendo énfasis en el malestar que la cultura causa en el sujeto, sin embargo, en el párrafo anterior afirmábamos que la cultura solamente es síntoma o constituyente también de un proceso alienante que le serviría al capitalismo. Ahora recorreremos la propuesta de Ian Parker, psicólogo crítico británico, marxista y que ha contribuido ampliamente a la crítica de la psicología; le daremos especial atención (aunque breve) a su obra Revolution in Psychology: Alienation to Emancipation, publicada en 2007 (la versión traducida de esta obra se titula: La psicología como ideología: contra la disciplina, publicada en 2010).

La producción del malestar: y la psicología no para

Ian Parker | Sigmund Freud

Hablábamos pues que la cultura puede ser síntoma del capitalismo, pero, ¿en dónde queda el malestar provocado? o mejor aún, ¿es realmente la “cultura” la que produce el malestar? Como se comentaba anteriormente, no podemos pecar de psicologización y quedarnos únicamente con la idea de Freud; la cultura (junto con su respectivo malestar, del que nos ocupamos esta ocasión) responde a los intereses de la infraestructura, de la base económica, del capitalismo. El malestar entonces es producido en el sistema capitalista (Parker, 2007). De “neurosis” pasamos a “enfermedad o trastorno mental”; del análisis pasamos a la psicología adaptadora.

Como ya hemos anticipado en anteriores publicaciones, no se le hará raro al lector que de nuevo afirmemos que los psicólogos y psicólogas sean cómplices del sistema capitalista. La psicología por sí misma es considerada un aparato ideológico de Estado (Braunstein, 1975), en donde se reproduce cierta ideología de forma materializada a través de sus prácticas (Althusser, 2018). Por su parte, Parker (2007) afirma que la disciplina psicológica forma parte de la organización material del mundo, y las mismas decisiones que los psicólogos toman tienen consecuencias en nuestra forma de actuar y de pensar; es por esto que también es importante tomar seriamente el cómo la disciplina nos limita físicamente (p.94).

Nuevamente nos interesamos por la materialización del malestar, los sistemas de clasificación, especialmente el psiquiátrico (DSM). La psicología y psiquiatría, al servicio de las empresas farmacéuticas, proponen un montón de categorías nuevas en sus sistemas para que los trastornos de cada categoría, puedan ser tratados con algún tipo de medicamento (Parker, 2007). Esto, podemos adelantar, tiene dos implicaciones: por una parte generar mayor plusvalía gracias al malestar creado por los “psi”, lo que en pocas palabras es: mayor ganancia para los del poder económico; y por el otro lado, siguiendo a Braunstein (2013), ser un acto performativo, es decir, definir quién es normal (funcional) y anormal (disfuncional), determinar quiénes sí sirven en la “cultura” (en el sistema capital, mejor dicho), y quiénes no, y además, afectar la forma en que los diagnosticados por ese “malestar” (trastorno) piensan y actúan.

El trastorno, malestar, está supeditado al capitalismo, a la industria farmacéutica en compañía con los psi; el malestar se enmarca dentro de los límites de la psicología, del individuo. Aquí es necesario recordarle al lector que el malestar, el trastorno, la neurosis, desde el punto de vista psicológico-capitalista, es un problema meramente del individuo y nada más; es un problema interno y nada tiene que hacerse más que acudir con sus terapeuta más cercano para que este cumpla la función de devolverlo a la “normalidad”. Deseo cerrar con la siguiente cita de Parker (2007):

“En la cultura psicológica, se incita a todos a sentir que son vulnerables, que están ‘en riesgo’ y que cualquier indicio de infelicidad debe ser una señal de que algo está mal con ellos. En esta sociedad [la capitalista], incluso los momentos de infelicidad que podrían llevarnos a reflexionar sobre lo que está mal en el mundo se convierten en signos de patología que deben borrarse; así se refuerza la alienación en la cultura psicológica y se suprime cualquier conciencia de ella”. (p.111). (Cursivas mías)

Haciendo un breve retorno a Freud, al que no le interesaba la crítica hacia el capitalismo. ¿No nos encontramos en esta cita algo parecido a lo que Freud nos explicaba? Nos hacen sentir vulnerables, es decir con ese “sentimiento de culpabilidad”; la reflexión sobre lo que está mal en el mundo, ¿no se asemejaría con el impulso destructivo hacia el objeto impuesto al infante?; la alienación al sistema capitalista ¿no sería equivalente al sometimiento del yo al superyó para evitar la pérdida del amor? Cabe mencionar que Parker no menciona a Freud en el capítulo en el que nos basamos, y ni siquiera es citado en toda la obra.

Comentarios finales

No cabe duda que Freud sentó algunas bases para la crítica del modo de producción capitalista; ¿no será acaso que Freud sí lo criticaba de manera implícita? no lo sabemos con exactitud, pero al menos tenemos estos esbozos en los cuales diversos psicólogos críticos y psicoanalistas han articulado su crítica. Ian Parker nos acerca justamente aún más hacia esta; en vez de quedarnos con una crítica a la “cultura” únicamente, se nos propone señalar de manera constante que ese “malestar cultural” o neurosis, hoy “trastorno mental” es un síntoma de la organización estructural (económica e ideológica) de la sociedad, y la contribución perversa de la psicología en la alienación del capitalismo, de mantenernos en ese “malestar”.

El lector podrá ver muy limitadas mis opiniones, e incluso recorté mucha información valiosa que Freud y Parker nos ofrecen, sin embargo, se hizo de esta manera para evitar un escrito demasiado extenso, y además, ambos autores pueden tener claras diferencias que serían pertinentes abordar por separado. Se le invita a quien lee este escrito que revise ambas obras.

Referencias

  • Althusser, L. (2018). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Práctica teórica y lucha ideológica. Ciudad de México: Grupo Editorial Tomo.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • Carpintero, E. y Vainer, A. (2017). Psicoanálisis y marxismo: historias y propuestas para el siglo XXI. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Freud, S. (2019). El malestar en la cultura. Madrid: Alianza. 1930.
  • Parker, I. (2007). Material Interests: the Manufacture of Distress. En: I. Parker, Revolution in Psychology: Alienation to Emancipation (pp. 94-111). Inglaterra: Pluto Press.

Cambiar “yo” para que nada cambie: la retórica del capitalismo

Mientras leía el capítulo final de “Psicología: ideología y ciencia” (1975), escrito por Gloria Benedito (y en donde también figuran ampliamente los aportes de Néstor Braunstein), me encontré con una serie de denuncias en contra de la psicología y su complicidad con el modo de producción capitalista y su afán de querer cambiar a los sujetos en su individualidad para que todo siga como esté. La cita hizo que me motivara a escribir estas líneas, y que considero importante argumentar. La cita menciona:

“…la producción de todos los cambios necesarios en el hombre para que nada cambie, para que no cambie lo esencial, la estructura, la determinante en última instancia, el modo y relaciones de producción imperantes”. (Benedito, 1975, p.412)

A pesar de que esta aseveración se haya escrito hace 45 años, no cabe duda que hoy nos encontramos frente a la misma situación en la actualidad, solo que esta ocasión, el capitalismo ha sabido mediante su retórica muy elaborada y apoyada por diferentes instancias ideológicas como la propia psicología, esconder a través de premisas muy escuchadas por todos día a día, algunas de estas ya mencionadas en una publicación en este blog: “el cambio está en uno mismo”, “el cambio lo haces tú”, “no esperes a que los demás cambien” entre muchas otras bastante reproducidas en prácticamente todos los lugares en los que estamos. Me propongo entonces en esta ocasión, a elaborar unas (limitadas) reflexiones en torno a este tipo de premisas, cómo se incrustan en nosotros y qué repercusiones tienen a partir de analizar de forma breve, general e incompleta, el modus operandi del capitalismo a través de sus técnicas compradas (como las de la psicología). Al final del escrito pretendo mostrar un ejemplo muy común en la sociedad actual en dónde se puede visibilizar con mayor facilidad la reproducción de esta premisa muy sonada: “el cambio está en uno mismo”.

El modus operandi del capitalismo: la psicología como soporte y técnica ideológica

La psicología hegemónica al servicio del capital se ha encargado de definir (o mejor dicho, de reproducir) lo que es “normal” y “anormal”, lo “sano” y lo “enfermo”, la conducta “adaptada” y la “inadaptada”. Estas definiciones corresponden a ciertas normas (y nos preguntaremos ¿impuestas por quién[es]?) que todos y todas debemos de cumplir y seguir; los estándares impuestos para considerarse “normal”, “sano” o “adaptado” se presentan en función de una serie de demandas y expectativas (¿de quiénes?) que se deben realizar; los psicólogos suelen argumentar que son demandas y expectativas del “medio social” (¿y quiénes dirigen ese “medio social”?). Todas estas demandas y expectativas son difundidas a través de los diferentes aparatos ideológicos de Estado (ya revisados anteriormente): la escuela, la religión, los medios de comunicación, creando así un “sujeto ideal”, un ideal del Yo, en términos psicoanalíticos. Este sujeto tiene ciertas funciones en el “medio” (¿impuestas por quién?), que deben ser cumplidas para seguir perteneciendo a ese medio, de lo contrario, se verá acorralado en la exclusión “social” (¿quién determina a quiénes se excluyen y a quiénes no?).

Para dar respuesta a todas las preguntas planteadas en paréntesis, recordemos lo que Althusser a través de los aportes de Marx con el materialismo histórico: la infraestructura económica es determinante, en última instancia, de las cuestiones ideológicas, jurídicas-políticas. Es decir, el modo de producción imperante en un momento dado (el capitalismo, desde hace casi un siglo) determina qué es lo “normal”, lo “patológico”, lo que se adapta a él, y lo que se desvía. Todo lo normal y lo adaptado, podrán cumplir las funciones que le corresponden en el modo de producción capitalista, no serán una incomodidad o un problema que se tenga que solucionar. En caso de que exista alguien que se desvíe (que cuestione, o no cumpla su función), el capitalismo se verá obligado, mediante sus aparatos ideológicos (como la psicología), en aplicar las técnicas necesarias para solucionar el “problema”.

El capitalismo escoge a nuestra disciplina, dado que esta ha definido (vagamente y con aparente cientificidad) su objeto de estudio como la “conciencia” y la “conducta”, y sobre estos trabaja (Braunstein, 1975), para hacer los cambios pertinentes en aquellos que “lo necesitan”; es la más adecuada para tratar con los sujetos. La psicología se verá en la necesidad de cumplirle al capitalismo, dado que este la financia (métodos, técnicas, etc), sus demandas: readaptar a todo aquel que no cumpla con los estatutos del “medio”, aquel que presenta conductas no admisibles/aceptables que interfieran con el proceso de producción (ahora en el neoliberalismo). La readaptación se realizará mediante sus diagnósticos, mediante los test “estandarizados” (en función de criterios estadísticos de normalidad) y psicoterapias, a través de una lógica centrada en el individuo y su conducta individual (porque es “uno” el que está mal), en el “aquí y en el ahora” para ignorar los determinantes históricos; se le enfatizará al sujeto que su forma de ser (inadaptada), no funciona, que debe cambiar para funcionar. En este sentido, se ignora toda la causalidad estructural, el modo de producción detrás de estas supuestas inadaptaciones (Benedito, 1975; Braunstein, 1975).

Pavón-Cuéllar (2012) enfatiza en esta cuestión de la psicología y su lógica (obsesiva) del individualismo como cómplice del modo de producción: “…consiste en desviar la atención del sistema”, el sistema “no puede ser molestado”, la psicología debe centrar los problemas “en las inseguridades, los complejos, las desesperaciones e impulsividades” de los individuos, en este sentido “no es necesario transformar al sistema” sino al individuo, en vez de realizar una gran “revolución social”, realizar una “pequeña revolución individual en un centro de readaptación social, una clínica psiquiátrica, un consultorio de terapia breve o en un diván de psicoanalista”. Y continúa:

Podemos representarnos la psicología como un alambique del sistema por el que entran seres peligrosamente frustrados e insatisfechos, potencialmente indignados y subversivos, y salen seres sonrientes, satisfechos, tranquilos, relajados, resignados, adaptados. En su indignante complicidad con el sistema, la psicología opta por adaptarnos al sistema, a sus mezquinos intereses, a sus falsos ideales y caprichos perversos, en lugar de adaptar el sistema a nosotros, a nuestras necesidades, aspiraciones y deseos. En lugar de que el sistema sea lo que nosotros queremos, somos nosotros los que debemos ser lo que decide el sistema. Somos nosotros los que debemos ceder. Somos nosotros los que debemos adaptarnos al sistema, como si el sistema fuera digno de que nos adaptáramos a él, como si lo valiera, como si mereciera que todos los psicólogos trabajen diariamente para él, para perpetuarlo, para protegerlo de los inadaptados” (ibíd; 204).

Ha quedado claro, que el problema no es el sistema, es el individuo inadaptado, el anormal, el patológico. El sujeto cree que el problema es él o ella, que debe cambiar para no ser excluido (ya sabemos por quiénes), que si quiere seguir en su trabajo debe cambiar él, que debe controlar su síntoma (por ejemplo, el estrés) ignorando toda causalidad (las condiciones y relaciones de producción) para no generarles un problema en la gerencia, a los administrativos; el alumno debe cambiar (readaptar) su forma rebelde de pensar a contracorriente para obtener el agrado del profesor(a) y pasar la materia, y que este no cuestione su discurso hegemónico (tanto del docente como el de la universidad). Ejemplos hay muchos, en esta ocasión me enfocaré particularmente en la difusión del “cambio está en uno mismo” respecto a la situación medio ambiental en decadencia

La retórica de “el cambio está en uno mismo” en la situación medio ambiental

¿Cuántas veces no hemos visto en Facebook, Twitter, o Instagram que publican un montón de pautas, productos ecológicos, para ayudar al medio ambiente? ¿Cuántas campañas no hemos visto de “recoge la basura”, “reutiliza”? Me atrevo a decir que diariamente nos encontramos entre 1 o 2 publicaciones al día de esta índole. Estas actividades se enfocan en generar en “nosotros” (volvemos a cuestionarnos ya con la respuesta establecida anteriormente, ¿quiénes generan eso?) una especie de conciencia hacia el medio ambiente, argumentando que el cambio comienza cuando uno decide recoger su basura, cuando en vez de utilizar ciertos productos utilizo otros con la etiqueta de “ecológicos”, que si “yo” reutilizo voy a cambiar el mundo y su situación ambiental.

“Necesito cambiar mis hábitos para no dañar al medio ambiente”, es lo que se alega en redes sociales, en las pláticas con amigos. Toda esta publicidad ecológica, si así le podemos decir, está incluso financiada por grandes empresas, por la gran industria. Toda publicidad, de cualquier tipo, cumple una función como aparato ideológico de Estado (medios de comunicación): crear un sujeto ideológico recluido en su individualidad, para ocuparse de sí mismo, ocuparse de sus hábitos ecológicos. Hacen que creamos (¿quiénes?) que el problema de contaminación, el calentamiento global, la extinción de flora y fauna, es “nuestra” culpa, el individuo, y por lo tanto, debemos cambiar nuestros hábitos. En este sentido, estamos tan enfocados en cambiar solamente nosotros y nuestros hábitos, que ignoramos totalmente la causalidad de las afectaciones al medio ambiente: el capitalismo con su lógica extractivista, la expansión territorial de sus industrias, el consumo compulsivo motivado por su publicidad perversa.

El modo de producción capitalista hace de las suyas para desviar la atención, mediante distintas técnicas (medios de comunicación; por ejemplo, los autonombrados “influencers”), de que son ellos (los capitalistas) la causa del problema. Desvía la atención hacia nosotros, hace que “cambiemos nosotros para que nada cambie” y todo siga igual, que el cambio “está” en nosotros y no en aquellos que detentan el poder. Se prefieren hacer acciones individuales en vez de poner en evidencia las acciones de este modo de producción. El “chiste” es disipar cualquier actitud subversiva, cualquier incomodidad para las grandes transnacionales, para que estas sigan produciendo, incluso “productos” placebo como muchos estos que llevan la etiqueta de “ecológicos”. De igual manera, y aunque no me detendré en explicarlo, las marcas más famosas utilizan su lógica “eco-friendly”, para vender más, para generar plusvalía.

El cambio no está en uno mismo. El cambio se debe hacer desde la estructura, hacia y en contra de lo hegemónico, en contra del capitalismo y sus aparatos ideológicos (y las técnicas que de estos emanan), su publicidad, su aparente actitud altruista a la “humanidad”,

Comentarios finales

Se muestra entonces, ahora sí de forma concreta y sin sarcasmo, que el problema es de índole estructural, el problema es el capitalismo y su retórica. El cambio no reside en el individuo; las adaptaciones se hacen a favor del sistema, y la psicología contribuye a esa adaptación (entre otros AIE). Entre más nos enfoquemos en cambiar “nosotros” antes que al sistema, solo prolongaremos el síntoma, el malestar, la culpa.

La cita con la que inicié el escrito, a pesar de lo alejada que está a nuestra temporalidad, se sigue repitiendo, sigue vigente y con nuevas actualizaciones mediante técnicas ideológicas que ayudan a perpetuar el modo de producción y la clase dominantes. El capitalismo se reinventa, no quiere perder terreno, hará todo lo posible por seguir aquí con nosotros, por seguir mintiendo a su favor; hará todo lo posible por adjudicarnos sus errores, nos hará creer que “el cambio está en uno mismo”. Nos hará ver como “inadaptados”, como “enfermos mentales” en los diagnósticos de la psicología financiada por este; nos tratará de readaptar, de excluir si no le servimos a sus intereses. Nos hará creer que con “pequeños gestos o acciones” hacia el medio ambiente podemos cambiar la situación decadente. Se pretende no molestar, por eso necesita de la psicología, para “calmarnos”, para asentir con la cabeza a todo lo que se dice (¿quiénes nos lo dicen? ya sabemos).

El escrito puede quedar muy limitado debido a que no quiero entorpecer las ganas de seguir leyendo, el tema da para mucho más análisis y muchas más reflexiones. Nos toca ser críticos, en conjunto, no de manera individual.

Referencias

  • Benedito, G. (1975). Rol del psicólogo: Rol asignado, Rol asumido y Rol posible. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209.