Síntomas del capital

¿Inconsciente capitalista?

Existe una tendencia notable en la que el capital no se presenta como lo que es, sino que, más bien, se expresa y toma sentido a través de síntomas: ya sea como personificaciones, como sentido común, como mercancías, como discursos académicos o como una pandemia[1]. Sería inútil que el capital se expresara como lo que es fuera de su terreno: un sistema opresor, mortífero, injusto, desigual, patriarcal, colonial, inhumano, racista, clasista, homicida y feminicida, obsesionado con la ganancia. Si esto fuera así, es decir, si el capital se presentara ante nosotros como tal, probablemente estaríamos librados de él desde hace mucho tiempo. Pero es justamente su carácter sintomático, esto es, su despliegue, retorno, transmutación, desplazamiento o condensación en otras formas, lo que impide su superación, renovándose de manera incansable.

En efecto, el capital permanece oculto, es algo intangible. En otras palabras, permanece inconsciente para nosotros, sin embargo, no por ello deja de tener efectos en “nuestras” vidas[2]: en “nuestro” ser, en lo que compramos o en la universidad. Son los síntomas los que nos dan la clave para entender el funcionamiento de lo que subyace a estos, a saber, como mencionamos anteriormente, el capital. No debería impresionarnos lo anterior: Marx lo anticipó hace casi dos siglos[3]. Podremos aventurarnos diciendo que existe un inconsciente capitalista, mismo que fue descubierto por Marx. Siguiendo a Páramo Ortega[4] y Pavón-Cuéllar[5], podemos identificar tres características básicas de dicho inconsciente:

  1. Su núcleo básico es la maximización de la ganancia, su pulsión es la producción de la plusvalía[6], una pulsión de acrecentamiento y acumulación[7], incluyendo a su vez, el origen de la valorización del valor, a saber, la explotación de unos por los otros, del proletariado por los capitalistas.
  2. Puesto que su núcleo es la producción de plusvalía, no le interesa la cualidad, sino la cantidad.
  3. Es un inconsciente idealista, producto de la división mental y física del trabajo, en donde el primero domina al segundo. De ahí que se considere al cerebro como motor de toda realidad exterior[8].

Es el inconsciente capitalista el que domina la vida del obrero, del académico, e incluso, del capitalista más acaudalado. Nadie nos salvamos. Devenimos, de alguna manera, síntomas del capital: ya sea expresando el núcleo básico del capital, o reproduciendo el idealismo burgués, o reduciéndonos a puros número, o tal vez las tres cosas al mismo tiempo.

Si Freud nos ofrece las coordenadas para explicar lo inconsciente “personal-individual” (nótese el entrecomillado puesto que no hay algo propiamente individual), Marx nos ofrece las coordenadas para entender el inconsciente capitalista. Nos limitaremos esta ocasión a tratar de analizar dos síntomas: la mercancía y al capitalista.

Mercancías y capitalistas como síntomas

Mercancías

Tal como lo descubrió Freud, el inconsciente se manifiesta en la vida cotidiana[9], ya sea en las equivocaciones orales o en el olvido. Sin embargo, habremos de admitir también que el inconsciente capitalista descubierto por Marx no solamente se manifiesta en los actos fallidos, sino que también se expresa en los actos cotidianos de la vida. La vida cotidiana no solamente incluye toda actividad práctica humana, sea trabajo o lenguaje, sino también los aparatos utilizados para llevar a cabo tal actividad, a saber, cualquier dispositivo móvil, medio de transporte, accesorio o herramientas específicas, aquellos que, por sus características, es decir, como valores de uso y de cambio, podemos denominar mercancías[10].

Nuestra vida cotidiana en el modo de producción capitalista se encuentra rodeada de mercancías. Cuando tenemos una mercancía con nosotros, lo que realmente tenemos es el trabajo humano invertido en ella[11], sin embargo, no lo sabemos[12]. En efecto, además de que la mercancía se presenta como fetiche encubriendo el carácter social del trabajo humano, también se nos presenta como una formación sintomática de lo que hemos descrito párrafos arriba, es decir, se presenta como síntoma del capital. Veamos más a detalle lo anterior.

Una mercancía, de manera general, es la objetivación del trabajo humano. Sin embargo, bajo el yugo del capitalismo, el trabajo humano no es lo que parece a simple vista, esto es, no es únicamente actividad práctica del ser ni la exteriorización del mismo; es, por el contrario, trabajo enajenado[13], trabajo que no le pertenece al obrero, y por ende, tampoco la mercancía producida por él/ella. Queda así el obrero reducido a pura fuerza física de trabajo, traducida en la cantidad de tiempo en que esta puede ser empleada por su comprador para beneficio propio. Sin entrar en demasiados detalles, puesto que rebasaría ampliamente nuestros objetivos, agregaremos que desde el momento en que se compra la fuerza física de trabajo, el capitalista sabe lo que tal fuerza puede rendir[14] más allá de lo necesario para “reponerse”. Es precisamente en esta extensión del tiempo de trabajo, es decir, más allá del que sirve al obrero para reproducirse diariamente, lo que le generará la plusvalía al capitalista. Creará así un plusproducto con el plustrabajo, en donde el primero le traerá ganancias al capitalista, y el segundo le ocasionará miseria al trabajador, o como diría Marx: “el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el trabajador”[15].

Han aparecido las características del capital en el síntoma mercancía. En primer lugar, la mercancía lleva desde su origen la intención de maximizar la ganancia. Desde el momento en que el capitalista desembolsa su dinero para comprar medios de producción y fuerza de trabajo que crearán el producto nuevo, “es ya capital por su propio destino”[16], tiene la intención, por tanto, de acrecentarse; la mercancía es solo un medio para la riqueza. Sucede, a su vez, que la mercancía esconde la explotación del obrero por el capitalista, por el mismo capital, explotación que crece en la medida en que se extiende la jornada de trabajo y se le hace producir más. En segundo lugar, puesto que la mercancía interesa porque reporta ganancias, lo que importa es siempre su valor de cambio y nunca su valor de uso. Sucede lo mismo con el trabajo del obrero: lo que importa no es su trabajo concreto, la forma útil en la que pueda expresarse, sino tan solo la inversión (cantidad) de su fuerza de trabajo, la forma abstracta del mismo[17]. Al capitalista no le interesa para qué pueda ser usada la mercancía que producen sus trabajadores, sino cuánto ($) va a ingresar a su billetera. En tercer lugar, el idealismo queda expresado en la mercancía por la relación de explotación antes descrita: son solo aquellos los que poseen el capital anticipado, aquellos que tienen los medios de producción y la capacidad de comprar la fuerza de trabajo los que hacen abstracción del trabajo manual; por eso siempre “andan de cabeza”.

De manera general, podemos decir que toda mercancía que tenemos en este momento a nuestra disposición, es un síntoma del capital. En ella no vemos ni la plusvalía, ni la explotación del obrero, ni el idealismo del capitalista, tampoco nos interesa qué hizo con nuestro dinero su vendedor (lo más seguro es que lo reinvirtió para generar más dinero). Todos estos elementos anteriores, propios del capital, retornan en forma de una “simple” mercancía. Estamos conviviendo con el capital sin darnos cuenta. Al disfrutar nuestras mercancías, no somos realmente nosotros los que las disfrutamos, sino, más bien, es el capital el que disfruta de nosotros, el que ríe al vernos usar continuamente lo que fue producto de una explotación. Diremos pues, que la mercancía se convierte en el síntoma perfecto porque de ella no se sospecha nada; ella misma condensa la esencia del capital, el acrecentamiento y la explotación. Las personas no disfrutan de sus lujosos iPhone, tampoco disfrutamos de las compras innecesarias que hacemos por Amazon. Por el contrario, es Tim Cook (Apple) riéndose de nosotros al saber que nos vendió un teléfono en más del 100% de su costo real, o Jeff Bezos (Amazon) al ver cómo compramos compulsivamente mercancías mientras explota a sus trabajadores. Se ríen precisamente porque su truco funcionó. El capital no se presentó como lo que es, sino como síntoma, como mercancía. No importa su forma ni su uso, ni quién la creó; lo único que importa es que el capital se pudo expresar, pudo salir a la superficie sin que sospecháramos de él.

Capitalistas

Pero si Tim Cook o Jeff Bezos se rieron de nosotros, es simplemente porque ellos también son un medio del capital para expresarse. Los estafadores fueron estafados. Ni siquiera ellos actúan con total independencia. No fueron ellos los que se rieron, sino el capital que se encarna y cobra vida gracias a ellos. Todo capitalista es solo “capital personificado”[18], su alma “es el alma del capital”[19] puesto que “su único motivo propulsor”[20] es la apropiación, el acrecentamiento de plusvalía. Marx nos deja la clave al decir que el capital se dota de conciencia a través del capitalista[21], y decimos que es la clave porque es lo que intentamos exponer aquí: la conciencia del capitalista le pertenece al capital, por eso Freud nos recuerda que la conciencia es tan solo un síntoma, y que si queremos, por ejemplo, saber la verdad del capitalista, debemos emanciparnos de tal síntoma[22]. El capitalista, además, se abstrae del trabajo pesado, piensa que el mundo se crea desde las órdenes que emanan de su cabeza, de esa conciencia que es solo una conciencia que personifica otra cosa.

El capital retorna en forma de cuerpo humano: tiene cara para sonreír y burlarse de nosotros, cerebro para determinar sus operaciones, manos para contar su jugoso dinero, órganos sexuales para dejar pequeñas crías que seguirán su legado. Dejaré que Pavón-Cuéllar[23] nos acompañe en esta explicación, por tanto, me permito citarlo ampliamente:

“Cerebro, neuronas y fibras nerviosas son requeridas por el capital para adquirir su psique característica, ambiciosa y despiadada. Sin embargo, una vez adquirida, esta no es más la psique de la persona que posee capital, sino que es el capital el que posee, como un demonio, a la persona que le ha vendido su alma”. (Cursivas mías)

Su persona queda reducida, además, en puras cantidades. Es porque tiene. ¡Hasta son números en las listas de Forbes! ¡Qué risa! Ya no los conocen ni siquiera por su nombre, sino por el número de posición en que se encuentran en la lista de los más ricos. Bezos es el #1, lo que quiere decir que está por encima de n personas (números). El ser del capitalista se divide entre su fortuna calculada en acciones, en el número de propiedades en donde reside y vacaciona, el número de fundaciones a las que “apoya” con su sonrisa cínica, la cantidad de trabajadores que le producen, el número de hijos entre los cuales repartirá su fortuna. La cantidad de su fortuna, acumulada gracias a la explotación, “es cada vez más su única propiedad importante”[24] dado que su “desmesura y el exceso, es su verdadera medida”[25]. Una vez que el capitalista muera, el capital quedará vivo únicamente porque el mismo capitalista ha preparado a sus pequeños para que continúen su legado. El capital siempre resucitará de entre los muertos.

A pesar de que Páramo Ortega[26] haya acertado al diagnosticar a los capitalistas con la “psicopatología de la avaricia”, en el capitalismo esta condición es considerada normal, a lo que todo mundo aspira. De ahí que no aparezca en nuestro gracioso Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales (o como sea que se llame). La psicopatología que sufre el capitalista es su condición normal. Pero, al igual que la mercancía, su personificación, su estado psicopatológico, es otro síntoma clave del capital. Su verdad son las lógicas del capital, es el capital mismo. Su cuerpo es la extensión de aquello que los economistas burgueses criticados por Marx escribieron en sus libros.

Al igual que como vimos en la mercancía, el capital quedó expresado en el capitalista: su tendencia a enriquecerse, su idealismo puesto que se abstrae del trabajo manual sólo dando órdenes con su cabeza, y su reducción a ser cuantitativo.

Comentarios finales: otros síntomas

Lo inconsciente retorna de muchas maneras; lo mismo el capital. Hemos equiparado el capital con el descubrimiento freudiano, pudiendo unirlo de manera provisoria y aventurada (“inconsciente capitalista”). Damos el crédito principalmente a Marx por descubrir tal inconsciente, y a los autores que hemos citado por el momento por contribuir a la descripción del mismo. Sabemos que no son los únicos y con una investigación más profunda con otras/os autores, podríamos enriquecer lo discutido. A quienes hemos omitido por ahora, les damos crédito por contribuir a la crítica.

Hemos identificado, quizás, los dos síntomas perfectos del capital: mercancía y capitalista. Es en ellos en donde cobra vida para poder expresarse. Sin embargo, no por ser los perfectos quiere decir que sean los únicos. Como adelantamos al principio, el capital, como categoría inconsciente, mantiene efectos en los lugares menos esperados. Un ejemplo de ello lo encontramos en la psicología. La psicología se nos presenta como un síntoma del capital puesto que cumple con las condiciones (lógicas) del capital. Podríamos argumentar que su lógica de acrecentamiento estriba en la reproducción de sus teorías fuera del lugar académico, su plusvalía es su psicologización: producen teorías no para entender, explicar o transformar al mundo, sino por pura soberbia, por avaricia teórica. Lo cuantitativo del capital se expresa en la reducción de los sujetos a puros números en cuestionarios, tests, encuestas, cantidad de criterios diagnósticos, sus evaluaciones cuantitativas de grado como determinantes de su calidad académica (CENEVAL en México), las calificaciones en los exámenes, la persecución de los estímulos académicos por parte de los docentes descuidando la calidad educativa, el cuidado del puesto administrativo para no perder su dinero, la publicación de papers irrelevantes, con poca calidad, en exceso. Su idealismo es más evidente: un psiquismo escindido de sus condiciones reales de existencia, emociones entendidas como propias del sujeto, lenguaje entendido como una mera función cognitiva, su pretendida materialidad basada en las neurociencias que termina diciendo nada del sujeto, entre otras.

Los síntomas del capital los tenemos a la orden del día. La única forma de enfrentarnos a ellos es descubriendo su verdad y al mismo tiempo aceptando que existen estas formaciones del capital (síntomas) que nos dominan. Mientras esto no suceda, mientras no aceptemos los síntomas como son, es decir, como velos encubridores de lo real, el capital vivirá. No somos los que viviremos, sino que será el capital el que lo haga a través y a costa de nosotros.

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, El coronavirus como síntoma del capitalismo, David Pavón-Cuéllar http://oktubre.cl/2020/04/06/el-coronavirus-como-sintoma-del-capitalismo/

2 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), En El malestar de la cultura y otros ensayos, Madrid, Alianza, 2010.

3 Karl Marx, El Capital I. Crítica de la economía política (1867), México, Fondo de Cultura Económica, 2014.

4 Raúl Páramo Ortega, “Dinero y Adicción. Patología social como subproducto cultural del capitalismo”, en El psicoanálisis y lo social, Valencia-Guadalajara, Universidad de Valencia-Universidad de Guadalajara, 2006.

5 David Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies” en Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology?, Londres, Routledge, 2017.

6 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 256

7 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op. cit. pp. 16-18

8 Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), México, Colofón, 2008, p. 176

9 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Madrid, Alianza, 2011.

10 Marx, El Capital I…, op. cit., pp. 41-42

11 ibid., pp. 44, 72-73

12 ibid., p. 74

13 Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Alianza, 2013.

14 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. pp. 175-176

15 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit. p. 137

16 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. p. 135

17 ibid., p. 44

18 ibid., pp. 141, 208

19 ibid., p. 208

20 ibid., p. 141

21 ibid.

22 Freud, “Lo inconsciente” (1915), op. cit., p. 274

23 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op cit., p. 18

24 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit., p. 190

25 ibid.

26 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 254

Psicologización de la vida cotidiana

Los hombres no relacionan unos con otros
sus productos del trabajo como valores porque esas cosas
valgan para ellos como las envolturas puramente
materiales de un trabajo igualmente humano.
Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos
como trabajo humano […]. No lo saben, pero lo hacen.
(Marx, 1867, p. 74)

Es un fenómeno muy frecuente el de que en la equivocación
se abra paso precisamente aquella idea que se quiere retener […].
[…] Mi paciente no sabía lo que inhibía,
ni siquiera si inhibía alguna cosa.
(Freud, 1901, p.88).

Este texto corresponde a una continuación de dos anteriores en los que he abordado la ficción del psiquismo en el capitalismo: un psiquismo estudiado por la psicología, que lleva, entre sus más notables adjetivos, el carácter “autónomo”. Los significantes de la psicología, compartidos ahora fuera de la academia, producen cierta cadena de la que parece imposible librarnos, una cadena que nos sujeta y no deja que nos apartemos de ella.

La psicología y lo psicológico, han desbordado su origen, su lugar en la universidad y en el consultorio. Si antes la preocupación de los psicólogos era que alguien ajeno a su círculo intentara apropiarse de sus contenidos, ahora la preocupación reside en que su contenido no sea lo suficientemente eficaz para alcanzar a todos y todas, de cualquier género, en todos los lugares, país o trabajo. La preocupación de hoy (¿exclusiva de la psicología?) es que no se esté hablando el lenguaje de la psicología.

La psicología ha pasado a ser el representante del capitalismo en el nivel subjetivo, esto es, nuestra psicología se inscribe en lo “individual” como la que guía nuestras formas de ser, hacer y hablar, pero que mantiene oculto a quien representa, el capital y sus personificaciones en la finanza o la industria. En otras palabras, cuando hablamos de representante de alguien o algo más, esto quiere decir, que no es el representante la verdad misma (ese “alguien o algo” representado): por eso es representante. Una representación no es lo mismo que lo que se representa, claro está, pero no por ello, lo representado deja de estar en el momento de la representación. La verdad de la psicología queda oculta, como ya lo hemos argumentado. Pensar la psicología al margen de la estructura, al margen del modo de producción, simplemente sería una tontería. Cuando la psicología habla, no es ella la que habla realmente. Lo dicho en sus teorías es pura abstracción.

En este sentido, propongo este texto tratando de abordar algunos ejemplos que son propios de lo que autores han denominado psicologización, o como se ha nombrado en este espacio: fetichismo de lo psíquico. El hecho de recurrir a ejemplos no quiere decir que vayamos a prescindir de la argumentación teórica, por eso será siempre necesario acordarnos de algunos autores que (considero) nos han dejado el legado de la sospecha, de la crítica: Marx, Freud, Althusser (entre otros que se han seguido su legado y se han apoyado en alguno de los tres o en los tres en conjunto). Este último autor, Louis Althusser, nos ofrece una herramienta original que articula a los dos primeros. La lectura sintomal (que me atrevería a decir que es lo que hoy se llama análisis crítico del discurso, siguiendo la línea de Pavón-Cuéllar1), identificada en Marx por Althusser2, la utilizamos aquí hace un par de meses, sin embargo, he de admitir que mi análisis fue muy superfluo puesto que abordaba un texto propio de la psicología que en su momento revisé para una clase, su código ético, y por ello, (in)motivado por mi clase para traerlo al debate, incurrí en un análisis apresurado.

Verdad de la psicología y psicologización en la vida cotidiana

Fue a partir de Freud3 que nos pudimos percatar que hasta en los más sencillos actos de la vida diaria, se oculta el verdadero sentido de lo que se dice. Lo dicho no hace sino ocultar el decir. Confesamos involuntariamente4 al equivocarnos en el discurso, o mejor dicho, para efectos de nuestro objetivo (aunque tengamos que diferir parcialmente del estudio freudiano), confesamos algo sin quererlo aun cuando pronunciamos el discurso de la psicología sin equivocaciones: da igual si decimos “tra-n-storno” o “trastorno” mental. Tomé este significante por ser el primero que se me ocurrió, pero no necesariamente tenemos que remitir al lenguaje técnico de la psicología para lo que pretendemos hacer. Basta con analizar cómo algunas frases expresadas por “gurús de la mercadotecnia” hacen uso del discurso de la psicología para justificar la verdad tras lo dicho, o en grupos de apoyo psicológico para personas que en su mayoría no son psicólogos, se comparta un sinfín de contenido de la psicología. Veamos un ejemplo de este último y algo de su contenido, puesto que es prácticamente lo más cotidiano hoy en día: ¿Quién no ha utilizado alguna red social en los últimos treinta minutos?

Un grupo en Facebook con 259 mil miembros, llamado “Psicología”, está destinado a “aportar contenidos y materiales informativos acerca de la psicología y todo lo relacionado con ello” en el que “no solo el administrador” sino también los miembros “pueden ser partícipes de esto”. Su descripción informativa ya nos presenta, de entrada, un problema que nos debería de preocupar.

Si nos limitáramos a leer de manera literal lo escrito y hacer alguna inferencia, las cosas no son nada complicadas: un grupo de psicología que distribuye contenido psicológico, en la que puede participar todo mundo, aunque no sean psicólogos. En sí, no hay problema alguno. La cosa se torna complicada cuando leemos de manera sintomal, es decir, cuando se “descubre lo no descubierto”5 a través de una “mirada instruida” al “cambiar de terreno”6. Nuestra lectura, entonces, supone la existencia de “dos textos”, en la que el segundo texto “se articula con los lapsus del primero”7. Dejaríamos de lado tanto el texto manifiesto como la inferencia banal que acabamos de hacer.

Si ponemos atención, es decir, si leemos el texto-síntoma como lo que es, como síntoma revelador de la verdad, podemos proceder de forma introductoria preguntándonos: ¿Qué tipo de aportes y materiales sobre psicología se distribuyen en el grupo? Es algo que no se dice. Para nada pienso que sea psicología crítica, está claro: basta con poner el término en la barra de buscar y los resultados serán nulos; de esto podemos afirmar que la psicología que se distribuye en tal grupo es la psicología normalizadora con facha humanista (aunque no se diga; si hay dudas, lo veremos más adelante), pero ¿por qué ni un rastro de crítica alguna? Otra pregunta que podemos traer a flote: ¿de qué manera, independientemente del contenido psicológico, se está distribuyendo tal material? Veamos esto.

Si ingresamos al grupo (cada uno lo puede hacer dado que es público y no es necesario ser miembro) nos daremos cuenta que los contenidos compartidos no son, en su mayoría, artículos académicos, sino que son contenidos psicológicos traducidos en memes, en frases motivacionales, o en cualquier otra forma (síntoma) que no sea académica, lo que esto indica, es que el saber psicológico se traduce en sentido común, y es en el sentido común en el que se “sintoniza a las mentes”8.

Siguiendo esta línea, diríamos que 259 mil “mentes” se están “sintonizando” a través de lo psicológico. Pero aquí lo psicológico no es la verdad en sí, no es ni siquiera el problema real. El meme o la frase motivadora es una extensión de lo psicológico: el sentido común y la psicología se unen para formar un velo denso, casi infranqueable. La función del sentido común, en este caso, es permitirle a la psicología que se explique más de forma que sea mejor entendida por sus interlocutores. Pero, insisto, la psicología no es la verdad, es un velo formado por ella y su traducción en el sentido común.

No es necesario detenernos de manera profunda en la lógica de la psicologización discutida en los dos ensayos anteriores y en algunos otros. Basta tan solo inferir que cuando la psicología habla y se transforma en sentido común (meme o frase) para “psicoeducarnos”9, no es únicamente la psicología la que habla y se articula en el sentido común, y esto por algunas razones: 1. Cuando invocamos a la psicología tal como la conocemos, partimos del yo como ente autónomo que solo recibe estímulos (eso que se entiende por “social” en las clases de psicología social) que puede moldear a su gusto. Esto es problemático: al concebir al yo como centro de nuestra atención, caemos en un hoyo idealista del que, difícilmente, se puede salir si no “cambiamos de terreno” como nos dice Althusser10. Tal como nos recuerda Marx11, la psicología no hace sino “orgullosamente abstracción” de nuestra vida real, del modo de producción en el que nos encontramos. Lo real desaparece ante nuestros ojos. La psicología habla en nombre del idealismo; 2. Pero este idealismo, no viene de la nada. Es, por el contrario, la posición favorita de la clase burguesa, aquella dueña de los medios de producción, amo del saber-hacer del esclavo, esa clase a la que solo le basta su voluntad o su cerebro para dirigir la producción y disfrutar de la plusvalía. Esto último, la producción de la plusvalía, característica esencial del capital, es lo real que queda oculto en el idealismo, y posteriormente en la psicología.

Entonces, la psicología se convierte en “portavoz”12 de quien(es) le confieren su lugar en la estructura, o como dijimos al principio: se convierte en representante cuando lo que se representa (el capital) no puede salir a la luz como tal. Así, además de estar sintonizadas las mentes de los 259 mil miembros del grupo, a su vez, gracias a la psicoeducación (por encargo del capitalismo), ya son 259 mil psicólogos los que se encuentran en el grupo.

Veamos un ejemplo más claro de esto en el mismo grupo en cuestión. Un ejemplo de cómo la psicología se traduce en el sentido común para reforzar el velo ideológico. Alguien en el grupo publica una imagen en la que versa lo siguiente:

“Paz mental. No puedes controlar las situaciones externas, pero sí puedes controlar cómo reaccionas a ellas”.

Nos encontramos primeramente con una estructura algo llamativa, como si fuera una definición en un diccionario físico o virtual: “Concepto. Definición”. No nos vamos a detener en el “concepto” (paz mental) por cuestiones de espacio y porque podemos hacer una inferencia de esta a partir de la “definición” que se presenta. La frase “No puedes controlar las situaciones externas” nos presenta algo bastante preocupante. Esta oración se nos pone de frente como una orden, una regla, un imperativo en forma negativa, algo que “no podemos hacer” y que, seguramente si lo llegamos a hacer, habrá una sanción ¿por quién? no se nos dice, así como tampoco se nos dice quién formula dicha regla. Además, el hecho de “no poder controlar” implica también, no poder cambiar algo, puesto que, si no hay control sobre ese “algo”, las cosas siguen su curso, siguen sin modificación alguna, sin cambio. El no-control implica un no-cambio.

Hay alguien o algo que se dirige a nosotros de manera imperativa, casi hasta de forma agresiva: “¡No puedes (…)!”. La clave se encuentra en la segunda parte de dicha oración: “las situaciones externas”. Ese “alguien” o “algo” que nos dice ¡No puedes! está en esas “situaciones externas”, es decir, la orden, la regla, viene desde lo externo y no desde dentro del sujeto (como argumentaría Byung Chul Han). Es de las “situaciones externas” de donde proviene la orden, puesto que se nos dice que no las podemos (ni debemos) cambiar, tal vez porque si cambiamos tales situaciones algo malo nos podría ocurrir. Podemos sospechar dos cosas: 1. La orden proviene de aquello que teme ser perturbado o “cambiado”, o 2. La orden la emite el guardián de aquello que no debe ser cambiado. Vayamos más adelante con la última parte.

Pero sí puedes controlar cómo reaccionas a ellas” mantiene la misma estructura imperativa pero ahora en forma permisiva: “sí puedes” hacer esto, pero no lo otro. Lo que sí está permitido es reaccionar a la situación externa, no perturbarlo ni cambiarlo, solo reaccionar, una acción que se queda en el plano individual, puesto que “reaccionar” es una acción propia, intransitiva, que no recae en nadie sino tan solo en uno mismo: solo podemos reaccionar en nosotros, dejando que “la situación externa” nos haga reaccionar quedando esta intacta en su totalidad. Se vuelve a presentar la misma cuestión: ¿Quién(es) o qué está emitiendo tanto la prohibición como el permiso?

Quizá “paz mental” nos dé una parte de la respuesta. La noción de “paz mental” nos lleva a pensar en la psicología, en el psicólogo, en lo psicológico. Es la psicología la que realiza la “definición” (recordemos nuestra llamativa estructura: Concepto. Definición) de lo que es tener “paz mental”. La psicología se dirige a nosotros para decirnos que nuestra “paz mental”, es decir, nuestro estado psíquico sin perturbación alguna, la no-locura, es un mero estado que se adapta y solo reacciona a la situación externa, mas no la intenta cambiar o confrontar, porque le está prohibido: quien intente cambiarla, no tiene paz mental, es un loco que a su vez, perturba la situación externa, “ajena” a él o a ella. Es entonces la psicología, el psicólogo, lo psicológico, lo que está emitiendo las órdenes, el permiso y la prohibición, lo que establece nuestro modo de ser-hacer frente a la situación externa. Pero aquí la psicología funciona como sujeto subordinado, como un peón que cumple una orden que no está explícita ni en el sujeto escondido, ni mucho menos en la frase analizada. La “paz mental” es definida en función de la situación externa que le exige a la psicología establecer que solo se permita reaccionar a ella, mas no cambiarla. No le vamos a dar un rodeo más: nuestra “situación externa” es el modo de producción capitalista.

Es el capitalismo el que necesita una “paz mental” en los sujetos para que estos únicamente reaccionen y se adapten a lo que aquel demande. A modo de hipótesis general y para poder ejemplificarlo con Freud, diremos que “situación externa” fue el desplazamiento perfecto efectuado por su emisor (la psicología) para que quedara oculto quien teme por ser perturbado o sacado a la luz: el capitalismo. Así, en este ejemplo, podemos decir que existió un doble ocultamiento: la psicología que emite de manera (in)directa la orden, explicitada en la frase protegiendo la “situación externa”, y por otro lado, el capitalismo en forma de “situación externa” dando la orden oculta a la psicología. Nadie, ningún psicólogo, se va a presentar diciendo “No puedes cambiar al capitalismo, solo puedes reaccionar a él y adaptarte, así que, estás jodido(a), confórmate con esto”. Nadie nos dirá a quién sirve la psicología realmente. El capital “no lleva escrito en la frente lo que es”13, de ahí que tenga que recurrir, en este caso, a su psicología y quedar, a su vez, inconsciente para esta.

La frase, como traducción al sentido común de lo psicológico, no deja de ser psicología en sí. Pero la verdad de la psicología permanece oculta en su saber, es decir, en su saber enajenado14. Un saber que se sostiene y se produce en el capital.

Comentarios finales

Como los dos ejemplos anteriores, hay bastantes en ese grupo. Para mala suerte de nosotros, existen más grupos de estos, y por lo tanto, son más de 259 mil “mentes sintonizadas” por las lógicas de la psicologización que contribuyen a la perpetuación del capitalismo. Por razones de espacio, no podemos detenernos en más ejemplos, sin embargo, invito a mis lectores/as que hagan su propio análisis.

Lo psicológico no existe y se reproduce solo en 259 mil personas, y esto es lo preocupante. El meme, la frase, los grupos, el mensaje en WhatsApp, quedan atrapados en estas lógicas, que no hacen sino permitir la explotación. Nuestro consumo de estas plataformas plagadas de psicología (y por ende, de capitalismo encubierto por aquella) permite una extracción de plusvalía en la vida real prácticamente sin poner ninguna resistencia.

¿Qué hacer entonces? Para esto, como comunistas, si queremos cambiar y no solo reaccionar, podemos comenzar con romper la mistificación producida en nuestra vida cotidiana, tal como nos lo mostró Freud. Cuando Freud analizó esto, no había smartphones, mucho menos Facebook. Una tarea de nosotros los comunistas en teoría es, por lo menos, luchar contra las concepciones burguesas del mundo15, y esto lo podemos hacer al leer el síntoma expresado en las nuevas plataformas. Al realizar una lectura sintomal, y no literal, impugnamos lo escrito16 y evitamos la reproducción de aquello que el texto contiene, su proliferación en el sentido común, un sentido común que deviene mercantil-capitalista17. Tenemos que (y sí, es casi un deber puesto que las “situaciones externas” lo exigen) impugnar lo que se presenta en la vida cotidiana: nuestra vida cotidiana que, al menos desde el 2020 y principios del presente, se ha llevado completamente en lo digital. Nuestra vida cotidiana ya no es solo un contenedor de funciones biológicas, de rutinas y de lugares, sino de saberes, de producción mercantil y de plusvalor.

Referencias

1 David Pavón-Cuéllar, Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”. David Pavón-Cuéllar, 2015, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2015/11/07/opciones-politicas-del-analisis-textual-en-las-ciencias-humanas-y-sociales-reproduccion-justificacion-impugnacion-y-transformacion-ante-el-eslogan-mover-a-mexico/comment-page-1/#comment-596

2 Louis Althusser, “Prefacio: De “El Capital” a la filosofía de Marx” (1965), En Para leer El Capital (México: Siglo XXI, 1969).

3 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901) (Madrid: Alianza, 2011).

4 Ibíd., pp. 115-120

5 Althusser, “Prefacio: De “El Capital” a la filosofía de Marx” (1965), Op. Cit. p. 33

6 Ibíd., p. 32

7 Ibíd., p. 33

8 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018). p. 53

9 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. Hacia una crítica psico-política (México: Paradiso Editores, 2019).

10 Althusser, “Prefacio…” Op. Cit. p. 32

11 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (1844) (Madrid: Alianza, 2013). p. 184.

12 Carlos Pérez Soto, Sobre la condición social de la psicología (Chile: LOM, 2009). pp. 153-154.

13 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (1867) (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 74

14 Pérez Soto, Sobre la condición social de la psicología, Op. Cit. pp. 154-156.

15 Louis Althusser, La filosofía como arma de la revolución (1968) (México: Siglo XXI, 1974).

16 Pavón-Cuéllar, Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”, Op. Cit.

17 Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común), Op. Cit.

Psique y capital: entre la ficción y la dominación

Pretendo en esta ocasión ofrecerles a mis lectores un ensayo complementario sobre lo que escribí hace un par de meses, es decir, sobre el fetichismo de la psique. Pienso que fue un buen intento acercarme desde Marx y el fetichismo de la mercancía, pero quedé un poco inconforme porque faltaron algunas cosas que solo a través de Freud podemos explicar, aunque como se podrá observar, no es que lo propuesto por Marx dependa de Freud. Me decanto más por los postulados del primero que por los del segundo, pero dada mi influencia académica, no puedo dejar de lado lo psíquico.

El marxismo, que ya es en sí subversivo, no puede ignorar las repercusiones que el sistema actual tiene en la vida individual de los sujetos; de esto Marx estaba bastante enterado. No obstante, limitarnos al marxismo podría, no solo dejar de lado aspectos importantes de las vidas individuales, sino también, nos conduciría a cobijarnos en un dogmatismo que ni Marx o Engels hubieran permitido. Pero también hemos visto, que la subjetividad no se puede abordar desde la psicología (que es mi formación), puesto que esta juega con la parte más superficial de nosotros.

Es por lo anterior, por lo que se ha propuesto, desde el siglo pasado, la articulación marxismo-psicoanálisis. En concordancia con lo mencionado por Reich1 y Vainer2, el marxismo podría darle a la teoría del inconsciente el elemento de la realidad actual, y el psicoanálisis, por su parte, podría dar cuenta de cómo esa realidad se instaura en la vida psíquica. Así, nuestros intentos en este blog pueden aportar (aunque sea de manera incompleta) a la reivindicación de lo que se ha denominado izquierda freudiana, en los que encontramos importantísimos autores del siglo pasado como Reich, Fenichel, Bernfeld, Fromm, Marcuse, etc., así como autores de este siglo, tales como Carpintero, Vainer, Pavón-Cuéllar, Páramo Ortega, entre otros.

El problema de la psique

¿Qué entendemos por “psique”? o más bien, ¿qué nos han enseñado que es la “psique”? Resulta bastante problemático responder a estas interrogantes, pero, increíblemente, hay quienes se han empeñado en contestarlas sin mayor dificultad y sin mayor explicación, entre ellos podemos invocar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro gurú de motivación o coach de inteligencia emocional.

Lo que solemos entender por psique, en el sentido común actual, es bastante simple. Es algo (sin una definición clara) que se encuentra “en la cabeza” (quién sabe dónde, pero ahí está), o que tiene su expresión en la “conducta observable” y por ende, la psique es sin lugar a dudas, objetiva: se puede medir y también se puede evaluar con alguna escala de inteligencia o de depresión, incluso con resonancia magnética. Eso es nuestra psique: una psique individual que tiene por objeto la consecución de tareas abstractas y concretas, algo que de vez en cuando, tal como lo señala Christlieb3, se reúne con otra psique individual para conversar e intercambiar estados emocionales, resultados de pruebas psicométricas, o algún trastorno padecido.

Somos entonces, por un lado, individuos con “algo” (que no sabemos realmente qué es) en nuestra cabeza (que tampoco sabemos dónde está exactamente), que contiene nuestras emociones (?), nuestros deseos (?), nuestro lenguaje (?); y por otro lado, somos individuos “objetivos” porque tenemos una conducta que expresa eso que no sabemos qué es y que no sabemos en dónde se encuentra.

“¡Ese eres tú!” dice el neuropsiquiatra o neuropsicólogo al señalar las zonas cerebrales activadas por algún estado emocional o alguna conducta realizada (suya, por supuesto). ¡Eso es nuestra psique! Un cúmulo de zonas cerebrales activadas, emociones expresadas en conductas y un cierto C.I. que nos dice qué tan inteligentes somos. Así, todo es sencillo. Llegamos a una (absurda, pero bastante consensuada) conclusión: la psique es independiente de lo exterior.

Algunos profesionales del dispositivo psi podrán objetar de manera instantánea: “¡Es que la psique recibe estímulos externos!” Efectivamente, recibe estímulos, pero al considerarlos como tal, como estímulos, es algo pasajero, algo que la misma psique puede moldear a su gusto, desechar con facilidad, y recibir otro estímulo, así una y otra vez, un movimiento circular en el que la psique sigue estando intacta a la luz de lo “externo”4. Esta, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, es la concepción que domina, precisamente, nuestra psique (risa).

Lo que podemos observar en esta descripción de lo que se entiende, comúnmente y en gran parte del gremio académico psicológico (y no psicológico), por lo “psíquico”, es que está estrechamente relacionado con la parte perceptiva consciente, es decir, nuestra psique es la que percibe, la que desecha y recibe estímulos de manera selectiva, a nuestra propia conveniencia. Bajo esta concepción, no es ello lo que elige por nosotros, sino el yo. No es el más allá, sino el más acá. Veremos esto más a detalle.

Ficción del yo

Mucho se ha hablado de que todos tenemos un yo. No hay que complicarnos tanto en este momento para explicar este yo: basta remitirnos a la manera en la que hablamos. Siempre emitimos enunciados en la primera persona del singular, ya sea con un pronombre personal o posesivo: “Mi trabajo es para que yo esté bien”. Nuestro yo es lo que efectúa cualquier acción, tal como lo vimos anteriormente con la psique. En estas conceptualizaciones del sentido común del mundo en el que nos encontramos (aquí nos empezamos a poner más serios) podemos decir que psique y el yo son uno mismo: el yo es lo psíquico y viceversa, un yo consciente.

El que habla en la primera persona del singular produce ciertos efectos psíquicos como emociones y activa ciertas zonas cerebrales que hacen notar que hay algo (quién sabe qué cosa), al mismo tiempo que estas emociones y zonas iluminadas en la resonancia magnética, presentes y accesibles en la consciencia-percepción del yo, hace que se exprese bajo la forma yoica: “¡Ese de ahí soy yo!”. Visto de esta manera, la cosa es muy sencilla y no exige mayor complicación. Es, como ya lo dije, la forma del sentido común para entender-nos como individuos (el uso de esta palabra es provisional).

La cosa se torna complicada cuando alguien introduce un corte en la línea argumentativa de lo que entendemos por el yo, o en otras palabras, es como si algo cortara al yo directamente. Esto ya es en sí, bastante problemático para quienes hasta ahora, habían concebido al que habla en la primera persona del singular como ente independiente con su psique consciente localizada anatómicamente y expresada en actos del habla. Podemos decir, que los que introducen este corte fueron Marx y Freud, pero detengámonos en el segundo.

En efecto, fue ni más ni menos que Freud el que dio cuenta que en este yo consciente que tanto se alaba hoy en día y al que se dirigen los medios de comunicación, las redes sociales, etc., no es lo único psíquico5, y al no ser lo único, entonces, debe haber algo más en la malentendida psique que hasta ahora hemos descrito. Si antes con el yo y su psique estábamos más acá, con el corte freudiano (y marxista) nos posicionamos más allá. Si lo consciente es lo positivo, es decir, lo que está y que podemos ver como tal, debe existir su contrario, su negativo, aquello de lo que no podemos dar cuenta. Existe entonces, lo inconsciente que opera y tiene efectos en y sobre el yo consciente6. Lo que vemos activado en nuestro cerebro cuando somos sometidos a una resonancia magnética o cuando hablamos en la primera persona del singular, es solo una parte de nosotros, sigue siendo lo consciente, nuestro yo, es decir, es el efecto de lo que no se ve.

Es en el yo en el que recaen las acciones no vistas, no percibidas, y por tanto, no es un ente totalmente activo como se piensa, es decir, el yo no vive, es vivido7. Es como si existiera alguien o algo más que nos controla sin nosotros saberlo. En este sentido, el yo queda, de cierta manera, sometido al proceder de lo inconsciente. La psique, entonces, se escinde (si me permiten hacer uso de esta palabra), y por tanto, la verdad del yo tal como lo conocemos se va desplomando.

Con el corte freudiano quedaría claro que no hay un yo absoluto, y que hay “algo” o “alguien” más que ejerce cierta influencia en nosotros, en nuestra manera de hablar, en nuestras acciones (lo veremos más adelante). Incluso sería un poco extraño utilizar el pronombre de la primera persona del plural: ¿realmente somos nosotros los que hablamos? ¿son nuestras las acciones que llevamos a cabo? ¿realmente mi trabajo es para que yo esté bien? Podemos decir que es gracias a Freud que descubrimos la ficción del yo, ese yo con el que la psicología fantasea. El propio Freud nos dice que debemos “emanciparnos” del “síntoma conciencia”8. Como síntoma no representa nada por sí solo, no es la realidad, es algo ficticio, un velo que encubre, en este caso, lo inconsciente.

Es cierto que, gracias al descubrimiento de lo inconsciente, en el sentido freudiano, nos abrimos paso al más allá del yo. Pero también debemos proceder con cautela para no incurrir en el mismo error que se ha cometido en la psicología al concebir lo social como una charla entre psiques (ahora ya concebida como aparato en el que existen sistemas, a saber, lo inconsciente y lo consciente), es decir, como psiques independientes que se juntan de vez en cuando. De ahí entonces que tengamos que partir desde Marx y el marxismo.

Decíamos en líneas más arriba, que algo o alguien ejercía acciones en nosotros de manera inconsciente. Podemos decir que en este inconsciente existe una “estructura pulsional” que ha sido heredada a lo largo del tiempo, es decir, que es constante9. Esto no es falso, por supuesto, pero nos atrevemos a decir que una concepción de lo inconsciente como algo simplemente pulsional, interno y constante sería caer en un error muy grave. A la par de esta estructura constante, se presenta una determinación de las condiciones reales de vida, es decir, de la realidad objetiva de producción; esto es, el mundo social en el que el individuo se encuentra (él/ella y su psique). Esto no es ni siquiera nuevo, ni una idea original de los que podemos ubicar en el freudomarxismo o en la izquierda freudiana. La idea la podemos encontrar directamente en Marx.

Antes de pasar a la exposición de lo anterior, me quiero detener en una parte de un tuit que el multimillonario cínico, Ricardo Salinas Pliego, escribió hace unos días: “…estamos como estamos, porque somos como somos”. Para el lector marxista/freudomarxista, la frase anterior no representará dificultad alguna. Lo que la frase escrita por Salinas expresa es bastante sintomático y es un reflejo de lo que hasta ahora hemos venido desarrollando. Lo que nos deja ver lo anterior es que lo que soy yo determina la situación social actual; no hay que hacer ninguna explicación rebuscada a la frase: estamos así (socialmente hablando) porque somos (del ser, del yo) así, o en otras palabras más sencillas: el yo antecede a lo social. Si nos ponemos freudianos, podremos decir que hubo algo de su inconsciente que se manifestó en esa frase. Pero la pregunta que nos queda ¿qué clase de inconsciente es? ¿el freudiano lleno de pulsiones? Esta es una respuesta que no se puede dar desde el psicoanálisis.

Marx, en conjunto con Engels, responden a las preguntas formuladas anteriormente: “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”10. Si en vez de “conciencia” remplazáramos por aparato psíquico, la cosa no cambia, es solo una modificación conceptual para adecuarla a lo que hemos venido trabajando. En este sentido, lo inconsciente explorado por Freud, quedaría también determinado, en última instancia, por la vida real, por el modo de producción. Lo inconsciente ya no sería únicamente pulsional, sino también social. Esto no quiere decir que sea un inconsciente compartido por todos y todas, sino que más bien, al estar determinado por lo social, por la vida real, se piensa, se habla, se bromea, se olvida de cierta manera que responde a los intereses del mundo actual.

La cita de Marx y Engels, si la consideramos de manera aislada, no tiene mayor dificultad. El problema es que, esa vida a la que se refieren ambos, es la vida de producción capitalista, del capitalismo. El yo consciente y lo inconsciente, pasan a formar parte de la estructura real, o mejor dicho, pasan a formar parte de la superestructura. La ficción aquí no se ha ido, pero le hemos concedido otro valor más importante. La ficción de la que hablábamos anteriormente se limitaba al nivel individual: un yo que era pura ficción porque su verdad se hallaba en lo inconsciente. Ahora, la fórmula conserva su esencia pero con una adición: el yo ficticio como efecto de lo inconsciente y lo inconsciente propiamente, son incluidos en el todo social. Ahora el yo como efecto del inconsciente, deviene en el síntoma perfecto, puesto que encubre dos cosas en una sola: el inconsciente pulsional del que no da cuenta sino a través del síntoma neurótico o de los lapsus, y lo social que también tiene efectos sobre lo inconsciente, manifestándose entonces, como actividad del habla en la forma de la primera persona del singular, sea en pronombre personal o posesivo. Si pudiéramos expresarlo resumidamente y de manera puramente provisional y quizá erróneamente, quedaría más o menos así:

Capitalismo →|(Icc: P-R-NR) →/ Yo consciente(FP)|

Siendo Icc lo inconsciente, P lo pulsional, R lo reprimido, NR lo no reprimido; las flechas indicarían el efecto sobre lo posterior. La diagonal (/) que se encuentra después de la flecha que va hacia el yo consciente responde a la ficción que hemos venido enfatizando desde el corte freudiano, lo que a su vez, da como resultado lo ya analizado anteriormente y que denominé como la producción del fetichismo de la psique representado por FP (entendida la psique como en la primera parte de este escrito y lo criticado líneas más arriba). Las barras laterales en vertical (||) que comprenden del Icc al yo consciente, representa la noción de sujeto, que veremos más adelante.

El problema de “dónde” podemos encontrar a la psique se ha esclarecido en gran medida. Primero, con el corte hecho por Freud, entendemos que lo que hasta ahora se ha conceptualizado por psique o psiquismo, no es sino una parte sintomática, puesto que hacía referencia exclusivamente al yo consciente. Segundo, y esto resuelve la duda principal sobre el “lugar” de la psique, decimos que aun incluyendo lo inconsciente como parte de lo psíquico, estos no pueden ubicarse dentro del individuo en un sentido restringido o exclusivo, y por lo tanto, lo psíquico es social, está fuera de nosotros, y no dentro. Si es necesaria una aclaración, sería únicamente para decir que no estamos diciendo que lo psíquico se encuentra en un lugar propiamente tópico ubicado fuera de nosotros. Frente a cualquier interpretación idealista de lo anterior, sostenemos junto con Marx que la psique es práctica11, determinada por el modo de producción: desde el momento de nacer, nuestro psiquismo se irá determinando por la clase de nuestra familia, por la división del trabajo, por cuánto gane el padre o la madre; no venimos al mundo con una cabeza aislada que se constituye por sí misma. Lo psíquico es el resultado de las condiciones de existencia, y al mismo tiempo, el “individuo” psíquico puede modificar sus condiciones dentro de los límites dados por la sociedad capitalista, llegando así a una reproducción de lo psíquico capitalista y el capitalismo simultáneamente.

Volviendo al ejemplo de Salinas Pliego, vemos entonces que su posición social, es decir, su posición en la producción capitalista, a saber, dueño de Grupo Salinas, el segundo hombre más rico de México, determina su yo consciente, ese que escribió esa parte del tuit que revisamos anteriormente. Aquí ocurren dos cosas. En primer lugar, en tanto psique práctica, es decir, un psiquismo determinado por las condiciones reales, deja ver su posición en la división del trabajo bien explicada por Engels12, al pensar que bastaría con lo cambiar lo que somos para cambiar las condiciones actuales o que todo sería producto del ejercicio intelectual o de los axones, somas y neurotransmisores. Segundo, se fetichiza lo psíquico, pero esto último entendido como en la primera parte de este texto, a saber, lo psíquico conocido, lo consciente, lo yoico: es gracias a la cultura de la psicología, de su saber, que permite reforzar este fetichismo. Como es sabido, el yo siempre será un orgulloso, pero en su orgullo estriba su ignorancia de lo real, de la determinación por el inconsciente, y en última instancia, por el capitalismo.

La manera de expresarse de Salinas puede ser examinada por el psicoanalista, siempre y cuando este tenga presente que no es únicamente el inconsciente (freudiano) lo que se manifiesta en el habla común. Su expresión “estamos como estamos porque somos como somos” no es exclusivamente síntoma de un inconsciente puramente pulsional, sino social y económico.

De la ficción a la dominación: del yo consciente al sujeto capitalista

Ya adelantamos que la psique, desde el punto de vista marxista-freudiano, no puede ser sino un producto de las condiciones reales de existencia que el yo no puede percibir sin los elementos necesarios, es decir, en las condiciones dadas para él o ella. El problema es que esta ficción no nos lleva a otra cosa que al sometimiento y dominación de todos y todas por el capital.

Si decíamos que el individuo-yo es el síntoma perfecto puesto que se halla producido por y en el capitalismo, ya no hablamos entonces de un individuo, porque no es alguien aislado; hablamos entonces, de un sujeto, un sujeto interpelado, como nos recuerda Althusser13. La interpelación que se le hace al sujeto no es más que una orden para adquirir una identidad necesaria (pero falsa) para el capital, es decir, la interpelación ideológica “proporciona-solicita los documentos de identidad al interpelado”14. En un movimiento particularmente interesante esta interpelación produce un efecto-inconsciente15, aunque con esto no quiera decir que produce el inconsciente como tal, es decir, no es la génesis del inconsciente propiamente, sino que más bien, es una articulación, y a su vez, ese inconsciente produce el desconocimiento del sujeto interpelado porque existe en lo “vivido” del discurso ideológico16. Luis Pablo (o sea yo) ya está interpelado en el capitalismo desde el momento de su nacimiento, produciendo así un efecto-inconsciente que se articula con mi discurso ideológico y mantiene ciertos efectos a su vez en ese discurso. Podría decirse, que uno queda preso del capitalismo y de lo inconsciente. Uno se convierte en sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, y sí, la única distinción que habría entre nosotros, todos sujetos, es la clase en la que uno se encuentra determinado: proletario o burgués, aunque como sabemos, y como nos lo recuerda Fenichel17, el yo consciente del primero casi siempre se parece, en sus valores, al segundo, puesto como ya lo adelantaba Marx y Engels: las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en la sociedad18.

El sujeto (siervo del capitalismo y de lo psíquico producido en este sistema) no podrá dar cuenta de su condición de sujetado. Esto es así porque, es un hecho que cada vez más, como lo dijimos anteriormente, los medios de comunicación, las redes sociales, los comerciales, las frases como la de Salinas y otros, todo eso, se dirigen siempre al yo e indirectamente a lo inconsciente, reforzando así el lugar que teníamos asignado desde nuestro nacimiento. Asegurado todo por el capitalismo, quedamos en un total desconocimiento.

La ficción del yo lleva consigo la condición necesaria para que exista la dominación. Lo único que está sucediendo es una reproducción incansable de lo psíquico entendido como lo consciente y lo yoico, tal como sucede en el movimiento circular vicioso del capital19. Las repercusiones son claras. El yo, ahora sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, se encuentra encerrado en su sentido común y psicológico que presume inocente y suyo, sin mayor dificultad. Es un ser, pero no siendo. Un siervo que lo tratan como de la familia real para que no se vaya de ahí. Su deseo no es su deseo, su emoción no es suya, su lenguaje no es suyo: son todos del capital. Volviendo a la frase de “Mi trabajo es para que yo esté bien”, en la realidad, significaría todo lo contrario: no es mi trabajo, sino el trabajo que necesita el capitalista, y no es mi vida la que estará bien, sino la vida del vampiro capitalista. Está por demás decirlo, pero es necesario: el sujeto capitalista no sabe que es sujeto capitalista. Es decir, el hecho de que demos cuenta que existe un psiquismo capitalista, no cambiaría mucho la cosa, puesto que los que están en el poder no irán por la vida diciendo que es un psiquismo capitalista; de ahí que recurran a la fetichización.

El fetichismo de la psique producido por el discurso ideológico, por la palabra del yo consciente, reforzado por la psicología, la psiquiatría, las resonancias magnéticas, los gurús de motivación o inteligencia emocional, impide la revolución, impide la toma de conciencia de clase, puesto que la única conciencia existente es la psicológica y capitalista: aquella que promete bienestar virtual pero en la realidad genera miseria.

Comentarios finales: marxismo y psicoanálisis

Lo que aquí se escribió no es sino un complemento a lo ya expuesto en otro lado20, quizá hasta repetido. Pero lo más importante que se puede rescatar es lo ya iniciado hace un siglo: el freudomarxismo o la izquierda freudiana. Tal como lo menciona Páramo Ortega21, los primeros freudomarxistas fueron los propios Marx y Freud. Y es que, por más divergente que pueda parecer su pensamiento, ambos se compenetran. Esta compenetración es la que necesitamos hoy. Por un lado, pienso que el marxismo, por sí mismo, es de fácil acceso para la clase proletaria, lo que implica una gran ventaja para todos y todas, ya que nos lleva inmediatamente a comprender el todo social y el mundo en el que vivimos; por el otro lado, el psicoanálisis pienso que se ha encerrado en su burbuja muchas veces (una característica de los burgueses, a saber, formar una élite en la que solo entran unos cuantos), negando así, el acceso a su comprensión, otras veces siendo reaccionario y por ende, a su poca aceptación en el marxismo. Pero tacharlo de burgués no es sino descartar el potencial crítico que tiene consigo, e incluso, tacharlo con ese adjetivo sería de lo más infantil. La sensibilidad política y teórica marxista puede darle eso que le falta al psicoanálisis, pero también este, tiene mucho para ofrecernos a los marxistas, eso que a veces se nos ha escapado. Así, en acuerdo con Pavón-Cuéllar22, el psicoanálisis puede convertirse en un medio para el marxismo, un medio para la revolución, para la subversión en el sistema, tanto a nivel individual como social.

Referencias

1 Wilhelm Reich, Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1934) (México: Siglo XXI, 1986)

2 Alejandro Vainer, “Introducción”, en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009)

3 Pablo Fernández Christlieb, “Todos los psicólogos sociales: recapitulación de cuatro o cinco décadas”, Athenea Digital 19, núm. 1 (2019): 1-25.

4 Escuchado en una conferencia dictada por David Pavón-Cuéllar: https://www.youtube.com/watch?v=s6jGb0LtbSM , min. 20.

5 Sigmund Freud, El yo y el ello (1923) (Madrid: Alianza, 2012). pp. 10-11.

6 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p.245

7 Freud, El yo y el ello (1923), Op. Cit. p. 22

8 Freud, “Lo inconsciente” (1915), Op. Cit. p. 274

9 Otto Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). pp. 224-225.

10 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

11 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012). p.35-39.

12 Friedrich Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Manifiesto del Partido Comunista. Ideología Alemana., Karl Marx y Friedrich Engels (México: Colofón, 2008)

13 Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

14 Louis Althusser, “Tres notas sobre la teoría de los discursos” (1966), en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996). p. 121.

15 Ibíd., pp. 121-125

16 Ibíd., p. 124.

17 Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), Op. Cit. p.228

18 Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, Op. Cit. p. 71

19 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

20 https://versuslapsicologia.mx/2020/12/14/la-psicologia-no-lo-sabe-pero-lo-hace-del-fetichismo-de-la-mercancia-al-fetichismo-de-la-psique/

21 Raúl Páramo Ortega, “Otto Fenichel: clásico del psicoanálisis y pionero de la izquierda freudiana” en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009) p.36

22 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

El retorno de Freud y Marx en psicología

Es para el comunismo que nosotros, los comunistas,
necesitamos del psicoanálisis.
Lo necesitamos porque sirve para mucho de lo que buscamos,
como la reinserción en la trama histórica,
la evasión de la esfera individual y
la subversión de las identificaciones opresivas.
(David Pavón-Cuéllar, 2019, “Comunismo y psicoanálisis
ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”)

Es bien conocido entre marxistas y psicoanalistas que tanto Marx como Freud representan un peligro para el statu quo. No solamente representan una amenaza en el aspecto teórico, sino también, en el terreno ideológico. Hace ya algunos meses había escrito acerca de una ausencia intencionada sobre Marx y Freud en las aulas de psicología, de forma más precisa, alegaba que prácticamente eran inexistentes en el saber psicológico, y eso obedecía a imperativos más allá de la academia. Sin embargo, he de admitir que me limité a la mera descripción de su ausencia y ahora también admito que esta misma es falsa, en el sentido que no es como tal que no existan en la psicología, sino que esta última, a través de todo su dispositivo ejerce cierta (re)presión para que tanto el legado de Marx como Freud se mantengan relegados en los planes de estudios. No es raro entonces que se encuentren bastantes similitudes entre este texto y el otro, dado que el objetivo es el mismo: analizar el porqué del “no” a Marx y Freud en psicología.

He de admitir también que, como marxista, el uso de los términos freudianos en esta exposición puede generar incomodidad entre los psicoanalistas más ortodoxos dado que no pretendo hacer uso de ellos en el sentido clínico/convencional, pero por lo que aquí se lucha es por una repolitización de la psicología, o mejor dicho, al prescindir de nuestra actual psicología y optar, quizá, por el psicoanálisis como otra-psicología, esta repolitización debe formularse de la siguiente manera: No Freud sin Marx y viceversa. Esto es, en principio, porque no podemos darnos el lujo como “estudiosos del psiquismo” de prescindir de la crítica al capital y de la corrosiva realidad que este ha dejado a su paso, y que, indudablemente, configura los aspectos más íntimos de nuestro ser. En este sentido, recurro al uso de términos específicamente a manera de analogía con un fin politizador, así sin más.

En algo que coinciden y coincidimos marxistas y psicoanalistas es que aquí no vemos la esencia de la psicología crítica dentro de la misma disciplina, sino que la vemos fuera de ella, más allá de sus márgenes. Es así, entonces, que me propongo analizar el mecanismo represivo que ejerce la psicología con Marx y Freud, de tal manera que al final, podamos reflexionar acerca del retorno de lo reprimido que Freud planteó, aplicado a esta articulación subversiva Marx-Freud. Invito ampliamente al lector/a a que complemente en aquello que pueda escapar a mis palabras.

Inconsciente marxista-freudiano

Tengo la sospecha de que existe algo que podemos denominar como inconsciente marxista-freudiano, esto por dos cosas. En primer lugar, porque este inconsciente se encuentra más allá de la consciencia de la psicología (que incluye, por obvias razones, al capitalismo); en segundo lugar, y aquí está lo más importante, es que en tanto inconsciente, no deja de tener efectos sobre esta consciencia [1]. Así, la característica más importante de este inconsciente marxista-freudiano es que en psicología existe, pero no lo percibimos, no sabemos de su existencia: es algo conocido desconocido, como diría Žižek [2]. Pero también encontramos que este inconsciente marxista-freudiano no tiene temporalidad, es decir, ha perdurado por siempre a través del legado marxista y en Lacan, lo mismo que en la aparente diferencia entre Marx y Freud: no hay contradicción alguna; en este inconsciente marxista-freudiano se apuesta por la vida, por el placer y no se subordina a la “realidad” de la psicología y del capitalismo[3].

Lo que este inconsciente marxista-freudiano nos permite es, justamente, dar un sentido más allá de lo consciente mismo, es decir, más allá de la psicología misma y sus respectivos márgenes; es a través de este inconsciente que podemos explicar lo psicológico más allá de la psicología en sí. Parafraseando a Freud, sería una “presunción insostenible” tratar de explicar lo psicológico solo a través de su consciencia[4], en este caso, sería absurdo pensar que la psicología puede explicar todo irguiéndose como panacea cuando en realidad solo obedece a sus altos mandos. Es aquí entonces donde el inconsciente marxista-freudiano podría tener su papel más llamativo: explicar lo que no se explica en la superficie psicológica.

Sin embargo, y aquí está el meollo de toda la discusión, es que este inconsciente no puede ser sino obstruido, no por completo, pero sí parcialmente, de tal manera que quede relegado. Puesto que el inconsciente marxista-freudiano explica lo que no se explica en la consciencia de la psicología, es decir, explica la razón de ser en tanto que esta psicología es un aparato ideológico capitalista que a su vez fomenta el desconocimiento de lo psíquico en su totalidad, y que también da cuenta del sistema económico-cultural que oprime al sujeto, es preciso que a este inconsciente se le ejerza una fuerza represiva.

Represión del inconsciente marxista-freudiano

Como adelantaba al principio, es bien sabido lo que puede causar el acercamiento al inconsciente marxista-freudiano, o en términos más simples, es peligroso acercarnos a Marx y a Freud. De esto se percató Mariátegui al exponer que tanto en Marx como en Freud existía cierto intento de “racionalizarlos” y oponerles “reacciones de defensa”, de tal manera que estas oposiciones de carácter “más violento e infantil” no obedecían propiamente al ámbito de la discusión teórica-filosófica, sino más bien, al plano político-ideológico[5]. ¿No es acaso esto previsto por Mariátegui lo mismo, o al menos parecido a la represión? Veamos con detenimiento cómo funcionaría dicha represión en nuestra psicología.

Lo que vemos en lo expresado por Mariátegui es justamente lo que sucede en psicología. No es que Marx y Freud no existan o estén ausentes, como había pensado con anterioridad en el otro texto, sino que más bien, sufren de la represión ejercida en psicología. Sufren la represión como el inconsciente freudiano. En la represión ejercida por la consciencia de la psicología, lo mejor es “rechazar” y “mantener alejados”[6] los elementos del inconsciente marxista-freudiano: es precismo mantener a Marx y a Freud fuera del campo psicológico consciente.

La represión ejercida en oposición al inconsciente marxista-freudiano y sus elementos es para evitar el displacer en el terreno de la psicología[7], pero este displacer no es sólo psíquico, sino político. No es extraño que en los planes de estudio en las facultades de psicología se le dé mayor peso a lo que mantiene al sistema tal como lo conocemos, tanto en el aspecto subjetivador como en la cuestión de producción de capital y explotación real. La represión entonces sirve, en psicología y en el capital, para mantener el equilibrio, de tal manera que a aquella se le tiene que exigir un esfuerzo continuo[8]. Pero no nos confundamos, el hecho de que se necesite mantener el equilibrio y con esto evitar el displacer responde al imperativo de mantener las cosas tal cual las conocemos al día de hoy. Es decir, la represión funciona como una gran muralla que protege cualquier acto subversivo del inconsciente marxista-freudiano; aunque, como inconsciente, sabemos que ni la muralla más grande ni la más llena de soldados impiden su acceso; esto lo veremos más adelante.

El displacer ideológico-político generado por el inconsciente marxista-freudiano se manifiesta en los actos para evitar ese mismo displacer, a saber, la desaparición del psicoanálisis en las facultades y solamente abordado y absorbido como una simple y banal “teoría de la personalidad”, y por el lado marxista, este es simplemente visto como una teoría económica. Lo vemos también en el discurso de los docentes y compañeros cuando se incomodan con la crítica freudiana y marxista, pretendiendo alegar que Freud y Marx han sido superados y que “existen” otras posibilidades, acomodándose en el sillón del posmodernismo más apolítico de todos.

En términos laxos, podríamos decir que el placer que podríamos obtener de la liberación del inconsciente marxista-freudiano se encuentra, hasta este momento de la discusión, subordinado al principio de realidad capitalista-psicológica. También podríamos decir que se obedece a una conservación de lo capitalista-psicológico, una conservación que se opone a la libertad, a la verdadera libertad social e individual, no aquella aparente alardeada por los gurús del capital y de la psicología. Pareciera entonces que toda vida dentro del espacio amurallado por el capital y la psicología tiene su destino en la muerte [9]: no hay vida como tal en el capital, y agreguemos, en su psicología. Se evita el displacer a costa de vivir menos; esta evitación solo alimenta al vampiro capitalista [10]. Nos volvemos también autómatas en nuestras aulas al reproducir lo impuesto, lo permitido, lo normal, lo adecuado para la consciencia de la psicología a fin de que en esta se eviten perturbaciones.

El “retorno de lo reprimido”: Marx y Freud ante la represión de la psicología

Fue Freud quien dilucidó que la represión no es omnipotente. A la represión se le escapan muchos elementos: piensa que lo puede todo cuando en realidad, en esa pretensión de omnipotencia, se le escapan “por la tangente” muchos elementos, retoños de lo reprimido [11]. Tal es el caso, al menos desde el marxismo, de las psicologías marxistas. Todo esto es solo sintomático, de tal forma que pudo alcanzar, aunque de manera “distorsionada” la consciencia de la psicología. Cabe hacernos una pregunta: ¿no será acaso este ejemplo de síntoma la capacidad subversiva del inconsciente que venimos hasta ahora intentando describir?

El inconsciente marxista-freudiano es aquello que lucha por la vida frente a lo mortífero en el capital y en psicología, es lo disruptivo en el equilibrio impuesto por el capitalismo y la psicología. Si bien es cierto que el acceso a la consciencia lo tiene negado, este puede encontrar otros caminos indirectos para acceder a ella. No es tampoco raro que estudiantes y docentes recurran a Marx y a Freud fuera de su plan de estudios, fuera de su currícula.

El inconsciente marxista-freudiano, que podríamos tomarlo como sinónimo de la metapsicología crítica iniciada por los propios Marx y Freud, seguida por Pavón-Cuéllar y colegas de manera magistral, y argumentada en este espacio anteriormente de manera breve, se manifiesta de forma sintomática en las discusiones con los docentes que psicologizan todo a su paso y distorsionan a Marx y Freud al debatirles sus ideas y abordar los problemas de manera crítica; se manifiesta cuando un alumno o un docente habla de “capitalismo”, de “inconsciente”, de “plusvalía”, de “ello-yo-superyó”, de “fuerza de trabajo”, de “represión”; se manifiesta cuando un estudiante de psicología sabe que la psicología solo aborda una parte del problema o cuando nota el más descarado servilismo en la psicología organizacional (por ser el más explícito); se manifiesta en las compañeras feministas que dan cuenta de la opresión que ejerce el sistema capitalista-patriarcal a la mujer; el inconsciente marxista-freudiano se manifiesta cuando algún alumno o alumna pregunta “¿quién es Marx?” o “¿Qué dice Freud?”; se manifiesta en los pocos ejemplares de los libros de Marx en facultades de psicología y en el abundante número de ejemplares llenos de polvo y casi nuevos de Freud.

Los lapsus de discusión acalorada o incluso los famosos memes de Marx y Freud, son manifestaciones del inconsciente marxista-freudiano. Es todo lo que se le escapó a la represión ejercida por la psicología. Nos dejan ver que están ahí. Lo único que esta represión permite es que entre marxistas y freudianos nos “desarrollemos más libremente en la oscuridad” para encontrar después formas “extremas” de expresión[12]: entre la liberación sexual y el comunismo.

Comentarios finales

Lo expuesto aquí ha sido pura analogía. No pretendo que se adopte lo que aquí se presentó, y como verá el lector, utilicé en esta ocasión los conceptos freudianos, pero de ninguna manera se debe tomar este ejercicio como “enseñanza” de algún concepto psicoanalítico. Lo que sí puedo afirmar, es que existe un potencial subversivo entre aquellos que decidimos acercarnos tanto a Marx como a Freud, a veces más a uno que a otro. Independientemente de a quién nos acerquemos más, la subversión se mantiene. Si la mancuerna perfecta que mantiene la dominación de los sujetos y del estado actual de las cosas es capitalismo-psicología, la mancuerna que podría servir para la crítica a la psicología y al capitalismo sería Marx-Freud. Una relación no dicotómica, pero sí moebiusiana, complementaria una a otra.

En contraposición a este inconsciente subversivo, se encuentra el inconsciente capitalista, que se manifiesta en prácticamente toda la psicología exceptuando aquellas psicologías que dan cuenta de este sistema represor. Pero me atrevo a decir que este inconsciente hace mal, nos hace a todos y a todas mal: a los psicólogos y psicólogas, a las personas fuera de la academia. Nos enajenamos en él, nuestra práctica ya no es nuestra y se nos impone el estudio de un inconsciente, o mejor dicho, de un psiquismo manipulado por el capital, un psiquismo lleno de ilusiones e irrealidad pura. De ahí entonces la necesidad de hablar de un inconsciente marxista-freudiano y ponerlo sobre la mesa y jugar con sus cartas apostando a un nuevo mundo fuera de las lógicas del mercado y a otra-psicología.

Referencias

1 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p. 245.

2 Slavoj Žižek, Acontecimiento (2014) (México: Sexto Piso, 2018)

3 Freud, Lo inconsciente (1915), Op. Cit., pp. 268-269.

4 Ibíd., p. 247

5 José Carlos Mariátegui, “Freudismo y Marxismo” (1974), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). p. 284

6 Sigmund Freud, “La represión” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p. 232.

7 Ibíd.

8 Ibíd., p. 236

9 Sigmund Freud, “Más allá del principio del placer” (1920), en Psicología de las masas, Más allá del principio del placer, El porvenir de una ilusión (Madrid: Alianza, 2010). p. 132.

10 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209

11 Freud, La represión (1915), Op. Cit., pp. 233-237.

12 Ibíd. p. 234

¿Marxista en psicología? Imposible.

Muy probablemente el lector o la lectora que se ha detenido aunque sea una vez por este espacio a leerme se haya sorprendido al leer el título de este escrito. Elegí este título no porque esté en contra de Marx y el marxismo, al contrario: todas mis opiniones que vierto en este blog están posicionadas desde Marx y la crítica a la psicología y sus respectivos autores que cito constantemente en cada uno de mis ensayos. Decidí escribir el título así porque es la psicología misma la que no acepta a Marx, la que no deja que el marxismo tenga lugar en nuestros salones y en las teorías de disciplina, incluso hasta podemos decir que son incompatibles. “¿Por qué?” se podrá preguntar quien lee. La pregunta puede ser resumida, respondida sencillamente y sin mayor rodeo: una juega al servicio del capital y otro critica al capital (probablemente aquí podría terminar el escrito sin más).

Aquí el lector o la lectora no va a encontrar un escrito adulando a la psicología, mucho menos festejándole todo lo que sabe hacer en las especialidades que ofrece en cada plan de estudios. Para eso existen los miles de sitios web de temática psicológica que pretender “guiar” a los sujetos en su vida y aliviar momentáneamente su malestar y decir que “todo va a estar bien”, que solo es cuestión de “cambiar tu mentalidad”. Lamento decepcionar a las personas que esperaban que me retractara de todo lo que he escrito (lo mucho o lo poco) aquí en el blog. Pretendo, por el contrario, dar tres breves razones por las que considero que la psicología no nos permite ser marxistas en su dispositivo, repasando algunas enseñanzas que nos han dejado algunos críticos de la disciplina y desde el mismo Marx.

Lo anterior no quiere decir que sean las únicas tres razones que existen por las que la psicología se nos presenta como un bastión que protege al capital y lo trata de esconder del misil marxista, o que sean las únicas razones que dejan ver la incompatibilidad entre la psicología y el marxismo, no solamente incompatibilidad teórica, sino ética-política. Invitaría a quien esté leyendo a acercarse a aportes como los de Marx, Pavón-Cuéllar, Parker, Braunstein, De Vos… en fin, autores que han marcado la línea argumentativa de estos escritos. De igual forma, este escrito podría ser complementario al último que publiqué.

Razones por las que no podemos ser marxistas en psicología

Primero quisiera adelantarme a la conclusión y decir que para ser marxistas deberíamos apuntar a deshacernos de la “maldita psicología” en palabras de Pavón-Cuéllar[1]. No podemos ser marxistas y tratar con las injusticias sociales y el sometimiento individual de los sujetos, si partimos desde la psicología yendo siempre bajo su sombra ideológica, siguiendo su camino trazado y apoyando a que el vampiro del capital se siga alimentando y reviva una y otra vez, como nos recuerda Marx[2]. Aquí presento unas razones, específicamente tres para responder a la pregunta de la que surge mi idea para el título: ¿por qué no podemos ser marxistas en psicología? Abro también la discusión para que el lector(a) agregue sus razones y completar este escrito.

Razón 1. El absurdo idealismo de la psicología

La psicología nos enseña que no podemos ser marxistas en y con ella porque esta es profundamente idealista. No podemos ser marxistas con un idealismo bien definido en todo lo que la psicología hace. Su partir celestial, como nos dicen Marx y Engels[3]: partir del cielo hacia la tierra, nos ubica únicamente en el espacio ideológico de la vida. No quiero decir con esto que no sirva lo que pensamos, más bien es que en la psicología somos reducidos a eso, a lo que pensamos: la cognición, nuestras ideas en general, nuestras emociones, todo esto que aparenta estar en nuestra cabeza únicamente, se absolutiza en todos los sentidos. No podemos ser marxistas cuando el centro de todo análisis parte de la cabeza del sujeto e ignorando todo lo demás, la materia que precede incluso al pensamiento y al ser humano mismo.

Digo “absurdo” porque el idealismo de la psicología, ese idealismo burgués, esa abstracción de la realidad, está presente en toda nuestra psicología. Ya ni siquiera se esfuerzan por disimularlo (si es que en algún momento lo hicieron). Basta pensar tan solo en eso que la psicología estudia, y no es que nos importe en este momento recordar qué es lo que estudia (si es que esta realmente sabe a lo que se dedica, como bien se lo reprocha Canguilhem[4] y Braunstein[5]), más bien la pregunta que deberíamos formularnos no es solo “¿qué estudia la psicología?”, sino “¿por qué la psicología “estudia” lo que dice estudiar?. Los mismos objetos que rondan en su aparente cientificidad (el alma, la consciencia, la mente, etc.) precisamente nos llevan a centrarnos en la aparente autonomía de los sujetos; unos sujetos llenos de libertad que construyen (con sus ideas) la realidad. La psicología con su idealismo conduce a un obsesivo individualismo como bien nos señala Ian Parker[6] (premisa recordada aquí múltiples veces). Podemos hacernos una pregunta al respecto antes de continuar: ¿por qué no habrá una discontinuidad epistemológica, o más bien, por qué la psicología no apuesta por la ruptura epistemológica (como nos recuerda Althusser) con esos objetos pre-científicos para realmente constituirse como ciencia? Esto es claro y lo veremos más adelante.

Aun cuando se intenta descubrir las bases materiales de la “mente, consciencia, etc., etc., es decir, todos los aportes que la psicología se roba de la neurología y que psicologiza para intentar justificar su estatuto científico, aun con eso, no se puede explicar la constitución de los sujetos con axones y los somas de las neuronas, las conexiones sinápticas, las funciones o alteraciones del área de Broca o Wernicke, la funcionalidad de la corteza prefrontal o el sistema límbico. No quiero decir tampoco con esto que no son importantes, ni tampoco vamos a negar los avances de la neurología. La crítica más bien se dirige a la cuestión de que la psicología necesita de otras ciencias para justificar su idealismo burgués y la explicación de este con una base “material”. De cualquier manera, si me estoy equivocando con esto, ¿no se regresaría al mismo lugar del que parte la psicología? ¿en dónde está el cerebro?

Si nuestra intención es, como marxistas y como bien se señala Marx en la tesis XI[7], transformar el mundo, no podemos hacerlo “transformando” a los sujetos únicamente; vamos, no podemos transformar el mundo interpretando lo que está en su cabeza o lo que sucede en la cabeza de los que hoy dominan el mundo en todos sus rincones, ni explicando la dominación capitalista a través del coeficiente intelectual de los empresarios con los factores del WAIS, ni explicando la pobreza con el coeficiente extraído del WISC (o inserte usted cualquier otra prueba psicométrica, instrumento “estandarizado”, etc.). Quizá tal vez con esto se responda la pregunta de por qué no existe una discontinuidad epistemológica en nuestra disciplina: se deben erguir como ciencia de la mente, pero esta mente que estudian, es solo la mente de los que dominan como bien señala Pavón-Cuéllar[8]. La psicología no va a cambiar su base idealista. Esta base es burguesa en toda su extensión y sostiene toda la superestructura psicológica. Llamarnos entonces “psicólogos/as marxistas” sería entonces, no solo contradictorio, sino implícitamente antimarxista. Yo lo que aquí propongo, y siguiendo a los autores que mencioné al principio del escrito, es ser marxistas críticos de la psicología, o si queremos reducirlo por comodidad, ser “psicólogos críticos” (tomando en cuenta la definición de “psicología crítica” expuesta y explicada por Pavón-Cuéllar[9]) con una postura o perspectiva marxista, o partir de otra postura que no sea idealista; optar por intersecciones como las del marxismo con el psicoanálisis.

Razón 2. La despolitización política de la psicología

Horkheimer nos dice que la ciencia no es inmanente al científico, o sea, ninguna ciencia es “suprasocial” ni emana espontáneamente del sujeto que se dice a sí mismo científico: toda ciencia tiene una estrecha relación con sus condiciones reales en las que se produce[10]. Es más, no es que tenga “relación” en el que se pone en un lado a la ciencia y por otro lado a las condiciones reales: más bien la ciencia se encuentra dentro de estas condiciones reales de existencia y al revés, estas se encuentran en cualquier ciencia. Contrario a esto, llega la psicología a ignorar cualquier condición real, y como ya vimos, construye todo su saber en el discurso del idealismo y no conformes con eso, los y las profesionistas de la psicología se escinden (o al menos eso creen) de la realidad. Actúan con “objetividad” en todo lo que hacen. Son objetivos con los contenidos que enseñan en clase, son objetivos en el consultorio, son objetivos en las “intervenciones” sociales (el hecho de ser “interventor” en vez de involucrarse ya dice mucho por sí mismo), son objetivos a la hora de hacer “ciencia” y publicar sus múltiples investigaciones acumulando conocimiento. Aquí comienzan los problemas para nosotros del lado del marxismo.

El “simple” hecho de que el psicólogo se llame a sí mismo objetivo o neutral en su quehacer representa ya un impedimento que contesta a la pregunta de por qué no podemos ser marxistas en psicología. El marxismo tiene una postura, esa postura se ubica del lado de la clase proletaria, de aquellos que han sido explotados una y otra vez durante décadas y que fue posible darnos cuenta de eso a partir de Marx[11]. El marxismo tiene un posicionamiento político (no solo partidista, política institucionalizada); la psicología, por el contrario, dice que no, que no es política, y esto mismo lo va a repetir en todos los lugares en donde se pare: la escuela, industria, conferencias, revistas académicas. La psicología no quiere tomar partido por nadie, pero precisamente esa noción de neutralidad u objetividad perpetúa a la clase que domina, aquella de la que emana el discurso científico y configura la realidad con su forma de producción (la acumulación capitalista, la generación de plusvalía a costa de la explotación del obrero).

La queja constante de la psicología, como bien lo mencionaba Parker, es que hoy todo quiere hacerse “político”[12]: ¿no era ya antes todo, incluyendo a la psicología, político? El psicólogo, se convierte, como nos enseñaron Althusser[14] y Braunstein[15], en soporte de la ideología, y aquí es donde radica su ejercicio político al servicio de la clase dominante. Regresando a Parker, diremos la despolitización que la psicología intenta en su decir y en su quehacer teórico y práctico, es político.

En este aspecto me gustaría regresar a la cuestión de la “intervención” que nos suelen encargar a los y las estudiantes de psicología en prácticas profesionales. Siempre lo he dicho en mis clases, a partir de la excelente propuesta de Martínez Gúzmán[18], yo no quiero ser un “interventor” quirúrgico de la realidad para aliviar el malestar. Justamente este papel interventor ensalza más la cuestión de la “objetividad”. Una intervención “termina” después de que el cronograma llega a su fecha límite de trabajo; el psicólogo entrega resultados y propuestas (a partir de las “necesidades” o “problemáticas”) y simplemente se va después de realizar dicha intervención. Su falta de compromiso político ya es en sí un acto político que dice bastante de su quehacer, de su “ética”. Las intervenciones sociales, incluso clínicas, perpetúan el orden establecido en el discurso que se lleva al lugar intervenido.

Razón 3. El servilismo de la psicología

No podemos ser marxistas en psicología porque esta sirve al capitalismo. De nada serviría, en mi opinión, si empezamos a leer El Capital y al día siguiente compartimos en nuestras redes sociales que “el cambio está en uno mismo”. Althusser decía que existen profesionistas de la ideología; curiosamente no menciona a la psicología, pero justamente menciona que estos profesionistas “tratan la conciencia” con chantajes y demagogia[19]. Si hiciéramos una especie de lectura sintomal de Althusser, fácilmente podríamos identificar que también está hablando de los psicólogos (no olvidemos que él mismo tenía amplias influencias de Freud y Lacan, ambos críticos de la psicología, pero a su vez, bastante influenciado por Marx, crítico del discurso idealista de nuestra psicología).

No podemos ser marxistas en una disciplina que sirve al capitalismo. Una disciplina en la que el capitalismo confía para asegurar el entramado de dominación a toda costa con la ideologización, o en este caso, con la psicologización que hoy se necesita para sentir menos ese sometimiento, para aceitarnos como bien nos menciona Fromm[20]. No importa si la psicología sabe o no sabe si sirve al capital, si está consciente de ello o no. ¿Cómo ser marxista en psicología si esta última promete libertad y autonomía, falsas libertades y autonomías en este sistema?

No puedo ser marxista en psicología, o volvamos al principo, “psicólogo marxista”, cuando habrá colegas que se van a dedicar al área industrial para ofrecerles a todos los trabajadores habilidades y estrategias de inteligencia emocional para tolerar la explotación física y mental. Tampoco me sentiría a gusto ofreciendo lo anterior para ver todo positivo en el caos que vivimos hoy. Sería hipócrita de mi parte, aunque tenga que serlo con la psicología para intentar deshacernos de esta. No quiero contribuir a eso que Badiou[21] nos dice en su mensaje a nosotros los jóvenes: contribuir a la vida sinsentido o nihilista de la inmediatez que el capitalismo ofrece hoy y eso a través de una positividad para aliviar de forma inmediata y rápida mi estrés, mi malestar; una ráfaga de pensamientos positivos que hagan olvidarme de mi condición de explotado, o hacer que otro trabajador la pueda olvidar. No podemos ser marxistas porque la función de la psicología es subyugar, bajo la lógica del capital, silenciosamente a los sujetos. La psicología y el capitalismo son la pareja perfecta. Pienso yo, y casi sin temor a equivocarme, que ninguna otra “ciencia” se había entendido tan bien con el capitalismo: la psicología, en mi opinión, supera a la misma administración.

Comentarios finales

Pienso que no puede haber una conciliación entre Marx y el marxismo con la psicología. Al menos no con esta “psicología”. Podríamos intentar transformar nuestra disciplina, pero existen muchas resistencias, principalmente de orden político. Si la transformación no es posible, entonces deberíamos pues, darle paso a otra forma de entendimiento y comprensión de los sujetos, una que sí cuestione el devenir sujeto.

Mientras la psicología nos enseña en nuestras aulas una realidad ingenua y llena de felicidad incluso en situaciones complejas y caóticas, el marxismo por su parte nos muestra la realidad y su lógica, nos muestra que existe la explotación, nos muestra también que solamente unos cuantos se benefician con esa explotación, y que como bien nos diría Marx (parafraseándolo), en donde solo hay ganancia para unos, no puede existir tal igualdad[22] ni libertad (agreguemos) alegada por los psicólogos.

¿Por qué no podemos ser marxistas en psicología? Porque ser marxista en psicología sería atentar contra los principios y bases psicológicas. La psicología no va a permitirte ni permitirnos ser marxistas en su acogedora casa teórica. El marxismo es subversivo e intranquilizador para lo establecido. La psicología tranquiliza y suaviza todo alrededor para que “todo” funcione. Si somos marxistas en psicología no funcionaríamos, no nos recibirían con enjundia como cuando reciben sus honorarios por dar una capacitación de motivación organizacional. Si somos marxistas en psicología seríamos la oveja negra, el bicho raro, el “anormal”. La única opción para poder ser marxistas es serlo fuera de la psicología, pero como mencioné, siendo crítico de ella, no tratando de formar alianzas con lo que emana de ella.

Referencias

[1] David Pavón-Cuéllar, “Psicologismo, idealismo y posmodernismo Tardío En Byung-Chul Han,” Octubre 2014, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/tag/byung-chul-han/.

[2] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209.

[3] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 41–101.

[4] Georges Canguilhem, “¿Qué es la Psicología?,” en Estudios de Historia y de Filosofía de Las Ciencias (Madrid: Amorrortu, 2009), pp. 389–406.

[5] Néstor Braunstein, “¿Qué entienden los psicólogos por psicología?,” en Psicología: Ideología y Ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), pp. 21–46.

[6] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology,” Theory & Psychology 9, no. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[7] Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 34–39.

[8] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against Psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[9] David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

[10] Max Horkheimer, “Teoría Crítica” (Buenos Aires: Amorrortu, 2003)

[11] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit.

[12] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not,” Social and Personality Psychology Compass 1, no. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[14] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado,” en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), pp. 102–51.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones Del Psicoanálisis Con Las Demás Ciencias,” en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[17] Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad, Op. Cit. pp. 51-61.

[18] Antar Martínez-Guzmán, “Cambiar metáforas en la psicología social de la acción pública: de intervenir a involucrarse,” Athenea Digital 14, no. 1 (2014): 3–28.

[19] Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit. p.126.

[20] Erich Fromm, Psicoanálisis de La Sociedad Contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). pp. 144-145.

[21] Alain Badiou, La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes (Barcelona: Malpaso, 2017).

[22] Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit. p. 146.

Marx y Freud en nuestras aulas: una ausencia intencionada

Esta ocasión, más que enfocarme en aportes teóricos, en propuestas críticas para la contribución a la temática del blog basadas en autores y autoras importantes, quiero cuestionar y problematizar una situación que se da en nuestras aulas de psicología, al menos en lo que respecta al campus de mi universidad, que ha caracterizado nuestra formación como psicólogos y psicólogas: la ausencia intencionada de Marx y Freud en nuestras aulas, en nuestro programa educativo; en nuestra psicología.

Muchos compañeros y compañeras, docentes o administrativos podrán objetar lo antes mencionado; argumentarán que un retorno a Marx y a Freud (si es que ya han estado en su terreno) no es necesario, y que por el contrario, debemos “actualizarnos”, “modernizarnos” en las “nuevas” prácticas en psicología; incluso los habrá quienes argumentan conocer a Marx y a Freud, pero hasta ahí, no se profundiza en ninguno de los dos, incluso ni se mencionan en clase, y si con suerte llegan a mencionarse, forman parte de “líneas del tiempo”, de distorsiones y abstracciones teóricas sin sentido, de suposiciones ideológicas y argumentos sin fundamento. Claramente no está del todo perdido este retorno a Marx y Freud; hay quienes lo han hecho, no siempre de manera explícita, pero sí a través del discurso contrahegemónico de algunos compañeros(as) y docentes, y a través de espacios de diálogo que pueden apuntar a una “nueva psicología”.

Así entonces, trataré de dirigir este breve escrito hacia dos caminos: el rechazo hacia Marx y Freud en nuestras aulas de psicología, por una parte; en el otro sentido, el necesario retorno a Marx y Freud que tendríamos que comenzar como estudiantes.

El rechazo hacia Marx y Freud en nuestra psicología: distorsiones, ausencia e ignorancia

Karl Marx (1818-1883) | Sigmund Freud (1856-1939)

Tanto Marx como Freud, contemporáneos en algún momento de su vida, cambiaron la forma de ver el mundo; fueron dos revolucionarios teóricos que llegaron para repensarse lo que se daba por sentado (y a la fecha). Para bien o para mal, distorsionados o no, todos conocemos a Marx y a Freud, hemos oído hablar de ellos, los vemos tal vez en textos, en cualquier disciplina de ciencias sociales son nombrados (a veces solo fugazmente). Sin embargo, en nuestra psicología, que es la que nos importa ahora en este escrito, ¿cuándo se han tomado en serio los aportes de Marx y de Freud? o una pregunta mejor planteada, ¿cuándo hemos revisado lo que Marx y Freud plantearon?

En primera instancia, y a quien se relaciona más en psicología, Freud ha sido rechazado y distorsionado en nuestra psicología (y no solo en mi universidad). Rechazado por la complejidad de sus argumentos, de su revolución teórica, por su “falta de cientificidad”, es decir, por no tener un fundamento científico en lo que él planteaba. Tachado de “pseudocientífico”, el psicoanálisis freudiano ni siquiera es revisado a fondo en nuestra psicología, el gremio psicológico supuestamente científico, y en general, muestran una resistencia, pero no una resistencia analítica, sino una resistencia ideológica (Althusser, citando palabras de Freud)1. Esto es claro, el psicoanálisis representa una amenaza a lo establecido, a la forma en que se hacían las cosas en la época en la supuesta ciencia psicológica, y hoy en día, la amenaza es dirigida hacia la comprensión misma del sujeto, de la supuesta autonomía que la psicología clásica y actual engendró en una sociedad burguesa.

El rechazo a Freud se tornó menos explícito debido a la gran distribución de su obra por medio de diferentes autores que se mantenían en cercanía con él, o veían la necesidad de un retorno a sus postulados (como Reich o Lacan). Sin embargo, esto no significa que el rechazo por parte de la psicología “científica” desapareció. Al contrario, este rechazo tomó formas más sofisticadas epistemológicamente hablando. En vez de rechazar a Freud y sus postulados, la psicología trató de absorber (y vaya que lo logró parcialmente) al psicoanálisis, psicologizándolo, robándose sus conceptos: la psicología del yo, el psicoanálisis infantil o del desarrollo, entre otros2. De esta forma, un psicoanálisis psicologizado (o como Althusser llama, un intento de digerir el psicoanálisis desde la psicología)3, un psicoanálisis distorsionado, perdía total capacidad subversiva, perdía todos los elementos que hacían que el sujeto se cuestionara a sí mismo, su constitución como tal; en términos psicologizados (a propósito), su “individualidad”.

Su distorsión continúa hoy presente en nuestras aulas. Escuchamos por los pasillos a psicólogos y psicólogas que dicen interesarse por Freud, que dicen entenderlo; utilizan conceptos como “inconsciente” y “consciente”, frases como “hacer consciente lo inconsciente”, sin siquiera dar cuenta de cada uno de estos conceptos. Piensan el psicoanálisis desde la psicología. Freud está presente y ausente a la vez: presente en el discurso psicologizado, ausente en la práctica subversiva, crítica y verdaderamente científica. Se piensa que revisar la primera y segunda tópica en dos clases establecidas es suficiente; el psicoanálisis es tratado como una simple “teoría de la personalidad”, una “simple teoría” de la “salud y enfermedad mental”. Los psicólogos piensan que saben de psicoanálisis porque lo piensan desde sus marcos teóricos-ideológicos pretendidamente científicos. El psicoanálisis que se nos da en las aulas es un psicoanálisis yoico, que ignora sus represiones, sus determinaciones superyóicas.

En segunda instancia, pero no menos que Freud, lo que Marx vino a hacer tanto en las ciencias sociales como en la propia filosofía claramente fue un golpe de realidad a la sociedad capitalista en turno (en ese entonces, la industrial). Marx, después de sus escritos de juventud aún con una postura idealista hegeliana (dominante en Alemania) pero con tendencias materialistas4, revolucionó la forma en que se vería el mundo real. Ya no se partirían de concepciones idealistas (como sucede en la psicología), ahora se partiría de las condiciones reales de existencia, de la vida misma; ya no habría especulación, sino una verdadera objetividad. El modo de producción real, es decir, de producción para poder vivir, determina el quehacer de los sujetos. Así, un adelantado a la época y a la misma psicología de hoy, Marx y Engels argumentaban que no es la conciencia la que determina la vida (como la psicología supone), sino que es la vida real la que determina la conciencia5. Las producciones mentales serían solo un reflejo ideológico, un reflejo “invertido” de lo real. De esta forma, el sustento ideológico del que parte la psicología y su la supuesta autonomía que le ofrece al individuo, terminan siendo nada a la luz de lo real.

De igual forma, Marx pudo vislumbrar que en los modos de producción (lo real) siempre había una parte que se quería imponer a la otra, es decir, dos clases. Esto mismo confirmado por él en la sociedad del modo de producción capitalista y sus análisis del feudalismo; en el actual modo de producción capitalista: burgueses y proletarios. La sociedad burguesa controla los medios de producción y la fuerza productiva, las ganancias solo se concentran en unos cuantos mientras que el trabajo de los proletarios es remunerado con un mísero salario. En este sentido, sin entrar a detalles en una crítica al capitalismo, se propone una concepción objetiva de la vida, una concepción materialista de las formaciones sociales: las sociedades se forman a partir de sus condiciones reales para vivir, esto es, su modo de producción. Esta concepción, denominada materialismo histórico (Marx no utilizó este término), llevó entonces a una amplia difusión para el análisis de la sociedad: autores como Engels, Plejanov, Lenin, Althusser extendieron el desarrollo teórico (entre otros). Quedo ahora bastante, pero exageradamente, corto para la explicación de la propuesta marxista.

Con todo esto ¿qué tiene que ver la psicología con Marx? El problema reside en que la psicología, nuestra psicología ha ignorado sus aportes totalmente. Aquí ni siquiera hay una presencia-ausencia, simplemente no existe Marx para la psicología de nuestros días (aparentemente no existe), para la positivista, para la adaptadora y alienante psicología. En vez de tomar en cuenta a Marx para la explicación de nuestra historia, se ignora completamente. Esto lo vemos en las supuestas clases de “historia” que se nos dan en la psicología: en vez de interesarnos por cómo saquearon América con fines de mercado en la época colonial, en vez de explicarnos las consecuencias de la sociedad capitalista neoliberal o interesarnos por la lucha de clases que hoy en día vivimos (como la COVID-19 ha dejado entrever actualmente), muy contrario a todo eso, la psicología se limita a contar lo que a su conveniencia es “mejor”. En caso de que no fuera “conveniencia” y fuera simplemente ignorancia, esta ignorancia no hace más que contribuir a que el capitalismo se siga perpetuando: en escuelas, en el trabajo, en la familia, en la sociedad misma.

La psicología sin Marx es simplemente una ciencia de las apariencias, de lo ideológico. El único acercamiento que se tiene por parte de nuestra psicología con Marx, en su ignorancia, es la distorsión de lo que él proponía. Los psicólogos y psicólogas (docentes y estudiantes) que ni un acercamiento por documental han tenido a Marx, difunden la misma propaganda burguesa en contra de un comunismo que es subversivo, revolucionario; esto es, y me atrevo a decirlo, porque sin capitalismo, ¿qué sería de la psicología?

Ya he mencionado anteriormente y en repetidas ocasiones, a partir de la propuesta de Braunstein y Althusser (seguidores de Freud, Lacan y Marx), que la psicología forma un Aparato Ideológico de Estado por sí misma. Nuestra psicología nos dota de ciertos ejes temáticos que deben ser revisados constantemente en clases, son reforzados constantemente, vistos una y otra vez sin cesar. Partimos de un idealismo platónico, un dualismo cartesiano, una “subjetividad” reducida a su comportamiento “objetivo”, observable y cuantificable, un individualismo con potencialidades, y para aparentar ser “más científicos”, una neurologización de la subjetividad. Claro, tenemos en cuenta de vez en cuando los “contextos” que la psicología determina en sus intervenciones de forma a priori: la familia, la escuela, el trabajo, lo “comunitario”. Nunca lo político y económico, nunca lo inconsciente o el aparato psíquico, nunca lo ideológico.

Este encierro en los ejes temáticos impuestos por la psicología no cumplen más que la función de serle leal al capitalismo y al “Yo” que desarrolló y reforzó la psicología como encargo del capital. Se tiene que asegurar un adoctrinamiento, la fuerza de trabajo adaptada, regulada, controlada; descartar aquellos quienes no funcionan en el entramado postindustrial; todo esto mediante pruebas psicométricas pretendidamente científicas. Nuestra psicología actúa como camisa de fuerza, que nos limita a un espacio cerrado de movimiento (sus temas y su campo de acción). Se trata de despolitizarnos, de “desrealizarnos”, de ser un psicólogo o psicóloga más. Se nos repite en las aulas (y vaya que en demasía), la premisa de que “cambiar el sistema” es IMPOSIBLE. Claro, esto es una cómoda postura para ellos y ellas, aquellos que les es más fácil recibir estímulos por cumplir con lo establecido, aquellos a los que les es más fácil subordinarse a lo que un dictamen establezca.

Comentarios finales: el retorno a Marx y a Freud

Me gustaría finalizar diciendo: no todo está perdido. Sí, tenemos mucho trabajo por realizar, mucho por leer y mucho por hacer si de verdad apostamos por una sociedad sin desigualdades. Si bien, la psicología ha absorbido al psicoanálisis e ignorado al marxismo, estos dos no necesitan de “la psicología”. Estos se han encontrado en diferentes ocasiones para formar un frente versus la psicología hegemónica, han creado y actualizado constantemente su propia psicología, una concreta y material, una verdaderamente científica no supeditada al capitalismo. Los aportes existen, solo que jamás nos los han presentado: Vygotsky (sólo vemos la ZDP), Politzer (¿y quién es?), Luria (¿no era el dios de los neuropsi?), Kornílov (¿?); todos estos forman parte de una “psicología marxista”. Más recientemente, Althusser y su retorno a Marx y su crítica de la psicología; Braunstein y su postura althusseriana; Parker, psicoanalista y marxista; Pavón-Cuéllar y su articulación del marxismo con el psicoanálisis lacaniano, entre otros tantos no menos importantes.

Necesitamos del psicoanálisis y del marxismo; necesitamos leer y releer a Freud y a Marx, tal como lo hizo Lacan con Freud, o Althusser con Marx (ambos críticos de la psicología). Ahora, no solo necesitamos de estas dos posturas para un frente teórico político comprometido, sino que también los necesitamos para cuestionar nuestra propia constitución como sujetos, es decir, cuestionar lo que nos ha hecho sujetos (en el doble sentido: sujetados y subjetivados). El compromiso de la psicología, si es que aún podemos hablar de ella como tal, no debe ser con un sistema económico encargado de violentar simbólicamente, debe ser, por el contrario, con la sociedad misma, y desarrollar un papel ético-político comprometido.

No por ser estudiantes no debamos acercarnos al lado “oscuro” como a mí me gusta llamarle. Pero es necesario que aceptemos, como estudiantes, que no será fácil comprender(se) a través de estos textos como la literatura psicológica ha ofrecido sus lecturas de forma fácil con lenguaje simplista e infantil para asegurar la reproducción ideológica. Es un camino complejo, un camino que hará poner en duda lo que somos y lo que la realidad ha sido hasta ahora.

Referencias

1 Louis Althusser, “The place of Psychoanalysis in the Human Sciences”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 1–44.

2 Ibíd. pp. 20-22

3 Louis Althusser, “Psychoanalysis and Psychology”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 45–87. (pp. 65-70)

4 Louis Althusser, “Sobre el joven Marx”, en La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1967), 39–70.

5 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.