Marx y Freud en nuestras aulas: una ausencia intencionada

Esta ocasión, más que enfocarme en aportes teóricos, en propuestas críticas para la contribución a la temática del blog basadas en autores y autoras importantes, quiero cuestionar y problematizar una situación que se da en nuestras aulas de psicología, al menos en lo que respecta al campus de mi universidad, que ha caracterizado nuestra formación como psicólogos y psicólogas: la ausencia intencionada de Marx y Freud en nuestras aulas, en nuestro programa educativo; en nuestra psicología.

Muchos compañeros y compañeras, docentes o administrativos podrán objetar lo antes mencionado; argumentarán que un retorno a Marx y a Freud (si es que ya han estado en su terreno) no es necesario, y que por el contrario, debemos “actualizarnos”, “modernizarnos” en las “nuevas” prácticas en psicología; incluso los habrá quienes argumentan conocer a Marx y a Freud, pero hasta ahí, no se profundiza en ninguno de los dos, incluso ni se mencionan en clase, y si con suerte llegan a mencionarse, forman parte de “líneas del tiempo”, de distorsiones y abstracciones teóricas sin sentido, de suposiciones ideológicas y argumentos sin fundamento. Claramente no está del todo perdido este retorno a Marx y Freud; hay quienes lo han hecho, no siempre de manera explícita, pero sí a través del discurso contrahegemónico de algunos compañeros(as) y docentes, y a través de espacios de diálogo que pueden apuntar a una “nueva psicología”.

Así entonces, trataré de dirigir este breve escrito hacia dos caminos: el rechazo hacia Marx y Freud en nuestras aulas de psicología, por una parte; en el otro sentido, el necesario retorno a Marx y Freud que tendríamos que comenzar como estudiantes.

El rechazo hacia Marx y Freud en nuestra psicología: distorsiones, ausencia e ignorancia

Karl Marx (1818-1883) | Sigmund Freud (1856-1939)

Tanto Marx como Freud, contemporáneos en algún momento de su vida, cambiaron la forma de ver el mundo; fueron dos revolucionarios teóricos que llegaron para repensarse lo que se daba por sentado (y a la fecha). Para bien o para mal, distorsionados o no, todos conocemos a Marx y a Freud, hemos oído hablar de ellos, los vemos tal vez en textos, en cualquier disciplina de ciencias sociales son nombrados (a veces solo fugazmente). Sin embargo, en nuestra psicología, que es la que nos importa ahora en este escrito, ¿cuándo se han tomado en serio los aportes de Marx y de Freud? o una pregunta mejor planteada, ¿cuándo hemos revisado lo que Marx y Freud plantearon?

En primera instancia, y a quien se relaciona más en psicología, Freud ha sido rechazado y distorsionado en nuestra psicología (y no solo en mi universidad). Rechazado por la complejidad de sus argumentos, de su revolución teórica, por su “falta de cientificidad”, es decir, por no tener un fundamento científico en lo que él planteaba. Tachado de “pseudocientífico”, el psicoanálisis freudiano ni siquiera es revisado a fondo en nuestra psicología, el gremio psicológico supuestamente científico, y en general, muestran una resistencia, pero no una resistencia analítica, sino una resistencia ideológica (Althusser, citando palabras de Freud)1. Esto es claro, el psicoanálisis representa una amenaza a lo establecido, a la forma en que se hacían las cosas en la época en la supuesta ciencia psicológica, y hoy en día, la amenaza es dirigida hacia la comprensión misma del sujeto, de la supuesta autonomía que la psicología clásica y actual engendró en una sociedad burguesa.

El rechazo a Freud se tornó menos explícito debido a la gran distribución de su obra por medio de diferentes autores que se mantenían en cercanía con él, o veían la necesidad de un retorno a sus postulados (como Reich o Lacan). Sin embargo, esto no significa que el rechazo por parte de la psicología “científica” desapareció. Al contrario, este rechazo tomó formas más sofisticadas epistemológicamente hablando. En vez de rechazar a Freud y sus postulados, la psicología trató de absorber (y vaya que lo logró parcialmente) al psicoanálisis, psicologizándolo, robándose sus conceptos: la psicología del yo, el psicoanálisis infantil o del desarrollo, entre otros2. De esta forma, un psicoanálisis psicologizado (o como Althusser llama, un intento de digerir el psicoanálisis desde la psicología)3, un psicoanálisis distorsionado, perdía total capacidad subversiva, perdía todos los elementos que hacían que el sujeto se cuestionara a sí mismo, su constitución como tal; en términos psicologizados (a propósito), su “individualidad”.

Su distorsión continúa hoy presente en nuestras aulas. Escuchamos por los pasillos a psicólogos y psicólogas que dicen interesarse por Freud, que dicen entenderlo; utilizan conceptos como “inconsciente” y “consciente”, frases como “hacer consciente lo inconsciente”, sin siquiera dar cuenta de cada uno de estos conceptos. Piensan el psicoanálisis desde la psicología. Freud está presente y ausente a la vez: presente en el discurso psicologizado, ausente en la práctica subversiva, crítica y verdaderamente científica. Se piensa que revisar la primera y segunda tópica en dos clases establecidas es suficiente; el psicoanálisis es tratado como una simple “teoría de la personalidad”, una “simple teoría” de la “salud y enfermedad mental”. Los psicólogos piensan que saben de psicoanálisis porque lo piensan desde sus marcos teóricos-ideológicos pretendidamente científicos. El psicoanálisis que se nos da en las aulas es un psicoanálisis yoico, que ignora sus represiones, sus determinaciones superyóicas.

En segunda instancia, pero no menos que Freud, lo que Marx vino a hacer tanto en las ciencias sociales como en la propia filosofía claramente fue un golpe de realidad a la sociedad capitalista en turno (en ese entonces, la industrial). Marx, después de sus escritos de juventud aún con una postura idealista hegeliana (dominante en Alemania) pero con tendencias materialistas4, revolucionó la forma en que se vería el mundo real. Ya no se partirían de concepciones idealistas (como sucede en la psicología), ahora se partiría de las condiciones reales de existencia, de la vida misma; ya no habría especulación, sino una verdadera objetividad. El modo de producción real, es decir, de producción para poder vivir, determina el quehacer de los sujetos. Así, un adelantado a la época y a la misma psicología de hoy, Marx y Engels argumentaban que no es la conciencia la que determina la vida (como la psicología supone), sino que es la vida real la que determina la conciencia5. Las producciones mentales serían solo un reflejo ideológico, un reflejo “invertido” de lo real. De esta forma, el sustento ideológico del que parte la psicología y su la supuesta autonomía que le ofrece al individuo, terminan siendo nada a la luz de lo real.

De igual forma, Marx pudo vislumbrar que en los modos de producción (lo real) siempre había una parte que se quería imponer a la otra, es decir, dos clases. Esto mismo confirmado por él en la sociedad del modo de producción capitalista y sus análisis del feudalismo; en el actual modo de producción capitalista: burgueses y proletarios. La sociedad burguesa controla los medios de producción y la fuerza productiva, las ganancias solo se concentran en unos cuantos mientras que el trabajo de los proletarios es remunerado con un mísero salario. En este sentido, sin entrar a detalles en una crítica al capitalismo, se propone una concepción objetiva de la vida, una concepción materialista de las formaciones sociales: las sociedades se forman a partir de sus condiciones reales para vivir, esto es, su modo de producción. Esta concepción, denominada materialismo histórico (Marx no utilizó este término), llevó entonces a una amplia difusión para el análisis de la sociedad: autores como Engels, Plejanov, Lenin, Althusser extendieron el desarrollo teórico (entre otros). Quedo ahora bastante, pero exageradamente, corto para la explicación de la propuesta marxista.

Con todo esto ¿qué tiene que ver la psicología con Marx? El problema reside en que la psicología, nuestra psicología ha ignorado sus aportes totalmente. Aquí ni siquiera hay una presencia-ausencia, simplemente no existe Marx para la psicología de nuestros días (aparentemente no existe), para la positivista, para la adaptadora y alienante psicología. En vez de tomar en cuenta a Marx para la explicación de nuestra historia, se ignora completamente. Esto lo vemos en las supuestas clases de “historia” que se nos dan en la psicología: en vez de interesarnos por cómo saquearon América con fines de mercado en la época colonial, en vez de explicarnos las consecuencias de la sociedad capitalista neoliberal o interesarnos por la lucha de clases que hoy en día vivimos (como la COVID-19 ha dejado entrever actualmente), muy contrario a todo eso, la psicología se limita a contar lo que a su conveniencia es “mejor”. En caso de que no fuera “conveniencia” y fuera simplemente ignorancia, esta ignorancia no hace más que contribuir a que el capitalismo se siga perpetuando: en escuelas, en el trabajo, en la familia, en la sociedad misma.

La psicología sin Marx es simplemente una ciencia de las apariencias, de lo ideológico. El único acercamiento que se tiene por parte de nuestra psicología con Marx, en su ignorancia, es la distorsión de lo que él proponía. Los psicólogos y psicólogas (docentes y estudiantes) que ni un acercamiento por documental han tenido a Marx, difunden la misma propaganda burguesa en contra de un comunismo que es subversivo, revolucionario; esto es, y me atrevo a decirlo, porque sin capitalismo, ¿qué sería de la psicología?

Ya he mencionado anteriormente y en repetidas ocasiones, a partir de la propuesta de Braunstein y Althusser (seguidores de Freud, Lacan y Marx), que la psicología forma un Aparato Ideológico de Estado por sí misma. Nuestra psicología nos dota de ciertos ejes temáticos que deben ser revisados constantemente en clases, son reforzados constantemente, vistos una y otra vez sin cesar. Partimos de un idealismo platónico, un dualismo cartesiano, una “subjetividad” reducida a su comportamiento “objetivo”, observable y cuantificable, un individualismo con potencialidades, y para aparentar ser “más científicos”, una neurologización de la subjetividad. Claro, tenemos en cuenta de vez en cuando los “contextos” que la psicología determina en sus intervenciones de forma a priori: la familia, la escuela, el trabajo, lo “comunitario”. Nunca lo político y económico, nunca lo inconsciente o el aparato psíquico, nunca lo ideológico.

Este encierro en los ejes temáticos impuestos por la psicología no cumplen más que la función de serle leal al capitalismo y al “Yo” que desarrolló y reforzó la psicología como encargo del capital. Se tiene que asegurar un adoctrinamiento, la fuerza de trabajo adaptada, regulada, controlada; descartar aquellos quienes no funcionan en el entramado postindustrial; todo esto mediante pruebas psicométricas pretendidamente científicas. Nuestra psicología actúa como camisa de fuerza, que nos limita a un espacio cerrado de movimiento (sus temas y su campo de acción). Se trata de despolitizarnos, de “desrealizarnos”, de ser un psicólogo o psicóloga más. Se nos repite en las aulas (y vaya que en demasía), la premisa de que “cambiar el sistema” es IMPOSIBLE. Claro, esto es una cómoda postura para ellos y ellas, aquellos que les es más fácil recibir estímulos por cumplir con lo establecido, aquellos a los que les es más fácil subordinarse a lo que un dictamen establezca.

Comentarios finales: el retorno a Marx y a Freud

Me gustaría finalizar diciendo: no todo está perdido. Sí, tenemos mucho trabajo por realizar, mucho por leer y mucho por hacer si de verdad apostamos por una sociedad sin desigualdades. Si bien, la psicología ha absorbido al psicoanálisis e ignorado al marxismo, estos dos no necesitan de “la psicología”. Estos se han encontrado en diferentes ocasiones para formar un frente versus la psicología hegemónica, han creado y actualizado constantemente su propia psicología, una concreta y material, una verdaderamente científica no supeditada al capitalismo. Los aportes existen, solo que jamás nos los han presentado: Vygotsky (sólo vemos la ZDP), Politzer (¿y quién es?), Luria (¿no era el dios de los neuropsi?), Kornílov (¿?); todos estos forman parte de una “psicología marxista”. Más recientemente, Althusser y su retorno a Marx y su crítica de la psicología; Braunstein y su postura althusseriana; Parker, psicoanalista y marxista; Pavón-Cuéllar y su articulación del marxismo con el psicoanálisis lacaniano, entre otros tantos no menos importantes.

Necesitamos del psicoanálisis y del marxismo; necesitamos leer y releer a Freud y a Marx, tal como lo hizo Lacan con Freud, o Althusser con Marx (ambos críticos de la psicología). Ahora, no solo necesitamos de estas dos posturas para un frente teórico político comprometido, sino que también los necesitamos para cuestionar nuestra propia constitución como sujetos, es decir, cuestionar lo que nos ha hecho sujetos (en el doble sentido: sujetados y subjetivados). El compromiso de la psicología, si es que aún podemos hablar de ella como tal, no debe ser con un sistema económico encargado de violentar simbólicamente, debe ser, por el contrario, con la sociedad misma, y desarrollar un papel ético-político comprometido.

No por ser estudiantes no debamos acercarnos al lado “oscuro” como a mí me gusta llamarle. Pero es necesario que aceptemos, como estudiantes, que no será fácil comprender(se) a través de estos textos como la literatura psicológica ha ofrecido sus lecturas de forma fácil con lenguaje simplista e infantil para asegurar la reproducción ideológica. Es un camino complejo, un camino que hará poner en duda lo que somos y lo que la realidad ha sido hasta ahora.

Referencias

1 Louis Althusser, “The place of Psychoanalysis in the Human Sciences”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 1–44.

2 Ibíd. pp. 20-22

3 Louis Althusser, “Psychoanalysis and Psychology”, en Psychoanalysis and the Human Sciences (Nueva York: Columbia University, 2016), 45–87. (pp. 65-70)

4 Louis Althusser, “Sobre el joven Marx”, en La revolución teórica de Marx (México: Siglo XXI, 1967), 39–70.

5 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.





DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva

Tanto a psicólogos como a psiquiatras (los psi de aquí en adelante), nos indican que hay que saberse los llamados “trastornos mentales”, su clasificación, sus “síntomas”, sus “criterios diagnósticos”, todo esto apoyado en los sistemas de clasificación existentes. Por un lado tenemos a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE; ICD por sus siglas en inglés: International Classification of Diseases) a cargo de la Organización Mundial de la Salud en la que no sólo se condensan las enfermedades orgánicas, sino también las “mentales”; y por otro tenemos uno exclusivo a los famosos “trastornos mentales”: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, en inglés) a cargo de la Asociación (norte)Americana de Psiquiatría.

Bajo estos dos manuales universales e imperantes, el quehacer de los psi ha sido regulado y subyugado; estos van “clasificando” a diestra y siniestra a cualquier “enfermo” que se les pare delante de ellos. En esta ocasión, me ocuparé, no de los sistemas clasificatorios como tal ni de sus diferencias entre sus ediciones, pero sí de las repercusiones del quehacer de los psi con estos sistemas, más específicamente con el DSM (de-ese-eme a partir de ahora): la clasificación como instrumento para regresar a todos a la normalidad, al cenro de la curva de Gauss. Cabe mencionar, que en este escrito el lector podrá ver fundadas mis opiniones en la crítica que hace Néstor Braunstein a la clasificación de la supuesta “enfermedad mental”, no sin antes hacer un retorno muy breve a la propuesta de Jan De Vos acerca de la neurologización del todo (ya anticipada en la publicación anterior).

Neurologización, medicalización y el DE-ESE-EME

Después de la psicologización, es decir, de ver todo a través del lente de la psicología, o de las ciencias “psi”, viene la neurologización, o mejor aún, se complementan, son como hermanas. Esta última enfatiza la materialidad cerebral de lo psicologizado anteriormente: las emociones, las ansiedades o depresiones ya no solo le competen al corpus teórico de la psicología, sino que este encuentra su complemento en el cerebro. Todo lo que le sucede al sujeto, o su subjetividad, ahora se ve a través del lente de las neurociencias o bajo el prefijo “neuro”; todas las “afecciones” psicológicas ahora residen exclusivamente en el cerebro, en sus conexiones neuronales, los neurotransmisores; el sujeto se reduce a su cerebro (De Vos, 2019). Lo “neuro” comenzó a ganar terreno en las disciplinas de los psi (neuro-psicología, neuro-psiquiatría) (ibíd.)

El lector puede preguntarse: ¿a dónde vamos con hablar de la neurologización? En su intento por pretender ser científicos, los psi acuden directamente a terrenos ajenos para poder “armarse de municiones” del campo médico (en este caso, el de la neurología, aunque suelen recurrir a otras áreas médicas como la patología), para sustentar sus sistemas de clasificación (el de-ese-eme), para supuestamente explicar las “causas” y darles nombre a los “trastornos-enfermedades mentales”, y obviamente, generar “tratamientos” a doc para el “trastorno”. En contraste, poco antes de que el DE-ESE-EME-5 fuera lanzado al mercado (como cualquier mercancía lista para generar plusvalía), Braunstein (2013) afirmaba que este apoyo de los psi en la materialidad cerebral no explica las causas de los “trastornos”, sino que simplemente harían posible la manifestación sintomática, es decir, son otros síntomas del “trastorno”.

Así pues, como mencioné en líneas anteriores, además de navegar en aguas ajenas como en la neurología, la patología, y otras tantas, para formar su corpus “neuropsi” (De Vos, 2019) y su arsenal para su quehacer profesional (en este caso, toda la clasificación del de-ese-eme), los psi (o neuropsi), también buscarán un tratamiento que funcione, adapte, normalice (¿normalizar qué?) a la persona. En este caso, como el de-ese-eme prescinde de alguna teoría y recurre a la neurologización, a lo “científico”, a lo “tangible” (Braunstein, 2013; De Vos, 2019), se recurre también a un tratamiento para esta materialidad, para el cerebro y ahora también, la conducta (no me detendré en esto esta ocasión): los fármacos. No se niega que estos puedan tener efectos benéficos para las “afecciones mentales”, sin embargo, dado que la medicalización (que incluye todo el saber médico y sus prácticas, entre ellas, el suministro de fármacos) está al servicio del discurso de los mercados (del capitalismo en su fase avanzada pues), no se encontrarán muchos “papers” que hablen de todo lo negativo que estos conllevan para la psique (Braunstein, 2013).

Parece pertinente detenerse en la siguiente cita de Braunstein con clara influencia foucaultiana:

“Que nadie se confunda: la crítica a la medicalización no es crítica a la medicina y sus innegables avances en cuanto a la transformación de la existencia, las más de las veces en un sentido potencialmente positivo (aunque degradado por las políticas estatales y corporativas que la regulan). La crítica apunta a la ideología subyacente al discurso médico, medicalizante, que se apuntala en el conocimiento de las posibilidades del cuerpo humano y que pretende, en nombre de una cierta ganancia en cuanto a la duración de la vida y prevención o control de las enfermedades, someter esa vida a los mandamientos de una empresa planetaria de regulación de todos los comportamientos instintivos y sociales, de las pulsiones y sus destinos, desviado a los hombres y a las mujeres de las preguntas relacionadas con las circunstancias (sociales, políticas, culturales, jurídicas, económicas) en que sus vidas transcurren. En otras palabras, a las obvias funciones represivas, “biopolíticas” (y “psicopolíticas”, agreguemos) del discurso basado en la medicina”. (ibíd; 41.) (Cursivas mías)

Podemos colocar a la medicalización junto con la neurologización como pilares constitutivos de los sistemas clasificatorios, tanto del mentado de-ese-eme (I, II, III, IV, V y que ojalá aquí se quede) como del CIE, que no abordaremos aquí. Por una parte, la neurologización ofrece una explicación supuestamente científica de los “trastornados”, y por otra, la medicalización comparte todo su saber y prácticas para su tratamiento (aunque también, en el sentido moebiusiano, estas dos irían de la mano: lo neuro y lo médico), formando así una relación indisoluble de trastornos-tratamientos. A su vez, no solamente constituyen un sistema clasificatorio, sino que además, devienen en acto político (algo performativo), es decir, todo en su conjunto (medicalización, neurologización y el de-ese-eme) configuran tanto el quehacer de los psi, como de los propios “pacientes” o “no-pacientes”. La clasificación y el diagnóstico son agentes activos en el dispositivo psi: no son actos “científicos” u “objetivos”, sino postulaciones con significación moral y política. (Braunstein, 2013). Cierro este apartado con una cita textual del autor antes mencionado:

“El diagnóstico no se encuentra, se emite: es un acto performativo en donde la palabra hace a la cosa que nombra y hace al sujeto que lo recibe transformándolo en otro respecto al que era antes, a menudo estigmatizándolo” (ibíd.; 50) (Cursivas mías)

En ese sentido, ya no nos vemos solamente a través del lente de la psicología, de las ciencias neuropsi o las médicas, sino que además, nos vemos (y nos ven) a través del ojo de la clasificación, del de-ese-eme.

Normalización compulsiva: ¡Quiero estar en el centro con Gauss!

Terminamos el apartado anterior con la cita de Néstor Braunstein, que alude justamente a que los sujetos ahora nos veamos, aunque estigmatizados sin darnos cuenta (como se maneja la ideología), a través de los criterios diagnósticos del de-ese-eme. Este mentado manual, con base en criterios estadísticos establecen qué es normal, y qué es anormal, aunque de manera no explícita, claro está. Todo aquel o aquella que se le marquen sus criterios en el manual, será acreedor a una etiqueta, a una letra y un número (¿dónde hemos visto esto? no entraré en detalles, dejo al lector reflexionar sobre esto), pero además, estos indicarán que no pertenecen a la población “normal”, a los “funcionales”. Aquí cabe hacernos unas preguntas en modo paréntesis: ¿normales para quiénes? ¿funcionales para qué?; En ese sentido, los manuales clasificatorios ayudarán a estigmati… perdón, a identificar el trastorno del sujeto, adecuarle un tratamiento psicoterapéutico y seguramente también, suministrarle unas cuantas drogas legales para somet… perdón de nuevo, “adaptarlo” a la “normalidad”. Todo esto, en términos psicoanalíticos, se “aplica” al yo individual, al yo consciente (?).

Aquí es necesario detenernos en una cita importante:

“Al igual que sucede con la psiquiatría, a algunos psicólogos y terapeutas les es preciso auxiliarse de sintomatologías, nosografías, pronósticos, observaciones, historiales clínicos, manuales estadísticos [como el de-ese-eme], protocolos, formatos de entrevista y test … irguiéndose con orgullo como profesionistas de la salud mental [lo normal]. La misión de estos profesionistas será prevenir y cuidar-curar la llamad enfermedad mental y las pasiones (y cuidar y resguardar al enfermo de sí mismo, de la sociedad y viceversa) ya que la enfermedad mental es un enemigas [sic] de la higiene pública“. (Pacheco-García, 2013, p.43) (Cursivas mías)

Como vemos, los psi se montan todo un arsenal para convencer a quienes acuden con ellos de que hay que regresarlos a la “normalidad”, es una búsqueda immplacable y compulsiva por colocarlos, o intentar colocarlos con Gauss, no a la izquierda, no a la derecha, al centro. Lo “normal” se establece en congresos, en reuniones entre los psi, entre la industria farmacéutica, y siempre con sus invitados especiales, los capitalistas y el Estado. Así entonces, la normalización compulsiva a través del arsenal psi responde a dos intereses aquí propuestos inspirados en las afirmaciones de Pavón-Cuéllar (2012): 1. Evitar que el sistema capitalista y su brazo político-armado, el Estado, sean molestados a través de la (re)adaptación de los (seudo)trastornados, y 2. Generar plusvalía a través de la fuerza de trabajo funcional, ya readaptada, esto se lograría con el apoyo de la clasificación y posteriormente la medicalización de los (seudo)trastornados: con el consumo de medicamentos, sedantes, neurolépticos, ansiolíticos, etc.

Comentarios finales

El arsenal psi (manuales, tests, especialistas psi), o “dispositivo psi” como Braunstein (2013) lo llama inspirándose en Foucault, no solamente responde a intereses internos de las asociaciones psiquiátricas u organizaciones de salud, sino que también responde al sistema. Estos se encargarán de clasificar, diagnosticar, tratar y medicalizar todo aquel que no esté sentado en el centro con Gauss. Se trabajará con el comportamiento visible, con la sintomatología, con el “yo” individual. Y retomando de nuevo a Braunstein, se ignorarán todas las circunstancias alrededor de los “individuos” (seudo)trastornados. Se le enseñará al sujeto (¿quiénes le enseñarán? los psi) acerca de sus neurotransmisores, de sus conexiones neuronales, de sus lóbulos cerebrales, para que aprenda a su vez, a ignorar a la estructura, la causa de su malestar. Recurrirán incontables veces a marcar con palomitas sus criterios diagnósticos para cerciorarse de que diagnosticaron “éticamente” al sujeto.

Espero que el lector haya notado el sarcasmo en el párrafo anterior. No obstante, no todo está perdido. La propuesta nuevamente apunta al psicoanálisis (y al marxismo con su crítica al sistema), no porque este sirva para algo realmente, sino más bien es porque no sirve para nada (Pavón-Cuéllar, 2012); ahí radica su potencial emancipador y crítico; el psicoanálisis no sirve para normalizar, es más, no sirve para diagnosticar; Pacheco-García (2013) complementa:

“Lo que afirmamos es que el quehacer del psicoanálisis no está supeditado a los estándares, normas o demandas del Otro, del colectivo o del orden simbólico, como si esos parámetros de lo correcto, lo sano y lo normal que establecen el común de la gente [tal vez no el común, pero sí los psi], parámetros que se sostienen desde el registro simbólico, fueran el molde a seguir, bajo el cual hay que adecuar y con-formar al sujeto y a lo inconsciente”. (p.55)

Desde aquí, a partir de los autores mencionados, y muchos omitidos no por negligencia, sino por falta de espacio para comodidad del lector, se propone una crítica constante a los sistemas clasificatorios de los trastornos; estos, en su pretensión de ser científicos, como los psi, no hacen más que contribuir con el sistema capitalista, dotarles de fuerza de trabajo readaptada, “curada”, “tranquilizada”. Es importante dilucidar que los sistemas de clasificación tienen fines políticos-ideológicos-económicos, no son neutrales aunque lo aparenten. Pongamos de cabeza al De-eSe-eMe con su pretensión científica.

Referencias

  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • De Vos, J. (2019). La neurologización. En: J. De Vos. (2019). La psicologización y sus vicisitudes (pp.99-144). México: Paradiso Editores.
  • Pacheco-García, H. H. (2013). La clínica psicoanalítica y el fin del análisis. De la botella de Klein y la banda de Moebius a la noción de cura. Zacatecas: Taberna Libraria.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209


Homo psychologicus: la psicologización del todo

Hoy en día podemos escuchar términos de la propia psicología en cualquier lado, en cualquier medio, en el discurso popular y donde menos nos lo imaginemos; la psicología ha alcanzado hasta el más recóndito de los lugares para “compartirle” su saber a diestra y siniestra. En consecuencia, nos han bombardeado (la psicología) de todo su saber, de sus prácticas, de sus técnicas y discurso, hasta de las palabras más “inocentes” que se reproducen en las teorías. Pero ¿qué repercusiones tiene todo esto? ¿qué se gana (o se pierde) al querer psicologizar todo?

Siguiendo la propuesta de Jan De Vos (psicólogo crítico belga), trataré de abordar muy superficialmente, cómo la psicologización acapara la subjetividad, la moldea, la hace y deshace a su gusto, llegando así a convertir al humano (el homo sapiens) en un “homo psychologicus”, no obstante, se deben de tomar en cuenta las repercusiones (ideológicas-políticas) de caer en este arquetipo psicologizado. El argumento de Jan De Vos implica no solo situar la mirada en el homo psychologicus como resultado de una psicologización, sino también revisar críticamente la neurologización y digitalización de los sujetos, sin embargo, revisar esto implica rebasar los objetivos de este escrito (para profundizar más, véase: De Vos, 2019). El escrito será relativamente breve, y pretendo profundizar posteriormente en lo antes mencionado y en cómo la psicologización es necesaria para lograr crear el “homo neurologicus” y el “digitalus”.

¿Qué entender por psicologización?

De Vos (2019) nos da todo un recorrido crítico sobre la lógica de la psicologización, y más que centrarnos en una definición específica, esto implicaría más bien, entenderla como una apropiación, una imposición (obviamente de los especializados en psicología: los psicólogos y psicólogas) de las teorías y corrientes psicológicas para mirarnos, mirar a los otros y a lo que sucede “allá afuera”, todo esto, claro está, a través del discurso (ya ideológico) psicológico. Es como si utilizáramos un lente graduado por la psicología para ver a través de él.

Es en ese sentido en el que se debe abordar la psicologización, una especie de “adoctrinamiento” o transferencia a partir de lo psicológico, de sus teorías y discursos; es la psicología intentando y logrando crear un sujeto: el sujeto de la ciencia (como lo llamó Lacan, 2009, citado por De Vos, 2019). Se escucha con más frecuencia los significantes de la psicología: “mente”, “depresión”, “ansiedad”, “emoción”, “sentimientos”, “afrontamiento”, “duelo”, “diagnóstico”, “salud mental”, “enfermedad mental”, “trastorno”, “tratamiento” y un sinfín más que se han incorporado en el discurso de todos y todas a través de esta psicologización.

La psicologízación implica entonces, una psico-educación (De Vos, 2019), en la que los sujetos incorporen en su subjetividad lo psicológico. Es una distribución del conocimiento psicológico, más específicamente, desde el ámbito humanista y conductual y lo que conllevan estas corrientes “psi”: lo naturalizador y normalizador, lo estadístico, lo sano y lo enfermo, la obsesiva individualidad etc. (llamémosle la psicología hegemónica y dominante). Esta distribución de conocimiento puramente psicológico a través de las distintas teorías, repercute directamente en “cómo nos vemos” a nosotros mismos: nos vemos entonces a través del ojo psicologizado, nos vemos como personas capaces de “autorrealizarnos”, con “estrategias de afrontamiento”, con “emociones”, “con un sentido estrictamente individual” (ya comentado en otra publicación). De Vos afirma: “Es como si el paciente fuera interpelado a ser su propio psicólogo, el lego [palabra utilizada para designar a alguien que es “nuevo” en algo] tiene que entender sus problemas (y las soluciones apropiadas) por la vía del corpus teórico de la psicología” (ibíd; 73).

Esta psico-educación, psicologización a fin de cuentas, claramente se apoya en distintos medios (previamente psicologizados) para conseguir sus fines: los medios de comunicación, incluyendo el internet, pueden ser la principal fuente de distribución del conocimiento psicológico académico. Se le “enseña” a la gente a pensarse y verse a sí mismos desde la mirada de la psicología, con “potencialidades” y toda esa retórica humanista-conductista que encontramos en muchos programas, series, publicaciones en Facebook o Twitter: “¡¿Quieres manejar y aprender sobre tu [inserte cualquier “padecimiento” psicológico]? Entonces, este curso-meme-video-etc. es la solución!. Así, la premisa clave de la psicologización es “Mira, eso es lo que eres” (ibíd.). Por otra parte, no hay que perder de vista (y tampoco debamos sorprendernos) que en esta adopción, aceptación y el intercambio del corpus teórico psicológico, subyacen ideas discursivas e ideológicas (De Vos, 2019): ¿ideología de qué o de quién? La respuesta ya la sabemos.

Así entonces, somos reducidos a meros conceptos psicológicos para explicarnos, para mirarnos a nosotros mismos y a los demás, a la sociedad en general. Pero ¿qué implicaciones tiene este reduccionismo psicologista? ¿acaso hay algo peor que pensarnos en términos psicológicos?

Implicaciones del homo psychologicus

Tal como Jan De Vos hacia referencia al “sujeto de la ciencia” de Jacques Lacan, así mismo explica que las ciencias modernas (entre ellas la psicología) proporcionan a la sociedad “las coordenadas esenciales de la realidad” (2019, p.168). En este sentido, si estamos en la época de la psicologización (o al menos se sigue recurriendo a esta), no es de esperarse que el “homo psychologicus” y la sociedad misma sea entendida en términos abstractos por la propia psicología (como la individualidad que se reproduce en todas sus corrientes humanistas-conductistas). Esto es, ignorar lo político (en parte), ignorar lo social, las problemáticas “externas”. Así entonces, a pesar de que el homo psychologicus sea despolitizado (sin interés político de lo que sucede allá afuera por causa de la psicologización, en pocas palabras: desinteresados del sistema), la misma psicología está cumpliendo un papel político e ideológico: despolitizarnos (y psicologizarnos) a todos y todas. Y podemos preguntarnos, ¿esto para qué? No es una casualidad, ni tampoco debemos soprendernos de que la psicología guarda una estrecha complicidad con el capitalismo en sus diferentes vertientes. Tampoco debemos sorprendernos que la mayoría de los psicólogos y psicólogas han preferido (aparentemente) no tener un posicionamiento político por lo que sucede “allá afuera”; claro está, se mueven en la misma zona psicologizada.

El sistema capitalista prefiere seres despolitizados, seres psicologizados, para que no se ponga en evidencia la hostilidad con la que este opera y reproduce las relaciones de reproducción. Crear subjetividades reducidas a la psicología implica entenderse y verse a sí mismos alejados de lo que el capitalismo (financiero, neocolonial, lumpen-capitalismo, y otros) está causando en la “verdadera” realidad (la que no vemos con el lente psicológico). De Vos (2019) lo explica magistralmente con las siguientes palabras inspiradas en Pavón-Cuéllar:

“[…] Es la psicología hace posible (sic) la explotación, la ideologización y la fetichización. La psicología no sólo proporciona la razón sino también la tecnología central del capitalismo: dibuja y esboza al sujeto del capitalismo, y permite así su explotación tanto del lado de la producción como del lado del consumo”. (p.195).

La psicología, a través de su psicologización, enajena a los sujetos con la finalidad de que estos le sirvan directamente al capitalismo, se mantengan dóciles, se mantengan levitando en el discurso psicologista de las “potencialidades”, “las emociones”, lo individual, “sus estrategias de afrontamiento”, “los duelos”, el “estrés postraumático”, las “depresiones y ansiedades”.

Comentarios finales y propuesta de Jan De Vos

Lo que aquí se expuso fue solamente una breve recapitulación y una pequeña aportación a lo que el psicólogo belga Jan De Vos nos explica en una de sus más recientes obras. Cabe aclarar, que me limito únicamente al fenómeno de la psicologización, porque De Vos se extiende a dos fenómenos que revisaremos con posterioridad: la neurologización (esa reducción de la subjetividad a cuestiones dadas por las neurociencias y la materialidad cerebral) y la digitalización (la subjetividad en redes sociales y el espacio virtual). Así mismo, se afirma que la psicologización es un proceso primordial (en el sentido perverso ideológico) para lograr las otras dos.

La psicologización es un acto político que despolitiza a los sujetos, que los enajena, que los somete a los intereses del Otro (en términos lacanianos), del capitalismo y sus secuaces (los capitalistas claramente y por el otro lado el Estado). ¿Cómo lidiar con la psicologización y la psicología propiamente? A continuación se responde.

Jan De Vos nos propone una crítica desde el marxismo y el psicoanálisis (claro está, desde el freudiano y lacaniano). Estas dos posturas, teorías se complementan una a la otra; al no poderse psicologizar ninguna de las dos en su conjunto, nos ofrecen una zona de crítica radical hacia la psicología y hacia el capitalismo. Muchos psicólogos y psicólogas que lean esto hasta podrán asustarse al leer “marxismo” y “psicoanálisis”, les puede generar repulsión y rechazo; normalmente esto ocurriría por obedecer (inconscientemente o por el contrario, “bien adoctrinados” o mejor dicho, psicologizados) a los intereses de la psicología dominante-hegemónica-capitalista. Sin embargo, son muchos y muchas otras los que nos estamos incorporando al camino de la crítica de la psicología y del mismo sistema de producción capitalista a partir de una postura marxista y psicoanalítica. Este blog, como ya se ha podido percatar el lector, mantiene esta postura, no obstante, no afirmo que ya esté del todo “des-psicologizado” o que “sepa mucho”, esto implica un camino largo, complejo, de lectura, de crítica y autocrítica constante.

Como anteriormente anticipé, abordare próximamente el fenómeno del “homo neurologicus” y el “homo digitalus” con mayor produndidad a partir de la obra de De Vos, dado que parece fundamental para el complemento de esta publicación.

Referencias

  • De Vos, J. (2019). La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.

Cambiar “yo” para que nada cambie: la retórica del capitalismo

Mientras leía el capítulo final de “Psicología: ideología y ciencia” (1975), escrito por Gloria Benedito (y en donde también figuran ampliamente los aportes de Néstor Braunstein), me encontré con una serie de denuncias en contra de la psicología y su complicidad con el modo de producción capitalista y su afán de querer cambiar a los sujetos en su individualidad para que todo siga como esté. La cita hizo que me motivara a escribir estas líneas, y que considero importante argumentar. La cita menciona:

“…la producción de todos los cambios necesarios en el hombre para que nada cambie, para que no cambie lo esencial, la estructura, la determinante en última instancia, el modo y relaciones de producción imperantes”. (Benedito, 1975, p.412)

A pesar de que esta aseveración se haya escrito hace 45 años, no cabe duda que hoy nos encontramos frente a la misma situación en la actualidad, solo que esta ocasión, el capitalismo ha sabido mediante su retórica muy elaborada y apoyada por diferentes instancias ideológicas como la propia psicología, esconder a través de premisas muy escuchadas por todos día a día, algunas de estas ya mencionadas en una publicación en este blog: “el cambio está en uno mismo”, “el cambio lo haces tú”, “no esperes a que los demás cambien” entre muchas otras bastante reproducidas en prácticamente todos los lugares en los que estamos. Me propongo entonces en esta ocasión, a elaborar unas (limitadas) reflexiones en torno a este tipo de premisas, cómo se incrustan en nosotros y qué repercusiones tienen a partir de analizar de forma breve, general e incompleta, el modus operandi del capitalismo a través de sus técnicas compradas (como las de la psicología). Al final del escrito pretendo mostrar un ejemplo muy común en la sociedad actual en dónde se puede visibilizar con mayor facilidad la reproducción de esta premisa muy sonada: “el cambio está en uno mismo”.

El modus operandi del capitalismo: la psicología como soporte y técnica ideológica

La psicología hegemónica al servicio del capital se ha encargado de definir (o mejor dicho, de reproducir) lo que es “normal” y “anormal”, lo “sano” y lo “enfermo”, la conducta “adaptada” y la “inadaptada”. Estas definiciones corresponden a ciertas normas (y nos preguntaremos ¿impuestas por quién[es]?) que todos y todas debemos de cumplir y seguir; los estándares impuestos para considerarse “normal”, “sano” o “adaptado” se presentan en función de una serie de demandas y expectativas (¿de quiénes?) que se deben realizar; los psicólogos suelen argumentar que son demandas y expectativas del “medio social” (¿y quiénes dirigen ese “medio social”?). Todas estas demandas y expectativas son difundidas a través de los diferentes aparatos ideológicos de Estado (ya revisados anteriormente): la escuela, la religión, los medios de comunicación, creando así un “sujeto ideal”, un ideal del Yo, en términos psicoanalíticos. Este sujeto tiene ciertas funciones en el “medio” (¿impuestas por quién?), que deben ser cumplidas para seguir perteneciendo a ese medio, de lo contrario, se verá acorralado en la exclusión “social” (¿quién determina a quiénes se excluyen y a quiénes no?).

Para dar respuesta a todas las preguntas planteadas en paréntesis, recordemos lo que Althusser a través de los aportes de Marx con el materialismo histórico: la infraestructura económica es determinante, en última instancia, de las cuestiones ideológicas, jurídicas-políticas. Es decir, el modo de producción imperante en un momento dado (el capitalismo, desde hace casi un siglo) determina qué es lo “normal”, lo “patológico”, lo que se adapta a él, y lo que se desvía. Todo lo normal y lo adaptado, podrán cumplir las funciones que le corresponden en el modo de producción capitalista, no serán una incomodidad o un problema que se tenga que solucionar. En caso de que exista alguien que se desvíe (que cuestione, o no cumpla su función), el capitalismo se verá obligado, mediante sus aparatos ideológicos (como la psicología), en aplicar las técnicas necesarias para solucionar el “problema”.

El capitalismo escoge a nuestra disciplina, dado que esta ha definido (vagamente y con aparente cientificidad) su objeto de estudio como la “conciencia” y la “conducta”, y sobre estos trabaja (Braunstein, 1975), para hacer los cambios pertinentes en aquellos que “lo necesitan”; es la más adecuada para tratar con los sujetos. La psicología se verá en la necesidad de cumplirle al capitalismo, dado que este la financia (métodos, técnicas, etc), sus demandas: readaptar a todo aquel que no cumpla con los estatutos del “medio”, aquel que presenta conductas no admisibles/aceptables que interfieran con el proceso de producción (ahora en el neoliberalismo). La readaptación se realizará mediante sus diagnósticos, mediante los test “estandarizados” (en función de criterios estadísticos de normalidad) y psicoterapias, a través de una lógica centrada en el individuo y su conducta individual (porque es “uno” el que está mal), en el “aquí y en el ahora” para ignorar los determinantes históricos; se le enfatizará al sujeto que su forma de ser (inadaptada), no funciona, que debe cambiar para funcionar. En este sentido, se ignora toda la causalidad estructural, el modo de producción detrás de estas supuestas inadaptaciones (Benedito, 1975; Braunstein, 1975).

Pavón-Cuéllar (2012) enfatiza en esta cuestión de la psicología y su lógica (obsesiva) del individualismo como cómplice del modo de producción: “…consiste en desviar la atención del sistema”, el sistema “no puede ser molestado”, la psicología debe centrar los problemas “en las inseguridades, los complejos, las desesperaciones e impulsividades” de los individuos, en este sentido “no es necesario transformar al sistema” sino al individuo, en vez de realizar una gran “revolución social”, realizar una “pequeña revolución individual en un centro de readaptación social, una clínica psiquiátrica, un consultorio de terapia breve o en un diván de psicoanalista”. Y continúa:

Podemos representarnos la psicología como un alambique del sistema por el que entran seres peligrosamente frustrados e insatisfechos, potencialmente indignados y subversivos, y salen seres sonrientes, satisfechos, tranquilos, relajados, resignados, adaptados. En su indignante complicidad con el sistema, la psicología opta por adaptarnos al sistema, a sus mezquinos intereses, a sus falsos ideales y caprichos perversos, en lugar de adaptar el sistema a nosotros, a nuestras necesidades, aspiraciones y deseos. En lugar de que el sistema sea lo que nosotros queremos, somos nosotros los que debemos ser lo que decide el sistema. Somos nosotros los que debemos ceder. Somos nosotros los que debemos adaptarnos al sistema, como si el sistema fuera digno de que nos adaptáramos a él, como si lo valiera, como si mereciera que todos los psicólogos trabajen diariamente para él, para perpetuarlo, para protegerlo de los inadaptados” (ibíd; 204).

Ha quedado claro, que el problema no es el sistema, es el individuo inadaptado, el anormal, el patológico. El sujeto cree que el problema es él o ella, que debe cambiar para no ser excluido (ya sabemos por quiénes), que si quiere seguir en su trabajo debe cambiar él, que debe controlar su síntoma (por ejemplo, el estrés) ignorando toda causalidad (las condiciones y relaciones de producción) para no generarles un problema en la gerencia, a los administrativos; el alumno debe cambiar (readaptar) su forma rebelde de pensar a contracorriente para obtener el agrado del profesor(a) y pasar la materia, y que este no cuestione su discurso hegemónico (tanto del docente como el de la universidad). Ejemplos hay muchos, en esta ocasión me enfocaré particularmente en la difusión del “cambio está en uno mismo” respecto a la situación medio ambiental en decadencia

La retórica de “el cambio está en uno mismo” en la situación medio ambiental

¿Cuántas veces no hemos visto en Facebook, Twitter, o Instagram que publican un montón de pautas, productos ecológicos, para ayudar al medio ambiente? ¿Cuántas campañas no hemos visto de “recoge la basura”, “reutiliza”? Me atrevo a decir que diariamente nos encontramos entre 1 o 2 publicaciones al día de esta índole. Estas actividades se enfocan en generar en “nosotros” (volvemos a cuestionarnos ya con la respuesta establecida anteriormente, ¿quiénes generan eso?) una especie de conciencia hacia el medio ambiente, argumentando que el cambio comienza cuando uno decide recoger su basura, cuando en vez de utilizar ciertos productos utilizo otros con la etiqueta de “ecológicos”, que si “yo” reutilizo voy a cambiar el mundo y su situación ambiental.

“Necesito cambiar mis hábitos para no dañar al medio ambiente”, es lo que se alega en redes sociales, en las pláticas con amigos. Toda esta publicidad ecológica, si así le podemos decir, está incluso financiada por grandes empresas, por la gran industria. Toda publicidad, de cualquier tipo, cumple una función como aparato ideológico de Estado (medios de comunicación): crear un sujeto ideológico recluido en su individualidad, para ocuparse de sí mismo, ocuparse de sus hábitos ecológicos. Hacen que creamos (¿quiénes?) que el problema de contaminación, el calentamiento global, la extinción de flora y fauna, es “nuestra” culpa, el individuo, y por lo tanto, debemos cambiar nuestros hábitos. En este sentido, estamos tan enfocados en cambiar solamente nosotros y nuestros hábitos, que ignoramos totalmente la causalidad de las afectaciones al medio ambiente: el capitalismo con su lógica extractivista, la expansión territorial de sus industrias, el consumo compulsivo motivado por su publicidad perversa.

El modo de producción capitalista hace de las suyas para desviar la atención, mediante distintas técnicas (medios de comunicación; por ejemplo, los autonombrados “influencers”), de que son ellos (los capitalistas) la causa del problema. Desvía la atención hacia nosotros, hace que “cambiemos nosotros para que nada cambie” y todo siga igual, que el cambio “está” en nosotros y no en aquellos que detentan el poder. Se prefieren hacer acciones individuales en vez de poner en evidencia las acciones de este modo de producción. El “chiste” es disipar cualquier actitud subversiva, cualquier incomodidad para las grandes transnacionales, para que estas sigan produciendo, incluso “productos” placebo como muchos estos que llevan la etiqueta de “ecológicos”. De igual manera, y aunque no me detendré en explicarlo, las marcas más famosas utilizan su lógica “eco-friendly”, para vender más, para generar plusvalía.

El cambio no está en uno mismo. El cambio se debe hacer desde la estructura, hacia y en contra de lo hegemónico, en contra del capitalismo y sus aparatos ideológicos (y las técnicas que de estos emanan), su publicidad, su aparente actitud altruista a la “humanidad”,

Comentarios finales

Se muestra entonces, ahora sí de forma concreta y sin sarcasmo, que el problema es de índole estructural, el problema es el capitalismo y su retórica. El cambio no reside en el individuo; las adaptaciones se hacen a favor del sistema, y la psicología contribuye a esa adaptación (entre otros AIE). Entre más nos enfoquemos en cambiar “nosotros” antes que al sistema, solo prolongaremos el síntoma, el malestar, la culpa.

La cita con la que inicié el escrito, a pesar de lo alejada que está a nuestra temporalidad, se sigue repitiendo, sigue vigente y con nuevas actualizaciones mediante técnicas ideológicas que ayudan a perpetuar el modo de producción y la clase dominantes. El capitalismo se reinventa, no quiere perder terreno, hará todo lo posible por seguir aquí con nosotros, por seguir mintiendo a su favor; hará todo lo posible por adjudicarnos sus errores, nos hará creer que “el cambio está en uno mismo”. Nos hará ver como “inadaptados”, como “enfermos mentales” en los diagnósticos de la psicología financiada por este; nos tratará de readaptar, de excluir si no le servimos a sus intereses. Nos hará creer que con “pequeños gestos o acciones” hacia el medio ambiente podemos cambiar la situación decadente. Se pretende no molestar, por eso necesita de la psicología, para “calmarnos”, para asentir con la cabeza a todo lo que se dice (¿quiénes nos lo dicen? ya sabemos).

El escrito puede quedar muy limitado debido a que no quiero entorpecer las ganas de seguir leyendo, el tema da para mucho más análisis y muchas más reflexiones. Nos toca ser críticos, en conjunto, no de manera individual.

Referencias

  • Benedito, G. (1975). Rol del psicólogo: Rol asignado, Rol asumido y Rol posible. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209.

La crítica de la/el estudiante: generando espacios de emancipación estudiantil

Muchos y a la vez pocos alumnos(as) hemos disentido en más de alguna ocasión con lo que nos imparten en nuestras clases, y no me refiero aquí a un disentimiento vago, sin fundamento, sino uno que atenta contra el saber que se nos transmite en las aulas. Este disentimiento adquiere una forma amenazante para aquellos que se paran frente a nosotros y los que se sientan a nuestro alrededor, para la estructura burocrática e ideológica educativa, para nuestras teorías pretendidamente científicas generadas del psiquismo y la realidad humana, e incluso (principalmente), para el propio sistema dominante. En esta ocasión me veo en la posición de sugerir qué podemos hacer como estudiantes para contrarrestar lo que se impone en nuestras aulas de manera tajante, lineal y hegemónica. Estas sugerencias pueden verse limitadas por los diferentes contextos universitarios y tampoco deben tomarse como las únicas alternativas.

Si bien me enfocaré específicamente en la psicología, estas alternativas emancipatorias en los espacios universitarios podrían ser “aplicables” a otras carreras, tanto de ciencias exactas como de ciencias sociales. Reitero, no son las únicas posibles, se (de)construyen y actualizan constantemente.

Psicología al servicio del poder: sin crítica, desinteresada, ideológica y capitalista

Como había denunciado ya en publicaciones anteriores, la psicología hegemónica se encarga mediante sus métodos de trabajo, sus docentes, sus aulas, las teorías, seguir reproduciendo psicólogos al servicio de una ideología dominante (capital), de reproducir supuestos sujetos autónomos, individuales y desinteresados de lo que sucede en el contexto sociohistórico, sociopolítico, socioeconómico y sociocultural; podemos incluso establecer a la psicología como un aparato ideológico de Estado. No es de extrañarse que tal psicología (hegemónica) acople todo su contenido teórico práctico en función de los intereses de la clase dominante y de un modo de producción establecido en tal o cual momento histórico determinado; esto último, como sabemos, tenemos ya varios “añitos” en donde el capitalismo (en todas sus vertientes y modificaciones) ha devenido en la instancia principal de reproducción ideológica para ponernos a su servicio.

En este sentido, todo el contenido que “consumimos” en nuestras aulas está determinado, en última instancia, por la estructura económica, tal como ya ha explicado Althusser y otros en diferentes ocasiones acerca de la infraestructura y la superestructura las que no desarrollaremos esta ocasión con más detalles (Althusser, 2018; Braunstein, 1975). Asumimos, que todo este contenido, llámese: bibliografía (tanto en los programas como en la propia biblioteca; la imperante presencia de bibliografía psicológica estadounidense de “grandes” editoriales), el discurso del docente, plan curricular, entre otros, constituyen una formación de cierto tipo de psicólogo(a). A pesar de que se exclame constantemente en el discurso burocrático con sus formalidades (por ejemplo, el dictamen de una reforma del plan de estudios) formar en nosotros un “pensamiento crítico”, este pensamiento no puede llegar muy lejos si no se crítica lo de afuera, si no damos cuenta de las desigualdades originadas por y a partir del sistema; no puede llegar muy lejos si la psicología no es crítica consigo misma, con sus técnicas, con sus teorías, con sus métodos. Incluso cabe mencionar (peor aún) que al menos en la institución en la que estudio, y el respectivo campus, no se enfatiza formar en nosotros esa criticidad a pesar de que haya quedado formalizado en un papel burocrático (dictamen oficial) no se incluye ni en la misión/visión ni en el famoso perfil de egreso, vaya, en la primera información que se les brinda a los estudiantes a través de la página web; esto también se ve traducido en las aulas: muchos docentes (claro que existen excepciones) se olvidan de fomentar esa criticidad ante los contenidos que enseñan: ¿será por pura omisión sin sentido? O, en términos freudianos, ¿se trata de un lapsus de olvido a “propósito” (inconsciente) de algo?

Como estudiantes, no podemos esperar a que una instancia al servicio del poder económico-político-ideológico (como la psicología) nos dé las herramientas para justamente realizar una crítica fundamentada. Esto por algunas y diferentes implicaciones que tiene el hecho de “criticar” o “incomodar”: así aseguran la (re)producción de un tipo de psicólogo, homogéneo y heterogéneo a la vez (homogeneización del pensamiento, y heterogeneidad de las técnicas y el quehacer profesional para las diferentes tareas que el capital requiere realizar), pero desinteresado de los verdaderos problemas estructurales; se asegura o se consolidan los pilares de la reproducción ideológica, es decir, la estructura no “tambalea” si no hay crítica.

A continuación, expondré de manera parcial y limitada, algunas opciones de emancipación que podemos realizar desde nuestra trinchera estudiantil; claro está, estas opciones podrán irse modificando y agregando muchas otras conforme el tiempo lo permita. Cabe aclarar a todos los lectores, especialmente los estudiantes (sin descartar a los docentes que también forman parte de una trinchera crítica con un papel político comprometido, no solo en las aulas, sino también en la sociedad misma) que emprender el camino de la crítica hacia lo dominante puede tornarse complicado, con dudas de por medio al cuestionarse lo que uno está haciendo; esto es claro, es preferible no cuestionar, quedarse (como dicen los psicólogos cada que pueden) en la “zona de confort” que el sistema ha preparado durante siglos. La propuesta es no desistir y remar contracorriente hacia una sociedad-educación justa sin complicidades ni restricciones.

Grupos extracurriculares

Formar grupos “fuera” de nuestras aulas puede fomentar de manera más abierta el intercambio de ideas y la conjunción de otras. Estos grupos podemos formarlos a partir de deficiencias en la currícula establecida por la propia instancia burocrática. En nuestro caso, alguna vez llegamos a formar un grupo de estudio de psicoanálisis freudiano, dado que este no tenía un “espacio” en nuestros programas, sólo se revisaba por “encima”. O el caso de aquel compañero y amigo que decidió cursar un seminario de Jacques Lacan, psicoanalista prácticamente innombrable en la carrera; esto claramente no es una coincidencia: el psicoanálisis y su relación con otras ciencias pueden develar el proceso de sujetación ideológico de los sujetos, resulta amenazador para el sistema y las clases dominantes (Braunstein, 1975). Lógicamente, el crear un grupo extracurricular no es reproducir la forma convencional en la que nos imparten clases; puede existir o acompañar un(a) docente guía (que se debe reconocer que tiene más experiencia que uno), quien normalmente, suele oponerse a lo establecido en la escuela (no hay tantos de estos, y tenemos que aprovecharlos) como los que queremos formar el grupo, pero la producción de conocimiento y el intercambio de ideas debe ser horizontal, libre, descentralizado de la figura de autoridad educativa.

Aquí debo hacer la aclaración que, estos grupos al ser extracurriculares no deben de formar en nosotros el ideal de que pueda ser contado para nuestra formación, es decir, que el grupo sea moneda de cambio (de créditos curriculares); caeríamos en la trampa misma del capitalismo académico.

Textos y Lecturas “nuevas”

Como ya mencioné, el material bibliográfico que nos ofrecen la mayor parte del tiempo suele responder a intereses encubiertos: este material es limitado a bibliografía europea, estadounidense, con contenido un psicologismo en demasía. Este tipo de lecturas contribuye a que veamos la realidad solo desde lo psicológico, desde su pretendida cientificidad, desde lo ideológico. En este caso, es conveniente optar por aquellas lecturas que no aparecen ahí, por involucrarse en filosofía y en aquellas que tengan posturas críticas, que tomen en cuenta los modos de producción y sus desigualdades, lecturas que ayuden a problematizar y cuestionar lo que se da tanto por sentado en nuestra psicología o en cualquier otra carrera profesional. En el caso de la psicología, puedo mencionar varios autores que simplemente se revisan poco o se omiten (nuevamente, ¿por pura coincidencia?): Politzer, Vygotsky, Foucault, Holzkamp, Marx, Althusser, Freud, Lacan, Braunstein, Parker, Pavón-Cuéllar, Langer, Ibáñez, Íñiguez, Deleuze, Guattari, Deleule, González-Rey, Orozco-Guzmán, Flores-Osorio, Montero, Martín-Baró, entre muchos otros. Estos autores y autoras (claramente faltan muchos más, pero en este momento fueron los que llegaron a mi pensamiento) ayudan a repensar lo que estamos aprendiendo en psicología, nos ayudan a criticarla, a incomodarles con fundamento, a ser los “revoltosos” de los salones. Leer a “otros” autores abre el camino a nuevas posibilidades de pensamiento.

Involucramiento: desde los movimientos sociales hasta la resistencia en lo digital

Involucrarse activamente en lo que pasa “afuera de nosotros” (como la psicología lo toma, supuestamente ajeno a nosotros), tener un papel político activo, criticar y proponer, denunciar y resistir. Desde los movimientos sociales y estudiantiles, hasta la misma denuncia virtual. He visto cómo compañeras de la propia institución han sido parte de forma activa de la lucha feminista y que han defendido sus derechos que han sido ignorados por siglos, pero también he visto compañeros y compañeras que son activamente políticos en sus redes sociales, compartiendo, opinando y criticando acerca de la situación social actual y todas las injusticias que se viven día con día. Lo digital nos ha alcanzado, y así como el capitalismo ha puesto también a las redes sociales y todas las herramientas tecnológicas a su favor, estas nos pueden servir también de apoyo y de denuncia. La resistencia tanto física como digital son complementarias: necesitamos de la presencia física para ejercer presión ante el sistema, pero también necesitamos de la difusión digital, de la concientización de los que no pueden salir o involucrarse físicamente por “x” o “y” motivo. Asistir a una marcha, compartir o escribir una denuncia social, contribuyen a que no seamos los mismos(as) psicólogos(as) desinteresadas de lo que pasa “alla”, “lejos de mí o de nosotros”.

Comentarios finales

Como comenté en un principio, estas opciones “emancipatorias” las podemos llamar así porque tratan de “salirse” de lo establecido, de conformar nuevas formas de hacer psicología y de pensar en lo que acontece “allá”, al “exterior”. No son las únicas y tampoco prometen “inmunidad académica”, es decir, nos pone en riesgo de ser señalados por la estructura, por “revoltosos”, por “criticones” y una serie de adjetivos que descalifican estas alternativas en psicología.

La misma estructura, en donde están las fuerzas dominantes constrictoras, puede ser la misma en la que se genere esta emancipación, tanto en el quehacer profesional como en el intercambio de conocimiento. Es una tarea compleja, tanto para los estudiantes que decidimos remar a contracorriente de lo que nos enseñan como para aquellos pocos docentes (maestros y maestras) que ponen de su parte para modificar los programas y expandir nuestro panorama teórico-práctico y nos comparten su experiencia.

A su vez, reitero que estas opciones pueden ser tomadas para cualquier otra carrera profesional: un estudiante de ingeniería emprende un camino emancipatorio y crítico al “descubrir” un método más sencillo para resolver una integral, una derivada; un estudiante de historia puede descubrir injusticias en cierto momento histórico o proceso social en tal o cual fecha determinada (por poner ejemplos muy vagos y reduccionistas).

A estas opciones o espacios emancipatorios se irán sumando nuevos en próximas publicaciones; no dejemos de remar contracorriente, de apoyarnos los unos a los otros para poner en evidencia lo que se nos quiere imponer de forma tajante y lineal.

Referencias

  • Althusser, L. (2018). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Práctica teórica y lucha ideológica. México: Editorial Tomo.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.

© 2020 Luis Pablo López Ríos

El obsesivo (e indignante) individualismo de nuestra psicología: de la represión del deseo a la reproducción social ideológica

En el presente escrito trataré de abordar algunos temas que pueden verse articulados en una perspectiva crítica. Por una parte, hablaré de la psicología y su imposición de la supuesta individualidad de los sujetos y su disociación voluntaria (y quizá inconsciente) de las situaciones sociales; a su vez, trataré de reseñar lo que Néstor Braunstein y otros han denunciado desde la práctica y teoría psicoanalítica, sobre esta supuesta individualidad que la psicología contemporánea profesa en sus teorías y las aulas, y la propuesta de explicación sobre la reproducción social a través del psiquismo y el modo de producción capitalista.

El obsesivo e indignante individualismo de la psicología

Se nos repite y se nos enseña de manera constante en nuestras aulas (salvo excepciones) que el “cambio está en uno mismo”, que “el cambio lo inicias tú y tu propia voluntad”, que “hay que evitar el conflicto” olvidándose así de la alteridad (del otro), o dejando lo “social” en segundo término, e incluso borrándolo totalmente. Estas son solo dos de las quizá cientos de premisas que existen en el que la resolución de problemas, la necesidad de cambio (psíquico y social) radica exclusivamente en el “individuo”, en una cuestión “intrasujeto”, volitiva sin importarle el sistema en el que se lleva a cabo el proceso de sujetación (el devenir sujeto), del que hablaremos más adelante.

La psicología que nos han impartido (como ya se había dicho anteriormente en otras publicaciones, capitalista y norteamericana) nos está haciendo creer que poseemos una autonomía total frente a los acontecimientos histórico-culturales, políticos y represivos originados en un modo de producción específico (el capitalismo), que respondemos individualmente a lo que sucede “allá”, “fuera de mí”, como si lo que estuviera fuera de nosotros son solo estímulos a los cuales respondemos como perro pavloviano salivando y desechamos inmediatamente (aparentemente). En este sentido, no existe un interés colectivo por lo que sucede “allá afuera”, mientras “yo” esté “bien”, mientras “yo” tenga salud mental o mientras “yo” tenga pacientes que atender, todo lo demás pasa a segundo o tercer término, e incluso llegándose a borrar toda noción de colectividad e intentando salir de las condiciones constrictoras que existen en esta (González-Rey, 2017). Existen teorías que justifican incesantemente la idea del individualismo y su supuesta capacidad generadora de cambios y adaptación desde lo interno, en las que se exaltan la motivación, la resiliencia, los procesos cognitivos y conductuales como resultado de una interacción química cerebral al reaccionar lo que está “allá afuera”; todas estas características del individuo, hacen que este se recluya en su “propio” mundo, desinteresándose por los lazos que lo atan internamente con la comunidad (Pavón-Cuéllar y Orozco-Guzmán, 2017). Estas teorías, a las cuales no les daremos promoción por obvias razones, constituyen la base para desarrollar y justificar el capitalismo (Flores-Osorio, 2017), interiorizarlo, hacerlo propio, hacerlo pasar como un sistema justo y normal. El desinterés de lo social permite que el capitalismo haga de las suyas, siga con su lógica extractivista, violente los espacios de las personas, permite mantener dóciles a las personas sin cohesión social para evitar los conflictos. La lógica individualista permite no entrar en conflicto con las cosas injustas, ¿por qué? porque eso no “me afecta”, “no me está pasando a mí”.

Esto anterior se pone en relieve en nuestras aulas cuando con sus sistemas de evaluación, enaltecen la competitividad entre nosotros los alumnos, se permea la idea de “destruir” al otro con la calificación y el discurso, no debe importar las condiciones de aprendizaje que el otro pueda poseer o sus condiciones sociales, mientras sea “yo” quien pase el curso, mientras sea “yo” el que sepa más, en lugar de compartir los saberes generados, de construir un espacio de apoyo entre todos y todas. Forman en nosotros un psicólogo(a) ególatra, desinteresado, individual. Si esto sucede en nuestras aulas durante 4 o 5 años, ¿qué podemos esperar egresando de la universidad? Seguiremos reproduciendo esa lógica individual con lo acontecido en nuestro país, en el mundo, no nos interesaremos por los verdaderos problemas estructurales en nuestra sociedad, por las injusticias sociales y económicas. Parker (1999) argumenta con firmeza que la psicología está inmersa en la sociedad de clases, y es reclutada para el servicio del poder económico; a su vez, afirma (ibíd; 292; Pavón-Cuéllar, 2011) que la psicología produce un individuo escindido (dividido) de su relación con los otros, en su obsesivo individualismo, a través de las teorías en tendencia dentro de la disciplina.

En un clásico, el cual abordaremos de manera parcial y limitada aquí, Braunstein (1975) denunciaba que la psicología académica, la que nos imparten en las universidades, cumple dos funciones fundamentales: como “técnica” de registro, predicción y control de las conductas (llevándolas al plano individual) y como “ideología” que ofrece una ilusión de singularidad, de la autonomía del yo, de la “personalidad” y de la conciencia (p.74).

Psicoanálisis y materialismo histórico: desenmascarando la ilusión de individualidad

En el primer párrafo adelanté que hablaría sobre el proceso de sujetación, el devenir sujeto social, algo que la psicología no se ha dado el tiempo de explicar, de tocar, pero sí ha ignorado deliberadamente en múltiples ocasiones (no en todas, claro está). Este apartado se realiza a partir de lo propuesto por Braunstein (1975), esto es, no una contribución (e incluso se puede tratar de tautológico), pero nos sirve para tratar de entender brevemente cómo se constituye el sujeto tanto psíquicamente como ser social e ideológico, este último en el sentido de pensar que somos “individuales”, “únicos” y “libres”.

El psicoanálisis en conjunto con la ciencia de la historia, el materialismo histórico (teorías y prácticas menos mencionadas en mi universidad, al menos en el plantel; no dudo que esto suceda en otras), revelan el proceso de sujetación por el que los supuestos “individuos” nos hacemos y rehacemos a los demás. Hablaremos un poco y de manera muy breve, laxa acerca de la conformación del aparato psíquico primero.

El psicoanálisis, enfocándonos en el freudiano, nos hace ver que la constitución del aparato psíquico (o de la supuesta “individualidad”) se da sí o sí en el conflicto interno y externo (ya desde ahí existe un conflicto): entre la necesidad de placer, no solo cuando se recibe alimento, sino en la succión del pecho y la prohibición de este junto con sus pulsiones (todo esto proviniendo del Ello), entre la resolución del complejo edípico y la fantasía de castración (no ahondaremos en estas cuestiones esta ocasión; para ver más, consulte Braunstein et al., 1975), en las que se tiene que renunciar y reprimir el deseo de un objeto (la madre) al verse inalcanzable porque le pertenece a alguien más (al padre), y que este “alguien más” (el padre) funge como instancia represora externa, como la “realidad punitiva”, pero a su vez existe la formación psíquica (mayormente inconsciente) de un Superyó. El infante entonces “aprende” que hay leyes, que sus deseos incestuosos deben ser reprimidos y desplazados a otros objetos socialmente aceptables, en el caso contrario, el Superyó se encargará de castigar, mediante extrema angustia, los deseos del niño en el plano psíquico, y la realidad exterior, mediante rechazo y exclusión. Braunstein (1975) explica:

“Se delimita en el sujeto la instancia de las pulsiones sometidas a represión (el Ello con sus representantes pulsionales), la internalización de las pautas restrictivas y de la vigilancia exteriores (el Superyó) y la estructura encargada de arbitrar los medios para proteger al organismo de los peligros a la vez que de facilitar las satisfacciones posibles teniendo en cuenta a las exigencias de la realidad exterior, por lo tanto, manteniendo la represión de los representantes psíquicos de la pulsión (el Yo)“. (p.80)

Con esta laxa explicación de la conformación psíquica, damos cuenta junto con Braunstein que desde el principio no somos autónomos o “individuales”, y que se instaura en nosotros, de manera inconsciente, toda una serie de pautas restrictivas que tenemos que sobrellevar para controlar la vida pulsional, nuestros deseos y redirigir el placer, y todo esto se da en el supuesto “primer núcleo” social: la familia. Nos queda entonces navegar en el plano de lo aceptable, de lo “normal”, con la apariencia de seres autónomos (el comienzo de la neurosis). Por otra parte, Braunstein ofrece una intersección entre el psicoanálisis y su proceso de sujetación psíquico con el materialismo histórico de Marx (tomando en cuenta algunos aportes de Althusser). Del mismo modo, no se hará un análisis fuera del alcance que el blog tiene como objeto.

Se explicaba entonces que se forma en nosotros todo un complejo proceso de sujetación psíquico en el seno familiar, pero ¿esta familia no pertenece a un entramado social? ¿también es autónoma e individual? A esta última pregunta respondemos con un rotundo NO, pero es necesario apoyarse del materialismo histórico (ciencia de la historia y los modos de producción) para explicar el porqué de ese rotundo “NO”. Nuestros papás y mamás también pasaron por ese complejo proceso de sujetación psíquico, pero a su vez, aprendieron que existen roles sociales, que existe una división del trabajo, que existe un lugar para el sujeto cuando nace y ciertas expectativas, que cumplirá cierta función cuando crezca y todo esto gracias a la instancia económica: el capitalismo. Este último se encarga de ideologizar, a través de sus aparatos ideológicos de Estado (“AIE”; ya comentados en una publicación anterior con un poco más de detalle), en los que figuran también la familia, y la psicología (Braunstein, 1975), a los supuestos “individuos” autónomos e individuales (aunque parezca pleonasmo). Estos (los AIE), junto con su ideología dominante, se encargan, mediante un proceso inconsciente (para asegurar su efectividad), de “programar” al sujeto para reproducir el statu quo, una y otra vez, con la finalidad de seguir los requerimientos del sistema capitalista, de generar mediante su fuerza de trabajo, una plusvalía para los más poderosos.

A modo de complemento, (aunque desde la crítica) Deleuze y Guattari (1985) confirman la función de la familia, más allá de un núcleo afectivo-edípico:

“Las familias salvajes forman una praxis, una política, una estrategia de alianzas y de filiaciones; son formalmente los elementos motores de la reproducción social; no tienen nada que ver con un microcosmos expresivo; el padre, la madre, la hermana siempre funcionan en ella como algo más que padre, madre o hermana […] es evidente que el individuo en la familia, incluso de pequeño, carga o catexiza directamente un campo social, histórico, económico y político, irreductible a toda estructura mental no menos que a toda constelación afectiva” (p.173)

En este sentido, el sujeto, ya ideologizado (o como Braunstein llama, “sujeto sujetado”), comienza una práctica discursiva en la que aparenta cierta autonomía, lo se hace ver o parecer como sujeto individual: “yo trabajo solo para mí” (a modo de ejemplo sencillo; no se trabaja para sí solamente, se trabaja para seguir generando plusvalía y mantener al capital y la estructura generada por este, llena de desigualdades), o cualquiera de las premisas mencionadas al inicio de esta publicación. Es conveniente para la estructura económica dominante, que exista pues una creencia de seres individuales no interesados en la colectividad, esto para que la estructura se siga perpetuando; los capitalistas saben que el “cambio no está en uno mismo”, saben de lo que pueden ser capaces una organización social, un levantamiento social en denuncia a las desigualdades impuestas por ellos. Es por esto que les conviene vender la idea, por todas su instancias ideológicas (la universidad, la familia, la religión, etc., etc.) de que somo sujetos singulares y autónomos, para no darnos cuenta de sus perversas acciones ideológicas.

Comentarios finales

La psicología reproduce un obsesivo e indignante individualismo. Obsesivo porque se presenta de manera frecuente, sin medida, sin lógica aparente. Se instaura en las clases, en los libros, en las conferencias, en los manuales, en los psiquiátricos, en las universidades. Se nos enseña a ser competitivos a costa de destruir al otro, de desconocerlo, de negarlo. Indignante porque no nos preocupamos por lo que pueda pasar alrededor de nosotros, porque se perpetúan las injusticias, se propaga la indiferencia y se admite lo no justificable. La psicología funciona como aparato ideológico, asegura las relaciones de producción capitalistas y sus discursos enajenadores. Es un cómplice más del sistema (Pavón-Cuéllar, 2012).

Braunstein, en principio, nos ayuda a ilustrar una articulación inédita que puede dar cuenta del proceso de sujetación ideológico, el cual la psicología ignora cada que puede, y por el contrario, contribuye a la ideologización. El psicoanálisis y el materialismo histórico dan cuenta de los planes perversos de la instancia económica como determinante última de los procesos sociales, a su vez critican a la psicología académica por ofrecer una falsa ilusión de individualidad. Utilizando la cinta de Möbius para explicar todo lo anterior: no puede haber sujetos escindidos de su realidad social; el psicoanálisis y el materialismo histórico pueden dar cuenta, casi a la par en cuanto a objetos de conocimiento, del proceso de sujetación ideológico, y ayudan a mantener una postura crítica ante la psicología individualista.

Referencias

  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Deleuze, G. y Guattari, F. (1985). El Anti Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia. Barcelona: Paidós.
  • Flores-Osorio, J.M. (2017). Hegemonía y contra-hegemonía del pensamiento psicosocial latinoamericano. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • González-Rey, F. (2017). Los desafíos de la psicología frente al capitalismo subdesarrollado de América Latina: los déficits para generar una práctica profesional diferente. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Parker, I. (1999). Introduction: Marxism, Ideology and Psychology. Theory and Psychology, Sage Publications, 9(3), 291-293.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2011). La psicología crítica de Ian Parker: análisis de discurso marxismo trotskista y psicoanálisis lacaniano. Teoría y Crítica de la Psicología, 1, 1-42.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indigante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2017). Capitalismo y psicología en la historia latinoamericana: esbozo de recapitulación histórica para proyectos liberadores anticapitalistas. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Pavón-Cuéllar, D. y Orozco-Guzmán, M (2017). Más allá de la psicología del mestizaje: capitalismo, colonización y singularidad latinoamericana. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.

Whitexicans: el discurso clasista del siglo XXI

Este escrito fue realizado a modo de ensayo para una clase de psicología social (que se caracterizó por una tendencia crítica a la psicología, misma que comparto) y que además fue presentado entre diversos compañeros del aula y el docente, aportando observaciones enriquecedoras. Realicé unas pequeñas modificaciones sin alterar el propio contenido expresado.

Whitexicans: el discurso clasista del siglo XXI

México se ha caracterizado por diferentes momentos en la historia que han permitido darle “forma” a la sociedad mexicana actual: desde el surgimiento de las poblaciones indígenas mexicanas, la época del colonialismo y su respectivo capitalismo mercantil extractivista y opresor del psiquismo indígena, las revoluciones en contra del sistema, el (re)establecimiento de un nuevo capitalismo (financiero y especulativo) y la hegemonía de este durante 70 años (aún en curso) (Pavón-Cuéllar, 2017). Basta con revisar el desarrollo teórico para dar cuenta de la existencia de una convergencia entre estos hechos: en la mayoría (por no decir en todos), se ha buscado (y se busca) la imposición de ciertos intereses sociopolíticos y culturales para el mantenimiento del statu quo y la funcionalidad de estos fines (sin mencionar la represión tanto física a través de la violencia, como ideológica, ejercida para alcanzar estos fines; aquí incluiríamos la propuesta althusseriana de los aparatos ideológicos de Estado). Cabe mencionar que esta imposición de intereses ha sido por parte de aquellos grupos dominantes que ejercen poder social, económico y político: los colonizadores hace 500 años y las élites surgidas entonces que se han perpetuado a través del tiempo, la complicidad del Estado mexicano con el actual modelo capitalista neoliberal y sus respectivos partidos políticos que reprimen cualquier intento de crítica.

En la época actual, a pesar de que el cambio de régimen político haya llegado con un discurso prometedor y “tambaleante” para los grupos dominantes en México [cabe aclarar que este discurso quedó en puras palabras], estos últimos se siguen esforzando por marcar una diferencia cultural, económica, racial y política en el entramado mexicano. Actualmente, con el uso de las redes sociales, estas “diferencias” entre la sociedad mexicana se han dejado entrever en el discurso de los usuarios, de tal manera que se sigue perpetuando el clasismo como efecto “colateral” de la historicidad mexicana antes mencionada.

El presente ensayo busca realizar un brevísimo análisis sobre el neologismo “whitexican” a partir de una revisión del discurso (ideológico) en Twitter desde una perspectiva psicosocial crítica: desde su uso hasta sus implicaciones ideológicas como forma de dominación y desigualdad. Cabe destacar que hay muy poca revisión sobre este término ya que es relativamente reciente en los medios, y por lo tanto, este texto será escrito de forma parcial desde la perspectiva antes mencionada y del autor [aquí todavía no había hecho tanta lectura acerca de psicología crítica, pero tenía nociones que permitían un análisis sencillo], y que además servirá para poner en práctica lo revisado en este curso de la carrera de psicología.

¿Quiénes son los Whitexicans?

El término ha aparecido principalmente en redes sociales, y específicamente en Twitter (hoy en día se ha trasladado a Facebook también), y hace referencia a las personas que reproducen prácticas clasistas y discriminatorias. Un “whitexican” es aquel que goza de privilegios por el simple hecho de tener una tez blanca (y dinero, aunque este último no es “factor” determinante; también hay whitexicans que no necesariamente tienen tez blanca) y que, además, acentúa estos privilegios en las redes sociales a partir de un discruso clasista y (me atrevo a decirlo) de odio. Cabe mencionar que esta palabra no fue acuñada por la propia élite de tez blanca en México (cuyo origen aparece en los colonizadores hispanoportugueses y anglosajones: tez blanca, ojos claros, estatura por encima del promedio mexicano), sino que fue una cuenta usuario de Twitter que dedica sus publicaciones a la sátira y crítica de estas personas clasistas. Por otra parte, Ramírez (2019) enlista una serie de características de estas personas: se expresan “orgullosos de ser mexicanos” sin conocer en dónde se encuentran los estados; el factor de blanquitud no es obligatorio para ser clasista; mezclan el español con el inglés (se enorgullecen de México pero se enaltece el “american way of life”), presumen la cultura mexicana pero no se acercarían a los sectores populares más que para una foto en Instagram con fines marquetineros. No obstante, estas personas identificadas con este término, alegan en la plataforma que se trata de un racismo inverso (?) al ser señalados en las distintas redes sociales. Aquí el asunto no es que sean “señalados”, sino más bien, evidencian sus prácticas ideológicas de dominación y supuesta inferioridad y es por esto que se sienten “señalados”. Almanza (2019) señala que los whitexicans se refieren a las personas de piel oscura como “prieto”, “indio”, “naco” y “gato”, pero estos no son los únicos entre una serie extensa de términos despectivos.

En este sentido, es más que evidente que el clasismo y discriminación como actos sociales de represión y dominación ideológica siguen reproduciéndose ahora en las plataformas digitales, y que estas prácticas no son más que el resultado de una larga historia de colonialismo (las familias criollas y/o directas de los conquistadores que se dedicaron a esclavizar, violentar, violar, reprimir, someter y matar a miles de indígenas).

Implicaciones del whitexican discourse y la resistencia en lo digital

Como anteriormente comentaba, la persona que se considera (y la que no se da cuenta de ello, aquella que se encuentra en el privilegio y no da cuena de esto) reproduce una cierta ideología (la capitalista, clasista y racista), y tal como Montero (1994) desde la perspectiva psicosocial de la ideología (y ya comentada también en el anterior artículo del blog, con tintes marxistas y althusserianos), esta encubre la dominancia y supremacía que “deberían” tener las personas de tez blancasobre aquellos a través de los acontecimientos históricos, y además, a través del discurso producido se normalizan y justifican estas acciones: en la conquista se “atacaba” el psiquismo indígena, tachados además de “bestias” (véase más en Pavón-Cuéllar, 2017); en la actualidad se sigue manteniendo las frases como “mi muchacha” (para hacer referencia a la empleada que realiza el aseo en una casa ajena), por mencionar solo un ejemplo. Esta ideología supremacista, como ya se ha venido comentando, es resultado de la concentración de poder desde hace 500 años en las élites que controlaban a los pueblos originarios y la construcción de una realidad en la que solamente puede haber un sector dominante y el convencimiento (llámese “científico” o ideológico) de que existe una raza inferior por cuestiones naturales. Podríamos definir que ejercen el poder desde el marco jurídico (colonial) (Ibáñez, 1983 citado en Martín-Baró, 1989), en el que ser blanco con dinero (o sin él) legitima la superioridad sobre aquellos que no lo son; las personas que no pertenecen a este orden jerárquico no tienen el derecho de disfrutar de la misma manera, porque corrompen este orden, no permiten que el país clasista funcione.

Podemos encontrar una gran cantidad de ejemplos, veamos: Usuario1: “¿por qué los pobres toman tantas fotos cuando salen de viaje?”, en forma de réplica, Usuario2: “Nah, los pobres suben álbumes de 30 a FB” (vía Twitter); Usuario3: “Su rollo de odia contra los whitexicans está bien meco y saca a flote su resentimiento de inferioridad.Quieren hacer sentir menos a alguien que consideran más”. Otro usuario más: Usuario4: “Debería de caer una bomba en el zócalo…nos haría un favor a todos. #vivaMéxico…pd si les molestan mis comentarios bórrenme, créanme que me vale 2 pesos saludos cordiales” (publicado el día de la celebración del grito de independencia en CDMX); Usuario5: “Para ustedes está mal: tener ropa de marca, tener joyas caras, tener un coche, tener la piel más “clara”, vivir en zonas “acomodadas”, estudiar en universidades privadas. No les interesa si es producto del esfuerzo, ven con envidia a quien tiene más, Mediocridad y resentimiento”.

Como podemos visualizar en al menos cinco publicaciones (algo “leves”; omití poner las tantas grotescas racistas que existen) de diferentes usuarios, se busca destacar que existe una inferioridad en quienes deciden festejar un acontecimiento popular, quienes critican estas acciones, quienes disfrutan de un viaje, etc. o como si por cuestión de esfuerzo no tiene la piel más clara (pero ojo, el blanqueamiento ya está al alcance de nosotros gracias al capitalismo y su búsqueda de la homogeneización “estética”). Únicamente refuerzan a través de esta publicaciones, la ideología de superioridad y dominación que tienen sobre las otras personas y por lo tanto, distorsionan la realidad para volverla “normal”. Incluso, el hecho de no tener un presidente de tez blanca, de abolengo y sin ostentación de lujos (al menos no manifiesta o a la luz de sus acciones comunes), causa conflicto en estos grupos que apenas representan una minoría del país.

No obstante, a pesar de que se encuentran este tipo de publicaciones (y obviando que existen miles más, y aún más grotescas), el espacio digital ha servido para muchas personas como lugar de crítica hacia estas desigualdades: usuarios (al menos en Twitter) utilizan 140 caracteres para mantener a flote el conflicto en contra de este discurso que perpetua la desigualdad social y racial. Diversas cuentas señalan y exhiben, en forma de sátira y crítica, este discurso de dominación social. Esta resistencia generada en redes sociales se ha visto “cuestionada” por (nada más y nada menos) que los mismo grupos dominantes que se esconden a través de cuentas falsas o “influencers” con grandes cantidades de seguidores, y a través de sus cuentas, buscan el equilibrio de clases aclamando que este tipo de resistencia es un racismo inverso (?), que crea desigualdad y polariza a la sociedad mexicana: ¿no estaba ya polarizada, discriminada y dividad justamente por ustedes? Desde mi punto de vista, la gran “desventaja” de estos grupos que se sienten ofendidos por este término (o incluso les reafirma su posición en la sociedad), es que no tienen un control (adicional al que ya tienen sobre otros campos) sobre lo que se publica o no en las redes sociales, y probablemente, esto hace que se sientan vulnerables y amenazados ante los señalamientos de una organización colectiva.

Conclusiones

Nos encontramos en una época en la que, supuestamente, se han generado diversas campañas en contra del clasismo y discriminación en nuestro país, sin embargo, las redes sociales nos muestran todo lo contrario, y manifiestan que ciertos grupos que han pertenecido a la clase dominante, burguesa, blanca y clasista durante siglos, siguen luchando por ejercer ese poder sobre los demás, y así, legitimar y naturalizar ese discurso. La clasificación de personas en el término whitexican es una manera en que se ha decidido tomar acción en redes sociales para exhibir la desigualdad a la que no se le ha prestado atención en diferentes ámbitos.

Como usuarios activos de estas redes sociales, tendríamos la obligación de cuestionar y señalar cualquier discurso que implique mantener ese supuesto equilibrio de clases; hoy en día es inevitable no interactuar en estas plataformas sin encontrarle un sentido social y/o político.

Hace falta que exista una revisión crítica más extensa sobre el tema, específicamente en las plataformas digitales, porque resulta interesante que a pesar de que exista ese discurso enajenador, las personas se organicen dentro del internet para hacer frente a este tipo de cuestiones que devienen en actos sociales, políticos, y más aún, ideológicos.

Referencias

  • Almanza, B. (28 de junio de 2019). “Whitexicans”: ¿una nueva forma de racismo en México contra la gente blanca adinerada? BBC News. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-48098551
  • Martín-Baró, I. (1989). Sistema, grupo y poder. Psicología social desde Centroamérica II. San Salvador: UCA.
  • Montero, M.(1994). Una mirada dentro de la caja Negra: La construcción psicológica de la ideología. En:Montero, M.( 1994). Construcción y crítica de la psicología social. Barcelona: Antrhopos, pp. 127-145
  • Pavón-Cuéllar, D. (2017). Capitalismo y psicología en la historia latinoamericana: esbozo de recapitulación histórica para proyectos liberadores anticapitalistas. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Ramírez, A. (15 de abril de 2019). ¿Quiénes son los whitexicans y por qué no es un termino racista? Plumas Atómicas. Recuperado de: https://plumasatomicas.com/cultura/cultura-cultura/quienes-son-los-whitexicans-y-por-que-no-es-un-termino-racista/

La psicología como reproductora de la ideología dominante en nuestras aulas: la psicología al servicio del capital

Esta será la primera de una serie de publicaciones acerca de la relación que guarda la ideología con la psicología, los efectos que esta tiene dentro de nuestra disciplina, entre otras consecuencias ideológicas que llevan a los psicólogos y psicólogas a ser cierto tipo de “sujeto”. Este primer escrito dilucida la influencia de Althusser en torno a su teoría de la ideología (de manera muy breve) aplicada en los terrenos de la psicología dominante y cómo esta reproduce las condiciones que el sistema (capitalista) ha venido instaurando desde hace siglos, poniendo énfasis en su propuesta acerca de la escuela como aparato ideológico de Estado (AIE). El orden de publicación de estos escritos no obedece a una relevancia específica.

¿Qué entendemos por ideología? Althusser tenía razón

Puedo asegurar, casi sin temor a equivocarme, que durante nuestra formación en psicología, nuestros docentes, compañeros y administrativos han utilizado vagamente (o una versión ideologizada) el concepto de “ideología”. Esta ha sido entendida como “sistema de creencias, valores o actitudes” o incluso un “sistema de ideas o pensamientos” (definición clásica), y bajo estos conceptos, los psicólogos y psicólogas nos hemos conducido cuando queremos hacer un análisis de la realidad social o de los sujetos. Esto es, en principio, “válido” hasta cierto punto: centrarnos en un solo “individuo” y conocer cuál es su sistema de ideas o pensamientos. Empero, esta es una situación que conduce a la psicología a mostrar desinterés por la estructura en la que está insertada el sujeto (e incluso la misma psicología) y en la que se (re)produce ese “sistema de ideas”, así como en sus respectivas relaciones sociales. En este sentido, es necesario optar por una definición crítica de la ideología, una definición más allá de lo psicológico y una cuestión intrasujeto o “individual”. Así, tomaremos a modo de préstamo (en primera instancia) la propuesta de “ideología” en la psicología social que mantiene ciertos tintes althusserianos y marxistas: la ideología deviene en “proceso ocultador” de la realidad, que permite explicar el porqué un sujeto acepta explicaciones descalificantes para sí mismo, y a su vez, es capaz de reproducirlas y autoaplicárselas; esta a su vez, reproduce mecanismos de opresión y margninación, y exalta cualquier tipo de desigualdad (Montero, 1994). Existe pues, una “sujeción” del supuesto individuo (aquel que cree que tiene ideas puramente propias) en dónde este deviene sujeto, y esta sujeción está determinada por la ideología y sus instituciones.

Hoy en día, navegar fuera de la ideología se puede concebir como imposible. Nos reproducen y reproducimos la ideología a través de las diversas estructuras sociales: la familia, la política, la iglesia (de cualquier religión) y por último, pero no menos relevante, la escuela. En términos althusserianos, estas estructuras o “aparatos” forman una cadena de reproductores de la ideología. Althusser (2018) ya advertía esta situación en su obra “Ideología y aparatos ideológicos de Estado”, en el que se enfatiza el papel ideológico de la escuela (posicionándolo como un “aparato ideológico de Estado” o AIE), rebasando ampliamente (aunque no del todo) a la iglesia (también AIE). La escuela (o en nuestro caso, la universidad) asegura a toda costa la reproducción de las relaciones de producción, a través de sus mecanismos o sus prácticas ideológicas. Incluso podríamos afirmar que la escuela se torna en una especie de panóptico en el que se vigila y se asegura la reproducción (o la sujeción). Por otra parte, aquí cabe señalar dos aspectos importantes que Althusser (íbid.) dilucida en su obra, y es la determinación de la infraestructura en la superestructura (aunque esto ya lo adelantaba Marx): la primera corresponde a una base económica (el capitalismo vigente desde hace siglos) y la segunda corresponde al ámbito ideológico (y su reproducción) así como el marco jurídico-político, en los que se encontrarían los AIE (ampliación althusseriana de lo ya previsto por Marx). En este sentido, la infraestructura, o la base económica capitalista, va a determinar en cierto sentido (por no decir casi en su totalidad) a la ideología, una ideología dominante, represiva, en la que se mercantiliza e individualiza todo a su alrededor, con la finalidad de poder funcionar, seguir produciendo y reproduciendo capital.

La psicología, al ser una disciplina insertada en la escuela, se vuelve parte o cómplice de la reproducción de las relaciones de producción capitalistas (sistema imperante desde hace varios siglos, al menos desde el colonialismo y su lógica extractivista y represión del psiquismo “alternativo” del indígena, hasta el actual capitalismo financiero y otros primos-hermanos de este) a través de la ideología. El aula y lo impartido aquí, se torna una especie de mecanismo de supresión de la libertad con el fin de servir y funcionar en la estructura, ser parte de ella. ¿Cómo se logra esto? Podríamos hablar, que dentro de la psicología (y en cualquier otra disciplina) existen ciertas prácticas que conducen el quehacer de los estudiantes, que lo subordinan a cierto tipo de saber psicológico.

Las prácticas pueden ir desde el material bibliográfico que nuestros maestros y maestras nos dan al inicio de cada materia: ciertas teorías generadas en cierto sistema social y económico y con ciertos reduccionismos (por ejemplo, aquellas teorías surgidas en el contexto norteamericano que devienen en parte medular de nuestra carrera); hasta en la conversación más informal entre alumno-docente. Estas prácticas pueden encajar en cualquiera de las especializantes que nos imparten: educativa, laboral (u organizacional), social y clínica. No es raro tampoco, que la psicología dominante impartida ignore sus propias prácticas y discursos, su historia y a quiénes ha servido; hablamos pues, de una psicología ideologizada al servicio de aquellos que han sido ignorados intencionalmente por la psicología para mantener el statu quo.

La ideología (capital) en la psicología social: un ejemplo breve

En este apartado, hablaré brevemente sobre cómo existen prácticas ideológicas insertadas en la psicología social que nos enseñan en nuestra universidad y su desinterés por la realidad social. Esto no quiere decir que en otras universidades no sucedan, probablemente sean más o menos notorias. Para que persista la ideología, esta tiene que materializarse (Althusser, 2018), y de esto se encarga el AIE, que es la escuela, y dentro de esta, la psicología apoya esta materialización.

Todos en nuestra universidades tenemos la “orientación” o “especializante” de la psicología social. Esta especializante en la que nos enseña a cómo analizar a los individuos en sus grupos (al menos esta es la concepción hegemónica), a analizar sus “liderazgos”, su “dinámica”, su interacción, la dinámica grupal de los estudiantes universitarios, la cuantificación de los procesos sociales, la “intervención psicosocial” con individuos (sí, de forma individual) en situaciones emocionales ocasionadas por eventos “traumáticos” y “empoderar” a cada uno, rige nuestro quehacer como psicólogos y psicólogas sociales. ¿Esto a qué se debe? Las teorías de psicología social realizadas y propuestas en contextos puramente capitalistas y neoliberales (países de Europa, y en el continente americano, Estados Unidos, que “gozan” de bastantes privilegios sociales, económicos y políticos, y que se han perpetuado a través de la represión y la violencia explícita o no del capital) son las que nos han introducido una y otra vez en nuestros programas de estudio, y seamos aquí sinceros, estas psicologías sociales capitalistas (que por cierto, son bastantes teorías) no han tenido interés alguno de ocuparse de la marginalización, el racismo, las injusticias, la violencia, la desigualdad de condiciones sociales y económicas, la extracción de recursos por parte de las grandes empresas, entre otras barbaridades que se han dejado pasar en nuestra psicología social.

Esto es claro, el dejar pasar las situaciones mencionadas anteriormente por la psicología social hegemónica, responde a la intención del capitalismo por mantenernos dóciles, fieles, dormidos, callados, todo con la finalidad de que este siga produciendo más y más dinero, invertirlo para propio beneficio (disfrazado de oportudinades de empleo para los más necesitados, que por cierto, jamás llegarán a ganar siquiera 1/3 parte de lo que los CEOs multimillonarios ganan), de seguir extrayendo recursos a costa de destruir cualquier ecosistema, de seguir manteniendo la condición de excluidos a aquellos colonizados hace más de 500 siglos en el capitalismo colonial, y ¿por qué no? llevarnos una tajada en la producción de conocimiento psicosocial.

Se (re)produce en nosotros un psicólogo(a) social desinteresado(a) de los verdaderos problemas sociales en los sectores menos favorecidos. Interesarnos en estos problemas no remunera, no es moneda de cambio, en comparación de aquello que no cuestiona el capital; se forma un psicólogo social centrado en lo individual, en lo psicológico por encima de lo social-comunitario. A modo de ejemplo: un psicólogo social (constituido sujeto ideológico por el capitalismo) se interesa en analizar únicamente el consumo de drogas de una población específica, en vez de analizar la situación de narcotráfico (una forma de lumpen-capitalismo, como ya señalaría Pavón-Cuéllar, 2017) y la complicidad del Estado con este, y proponer alternativas de resistencia; una psicóloga social se interesa por investigar el CI promedio de una comunidad, en vez de investigar cuáles son las condiciones sociopolíticas que aseguran la marginalización intelectual de grupos excluidos. Estos dos ejemplos son solo dos de miles que mantienen una ideología: el ensalzamiento de la lógica (re)productiva capital (sin cuestionarla, sin juzgarla, sin criticarla), lo cual, se traduce en más apoyo para congresos, mayor número de publicaciones, más libros o manuales de psicología social sobre cómo “intervenir” en los grupos, que al final producen una remuneración para las grandes editoriales o revistas, y en ocasiones para los y las autoras en lo que Pavón-Cuéllar denomina como “capitalismo académico”, en el que ya sólo se hacen investigaciones “fáciles de hacer”, que no conllevan una reflexión crítica y profunda, pero que da reconocimiento en el gremio. Al respecto, González-Rey (2017) argumenta:

“La enseñanza y la investigación en el campo de la psicología, no sólo reproducen versiones obsoletas y miméticas de teorías tradicionales sino que se caracterizan, además, por un divorcio profundo con respecto a la realidad social” (p.50)

Se nos exige en prácticamente todos los programas de psicología social (hegemónica), que se lean a ciertos autores o ciertos libros, lo cual, ya es en sí una práctica ideológica: encaminarnos a los estudiantes a tener una visión parcial (capitalista y centrada en el individuo), a ser un tipo específico de psicólogos sociales (sujetos ideológicos), que en una visión funcionalista (Martín-Baró, 1989), le sirvamos a la estructura. Varios de estos libros o manuales fueron y son producidos en el contexto europeo o estadounidense y se venden, a montones, por grandes editoriales a las universidades.

Otro ejemplo de práctica ideológica es el discurso del docente. González-Rey (2017) sostiene que el discurso es en sí, una producción de la ideología. Escuchamos a los docentes (no todos y todas, pero sí un 95%) decir que la especializante que más remunera no es la psicología social, sino la psicología organizacional (y otros afirman que la educativa también), esto en consecuencia (en parte), produce cada vez menor interés en la realidad social. Otro acto por el cual se mantiene la ideología (capitalista) en nuestra psicología social, es la polarización de lo “psicosocial”: se nos insiste en intervenir de forma psicosocial, pero esta intervención no va más allá del bienestar mental y lo individual. Flores-Osorio (2017) denuncia que la intervención “psicosocial” se sustenta en teorías que niegan lo comunitario, a la vez que en esta se realizan tareas orientadas que los sectores “excluidos-pauperizados” internalicen, “a pesar de sus condiciones paupérrimas”, la idea de bienestar psicológico e incluso el mejoramiento de la autoestima.

Comentarios finales

La ideología (capitalista) se materializa a través de la psicología y de sus respectivas prácticas o actos. En esta ocasión, dediqué ejemplifiqué esta situación a partir de la psicología social que nos enseñan, sin embargo, esto no excluye que las demás especializantes contribuyan activamente a mantener el statu quo. Me baso en la propuesta althusseriana de la ideología y cómo esta se perpetua gracias a los AIE, en este caso, la escuela.

Por otra parte, a pesar de que parezca que la ideología (capitalista) parezca permantente en nuestra psicología, el propio Althusser (2018) enfatiza en que hay docentes en el AIE escolar que se vuelven en contra de la ideología, mencionando:

“Pido perdón […] a los maestros que, en condiciones espantosas, intentan volver contra la ideología, contra el sistema y contra las prácticas de que son prisioneros, las pocas armas que puedan hallar en la historia y el saber que ellos “enseñan”. Son una especie de héroes. Pero no abundan, y muchos (la mayoría) no tienen siquiera la más remota sospecha del “trabajo” que el sistema (que los rebasa y aplasta) les obliga a realizar y, peor aún, ponen todo su empeño e ingenio para cumplir con la última directiva”. (p.42)

Si bien, quizá podamos no tener la culpa de ser sujetos ideologizados (ni nuestros docentes ni nosotros como estudiantes), pero sí somos responsables de frenar esta reproducción ideológica; de conseguir municiones para la “guerra” contra el sistema y su cómplice, la psicología; de señalar de manera constante, cuestionarlo y problematizarlo todo.

Referencias

  • Althusser, L. (2018). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Práctica teórica y lucha ideológica. México: Editorial Tomo.
  • Flores-Osorio, J.M. (2017). Hegemonía y contra-hegemonía del pensamiento psicosocial latinoamericano. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • González-Rey, F. (2017). Los desafíos de la psicología frente al capitalismo subdesarrollado de América Latina: los déficits para generar una práctica profesional diferente. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Martín-Baró, I. (1989). Sistema, grupo y poder. Psicología social desde Centroamérica II. San Salvador: UCA.
  • Montero, M.(1994). Una mirada dentro de la caja Negra: La construcción psicológica de la ideología. En:Montero, M.( 1994). Construcción y crítica de la psicología social. Barcelona: Antrhopos, Págs. 127-145
  • Pavón-Cuéllar, D. (2017). Capitalismo y psicología en la historia latinoamericana: esbozo de recapitulación histórica para proyectos liberadores anticapitalistas. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.