Psique y capital: entre la ficción y la dominación

Pretendo en esta ocasión ofrecerles a mis lectores un ensayo complementario sobre lo que escribí hace un par de meses, es decir, sobre el fetichismo de la psique. Pienso que fue un buen intento acercarme desde Marx y el fetichismo de la mercancía, pero quedé un poco inconforme porque faltaron algunas cosas que solo a través de Freud podemos explicar, aunque como se podrá observar, no es que lo propuesto por Marx dependa de Freud. Me decanto más por los postulados del primero que por los del segundo, pero dada mi influencia académica, no puedo dejar de lado lo psíquico.

El marxismo, que ya es en sí subversivo, no puede ignorar las repercusiones que el sistema actual tiene en la vida individual de los sujetos; de esto Marx estaba bastante enterado. No obstante, limitarnos al marxismo podría, no solo dejar de lado aspectos importantes de las vidas individuales, sino también, nos conduciría a cobijarnos en un dogmatismo que ni Marx o Engels hubieran permitido. Pero también hemos visto, que la subjetividad no se puede abordar desde la psicología (que es mi formación), puesto que esta juega con la parte más superficial de nosotros.

Es por lo anterior, por lo que se ha propuesto, desde el siglo pasado, la articulación marxismo-psicoanálisis. En concordancia con lo mencionado por Reich1 y Vainer2, el marxismo podría darle a la teoría del inconsciente el elemento de la realidad actual, y el psicoanálisis, por su parte, podría dar cuenta de cómo esa realidad se instaura en la vida psíquica. Así, nuestros intentos en este blog pueden aportar (aunque sea de manera incompleta) a la reivindicación de lo que se ha denominado izquierda freudiana, en los que encontramos importantísimos autores del siglo pasado como Reich, Fenichel, Bernfeld, Fromm, Marcuse, etc., así como autores de este siglo, tales como Carpintero, Vainer, Pavón-Cuéllar, Páramo Ortega, entre otros.

El problema de la psique

¿Qué entendemos por “psique”? o más bien, ¿qué nos han enseñado que es la “psique”? Resulta bastante problemático responder a estas interrogantes, pero, increíblemente, hay quienes se han empeñado en contestarlas sin mayor dificultad y sin mayor explicación, entre ellos podemos invocar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro gurú de motivación o coach de inteligencia emocional.

Lo que solemos entender por psique, en el sentido común actual, es bastante simple. Es algo (sin una definición clara) que se encuentra “en la cabeza” (quién sabe dónde, pero ahí está), o que tiene su expresión en la “conducta observable” y por ende, la psique es sin lugar a dudas, objetiva: se puede medir y también se puede evaluar con alguna escala de inteligencia o de depresión, incluso con resonancia magnética. Eso es nuestra psique: una psique individual que tiene por objeto la consecución de tareas abstractas y concretas, algo que de vez en cuando, tal como lo señala Christlieb3, se reúne con otra psique individual para conversar e intercambiar estados emocionales, resultados de pruebas psicométricas, o algún trastorno padecido.

Somos entonces, por un lado, individuos con “algo” (que no sabemos realmente qué es) en nuestra cabeza (que tampoco sabemos dónde está exactamente), que contiene nuestras emociones (?), nuestros deseos (?), nuestro lenguaje (?); y por otro lado, somos individuos “objetivos” porque tenemos una conducta que expresa eso que no sabemos qué es y que no sabemos en dónde se encuentra.

“¡Ese eres tú!” dice el neuropsiquiatra o neuropsicólogo al señalar las zonas cerebrales activadas por algún estado emocional o alguna conducta realizada (suya, por supuesto). ¡Eso es nuestra psique! Un cúmulo de zonas cerebrales activadas, emociones expresadas en conductas y un cierto C.I. que nos dice qué tan inteligentes somos. Así, todo es sencillo. Llegamos a una (absurda, pero bastante consensuada) conclusión: la psique es independiente de lo exterior.

Algunos profesionales del dispositivo psi podrán objetar de manera instantánea: “¡Es que la psique recibe estímulos externos!” Efectivamente, recibe estímulos, pero al considerarlos como tal, como estímulos, es algo pasajero, algo que la misma psique puede moldear a su gusto, desechar con facilidad, y recibir otro estímulo, así una y otra vez, un movimiento circular en el que la psique sigue estando intacta a la luz de lo “externo”4. Esta, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, es la concepción que domina, precisamente, nuestra psique (risa).

Lo que podemos observar en esta descripción de lo que se entiende, comúnmente y en gran parte del gremio académico psicológico (y no psicológico), por lo “psíquico”, es que está estrechamente relacionado con la parte perceptiva consciente, es decir, nuestra psique es la que percibe, la que desecha y recibe estímulos de manera selectiva, a nuestra propia conveniencia. Bajo esta concepción, no es ello lo que elige por nosotros, sino el yo. No es el más allá, sino el más acá. Veremos esto más a detalle.

Ficción del yo

Mucho se ha hablado de que todos tenemos un yo. No hay que complicarnos tanto en este momento para explicar este yo: basta remitirnos a la manera en la que hablamos. Siempre emitimos enunciados en la primera persona del singular, ya sea con un pronombre personal o posesivo: “Mi trabajo es para que yo esté bien”. Nuestro yo es lo que efectúa cualquier acción, tal como lo vimos anteriormente con la psique. En estas conceptualizaciones del sentido común del mundo en el que nos encontramos (aquí nos empezamos a poner más serios) podemos decir que psique y el yo son uno mismo: el yo es lo psíquico y viceversa, un yo consciente.

El que habla en la primera persona del singular produce ciertos efectos psíquicos como emociones y activa ciertas zonas cerebrales que hacen notar que hay algo (quién sabe qué cosa), al mismo tiempo que estas emociones y zonas iluminadas en la resonancia magnética, presentes y accesibles en la consciencia-percepción del yo, hace que se exprese bajo la forma yoica: “¡Ese de ahí soy yo!”. Visto de esta manera, la cosa es muy sencilla y no exige mayor complicación. Es, como ya lo dije, la forma del sentido común para entender-nos como individuos (el uso de esta palabra es provisional).

La cosa se torna complicada cuando alguien introduce un corte en la línea argumentativa de lo que entendemos por el yo, o en otras palabras, es como si algo cortara al yo directamente. Esto ya es en sí, bastante problemático para quienes hasta ahora, habían concebido al que habla en la primera persona del singular como ente independiente con su psique consciente localizada anatómicamente y expresada en actos del habla. Podemos decir, que los que introducen este corte fueron Marx y Freud, pero detengámonos en el segundo.

En efecto, fue ni más ni menos que Freud el que dio cuenta que en este yo consciente que tanto se alaba hoy en día y al que se dirigen los medios de comunicación, las redes sociales, etc., no es lo único psíquico5, y al no ser lo único, entonces, debe haber algo más en la malentendida psique que hasta ahora hemos descrito. Si antes con el yo y su psique estábamos más acá, con el corte freudiano (y marxista) nos posicionamos más allá. Si lo consciente es lo positivo, es decir, lo que está y que podemos ver como tal, debe existir su contrario, su negativo, aquello de lo que no podemos dar cuenta. Existe entonces, lo inconsciente que opera y tiene efectos en y sobre el yo consciente6. Lo que vemos activado en nuestro cerebro cuando somos sometidos a una resonancia magnética o cuando hablamos en la primera persona del singular, es solo una parte de nosotros, sigue siendo lo consciente, nuestro yo, es decir, es el efecto de lo que no se ve.

Es en el yo en el que recaen las acciones no vistas, no percibidas, y por tanto, no es un ente totalmente activo como se piensa, es decir, el yo no vive, es vivido7. Es como si existiera alguien o algo más que nos controla sin nosotros saberlo. En este sentido, el yo queda, de cierta manera, sometido al proceder de lo inconsciente. La psique, entonces, se escinde (si me permiten hacer uso de esta palabra), y por tanto, la verdad del yo tal como lo conocemos se va desplomando.

Con el corte freudiano quedaría claro que no hay un yo absoluto, y que hay “algo” o “alguien” más que ejerce cierta influencia en nosotros, en nuestra manera de hablar, en nuestras acciones (lo veremos más adelante). Incluso sería un poco extraño utilizar el pronombre de la primera persona del plural: ¿realmente somos nosotros los que hablamos? ¿son nuestras las acciones que llevamos a cabo? ¿realmente mi trabajo es para que yo esté bien? Podemos decir que es gracias a Freud que descubrimos la ficción del yo, ese yo con el que la psicología fantasea. El propio Freud nos dice que debemos “emanciparnos” del “síntoma conciencia”8. Como síntoma no representa nada por sí solo, no es la realidad, es algo ficticio, un velo que encubre, en este caso, lo inconsciente.

Es cierto que, gracias al descubrimiento de lo inconsciente, en el sentido freudiano, nos abrimos paso al más allá del yo. Pero también debemos proceder con cautela para no incurrir en el mismo error que se ha cometido en la psicología al concebir lo social como una charla entre psiques (ahora ya concebida como aparato en el que existen sistemas, a saber, lo inconsciente y lo consciente), es decir, como psiques independientes que se juntan de vez en cuando. De ahí entonces que tengamos que partir desde Marx y el marxismo.

Decíamos en líneas más arriba, que algo o alguien ejercía acciones en nosotros de manera inconsciente. Podemos decir que en este inconsciente existe una “estructura pulsional” que ha sido heredada a lo largo del tiempo, es decir, que es constante9. Esto no es falso, por supuesto, pero nos atrevemos a decir que una concepción de lo inconsciente como algo simplemente pulsional, interno y constante sería caer en un error muy grave. A la par de esta estructura constante, se presenta una determinación de las condiciones reales de vida, es decir, de la realidad objetiva de producción; esto es, el mundo social en el que el individuo se encuentra (él/ella y su psique). Esto no es ni siquiera nuevo, ni una idea original de los que podemos ubicar en el freudomarxismo o en la izquierda freudiana. La idea la podemos encontrar directamente en Marx.

Antes de pasar a la exposición de lo anterior, me quiero detener en una parte de un tuit que el multimillonario cínico, Ricardo Salinas Pliego, escribió hace unos días: “…estamos como estamos, porque somos como somos”. Para el lector marxista/freudomarxista, la frase anterior no representará dificultad alguna. Lo que la frase escrita por Salinas expresa es bastante sintomático y es un reflejo de lo que hasta ahora hemos venido desarrollando. Lo que nos deja ver lo anterior es que lo que soy yo determina la situación social actual; no hay que hacer ninguna explicación rebuscada a la frase: estamos así (socialmente hablando) porque somos (del ser, del yo) así, o en otras palabras más sencillas: el yo antecede a lo social. Si nos ponemos freudianos, podremos decir que hubo algo de su inconsciente que se manifestó en esa frase. Pero la pregunta que nos queda ¿qué clase de inconsciente es? ¿el freudiano lleno de pulsiones? Esta es una respuesta que no se puede dar desde el psicoanálisis.

Marx, en conjunto con Engels, responden a las preguntas formuladas anteriormente: “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”10. Si en vez de “conciencia” remplazáramos por aparato psíquico, la cosa no cambia, es solo una modificación conceptual para adecuarla a lo que hemos venido trabajando. En este sentido, lo inconsciente explorado por Freud, quedaría también determinado, en última instancia, por la vida real, por el modo de producción. Lo inconsciente ya no sería únicamente pulsional, sino también social. Esto no quiere decir que sea un inconsciente compartido por todos y todas, sino que más bien, al estar determinado por lo social, por la vida real, se piensa, se habla, se bromea, se olvida de cierta manera que responde a los intereses del mundo actual.

La cita de Marx y Engels, si la consideramos de manera aislada, no tiene mayor dificultad. El problema es que, esa vida a la que se refieren ambos, es la vida de producción capitalista, del capitalismo. El yo consciente y lo inconsciente, pasan a formar parte de la estructura real, o mejor dicho, pasan a formar parte de la superestructura. La ficción aquí no se ha ido, pero le hemos concedido otro valor más importante. La ficción de la que hablábamos anteriormente se limitaba al nivel individual: un yo que era pura ficción porque su verdad se hallaba en lo inconsciente. Ahora, la fórmula conserva su esencia pero con una adición: el yo ficticio como efecto de lo inconsciente y lo inconsciente propiamente, son incluidos en el todo social. Ahora el yo como efecto del inconsciente, deviene en el síntoma perfecto, puesto que encubre dos cosas en una sola: el inconsciente pulsional del que no da cuenta sino a través del síntoma neurótico o de los lapsus, y lo social que también tiene efectos sobre lo inconsciente, manifestándose entonces, como actividad del habla en la forma de la primera persona del singular, sea en pronombre personal o posesivo. Si pudiéramos expresarlo resumidamente y de manera puramente provisional y quizá erróneamente, quedaría más o menos así:

Capitalismo →|(Icc: P-R-NR) →/ Yo consciente(FP)|

Siendo Icc lo inconsciente, P lo pulsional, R lo reprimido, NR lo no reprimido; las flechas indicarían el efecto sobre lo posterior. La diagonal (/) que se encuentra después de la flecha que va hacia el yo consciente responde a la ficción que hemos venido enfatizando desde el corte freudiano, lo que a su vez, da como resultado lo ya analizado anteriormente y que denominé como la producción del fetichismo de la psique representado por FP (entendida la psique como en la primera parte de este escrito y lo criticado líneas más arriba). Las barras laterales en vertical (||) que comprenden del Icc al yo consciente, representa la noción de sujeto, que veremos más adelante.

El problema de “dónde” podemos encontrar a la psique se ha esclarecido en gran medida. Primero, con el corte hecho por Freud, entendemos que lo que hasta ahora se ha conceptualizado por psique o psiquismo, no es sino una parte sintomática, puesto que hacía referencia exclusivamente al yo consciente. Segundo, y esto resuelve la duda principal sobre el “lugar” de la psique, decimos que aun incluyendo lo inconsciente como parte de lo psíquico, estos no pueden ubicarse dentro del individuo en un sentido restringido o exclusivo, y por lo tanto, lo psíquico es social, está fuera de nosotros, y no dentro. Si es necesaria una aclaración, sería únicamente para decir que no estamos diciendo que lo psíquico se encuentra en un lugar propiamente tópico ubicado fuera de nosotros. Frente a cualquier interpretación idealista de lo anterior, sostenemos junto con Marx que la psique es práctica11, determinada por el modo de producción: desde el momento de nacer, nuestro psiquismo se irá determinando por la clase de nuestra familia, por la división del trabajo, por cuánto gane el padre o la madre; no venimos al mundo con una cabeza aislada que se constituye por sí misma. Lo psíquico es el resultado de las condiciones de existencia, y al mismo tiempo, el “individuo” psíquico puede modificar sus condiciones dentro de los límites dados por la sociedad capitalista, llegando así a una reproducción de lo psíquico capitalista y el capitalismo simultáneamente.

Volviendo al ejemplo de Salinas Pliego, vemos entonces que su posición social, es decir, su posición en la producción capitalista, a saber, dueño de Grupo Salinas, el segundo hombre más rico de México, determina su yo consciente, ese que escribió esa parte del tuit que revisamos anteriormente. Aquí ocurren dos cosas. En primer lugar, en tanto psique práctica, es decir, un psiquismo determinado por las condiciones reales, deja ver su posición en la división del trabajo bien explicada por Engels12, al pensar que bastaría con lo cambiar lo que somos para cambiar las condiciones actuales o que todo sería producto del ejercicio intelectual o de los axones, somas y neurotransmisores. Segundo, se fetichiza lo psíquico, pero esto último entendido como en la primera parte de este texto, a saber, lo psíquico conocido, lo consciente, lo yoico: es gracias a la cultura de la psicología, de su saber, que permite reforzar este fetichismo. Como es sabido, el yo siempre será un orgulloso, pero en su orgullo estriba su ignorancia de lo real, de la determinación por el inconsciente, y en última instancia, por el capitalismo.

La manera de expresarse de Salinas puede ser examinada por el psicoanalista, siempre y cuando este tenga presente que no es únicamente el inconsciente (freudiano) lo que se manifiesta en el habla común. Su expresión “estamos como estamos porque somos como somos” no es exclusivamente síntoma de un inconsciente puramente pulsional, sino social y económico.

De la ficción a la dominación: del yo consciente al sujeto capitalista

Ya adelantamos que la psique, desde el punto de vista marxista-freudiano, no puede ser sino un producto de las condiciones reales de existencia que el yo no puede percibir sin los elementos necesarios, es decir, en las condiciones dadas para él o ella. El problema es que esta ficción no nos lleva a otra cosa que al sometimiento y dominación de todos y todas por el capital.

Si decíamos que el individuo-yo es el síntoma perfecto puesto que se halla producido por y en el capitalismo, ya no hablamos entonces de un individuo, porque no es alguien aislado; hablamos entonces, de un sujeto, un sujeto interpelado, como nos recuerda Althusser13. La interpelación que se le hace al sujeto no es más que una orden para adquirir una identidad necesaria (pero falsa) para el capital, es decir, la interpelación ideológica “proporciona-solicita los documentos de identidad al interpelado”14. En un movimiento particularmente interesante esta interpelación produce un efecto-inconsciente15, aunque con esto no quiera decir que produce el inconsciente como tal, es decir, no es la génesis del inconsciente propiamente, sino que más bien, es una articulación, y a su vez, ese inconsciente produce el desconocimiento del sujeto interpelado porque existe en lo “vivido” del discurso ideológico16. Luis Pablo (o sea yo) ya está interpelado en el capitalismo desde el momento de su nacimiento, produciendo así un efecto-inconsciente que se articula con mi discurso ideológico y mantiene ciertos efectos a su vez en ese discurso. Podría decirse, que uno queda preso del capitalismo y de lo inconsciente. Uno se convierte en sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, y sí, la única distinción que habría entre nosotros, todos sujetos, es la clase en la que uno se encuentra determinado: proletario o burgués, aunque como sabemos, y como nos lo recuerda Fenichel17, el yo consciente del primero casi siempre se parece, en sus valores, al segundo, puesto como ya lo adelantaba Marx y Engels: las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en la sociedad18.

El sujeto (siervo del capitalismo y de lo psíquico producido en este sistema) no podrá dar cuenta de su condición de sujetado. Esto es así porque, es un hecho que cada vez más, como lo dijimos anteriormente, los medios de comunicación, las redes sociales, los comerciales, las frases como la de Salinas y otros, todo eso, se dirigen siempre al yo e indirectamente a lo inconsciente, reforzando así el lugar que teníamos asignado desde nuestro nacimiento. Asegurado todo por el capitalismo, quedamos en un total desconocimiento.

La ficción del yo lleva consigo la condición necesaria para que exista la dominación. Lo único que está sucediendo es una reproducción incansable de lo psíquico entendido como lo consciente y lo yoico, tal como sucede en el movimiento circular vicioso del capital19. Las repercusiones son claras. El yo, ahora sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, se encuentra encerrado en su sentido común y psicológico que presume inocente y suyo, sin mayor dificultad. Es un ser, pero no siendo. Un siervo que lo tratan como de la familia real para que no se vaya de ahí. Su deseo no es su deseo, su emoción no es suya, su lenguaje no es suyo: son todos del capital. Volviendo a la frase de “Mi trabajo es para que yo esté bien”, en la realidad, significaría todo lo contrario: no es mi trabajo, sino el trabajo que necesita el capitalista, y no es mi vida la que estará bien, sino la vida del vampiro capitalista. Está por demás decirlo, pero es necesario: el sujeto capitalista no sabe que es sujeto capitalista. Es decir, el hecho de que demos cuenta que existe un psiquismo capitalista, no cambiaría mucho la cosa, puesto que los que están en el poder no irán por la vida diciendo que es un psiquismo capitalista; de ahí que recurran a la fetichización.

El fetichismo de la psique producido por el discurso ideológico, por la palabra del yo consciente, reforzado por la psicología, la psiquiatría, las resonancias magnéticas, los gurús de motivación o inteligencia emocional, impide la revolución, impide la toma de conciencia de clase, puesto que la única conciencia existente es la psicológica y capitalista: aquella que promete bienestar virtual pero en la realidad genera miseria.

Comentarios finales: marxismo y psicoanálisis

Lo que aquí se escribió no es sino un complemento a lo ya expuesto en otro lado20, quizá hasta repetido. Pero lo más importante que se puede rescatar es lo ya iniciado hace un siglo: el freudomarxismo o la izquierda freudiana. Tal como lo menciona Páramo Ortega21, los primeros freudomarxistas fueron los propios Marx y Freud. Y es que, por más divergente que pueda parecer su pensamiento, ambos se compenetran. Esta compenetración es la que necesitamos hoy. Por un lado, pienso que el marxismo, por sí mismo, es de fácil acceso para la clase proletaria, lo que implica una gran ventaja para todos y todas, ya que nos lleva inmediatamente a comprender el todo social y el mundo en el que vivimos; por el otro lado, el psicoanálisis pienso que se ha encerrado en su burbuja muchas veces (una característica de los burgueses, a saber, formar una élite en la que solo entran unos cuantos), negando así, el acceso a su comprensión, otras veces siendo reaccionario y por ende, a su poca aceptación en el marxismo. Pero tacharlo de burgués no es sino descartar el potencial crítico que tiene consigo, e incluso, tacharlo con ese adjetivo sería de lo más infantil. La sensibilidad política y teórica marxista puede darle eso que le falta al psicoanálisis, pero también este, tiene mucho para ofrecernos a los marxistas, eso que a veces se nos ha escapado. Así, en acuerdo con Pavón-Cuéllar22, el psicoanálisis puede convertirse en un medio para el marxismo, un medio para la revolución, para la subversión en el sistema, tanto a nivel individual como social.

Referencias

1 Wilhelm Reich, Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1934) (México: Siglo XXI, 1986)

2 Alejandro Vainer, “Introducción”, en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009)

3 Pablo Fernández Christlieb, “Todos los psicólogos sociales: recapitulación de cuatro o cinco décadas”, Athenea Digital 19, núm. 1 (2019): 1-25.

4 Escuchado en una conferencia dictada por David Pavón-Cuéllar: https://www.youtube.com/watch?v=s6jGb0LtbSM , min. 20.

5 Sigmund Freud, El yo y el ello (1923) (Madrid: Alianza, 2012). pp. 10-11.

6 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p.245

7 Freud, El yo y el ello (1923), Op. Cit. p. 22

8 Freud, “Lo inconsciente” (1915), Op. Cit. p. 274

9 Otto Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). pp. 224-225.

10 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

11 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012). p.35-39.

12 Friedrich Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Manifiesto del Partido Comunista. Ideología Alemana., Karl Marx y Friedrich Engels (México: Colofón, 2008)

13 Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

14 Louis Althusser, “Tres notas sobre la teoría de los discursos” (1966), en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996). p. 121.

15 Ibíd., pp. 121-125

16 Ibíd., p. 124.

17 Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), Op. Cit. p.228

18 Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, Op. Cit. p. 71

19 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

20 https://versuslapsicologia.mx/2020/12/14/la-psicologia-no-lo-sabe-pero-lo-hace-del-fetichismo-de-la-mercancia-al-fetichismo-de-la-psique/

21 Raúl Páramo Ortega, “Otto Fenichel: clásico del psicoanálisis y pionero de la izquierda freudiana” en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009) p.36

22 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

La psicología no lo sabe, pero lo hace: del fetichismo de la mercancía al fetichismo de la psique

Es un hecho prácticamente indiscutible que Marx no solo dedicó una vasta crítica al modo de producción capitalista. No sólo nos enseñó quién es el que nos domina actualmente, sino que al mismo tiempo nos enseñó cómo nos domina. Esta dilucidación la podemos encontrar específicamente en dos textos que me parecen importantísimos: “El trabajo enajenado” en los Manuscritos de economía y filosofía y en “El fetichismo de la mercancía y su secreto” en el Libro I de El Capital. Ambos textos, bastante ricos en relación a lo que nos estructura como sujetos (además complejos a mi parecer; quizá de ahí que se diga en diferentes medios que los economistas burgueses y uno que otro marxista se hayan saltado esta parte), explican a detalle cómo es que, en las condiciones actuales, el capital domina sobre nosotros, nos hace suyos, o lo que es lo mismo, cómo nos deshumaniza para humanizar otras cosas.

En este sentido, en el presente escrito trataré de abordar una propuesta que estuve pensando mientras leía estos dos textos, y específicamente el segundo ya mencionado. Esta propuesta tiene que ver con el fenómeno de la psicologización y con este, obviamente, el aparato de la psicología y su respectivo papel subyugante en el capitalismo actual. Muy probablemente, esta propuesta, (que no es para nada nueva y que además puede estar bastante incompleta) esté tan psicologizada como la psicología y el capital mismo. No obstante, apelo a aquello que Pavón-Cuéllar, parafraséandolo, nos menciona[1]: ¿por qué no volver contra la psicología su misma fuerza psicologizadora? O la misma crítica que propone Jan De Vos: una crítica a la psicología y a la psicologización sería imposible sin estar en estas[2].

De este modo, pretendo retornar a Marx y al fetichismo de la mercancía, aunque sea de manera laxa (y quizá incompleta) para utilizarlo como punto de explicación del proceder de la psicología dominante, de esa psicología perpetradora de la clase dominante, del capital.

Fetichización: de lo mercantil a lo psicológico

La mercancía

El capitalismo, en palabras de Marx, es un gran cúmulo de mercancías[3]. Las mercancías poseen ante todo dos cualidades bien distintivas: el valor de uso y su valor de cambio[4]. Al menos esto es lo que se puede percibir inmediatamente en cualquier objeto-mercancía, sin embargo, como bien lo analizaría Marx, al ver a la mercancía más de cerca, vemos que este objeto cobra un carácter social. Estas mercancías, no son solo objetos así sin más, pura objetividad material; en cambio, toda mercancía es producto del trabajo humano, inversión de la fuerza de trabajo para producir dicho objeto (lo que a su vez indica el valor de la mercancía, determinado por la magnitud o cantidad de tiempo de trabajo), independientemente de las cualidades útiles que del trabajo resulten y que el mismo producto contenga. En este sentido, Marx explica que la mercancía esconde algo misterioso en ella, adquiere pues, una cualidad fantasmagórica que emana de sí misma. La mercancía, nos dice Marx, refleja al humano el carácter social del trabajo de este, sin embargo, este carácter aparece como si fuera de la misma mercancía, como si la cualidad social-humana fuese propia de esta forma, y por tanto, la relación social entre productores, aparezca ajena a esas cosas[5].

En este sentido, la mercancía aparece como una entidad independiente de quienes la producen, de ahí que Marx llame a este fenómeno el “fetichismo inherente a los productos del trabajo”[6]. Dado que la producción de mercancías es exclusiva del capitalismo, de la propiedad privada, los productores en su supuesta independencia y privacidad del trabajo “únicamente” se relacionan en el intercambio de dichos productos, lo que deja ver que lo único que se relaciona de manera social, son las mercancías y no los sujetos. Al respecto Marx menciona: “Ello hace que las relaciones sociales entre los trabajos privados aparezcan ante los productores como lo que son, es decir, no como relaciones directamente sociales entre personas en sus trabajos mismos, sino como relaciones de cosas entre personas y relaciones sociales entre cosas”[7].

En el capitalismo nada es humano, lo único humanizado es aquello que por su naturaleza no puede, per se, humanizarse sino a través de la práctica del ser humano, es decir, aquellos productos fetichizados, las mercancías. Pero el humano en el capitalismo ni siquiera es humano desde el momento en que se enajena él, su producto y su propia práctica al trabajar para otros; en pocas palabras, todo le es extraño[8]. Ya no se pertenece él mismo ni le pertenece lo que produce. Por el contrario, la mercancía (y lo que se oculta tras de esta) lo domina, lo hace suyo, lo somete, lo subyuga. Cobra ante él la fuerza con la que fue producida, la usa a su favor para someter a su productor; no únicamente constituye el camino que ha de seguir el trabajador en su producción, sino que ha de establecer el encuadramiento mental para que siga dominando a aquél. El trabajador se desvaloriza al mismo tiempo que se valoriza el mundo de las cosas[9].

Volviendo a lo anterior, por tanto, las relaciones sociales, lo humano y el trabajo mismo quedan siempre escondidos en la forma mercancía, siendo esta una entidad “independiente”, y a su vez, al estar estos elementos ocultos, los trabajadores no saben que precisamente están intercambiando trabajo humano; piensan que están intercambiando sus mercancías como meros valores emanados del mismo objeto por su carácter intercambiable. De ahí la maravillosa frase de Marx, que es mejor citar en su totalidad: “[…] Los hombres no relacionan unos con otros sus productos del trabajo como valores porque esas cosas valgan para ellos como las envolturas puramente materiales de un trabajo igualmente humano. Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos como trabajo humano al cambiar entre sí sus diferentes productos como valores. No lo saben, pero lo hacen[10]. La mercancía se convierte en un “jeroglífico social”[11].

La mercancía oculta pues, además del trabajo humano, la dominación del trabajador, oculta su explotación, la explotación del plusvalor. Hoy, por el movimiento histórico del mundo y el cambio de las fuerzas productivas, se llevan a cabo nuevas formas de dominación en el capital. La propuesta del “sentido común mercantil-capitalista” de Veraza[12] viene a colación respecto a estas nuevas formas de sometimiento. El propio Marx lo señalaba anticipadamente: “lo que distingue unas épocas económicas de otras no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace”[13], o lo que es lo mismo y complementando esta proposición, el capital y su perverso proceder no cambia, lo que cambia es su forma para hacer más efectivo este proceder.

La psique

La psicología, nos dice De Vos, hace posible la fetichización[14]. Nosotros agregaríamos que la fetichización en el capitalismo es lo que es gracias a la psicología, y precisamente es así en la medida en que lo que estudia la psicología, lo psíquico y todo “lo demás”, es a su vez, fetichizado en la sociedad actual. La psique se absolutiza en el capitalismo y en la psicología. Esto no es una idea nueva que se me haya ocurrido espontáneamente. Marx lo explica precisamente al hacer su análisis acerca del fetichismo de la mercancía y compararla esta última con el mundo religioso al decir que “los productos de la cabeza humana aparecen como figuras independientes y dotadas de vida propia”[15]. También Engels nos da un claro ejemplo cuando critica al idealismo imperante hoy en día, cuando este afirma que “el rápido progreso de la civilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo y actividad del cerebro”[16].

Eso que estudia la psicología, la psique (entendamos aquí este concepto desde la psicología) aparece como una entidad fantasmagórica, y al respecto de esto último, sabemos que lo consciente, lo yoico, lo que para la psicología es primero, hace posible la creación de fantasías para ocultar la realidad; la psicología no atravesará la fantasía, la reforzará y tampoco intentará combatir la mistificación en el fetichismo de la mercancía, por el contrario, sostiene dicha fetichización. Este ocultamiento de lo externo que reside en lo interno es propio de la psique de la psicología, y que además, tiene bastantes consecuencias que iremos abordando a continuación. La psicología necesita que su objeto esté fetichizado y que lo esté ella también para que todo lo demás no interese. Es lo que me atrevería a llamar el fetichismo de la psique.

Una de las primeras consecuencias de esta fetichización de la psique es que oculta el orden social constituyente de los sujetos, es decir, su lugar en el sistema. Lo anterior claramente hace referencia a la propuesta de Braunstein cuando este menciona que sólo el psicoanálisis en conjunto con el materialismo histórico haría posible la develación de este ocultamiento[17]. El sujeto no es lo que es por su propia voluntad, como también se piensa en el mundo de las mercancías; o sea, no se es rico porque así lo quiera el sujeto: si el humano es rico es porque existen unas condiciones reales de existencia que le preceden, existe, a su vez, un mundo simbólico que lo atraviesa y lo constituye para que pueda comportarse y hablar como rico.

El problema viene también cuando el sujeto quiere cuestionarse la psicologización de su ser y del mundo. El problema justamente es que todo ya parece natural desde que se nace. Todo es ya psicológico. De ahí entonces que al psicólogo le cueste trabajo aceptar que ese interior que estudia no es un interior absoluto, sino producto de las condiciones reales. Por otro lado, en un mundo en el que se nace y, paradójicamente, se le dice al recién nacido (aquí está lo paradójico para la psicología; lo que precede al “recién nacido” no lo toma en cuenta) que será “inteligente”, “enojón”, “cariñoso”, “noble”, no hay mucha capacidad de acción después. El sujeto nace ya como homo psychologicus, desde ese momento empieza la fetichización de lo psicológico, de la psique como motor del sujeto, desde este momento nos empiezan a psicoeducar[18], desde ese momento queda oculto quien nos dijo que seremos enojones, cariñosos o inteligentes con 2000 de C.I.

La psicología no sabe que cuando habla de psique, emociones, el “yo” y la cognición, está al mismo tiempo hablando del modo de producción, de su compadrazgo con el capitalismo, de las relaciones de explotación, del plusvalor explotado al trabajador, del lenguaje estructurante del ser humano. Al igual que los productores de mercancías, la psicología no lo sabe, pero lo hace. El mundo psicológico, al igual que el mundo religioso, lo que está en la cabeza aparece como independiente de la realidad, y a su vez, todo eso resulta ser un cúmulo de “jeroglíficos sociales”. Lo psíquico, al igual que la mercancía, no se pone en la frente lo que verdaderamente es. Al fetichizar la psique pareciera que únicamente nos relacionamos entre síntomas, trastornos, emociones y cogniciones. Se relaciona el yo de un empleado con el yo de su jefe; ya no existe relación entre obrero y trabajador, sino que esta relación aparece exclusivamente como relación social entre los elementos psicológicos al relacionar cada uno su sentir y pensar, y por tanto “se borra” el carácter social de lo que produjo su “interior”. En la psicología todos aparecemos como productores privados.

Por otro lado, el ser humano ya no es ser social en el momento en que se interpela a través de la psicología, no se pertenece, sino que su ser le pertenece ahora a la psicología y lo que esta oculta. Su enajenación radica en su psicologización. Su extrañamiento estribaría en el conocimiento exclusivo de lo psicológico. Lo corpóreo y las condiciones reales se reducen a lo psíquico. Cuanto más sujeto de la psicología es, tanto menos ser humano y social se vuelve. Cuanto más se mira al espejo el sujeto, más borrosa se convierte su imagen y menos se da cuenta de lo que está detrás de aquel.

Comentarios finales

¿Qué es el capitalismo sin su psicología? Es una pregunta que me persigue desde que comencé el blog. No quiero decir que la psicología sea la más importante aquí. Suficiente tiene con ser nombrada por todos en cualquier lugar. Lo que quiero decir es que existe una relación interdependiente entre el capitalismo y la psicología. El capitalismo facilita la existencia de la psicología, su razón de existencia. La psicología, por tanto, se encuentra en deuda con el vampiro. La tiene que saldar, tiene que regresarle el favor a toda costa. Con su efecto psicopolítico adquiere un lugar especial en la sociedad, la colocamos en un pedestal. ¿Por qué será que se adora tanto a la psicología y lo psicológico en las empresas, en los noticieros o en las mismas redes sociales?

Al igual que el economista burgués, el psicólogo con el mismo adjetivo tampoco se da cuenta del fetichismo, no solo de la mercancía (porque en sí, el psicólogo ignora el modo de producción), sino tampoco de la psique, del propio elemento que dice estudiar. El fetichismo de la psique, a su vez, es una cuarta razón por la que no se puede ser marxista en psicología[19].

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

2 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

3 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 41

4 Ibíd., p. 42

5 Ibíd., p. 73

6 Ibíd.

7 Ibíd.

8 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013).

9 Ibíd., p. 134

10 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 74

11 Ibíd.

12 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018).

13 Marx, “El Capital. Crítica de La Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 164

14 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit. p. 195.

15 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 73

16 Friedrich Engels, “El Papel del Trabajo en la transformación del mono en hombre” En El Papel Del Trabajo En La Transformación Del Mono En Hombre. Manifiesto Del Partido Comunista. Ideología Alemana (Ciudad de México: Colofón, 2008), p. 176.

17 Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias,” En Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

18 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit.

19 Luis Pablo López-Ríos, “¿Marxista en psicología? Imposible.,” Versus la Psicología, 2020, https://versuslapsicologia.mx/2020/11/12/marxista-en-psicologia-imposible/.