¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiante?

Presentación del libro independiente “Versus la Psicología. Contra la psicología hegemónica, ideológica y capitalista: un aporte estudiantil” transmitida por Facebook en la página “Versus la Psicología

Influencias teóricas y primeras sospechas

Las siguientes palabras que expondré las preparé a fin de intentar vislumbrar lo que me motivó a escribir el libro que hoy se está presentando. Quien esté escuchando podrá percatarse que recurro una y otra vez a los mismos autores que han plasmado sus aportaciones teóricas en diversas obras y podrá resultar tautológico en ocasiones, sin embargo, me parece pertinente retomarlos. De este modo, el oyente podrá notar que constantemente regreso a las ideas de autores como Karl Marx, Louis Althusser, Néstor Braunstein, David Pavón-Cuéllar, Ian Parker, Jan De Vos, entre otros no menos importantes. Ellos y sus respectivas aportaciones, específicamente desde el marxismo, forman parte fundamental del argumento, no solo del libro, sino de mis opiniones y afirmaciones en general y de mi postura hacia la psicología, lo que naturalmente implica que habrá bastantes coincidencias con sus aportes. Podría atreverme a decir que estas palabras complementarían una de las conferencias dictadas por el Dr. David Pavón, en la habla acerca de por qué relacionarnos críticamente con la psicología.

Mucho antes de que se me ocurriera hacer un libro, siempre tuve la inquietud de por qué nos enseñaban lo que nos enseñaban en nuestras aulas de psicología: ¿por qué ver más corrientes humanistas que psicoanálisis freudiano o lacaniano? ¿por qué interesarnos más por psicología organizacional, educativa o clínica en vez de psicología social? ¿Por qué la necesidad de insertarnos “adecuadamente” al mercado laboral en función de la rama de psicología a la que nos dediquemos? (de ahí que se diga constantemente en nuestras clases que la psicología organizacional es la que “deja” [monetariamente hablando]) ¿Por qué ver más sobre coeficiente intelectual, trastornos psicológicos y sus clasificaciones? ¿Por qué siempre adoptar el papel “intervencionista” en prácticas profesionales? ¿Por qué tratar siempre esas “intervenciones” como formas de adaptación a la “normalidad”?

Mis porqués no cesaban conforme los semestres avanzaban y la carrera se me hacía más pesada, todo parecía apuntar siempre hacia una homogeneización en el saber y quehacer en psicología, y no porque la psicología carezca de diversidad en su saber, de hecho tiene mucho de dónde escoger y precisamente en esa heterogeneidad teórica-práctica, es decir, en todas las especialidades que ofrece (clínica, neuropsicología, organizacional, social y educativa), siempre existe de manera subyacente, una homogeneización no necesariamente teórica, pero sí ideológica. Esta homogeneización era fácil identificarla, me atrevo a decir que era hasta intuitiva porque todo análisis que se hacía en clase o cualquier reflexión recaía en el sujeto, en la psique, en la construcción de la realidad, en la aparente neutralidad, en la adaptación a la norma.

A finales de 2017 o principios de 2018, mi buen amigo Fernando que hoy me está presentando, me pasó un artículo escrito en 2012 por el Dr. David Pavón-Cuéllar[1] quien imparte clases en la universidad Michoacana; ya había leído de él algunos textos en una clase con el Dr. Daniel Reyes sin mayor detenimiento en sus reflexiones y propuestas críticas: quizá por falta de tiempo o resistencia ideológica como suele suceder hacia el psicoanálisis.

Su artículo presentaba una crítica vehemente y provocadora hacia la psicología: ese carácter ideológico del que siempre hubo sospecha y que se presentaba en esa heterogeneidad del saber psicológico que se imparte en nuestras aulas ahora podía nombrarse: la psicología es un cómplice del capitalismo[2]. En efecto: la psicología, en esa homogeneización de sus teorías y prácticas, existe una reproducción de la ideología capitalista: sistema imperante desde hace unos buenos años atrás.

La psicología como aparato ideológico: un retorno breve a Althusser

Para poder contextualizar acerca de esta ideologización, es decir, esta reproducción de la ideología, es necesario recurrir a la propuesta de Althusser y los aparatos ideológicos que se encuentran al servicio del capitalismo. La escuela es un aparato ideológico y por lo tanto, la escuela o la universidad se encarga de que se reproduzcan las relaciones existentes en el capitalismo a través de la reproducción ideológica: somos sujetos interpelados por la ideología dentro de nuestros salones[3]: unos adquieren habilidades para ser los dominadores, otros los dominados, otros terminan siendo profesionistas de la ideología[4].

Ojo aquí, a modo de paréntesis: no confundamos el término “ideología” con las concepciones que los psicólogos tienden a utilizar: “un sistema de ideas y creencias” que emanan desde la persona o desde su consciencia, por su propia voluntad, eso sería utilizar una versión ideologizada de la ideología. La ideología, por el contrario, es nuestra relación imaginaria con las condiciones reales de existencia. Para no dejar esto tan acortado, bien Foucault nos explica que en la educación se reproducen ciertos discursos, pero limita otros[5]. La pregunta que compete hacer es ¿Cuál discurso se maximiza en psicología más allá del que puede reproducir su propio campo teórico?

Esta ideología del capitalismo se reproduce en la bibliografía revisada, en las teorías que tienen mayor frecuencia, en los lapsus de olvido al no incluir otras teorías, en el discurso docente y universitario. Ahora las preguntas formuladas al principio de mi intervención comienzan a encontrar una respuesta crítica. Antes de continuar, muy probablemente se puedan cuestionar quienes estén presenciando y escuchando estas palabras: ¿Qué tiene de malo “proteger” al capitalismo? ¿Qué de malo tiene la ideología capitalista? Naturalmente no voy a realizar una exposición del sistema dominante, pero sí acercarnos a unas críticas puntales, aunque sean bastante laxas.

Capitalismo: sistema caótico y deshumanizador

El problema con el capitalismo es que este modo de producción ha dejado ver su carácter voraz y represor en el tiempo: ¿Qué de bueno existe en la explotación de la fuerza de trabajo para que unos cuantos sean beneficiados con el plusvalor? ¿Qué de bueno existe en los productos de consumo cuando estos son producidos (valga la redundancia) a costa de la explotación de ecosistemas que hoy peligran? Solo por poner dos ejemplos rápidos sin mayor detalle.

Los defensores de este sistema caótico podrán argumentar que gracias a este sistema tenemos lo que tenemos: tecnología, ciencia, rascacielos, carros; que gracias a este sistema se es libre y autónomo. Pero bien lo refutaban Marx y Engels hace 172 años en el Manifiesto[6]: estas independencias y libertades son solo independencias y libertades capitalistas: recurriendo al chiste como suele hacer Žižek (malogrado por mí y que lo pueden encontrar en memes): se encuentra un home-worker a punto de terminar un informe de trabajo y al terminar su jornada laboral dice: “qué feliz me siento al recibir mi pago quincenal y trabajar desde mi casa cuando yo quiera bajo mis tiempos, me siento totalmente libre”… inmediatamente le llega un mensaje de su compañera a su WhatsApp en donde le recuerda que debe entregar el reporte de ventas a su jefe inmediato, al de finanzas, a la secretaria general y al gerente.

Por otro lado, justamente en ese “tener”, del que hablábamos, se constituye el carácter perverso del capitalismo. Siempre hay que “tener” más y más, nunca será suficiente lo que se tiene. Siempre se tiene que producir más productos de consumo, más carros, más casas, más capital, incluso, más artículos académicos, más títulos, más constancias de congresos, más certificaciones. Siempre se piensa en términos cuantitativos en el capitalismo. Importa más la cantidad de la ganancia de un producto, la cantidad de diplomas, de certificados.

Lo perverso es que todo en esta vida se convierte en una mera mercancía, ciertamente no para satisfacer nuestras necesidades, sino que todas estas cosas pueden intercambiarse cuantitativamente buscando siempre el plusvalor en este intercambio; retomando la cuestión académica para ejemplificar un poco mejor lo anterior: los diplomas, títulos, constancias, años de experiencia previa se intercambian por puestos o promociones en el trabajo que sabemos que nos dejarán más en un futuro, y así nuevamente tendremos más diplomas, premios, más invitaciones a congresos, más ingresos que podremos reinvertir en más certificaciones: es esto a lo que el Dr. Pavón-Cuéllar hace referencia con el “capitalismo académico”; por poner otro ejemplo más perverso en la academia capitalista: hoy a los alumnos al momento de titularnos nos miden cuantitativamente para que las instancias evaluadoras (como el CENEVAL-EGEL) puedan establecer en conjunto con otras instancias federales esa aparente calidad de tal o cual carrera. El capitalismo, en su omnipresencia antepone la cantidad frente a la calidad de la vida.

O como bien analizaría Marx[7], hoy todo contiene valor de cambio (también explicado por Pavón-Cuéllar en su blog*). Se pierde todo lo cualitativo, toda cualidad humana. Incluso en el momento que escribí estas palabras, automáticamente pensaba en cuántas podía escribir para poder predecir cuánto tiempo iba a tardarme en exponerlas. ¿No somos entonces todos, en cierto sentido, capitalistas? Hoy, si queremos contextualizar más, la crisis por la que estamos pasando desde principios de año, nos deja ver que esa obsesiva necesidad de tener y tener más, de tener más lugares por explotar, de tener más objetos de consumo, nos ha llevado a un caos total, un caos sanitario que deja entrever lo realmente caótico que es el capitalismo.

Capitalismo: patrón de la psicología

A todo esto, podemos plantearnos algunas interrogantes: ¿Qué psicólogos y psicólogas se están formando y con qué funciones bajo la sombra del capitalismo? Seguida de ¿qué se le tiene que reprochar a la psicología en el entramado capitalista o por qué criticarla? ¿a qué se refiere Pavón-Cuéllar con el adjetivo “cómplice” que asigna a la psicología en este sistema[8]? Para ponernos en contexto, es necesario primero pensar tan solo en los objetos de estudio de la psicología: el alma, la mente, la consciencia, el comportamiento. Incluso, para poder acercarme todavía más a donde quiero llegar, podemos tomar a modo de préstamo la definición de psicología que Pavón-Cuéllar hace de la disciplina: “un supuesto saber de la psique, el alma, la mente o el comportamiento como objetos delimitados y relativamente diferenciados del mundo y del cuerpo”[9].

Aquí lo interesante, no es tanto lo que la psicología pretende estudiar como bien nos haría reflexionar la definición crítica de la psicología propuesta por Pavón-Cuéllar, o sea, la crítica no solo apunta, y tampoco nos detendremos en esto, hacia su estatuto científico, sino que más bien, esos objetos que además de ser cuestionables en el ámbito científico, se encuentran “diferenciados” del mundo. Quizá de ahí que Klaus Holzkamp, otro crítico de la psicología considere que a la psicología le falta “mundo” [10] o carezca de este, o que también le critique su “reducción individualista”[11]. Todos estos objetos se ubican en el sujeto, en su cabeza. Es como lo que Marx y Engels criticaban: ese partir idealista del cielo hacia la tierra.

Esta “diferenciación del mundo” lo explica Braunstein[12] cuando argumenta que la psicología ofrece ese espacio ideológico perfecto para representarnos a sí mismos, una fantasía de autonomía, de independencia, de hacer creer que existe un “yo autónomo” borrando totalmente lo que está “afuera”, de lo que aparentemente se está “diferenciado”, olvidando las condiciones reales de existencia. Los psicólogos son ahora los nuevos autores de la mistificación ideológica, o sea los nuevos profesionistas de la ideología, aquellos que prometen libertad e independencia a través del “tratamiento de la conciencia”, del chantaje y la demagogia[13]. Así también nos recuerda Holzkamp que de este modo la sociedad burguesa siempre llega hasta los espacios “más íntimos”[14].

La ideologización que necesita realizar el capitalismo para asegurar su dominio tiene que ser forzosamente integrada en prácticas materiales como sucedería en cualquier otro aparato ideológico. En este caso, si la psicología es un aparato ideológico, como lo afirmaría Braunstein[15] y esta tiene sus propias prácticas, la ideología se materializa en la psicología a través de la psicologización. Hoy en día todo es psicologizable, incluso lo que no se puede psicologizar. Es como si la psicología ejerciera un efecto imperialista al abarcar lo que aparenta ser inabarcable por ella. Hoy todo lo vemos bajo el corpus teórico de la psicología, como bien lo señala Jan De Vos[16], psicólogo crítico en Bélgica. Hoy nuestros lentes para ver la realidad están graduados por la psicología.

Psicologización en el capitalismo

Hoy somos reducidos a emociones, a cogniciones, a trastornos, a percepciones, a resultados de pruebas psicométricas. Hoy tenemos que ser resilientes con “x” cantidad de estrategias de afrontamiento para superar cualquier duelo incluyendo los económicos, los políticos y los sociales. Somos reducidos a nuestro coeficiente intelectual y las habilidades que los test de inteligencia estandarizados bajo la norma estadística dicen que tenemos y si no nos ajustamos a esa norma o no tenemos esas habilidades, seremos interpelados por la biblia de los trastornos: el manual de la asociación americana de psiquiatría: ese que nos dirá qué trastorno somos en este momento y seremos canalizados a cierto tratamiento quirúrgico de la subjetividad.

Desde antes de nacer estamos siendo psicologizados: esperan de nosotros que seamos “alegres”, “con carácter fuerte” o “inteligentes”. Hoy cada vez es más fácil escuchar a una persona que dice que se siente “ansioso”, “estresado”, “bipolar”, “depresivo”. Incluso en nuestras redes sociales, todo se reduce a reacciones emocionales: un me gusta, un “me enoja”, un “me importa”, un “me entristece”, un “me encanta”. Hoy, como nos menciona Pavón-Cuéllar, es más fácil identificar los rasgos psicológicos o de personalidad de un gobernante o de un criminal[17]; no hay lugar en donde no existe algo psicológico. Parafraseando un poco a Jan De Vos[18]: la psicología nos dice lo que somos y debemos ser bajo sus teorías y sus conceptos, bajo su saber, bajo sus Verdades (con mayúscula). Esta psicologización, que es una ideologización en el aparato de la psicología, cumple funciones específicas en el capitalismo como lo ha explicado el filósofo Byung-Chul Han[19].

En la “psicopolítica” propuesta por Han, nos convertimos en un homo psychologicus, unos sujetos de la psicología: no solo para comprendernos o reducirnos a la psicología, sino que tenemos que psicologizarnos para funcionar en el entramado capitalista. Hoy la psique se convierte en fuerza productiva, hoy el capitalismo prefiere la explotación inmaterial[20].

Hoy el capitalismo ya no necesita recurrir todo el tiempo a la explotación física, es más factible y eficaz recurrir a las técnicas psicológicas y a todo su corpus teórico para explotar el interior del sujeto para que pueda autosometerse pero a la vez que ese autosometimiento no se sienta tan coercitivo o que simplemente no se sienta, más bien debe permitirle al sujeto sentirse libre, sentirse sujeto autónomo, hacerlo sentir que tiene movilidad en lo que hace. O como ejemplifica Žižek[21]: hoy los magnates les “otorgan” independencia y libertad a los equipos especializados de trabajo para que estos se sientan jefes autónomos de lo que se hace dentro de una empresa, les dan oportunidad de elección y hasta cierto punto, son determinantes en las decisiones importantes del rumbo de las empresas, pero eso sí, bajo el mismo salario de siempre.

La psicopolítica también explota lo positivo, hoy vivimos en la sociedad positiva como explica también Han, en donde no hay espacio para la negatividad[22]. Hoy lo positivo sirve para rendir más, para ver lo que no puede ser positivo lo más optimistas posible. De ahí entonces que contraten psicólogos en la industria o en cualquier otro lugar como consultores, consejeros o motivadores para aumentar el proceso de producción o la adaptación a lo que el sistema demande en ese momento.

O como bien diría Erich Fromm, así como se aceitan las máquinas, los psicólogos “aceitan” también a las personas con lemas agradables, con comprensión empática y estrategias de afrontamiento frente a su malestar[23].

Tanto Néstor Braunstein como Erich Fromm, consideran a la psicología una “técnica”[24] o “instrumento”[25] para el control y la adaptación: para decir qué es normal en el capitalismo, quiénes son los que funcionan y los que no, tratar con todo su arsenal técnico a aquellos que no tienen “buenas emociones”, “buenas estrategias de afrontamiento”, “pensamientos positivos”, para readaptarlos lo más que se pueda. La psicología refina la explotación, la hace más sutil, menos perceptible. El término equivalente de los estragos de la explotación capitalista en la psicologización es “estrés en el trabajo” o “depresión mayor”.

Como psicólogos, ahora se debe eliminar terapéuticamente todo bloqueo mental. Bien nos recuerda Ian Parker: hoy se prefiere el cambio individual que el social[26] porque la psicología está obsesionada con el individuo[27]. Quizá para aclarar un poco más esto, es justo recurrir a la cuestión de cómo ese enfoque en la responsabilidad individual se presenta cada vez más, solo por poner un ejemplo, en las campañas “eco-friendly”: nos enseñan a usar a las personas más productos ecológicos o mejorar nuestros hábitos haciéndonos creer que lo que hagamos en casa va a funcionar: quizá en cierta medida, no lo voy a negar, pero se dejan de lado aspectos, o más bien, estas acciones e imperativos individuales ocultan cuestiones de otro orden, o más bien, ocultan el orden mismo, parafraseando a Žižek[28]. El mismo ejemplo aplica para la situación crítica de hoy: en la pandemia que vivimos actualmente, se escuchan discursos de cambiar los hábitos propios para mejorar todo lo demás, y por lo tanto, estos discursos hacen que se oculten e invisibilicen cosas más importantes como el sistema que desató la pandemia. De ahí que Pavón-Cuéllar ubique a la pandemia como síntoma del capitalismo.

La premisa de ser animales políticos (zoon politikon), es decir, entes que vivimos en sociedad, como argumenta Marx[29], se borra a la luz de las teorías y técnicas psicológicas. La psicología con su psicologización conduce a una despolitización, a un desinterés de las condiciones reales de existencia, de lo realmente importante, un desinterés a las condiciones de opresión que hoy existen, condiciones que nos han constituido como sujetos. A modo de paréntesis para finalizar este argumento, además para evitar cualquier reduccionismo, el propio Marx argumenta que las circunstancias nos han hecho en la medida en que nosotros hacemos también a las circunstancias[30].

Por otro lado, no es raro entonces que la psicología critique a la psicología crítica cuando la primera le reprocha a la segunda que esta quiere hacer todo “político” como bien señala Parker: ¿no es acaso ya esta despolitización, esta psicologización, una forma política en sí?[31] La psicología a pesar de su renuente obsesión con su neutralidad es política y deja entrever siempre en sus prácticas a las que denominan éticas esa complicidad con el sistema y sus ideas. Recordemos que las ideas de la clase dominante, los capitalistas, son las ideas dominantes[32], reproducidas en los diversos aparatos ideológicos: la producción de las instancias intelectuales, de la academia, se subordina a esas ideas burguesas.[33]

Comentarios finales: servilismo, crítica y transformación

Ya para concluir, hago énfasis en la pregunta formulada a modo de título para esta exposición: ¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiantes? Hoy hace falta una psicología crítica, no porque nos fuéramos a dedicar a ella como si fuese una especializante ofertada o una corriente teórica específica. Más bien, necesitamos tener una postura crítica hacia nuestra psicología como nos ha explicado en diferentes ocasiones el Dr. Pavón-Cuéllar: por su estrecha relación con el capitalismo y sus relaciones de dominación, por su carácter ideológico y su desbordante psicologización, por perpetuar que el capitalismo siga ganando terreno no solo en la psique sino en la misma sociedad.

Naturalmente podrán objetar algunos y algunas: pero tú eres o estás a punto de ser psicólogo, ¡¿cómo estás criticando a lo que te dedicarás?!, ¡esta carrera tiene mucho que ofrecer y mucho por hacer!. Precisamente es por eso mismo por lo que la critico: no la critico porque no sirva para algo, más bien, la psicología sirve para todo hoy en día y justamente no quiero caer en ese servilismo tan perverso, tan injusto para la mayoría, un servilismo que trata de humanizar lo inhumano como el mundo de las mercancías; no quiero ser “profesionista de la ideología” capitalista.

Pero ojo, no se puede combatir a la psicología desde fuera de ella: hay que conocer sus reglas, sus discursos, sus intenciones, sus determinaciones. Recuerdo bien una frase de Bauman, pero mejor lo cito textualmente: “No existe otra manera de alcanzar la liberación más que someterse a la sociedad y seguir sus normas. La libertad no puede obtenerse en contra de la sociedad”[34]; o como bien se nos quedó grabado a algunos en la clase del Dr. Daniel y en palabras de Fernando: hay que combatir a la Matrix desde la Matrix. O parafraseando al Dr. Pavón-Cuéllar[35], si queremos ser críticos de la psicología tendríamos pues, que lidiar con la psicologización. El mismo libro que estoy presentando fue publicado en una de las empresas más capitalistas de todas, su dueño, Jeff Bezos es el hombre más rico del mundo. Quizá habrá que someternos pero ser conscientes de que lo estamos haciendo; habrá que someternos hipócritamente para luchar desde dentro.

Otros podrán objetar: pero no estás haciendo nada. Probablemente no, pero quizá una postura crítica sea un primer paso a la transformación de nuestra psicología, o el olvido de esta para dar paso a nuevas posibilidades de conocimiento de nuestra realidad y de los mismos sujetos, incluso desde nuestra trinchera estudiantil pero apuntando hacia una trinchera que no esté obsesionada con el individuo, con el “yo”. Y probablemente estas críticas que se le hacen y le hacemos a la psicología se encaminen también a esa transformación no solo de la disciplina, sino también del mundo y las condiciones actuales.

Con esto terminaría la charla. Agradezco a todos y todas los que pudieron conectarse a la transmisión.

31 de octubre de 2020

Luis Pablo López Ríos

Referencias


[1] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Teoría y Crítica de la Psicología 209, núm. 2 (2012): 202–9.

[2] Ibíd.

[3] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

[4] Ibíd., p. 126

[5] Michel Foucault, El orden del discurso (México: Tusquets Editores, 2016).

[6] Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004).

[7] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

*David Pavón-Cuéllar, “Generalización, cuantificación, objetivación: del sujeto del comunismo y del psicoanálisis al todohombre del capitalismo y del paratodeo psicológico”.https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2019/07/22/paratodeo/

[8] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Op. Cit.

[9] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[10] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. (México: Itaca, 2019).

[11] Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985)”, Teoría y crítica de la psicología 8 (2016): 293–302.

[12] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[13] Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit., p. 126

[14] Klaus Holzkamp, Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985), Op. Cit., p. 298.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, Op. Cit., p. 88; Néstor Braunstein, “Introducción a la lectura de la psicología académica”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), 329–60.

[16] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

[17] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad, Op. Cit. p. 100.

[18] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes, Op. Cit., p. 90

[19] Byung Chul Han, Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (Barcelona: Herder, 2014).

[20] Ibíd., pp. 41-42

[21] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo (Barcelona: Anagrama, 2020).

[22] Byung Chul Han, La sociedad de la transparencia (Barcelona: Herder, 2013).

[23] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956).

[24] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”. Op. Cit., p. 74

[25] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Op. Cit., pp. 144-145

[26] Ian Parker, Revolution in psychology. Alienation to Emancipation (Londres: Pluto Press, 2007).

[27] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology”, Theory & Psychology 9, núm. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[28] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Op. Cit., pp. 93-94

[29] Karl Marx, “Introducción a la crítica de la economía política de 1857”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 121–41.

[30] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

[31] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not”, Social and Personality Psychology Compass 1, núm. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[32] Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”. Op. Cit., p.71

[33] Marx y Engels, Manifiesto Comunista. Op. Cit., pp. 26-27.

[34] Zygmunt Bauman, Modernidad Líquida (México: Fondo de Cultura Económica, 2003).

[35] Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. Op. Cit., pp. 99-101

https://versuslapsicologia.mx/2020/09/18/un-intento-de-lectura-sintomal-de-la-etica-en-psicologia-parte-i/

La COVID-19 frente al Manifiesto Comunista: ¿profecía cumplida?

“La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros.
Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”
(Marx y Engels, 1848/2004)

El mundo se ha paralizado. Una pandemia ha azotado y frenado el desarrollo tan anhelado, prometido y aparente en nuestra sociedad. Los sistemas políticos, el económico y el social se encuentran en una crisis inevitable. ¿Deberíamos, pues, echarle la culpa a la COVID-19? o por el contrario, ver lo real de la situación, más allá del síntoma. ¿Qué nos adelantaban Marx y Engels en el ya emblemático Manifiesto Comunista hace más de 170 años? ¿De qué nos serviría retomar hoy lo escrito en este manifiesto? ¿Tendrá sentido pensar en la supuesta “nueva” “normalidad” que los medios diseminan constantemente?

No cabe duda que la crisis actual, más allá de una crisis sanitaria, representaría la crisis de algo más, de algo más profundo. La enfermedad COVID-19 ya no es en sí la enfermedad; sus cifras mortíferas son solo un signo de que algo anda mal entre nosotros, en la sociedad misma. De este modo, este artículo pretende aproximarse a algunas premisas que considero (y varios también) vigentes expuestas por Marx y Engels para entender “la pandemia” hoy. El artículo no pretende ser una reseña del Manifiesto, sino que nos apoyaríamos en este para hacer una crítica a la situación actual y quizá ver aquellos destellos del camino al cambio que deseamos. De igual forma, tomaremos algunos aportes recientes que Pavón-Cuéllar nos ha dejado para entender la pandemia como síntoma de “algo más”: el capitalismo.

La “profecía” cumplida de Marx y Engels: crisis en la sociedad burguesa

El brote del SARS-CoV-2 en Wuhan, China, resultó ser caótico. El virus se esparció a todos los continentes, incluso llegando a los lugares más recónditos en donde el capitalista no se imaginaba que existían pero que sin duda estaba presente. La crisis sanitaria no solo produjo temor y paranoia en la gente, sino que también, tuvo consecuencias más allá de ser una mera cuestión de salud. Hoy la crisis sanitaria deja entrever la insostenible voracidad del sistema actual, aquel que lo inició todo explotando la naturaleza en aquel país en donde prolifera la venta de animales exóticos para consumo cotidiano; quizá no hubiera pasado si el capitalismo no hubiera irrumpido en estos ecosistemas (Pavón-Cuéllar, 2020a), convirtiéndolos o aprisionándolos como fuerza productiva de capital. En este sentido, la COVID-19 no tendría la culpa de la crisis económica y social en la que nos encontramos y tampoco sería el “centro de atención”, sino que sería el mismo sistema que con su omnipresencia, explicada por Marx y Engels, recluta todo a su favor a costa de la destrucción y explotación de la vida con fines de acumulación de capital.

Las fuerzas productivas, como Marx y Engels (1848/2004) ya adelantaban, alcanzan niveles de desarrollo que llegan a ser incontrolables para la clase dominante en turno, produciendo así entonces una crisis para aquellos que detentan estas fuerzas productivas. La clase burguesa, los capitalistas, convierten y explotan todo lo que pueden en medio de producción: lo exótico, lo natural, lo no-humano: el mercado de animales exóticos en Wuhan, China, por ejemplo. Todo entra en las fuerzas productivas. Sin embargo, esta obsesión de convertirlo todo a su favor, de tener fuerzas productivas en demasía para lograr sus fines, rebasan la capacidad de manejo la clase dominante tiene sobre estas. Al respecto se menciona:

Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros” (Marx y Engels, 1848/2004, p. 28). (Cursivas mías)

Lo explotado y convertido en fuerza productiva, como lo que dio origen al SARS-CoV-2, resulta “demasiado poderoso” para la clase capitalista (Marx y Engels, 1848/2004): las relaciones de producción capitalistas resultan “demasiado estrechas” para contener lo producido en su seno (ibíd.; p.29). Esta estrechez revestida de pandemia, solo deja de manifiesto la incapacidad de control del capitalismo sobre lo incontrolable, a pesar de que se presente como sistema omnipotente e “ilimitado” (Alemán, 2019). No obstante, el capitalismo no quiere desistir y vendrá con sus vicisitudes y, por el contrario, recurrirá a la destrucción de ciertas fuerzas productivas, conquistando nuevos mercados y explotando intensamente algunos antiguos (Marx y Engels, 1848/2004). Hoy se apuesta por el “home office”, por la venta y consumo en línea (¿explotación a domicilio?), por la rotación de trabajadores para que las empresas no pierdan ni un solo centavo, por la “optimización” del tiempo y la toma de “medidas sanitarias” (como si realmente lo sanitario fuera el meollo del asunto), la excesiva carga de trabajo, el recorte de salarios…

Hoy la crisis “por” la COVID-19 rebasa lo sanitario. Aumentó el desempleo, se acentuaron las desigualdades, crisis en los Estados burgueses; la lucha de clases es hoy más vigente que nunca entre aquellos que no desean ver afectada la acumulación de capital y los que desean luchar por la vida y el sustento. Un ejemplo lo tenemos en los voraces de Elon Musk o Jeff Bezos, quienes aumentaron considerablemente su riqueza mientras que gran parte de la población sufre los estragos de “la pandemia”. Obligan a trabajar explotándolos desde casa, otros tienen que arriesgar su vida y la de los seres queridos por el sustento diario; la biopolítica y psicopolítica se unen al servicio del neoliberalismo.

La “profecía” de Marx y Engels se ha cumplido: el capitalismo está en crisis, crisis disimulada por la pandemia, crisis de su obsesión, arrogancia, prepotencia y necedad por la acumulación capitalista. Las “fuerzas productivas” se han rebelado ante las relaciones de producción burguesas (Marx y Engles, 1848/2004). Hoy el capitalismo se encuentra en un callejón sin salida, desesperado por subsistir y seguir con vida a costa de la muerte de “otras cosas”. El capitalismo ha fracasado y su obsolescencia queda exhibida cuando solo vela por los intereses de aquellos dueños de los medios de producción y que, ni con esto, son capaces de asegurar la existencia a sus “esclavos” (ibíd.). Como ya anticipaba Pavón-Cuéllar (2020b), la aparición del SARS-CoV-2 se explicaría por la devastación capitalista del planeta, por la insistencia de la clase dominante de explotar aquello que no debió explotarse, aquello “demasiado poderoso” para estos. Las crisis son inherentes al capitalismo y solo dejan entrever su disfuncionalidad como sistema (ibíd.), un sistema caótico, voraz y contradictorio, funcional solo para unos cuantos. Del mismo modo, Pavón-Cuéllar (2020c) complementa su enunciado al hacer énfasis en que esta crisis sanitaria, solo representaría un síntoma (uno solo) de la verdadera enfermedad:

“Aunque los gobiernos estén haciendo su mejor esfuerzo, pero también precisamente porque lo están haciendo, la enfermedad capitalista no deja de agravarse y amenaza con destruir el planeta y aniquilar a la humanidad. Hay que entender bien que lo catastrófico, lo apocalíptico, es el capital y no el coronavirus. El agente viral, tal como ha brotado y se ha diseminado ante nuestros ojos, no es él mismo sino un revelador síntoma del sistema capitalista“. (Cursivas mías)

El “mago” (o brujo) capitalista que Marx y Engels mencionan en la analogía líneas arriba ya no puede sostener sus ilusiones, sus actos se tornan crueles, opacos y descarados a la luz de la explotación de sus materiales en su performance. Sin embargo, deja a la gente con incertidumbre, con ganas de saber qué es lo que va a suceder, el mago ya no solo somete a sus espectadores, les crea una dependencia de seguir presenciando su acto sin sentido, vacío, violento, y estos aplaudirán cada vez que el mago haya concluido con su espectáculo lleno de fantasías (metáfora desde lo propuesto por Jorge Alemán, 2019).

Comentarios finales: el mito de la “nueva normalidad”

La “nueva normalidad” tan anhelada por varios gobiernos y capitalistas, solo habla de que se quieren mantener las cosas como antes: bajo esa “normalidad” conocida pero a la vez revestida con el adjetivo novedoso, dentro de ciertos márgenes, con ciertas leyes, ciertas personas al frente, ciertas empresas, ciertos salarios. Cualquier desviación, como sucede en lo estadístico, será considerada “anormal”. El imperativo de “nueva normalidad” respondería a intereses que siempre han estado ahí, queriendo preservar lo mismo, queriendo, como veíamos en el artículo anterior (AMLO y su compulsión a repetir: entre la pulsión de muerte y el capitalismo), repetir lo pasado para retornar a eso destructivo, a lo inerte, a lo muerto que es el capital. Hoy no necesitamos una “nueva normalidad”, aquella promocionada y ofrecida como panacea que al final mantendrá las cosas dentro de lo conocido. Si esta “nueva normalidad” no conduce a una emancipación del capitalismo, la crisis volverá: quizá con otro virus, tal vez con una guerra nuclear o con una aniquilación total del planeta. La “nueva normalidad” sigue el mismo esquema capitalista: seguirá el imperativo de trabajo, los tiempos controlados, los salarios paupérrimos, la creencia de libertad y un “yo” que todo lo puede frente a las crisis con sus adjetivos como “resiliente”.

Hoy más que nunca necesitamos la vacuna contra la COVID-19. Sin embargo, esto sería como tratar un dolor de cabeza siendo este signo de “otra cosa”: hace falta tratar todo en su conjunto. Lo que hoy necesitamos no es una “nueva normalidad”, a lo que deberíamos apostarle es a una “nueva realidad”, en la que los intereses no sean los de unos cuantos y para beneficio de estos. La ilusión de eternidad del capitalismo se nos muestra porque no pensamos en su después histórico (Alemán, 2019), sin embargo, en el camino nos encontraremos para ese “después histórico”, ese retorno de lo “reprimido” en el capitalismo, como Pavón-Cuéllar lo ha reflexionado en otros espacios citados en este blog; ese camino iniciado por Marx y Engels y el que seguimos los marxistas. Lo que necesitamos, además de la vacuna contra la COVID-19, es la vacuna contra el capitalismo; necesitamos “anticuerpos” que resistan la lucha que se avecina por ese mundo mejor.

Marx y Engels lo adelantaron hace 172 años: el capitalismo está cavando su propia tumba. Pero necesita a alguien que lo entierre con varias capas encima para dar paso a una nueva posibilidad (ni extrañarlo en el “duelo” ni revivirlo cada que se le recuerde) en la que, tal como estos dos emblemáticos autores mencionaron: “En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos” (1848, p.50). La oportunidad existe. Hoy es momento de involucrarnos con la clase trabajadora, superar nuestra fantasía de pequeños-burgueses que se nos engendra en la academia y se refuerza en los trabajos. El trabajo de Marx y Engels sigue vigente, y esa vigencia la adelantaban ellos mismos al afirmar que las condiciones históricas habrán de determinar esa búsqueda del “mundo mejor”.

Referencias

DSM, la biblia de los “psi”: de la neurologización-medicalización a la normalización compulsiva

Tanto a psicólogos como a psiquiatras (los psi de aquí en adelante), nos indican que hay que saberse los llamados “trastornos mentales”, su clasificación, sus “síntomas”, sus “criterios diagnósticos”, todo esto apoyado en los sistemas de clasificación existentes. Por un lado tenemos a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE; ICD por sus siglas en inglés: International Classification of Diseases) a cargo de la Organización Mundial de la Salud en la que no sólo se condensan las enfermedades orgánicas, sino también las “mentales”; y por otro tenemos uno exclusivo a los famosos “trastornos mentales”: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, en inglés) a cargo de la Asociación (norte)Americana de Psiquiatría.

Bajo estos dos manuales universales e imperantes, el quehacer de los psi ha sido regulado y subyugado; estos van “clasificando” a diestra y siniestra a cualquier “enfermo” que se les pare delante de ellos. En esta ocasión, me ocuparé, no de los sistemas clasificatorios como tal ni de sus diferencias entre sus ediciones, pero sí de las repercusiones del quehacer de los psi con estos sistemas, más específicamente con el DSM (de-ese-eme a partir de ahora): la clasificación como instrumento para regresar a todos a la normalidad, al cenro de la curva de Gauss. Cabe mencionar, que en este escrito el lector podrá ver fundadas mis opiniones en la crítica que hace Néstor Braunstein a la clasificación de la supuesta “enfermedad mental”, no sin antes hacer un retorno muy breve a la propuesta de Jan De Vos acerca de la neurologización del todo (ya anticipada en la publicación anterior).

Neurologización, medicalización y el DE-ESE-EME

Después de la psicologización, es decir, de ver todo a través del lente de la psicología, o de las ciencias “psi”, viene la neurologización, o mejor aún, se complementan, son como hermanas. Esta última enfatiza la materialidad cerebral de lo psicologizado anteriormente: las emociones, las ansiedades o depresiones ya no solo le competen al corpus teórico de la psicología, sino que este encuentra su complemento en el cerebro. Todo lo que le sucede al sujeto, o su subjetividad, ahora se ve a través del lente de las neurociencias o bajo el prefijo “neuro”; todas las “afecciones” psicológicas ahora residen exclusivamente en el cerebro, en sus conexiones neuronales, los neurotransmisores; el sujeto se reduce a su cerebro (De Vos, 2019). Lo “neuro” comenzó a ganar terreno en las disciplinas de los psi (neuro-psicología, neuro-psiquiatría) (ibíd.)

El lector puede preguntarse: ¿a dónde vamos con hablar de la neurologización? En su intento por pretender ser científicos, los psi acuden directamente a terrenos ajenos para poder “armarse de municiones” del campo médico (en este caso, el de la neurología, aunque suelen recurrir a otras áreas médicas como la patología), para sustentar sus sistemas de clasificación (el de-ese-eme), para supuestamente explicar las “causas” y darles nombre a los “trastornos-enfermedades mentales”, y obviamente, generar “tratamientos” a doc para el “trastorno”. En contraste, poco antes de que el DE-ESE-EME-5 fuera lanzado al mercado (como cualquier mercancía lista para generar plusvalía), Braunstein (2013) afirmaba que este apoyo de los psi en la materialidad cerebral no explica las causas de los “trastornos”, sino que simplemente harían posible la manifestación sintomática, es decir, son otros síntomas del “trastorno”.

Así pues, como mencioné en líneas anteriores, además de navegar en aguas ajenas como en la neurología, la patología, y otras tantas, para formar su corpus “neuropsi” (De Vos, 2019) y su arsenal para su quehacer profesional (en este caso, toda la clasificación del de-ese-eme), los psi (o neuropsi), también buscarán un tratamiento que funcione, adapte, normalice (¿normalizar qué?) a la persona. En este caso, como el de-ese-eme prescinde de alguna teoría y recurre a la neurologización, a lo “científico”, a lo “tangible” (Braunstein, 2013; De Vos, 2019), se recurre también a un tratamiento para esta materialidad, para el cerebro y ahora también, la conducta (no me detendré en esto esta ocasión): los fármacos. No se niega que estos puedan tener efectos benéficos para las “afecciones mentales”, sin embargo, dado que la medicalización (que incluye todo el saber médico y sus prácticas, entre ellas, el suministro de fármacos) está al servicio del discurso de los mercados (del capitalismo en su fase avanzada pues), no se encontrarán muchos “papers” que hablen de todo lo negativo que estos conllevan para la psique (Braunstein, 2013).

Parece pertinente detenerse en la siguiente cita de Braunstein con clara influencia foucaultiana:

“Que nadie se confunda: la crítica a la medicalización no es crítica a la medicina y sus innegables avances en cuanto a la transformación de la existencia, las más de las veces en un sentido potencialmente positivo (aunque degradado por las políticas estatales y corporativas que la regulan). La crítica apunta a la ideología subyacente al discurso médico, medicalizante, que se apuntala en el conocimiento de las posibilidades del cuerpo humano y que pretende, en nombre de una cierta ganancia en cuanto a la duración de la vida y prevención o control de las enfermedades, someter esa vida a los mandamientos de una empresa planetaria de regulación de todos los comportamientos instintivos y sociales, de las pulsiones y sus destinos, desviado a los hombres y a las mujeres de las preguntas relacionadas con las circunstancias (sociales, políticas, culturales, jurídicas, económicas) en que sus vidas transcurren. En otras palabras, a las obvias funciones represivas, “biopolíticas” (y “psicopolíticas”, agreguemos) del discurso basado en la medicina”. (ibíd; 41.) (Cursivas mías)

Podemos colocar a la medicalización junto con la neurologización como pilares constitutivos de los sistemas clasificatorios, tanto del mentado de-ese-eme (I, II, III, IV, V y que ojalá aquí se quede) como del CIE, que no abordaremos aquí. Por una parte, la neurologización ofrece una explicación supuestamente científica de los “trastornados”, y por otra, la medicalización comparte todo su saber y prácticas para su tratamiento (aunque también, en el sentido moebiusiano, estas dos irían de la mano: lo neuro y lo médico), formando así una relación indisoluble de trastornos-tratamientos. A su vez, no solamente constituyen un sistema clasificatorio, sino que además, devienen en acto político (algo performativo), es decir, todo en su conjunto (medicalización, neurologización y el de-ese-eme) configuran tanto el quehacer de los psi, como de los propios “pacientes” o “no-pacientes”. La clasificación y el diagnóstico son agentes activos en el dispositivo psi: no son actos “científicos” u “objetivos”, sino postulaciones con significación moral y política. (Braunstein, 2013). Cierro este apartado con una cita textual del autor antes mencionado:

“El diagnóstico no se encuentra, se emite: es un acto performativo en donde la palabra hace a la cosa que nombra y hace al sujeto que lo recibe transformándolo en otro respecto al que era antes, a menudo estigmatizándolo” (ibíd.; 50) (Cursivas mías)

En ese sentido, ya no nos vemos solamente a través del lente de la psicología, de las ciencias neuropsi o las médicas, sino que además, nos vemos (y nos ven) a través del ojo de la clasificación, del de-ese-eme.

Normalización compulsiva: ¡Quiero estar en el centro con Gauss!

Terminamos el apartado anterior con la cita de Néstor Braunstein, que alude justamente a que los sujetos ahora nos veamos, aunque estigmatizados sin darnos cuenta (como se maneja la ideología), a través de los criterios diagnósticos del de-ese-eme. Este mentado manual, con base en criterios estadísticos establecen qué es normal, y qué es anormal, aunque de manera no explícita, claro está. Todo aquel o aquella que se le marquen sus criterios en el manual, será acreedor a una etiqueta, a una letra y un número (¿dónde hemos visto esto? no entraré en detalles, dejo al lector reflexionar sobre esto), pero además, estos indicarán que no pertenecen a la población “normal”, a los “funcionales”. Aquí cabe hacernos unas preguntas en modo paréntesis: ¿normales para quiénes? ¿funcionales para qué?; En ese sentido, los manuales clasificatorios ayudarán a estigmati… perdón, a identificar el trastorno del sujeto, adecuarle un tratamiento psicoterapéutico y seguramente también, suministrarle unas cuantas drogas legales para somet… perdón de nuevo, “adaptarlo” a la “normalidad”. Todo esto, en términos psicoanalíticos, se “aplica” al yo individual, al yo consciente (?).

Aquí es necesario detenernos en una cita importante:

“Al igual que sucede con la psiquiatría, a algunos psicólogos y terapeutas les es preciso auxiliarse de sintomatologías, nosografías, pronósticos, observaciones, historiales clínicos, manuales estadísticos [como el de-ese-eme], protocolos, formatos de entrevista y test … irguiéndose con orgullo como profesionistas de la salud mental [lo normal]. La misión de estos profesionistas será prevenir y cuidar-curar la llamad enfermedad mental y las pasiones (y cuidar y resguardar al enfermo de sí mismo, de la sociedad y viceversa) ya que la enfermedad mental es un enemigas [sic] de la higiene pública“. (Pacheco-García, 2013, p.43) (Cursivas mías)

Como vemos, los psi se montan todo un arsenal para convencer a quienes acuden con ellos de que hay que regresarlos a la “normalidad”, es una búsqueda immplacable y compulsiva por colocarlos, o intentar colocarlos con Gauss, no a la izquierda, no a la derecha, al centro. Lo “normal” se establece en congresos, en reuniones entre los psi, entre la industria farmacéutica, y siempre con sus invitados especiales, los capitalistas y el Estado. Así entonces, la normalización compulsiva a través del arsenal psi responde a dos intereses aquí propuestos inspirados en las afirmaciones de Pavón-Cuéllar (2012): 1. Evitar que el sistema capitalista y su brazo político-armado, el Estado, sean molestados a través de la (re)adaptación de los (seudo)trastornados, y 2. Generar plusvalía a través de la fuerza de trabajo funcional, ya readaptada, esto se lograría con el apoyo de la clasificación y posteriormente la medicalización de los (seudo)trastornados: con el consumo de medicamentos, sedantes, neurolépticos, ansiolíticos, etc.

Comentarios finales

El arsenal psi (manuales, tests, especialistas psi), o “dispositivo psi” como Braunstein (2013) lo llama inspirándose en Foucault, no solamente responde a intereses internos de las asociaciones psiquiátricas u organizaciones de salud, sino que también responde al sistema. Estos se encargarán de clasificar, diagnosticar, tratar y medicalizar todo aquel que no esté sentado en el centro con Gauss. Se trabajará con el comportamiento visible, con la sintomatología, con el “yo” individual. Y retomando de nuevo a Braunstein, se ignorarán todas las circunstancias alrededor de los “individuos” (seudo)trastornados. Se le enseñará al sujeto (¿quiénes le enseñarán? los psi) acerca de sus neurotransmisores, de sus conexiones neuronales, de sus lóbulos cerebrales, para que aprenda a su vez, a ignorar a la estructura, la causa de su malestar. Recurrirán incontables veces a marcar con palomitas sus criterios diagnósticos para cerciorarse de que diagnosticaron “éticamente” al sujeto.

Espero que el lector haya notado el sarcasmo en el párrafo anterior. No obstante, no todo está perdido. La propuesta nuevamente apunta al psicoanálisis (y al marxismo con su crítica al sistema), no porque este sirva para algo realmente, sino más bien es porque no sirve para nada (Pavón-Cuéllar, 2012); ahí radica su potencial emancipador y crítico; el psicoanálisis no sirve para normalizar, es más, no sirve para diagnosticar; Pacheco-García (2013) complementa:

“Lo que afirmamos es que el quehacer del psicoanálisis no está supeditado a los estándares, normas o demandas del Otro, del colectivo o del orden simbólico, como si esos parámetros de lo correcto, lo sano y lo normal que establecen el común de la gente [tal vez no el común, pero sí los psi], parámetros que se sostienen desde el registro simbólico, fueran el molde a seguir, bajo el cual hay que adecuar y con-formar al sujeto y a lo inconsciente”. (p.55)

Desde aquí, a partir de los autores mencionados, y muchos omitidos no por negligencia, sino por falta de espacio para comodidad del lector, se propone una crítica constante a los sistemas clasificatorios de los trastornos; estos, en su pretensión de ser científicos, como los psi, no hacen más que contribuir con el sistema capitalista, dotarles de fuerza de trabajo readaptada, “curada”, “tranquilizada”. Es importante dilucidar que los sistemas de clasificación tienen fines políticos-ideológicos-económicos, no son neutrales aunque lo aparenten. Pongamos de cabeza al De-eSe-eMe con su pretensión científica.

Referencias

  • Braunstein, N. (2013). Clasificar en psiquiatría. México: Siglo XXI.
  • De Vos, J. (2019). La neurologización. En: J. De Vos. (2019). La psicologización y sus vicisitudes (pp.99-144). México: Paradiso Editores.
  • Pacheco-García, H. H. (2013). La clínica psicoanalítica y el fin del análisis. De la botella de Klein y la banda de Moebius a la noción de cura. Zacatecas: Taberna Libraria.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209


Cambiar “yo” para que nada cambie: la retórica del capitalismo

Mientras leía el capítulo final de “Psicología: ideología y ciencia” (1975), escrito por Gloria Benedito (y en donde también figuran ampliamente los aportes de Néstor Braunstein), me encontré con una serie de denuncias en contra de la psicología y su complicidad con el modo de producción capitalista y su afán de querer cambiar a los sujetos en su individualidad para que todo siga como esté. La cita hizo que me motivara a escribir estas líneas, y que considero importante argumentar. La cita menciona:

“…la producción de todos los cambios necesarios en el hombre para que nada cambie, para que no cambie lo esencial, la estructura, la determinante en última instancia, el modo y relaciones de producción imperantes”. (Benedito, 1975, p.412)

A pesar de que esta aseveración se haya escrito hace 45 años, no cabe duda que hoy nos encontramos frente a la misma situación en la actualidad, solo que esta ocasión, el capitalismo ha sabido mediante su retórica muy elaborada y apoyada por diferentes instancias ideológicas como la propia psicología, esconder a través de premisas muy escuchadas por todos día a día, algunas de estas ya mencionadas en una publicación en este blog: “el cambio está en uno mismo”, “el cambio lo haces tú”, “no esperes a que los demás cambien” entre muchas otras bastante reproducidas en prácticamente todos los lugares en los que estamos. Me propongo entonces en esta ocasión, a elaborar unas (limitadas) reflexiones en torno a este tipo de premisas, cómo se incrustan en nosotros y qué repercusiones tienen a partir de analizar de forma breve, general e incompleta, el modus operandi del capitalismo a través de sus técnicas compradas (como las de la psicología). Al final del escrito pretendo mostrar un ejemplo muy común en la sociedad actual en dónde se puede visibilizar con mayor facilidad la reproducción de esta premisa muy sonada: “el cambio está en uno mismo”.

El modus operandi del capitalismo: la psicología como soporte y técnica ideológica

La psicología hegemónica al servicio del capital se ha encargado de definir (o mejor dicho, de reproducir) lo que es “normal” y “anormal”, lo “sano” y lo “enfermo”, la conducta “adaptada” y la “inadaptada”. Estas definiciones corresponden a ciertas normas (y nos preguntaremos ¿impuestas por quién[es]?) que todos y todas debemos de cumplir y seguir; los estándares impuestos para considerarse “normal”, “sano” o “adaptado” se presentan en función de una serie de demandas y expectativas (¿de quiénes?) que se deben realizar; los psicólogos suelen argumentar que son demandas y expectativas del “medio social” (¿y quiénes dirigen ese “medio social”?). Todas estas demandas y expectativas son difundidas a través de los diferentes aparatos ideológicos de Estado (ya revisados anteriormente): la escuela, la religión, los medios de comunicación, creando así un “sujeto ideal”, un ideal del Yo, en términos psicoanalíticos. Este sujeto tiene ciertas funciones en el “medio” (¿impuestas por quién?), que deben ser cumplidas para seguir perteneciendo a ese medio, de lo contrario, se verá acorralado en la exclusión “social” (¿quién determina a quiénes se excluyen y a quiénes no?).

Para dar respuesta a todas las preguntas planteadas en paréntesis, recordemos lo que Althusser a través de los aportes de Marx con el materialismo histórico: la infraestructura económica es determinante, en última instancia, de las cuestiones ideológicas, jurídicas-políticas. Es decir, el modo de producción imperante en un momento dado (el capitalismo, desde hace casi un siglo) determina qué es lo “normal”, lo “patológico”, lo que se adapta a él, y lo que se desvía. Todo lo normal y lo adaptado, podrán cumplir las funciones que le corresponden en el modo de producción capitalista, no serán una incomodidad o un problema que se tenga que solucionar. En caso de que exista alguien que se desvíe (que cuestione, o no cumpla su función), el capitalismo se verá obligado, mediante sus aparatos ideológicos (como la psicología), en aplicar las técnicas necesarias para solucionar el “problema”.

El capitalismo escoge a nuestra disciplina, dado que esta ha definido (vagamente y con aparente cientificidad) su objeto de estudio como la “conciencia” y la “conducta”, y sobre estos trabaja (Braunstein, 1975), para hacer los cambios pertinentes en aquellos que “lo necesitan”; es la más adecuada para tratar con los sujetos. La psicología se verá en la necesidad de cumplirle al capitalismo, dado que este la financia (métodos, técnicas, etc), sus demandas: readaptar a todo aquel que no cumpla con los estatutos del “medio”, aquel que presenta conductas no admisibles/aceptables que interfieran con el proceso de producción (ahora en el neoliberalismo). La readaptación se realizará mediante sus diagnósticos, mediante los test “estandarizados” (en función de criterios estadísticos de normalidad) y psicoterapias, a través de una lógica centrada en el individuo y su conducta individual (porque es “uno” el que está mal), en el “aquí y en el ahora” para ignorar los determinantes históricos; se le enfatizará al sujeto que su forma de ser (inadaptada), no funciona, que debe cambiar para funcionar. En este sentido, se ignora toda la causalidad estructural, el modo de producción detrás de estas supuestas inadaptaciones (Benedito, 1975; Braunstein, 1975).

Pavón-Cuéllar (2012) enfatiza en esta cuestión de la psicología y su lógica (obsesiva) del individualismo como cómplice del modo de producción: “…consiste en desviar la atención del sistema”, el sistema “no puede ser molestado”, la psicología debe centrar los problemas “en las inseguridades, los complejos, las desesperaciones e impulsividades” de los individuos, en este sentido “no es necesario transformar al sistema” sino al individuo, en vez de realizar una gran “revolución social”, realizar una “pequeña revolución individual en un centro de readaptación social, una clínica psiquiátrica, un consultorio de terapia breve o en un diván de psicoanalista”. Y continúa:

Podemos representarnos la psicología como un alambique del sistema por el que entran seres peligrosamente frustrados e insatisfechos, potencialmente indignados y subversivos, y salen seres sonrientes, satisfechos, tranquilos, relajados, resignados, adaptados. En su indignante complicidad con el sistema, la psicología opta por adaptarnos al sistema, a sus mezquinos intereses, a sus falsos ideales y caprichos perversos, en lugar de adaptar el sistema a nosotros, a nuestras necesidades, aspiraciones y deseos. En lugar de que el sistema sea lo que nosotros queremos, somos nosotros los que debemos ser lo que decide el sistema. Somos nosotros los que debemos ceder. Somos nosotros los que debemos adaptarnos al sistema, como si el sistema fuera digno de que nos adaptáramos a él, como si lo valiera, como si mereciera que todos los psicólogos trabajen diariamente para él, para perpetuarlo, para protegerlo de los inadaptados” (ibíd; 204).

Ha quedado claro, que el problema no es el sistema, es el individuo inadaptado, el anormal, el patológico. El sujeto cree que el problema es él o ella, que debe cambiar para no ser excluido (ya sabemos por quiénes), que si quiere seguir en su trabajo debe cambiar él, que debe controlar su síntoma (por ejemplo, el estrés) ignorando toda causalidad (las condiciones y relaciones de producción) para no generarles un problema en la gerencia, a los administrativos; el alumno debe cambiar (readaptar) su forma rebelde de pensar a contracorriente para obtener el agrado del profesor(a) y pasar la materia, y que este no cuestione su discurso hegemónico (tanto del docente como el de la universidad). Ejemplos hay muchos, en esta ocasión me enfocaré particularmente en la difusión del “cambio está en uno mismo” respecto a la situación medio ambiental en decadencia

La retórica de “el cambio está en uno mismo” en la situación medio ambiental

¿Cuántas veces no hemos visto en Facebook, Twitter, o Instagram que publican un montón de pautas, productos ecológicos, para ayudar al medio ambiente? ¿Cuántas campañas no hemos visto de “recoge la basura”, “reutiliza”? Me atrevo a decir que diariamente nos encontramos entre 1 o 2 publicaciones al día de esta índole. Estas actividades se enfocan en generar en “nosotros” (volvemos a cuestionarnos ya con la respuesta establecida anteriormente, ¿quiénes generan eso?) una especie de conciencia hacia el medio ambiente, argumentando que el cambio comienza cuando uno decide recoger su basura, cuando en vez de utilizar ciertos productos utilizo otros con la etiqueta de “ecológicos”, que si “yo” reutilizo voy a cambiar el mundo y su situación ambiental.

“Necesito cambiar mis hábitos para no dañar al medio ambiente”, es lo que se alega en redes sociales, en las pláticas con amigos. Toda esta publicidad ecológica, si así le podemos decir, está incluso financiada por grandes empresas, por la gran industria. Toda publicidad, de cualquier tipo, cumple una función como aparato ideológico de Estado (medios de comunicación): crear un sujeto ideológico recluido en su individualidad, para ocuparse de sí mismo, ocuparse de sus hábitos ecológicos. Hacen que creamos (¿quiénes?) que el problema de contaminación, el calentamiento global, la extinción de flora y fauna, es “nuestra” culpa, el individuo, y por lo tanto, debemos cambiar nuestros hábitos. En este sentido, estamos tan enfocados en cambiar solamente nosotros y nuestros hábitos, que ignoramos totalmente la causalidad de las afectaciones al medio ambiente: el capitalismo con su lógica extractivista, la expansión territorial de sus industrias, el consumo compulsivo motivado por su publicidad perversa.

El modo de producción capitalista hace de las suyas para desviar la atención, mediante distintas técnicas (medios de comunicación; por ejemplo, los autonombrados “influencers”), de que son ellos (los capitalistas) la causa del problema. Desvía la atención hacia nosotros, hace que “cambiemos nosotros para que nada cambie” y todo siga igual, que el cambio “está” en nosotros y no en aquellos que detentan el poder. Se prefieren hacer acciones individuales en vez de poner en evidencia las acciones de este modo de producción. El “chiste” es disipar cualquier actitud subversiva, cualquier incomodidad para las grandes transnacionales, para que estas sigan produciendo, incluso “productos” placebo como muchos estos que llevan la etiqueta de “ecológicos”. De igual manera, y aunque no me detendré en explicarlo, las marcas más famosas utilizan su lógica “eco-friendly”, para vender más, para generar plusvalía.

El cambio no está en uno mismo. El cambio se debe hacer desde la estructura, hacia y en contra de lo hegemónico, en contra del capitalismo y sus aparatos ideológicos (y las técnicas que de estos emanan), su publicidad, su aparente actitud altruista a la “humanidad”,

Comentarios finales

Se muestra entonces, ahora sí de forma concreta y sin sarcasmo, que el problema es de índole estructural, el problema es el capitalismo y su retórica. El cambio no reside en el individuo; las adaptaciones se hacen a favor del sistema, y la psicología contribuye a esa adaptación (entre otros AIE). Entre más nos enfoquemos en cambiar “nosotros” antes que al sistema, solo prolongaremos el síntoma, el malestar, la culpa.

La cita con la que inicié el escrito, a pesar de lo alejada que está a nuestra temporalidad, se sigue repitiendo, sigue vigente y con nuevas actualizaciones mediante técnicas ideológicas que ayudan a perpetuar el modo de producción y la clase dominantes. El capitalismo se reinventa, no quiere perder terreno, hará todo lo posible por seguir aquí con nosotros, por seguir mintiendo a su favor; hará todo lo posible por adjudicarnos sus errores, nos hará creer que “el cambio está en uno mismo”. Nos hará ver como “inadaptados”, como “enfermos mentales” en los diagnósticos de la psicología financiada por este; nos tratará de readaptar, de excluir si no le servimos a sus intereses. Nos hará creer que con “pequeños gestos o acciones” hacia el medio ambiente podemos cambiar la situación decadente. Se pretende no molestar, por eso necesita de la psicología, para “calmarnos”, para asentir con la cabeza a todo lo que se dice (¿quiénes nos lo dicen? ya sabemos).

El escrito puede quedar muy limitado debido a que no quiero entorpecer las ganas de seguir leyendo, el tema da para mucho más análisis y muchas más reflexiones. Nos toca ser críticos, en conjunto, no de manera individual.

Referencias

  • Benedito, G. (1975). Rol del psicólogo: Rol asignado, Rol asumido y Rol posible. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Braunstein, N. (1975). Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias. En N. Braunstein, M. Pasternac, G. Benedito y F. Saal. (1975). Psicología: Ideología y Ciencia (pp. 62-103). Estado de México, México: Siglo Veintiuno Editores.
  • Pavón-Cuéllar, D. (2012). Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación. Teoría y Crítica de la Psicología, 2, 202-209.

Whitexicans: el discurso clasista del siglo XXI

Este escrito fue realizado a modo de ensayo para una clase de psicología social (que se caracterizó por una tendencia crítica a la psicología, misma que comparto) y que además fue presentado entre diversos compañeros del aula y el docente, aportando observaciones enriquecedoras. Realicé unas pequeñas modificaciones sin alterar el propio contenido expresado.

Whitexicans: el discurso clasista del siglo XXI

México se ha caracterizado por diferentes momentos en la historia que han permitido darle “forma” a la sociedad mexicana actual: desde el surgimiento de las poblaciones indígenas mexicanas, la época del colonialismo y su respectivo capitalismo mercantil extractivista y opresor del psiquismo indígena, las revoluciones en contra del sistema, el (re)establecimiento de un nuevo capitalismo (financiero y especulativo) y la hegemonía de este durante 70 años (aún en curso) (Pavón-Cuéllar, 2017). Basta con revisar el desarrollo teórico para dar cuenta de la existencia de una convergencia entre estos hechos: en la mayoría (por no decir en todos), se ha buscado (y se busca) la imposición de ciertos intereses sociopolíticos y culturales para el mantenimiento del statu quo y la funcionalidad de estos fines (sin mencionar la represión tanto física a través de la violencia, como ideológica, ejercida para alcanzar estos fines; aquí incluiríamos la propuesta althusseriana de los aparatos ideológicos de Estado). Cabe mencionar que esta imposición de intereses ha sido por parte de aquellos grupos dominantes que ejercen poder social, económico y político: los colonizadores hace 500 años y las élites surgidas entonces que se han perpetuado a través del tiempo, la complicidad del Estado mexicano con el actual modelo capitalista neoliberal y sus respectivos partidos políticos que reprimen cualquier intento de crítica.

En la época actual, a pesar de que el cambio de régimen político haya llegado con un discurso prometedor y “tambaleante” para los grupos dominantes en México [cabe aclarar que este discurso quedó en puras palabras], estos últimos se siguen esforzando por marcar una diferencia cultural, económica, racial y política en el entramado mexicano. Actualmente, con el uso de las redes sociales, estas “diferencias” entre la sociedad mexicana se han dejado entrever en el discurso de los usuarios, de tal manera que se sigue perpetuando el clasismo como efecto “colateral” de la historicidad mexicana antes mencionada.

El presente ensayo busca realizar un brevísimo análisis sobre el neologismo “whitexican” a partir de una revisión del discurso (ideológico) en Twitter desde una perspectiva psicosocial crítica: desde su uso hasta sus implicaciones ideológicas como forma de dominación y desigualdad. Cabe destacar que hay muy poca revisión sobre este término ya que es relativamente reciente en los medios, y por lo tanto, este texto será escrito de forma parcial desde la perspectiva antes mencionada y del autor [aquí todavía no había hecho tanta lectura acerca de psicología crítica, pero tenía nociones que permitían un análisis sencillo], y que además servirá para poner en práctica lo revisado en este curso de la carrera de psicología.

¿Quiénes son los Whitexicans?

El término ha aparecido principalmente en redes sociales, y específicamente en Twitter (hoy en día se ha trasladado a Facebook también), y hace referencia a las personas que reproducen prácticas clasistas y discriminatorias. Un “whitexican” es aquel que goza de privilegios por el simple hecho de tener una tez blanca (y dinero, aunque este último no es “factor” determinante; también hay whitexicans que no necesariamente tienen tez blanca) y que, además, acentúa estos privilegios en las redes sociales a partir de un discruso clasista y (me atrevo a decirlo) de odio. Cabe mencionar que esta palabra no fue acuñada por la propia élite de tez blanca en México (cuyo origen aparece en los colonizadores hispanoportugueses y anglosajones: tez blanca, ojos claros, estatura por encima del promedio mexicano), sino que fue una cuenta usuario de Twitter que dedica sus publicaciones a la sátira y crítica de estas personas clasistas. Por otra parte, Ramírez (2019) enlista una serie de características de estas personas: se expresan “orgullosos de ser mexicanos” sin conocer en dónde se encuentran los estados; el factor de blanquitud no es obligatorio para ser clasista; mezclan el español con el inglés (se enorgullecen de México pero se enaltece el “american way of life”), presumen la cultura mexicana pero no se acercarían a los sectores populares más que para una foto en Instagram con fines marquetineros. No obstante, estas personas identificadas con este término, alegan en la plataforma que se trata de un racismo inverso (?) al ser señalados en las distintas redes sociales. Aquí el asunto no es que sean “señalados”, sino más bien, evidencian sus prácticas ideológicas de dominación y supuesta inferioridad y es por esto que se sienten “señalados”. Almanza (2019) señala que los whitexicans se refieren a las personas de piel oscura como “prieto”, “indio”, “naco” y “gato”, pero estos no son los únicos entre una serie extensa de términos despectivos.

En este sentido, es más que evidente que el clasismo y discriminación como actos sociales de represión y dominación ideológica siguen reproduciéndose ahora en las plataformas digitales, y que estas prácticas no son más que el resultado de una larga historia de colonialismo (las familias criollas y/o directas de los conquistadores que se dedicaron a esclavizar, violentar, violar, reprimir, someter y matar a miles de indígenas).

Implicaciones del whitexican discourse y la resistencia en lo digital

Como anteriormente comentaba, la persona que se considera (y la que no se da cuenta de ello, aquella que se encuentra en el privilegio y no da cuena de esto) reproduce una cierta ideología (la capitalista, clasista y racista), y tal como Montero (1994) desde la perspectiva psicosocial de la ideología (y ya comentada también en el anterior artículo del blog, con tintes marxistas y althusserianos), esta encubre la dominancia y supremacía que “deberían” tener las personas de tez blancasobre aquellos a través de los acontecimientos históricos, y además, a través del discurso producido se normalizan y justifican estas acciones: en la conquista se “atacaba” el psiquismo indígena, tachados además de “bestias” (véase más en Pavón-Cuéllar, 2017); en la actualidad se sigue manteniendo las frases como “mi muchacha” (para hacer referencia a la empleada que realiza el aseo en una casa ajena), por mencionar solo un ejemplo. Esta ideología supremacista, como ya se ha venido comentando, es resultado de la concentración de poder desde hace 500 años en las élites que controlaban a los pueblos originarios y la construcción de una realidad en la que solamente puede haber un sector dominante y el convencimiento (llámese “científico” o ideológico) de que existe una raza inferior por cuestiones naturales. Podríamos definir que ejercen el poder desde el marco jurídico (colonial) (Ibáñez, 1983 citado en Martín-Baró, 1989), en el que ser blanco con dinero (o sin él) legitima la superioridad sobre aquellos que no lo son; las personas que no pertenecen a este orden jerárquico no tienen el derecho de disfrutar de la misma manera, porque corrompen este orden, no permiten que el país clasista funcione.

Podemos encontrar una gran cantidad de ejemplos, veamos: Usuario1: “¿por qué los pobres toman tantas fotos cuando salen de viaje?”, en forma de réplica, Usuario2: “Nah, los pobres suben álbumes de 30 a FB” (vía Twitter); Usuario3: “Su rollo de odia contra los whitexicans está bien meco y saca a flote su resentimiento de inferioridad.Quieren hacer sentir menos a alguien que consideran más”. Otro usuario más: Usuario4: “Debería de caer una bomba en el zócalo…nos haría un favor a todos. #vivaMéxico…pd si les molestan mis comentarios bórrenme, créanme que me vale 2 pesos saludos cordiales” (publicado el día de la celebración del grito de independencia en CDMX); Usuario5: “Para ustedes está mal: tener ropa de marca, tener joyas caras, tener un coche, tener la piel más “clara”, vivir en zonas “acomodadas”, estudiar en universidades privadas. No les interesa si es producto del esfuerzo, ven con envidia a quien tiene más, Mediocridad y resentimiento”.

Como podemos visualizar en al menos cinco publicaciones (algo “leves”; omití poner las tantas grotescas racistas que existen) de diferentes usuarios, se busca destacar que existe una inferioridad en quienes deciden festejar un acontecimiento popular, quienes critican estas acciones, quienes disfrutan de un viaje, etc. o como si por cuestión de esfuerzo no tiene la piel más clara (pero ojo, el blanqueamiento ya está al alcance de nosotros gracias al capitalismo y su búsqueda de la homogeneización “estética”). Únicamente refuerzan a través de esta publicaciones, la ideología de superioridad y dominación que tienen sobre las otras personas y por lo tanto, distorsionan la realidad para volverla “normal”. Incluso, el hecho de no tener un presidente de tez blanca, de abolengo y sin ostentación de lujos (al menos no manifiesta o a la luz de sus acciones comunes), causa conflicto en estos grupos que apenas representan una minoría del país.

No obstante, a pesar de que se encuentran este tipo de publicaciones (y obviando que existen miles más, y aún más grotescas), el espacio digital ha servido para muchas personas como lugar de crítica hacia estas desigualdades: usuarios (al menos en Twitter) utilizan 140 caracteres para mantener a flote el conflicto en contra de este discurso que perpetua la desigualdad social y racial. Diversas cuentas señalan y exhiben, en forma de sátira y crítica, este discurso de dominación social. Esta resistencia generada en redes sociales se ha visto “cuestionada” por (nada más y nada menos) que los mismo grupos dominantes que se esconden a través de cuentas falsas o “influencers” con grandes cantidades de seguidores, y a través de sus cuentas, buscan el equilibrio de clases aclamando que este tipo de resistencia es un racismo inverso (?), que crea desigualdad y polariza a la sociedad mexicana: ¿no estaba ya polarizada, discriminada y dividad justamente por ustedes? Desde mi punto de vista, la gran “desventaja” de estos grupos que se sienten ofendidos por este término (o incluso les reafirma su posición en la sociedad), es que no tienen un control (adicional al que ya tienen sobre otros campos) sobre lo que se publica o no en las redes sociales, y probablemente, esto hace que se sientan vulnerables y amenazados ante los señalamientos de una organización colectiva.

Conclusiones

Nos encontramos en una época en la que, supuestamente, se han generado diversas campañas en contra del clasismo y discriminación en nuestro país, sin embargo, las redes sociales nos muestran todo lo contrario, y manifiestan que ciertos grupos que han pertenecido a la clase dominante, burguesa, blanca y clasista durante siglos, siguen luchando por ejercer ese poder sobre los demás, y así, legitimar y naturalizar ese discurso. La clasificación de personas en el término whitexican es una manera en que se ha decidido tomar acción en redes sociales para exhibir la desigualdad a la que no se le ha prestado atención en diferentes ámbitos.

Como usuarios activos de estas redes sociales, tendríamos la obligación de cuestionar y señalar cualquier discurso que implique mantener ese supuesto equilibrio de clases; hoy en día es inevitable no interactuar en estas plataformas sin encontrarle un sentido social y/o político.

Hace falta que exista una revisión crítica más extensa sobre el tema, específicamente en las plataformas digitales, porque resulta interesante que a pesar de que exista ese discurso enajenador, las personas se organicen dentro del internet para hacer frente a este tipo de cuestiones que devienen en actos sociales, políticos, y más aún, ideológicos.

Referencias

  • Almanza, B. (28 de junio de 2019). “Whitexicans”: ¿una nueva forma de racismo en México contra la gente blanca adinerada? BBC News. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-48098551
  • Martín-Baró, I. (1989). Sistema, grupo y poder. Psicología social desde Centroamérica II. San Salvador: UCA.
  • Montero, M.(1994). Una mirada dentro de la caja Negra: La construcción psicológica de la ideología. En:Montero, M.( 1994). Construcción y crítica de la psicología social. Barcelona: Antrhopos, pp. 127-145
  • Pavón-Cuéllar, D. (2017). Capitalismo y psicología en la historia latinoamericana: esbozo de recapitulación histórica para proyectos liberadores anticapitalistas. En D. Pavón-Cuéllar (Coord.), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes (pp. 71-90). Ciudad de México, México: Kanankil.
  • Ramírez, A. (15 de abril de 2019). ¿Quiénes son los whitexicans y por qué no es un termino racista? Plumas Atómicas. Recuperado de: https://plumasatomicas.com/cultura/cultura-cultura/quienes-son-los-whitexicans-y-por-que-no-es-un-termino-racista/