¿Qué es la psicología? Seis definiciones en clave marxista

Mímesis

La pregunta del título no es para nada nueva. Es, por el contrario, algo repetitivo entre los psicólogos. Es el enigma no descifrado. Es la obsesión que atormenta a la disciplina. Es la pesadilla que ha gravitado desde tiempos inmemoriales en los cerebros de aquellos. Su definición es oscilante: a veces optan por decir que es una ciencia objetiva y bien delimitada con objeto propio, y otras veces pasa al dominio público para convertirse en una Weltanschauung .

Al desconocer su determinación material, esto es, su determinación por el modo de producción actual, la psicología cae en embrollos inextricables, en formulaciones redundantes y contradictorias, en querellas profesionales y teóricas entre “escuelas” y “corrientes”. Por tanto, si no ha existido tal consenso es porque no son ellos, los profesionales de la psicología, los que deciden qué se dice o no en los manuales, códigos de “ética”, en los pasillos de las facultades, o en la calle sobre la disciplina. Al estar integrados en el capitalismo, su definición oscilante se establece en función de las lógicas del sistema, por sus intereses económicos y de clase.

Diremos que las definiciones de la psicología oscilan entre la aceptación de “lo dado” y las cosas “tal como son” con el fin de adaptarnos y someternos a estas, en donde impera la lógica del número y lo acrítico, encontrándonos así en un movimiento lineal inalterable y que solo podría ser alterado por el experto, por la minoría académica, quedando reducido el sujeto en objeto esclavizado; pero también se define como un espacio público en el que todos caben, formando así una visión del mundo, con cierta flexibilidad, con promesas de cambio [individuales e internos] y “autonomía”, como incentivo de las cualidades humanas y la libertad. ¿No sería esto algo tan conocido como el funcionamiento del propio capitalismo? ¿No es acaso la psicología una mímesis del sistema en todos los sentidos?

Las contradicciones teóricas surgidas entre psicólogos y sus intentos para definir su disciplina se determinan fuera de los congresos, de los colegios y de las asociaciones de psicología; de ahí entonces que en dos siglos no se haya logrado el acuerdo: ¡porque no son ellos quienes mandan! Así, las contradicciones que podemos encontrarnos a la hora en que se define a esta disciplina, es decir, lo flexible-inflexible, lo humano-numérico, la autonomía-heteronomía, la libertad-esclavitud, son solo las contradicciones que encontramos en el sistema capitalista. La psicología es definida desde otro lugar: desde las lógicas de la producción de mercancías y las relaciones de explotación capitalistas.

Retraducción marxista

Pienso, entonces, que la psicología necesita definirse, pero no desde donde ha sido definida, asegurándole siempre un mínimo de existencia y prestigio en pro de la clase burguesa, sino desde un lugar en el que quede inerme, desnuda, indefensa; desde un lugar en el que no pueda defenderse porque ha sido descubierta. Propongo seis breves y muy generales definiciones en clave marxista que retraducen a la psicología, y al retraducirla, se pone de manifiesto que esta disciplina no es sino un desplazamiento necesario efectuado por el capital y sus personificaciones para que estos puedan mantenerse y reproducirse constantemente. Estas definiciones generales también servirán para extender aquello que dejé inconcluso o muy vago en el escrito anterior.

  • La psicología es la expresión, en otros términos, de la lucha de clases que tiene lugar en el sistema capitalista

En primera instancia, la psicología queda definida por la lucha de clases, entre el proletariado y la burguesía, y al quedar definida por ella, también se convierte en un espacio para que esta quede expresada. El psicólogo se eleva en calidad de burgués porque posee medios de producción, a saber, sus teorías, encuestas, test de personalidad y técnicas terapéuticas. El psicólogo somete a los sujetos hasta rebajarlos a meros objetos, objetos de la psicología, subordinados a sus lógicas de producción. El psicólogo adquiere el papel de mandamás, de administrador de vidas puesto que posee los medios para ello. Su posición de poseedor le permite diferenciarse del proletariado, de los no-psicólogos, y es gracias a esta diferenciación en donde radica la dominación, tanto burguesa como psicológica.

Del mismo modo en que la clase burguesa nos promete a todos y todas libertades e independencias[1], así la psicología promete libertad e independencia en el momento en que cautiva y somete al proletariado, al no-psicólogo. Pero como nos lo recuerdan Marx y Engels[2], todas estas libertades e independencias, son tan solo libertad e independencia para comprar y vender. De ahí que digamos que no podemos ser marxistas en psicología.

  • La psicología es la formación teórica en donde se confirma la división mental y física del trabajo, y por tanto, es una versión actualizada y mejorada del idealismo burgués

Al no reconocer su determinación histórica-material, la psicología deviene abstracción. Su objeto, la psique, está determinada por la división en clases y por la división mental y física del trabajo. De ahí que el marxista Pavón-Cuéllar nos recuerde que “el objeto de la psicología no es cualquier psique”, sino la psique de los que dominan[3], aquellos que se han podido abstraer del trabajo manual, lo que les permite creer que todo es producto de su cerebro, tal como fue señalado por Engels[4].

La psicología cree que lo más importante del ser son sus funciones cognitivas y sus mecanismos cerebrales, sus emociones en aislado. Así, los problemas del mundo capitalista son reducidos a meros conflictos psíquicos, cognitivos o cerebrales, mismos que tendrían que ser resueltos mediante la psicología para que el mundo se construya y avance.

Como marxistas, no podemos esperar nada de la psicología si confirma en cada paso que da, en cada teoría desarrollada, en cada artículo publicado, a la clase dominante y su abstracción, eso que Marx ya había advertido[5]:

“Una psicología para la que está cerrado este libro [fuerzas humanas esenciales], es decir, justamente la parte más sensiblemente actual y accesible de la Historia, no puede convertirse en una ciencia real con verdadero contenido. ¿Qué puede pensarse de una ciencia que orgullosamente hace abstracción de esta gran parte del trabajo humano y no se siente inadecuada en tanto que este extenso caudal del obrar humano no le dice otra cosa que lo que puede, si acaso decirse en una sola palabra: ‘necesidad’, ‘vulgar necesidad’?”

  • La psicología es el espacio catártico diseñado para la clase burguesa

Puesto que todos los problemas del mundo quedan reducidos a la psique determinada por la clase dominante, los métodos terapéuticos de la psicología están dirigidos a esta y no al proletariado. Son solo los que dominan los que pueden curarse de ansiedad y depresión, porque solo desgastan la mente en la especulación financiera y en funciones directivas. La salud mental tal y como la conocemos, es la salud mental capitalista. El capitalista necesita de su psicología, del psicólogo, para realizar sus operaciones, para asegurar la ganancia, para no sentirse abrumado y asqueado de tanto dinero, para no sentirse deprimido si sus acciones caen.

En cambio, si la clase dominada padece constantemente de estos trastornos, es solo en la medida en que su malestar radica en la explotación física y real: el trastorno mental deviene efecto de la explotación, de la extracción del plusvalor, del plustrabajo no pagado al obrero. Si al trabajador lo envían al consultorio del psicólogo es solo para que este desvanezca y suprima temporalmente el síntoma, lo que aparece de manera consciente, ignorando la determinación capitalista inconsciente, misma que retornará con mayor fuerza. Se padece de explotación capitalista, no de ansiedad o depresión.

  • La psicología es una modalidad de enajenación en el sistema capitalista

La psicología burguesa se generaliza a las masas. Si la clase capitalista considera a la psicología un espacio catártico que les funciona y los saca de apuros, entonces esta idea particular de clase, pasa a ser idea general del mundo: “las ideas de la clase dominante, son las ideas dominantes” nos recuerdan Marx y Engels[6]. De esta manera, las ideas de los sujetos desposeídos de los medios de producción real, son las ideas psicologizadas.

La enajenación estriba en la psicologización, en el reconocimiento del sujeto a través de las teorías psicológicas, en la imagen psicologizada que le promete consistencia frente a la inconsistencia, forma frente a lo amorfo, y todo esto porque la psicología se presenta como el único posible de los mundos, en la única manera de pensarse a sí mismo, en la única forma de ser y actuar. La vida del sujeto ya no es su vida, sino de la psicología, pero sobre todo, del capitalismo, del capitalismo y su psicología.

Es más conveniente llamarse a sí mismo obsesivo o ansioso, porque estos dotan de identidad al sujeto, lo hacen ser alguien en conjunto con los demás. Si, por el contrario, alguien se llama a sí mismo “explotado por el sistema capitalista”, será considerado un anormal, un inadaptado; digamos que si alguien no se interpela con la psicología, sería un no-enajenado…

  • La psicología es el lugar que permite el imperio del valor de cambio sobre el valor de uso

Sabemos que lo que les interesa a los capitalistas es producir valores de uso porque estos son solamente “el sustrato material del valor de cambio”[7]. El capitalismo se rige por la lógica del número, por el crecimiento constante, por el aumento exponencial, por la maximización de la ganancia. Da igual lo subjetivo del trabajador y la forma objetiva que su trabajo toma[8], solo importa el número que podrá representar tal objetivación independientemente del uso o la cualidad que esta tenga. Pareciera que todo queda como en una especie de lenguaje binario, ceros y unos. Lo mismo sucede con la psicología.

Sus pretensiones de objetividad no solamente se reducen a un ejercicio político y no neutral oculto, sino también a la reducción de todo en cantidades, tal como sucede en el sistema capitalista. El sujeto deviene objeto puesto que reporta cierto resultado numérico que se disfraza con palabrerías. Tales ejemplos los vemos claramente en los test de inteligencia (WISC, WAIS, Shipley, Beta, y otros), o también en las escalas de depresión y ansiedad (por su puesto, sus “ítems” están determinados inconscientemente por la clase dominante): entonces ya no importaría ni siquiera los motivos aparentes (conscientes) de la depresión o la ansiedad, sino tan solo el número reportado (ya sea en escalas o el número de criterios diagnósticos) para adecuar las técnicas “científicas”. ¿No es acaso esto otra contradicción propia del capitalismo que se desplaza hacia la psicología? Para el sujeto sometido a las pruebas psicológicas, es “ganancia” que no tenga tantos criterios marcados por el DSM, mientras que si resulta con diagnóstico de depresión mayor, reportaría “pérdidas”.

  • La psicología es un arma contrarrevolucionaria

Al ofrecer sus servicios técnicos y catárticos ya no solo para una minoría, sino para la mayoría, la psicología funciona como sedante[9]. La psicología solo se enfoca en tratar lo consciente, o como gustan decir, se enfoca en mantener a todos en “el aquí y el ahora”. Cuando escuchamos decir a los estudiantes de psicología y a sus docentes que la psicología sirve para que todos “podamos tener una buena vida” o “ser más productivos en el trabajo”, o también para “mejorar nuestras vidas”, se habla de aquello que Marx[10] y Holzkamp[11] nos advertían: solo nos limitaríamos a interpretar el mundo y no transformarlo, y al interpretarlo solo estaríamos aceptando las cosas tal como se nos presentan.

La psicología es un arma que no permite la transformación del mundo. Cuando aprieta el gatillo, las balas psicologizantes debilitan al ser, debilitan la acción colectiva, atomizándonos a todos, encerrándonos a cada uno dentro de nosotros mismos. No olvidemos tampoco sus servicios prestados a la mercadotecnia: la psicología de la imagen, del color, o de lo que a ustedes se les ocurra, todas en función de la persuasión, de la creación de necesidades irreales, de la promoción del consumo acelerado y desmedido.

La psicología es capitalismo

Como intenté describirlo someramente en el artículo anterior, podemos agregar una séptima definición que resume y condensa las seis anteriores: la psicología es capitalismo. Esto es así porque su manera de actuar, de ejercer el poder, de presentarse, asemeja el movimiento del capital. El capital estaría en lo inconsciente de la disciplina psicológica, de ahí su mímesis que traté de abordar al principio.

Tal como hace un síntoma, este deviene consciente distorsionando su verdad. El síntoma psicología es una traducción del capitalismo. Todas sus definiciones son solo traducciones, “verdades a medias”, una parte del todo. De ahí entonces que tengamos que efectuar una retraducción en clave marxista, tal como Freud lo explicó con las neuropsicosis de defensa[12]: por ejemplo, retraducir el síntoma obsesivo a lo sexual, el origen de aquel.

Si el capitalismo cambia, cambia con él la definición de psicología, sus servicios, sus técnicas. Este escrito puede ser tan solo una advertencia para los camaradas marxistas que confían aún en la psicología, desconociendo su origen burgués. Si luchamos, desde cualquier trinchera, contra el capital, es necesaria la lucha contra la psicología. No hay que tomarnos a chiste cuando se dice que existen síntomas del capital: la psicología es uno de ellos.

Notas

1 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (1848), Madrid, Akal, 2004. p. 42

2 Ibid.

3 David Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies” en Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology?, Londres, Routledge, 2017. p. 14

4 Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), México, Colofón, 2008, p. 176.

5 Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Alianza, 2013. p. 184

6 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista” (1846) en Escritos sobre materialismo histórico, Madrid, Alianza, 2012. p. 71

7 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (1867), México, Fondo de Cultura Económica, 2014. p. 169.

8 Ibid. p. 44

9 David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Teoría y Crítica de la Psicología 209, núm. 2 (2012): 202–9.

10 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach” (1845), en Escritos sobre materialismo histórico, Madrid, Alianza, 2012. p. 39

11 Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985)”, Teoría y crítica de la psicología 8 (2016): 293–302.

12 Sigmund Freud, “Las neuropsicosis de defensa” (1894), en El yo y el ello y otros escritos de metapsicología, Madrid, Alianza, 2012. p. 215

Síntomas del capital

¿Inconsciente capitalista?

Existe una tendencia notable en la que el capital no se presenta como lo que es, sino que, más bien, se expresa y toma sentido a través de síntomas: ya sea como personificaciones, como sentido común, como mercancías, como discursos académicos o como una pandemia[1]. Sería inútil que el capital se expresara como lo que es fuera de su terreno: un sistema opresor, mortífero, injusto, desigual, patriarcal, colonial, inhumano, racista, clasista, homicida y feminicida, obsesionado con la ganancia. Si esto fuera así, es decir, si el capital se presentara ante nosotros como tal, probablemente estaríamos librados de él desde hace mucho tiempo. Pero es justamente su carácter sintomático, esto es, su despliegue, retorno, transmutación, desplazamiento o condensación en otras formas, lo que impide su superación, renovándose de manera incansable.

En efecto, el capital permanece oculto, es algo intangible. En otras palabras, permanece inconsciente para nosotros, sin embargo, no por ello deja de tener efectos en “nuestras” vidas[2]: en “nuestro” ser, en lo que compramos o en la universidad. Son los síntomas los que nos dan la clave para entender el funcionamiento de lo que subyace a estos, a saber, como mencionamos anteriormente, el capital. No debería impresionarnos lo anterior: Marx lo anticipó hace casi dos siglos[3]. Podremos aventurarnos diciendo que existe un inconsciente capitalista, mismo que fue descubierto por Marx. Siguiendo a Páramo Ortega[4] y Pavón-Cuéllar[5], podemos identificar tres características básicas de dicho inconsciente:

  1. Su núcleo básico es la maximización de la ganancia, su pulsión es la producción de la plusvalía[6], una pulsión de acrecentamiento y acumulación[7], incluyendo a su vez, el origen de la valorización del valor, a saber, la explotación de unos por los otros, del proletariado por los capitalistas.
  2. Puesto que su núcleo es la producción de plusvalía, no le interesa la cualidad, sino la cantidad.
  3. Es un inconsciente idealista, producto de la división mental y física del trabajo, en donde el primero domina al segundo. De ahí que se considere al cerebro como motor de toda realidad exterior[8].

Es el inconsciente capitalista el que domina la vida del obrero, del académico, e incluso, del capitalista más acaudalado. Nadie nos salvamos. Devenimos, de alguna manera, síntomas del capital: ya sea expresando el núcleo básico del capital, o reproduciendo el idealismo burgués, o reduciéndonos a puros número, o tal vez las tres cosas al mismo tiempo.

Si Freud nos ofrece las coordenadas para explicar lo inconsciente “personal-individual” (nótese el entrecomillado puesto que no hay algo propiamente individual), Marx nos ofrece las coordenadas para entender el inconsciente capitalista. Nos limitaremos esta ocasión a tratar de analizar dos síntomas: la mercancía y al capitalista.

Mercancías y capitalistas como síntomas

Mercancías

Tal como lo descubrió Freud, el inconsciente se manifiesta en la vida cotidiana[9], ya sea en las equivocaciones orales o en el olvido. Sin embargo, habremos de admitir también que el inconsciente capitalista descubierto por Marx no solamente se manifiesta en los actos fallidos, sino que también se expresa en los actos cotidianos de la vida. La vida cotidiana no solamente incluye toda actividad práctica humana, sea trabajo o lenguaje, sino también los aparatos utilizados para llevar a cabo tal actividad, a saber, cualquier dispositivo móvil, medio de transporte, accesorio o herramientas específicas, aquellos que, por sus características, es decir, como valores de uso y de cambio, podemos denominar mercancías[10].

Nuestra vida cotidiana en el modo de producción capitalista se encuentra rodeada de mercancías. Cuando tenemos una mercancía con nosotros, lo que realmente tenemos es el trabajo humano invertido en ella[11], sin embargo, no lo sabemos[12]. En efecto, además de que la mercancía se presenta como fetiche encubriendo el carácter social del trabajo humano, también se nos presenta como una formación sintomática de lo que hemos descrito párrafos arriba, es decir, se presenta como síntoma del capital. Veamos más a detalle lo anterior.

Una mercancía, de manera general, es la objetivación del trabajo humano. Sin embargo, bajo el yugo del capitalismo, el trabajo humano no es lo que parece a simple vista, esto es, no es únicamente actividad práctica del ser ni la exteriorización del mismo; es, por el contrario, trabajo enajenado[13], trabajo que no le pertenece al obrero, y por ende, tampoco la mercancía producida por él/ella. Queda así el obrero reducido a pura fuerza física de trabajo, traducida en la cantidad de tiempo en que esta puede ser empleada por su comprador para beneficio propio. Sin entrar en demasiados detalles, puesto que rebasaría ampliamente nuestros objetivos, agregaremos que desde el momento en que se compra la fuerza física de trabajo, el capitalista sabe lo que tal fuerza puede rendir[14] más allá de lo necesario para “reponerse”. Es precisamente en esta extensión del tiempo de trabajo, es decir, más allá del que sirve al obrero para reproducirse diariamente, lo que le generará la plusvalía al capitalista. Creará así un plusproducto con el plustrabajo, en donde el primero le traerá ganancias al capitalista, y el segundo le ocasionará miseria al trabajador, o como diría Marx: “el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el trabajador”[15].

Han aparecido las características del capital en el síntoma mercancía. En primer lugar, la mercancía lleva desde su origen la intención de maximizar la ganancia. Desde el momento en que el capitalista desembolsa su dinero para comprar medios de producción y fuerza de trabajo que crearán el producto nuevo, “es ya capital por su propio destino”[16], tiene la intención, por tanto, de acrecentarse; la mercancía es solo un medio para la riqueza. Sucede, a su vez, que la mercancía esconde la explotación del obrero por el capitalista, por el mismo capital, explotación que crece en la medida en que se extiende la jornada de trabajo y se le hace producir más. En segundo lugar, puesto que la mercancía interesa porque reporta ganancias, lo que importa es siempre su valor de cambio y nunca su valor de uso. Sucede lo mismo con el trabajo del obrero: lo que importa no es su trabajo concreto, la forma útil en la que pueda expresarse, sino tan solo la inversión (cantidad) de su fuerza de trabajo, la forma abstracta del mismo[17]. Al capitalista no le interesa para qué pueda ser usada la mercancía que producen sus trabajadores, sino cuánto ($) va a ingresar a su billetera. En tercer lugar, el idealismo queda expresado en la mercancía por la relación de explotación antes descrita: son solo aquellos los que poseen el capital anticipado, aquellos que tienen los medios de producción y la capacidad de comprar la fuerza de trabajo los que hacen abstracción del trabajo manual; por eso siempre “andan de cabeza”.

De manera general, podemos decir que toda mercancía que tenemos en este momento a nuestra disposición, es un síntoma del capital. En ella no vemos ni la plusvalía, ni la explotación del obrero, ni el idealismo del capitalista, tampoco nos interesa qué hizo con nuestro dinero su vendedor (lo más seguro es que lo reinvirtió para generar más dinero). Todos estos elementos anteriores, propios del capital, retornan en forma de una “simple” mercancía. Estamos conviviendo con el capital sin darnos cuenta. Al disfrutar nuestras mercancías, no somos realmente nosotros los que las disfrutamos, sino, más bien, es el capital el que disfruta de nosotros, el que ríe al vernos usar continuamente lo que fue producto de una explotación. Diremos pues, que la mercancía se convierte en el síntoma perfecto porque de ella no se sospecha nada; ella misma condensa la esencia del capital, el acrecentamiento y la explotación. Las personas no disfrutan de sus lujosos iPhone, tampoco disfrutamos de las compras innecesarias que hacemos por Amazon. Por el contrario, es Tim Cook (Apple) riéndose de nosotros al saber que nos vendió un teléfono en más del 100% de su costo real, o Jeff Bezos (Amazon) al ver cómo compramos compulsivamente mercancías mientras explota a sus trabajadores. Se ríen precisamente porque su truco funcionó. El capital no se presentó como lo que es, sino como síntoma, como mercancía. No importa su forma ni su uso, ni quién la creó; lo único que importa es que el capital se pudo expresar, pudo salir a la superficie sin que sospecháramos de él.

Capitalistas

Pero si Tim Cook o Jeff Bezos se rieron de nosotros, es simplemente porque ellos también son un medio del capital para expresarse. Los estafadores fueron estafados. Ni siquiera ellos actúan con total independencia. No fueron ellos los que se rieron, sino el capital que se encarna y cobra vida gracias a ellos. Todo capitalista es solo “capital personificado”[18], su alma “es el alma del capital”[19] puesto que “su único motivo propulsor”[20] es la apropiación, el acrecentamiento de plusvalía. Marx nos deja la clave al decir que el capital se dota de conciencia a través del capitalista[21], y decimos que es la clave porque es lo que intentamos exponer aquí: la conciencia del capitalista le pertenece al capital, por eso Freud nos recuerda que la conciencia es tan solo un síntoma, y que si queremos, por ejemplo, saber la verdad del capitalista, debemos emanciparnos de tal síntoma[22]. El capitalista, además, se abstrae del trabajo pesado, piensa que el mundo se crea desde las órdenes que emanan de su cabeza, de esa conciencia que es solo una conciencia que personifica otra cosa.

El capital retorna en forma de cuerpo humano: tiene cara para sonreír y burlarse de nosotros, cerebro para determinar sus operaciones, manos para contar su jugoso dinero, órganos sexuales para dejar pequeñas crías que seguirán su legado. Dejaré que Pavón-Cuéllar[23] nos acompañe en esta explicación, por tanto, me permito citarlo ampliamente:

“Cerebro, neuronas y fibras nerviosas son requeridas por el capital para adquirir su psique característica, ambiciosa y despiadada. Sin embargo, una vez adquirida, esta no es más la psique de la persona que posee capital, sino que es el capital el que posee, como un demonio, a la persona que le ha vendido su alma”. (Cursivas mías)

Su persona queda reducida, además, en puras cantidades. Es porque tiene. ¡Hasta son números en las listas de Forbes! ¡Qué risa! Ya no los conocen ni siquiera por su nombre, sino por el número de posición en que se encuentran en la lista de los más ricos. Bezos es el #1, lo que quiere decir que está por encima de n personas (números). El ser del capitalista se divide entre su fortuna calculada en acciones, en el número de propiedades en donde reside y vacaciona, el número de fundaciones a las que “apoya” con su sonrisa cínica, la cantidad de trabajadores que le producen, el número de hijos entre los cuales repartirá su fortuna. La cantidad de su fortuna, acumulada gracias a la explotación, “es cada vez más su única propiedad importante”[24] dado que su “desmesura y el exceso, es su verdadera medida”[25]. Una vez que el capitalista muera, el capital quedará vivo únicamente porque el mismo capitalista ha preparado a sus pequeños para que continúen su legado. El capital siempre resucitará de entre los muertos.

A pesar de que Páramo Ortega[26] haya acertado al diagnosticar a los capitalistas con la “psicopatología de la avaricia”, en el capitalismo esta condición es considerada normal, a lo que todo mundo aspira. De ahí que no aparezca en nuestro gracioso Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales (o como sea que se llame). La psicopatología que sufre el capitalista es su condición normal. Pero, al igual que la mercancía, su personificación, su estado psicopatológico, es otro síntoma clave del capital. Su verdad son las lógicas del capital, es el capital mismo. Su cuerpo es la extensión de aquello que los economistas burgueses criticados por Marx escribieron en sus libros.

Al igual que como vimos en la mercancía, el capital quedó expresado en el capitalista: su tendencia a enriquecerse, su idealismo puesto que se abstrae del trabajo manual sólo dando órdenes con su cabeza, y su reducción a ser cuantitativo.

Comentarios finales: otros síntomas

Lo inconsciente retorna de muchas maneras; lo mismo el capital. Hemos equiparado el capital con el descubrimiento freudiano, pudiendo unirlo de manera provisoria y aventurada (“inconsciente capitalista”). Damos el crédito principalmente a Marx por descubrir tal inconsciente, y a los autores que hemos citado por el momento por contribuir a la descripción del mismo. Sabemos que no son los únicos y con una investigación más profunda con otras/os autores, podríamos enriquecer lo discutido. A quienes hemos omitido por ahora, les damos crédito por contribuir a la crítica.

Hemos identificado, quizás, los dos síntomas perfectos del capital: mercancía y capitalista. Es en ellos en donde cobra vida para poder expresarse. Sin embargo, no por ser los perfectos quiere decir que sean los únicos. Como adelantamos al principio, el capital, como categoría inconsciente, mantiene efectos en los lugares menos esperados. Un ejemplo de ello lo encontramos en la psicología. La psicología se nos presenta como un síntoma del capital puesto que cumple con las condiciones (lógicas) del capital. Podríamos argumentar que su lógica de acrecentamiento estriba en la reproducción de sus teorías fuera del lugar académico, su plusvalía es su psicologización: producen teorías no para entender, explicar o transformar al mundo, sino por pura soberbia, por avaricia teórica. Lo cuantitativo del capital se expresa en la reducción de los sujetos a puros números en cuestionarios, tests, encuestas, cantidad de criterios diagnósticos, sus evaluaciones cuantitativas de grado como determinantes de su calidad académica (CENEVAL en México), las calificaciones en los exámenes, la persecución de los estímulos académicos por parte de los docentes descuidando la calidad educativa, el cuidado del puesto administrativo para no perder su dinero, la publicación de papers irrelevantes, con poca calidad, en exceso. Su idealismo es más evidente: un psiquismo escindido de sus condiciones reales de existencia, emociones entendidas como propias del sujeto, lenguaje entendido como una mera función cognitiva, su pretendida materialidad basada en las neurociencias que termina diciendo nada del sujeto, entre otras.

Los síntomas del capital los tenemos a la orden del día. La única forma de enfrentarnos a ellos es descubriendo su verdad y al mismo tiempo aceptando que existen estas formaciones del capital (síntomas) que nos dominan. Mientras esto no suceda, mientras no aceptemos los síntomas como son, es decir, como velos encubridores de lo real, el capital vivirá. No somos los que viviremos, sino que será el capital el que lo haga a través y a costa de nosotros.

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, El coronavirus como síntoma del capitalismo, David Pavón-Cuéllar http://oktubre.cl/2020/04/06/el-coronavirus-como-sintoma-del-capitalismo/

2 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), En El malestar de la cultura y otros ensayos, Madrid, Alianza, 2010.

3 Karl Marx, El Capital I. Crítica de la economía política (1867), México, Fondo de Cultura Económica, 2014.

4 Raúl Páramo Ortega, “Dinero y Adicción. Patología social como subproducto cultural del capitalismo”, en El psicoanálisis y lo social, Valencia-Guadalajara, Universidad de Valencia-Universidad de Guadalajara, 2006.

5 David Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies” en Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology?, Londres, Routledge, 2017.

6 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 256

7 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op. cit. pp. 16-18

8 Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), México, Colofón, 2008, p. 176

9 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Madrid, Alianza, 2011.

10 Marx, El Capital I…, op. cit., pp. 41-42

11 ibid., pp. 44, 72-73

12 ibid., p. 74

13 Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Alianza, 2013.

14 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. pp. 175-176

15 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit. p. 137

16 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. p. 135

17 ibid., p. 44

18 ibid., pp. 141, 208

19 ibid., p. 208

20 ibid., p. 141

21 ibid.

22 Freud, “Lo inconsciente” (1915), op. cit., p. 274

23 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op cit., p. 18

24 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit., p. 190

25 ibid.

26 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 254

Psicologización de la vida cotidiana

Los hombres no relacionan unos con otros
sus productos del trabajo como valores porque esas cosas
valgan para ellos como las envolturas puramente
materiales de un trabajo igualmente humano.
Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos
como trabajo humano […]. No lo saben, pero lo hacen.
(Marx, 1867, p. 74)

Es un fenómeno muy frecuente el de que en la equivocación
se abra paso precisamente aquella idea que se quiere retener […].
[…] Mi paciente no sabía lo que inhibía,
ni siquiera si inhibía alguna cosa.
(Freud, 1901, p.88).

Este texto corresponde a una continuación de dos anteriores en los que he abordado la ficción del psiquismo en el capitalismo: un psiquismo estudiado por la psicología, que lleva, entre sus más notables adjetivos, el carácter “autónomo”. Los significantes de la psicología, compartidos ahora fuera de la academia, producen cierta cadena de la que parece imposible librarnos, una cadena que nos sujeta y no deja que nos apartemos de ella.

La psicología y lo psicológico, han desbordado su origen, su lugar en la universidad y en el consultorio. Si antes la preocupación de los psicólogos era que alguien ajeno a su círculo intentara apropiarse de sus contenidos, ahora la preocupación reside en que su contenido no sea lo suficientemente eficaz para alcanzar a todos y todas, de cualquier género, en todos los lugares, país o trabajo. La preocupación de hoy (¿exclusiva de la psicología?) es que no se esté hablando el lenguaje de la psicología.

La psicología ha pasado a ser el representante del capitalismo en el nivel subjetivo, esto es, nuestra psicología se inscribe en lo “individual” como la que guía nuestras formas de ser, hacer y hablar, pero que mantiene oculto a quien representa, el capital y sus personificaciones en la finanza o la industria. En otras palabras, cuando hablamos de representante de alguien o algo más, esto quiere decir, que no es el representante la verdad misma (ese “alguien o algo” representado): por eso es representante. Una representación no es lo mismo que lo que se representa, claro está, pero no por ello, lo representado deja de estar en el momento de la representación. La verdad de la psicología queda oculta, como ya lo hemos argumentado. Pensar la psicología al margen de la estructura, al margen del modo de producción, simplemente sería una tontería. Cuando la psicología habla, no es ella la que habla realmente. Lo dicho en sus teorías es pura abstracción.

En este sentido, propongo este texto tratando de abordar algunos ejemplos que son propios de lo que autores han denominado psicologización, o como se ha nombrado en este espacio: fetichismo de lo psíquico. El hecho de recurrir a ejemplos no quiere decir que vayamos a prescindir de la argumentación teórica, por eso será siempre necesario acordarnos de algunos autores que (considero) nos han dejado el legado de la sospecha, de la crítica: Marx, Freud, Althusser (entre otros que se han seguido su legado y se han apoyado en alguno de los tres o en los tres en conjunto). Este último autor, Louis Althusser, nos ofrece una herramienta original que articula a los dos primeros. La lectura sintomal (que me atrevería a decir que es lo que hoy se llama análisis crítico del discurso, siguiendo la línea de Pavón-Cuéllar1), identificada en Marx por Althusser2, la utilizamos aquí hace un par de meses, sin embargo, he de admitir que mi análisis fue muy superfluo puesto que abordaba un texto propio de la psicología que en su momento revisé para una clase, su código ético, y por ello, (in)motivado por mi clase para traerlo al debate, incurrí en un análisis apresurado.

Verdad de la psicología y psicologización en la vida cotidiana

Fue a partir de Freud3 que nos pudimos percatar que hasta en los más sencillos actos de la vida diaria, se oculta el verdadero sentido de lo que se dice. Lo dicho no hace sino ocultar el decir. Confesamos involuntariamente4 al equivocarnos en el discurso, o mejor dicho, para efectos de nuestro objetivo (aunque tengamos que diferir parcialmente del estudio freudiano), confesamos algo sin quererlo aun cuando pronunciamos el discurso de la psicología sin equivocaciones: da igual si decimos “tra-n-storno” o “trastorno” mental. Tomé este significante por ser el primero que se me ocurrió, pero no necesariamente tenemos que remitir al lenguaje técnico de la psicología para lo que pretendemos hacer. Basta con analizar cómo algunas frases expresadas por “gurús de la mercadotecnia” hacen uso del discurso de la psicología para justificar la verdad tras lo dicho, o en grupos de apoyo psicológico para personas que en su mayoría no son psicólogos, se comparta un sinfín de contenido de la psicología. Veamos un ejemplo de este último y algo de su contenido, puesto que es prácticamente lo más cotidiano hoy en día: ¿Quién no ha utilizado alguna red social en los últimos treinta minutos?

Un grupo en Facebook con 259 mil miembros, llamado “Psicología”, está destinado a “aportar contenidos y materiales informativos acerca de la psicología y todo lo relacionado con ello” en el que “no solo el administrador” sino también los miembros “pueden ser partícipes de esto”. Su descripción informativa ya nos presenta, de entrada, un problema que nos debería de preocupar.

Si nos limitáramos a leer de manera literal lo escrito y hacer alguna inferencia, las cosas no son nada complicadas: un grupo de psicología que distribuye contenido psicológico, en la que puede participar todo mundo, aunque no sean psicólogos. En sí, no hay problema alguno. La cosa se torna complicada cuando leemos de manera sintomal, es decir, cuando se “descubre lo no descubierto”5 a través de una “mirada instruida” al “cambiar de terreno”6. Nuestra lectura, entonces, supone la existencia de “dos textos”, en la que el segundo texto “se articula con los lapsus del primero”7. Dejaríamos de lado tanto el texto manifiesto como la inferencia banal que acabamos de hacer.

Si ponemos atención, es decir, si leemos el texto-síntoma como lo que es, como síntoma revelador de la verdad, podemos proceder de forma introductoria preguntándonos: ¿Qué tipo de aportes y materiales sobre psicología se distribuyen en el grupo? Es algo que no se dice. Para nada pienso que sea psicología crítica, está claro: basta con poner el término en la barra de buscar y los resultados serán nulos; de esto podemos afirmar que la psicología que se distribuye en tal grupo es la psicología normalizadora con facha humanista (aunque no se diga; si hay dudas, lo veremos más adelante), pero ¿por qué ni un rastro de crítica alguna? Otra pregunta que podemos traer a flote: ¿de qué manera, independientemente del contenido psicológico, se está distribuyendo tal material? Veamos esto.

Si ingresamos al grupo (cada uno lo puede hacer dado que es público y no es necesario ser miembro) nos daremos cuenta que los contenidos compartidos no son, en su mayoría, artículos académicos, sino que son contenidos psicológicos traducidos en memes, en frases motivacionales, o en cualquier otra forma (síntoma) que no sea académica, lo que esto indica, es que el saber psicológico se traduce en sentido común, y es en el sentido común en el que se “sintoniza a las mentes”8.

Siguiendo esta línea, diríamos que 259 mil “mentes” se están “sintonizando” a través de lo psicológico. Pero aquí lo psicológico no es la verdad en sí, no es ni siquiera el problema real. El meme o la frase motivadora es una extensión de lo psicológico: el sentido común y la psicología se unen para formar un velo denso, casi infranqueable. La función del sentido común, en este caso, es permitirle a la psicología que se explique más de forma que sea mejor entendida por sus interlocutores. Pero, insisto, la psicología no es la verdad, es un velo formado por ella y su traducción en el sentido común.

No es necesario detenernos de manera profunda en la lógica de la psicologización discutida en los dos ensayos anteriores y en algunos otros. Basta tan solo inferir que cuando la psicología habla y se transforma en sentido común (meme o frase) para “psicoeducarnos”9, no es únicamente la psicología la que habla y se articula en el sentido común, y esto por algunas razones: 1. Cuando invocamos a la psicología tal como la conocemos, partimos del yo como ente autónomo que solo recibe estímulos (eso que se entiende por “social” en las clases de psicología social) que puede moldear a su gusto. Esto es problemático: al concebir al yo como centro de nuestra atención, caemos en un hoyo idealista del que, difícilmente, se puede salir si no “cambiamos de terreno” como nos dice Althusser10. Tal como nos recuerda Marx11, la psicología no hace sino “orgullosamente abstracción” de nuestra vida real, del modo de producción en el que nos encontramos. Lo real desaparece ante nuestros ojos. La psicología habla en nombre del idealismo; 2. Pero este idealismo, no viene de la nada. Es, por el contrario, la posición favorita de la clase burguesa, aquella dueña de los medios de producción, amo del saber-hacer del esclavo, esa clase a la que solo le basta su voluntad o su cerebro para dirigir la producción y disfrutar de la plusvalía. Esto último, la producción de la plusvalía, característica esencial del capital, es lo real que queda oculto en el idealismo, y posteriormente en la psicología.

Entonces, la psicología se convierte en “portavoz”12 de quien(es) le confieren su lugar en la estructura, o como dijimos al principio: se convierte en representante cuando lo que se representa (el capital) no puede salir a la luz como tal. Así, además de estar sintonizadas las mentes de los 259 mil miembros del grupo, a su vez, gracias a la psicoeducación (por encargo del capitalismo), ya son 259 mil psicólogos los que se encuentran en el grupo.

Veamos un ejemplo más claro de esto en el mismo grupo en cuestión. Un ejemplo de cómo la psicología se traduce en el sentido común para reforzar el velo ideológico. Alguien en el grupo publica una imagen en la que versa lo siguiente:

“Paz mental. No puedes controlar las situaciones externas, pero sí puedes controlar cómo reaccionas a ellas”.

Nos encontramos primeramente con una estructura algo llamativa, como si fuera una definición en un diccionario físico o virtual: “Concepto. Definición”. No nos vamos a detener en el “concepto” (paz mental) por cuestiones de espacio y porque podemos hacer una inferencia de esta a partir de la “definición” que se presenta. La frase “No puedes controlar las situaciones externas” nos presenta algo bastante preocupante. Esta oración se nos pone de frente como una orden, una regla, un imperativo en forma negativa, algo que “no podemos hacer” y que, seguramente si lo llegamos a hacer, habrá una sanción ¿por quién? no se nos dice, así como tampoco se nos dice quién formula dicha regla. Además, el hecho de “no poder controlar” implica también, no poder cambiar algo, puesto que, si no hay control sobre ese “algo”, las cosas siguen su curso, siguen sin modificación alguna, sin cambio. El no-control implica un no-cambio.

Hay alguien o algo que se dirige a nosotros de manera imperativa, casi hasta de forma agresiva: “¡No puedes (…)!”. La clave se encuentra en la segunda parte de dicha oración: “las situaciones externas”. Ese “alguien” o “algo” que nos dice ¡No puedes! está en esas “situaciones externas”, es decir, la orden, la regla, viene desde lo externo y no desde dentro del sujeto (como argumentaría Byung Chul Han). Es de las “situaciones externas” de donde proviene la orden, puesto que se nos dice que no las podemos (ni debemos) cambiar, tal vez porque si cambiamos tales situaciones algo malo nos podría ocurrir. Podemos sospechar dos cosas: 1. La orden proviene de aquello que teme ser perturbado o “cambiado”, o 2. La orden la emite el guardián de aquello que no debe ser cambiado. Vayamos más adelante con la última parte.

Pero sí puedes controlar cómo reaccionas a ellas” mantiene la misma estructura imperativa pero ahora en forma permisiva: “sí puedes” hacer esto, pero no lo otro. Lo que sí está permitido es reaccionar a la situación externa, no perturbarlo ni cambiarlo, solo reaccionar, una acción que se queda en el plano individual, puesto que “reaccionar” es una acción propia, intransitiva, que no recae en nadie sino tan solo en uno mismo: solo podemos reaccionar en nosotros, dejando que “la situación externa” nos haga reaccionar quedando esta intacta en su totalidad. Se vuelve a presentar la misma cuestión: ¿Quién(es) o qué está emitiendo tanto la prohibición como el permiso?

Quizá “paz mental” nos dé una parte de la respuesta. La noción de “paz mental” nos lleva a pensar en la psicología, en el psicólogo, en lo psicológico. Es la psicología la que realiza la “definición” (recordemos nuestra llamativa estructura: Concepto. Definición) de lo que es tener “paz mental”. La psicología se dirige a nosotros para decirnos que nuestra “paz mental”, es decir, nuestro estado psíquico sin perturbación alguna, la no-locura, es un mero estado que se adapta y solo reacciona a la situación externa, mas no la intenta cambiar o confrontar, porque le está prohibido: quien intente cambiarla, no tiene paz mental, es un loco que a su vez, perturba la situación externa, “ajena” a él o a ella. Es entonces la psicología, el psicólogo, lo psicológico, lo que está emitiendo las órdenes, el permiso y la prohibición, lo que establece nuestro modo de ser-hacer frente a la situación externa. Pero aquí la psicología funciona como sujeto subordinado, como un peón que cumple una orden que no está explícita ni en el sujeto escondido, ni mucho menos en la frase analizada. La “paz mental” es definida en función de la situación externa que le exige a la psicología establecer que solo se permita reaccionar a ella, mas no cambiarla. No le vamos a dar un rodeo más: nuestra “situación externa” es el modo de producción capitalista.

Es el capitalismo el que necesita una “paz mental” en los sujetos para que estos únicamente reaccionen y se adapten a lo que aquel demande. A modo de hipótesis general y para poder ejemplificarlo con Freud, diremos que “situación externa” fue el desplazamiento perfecto efectuado por su emisor (la psicología) para que quedara oculto quien teme por ser perturbado o sacado a la luz: el capitalismo. Así, en este ejemplo, podemos decir que existió un doble ocultamiento: la psicología que emite de manera (in)directa la orden, explicitada en la frase protegiendo la “situación externa”, y por otro lado, el capitalismo en forma de “situación externa” dando la orden oculta a la psicología. Nadie, ningún psicólogo, se va a presentar diciendo “No puedes cambiar al capitalismo, solo puedes reaccionar a él y adaptarte, así que, estás jodido(a), confórmate con esto”. Nadie nos dirá a quién sirve la psicología realmente. El capital “no lleva escrito en la frente lo que es”13, de ahí que tenga que recurrir, en este caso, a su psicología y quedar, a su vez, inconsciente para esta.

La frase, como traducción al sentido común de lo psicológico, no deja de ser psicología en sí. Pero la verdad de la psicología permanece oculta en su saber, es decir, en su saber enajenado14. Un saber que se sostiene y se produce en el capital.

Comentarios finales

Como los dos ejemplos anteriores, hay bastantes en ese grupo. Para mala suerte de nosotros, existen más grupos de estos, y por lo tanto, son más de 259 mil “mentes sintonizadas” por las lógicas de la psicologización que contribuyen a la perpetuación del capitalismo. Por razones de espacio, no podemos detenernos en más ejemplos, sin embargo, invito a mis lectores/as que hagan su propio análisis.

Lo psicológico no existe y se reproduce solo en 259 mil personas, y esto es lo preocupante. El meme, la frase, los grupos, el mensaje en WhatsApp, quedan atrapados en estas lógicas, que no hacen sino permitir la explotación. Nuestro consumo de estas plataformas plagadas de psicología (y por ende, de capitalismo encubierto por aquella) permite una extracción de plusvalía en la vida real prácticamente sin poner ninguna resistencia.

¿Qué hacer entonces? Para esto, como comunistas, si queremos cambiar y no solo reaccionar, podemos comenzar con romper la mistificación producida en nuestra vida cotidiana, tal como nos lo mostró Freud. Cuando Freud analizó esto, no había smartphones, mucho menos Facebook. Una tarea de nosotros los comunistas en teoría es, por lo menos, luchar contra las concepciones burguesas del mundo15, y esto lo podemos hacer al leer el síntoma expresado en las nuevas plataformas. Al realizar una lectura sintomal, y no literal, impugnamos lo escrito16 y evitamos la reproducción de aquello que el texto contiene, su proliferación en el sentido común, un sentido común que deviene mercantil-capitalista17. Tenemos que (y sí, es casi un deber puesto que las “situaciones externas” lo exigen) impugnar lo que se presenta en la vida cotidiana: nuestra vida cotidiana que, al menos desde el 2020 y principios del presente, se ha llevado completamente en lo digital. Nuestra vida cotidiana ya no es solo un contenedor de funciones biológicas, de rutinas y de lugares, sino de saberes, de producción mercantil y de plusvalor.

Referencias

1 David Pavón-Cuéllar, Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”. David Pavón-Cuéllar, 2015, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2015/11/07/opciones-politicas-del-analisis-textual-en-las-ciencias-humanas-y-sociales-reproduccion-justificacion-impugnacion-y-transformacion-ante-el-eslogan-mover-a-mexico/comment-page-1/#comment-596

2 Louis Althusser, “Prefacio: De “El Capital” a la filosofía de Marx” (1965), En Para leer El Capital (México: Siglo XXI, 1969).

3 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901) (Madrid: Alianza, 2011).

4 Ibíd., pp. 115-120

5 Althusser, “Prefacio: De “El Capital” a la filosofía de Marx” (1965), Op. Cit. p. 33

6 Ibíd., p. 32

7 Ibíd., p. 33

8 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018). p. 53

9 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. Hacia una crítica psico-política (México: Paradiso Editores, 2019).

10 Althusser, “Prefacio…” Op. Cit. p. 32

11 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (1844) (Madrid: Alianza, 2013). p. 184.

12 Carlos Pérez Soto, Sobre la condición social de la psicología (Chile: LOM, 2009). pp. 153-154.

13 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (1867) (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 74

14 Pérez Soto, Sobre la condición social de la psicología, Op. Cit. pp. 154-156.

15 Louis Althusser, La filosofía como arma de la revolución (1968) (México: Siglo XXI, 1974).

16 Pavón-Cuéllar, Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”, Op. Cit.

17 Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común), Op. Cit.

Psique y capital: entre la ficción y la dominación

Pretendo en esta ocasión ofrecerles a mis lectores un ensayo complementario sobre lo que escribí hace un par de meses, es decir, sobre el fetichismo de la psique. Pienso que fue un buen intento acercarme desde Marx y el fetichismo de la mercancía, pero quedé un poco inconforme porque faltaron algunas cosas que solo a través de Freud podemos explicar, aunque como se podrá observar, no es que lo propuesto por Marx dependa de Freud. Me decanto más por los postulados del primero que por los del segundo, pero dada mi influencia académica, no puedo dejar de lado lo psíquico.

El marxismo, que ya es en sí subversivo, no puede ignorar las repercusiones que el sistema actual tiene en la vida individual de los sujetos; de esto Marx estaba bastante enterado. No obstante, limitarnos al marxismo podría, no solo dejar de lado aspectos importantes de las vidas individuales, sino también, nos conduciría a cobijarnos en un dogmatismo que ni Marx o Engels hubieran permitido. Pero también hemos visto, que la subjetividad no se puede abordar desde la psicología (que es mi formación), puesto que esta juega con la parte más superficial de nosotros.

Es por lo anterior, por lo que se ha propuesto, desde el siglo pasado, la articulación marxismo-psicoanálisis. En concordancia con lo mencionado por Reich1 y Vainer2, el marxismo podría darle a la teoría del inconsciente el elemento de la realidad actual, y el psicoanálisis, por su parte, podría dar cuenta de cómo esa realidad se instaura en la vida psíquica. Así, nuestros intentos en este blog pueden aportar (aunque sea de manera incompleta) a la reivindicación de lo que se ha denominado izquierda freudiana, en los que encontramos importantísimos autores del siglo pasado como Reich, Fenichel, Bernfeld, Fromm, Marcuse, etc., así como autores de este siglo, tales como Carpintero, Vainer, Pavón-Cuéllar, Páramo Ortega, entre otros.

El problema de la psique

¿Qué entendemos por “psique”? o más bien, ¿qué nos han enseñado que es la “psique”? Resulta bastante problemático responder a estas interrogantes, pero, increíblemente, hay quienes se han empeñado en contestarlas sin mayor dificultad y sin mayor explicación, entre ellos podemos invocar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro gurú de motivación o coach de inteligencia emocional.

Lo que solemos entender por psique, en el sentido común actual, es bastante simple. Es algo (sin una definición clara) que se encuentra “en la cabeza” (quién sabe dónde, pero ahí está), o que tiene su expresión en la “conducta observable” y por ende, la psique es sin lugar a dudas, objetiva: se puede medir y también se puede evaluar con alguna escala de inteligencia o de depresión, incluso con resonancia magnética. Eso es nuestra psique: una psique individual que tiene por objeto la consecución de tareas abstractas y concretas, algo que de vez en cuando, tal como lo señala Christlieb3, se reúne con otra psique individual para conversar e intercambiar estados emocionales, resultados de pruebas psicométricas, o algún trastorno padecido.

Somos entonces, por un lado, individuos con “algo” (que no sabemos realmente qué es) en nuestra cabeza (que tampoco sabemos dónde está exactamente), que contiene nuestras emociones (?), nuestros deseos (?), nuestro lenguaje (?); y por otro lado, somos individuos “objetivos” porque tenemos una conducta que expresa eso que no sabemos qué es y que no sabemos en dónde se encuentra.

“¡Ese eres tú!” dice el neuropsiquiatra o neuropsicólogo al señalar las zonas cerebrales activadas por algún estado emocional o alguna conducta realizada (suya, por supuesto). ¡Eso es nuestra psique! Un cúmulo de zonas cerebrales activadas, emociones expresadas en conductas y un cierto C.I. que nos dice qué tan inteligentes somos. Así, todo es sencillo. Llegamos a una (absurda, pero bastante consensuada) conclusión: la psique es independiente de lo exterior.

Algunos profesionales del dispositivo psi podrán objetar de manera instantánea: “¡Es que la psique recibe estímulos externos!” Efectivamente, recibe estímulos, pero al considerarlos como tal, como estímulos, es algo pasajero, algo que la misma psique puede moldear a su gusto, desechar con facilidad, y recibir otro estímulo, así una y otra vez, un movimiento circular en el que la psique sigue estando intacta a la luz de lo “externo”4. Esta, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, es la concepción que domina, precisamente, nuestra psique (risa).

Lo que podemos observar en esta descripción de lo que se entiende, comúnmente y en gran parte del gremio académico psicológico (y no psicológico), por lo “psíquico”, es que está estrechamente relacionado con la parte perceptiva consciente, es decir, nuestra psique es la que percibe, la que desecha y recibe estímulos de manera selectiva, a nuestra propia conveniencia. Bajo esta concepción, no es ello lo que elige por nosotros, sino el yo. No es el más allá, sino el más acá. Veremos esto más a detalle.

Ficción del yo

Mucho se ha hablado de que todos tenemos un yo. No hay que complicarnos tanto en este momento para explicar este yo: basta remitirnos a la manera en la que hablamos. Siempre emitimos enunciados en la primera persona del singular, ya sea con un pronombre personal o posesivo: “Mi trabajo es para que yo esté bien”. Nuestro yo es lo que efectúa cualquier acción, tal como lo vimos anteriormente con la psique. En estas conceptualizaciones del sentido común del mundo en el que nos encontramos (aquí nos empezamos a poner más serios) podemos decir que psique y el yo son uno mismo: el yo es lo psíquico y viceversa, un yo consciente.

El que habla en la primera persona del singular produce ciertos efectos psíquicos como emociones y activa ciertas zonas cerebrales que hacen notar que hay algo (quién sabe qué cosa), al mismo tiempo que estas emociones y zonas iluminadas en la resonancia magnética, presentes y accesibles en la consciencia-percepción del yo, hace que se exprese bajo la forma yoica: “¡Ese de ahí soy yo!”. Visto de esta manera, la cosa es muy sencilla y no exige mayor complicación. Es, como ya lo dije, la forma del sentido común para entender-nos como individuos (el uso de esta palabra es provisional).

La cosa se torna complicada cuando alguien introduce un corte en la línea argumentativa de lo que entendemos por el yo, o en otras palabras, es como si algo cortara al yo directamente. Esto ya es en sí, bastante problemático para quienes hasta ahora, habían concebido al que habla en la primera persona del singular como ente independiente con su psique consciente localizada anatómicamente y expresada en actos del habla. Podemos decir, que los que introducen este corte fueron Marx y Freud, pero detengámonos en el segundo.

En efecto, fue ni más ni menos que Freud el que dio cuenta que en este yo consciente que tanto se alaba hoy en día y al que se dirigen los medios de comunicación, las redes sociales, etc., no es lo único psíquico5, y al no ser lo único, entonces, debe haber algo más en la malentendida psique que hasta ahora hemos descrito. Si antes con el yo y su psique estábamos más acá, con el corte freudiano (y marxista) nos posicionamos más allá. Si lo consciente es lo positivo, es decir, lo que está y que podemos ver como tal, debe existir su contrario, su negativo, aquello de lo que no podemos dar cuenta. Existe entonces, lo inconsciente que opera y tiene efectos en y sobre el yo consciente6. Lo que vemos activado en nuestro cerebro cuando somos sometidos a una resonancia magnética o cuando hablamos en la primera persona del singular, es solo una parte de nosotros, sigue siendo lo consciente, nuestro yo, es decir, es el efecto de lo que no se ve.

Es en el yo en el que recaen las acciones no vistas, no percibidas, y por tanto, no es un ente totalmente activo como se piensa, es decir, el yo no vive, es vivido7. Es como si existiera alguien o algo más que nos controla sin nosotros saberlo. En este sentido, el yo queda, de cierta manera, sometido al proceder de lo inconsciente. La psique, entonces, se escinde (si me permiten hacer uso de esta palabra), y por tanto, la verdad del yo tal como lo conocemos se va desplomando.

Con el corte freudiano quedaría claro que no hay un yo absoluto, y que hay “algo” o “alguien” más que ejerce cierta influencia en nosotros, en nuestra manera de hablar, en nuestras acciones (lo veremos más adelante). Incluso sería un poco extraño utilizar el pronombre de la primera persona del plural: ¿realmente somos nosotros los que hablamos? ¿son nuestras las acciones que llevamos a cabo? ¿realmente mi trabajo es para que yo esté bien? Podemos decir que es gracias a Freud que descubrimos la ficción del yo, ese yo con el que la psicología fantasea. El propio Freud nos dice que debemos “emanciparnos” del “síntoma conciencia”8. Como síntoma no representa nada por sí solo, no es la realidad, es algo ficticio, un velo que encubre, en este caso, lo inconsciente.

Es cierto que, gracias al descubrimiento de lo inconsciente, en el sentido freudiano, nos abrimos paso al más allá del yo. Pero también debemos proceder con cautela para no incurrir en el mismo error que se ha cometido en la psicología al concebir lo social como una charla entre psiques (ahora ya concebida como aparato en el que existen sistemas, a saber, lo inconsciente y lo consciente), es decir, como psiques independientes que se juntan de vez en cuando. De ahí entonces que tengamos que partir desde Marx y el marxismo.

Decíamos en líneas más arriba, que algo o alguien ejercía acciones en nosotros de manera inconsciente. Podemos decir que en este inconsciente existe una “estructura pulsional” que ha sido heredada a lo largo del tiempo, es decir, que es constante9. Esto no es falso, por supuesto, pero nos atrevemos a decir que una concepción de lo inconsciente como algo simplemente pulsional, interno y constante sería caer en un error muy grave. A la par de esta estructura constante, se presenta una determinación de las condiciones reales de vida, es decir, de la realidad objetiva de producción; esto es, el mundo social en el que el individuo se encuentra (él/ella y su psique). Esto no es ni siquiera nuevo, ni una idea original de los que podemos ubicar en el freudomarxismo o en la izquierda freudiana. La idea la podemos encontrar directamente en Marx.

Antes de pasar a la exposición de lo anterior, me quiero detener en una parte de un tuit que el multimillonario cínico, Ricardo Salinas Pliego, escribió hace unos días: “…estamos como estamos, porque somos como somos”. Para el lector marxista/freudomarxista, la frase anterior no representará dificultad alguna. Lo que la frase escrita por Salinas expresa es bastante sintomático y es un reflejo de lo que hasta ahora hemos venido desarrollando. Lo que nos deja ver lo anterior es que lo que soy yo determina la situación social actual; no hay que hacer ninguna explicación rebuscada a la frase: estamos así (socialmente hablando) porque somos (del ser, del yo) así, o en otras palabras más sencillas: el yo antecede a lo social. Si nos ponemos freudianos, podremos decir que hubo algo de su inconsciente que se manifestó en esa frase. Pero la pregunta que nos queda ¿qué clase de inconsciente es? ¿el freudiano lleno de pulsiones? Esta es una respuesta que no se puede dar desde el psicoanálisis.

Marx, en conjunto con Engels, responden a las preguntas formuladas anteriormente: “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”10. Si en vez de “conciencia” remplazáramos por aparato psíquico, la cosa no cambia, es solo una modificación conceptual para adecuarla a lo que hemos venido trabajando. En este sentido, lo inconsciente explorado por Freud, quedaría también determinado, en última instancia, por la vida real, por el modo de producción. Lo inconsciente ya no sería únicamente pulsional, sino también social. Esto no quiere decir que sea un inconsciente compartido por todos y todas, sino que más bien, al estar determinado por lo social, por la vida real, se piensa, se habla, se bromea, se olvida de cierta manera que responde a los intereses del mundo actual.

La cita de Marx y Engels, si la consideramos de manera aislada, no tiene mayor dificultad. El problema es que, esa vida a la que se refieren ambos, es la vida de producción capitalista, del capitalismo. El yo consciente y lo inconsciente, pasan a formar parte de la estructura real, o mejor dicho, pasan a formar parte de la superestructura. La ficción aquí no se ha ido, pero le hemos concedido otro valor más importante. La ficción de la que hablábamos anteriormente se limitaba al nivel individual: un yo que era pura ficción porque su verdad se hallaba en lo inconsciente. Ahora, la fórmula conserva su esencia pero con una adición: el yo ficticio como efecto de lo inconsciente y lo inconsciente propiamente, son incluidos en el todo social. Ahora el yo como efecto del inconsciente, deviene en el síntoma perfecto, puesto que encubre dos cosas en una sola: el inconsciente pulsional del que no da cuenta sino a través del síntoma neurótico o de los lapsus, y lo social que también tiene efectos sobre lo inconsciente, manifestándose entonces, como actividad del habla en la forma de la primera persona del singular, sea en pronombre personal o posesivo. Si pudiéramos expresarlo resumidamente y de manera puramente provisional y quizá erróneamente, quedaría más o menos así:

Capitalismo →|(Icc: P-R-NR) →/ Yo consciente(FP)|

Siendo Icc lo inconsciente, P lo pulsional, R lo reprimido, NR lo no reprimido; las flechas indicarían el efecto sobre lo posterior. La diagonal (/) que se encuentra después de la flecha que va hacia el yo consciente responde a la ficción que hemos venido enfatizando desde el corte freudiano, lo que a su vez, da como resultado lo ya analizado anteriormente y que denominé como la producción del fetichismo de la psique representado por FP (entendida la psique como en la primera parte de este escrito y lo criticado líneas más arriba). Las barras laterales en vertical (||) que comprenden del Icc al yo consciente, representa la noción de sujeto, que veremos más adelante.

El problema de “dónde” podemos encontrar a la psique se ha esclarecido en gran medida. Primero, con el corte hecho por Freud, entendemos que lo que hasta ahora se ha conceptualizado por psique o psiquismo, no es sino una parte sintomática, puesto que hacía referencia exclusivamente al yo consciente. Segundo, y esto resuelve la duda principal sobre el “lugar” de la psique, decimos que aun incluyendo lo inconsciente como parte de lo psíquico, estos no pueden ubicarse dentro del individuo en un sentido restringido o exclusivo, y por lo tanto, lo psíquico es social, está fuera de nosotros, y no dentro. Si es necesaria una aclaración, sería únicamente para decir que no estamos diciendo que lo psíquico se encuentra en un lugar propiamente tópico ubicado fuera de nosotros. Frente a cualquier interpretación idealista de lo anterior, sostenemos junto con Marx que la psique es práctica11, determinada por el modo de producción: desde el momento de nacer, nuestro psiquismo se irá determinando por la clase de nuestra familia, por la división del trabajo, por cuánto gane el padre o la madre; no venimos al mundo con una cabeza aislada que se constituye por sí misma. Lo psíquico es el resultado de las condiciones de existencia, y al mismo tiempo, el “individuo” psíquico puede modificar sus condiciones dentro de los límites dados por la sociedad capitalista, llegando así a una reproducción de lo psíquico capitalista y el capitalismo simultáneamente.

Volviendo al ejemplo de Salinas Pliego, vemos entonces que su posición social, es decir, su posición en la producción capitalista, a saber, dueño de Grupo Salinas, el segundo hombre más rico de México, determina su yo consciente, ese que escribió esa parte del tuit que revisamos anteriormente. Aquí ocurren dos cosas. En primer lugar, en tanto psique práctica, es decir, un psiquismo determinado por las condiciones reales, deja ver su posición en la división del trabajo bien explicada por Engels12, al pensar que bastaría con lo cambiar lo que somos para cambiar las condiciones actuales o que todo sería producto del ejercicio intelectual o de los axones, somas y neurotransmisores. Segundo, se fetichiza lo psíquico, pero esto último entendido como en la primera parte de este texto, a saber, lo psíquico conocido, lo consciente, lo yoico: es gracias a la cultura de la psicología, de su saber, que permite reforzar este fetichismo. Como es sabido, el yo siempre será un orgulloso, pero en su orgullo estriba su ignorancia de lo real, de la determinación por el inconsciente, y en última instancia, por el capitalismo.

La manera de expresarse de Salinas puede ser examinada por el psicoanalista, siempre y cuando este tenga presente que no es únicamente el inconsciente (freudiano) lo que se manifiesta en el habla común. Su expresión “estamos como estamos porque somos como somos” no es exclusivamente síntoma de un inconsciente puramente pulsional, sino social y económico.

De la ficción a la dominación: del yo consciente al sujeto capitalista

Ya adelantamos que la psique, desde el punto de vista marxista-freudiano, no puede ser sino un producto de las condiciones reales de existencia que el yo no puede percibir sin los elementos necesarios, es decir, en las condiciones dadas para él o ella. El problema es que esta ficción no nos lleva a otra cosa que al sometimiento y dominación de todos y todas por el capital.

Si decíamos que el individuo-yo es el síntoma perfecto puesto que se halla producido por y en el capitalismo, ya no hablamos entonces de un individuo, porque no es alguien aislado; hablamos entonces, de un sujeto, un sujeto interpelado, como nos recuerda Althusser13. La interpelación que se le hace al sujeto no es más que una orden para adquirir una identidad necesaria (pero falsa) para el capital, es decir, la interpelación ideológica “proporciona-solicita los documentos de identidad al interpelado”14. En un movimiento particularmente interesante esta interpelación produce un efecto-inconsciente15, aunque con esto no quiera decir que produce el inconsciente como tal, es decir, no es la génesis del inconsciente propiamente, sino que más bien, es una articulación, y a su vez, ese inconsciente produce el desconocimiento del sujeto interpelado porque existe en lo “vivido” del discurso ideológico16. Luis Pablo (o sea yo) ya está interpelado en el capitalismo desde el momento de su nacimiento, produciendo así un efecto-inconsciente que se articula con mi discurso ideológico y mantiene ciertos efectos a su vez en ese discurso. Podría decirse, que uno queda preso del capitalismo y de lo inconsciente. Uno se convierte en sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, y sí, la única distinción que habría entre nosotros, todos sujetos, es la clase en la que uno se encuentra determinado: proletario o burgués, aunque como sabemos, y como nos lo recuerda Fenichel17, el yo consciente del primero casi siempre se parece, en sus valores, al segundo, puesto como ya lo adelantaba Marx y Engels: las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en la sociedad18.

El sujeto (siervo del capitalismo y de lo psíquico producido en este sistema) no podrá dar cuenta de su condición de sujetado. Esto es así porque, es un hecho que cada vez más, como lo dijimos anteriormente, los medios de comunicación, las redes sociales, los comerciales, las frases como la de Salinas y otros, todo eso, se dirigen siempre al yo e indirectamente a lo inconsciente, reforzando así el lugar que teníamos asignado desde nuestro nacimiento. Asegurado todo por el capitalismo, quedamos en un total desconocimiento.

La ficción del yo lleva consigo la condición necesaria para que exista la dominación. Lo único que está sucediendo es una reproducción incansable de lo psíquico entendido como lo consciente y lo yoico, tal como sucede en el movimiento circular vicioso del capital19. Las repercusiones son claras. El yo, ahora sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, se encuentra encerrado en su sentido común y psicológico que presume inocente y suyo, sin mayor dificultad. Es un ser, pero no siendo. Un siervo que lo tratan como de la familia real para que no se vaya de ahí. Su deseo no es su deseo, su emoción no es suya, su lenguaje no es suyo: son todos del capital. Volviendo a la frase de “Mi trabajo es para que yo esté bien”, en la realidad, significaría todo lo contrario: no es mi trabajo, sino el trabajo que necesita el capitalista, y no es mi vida la que estará bien, sino la vida del vampiro capitalista. Está por demás decirlo, pero es necesario: el sujeto capitalista no sabe que es sujeto capitalista. Es decir, el hecho de que demos cuenta que existe un psiquismo capitalista, no cambiaría mucho la cosa, puesto que los que están en el poder no irán por la vida diciendo que es un psiquismo capitalista; de ahí que recurran a la fetichización.

El fetichismo de la psique producido por el discurso ideológico, por la palabra del yo consciente, reforzado por la psicología, la psiquiatría, las resonancias magnéticas, los gurús de motivación o inteligencia emocional, impide la revolución, impide la toma de conciencia de clase, puesto que la única conciencia existente es la psicológica y capitalista: aquella que promete bienestar virtual pero en la realidad genera miseria.

Comentarios finales: marxismo y psicoanálisis

Lo que aquí se escribió no es sino un complemento a lo ya expuesto en otro lado20, quizá hasta repetido. Pero lo más importante que se puede rescatar es lo ya iniciado hace un siglo: el freudomarxismo o la izquierda freudiana. Tal como lo menciona Páramo Ortega21, los primeros freudomarxistas fueron los propios Marx y Freud. Y es que, por más divergente que pueda parecer su pensamiento, ambos se compenetran. Esta compenetración es la que necesitamos hoy. Por un lado, pienso que el marxismo, por sí mismo, es de fácil acceso para la clase proletaria, lo que implica una gran ventaja para todos y todas, ya que nos lleva inmediatamente a comprender el todo social y el mundo en el que vivimos; por el otro lado, el psicoanálisis pienso que se ha encerrado en su burbuja muchas veces (una característica de los burgueses, a saber, formar una élite en la que solo entran unos cuantos), negando así, el acceso a su comprensión, otras veces siendo reaccionario y por ende, a su poca aceptación en el marxismo. Pero tacharlo de burgués no es sino descartar el potencial crítico que tiene consigo, e incluso, tacharlo con ese adjetivo sería de lo más infantil. La sensibilidad política y teórica marxista puede darle eso que le falta al psicoanálisis, pero también este, tiene mucho para ofrecernos a los marxistas, eso que a veces se nos ha escapado. Así, en acuerdo con Pavón-Cuéllar22, el psicoanálisis puede convertirse en un medio para el marxismo, un medio para la revolución, para la subversión en el sistema, tanto a nivel individual como social.

Referencias

1 Wilhelm Reich, Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1934) (México: Siglo XXI, 1986)

2 Alejandro Vainer, “Introducción”, en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009)

3 Pablo Fernández Christlieb, “Todos los psicólogos sociales: recapitulación de cuatro o cinco décadas”, Athenea Digital 19, núm. 1 (2019): 1-25.

4 Escuchado en una conferencia dictada por David Pavón-Cuéllar: https://www.youtube.com/watch?v=s6jGb0LtbSM , min. 20.

5 Sigmund Freud, El yo y el ello (1923) (Madrid: Alianza, 2012). pp. 10-11.

6 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p.245

7 Freud, El yo y el ello (1923), Op. Cit. p. 22

8 Freud, “Lo inconsciente” (1915), Op. Cit. p. 274

9 Otto Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). pp. 224-225.

10 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

11 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012). p.35-39.

12 Friedrich Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Manifiesto del Partido Comunista. Ideología Alemana., Karl Marx y Friedrich Engels (México: Colofón, 2008)

13 Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

14 Louis Althusser, “Tres notas sobre la teoría de los discursos” (1966), en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996). p. 121.

15 Ibíd., pp. 121-125

16 Ibíd., p. 124.

17 Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), Op. Cit. p.228

18 Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, Op. Cit. p. 71

19 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

20 https://versuslapsicologia.mx/2020/12/14/la-psicologia-no-lo-sabe-pero-lo-hace-del-fetichismo-de-la-mercancia-al-fetichismo-de-la-psique/

21 Raúl Páramo Ortega, “Otto Fenichel: clásico del psicoanálisis y pionero de la izquierda freudiana” en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009) p.36

22 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

Mundo Psicologizado

Advierto a mis lectores que este es un texto “distinto” en cuanto a formato. No tuve ganas de citar esta vez porque mucho de aquí, se ha dicho en anteriores ensayos con sus respectivas citas, lo que claramente indica que aquí no se expone nada nuevo; pero como dice Freud: “Nada nuevo habremos de decir [aquí]; tampoco evitaremos repetir lo ya expuesto en otros lugares”. Por tanto, esto no me impide, claro está, que retome las ideas de quienes han ejercido gran influencia en mis palabras.

Imperio psicológico

Es un hecho que todos y todas conocemos algo de psicología. Sabemos, hasta cierto punto, de qué trata la psicología, incluso, forma parte de nuestro día a día. Nuestra normalidad se ha convertido en normalidad psicológica. Pero es esta normalidad lo que me preocupa y debería preocuparnos. No es raro, entonces, que mientras caminemos, nos encontremos demasiadas personas expresándose en clave psicológica: “¡Me siento estresado!” dice el oficinista; “¡Este día está para deprimirse!” exclama el adolescente después de hacer tareas escolares; “¡Tenemos que ser resilientes!” dicen papá y mamá ante una crisis económica. Es como si la psicología estuviera por todos lados, como si nos acompañara hasta cuando no queremos compañía. Esta es mi preocupación: la psicología está dominando nuestras vidas.

A este dominio ejercido por la psicología se le conoce como psicologización. A simple vista, no parece tener ningún efecto, incluso, parece inofensivo. Sin embargo, como veremos más adelante, esta psicologización de la vida tiene grandes consecuencias en nuestro ser y hacer. La psicología ejerce un efecto imperialista al abarcar zonas que parecían inabarcables por ella. Y cuando hablo de psicología, por supuesto, me estoy refiriendo también a los psicólogos. Somos los psicólogos los que contribuimos a esta psicologización. Sin embargo, y recurriendo a la fórmula marxista, no lo sabemos, pero lo hacemos.

Veremos, además, que esta psicologización no surge de la nada. Es decir, la psicología es simplemente un velo que encubre otra cosa, que mantiene parcialmente oculto algo que, por su misma “naturaleza” y constitución, es preciso ocultar. Esto oculto, sin embargo, es lo que atraviesa y sostiene a la psicología: la constituye y le marca el camino que ha de recorrer. En otras palabras, la psicología se convierte así en un síntoma de la verdadera enfermedad.

Psicologización de la vida

El psicólogo crítico en Bélgica, Jan De Vos, cuyos aportes son imprescindibles para una crítica a la psicología, nos ha advertido ya que todos somos, prácticamente, psicólogos en potencia. En otras palabras, todos nos estamos convirtiendo en psicólogos(as) sin haber pisado un aula o una facultad de psicología. Se nos está enseñando a reconocernos a través de la psicología; es como si usáramos unos anteojos graduados por la psicología para ver y formar nuestras vidas alrededor de lo psicológico.

Como lo mencioné líneas más arriba, no es raro escuchar a personas que se expresen con los términos utilizados por los psicólogos: “trastorno”, “depresión”, “border”, “resiliencia”. Hay un sinfín de palabras originadas en la psicología que tienen bastantes efectos en nuestras vidas; veamos esto más de cerca. Al reconocernos a través de lo psicológico, al hablar y adoptar los términos de los psicólogos, dejamos de ser lo que somos; dejamos de ser uno con los otros para pasar a ser un “yo”, un “yo psicológico”, individual, autónomo, con libertad. Si queremos ser más radicales, podemos decir que nuestro ser, nuestra persona, ya no nos pertenece realmente, sino que le pertenece al saber de la psicología. Nos encontramos en una enajenación completa. Nos convertimos en extraños en nuestro reconocimiento a través de la psicología. Sin embargo, como habré de reflexionar más adelante, no es que nuestro ser social (puesto que todos somos seres sociales desde nuestro nacimiento) y lo propiamente social, es decir, la vida misma, se extingan, sino más bien, quedan difuminados. Queda, como ya habíamos adelantado, oculto tras el velo de la psicología.

Decíamos: la psicologización no surge de la nada. También habíamos dicho que hay algo que atraviesa a la psicología de extremo a extremo. Y si hay algo que atraviesa y sostiene a la psicología, es porque eso es más poderoso que aquella. Esto que sostiene a la psicología es el capitalismo. Veremos más detallado lo anterior.

Capitalismo y su psicología

No es que la psicología funcione de manera autónoma. Ni ella misma es lo que nos promete, esto es, libre. La psicología cumple dos funciones contradictorias: ser parte del engranaje que echa a andar la máquina capitalista y, por otra parte, ocultar esta misma función y a la máquina misma. El filósofo mexicano y marxista David Pavón-Cuéllar ya había adelantado esto: la psicología cumple funciones específicas para que el sistema no caiga, para que se mantenga estable y funcional.

Como sabemos, el capitalismo pinta todo de rosa, pero en realidad, no es más que un sistema deshumanizador que todo lo traduce en valor de cambio, en ganancia, todo tiene que generar un excedente a costa de esta deshumanización, de esta enajenación de la vida al ser explotados (eso que Marx llamó “plusvalía” y que es tan vigente como hace casi dos siglos). Y es que, precisamente esto queda oculto por la psicología: al reconocernos como sujetos psicológicos y no como lo que somos realmente, a saber, explotados, la clase explotada, el capitalismo puede seguir produciendo riqueza a través de un movimiento infinito e incansable de explotación. Este movimiento tiene que preservarse para que los bolsillos sigan llenándose. Es por esto que el capitalismo tiene que recurrir a sus mejores herramientas para asegurar su existencia, para perpetuarse y perpetuar la ganancia.

La psicología, entonces, es la herramienta perfecta para el capital. Lo es, como hemos repetido, porque nos hace ver lo que está permitido ver. Nos hace ser lo que está permitido ser. Desde el momento en que nos nombramos “depresivos”, “estresados” o “ansiosos”, difuminamos la realidad misma, a saber, la realidad que explota y genera ganancias para unos cuantos. Es más fácil y conveniente para las fábricas o cualquier otro lugar de trabajo, que sus trabajadores enfermen de “depresión” o “ansiedad”, porque así pueden recurrir a todo el tratamiento psicológico para aliviar el malestar. Como dijimos al principio: el problema está en que lo psicológico es solo un síntoma, la enfermedad es el capital, es el vampiro que nos arrebata la vida día tras día.

Al psicologizarnos, al dejarnos psicologizar, le estamos dando un territorio más al capital para que sea explotado. Digámoslo claro: al psicologizarnos nos convertimos en ignorantes, en toda la extensión de la palabra. Lo somos porque nos importa un carajo lo que le pase al vecino, al campesino explotado, al oficinista estresado. No nos importan porque solo nos importamos nosotros mismos en nuestra (supuesta) individualidad. No hay sentido de comunidad, no hay solidaridad verdadera puesto que siempre está de por medio la ganancia, el beneficio. Si el capital es una cosa muerta que vive gracias a nosotros, no esperemos que de la psicología emanen fuerzas vitales. El capital es psicología, y la psicología es capital. Nuestra autonomía es nuestra desdicha; nuestro yo es pura ficción. Nuestro mundo psicologizado no es nuestro mundo, es del capital.

Marx y Freud ante la psicologización

No hay salida de la psicologización por la misma psicología. Tenemos que buscar en otro lado. La salida es por otro lado, aunque a veces no la podamos reconocer: Marx y Freud. Por un lado, Marx nos otorga la llave para salir del capitalismo. Hace poco tuve la oportunidad de leer un comentario de un usuario en Facebook que versaba más o menos así (no recuerdo muy bien): “la genialidad de Marx no encaja en el cerebro de los vulgares”. Una frase muy cruda, pero cuánta verdad contiene. En efecto, las ideas marxianas y marxistas abren la posibilidad de otro mundo, y al referirme a sus ideas en general, hablo también de esas ideas “psicológicas” y no solo de la crítica al capital. Es por eso que Marx resulta tan peligroso, porque su legado no está limitado a lo “económico”. No entraremos a detalles a sus ideas puesto que en este espacio se han expuesto en compañía con otros marxistas.

Freud, por su parte, ofrece una salida más “rápida” y visible de la psicología. Al dar cuenta de lo inconsciente, queda destruido el sujeto psicológico, el yo psicológico, supuestamente autónomo e individual. Ya no es el sujeto psicológico consciente el que habla y el centro de nuestra atención, sino todo aquello que había desaparecido al concebirlo como individuo autónomo. Solo a través de Freud podemos saltarnos la represión impuesta por el capitalismo.

Me parece bastante irrisorio los que han dicho que Marx y Freud están superados. Irrisorio porque, sin meternos a sus detractores reales, hay quienes están constantemente “revisándolos” para tratar de anexarlos a sus filas, “digiriéndolos” para que no les caiga de peso. Es más, hay quienes han tomado sus ideas sin darles un gramo de crédito. Hasta los más posmodernos han tomado aportes de Marx, incluso de Freud. No hay crítica sin hacer paradas en Marx y Freud. Como ya lo había dicho en el artículo anterior aunque refiriéndome específicamente a Marx, es como si estos revisionistas se administraran unas buenas dosis de ideología para protegerse contra cualquier peligro.

La única oportunidad para derribar el imperio del capital y su psicología es a través del bombardeo marxista y freudiano. Así sin más.

Comentarios finales

Nunca me ha gustado dar una conclusión. Es más, siento que durante todos mis textos voy concluyendo desde el principio. Y es que la conclusión será siempre deshacernos de la psicología a como dé lugar. La conclusión será siempre oponernos al capitalismo. Concluiré siempre diciendo que necesitamos crítica: crítica en nuestras aulas y crítica en las calles, no importa qué forma tome esta. La necesitamos. No habrá nunca una conclusión; no hemos terminado.

Enfermedad Marxista

Antes de comenzar, tengo que ofrecerle una disculpa a mis lectores, nuevamente, por usar un título que puede confundir a primera vista, pero intentaré disipar tal confusión sobre la marcha en este breve texto.

Dado que estamos en tiempos pandémicos, presiento que existe a la par de la COVID-19, una nueva enfermedad que se está desatando y que puede abrir paso a replantearnos (realmente y sin apariencias) nuestro modo de vida. Podemos iniciar concluyendo que vivimos en una sociedad con lógicas que enferman a los sujetos, si entendemos la enfermedad en el sentido más reducido y común posible: lo que nos hace daño, lo que nos mata rápida o lentamente, lo que tenemos que prevenir con medicamentos para su control. Pero inmediatamente entramos en una contradicción tan evidente para algunos pocos: esta sociedad insana (como la llama Fromm[1]) se presenta como la más sana de todas, como la única sociedad en la que puede existir el humano, en la única en la que se concibe como persona “sana”. Y es que precisamente esta presentación como “lo más sano de todo”, crea un efecto ilusorio en el que lo dañino, lo mortífero, “desaparece”, y desaparece para hacerse más fuerte, para agravarse, para desatenderse.

En este sentido, me propongo dos cosas, pero antes, necesito hacer unas aclaraciones. Primero, me siento obligado a hablar como psicólogo en esta ocasión, a saber, casi como un “técnico” que ofrece un diagnóstico. Me siento de esta manera porque pienso que puede ser una oportunidad para devolver la fuerza psicologizadora contra su mismo origen: la psicología y el capitalismo; apoyarme en esta lógica psicologizadora del diagnóstico serviría, a su vez, para intentar criticarla disimuladamente. También es preciso manejar el lenguaje del diagnóstico para que, si existe algún psicólogo o psiquiatra mainstream leyendo esto, se sienta familiarizado, aunque sinceramente no espero nada de ellos, ni espero y tampoco me importa que cambien su postura y mucho menos están dirigidas a ellos mis palabras en este momento. Estoy casi seguro que, como Parker[2], ya a muchos y muchas no nos interesa buscar un cambio en la psicología misma, sino más bien, únicamente criticarla para incomodar lo más que se pueda: tanto al capital como a su psicología; de ahí que busquemos otra cosa. Por otro lado, aunque esté por demás decirlo, lo presentado aquí es pura analogía, sin afán de distorsionar lo que aquí nos compete: el pensamiento marxista como elemento necesario para pensar en otra sociedad.

Entonces, estas breves palabras tienen un doble sentido: primero, hacer un “diagnóstico” en sentido marxista de nuestra sociedad excesivamente sana (pero enferma): su funcionamiento sano, sus personas sanas, sus profesionales que mantienen esta salud [mental] normales, etc. Y por otro lado, deseo explicar la enfermedad que aterra a esta sociedad; es una enfermedad que ni los psiquiatras o psicólogos más empedernidos en sus áreas tuvieron el tiempo de incluir en sus manuales diagnósticos. Lo curioso de esta enfermedad es que puede manifestarse mentalmente o de manera física: es por esto que se les escapó a los profesionales de la salud que ejercen a favor del capital. Son tan amplios sus síntomas que se convierte imperceptible. Puedo decir que esta “enfermedad” es el mismo marxismo, o parafraseando a Pavón-Cuéllar[3]: es una sana “enfermedad”. Es lo más anormal que se podrá encontrar en nuestra normalidad, lo más inquietante en la supuesta quietud en la que vivimos y pretenden mantener.

Capitalismo Sano

Tal como sugiere el subtítulo, pareciera que nos encontramos en un sistema sano. Y sí, probablemente es sano en la medida en que se tenga que enfermar todo lo vivo en el globo para que tal sistema exista y funcione. Nuestra sociedad capitalista está excesivamente sana, es decir, funciona de “maravilla”. Pero ¿cómo es su funcionamiento? Su proceder tiene que ser eficaz y no puede haber cabida para la enfermedad (¿no es el capital, en sí mismo, la enfermedad?). Detengámonos brevemente para hacer un diagnóstico marxista de nuestra sociedad (in)sana.

Plusvalía sana

Existe cierto consenso para que todo aparente ser normal, vamos, para que todo funcione. En primer lugar, la normalidad o la salud en el capitalismo equivale a la exagerada producción de mercancías, de la cual, lo único bueno que puede extraerse es el valor de cambio y, obviamente, la plusvalía. Es esta última lo que hace que nuestro sistema sea excesivamente sano. Nuestra sociedad se caracteriza por estar motorizada por la ganancia, por el excedente, por el ganar más y más. Lo sano es la destrucción de cualquier ecosistema a costa de obtener el plusvalor, lo sano es el sometimiento físico e ideológico de los sujetos a fin de que estos sean los que produzcan dicho excedente. Pero lo verdaderamente interesante en este sistema sano es que, para que exista una producción de plusvalía de manera normal y sana, debemos desconocer su origen. La plusvalía que funciona en el capital es la que se oculta, y sí, hablar de plusvalía oculta ya es redundante. De ahí entonces que podamos decir, junto con Marx[4] y Debord[5], que nuestra sociedad es una sociedad del fetichismo y del espectáculo: ¡Fetiche y espectáculo completamente sanos!

Personas sanas: Capitalista y Trabajador

Tenemos dos tipos de personas sanas en [y para] el capitalismo: el que tiene los medios de producción y que compra la fuerza de trabajo, y el que no tiene dichos medios y, por tanto, tiene que vender su fuerza de trabajo al primero [6]. La salud del primero, radica en el acoso del valor[7], es decir, en su obsesión “incansable de ganar” a través de la valorización del valor [8]. Si no estuviera motivado para ganar, estaría entonces enfermo, desviado de la campana capitalista de Gauss. Sería preocupante para el sistema que lo acoge. Desde el momento en que pone en movimiento su dinero, lo lanza a la circulación, se convierte en la persona más sana de todas. Es más, puesto que “su bolsillo es el punto de partida y el punto de retorno de su dinero” [9], y este dinero se incrementa, se valoriza, se puede pagar mejores condiciones de salud: se convierte en una persona con exceso de salud. Parafraseando a Marx, esta persona, el capitalista, puesto que se encuentra con exceso de salud debido al excedente económico, puede sobrevivir más en este sistema que la segunda persona que estamos a punto de describir: el trabajador [10]. El capitalista se perpetúa y perpetúa su ganancia. Se convierte, por así decirlo, en [casi] todopoderoso. Esta es su condición normal, es lo más normal en esta vida (si es que esta sociedad en la que nos encontramos es realmente vida), es su estado más “saludable”.

La segunda persona sana en y para el capitalismo es el trabajador. El trabajador es un pilar en nuestra sociedad capitalista para que esta se mantenga sana. A diferencia del capitalista, el trabajador tiene ciertas características que dejan ver su normalidad en el sistema, o mejor dicho, características que le permiten funcionar y catalogarlo como sano. Como ya adelantamos, en primer lugar, el trabajador no es poseedor de mercancías para vender y obtener un beneficio de dicha venta, lo único que posee es su capacidad de trabajo, su habilidad física y mental, vamos, su fuerza de trabajo[11]. Pero veamos más de cerca esta situación. Solo puede estar sano si produce para otros, es decir, si se [le] enajena[12]. El trabajador para estar sano en nuestro sistema sano, debe sentirse extraño, ajeno a sí mismo y lo que produce, debe renunciar a eso producido por sus manos. Para estar sano, el trabajador debe “producir maravillas” para los capitalistas y al mismo tiempo “privarse” de estas[13]. Solo es una persona sana si es comprada por otro, por el capitalista. Vamos más adelante con nuestro intento de diagnóstico marxista.

Podemos agregar un tercer tipo de personas sanas: los que mantienen al capitalismo como hasta ahora, esto es, sano. Estos últimos sacan a relucir todo su arsenal técnico y teórico para que nada se salga de la norma, para que nada ni nadie enferme. Aquí podemos encontrar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro psicoanalista. Estos se encargan de que el trabajador no se dé cuenta de que está siendo explotado, y en caso de que empiece a percatarse de ello, en caso de comenzar a enfermarse, darle una alta dosis de medicamento ideológico para que siga funcionando. Por otro lado, estos mismos técnicos del capital, cuidadores del capitalista y del trabajador, se enfrentan a un fenómeno interesante ya analizado por Pavón-Cuéllar[14]. Pongámoslo con un ejemplo cotidiano. Todos sabemos que mantenemos cierta temperatura corporal al día, sin embargo, durante ese mismo día podemos sufrir pequeñas variaciones en dicha temperatura. Estas pequeñas variaciones es un alejamiento simple y nada llamativo de la temperatura normal; o como les gusta decir a los que manejan la estadística, “no representa diferencia significativa”. Lo mismo sucede con este fenómeno, es decir, existe un “pensamiento crítico capitalista-neoliberal” [15], o sea, que de cierta manera este pensamiento causa incomodidad al estado normal de las cosas, pero termina por desvanecerse, termina por ser irrelevante en cierto sentido. Tal es el caso de Han, quien se ha limitado a describir al sujeto neoliberal y al mismo tiempo olvidarse de lo que subyace a este sujeto, reproduciendo al mismo tiempo el orden de las cosas (toda esta explicación, en donde se aborda a otros “críticos neoliberales” es expuesta claramente por Pavón-Cuéllar en la obra citada anteriormente, el lector puede recurrir a ella si desea indagar más). Estos mismos críticos están tan sanos como los primeros descritos líneas más arriba.

Enfermedad Marxista

Como vimos, estamos totalmente sanos a los ojos del capital. Pero resulta que este último es tan tonto que su obsesión por mantenerse sano lo ha traicionado. Ha dejado espacio libre para que una enfermedad lo ataque hasta el fondo y amenace con matarlo: el marxismo. Podemos hablar que la contraparte de la salud capitalista se encuentra en la enfermedad marxista. Lo más curioso de todo, es que el mismo estado normal y sano del capitalismo, creó su peor enemigo, creó su propio fin, cavó su propia tumba [16] La enfermedad marxista es aquella que se ubica en un extremo bastante alejado de la normalidad capitalista, de la salud del sistema. Al igual que la enfermedad freudiana, la enfermedad marxista toca fibras sensibles y fundamentales del capital [17] de tal manera que el sistema inmune capitalista quede rebasado y destruido totalmente. Mientras la primera ataca primordialmente la cabeza, la segunda, sin limitarse, ataca a todo el organismo. Sin embargo, esta enfermedad marxista tiene efectos totalmente distintos en las personas descritas anteriormente.

A los capitalistas, esta enfermedad les causa asco, la repudian, no la toleran, no pueden lidiar con ella. Les causa dolor excesivo, mareos ideológicos, les amenaza con quitarles lo que robaron para mantenerse sanos, los mantiene sin posibilidad alguna de cura ni siquiera con oportunidad de alejarse del centro, y es que, en cuanto salen del lugar que les permite vivir, esto es, del capitalismo, mueren al instante. En los trabajadores sucede lo contrario. No tienen ninguna reacción. Es más, creo que los hace más fuertes en el momento en que la contraen. La salud en la que vivían realmente les perjudicaba, esa era la realidad. Más bien, estaban tan sedados por el medicamento con bastantes gramos de ideología, que tal estado les hacía creer que era su condición real, su estado sano. En el tercer tipo de personas, pueden ocurrir dos cosas: lo mismo que a las primeras, es decir, causarles bastante malestar, o por el otro lado, permitirles reconectarse con lo real, es decir, con la explotación de la segunda persona descrita y las operaciones (i)lógicas del capitalismo.

Hay quienes ya nos contagiamos de la enfermedad marxista, y como lo mencioné, no hay marcha atrás, no tiene cura. Ventaja para nosotros, crueldad para los capitalistas. La enfermedad marxista tiene sus síntomas. Los síntomas benefician al sujeto trabajador que contrajo tal enfermedad: permite su expresión, permite la expresión de su marxismo, de la vida real y no enajenada. Hay quienes lo hacen protestando por derechos, otros lo hacen desde la militancia y el trabajo de base, otros publicando en redes información importante, otros lo hacemos escribiendo siguiendo los pasos de Marx y Engels y otros marxistas escritores, otros desde el consultorio, otros desde el propio trabajo en general, otros desde casa al rebelarse a sus padres, otros en la escuela al cuestionar a sus profesores. De esta y muchas otras maneras se manifiesta la peligrosa enfermedad marxista, esa que pone en peligro la normalidad de nuestro sistema actual.

Enfermarnos de marxismo es también una advertencia para nosotros mismos, es decir, es lo que nos dice que el rumbo que estamos tomando, o que han tomado por nosotros desde siempre, ha sido siempre el incorrecto, ha sido el que lleva a la ruina todo lo que toca, la vida misma. Es una advertencia por habernos acostumbrado a una falsa salud, a la salud del capitalismo. Y el hecho de llamarle “enfermedad marxista” es porque el sistema capitalista así lo considera: una enfermedad, algo que perturba la normalidad de los sujetos sometidos en este sistema, algo que perturba a los bolsillos de los capitalistas.

Comentarios finales

Quiero cerrar citando a Pavón-Cuéllar[18] aunque complementando un poco: “Habría que enloquecerse [o enfermarse de marxismo] […] para curarse de la patología de la normalidad* [o del capitalismo excesivamente sano]”. No hay salida del capitalismo más que por la puerta del marxismo [19]. Esto es por una única razón: la sociedad actual, con su sana avaricia, amenaza con la aniquilación de todos, de todo lo que conocemos como vida. No hay vida real en el capitalismo. Y si es que la hay, no es ni siquiera nuestra. ¡¿Qué carajo hacemos entonces aquí?! ¡Hay que enfermarnos para no morir!

Pero, como toda enfermedad, es preciso neutralizarla. Debemos entonces, tener cuidado con el tercer tipo de personas sanas en el capital, a saber, los psicólogos. Estos últimos intentarán por todos los medios neutralizar la enfermedad, erradicarla. Esto es evidente: lo harán porque es en este sistema en el que ya tienen un reconocimiento “científico”. También conocemos su modus operandi: mediante la psicologización se asegura el estado normal de las cosas, quedamos fuera de todo “peligro”. Deshacernos del capital al enfermarnos de marxismo, implica deshacernos de los guardianes de aquel, de sus médicos y sus respectivos medicamentos ideológicos. Los enfermos de marxismo no podemos continuar si no nos deshacemos de estos últimos, de la totalidad. Todos y todas estamos en la misma lucha.

Referencias y notas

1 Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). p. 66

2 Ian Parker, “Psychology is Not What You Think: An Interview with Critical Psychologist Ian Parker”, Marzo 2020, https://www.madinamerica.com/2020/03/psychology-not-think-interview-critical-psychologist-ian-parker/?fbclid=IwAR0bdOlOgyU9aeM4H0oj10LZJqxSvgzvMUOKThUX6VwiovJAOVgsPbDdP4U

3 David Pavón-Cuéllar, “Sana locura y normalidad patológica en el capitalismo neoliberal”, Clínica & Cultura 6, no. 2 (2017): 62-78.

4 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 72-82.

5 Guy Debord, La sociedad del espectáculo (España: Gegner, 1967).

6 Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I., Op. Cit., pp. 153-154

7 Ibíd., p. 141

8 Ibíd., pp. 140-141

9 Ibíd., p. 141

10 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013). p. 65

11 Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I., Op. Cit., pp. 153-157

12 Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía, Op. Cit., pp. 132-151.

13 Ibíd., p. 137

14 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

15 Ibíd., pp. 31-33

16 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004), p. 37

17 Louis Althusser, “Sobre Marx y Freud”, en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996)

18 Pavón-Cuéllar, “Sana locura y normalidad patológica en el capitalismo neoliberal”, Op. Cit., p. 76

*La noción de “patología de la normalidad” es desarrollada por Fromm en la obra aquí citada y por Pavón-Cuéllar en el artículo de la referencia no. 3 en este ensayo

19 Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Op. Cit.

La psicología no lo sabe, pero lo hace: del fetichismo de la mercancía al fetichismo de la psique

Es un hecho prácticamente indiscutible que Marx no solo dedicó una vasta crítica al modo de producción capitalista. No sólo nos enseñó quién es el que nos domina actualmente, sino que al mismo tiempo nos enseñó cómo nos domina. Esta dilucidación la podemos encontrar específicamente en dos textos que me parecen importantísimos: “El trabajo enajenado” en los Manuscritos de economía y filosofía y en “El fetichismo de la mercancía y su secreto” en el Libro I de El Capital. Ambos textos, bastante ricos en relación a lo que nos estructura como sujetos (además complejos a mi parecer; quizá de ahí que se diga en diferentes medios que los economistas burgueses y uno que otro marxista se hayan saltado esta parte), explican a detalle cómo es que, en las condiciones actuales, el capital domina sobre nosotros, nos hace suyos, o lo que es lo mismo, cómo nos deshumaniza para humanizar otras cosas.

En este sentido, en el presente escrito trataré de abordar una propuesta que estuve pensando mientras leía estos dos textos, y específicamente el segundo ya mencionado. Esta propuesta tiene que ver con el fenómeno de la psicologización y con este, obviamente, el aparato de la psicología y su respectivo papel subyugante en el capitalismo actual. Muy probablemente, esta propuesta, (que no es para nada nueva y que además puede estar bastante incompleta) esté tan psicologizada como la psicología y el capital mismo. No obstante, apelo a aquello que Pavón-Cuéllar, parafraséandolo, nos menciona[1]: ¿por qué no volver contra la psicología su misma fuerza psicologizadora? O la misma crítica que propone Jan De Vos: una crítica a la psicología y a la psicologización sería imposible sin estar en estas[2].

De este modo, pretendo retornar a Marx y al fetichismo de la mercancía, aunque sea de manera laxa (y quizá incompleta) para utilizarlo como punto de explicación del proceder de la psicología dominante, de esa psicología perpetradora de la clase dominante, del capital.

Fetichización: de lo mercantil a lo psicológico

La mercancía

El capitalismo, en palabras de Marx, es un gran cúmulo de mercancías[3]. Las mercancías poseen ante todo dos cualidades bien distintivas: el valor de uso y su valor de cambio[4]. Al menos esto es lo que se puede percibir inmediatamente en cualquier objeto-mercancía, sin embargo, como bien lo analizaría Marx, al ver a la mercancía más de cerca, vemos que este objeto cobra un carácter social. Estas mercancías, no son solo objetos así sin más, pura objetividad material; en cambio, toda mercancía es producto del trabajo humano, inversión de la fuerza de trabajo para producir dicho objeto (lo que a su vez indica el valor de la mercancía, determinado por la magnitud o cantidad de tiempo de trabajo), independientemente de las cualidades útiles que del trabajo resulten y que el mismo producto contenga. En este sentido, Marx explica que la mercancía esconde algo misterioso en ella, adquiere pues, una cualidad fantasmagórica que emana de sí misma. La mercancía, nos dice Marx, refleja al humano el carácter social del trabajo de este, sin embargo, este carácter aparece como si fuera de la misma mercancía, como si la cualidad social-humana fuese propia de esta forma, y por tanto, la relación social entre productores, aparezca ajena a esas cosas[5].

En este sentido, la mercancía aparece como una entidad independiente de quienes la producen, de ahí que Marx llame a este fenómeno el “fetichismo inherente a los productos del trabajo”[6]. Dado que la producción de mercancías es exclusiva del capitalismo, de la propiedad privada, los productores en su supuesta independencia y privacidad del trabajo “únicamente” se relacionan en el intercambio de dichos productos, lo que deja ver que lo único que se relaciona de manera social, son las mercancías y no los sujetos. Al respecto Marx menciona: “Ello hace que las relaciones sociales entre los trabajos privados aparezcan ante los productores como lo que son, es decir, no como relaciones directamente sociales entre personas en sus trabajos mismos, sino como relaciones de cosas entre personas y relaciones sociales entre cosas”[7].

En el capitalismo nada es humano, lo único humanizado es aquello que por su naturaleza no puede, per se, humanizarse sino a través de la práctica del ser humano, es decir, aquellos productos fetichizados, las mercancías. Pero el humano en el capitalismo ni siquiera es humano desde el momento en que se enajena él, su producto y su propia práctica al trabajar para otros; en pocas palabras, todo le es extraño[8]. Ya no se pertenece él mismo ni le pertenece lo que produce. Por el contrario, la mercancía (y lo que se oculta tras de esta) lo domina, lo hace suyo, lo somete, lo subyuga. Cobra ante él la fuerza con la que fue producida, la usa a su favor para someter a su productor; no únicamente constituye el camino que ha de seguir el trabajador en su producción, sino que ha de establecer el encuadramiento mental para que siga dominando a aquél. El trabajador se desvaloriza al mismo tiempo que se valoriza el mundo de las cosas[9].

Volviendo a lo anterior, por tanto, las relaciones sociales, lo humano y el trabajo mismo quedan siempre escondidos en la forma mercancía, siendo esta una entidad “independiente”, y a su vez, al estar estos elementos ocultos, los trabajadores no saben que precisamente están intercambiando trabajo humano; piensan que están intercambiando sus mercancías como meros valores emanados del mismo objeto por su carácter intercambiable. De ahí la maravillosa frase de Marx, que es mejor citar en su totalidad: “[…] Los hombres no relacionan unos con otros sus productos del trabajo como valores porque esas cosas valgan para ellos como las envolturas puramente materiales de un trabajo igualmente humano. Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos como trabajo humano al cambiar entre sí sus diferentes productos como valores. No lo saben, pero lo hacen[10]. La mercancía se convierte en un “jeroglífico social”[11].

La mercancía oculta pues, además del trabajo humano, la dominación del trabajador, oculta su explotación, la explotación del plusvalor. Hoy, por el movimiento histórico del mundo y el cambio de las fuerzas productivas, se llevan a cabo nuevas formas de dominación en el capital. La propuesta del “sentido común mercantil-capitalista” de Veraza[12] viene a colación respecto a estas nuevas formas de sometimiento. El propio Marx lo señalaba anticipadamente: “lo que distingue unas épocas económicas de otras no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace”[13], o lo que es lo mismo y complementando esta proposición, el capital y su perverso proceder no cambia, lo que cambia es su forma para hacer más efectivo este proceder.

La psique

La psicología, nos dice De Vos, hace posible la fetichización[14]. Nosotros agregaríamos que la fetichización en el capitalismo es lo que es gracias a la psicología, y precisamente es así en la medida en que lo que estudia la psicología, lo psíquico y todo “lo demás”, es a su vez, fetichizado en la sociedad actual. La psique se absolutiza en el capitalismo y en la psicología. Esto no es una idea nueva que se me haya ocurrido espontáneamente. Marx lo explica precisamente al hacer su análisis acerca del fetichismo de la mercancía y compararla esta última con el mundo religioso al decir que “los productos de la cabeza humana aparecen como figuras independientes y dotadas de vida propia”[15]. También Engels nos da un claro ejemplo cuando critica al idealismo imperante hoy en día, cuando este afirma que “el rápido progreso de la civilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo y actividad del cerebro”[16].

Eso que estudia la psicología, la psique (entendamos aquí este concepto desde la psicología) aparece como una entidad fantasmagórica, y al respecto de esto último, sabemos que lo consciente, lo yoico, lo que para la psicología es primero, hace posible la creación de fantasías para ocultar la realidad; la psicología no atravesará la fantasía, la reforzará y tampoco intentará combatir la mistificación en el fetichismo de la mercancía, por el contrario, sostiene dicha fetichización. Este ocultamiento de lo externo que reside en lo interno es propio de la psique de la psicología, y que además, tiene bastantes consecuencias que iremos abordando a continuación. La psicología necesita que su objeto esté fetichizado y que lo esté ella también para que todo lo demás no interese. Es lo que me atrevería a llamar el fetichismo de la psique.

Una de las primeras consecuencias de esta fetichización de la psique es que oculta el orden social constituyente de los sujetos, es decir, su lugar en el sistema. Lo anterior claramente hace referencia a la propuesta de Braunstein cuando este menciona que sólo el psicoanálisis en conjunto con el materialismo histórico haría posible la develación de este ocultamiento[17]. El sujeto no es lo que es por su propia voluntad, como también se piensa en el mundo de las mercancías; o sea, no se es rico porque así lo quiera el sujeto: si el humano es rico es porque existen unas condiciones reales de existencia que le preceden, existe, a su vez, un mundo simbólico que lo atraviesa y lo constituye para que pueda comportarse y hablar como rico.

El problema viene también cuando el sujeto quiere cuestionarse la psicologización de su ser y del mundo. El problema justamente es que todo ya parece natural desde que se nace. Todo es ya psicológico. De ahí entonces que al psicólogo le cueste trabajo aceptar que ese interior que estudia no es un interior absoluto, sino producto de las condiciones reales. Por otro lado, en un mundo en el que se nace y, paradójicamente, se le dice al recién nacido (aquí está lo paradójico para la psicología; lo que precede al “recién nacido” no lo toma en cuenta) que será “inteligente”, “enojón”, “cariñoso”, “noble”, no hay mucha capacidad de acción después. El sujeto nace ya como homo psychologicus, desde ese momento empieza la fetichización de lo psicológico, de la psique como motor del sujeto, desde este momento nos empiezan a psicoeducar[18], desde ese momento queda oculto quien nos dijo que seremos enojones, cariñosos o inteligentes con 2000 de C.I.

La psicología no sabe que cuando habla de psique, emociones, el “yo” y la cognición, está al mismo tiempo hablando del modo de producción, de su compadrazgo con el capitalismo, de las relaciones de explotación, del plusvalor explotado al trabajador, del lenguaje estructurante del ser humano. Al igual que los productores de mercancías, la psicología no lo sabe, pero lo hace. El mundo psicológico, al igual que el mundo religioso, lo que está en la cabeza aparece como independiente de la realidad, y a su vez, todo eso resulta ser un cúmulo de “jeroglíficos sociales”. Lo psíquico, al igual que la mercancía, no se pone en la frente lo que verdaderamente es. Al fetichizar la psique pareciera que únicamente nos relacionamos entre síntomas, trastornos, emociones y cogniciones. Se relaciona el yo de un empleado con el yo de su jefe; ya no existe relación entre obrero y trabajador, sino que esta relación aparece exclusivamente como relación social entre los elementos psicológicos al relacionar cada uno su sentir y pensar, y por tanto “se borra” el carácter social de lo que produjo su “interior”. En la psicología todos aparecemos como productores privados.

Por otro lado, el ser humano ya no es ser social en el momento en que se interpela a través de la psicología, no se pertenece, sino que su ser le pertenece ahora a la psicología y lo que esta oculta. Su enajenación radica en su psicologización. Su extrañamiento estribaría en el conocimiento exclusivo de lo psicológico. Lo corpóreo y las condiciones reales se reducen a lo psíquico. Cuanto más sujeto de la psicología es, tanto menos ser humano y social se vuelve. Cuanto más se mira al espejo el sujeto, más borrosa se convierte su imagen y menos se da cuenta de lo que está detrás de aquel.

Comentarios finales

¿Qué es el capitalismo sin su psicología? Es una pregunta que me persigue desde que comencé el blog. No quiero decir que la psicología sea la más importante aquí. Suficiente tiene con ser nombrada por todos en cualquier lugar. Lo que quiero decir es que existe una relación interdependiente entre el capitalismo y la psicología. El capitalismo facilita la existencia de la psicología, su razón de existencia. La psicología, por tanto, se encuentra en deuda con el vampiro. La tiene que saldar, tiene que regresarle el favor a toda costa. Con su efecto psicopolítico adquiere un lugar especial en la sociedad, la colocamos en un pedestal. ¿Por qué será que se adora tanto a la psicología y lo psicológico en las empresas, en los noticieros o en las mismas redes sociales?

Al igual que el economista burgués, el psicólogo con el mismo adjetivo tampoco se da cuenta del fetichismo, no solo de la mercancía (porque en sí, el psicólogo ignora el modo de producción), sino tampoco de la psique, del propio elemento que dice estudiar. El fetichismo de la psique, a su vez, es una cuarta razón por la que no se puede ser marxista en psicología[19].

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

2 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

3 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 41

4 Ibíd., p. 42

5 Ibíd., p. 73

6 Ibíd.

7 Ibíd.

8 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013).

9 Ibíd., p. 134

10 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 74

11 Ibíd.

12 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018).

13 Marx, “El Capital. Crítica de La Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 164

14 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit. p. 195.

15 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 73

16 Friedrich Engels, “El Papel del Trabajo en la transformación del mono en hombre” En El Papel Del Trabajo En La Transformación Del Mono En Hombre. Manifiesto Del Partido Comunista. Ideología Alemana (Ciudad de México: Colofón, 2008), p. 176.

17 Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias,” En Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

18 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit.

19 Luis Pablo López-Ríos, “¿Marxista en psicología? Imposible.,” Versus la Psicología, 2020, https://versuslapsicologia.mx/2020/11/12/marxista-en-psicologia-imposible/.

¿Marxista en psicología? Imposible.

Muy probablemente el lector o la lectora que se ha detenido aunque sea una vez por este espacio a leerme se haya sorprendido al leer el título de este escrito. Elegí este título no porque esté en contra de Marx y el marxismo, al contrario: todas mis opiniones que vierto en este blog están posicionadas desde Marx y la crítica a la psicología y sus respectivos autores que cito constantemente en cada uno de mis ensayos. Decidí escribir el título así porque es la psicología misma la que no acepta a Marx, la que no deja que el marxismo tenga lugar en nuestros salones y en las teorías de disciplina, incluso hasta podemos decir que son incompatibles. “¿Por qué?” se podrá preguntar quien lee. La pregunta puede ser resumida, respondida sencillamente y sin mayor rodeo: una juega al servicio del capital y otro critica al capital (probablemente aquí podría terminar el escrito sin más).

Aquí el lector o la lectora no va a encontrar un escrito adulando a la psicología, mucho menos festejándole todo lo que sabe hacer en las especialidades que ofrece en cada plan de estudios. Para eso existen los miles de sitios web de temática psicológica que pretender “guiar” a los sujetos en su vida y aliviar momentáneamente su malestar y decir que “todo va a estar bien”, que solo es cuestión de “cambiar tu mentalidad”. Lamento decepcionar a las personas que esperaban que me retractara de todo lo que he escrito (lo mucho o lo poco) aquí en el blog. Pretendo, por el contrario, dar tres breves razones por las que considero que la psicología no nos permite ser marxistas en su dispositivo, repasando algunas enseñanzas que nos han dejado algunos críticos de la disciplina y desde el mismo Marx.

Lo anterior no quiere decir que sean las únicas tres razones que existen por las que la psicología se nos presenta como un bastión que protege al capital y lo trata de esconder del misil marxista, o que sean las únicas razones que dejan ver la incompatibilidad entre la psicología y el marxismo, no solamente incompatibilidad teórica, sino ética-política. Invitaría a quien esté leyendo a acercarse a aportes como los de Marx, Pavón-Cuéllar, Parker, Braunstein, De Vos… en fin, autores que han marcado la línea argumentativa de estos escritos. De igual forma, este escrito podría ser complementario al último que publiqué.

Razones por las que no podemos ser marxistas en psicología

Primero quisiera adelantarme a la conclusión y decir que para ser marxistas deberíamos apuntar a deshacernos de la “maldita psicología” en palabras de Pavón-Cuéllar[1]. No podemos ser marxistas y tratar con las injusticias sociales y el sometimiento individual de los sujetos, si partimos desde la psicología yendo siempre bajo su sombra ideológica, siguiendo su camino trazado y apoyando a que el vampiro del capital se siga alimentando y reviva una y otra vez, como nos recuerda Marx[2]. Aquí presento unas razones, específicamente tres para responder a la pregunta de la que surge mi idea para el título: ¿por qué no podemos ser marxistas en psicología? Abro también la discusión para que el lector(a) agregue sus razones y completar este escrito.

Razón 1. El absurdo idealismo de la psicología

La psicología nos enseña que no podemos ser marxistas en y con ella porque esta es profundamente idealista. No podemos ser marxistas con un idealismo bien definido en todo lo que la psicología hace. Su partir celestial, como nos dicen Marx y Engels[3]: partir del cielo hacia la tierra, nos ubica únicamente en el espacio ideológico de la vida. No quiero decir con esto que no sirva lo que pensamos, más bien es que en la psicología somos reducidos a eso, a lo que pensamos: la cognición, nuestras ideas en general, nuestras emociones, todo esto que aparenta estar en nuestra cabeza únicamente, se absolutiza en todos los sentidos. No podemos ser marxistas cuando el centro de todo análisis parte de la cabeza del sujeto e ignorando todo lo demás, la materia que precede incluso al pensamiento y al ser humano mismo.

Digo “absurdo” porque el idealismo de la psicología, ese idealismo burgués, esa abstracción de la realidad, está presente en toda nuestra psicología. Ya ni siquiera se esfuerzan por disimularlo (si es que en algún momento lo hicieron). Basta pensar tan solo en eso que la psicología estudia, y no es que nos importe en este momento recordar qué es lo que estudia (si es que esta realmente sabe a lo que se dedica, como bien se lo reprocha Canguilhem[4] y Braunstein[5]), más bien la pregunta que deberíamos formularnos no es solo “¿qué estudia la psicología?”, sino “¿por qué la psicología “estudia” lo que dice estudiar?. Los mismos objetos que rondan en su aparente cientificidad (el alma, la consciencia, la mente, etc.) precisamente nos llevan a centrarnos en la aparente autonomía de los sujetos; unos sujetos llenos de libertad que construyen (con sus ideas) la realidad. La psicología con su idealismo conduce a un obsesivo individualismo como bien nos señala Ian Parker[6] (premisa recordada aquí múltiples veces). Podemos hacernos una pregunta al respecto antes de continuar: ¿por qué no habrá una discontinuidad epistemológica, o más bien, por qué la psicología no apuesta por la ruptura epistemológica (como nos recuerda Althusser) con esos objetos pre-científicos para realmente constituirse como ciencia? Esto es claro y lo veremos más adelante.

Aun cuando se intenta descubrir las bases materiales de la “mente, consciencia, etc., etc., es decir, todos los aportes que la psicología se roba de la neurología y que psicologiza para intentar justificar su estatuto científico, aun con eso, no se puede explicar la constitución de los sujetos con axones y los somas de las neuronas, las conexiones sinápticas, las funciones o alteraciones del área de Broca o Wernicke, la funcionalidad de la corteza prefrontal o el sistema límbico. No quiero decir tampoco con esto que no son importantes, ni tampoco vamos a negar los avances de la neurología. La crítica más bien se dirige a la cuestión de que la psicología necesita de otras ciencias para justificar su idealismo burgués y la explicación de este con una base “material”. De cualquier manera, si me estoy equivocando con esto, ¿no se regresaría al mismo lugar del que parte la psicología? ¿en dónde está el cerebro?

Si nuestra intención es, como marxistas y como bien se señala Marx en la tesis XI[7], transformar el mundo, no podemos hacerlo “transformando” a los sujetos únicamente; vamos, no podemos transformar el mundo interpretando lo que está en su cabeza o lo que sucede en la cabeza de los que hoy dominan el mundo en todos sus rincones, ni explicando la dominación capitalista a través del coeficiente intelectual de los empresarios con los factores del WAIS, ni explicando la pobreza con el coeficiente extraído del WISC (o inserte usted cualquier otra prueba psicométrica, instrumento “estandarizado”, etc.). Quizá tal vez con esto se responda la pregunta de por qué no existe una discontinuidad epistemológica en nuestra disciplina: se deben erguir como ciencia de la mente, pero esta mente que estudian, es solo la mente de los que dominan como bien señala Pavón-Cuéllar[8]. La psicología no va a cambiar su base idealista. Esta base es burguesa en toda su extensión y sostiene toda la superestructura psicológica. Llamarnos entonces “psicólogos/as marxistas” sería entonces, no solo contradictorio, sino implícitamente antimarxista. Yo lo que aquí propongo, y siguiendo a los autores que mencioné al principio del escrito, es ser marxistas críticos de la psicología, o si queremos reducirlo por comodidad, ser “psicólogos críticos” (tomando en cuenta la definición de “psicología crítica” expuesta y explicada por Pavón-Cuéllar[9]) con una postura o perspectiva marxista, o partir de otra postura que no sea idealista; optar por intersecciones como las del marxismo con el psicoanálisis.

Razón 2. La despolitización política de la psicología

Horkheimer nos dice que la ciencia no es inmanente al científico, o sea, ninguna ciencia es “suprasocial” ni emana espontáneamente del sujeto que se dice a sí mismo científico: toda ciencia tiene una estrecha relación con sus condiciones reales en las que se produce[10]. Es más, no es que tenga “relación” en el que se pone en un lado a la ciencia y por otro lado a las condiciones reales: más bien la ciencia se encuentra dentro de estas condiciones reales de existencia y al revés, estas se encuentran en cualquier ciencia. Contrario a esto, llega la psicología a ignorar cualquier condición real, y como ya vimos, construye todo su saber en el discurso del idealismo y no conformes con eso, los y las profesionistas de la psicología se escinden (o al menos eso creen) de la realidad. Actúan con “objetividad” en todo lo que hacen. Son objetivos con los contenidos que enseñan en clase, son objetivos en el consultorio, son objetivos en las “intervenciones” sociales (el hecho de ser “interventor” en vez de involucrarse ya dice mucho por sí mismo), son objetivos a la hora de hacer “ciencia” y publicar sus múltiples investigaciones acumulando conocimiento. Aquí comienzan los problemas para nosotros del lado del marxismo.

El “simple” hecho de que el psicólogo se llame a sí mismo objetivo o neutral en su quehacer representa ya un impedimento que contesta a la pregunta de por qué no podemos ser marxistas en psicología. El marxismo tiene una postura, esa postura se ubica del lado de la clase proletaria, de aquellos que han sido explotados una y otra vez durante décadas y que fue posible darnos cuenta de eso a partir de Marx[11]. El marxismo tiene un posicionamiento político (no solo partidista, política institucionalizada); la psicología, por el contrario, dice que no, que no es política, y esto mismo lo va a repetir en todos los lugares en donde se pare: la escuela, industria, conferencias, revistas académicas. La psicología no quiere tomar partido por nadie, pero precisamente esa noción de neutralidad u objetividad perpetúa a la clase que domina, aquella de la que emana el discurso científico y configura la realidad con su forma de producción (la acumulación capitalista, la generación de plusvalía a costa de la explotación del obrero).

La queja constante de la psicología, como bien lo mencionaba Parker, es que hoy todo quiere hacerse “político”[12]: ¿no era ya antes todo, incluyendo a la psicología, político? El psicólogo, se convierte, como nos enseñaron Althusser[14] y Braunstein[15], en soporte de la ideología, y aquí es donde radica su ejercicio político al servicio de la clase dominante. Regresando a Parker, diremos la despolitización que la psicología intenta en su decir y en su quehacer teórico y práctico, es político.

En este aspecto me gustaría regresar a la cuestión de la “intervención” que nos suelen encargar a los y las estudiantes de psicología en prácticas profesionales. Siempre lo he dicho en mis clases, a partir de la excelente propuesta de Martínez Gúzmán[18], yo no quiero ser un “interventor” quirúrgico de la realidad para aliviar el malestar. Justamente este papel interventor ensalza más la cuestión de la “objetividad”. Una intervención “termina” después de que el cronograma llega a su fecha límite de trabajo; el psicólogo entrega resultados y propuestas (a partir de las “necesidades” o “problemáticas”) y simplemente se va después de realizar dicha intervención. Su falta de compromiso político ya es en sí un acto político que dice bastante de su quehacer, de su “ética”. Las intervenciones sociales, incluso clínicas, perpetúan el orden establecido en el discurso que se lleva al lugar intervenido.

Razón 3. El servilismo de la psicología

No podemos ser marxistas en psicología porque esta sirve al capitalismo. De nada serviría, en mi opinión, si empezamos a leer El Capital y al día siguiente compartimos en nuestras redes sociales que “el cambio está en uno mismo”. Althusser decía que existen profesionistas de la ideología; curiosamente no menciona a la psicología, pero justamente menciona que estos profesionistas “tratan la conciencia” con chantajes y demagogia[19]. Si hiciéramos una especie de lectura sintomal de Althusser, fácilmente podríamos identificar que también está hablando de los psicólogos (no olvidemos que él mismo tenía amplias influencias de Freud y Lacan, ambos críticos de la psicología, pero a su vez, bastante influenciado por Marx, crítico del discurso idealista de nuestra psicología).

No podemos ser marxistas en una disciplina que sirve al capitalismo. Una disciplina en la que el capitalismo confía para asegurar el entramado de dominación a toda costa con la ideologización, o en este caso, con la psicologización que hoy se necesita para sentir menos ese sometimiento, para aceitarnos como bien nos menciona Fromm[20]. No importa si la psicología sabe o no sabe si sirve al capital, si está consciente de ello o no. ¿Cómo ser marxista en psicología si esta última promete libertad y autonomía, falsas libertades y autonomías en este sistema?

No puedo ser marxista en psicología, o volvamos al principo, “psicólogo marxista”, cuando habrá colegas que se van a dedicar al área industrial para ofrecerles a todos los trabajadores habilidades y estrategias de inteligencia emocional para tolerar la explotación física y mental. Tampoco me sentiría a gusto ofreciendo lo anterior para ver todo positivo en el caos que vivimos hoy. Sería hipócrita de mi parte, aunque tenga que serlo con la psicología para intentar deshacernos de esta. No quiero contribuir a eso que Badiou[21] nos dice en su mensaje a nosotros los jóvenes: contribuir a la vida sinsentido o nihilista de la inmediatez que el capitalismo ofrece hoy y eso a través de una positividad para aliviar de forma inmediata y rápida mi estrés, mi malestar; una ráfaga de pensamientos positivos que hagan olvidarme de mi condición de explotado, o hacer que otro trabajador la pueda olvidar. No podemos ser marxistas porque la función de la psicología es subyugar, bajo la lógica del capital, silenciosamente a los sujetos. La psicología y el capitalismo son la pareja perfecta. Pienso yo, y casi sin temor a equivocarme, que ninguna otra “ciencia” se había entendido tan bien con el capitalismo: la psicología, en mi opinión, supera a la misma administración.

Comentarios finales

Pienso que no puede haber una conciliación entre Marx y el marxismo con la psicología. Al menos no con esta “psicología”. Podríamos intentar transformar nuestra disciplina, pero existen muchas resistencias, principalmente de orden político. Si la transformación no es posible, entonces deberíamos pues, darle paso a otra forma de entendimiento y comprensión de los sujetos, una que sí cuestione el devenir sujeto.

Mientras la psicología nos enseña en nuestras aulas una realidad ingenua y llena de felicidad incluso en situaciones complejas y caóticas, el marxismo por su parte nos muestra la realidad y su lógica, nos muestra que existe la explotación, nos muestra también que solamente unos cuantos se benefician con esa explotación, y que como bien nos diría Marx (parafraseándolo), en donde solo hay ganancia para unos, no puede existir tal igualdad[22] ni libertad (agreguemos) alegada por los psicólogos.

¿Por qué no podemos ser marxistas en psicología? Porque ser marxista en psicología sería atentar contra los principios y bases psicológicas. La psicología no va a permitirte ni permitirnos ser marxistas en su acogedora casa teórica. El marxismo es subversivo e intranquilizador para lo establecido. La psicología tranquiliza y suaviza todo alrededor para que “todo” funcione. Si somos marxistas en psicología no funcionaríamos, no nos recibirían con enjundia como cuando reciben sus honorarios por dar una capacitación de motivación organizacional. Si somos marxistas en psicología seríamos la oveja negra, el bicho raro, el “anormal”. La única opción para poder ser marxistas es serlo fuera de la psicología, pero como mencioné, siendo crítico de ella, no tratando de formar alianzas con lo que emana de ella.

Referencias

[1] David Pavón-Cuéllar, “Psicologismo, idealismo y posmodernismo Tardío En Byung-Chul Han,” Octubre 2014, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/tag/byung-chul-han/.

[2] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209.

[3] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 41–101.

[4] Georges Canguilhem, “¿Qué es la Psicología?,” en Estudios de Historia y de Filosofía de Las Ciencias (Madrid: Amorrortu, 2009), pp. 389–406.

[5] Néstor Braunstein, “¿Qué entienden los psicólogos por psicología?,” en Psicología: Ideología y Ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), pp. 21–46.

[6] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology,” Theory & Psychology 9, no. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[7] Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach,” en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), pp. 34–39.

[8] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against Psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[9] David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

[10] Max Horkheimer, “Teoría Crítica” (Buenos Aires: Amorrortu, 2003)

[11] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit.

[12] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not,” Social and Personality Psychology Compass 1, no. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[14] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado,” en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), pp. 102–51.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones Del Psicoanálisis Con Las Demás Ciencias,” en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[17] Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad, Op. Cit. pp. 51-61.

[18] Antar Martínez-Guzmán, “Cambiar metáforas en la psicología social de la acción pública: de intervenir a involucrarse,” Athenea Digital 14, no. 1 (2014): 3–28.

[19] Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit. p.126.

[20] Erich Fromm, Psicoanálisis de La Sociedad Contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). pp. 144-145.

[21] Alain Badiou, La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes (Barcelona: Malpaso, 2017).

[22] Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I, Op. Cit. p. 146.

¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiante?

Presentación del libro independiente “Versus la Psicología. Contra la psicología hegemónica, ideológica y capitalista: un aporte estudiantil” transmitida por Facebook en la página “Versus la Psicología

Influencias teóricas y primeras sospechas

Las siguientes palabras que expondré las preparé a fin de intentar vislumbrar lo que me motivó a escribir el libro que hoy se está presentando. Quien esté escuchando podrá percatarse que recurro una y otra vez a los mismos autores que han plasmado sus aportaciones teóricas en diversas obras y podrá resultar tautológico en ocasiones, sin embargo, me parece pertinente retomarlos. De este modo, el oyente podrá notar que constantemente regreso a las ideas de autores como Karl Marx, Louis Althusser, Néstor Braunstein, David Pavón-Cuéllar, Ian Parker, Jan De Vos, entre otros no menos importantes. Ellos y sus respectivas aportaciones, específicamente desde el marxismo, forman parte fundamental del argumento, no solo del libro, sino de mis opiniones y afirmaciones en general y de mi postura hacia la psicología, lo que naturalmente implica que habrá bastantes coincidencias con sus aportes. Podría atreverme a decir que estas palabras complementarían una de las conferencias dictadas por el Dr. David Pavón, en la habla acerca de por qué relacionarnos críticamente con la psicología.

Mucho antes de que se me ocurriera hacer un libro, siempre tuve la inquietud de por qué nos enseñaban lo que nos enseñaban en nuestras aulas de psicología: ¿por qué ver más corrientes humanistas que psicoanálisis freudiano o lacaniano? ¿por qué interesarnos más por psicología organizacional, educativa o clínica en vez de psicología social? ¿Por qué la necesidad de insertarnos “adecuadamente” al mercado laboral en función de la rama de psicología a la que nos dediquemos? (de ahí que se diga constantemente en nuestras clases que la psicología organizacional es la que “deja” [monetariamente hablando]) ¿Por qué ver más sobre coeficiente intelectual, trastornos psicológicos y sus clasificaciones? ¿Por qué siempre adoptar el papel “intervencionista” en prácticas profesionales? ¿Por qué tratar siempre esas “intervenciones” como formas de adaptación a la “normalidad”?

Mis porqués no cesaban conforme los semestres avanzaban y la carrera se me hacía más pesada, todo parecía apuntar siempre hacia una homogeneización en el saber y quehacer en psicología, y no porque la psicología carezca de diversidad en su saber, de hecho tiene mucho de dónde escoger y precisamente en esa heterogeneidad teórica-práctica, es decir, en todas las especialidades que ofrece (clínica, neuropsicología, organizacional, social y educativa), siempre existe de manera subyacente, una homogeneización no necesariamente teórica, pero sí ideológica. Esta homogeneización era fácil identificarla, me atrevo a decir que era hasta intuitiva porque todo análisis que se hacía en clase o cualquier reflexión recaía en el sujeto, en la psique, en la construcción de la realidad, en la aparente neutralidad, en la adaptación a la norma.

A finales de 2017 o principios de 2018, mi buen amigo Fernando que hoy me está presentando, me pasó un artículo escrito en 2012 por el Dr. David Pavón-Cuéllar[1] quien imparte clases en la universidad Michoacana; ya había leído de él algunos textos en una clase con el Dr. Daniel Reyes sin mayor detenimiento en sus reflexiones y propuestas críticas: quizá por falta de tiempo o resistencia ideológica como suele suceder hacia el psicoanálisis.

Su artículo presentaba una crítica vehemente y provocadora hacia la psicología: ese carácter ideológico del que siempre hubo sospecha y que se presentaba en esa heterogeneidad del saber psicológico que se imparte en nuestras aulas ahora podía nombrarse: la psicología es un cómplice del capitalismo[2]. En efecto: la psicología, en esa homogeneización de sus teorías y prácticas, existe una reproducción de la ideología capitalista: sistema imperante desde hace unos buenos años atrás.

La psicología como aparato ideológico: un retorno breve a Althusser

Para poder contextualizar acerca de esta ideologización, es decir, esta reproducción de la ideología, es necesario recurrir a la propuesta de Althusser y los aparatos ideológicos que se encuentran al servicio del capitalismo. La escuela es un aparato ideológico y por lo tanto, la escuela o la universidad se encarga de que se reproduzcan las relaciones existentes en el capitalismo a través de la reproducción ideológica: somos sujetos interpelados por la ideología dentro de nuestros salones[3]: unos adquieren habilidades para ser los dominadores, otros los dominados, otros terminan siendo profesionistas de la ideología[4].

Ojo aquí, a modo de paréntesis: no confundamos el término “ideología” con las concepciones que los psicólogos tienden a utilizar: “un sistema de ideas y creencias” que emanan desde la persona o desde su consciencia, por su propia voluntad, eso sería utilizar una versión ideologizada de la ideología. La ideología, por el contrario, es nuestra relación imaginaria con las condiciones reales de existencia. Para no dejar esto tan acortado, bien Foucault nos explica que en la educación se reproducen ciertos discursos, pero limita otros[5]. La pregunta que compete hacer es ¿Cuál discurso se maximiza en psicología más allá del que puede reproducir su propio campo teórico?

Esta ideología del capitalismo se reproduce en la bibliografía revisada, en las teorías que tienen mayor frecuencia, en los lapsus de olvido al no incluir otras teorías, en el discurso docente y universitario. Ahora las preguntas formuladas al principio de mi intervención comienzan a encontrar una respuesta crítica. Antes de continuar, muy probablemente se puedan cuestionar quienes estén presenciando y escuchando estas palabras: ¿Qué tiene de malo “proteger” al capitalismo? ¿Qué de malo tiene la ideología capitalista? Naturalmente no voy a realizar una exposición del sistema dominante, pero sí acercarnos a unas críticas puntales, aunque sean bastante laxas.

Capitalismo: sistema caótico y deshumanizador

El problema con el capitalismo es que este modo de producción ha dejado ver su carácter voraz y represor en el tiempo: ¿Qué de bueno existe en la explotación de la fuerza de trabajo para que unos cuantos sean beneficiados con el plusvalor? ¿Qué de bueno existe en los productos de consumo cuando estos son producidos (valga la redundancia) a costa de la explotación de ecosistemas que hoy peligran? Solo por poner dos ejemplos rápidos sin mayor detalle.

Los defensores de este sistema caótico podrán argumentar que gracias a este sistema tenemos lo que tenemos: tecnología, ciencia, rascacielos, carros; que gracias a este sistema se es libre y autónomo. Pero bien lo refutaban Marx y Engels hace 172 años en el Manifiesto[6]: estas independencias y libertades son solo independencias y libertades capitalistas: recurriendo al chiste como suele hacer Žižek (malogrado por mí y que lo pueden encontrar en memes): se encuentra un home-worker a punto de terminar un informe de trabajo y al terminar su jornada laboral dice: “qué feliz me siento al recibir mi pago quincenal y trabajar desde mi casa cuando yo quiera bajo mis tiempos, me siento totalmente libre”… inmediatamente le llega un mensaje de su compañera a su WhatsApp en donde le recuerda que debe entregar el reporte de ventas a su jefe inmediato, al de finanzas, a la secretaria general y al gerente.

Por otro lado, justamente en ese “tener”, del que hablábamos, se constituye el carácter perverso del capitalismo. Siempre hay que “tener” más y más, nunca será suficiente lo que se tiene. Siempre se tiene que producir más productos de consumo, más carros, más casas, más capital, incluso, más artículos académicos, más títulos, más constancias de congresos, más certificaciones. Siempre se piensa en términos cuantitativos en el capitalismo. Importa más la cantidad de la ganancia de un producto, la cantidad de diplomas, de certificados.

Lo perverso es que todo en esta vida se convierte en una mera mercancía, ciertamente no para satisfacer nuestras necesidades, sino que todas estas cosas pueden intercambiarse cuantitativamente buscando siempre el plusvalor en este intercambio; retomando la cuestión académica para ejemplificar un poco mejor lo anterior: los diplomas, títulos, constancias, años de experiencia previa se intercambian por puestos o promociones en el trabajo que sabemos que nos dejarán más en un futuro, y así nuevamente tendremos más diplomas, premios, más invitaciones a congresos, más ingresos que podremos reinvertir en más certificaciones: es esto a lo que el Dr. Pavón-Cuéllar hace referencia con el “capitalismo académico”; por poner otro ejemplo más perverso en la academia capitalista: hoy a los alumnos al momento de titularnos nos miden cuantitativamente para que las instancias evaluadoras (como el CENEVAL-EGEL) puedan establecer en conjunto con otras instancias federales esa aparente calidad de tal o cual carrera. El capitalismo, en su omnipresencia antepone la cantidad frente a la calidad de la vida.

O como bien analizaría Marx[7], hoy todo contiene valor de cambio (también explicado por Pavón-Cuéllar en su blog*). Se pierde todo lo cualitativo, toda cualidad humana. Incluso en el momento que escribí estas palabras, automáticamente pensaba en cuántas podía escribir para poder predecir cuánto tiempo iba a tardarme en exponerlas. ¿No somos entonces todos, en cierto sentido, capitalistas? Hoy, si queremos contextualizar más, la crisis por la que estamos pasando desde principios de año, nos deja ver que esa obsesiva necesidad de tener y tener más, de tener más lugares por explotar, de tener más objetos de consumo, nos ha llevado a un caos total, un caos sanitario que deja entrever lo realmente caótico que es el capitalismo.

Capitalismo: patrón de la psicología

A todo esto, podemos plantearnos algunas interrogantes: ¿Qué psicólogos y psicólogas se están formando y con qué funciones bajo la sombra del capitalismo? Seguida de ¿qué se le tiene que reprochar a la psicología en el entramado capitalista o por qué criticarla? ¿a qué se refiere Pavón-Cuéllar con el adjetivo “cómplice” que asigna a la psicología en este sistema[8]? Para ponernos en contexto, es necesario primero pensar tan solo en los objetos de estudio de la psicología: el alma, la mente, la consciencia, el comportamiento. Incluso, para poder acercarme todavía más a donde quiero llegar, podemos tomar a modo de préstamo la definición de psicología que Pavón-Cuéllar hace de la disciplina: “un supuesto saber de la psique, el alma, la mente o el comportamiento como objetos delimitados y relativamente diferenciados del mundo y del cuerpo”[9].

Aquí lo interesante, no es tanto lo que la psicología pretende estudiar como bien nos haría reflexionar la definición crítica de la psicología propuesta por Pavón-Cuéllar, o sea, la crítica no solo apunta, y tampoco nos detendremos en esto, hacia su estatuto científico, sino que más bien, esos objetos que además de ser cuestionables en el ámbito científico, se encuentran “diferenciados” del mundo. Quizá de ahí que Klaus Holzkamp, otro crítico de la psicología considere que a la psicología le falta “mundo” [10] o carezca de este, o que también le critique su “reducción individualista”[11]. Todos estos objetos se ubican en el sujeto, en su cabeza. Es como lo que Marx y Engels criticaban: ese partir idealista del cielo hacia la tierra.

Esta “diferenciación del mundo” lo explica Braunstein[12] cuando argumenta que la psicología ofrece ese espacio ideológico perfecto para representarnos a sí mismos, una fantasía de autonomía, de independencia, de hacer creer que existe un “yo autónomo” borrando totalmente lo que está “afuera”, de lo que aparentemente se está “diferenciado”, olvidando las condiciones reales de existencia. Los psicólogos son ahora los nuevos autores de la mistificación ideológica, o sea los nuevos profesionistas de la ideología, aquellos que prometen libertad e independencia a través del “tratamiento de la conciencia”, del chantaje y la demagogia[13]. Así también nos recuerda Holzkamp que de este modo la sociedad burguesa siempre llega hasta los espacios “más íntimos”[14].

La ideologización que necesita realizar el capitalismo para asegurar su dominio tiene que ser forzosamente integrada en prácticas materiales como sucedería en cualquier otro aparato ideológico. En este caso, si la psicología es un aparato ideológico, como lo afirmaría Braunstein[15] y esta tiene sus propias prácticas, la ideología se materializa en la psicología a través de la psicologización. Hoy en día todo es psicologizable, incluso lo que no se puede psicologizar. Es como si la psicología ejerciera un efecto imperialista al abarcar lo que aparenta ser inabarcable por ella. Hoy todo lo vemos bajo el corpus teórico de la psicología, como bien lo señala Jan De Vos[16], psicólogo crítico en Bélgica. Hoy nuestros lentes para ver la realidad están graduados por la psicología.

Psicologización en el capitalismo

Hoy somos reducidos a emociones, a cogniciones, a trastornos, a percepciones, a resultados de pruebas psicométricas. Hoy tenemos que ser resilientes con “x” cantidad de estrategias de afrontamiento para superar cualquier duelo incluyendo los económicos, los políticos y los sociales. Somos reducidos a nuestro coeficiente intelectual y las habilidades que los test de inteligencia estandarizados bajo la norma estadística dicen que tenemos y si no nos ajustamos a esa norma o no tenemos esas habilidades, seremos interpelados por la biblia de los trastornos: el manual de la asociación americana de psiquiatría: ese que nos dirá qué trastorno somos en este momento y seremos canalizados a cierto tratamiento quirúrgico de la subjetividad.

Desde antes de nacer estamos siendo psicologizados: esperan de nosotros que seamos “alegres”, “con carácter fuerte” o “inteligentes”. Hoy cada vez es más fácil escuchar a una persona que dice que se siente “ansioso”, “estresado”, “bipolar”, “depresivo”. Incluso en nuestras redes sociales, todo se reduce a reacciones emocionales: un me gusta, un “me enoja”, un “me importa”, un “me entristece”, un “me encanta”. Hoy, como nos menciona Pavón-Cuéllar, es más fácil identificar los rasgos psicológicos o de personalidad de un gobernante o de un criminal[17]; no hay lugar en donde no existe algo psicológico. Parafraseando un poco a Jan De Vos[18]: la psicología nos dice lo que somos y debemos ser bajo sus teorías y sus conceptos, bajo su saber, bajo sus Verdades (con mayúscula). Esta psicologización, que es una ideologización en el aparato de la psicología, cumple funciones específicas en el capitalismo como lo ha explicado el filósofo Byung-Chul Han[19].

En la “psicopolítica” propuesta por Han, nos convertimos en un homo psychologicus, unos sujetos de la psicología: no solo para comprendernos o reducirnos a la psicología, sino que tenemos que psicologizarnos para funcionar en el entramado capitalista. Hoy la psique se convierte en fuerza productiva, hoy el capitalismo prefiere la explotación inmaterial[20].

Hoy el capitalismo ya no necesita recurrir todo el tiempo a la explotación física, es más factible y eficaz recurrir a las técnicas psicológicas y a todo su corpus teórico para explotar el interior del sujeto para que pueda autosometerse pero a la vez que ese autosometimiento no se sienta tan coercitivo o que simplemente no se sienta, más bien debe permitirle al sujeto sentirse libre, sentirse sujeto autónomo, hacerlo sentir que tiene movilidad en lo que hace. O como ejemplifica Žižek[21]: hoy los magnates les “otorgan” independencia y libertad a los equipos especializados de trabajo para que estos se sientan jefes autónomos de lo que se hace dentro de una empresa, les dan oportunidad de elección y hasta cierto punto, son determinantes en las decisiones importantes del rumbo de las empresas, pero eso sí, bajo el mismo salario de siempre.

La psicopolítica también explota lo positivo, hoy vivimos en la sociedad positiva como explica también Han, en donde no hay espacio para la negatividad[22]. Hoy lo positivo sirve para rendir más, para ver lo que no puede ser positivo lo más optimistas posible. De ahí entonces que contraten psicólogos en la industria o en cualquier otro lugar como consultores, consejeros o motivadores para aumentar el proceso de producción o la adaptación a lo que el sistema demande en ese momento.

O como bien diría Erich Fromm, así como se aceitan las máquinas, los psicólogos “aceitan” también a las personas con lemas agradables, con comprensión empática y estrategias de afrontamiento frente a su malestar[23].

Tanto Néstor Braunstein como Erich Fromm, consideran a la psicología una “técnica”[24] o “instrumento”[25] para el control y la adaptación: para decir qué es normal en el capitalismo, quiénes son los que funcionan y los que no, tratar con todo su arsenal técnico a aquellos que no tienen “buenas emociones”, “buenas estrategias de afrontamiento”, “pensamientos positivos”, para readaptarlos lo más que se pueda. La psicología refina la explotación, la hace más sutil, menos perceptible. El término equivalente de los estragos de la explotación capitalista en la psicologización es “estrés en el trabajo” o “depresión mayor”.

Como psicólogos, ahora se debe eliminar terapéuticamente todo bloqueo mental. Bien nos recuerda Ian Parker: hoy se prefiere el cambio individual que el social[26] porque la psicología está obsesionada con el individuo[27]. Quizá para aclarar un poco más esto, es justo recurrir a la cuestión de cómo ese enfoque en la responsabilidad individual se presenta cada vez más, solo por poner un ejemplo, en las campañas “eco-friendly”: nos enseñan a usar a las personas más productos ecológicos o mejorar nuestros hábitos haciéndonos creer que lo que hagamos en casa va a funcionar: quizá en cierta medida, no lo voy a negar, pero se dejan de lado aspectos, o más bien, estas acciones e imperativos individuales ocultan cuestiones de otro orden, o más bien, ocultan el orden mismo, parafraseando a Žižek[28]. El mismo ejemplo aplica para la situación crítica de hoy: en la pandemia que vivimos actualmente, se escuchan discursos de cambiar los hábitos propios para mejorar todo lo demás, y por lo tanto, estos discursos hacen que se oculten e invisibilicen cosas más importantes como el sistema que desató la pandemia. De ahí que Pavón-Cuéllar ubique a la pandemia como síntoma del capitalismo.

La premisa de ser animales políticos (zoon politikon), es decir, entes que vivimos en sociedad, como argumenta Marx[29], se borra a la luz de las teorías y técnicas psicológicas. La psicología con su psicologización conduce a una despolitización, a un desinterés de las condiciones reales de existencia, de lo realmente importante, un desinterés a las condiciones de opresión que hoy existen, condiciones que nos han constituido como sujetos. A modo de paréntesis para finalizar este argumento, además para evitar cualquier reduccionismo, el propio Marx argumenta que las circunstancias nos han hecho en la medida en que nosotros hacemos también a las circunstancias[30].

Por otro lado, no es raro entonces que la psicología critique a la psicología crítica cuando la primera le reprocha a la segunda que esta quiere hacer todo “político” como bien señala Parker: ¿no es acaso ya esta despolitización, esta psicologización, una forma política en sí?[31] La psicología a pesar de su renuente obsesión con su neutralidad es política y deja entrever siempre en sus prácticas a las que denominan éticas esa complicidad con el sistema y sus ideas. Recordemos que las ideas de la clase dominante, los capitalistas, son las ideas dominantes[32], reproducidas en los diversos aparatos ideológicos: la producción de las instancias intelectuales, de la academia, se subordina a esas ideas burguesas.[33]

Comentarios finales: servilismo, crítica y transformación

Ya para concluir, hago énfasis en la pregunta formulada a modo de título para esta exposición: ¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiantes? Hoy hace falta una psicología crítica, no porque nos fuéramos a dedicar a ella como si fuese una especializante ofertada o una corriente teórica específica. Más bien, necesitamos tener una postura crítica hacia nuestra psicología como nos ha explicado en diferentes ocasiones el Dr. Pavón-Cuéllar: por su estrecha relación con el capitalismo y sus relaciones de dominación, por su carácter ideológico y su desbordante psicologización, por perpetuar que el capitalismo siga ganando terreno no solo en la psique sino en la misma sociedad.

Naturalmente podrán objetar algunos y algunas: pero tú eres o estás a punto de ser psicólogo, ¡¿cómo estás criticando a lo que te dedicarás?!, ¡esta carrera tiene mucho que ofrecer y mucho por hacer!. Precisamente es por eso mismo por lo que la critico: no la critico porque no sirva para algo, más bien, la psicología sirve para todo hoy en día y justamente no quiero caer en ese servilismo tan perverso, tan injusto para la mayoría, un servilismo que trata de humanizar lo inhumano como el mundo de las mercancías; no quiero ser “profesionista de la ideología” capitalista.

Pero ojo, no se puede combatir a la psicología desde fuera de ella: hay que conocer sus reglas, sus discursos, sus intenciones, sus determinaciones. Recuerdo bien una frase de Bauman, pero mejor lo cito textualmente: “No existe otra manera de alcanzar la liberación más que someterse a la sociedad y seguir sus normas. La libertad no puede obtenerse en contra de la sociedad”[34]; o como bien se nos quedó grabado a algunos en la clase del Dr. Daniel y en palabras de Fernando: hay que combatir a la Matrix desde la Matrix. O parafraseando al Dr. Pavón-Cuéllar[35], si queremos ser críticos de la psicología tendríamos pues, que lidiar con la psicologización. El mismo libro que estoy presentando fue publicado en una de las empresas más capitalistas de todas, su dueño, Jeff Bezos es el hombre más rico del mundo. Quizá habrá que someternos pero ser conscientes de que lo estamos haciendo; habrá que someternos hipócritamente para luchar desde dentro.

Otros podrán objetar: pero no estás haciendo nada. Probablemente no, pero quizá una postura crítica sea un primer paso a la transformación de nuestra psicología, o el olvido de esta para dar paso a nuevas posibilidades de conocimiento de nuestra realidad y de los mismos sujetos, incluso desde nuestra trinchera estudiantil pero apuntando hacia una trinchera que no esté obsesionada con el individuo, con el “yo”. Y probablemente estas críticas que se le hacen y le hacemos a la psicología se encaminen también a esa transformación no solo de la disciplina, sino también del mundo y las condiciones actuales.

Con esto terminaría la charla. Agradezco a todos y todas los que pudieron conectarse a la transmisión.

31 de octubre de 2020

Luis Pablo López Ríos

Referencias


[1] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Teoría y Crítica de la Psicología 209, núm. 2 (2012): 202–9.

[2] Ibíd.

[3] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

[4] Ibíd., p. 126

[5] Michel Foucault, El orden del discurso (México: Tusquets Editores, 2016).

[6] Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004).

[7] Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

*David Pavón-Cuéllar, “Generalización, cuantificación, objetivación: del sujeto del comunismo y del psicoanálisis al todohombre del capitalismo y del paratodeo psicológico”.https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2019/07/22/paratodeo/

[8] David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Op. Cit.

[9] David Pavón-Cuéllar, Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology? (Nueva York: Routledge, 2017).

[10] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. (México: Itaca, 2019).

[11] Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985)”, Teoría y crítica de la psicología 8 (2016): 293–302.

[12] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

[13] Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Op. Cit., p. 126

[14] Klaus Holzkamp, Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985), Op. Cit., p. 298.

[15] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”, Op. Cit., p. 88; Néstor Braunstein, “Introducción a la lectura de la psicología académica”, en Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975), 329–60.

[16] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

[17] David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad, Op. Cit. p. 100.

[18] Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes, Op. Cit., p. 90

[19] Byung Chul Han, Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (Barcelona: Herder, 2014).

[20] Ibíd., pp. 41-42

[21] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo (Barcelona: Anagrama, 2020).

[22] Byung Chul Han, La sociedad de la transparencia (Barcelona: Herder, 2013).

[23] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956).

[24] Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias”. Op. Cit., p. 74

[25] Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. Op. Cit., pp. 144-145

[26] Ian Parker, Revolution in psychology. Alienation to Emancipation (Londres: Pluto Press, 2007).

[27] Ian Parker, “Introduction: Marxism, Ideology and Psychology”, Theory & Psychology 9, núm. 3 (1999): 291–93, https://doi.org/10.1177/07399863870092005.

[28] Slavoj Žižek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Op. Cit., pp. 93-94

[29] Karl Marx, “Introducción a la crítica de la economía política de 1857”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 121–41.

[30] Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

[31] Ian Parker, “Critical Psychology: What It Is and What It Is Not”, Social and Personality Psychology Compass 1, núm. 1 (2007): 1–15, https://doi.org/10.1126/science.37.963.895.

[32] Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”. Op. Cit., p.71

[33] Marx y Engels, Manifiesto Comunista. Op. Cit., pp. 26-27.

[34] Zygmunt Bauman, Modernidad Líquida (México: Fondo de Cultura Económica, 2003).

[35] Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. Op. Cit., pp. 99-101

https://versuslapsicologia.mx/2020/09/18/un-intento-de-lectura-sintomal-de-la-etica-en-psicologia-parte-i/

Cuestionar el regreso a clases hoy: ¿control psicopolítico-digitalizado de la vida?

Después de casi seis meses de que la suspensión de clases se hiciera efectiva aquí en México debido a la pandemia del SARS-CoV-2, nos encontramos de nuevo con el anhelado “regreso a clases”. Sin embargo, este regreso a clases no será igual que en años anteriores: hoy nos sujetaremos a las condiciones en las que la pandemia permite ese retorno a la escuela: transmisión de clases por televisión abierta para educación básica y clases en plataformas educativas para niveles superiores, con mayor flexibilidad, rapidez, alcance y eficiencia. Pero, deberíamos plantearnos el cuestionar lo que posiblemente subyace en este ansiado regreso digital a clases y todas sus “bondades”: cuestionarnos lo que va más allá de solo la educación en tiempos de pandemia.

La escuela, no olvidemos la propuesta althusseriana (que reiteradamente menciono en este espacio), funge como aparato ideológico, y por ende, esta no se limita a la mera transmisión de conocimientos, al seguimiento de una planeación escrita y entregada a las autoridades escolares, sino que deviene en reproducción de la ideología, del sistema capitalista y sus relaciones de producción dentro y fuera de las aulas, ese famoso “curriculum oculto” y perverso. Pero, ¿cómo hará el capitalismo neoliberal para asegurar esas relaciones, mediante la escuela, ahora que nos encontramos en la “comodidad” de nuestros hogares? ¿Será que el capitalismo no penetrará más allá de las aulas y tomaremos un breve descanso de su voracidad? Si esto no fuese así ¿a qué tendría que recurrir el sistema para no perder su dominancia ante la crisis producida solo por este? En esta ocasión, las propuestas del filósofo Byung Chul-Han y el psicólogo crítico Jan De Vos podrían encaminarnos a responder las preguntas anteriores.

Anteriormente había dedicado un espacio breve a estos dos autores (La Psicopolítica de Byung-Chul Han: la nueva técnica de poder neoliberal y Homo psychologicus: la psicologización del todo), sin embargo, la publicación dedicada a tratar parcialmente el fenómeno de la psicologización adelantaba que desarrollaría el tema de la digitalización, también argumentado por Jan De Vos. Podríamos, pues, intentar articular ambos aportes críticos para reflexionar sobre este retorno a nuestras “aulas” y esta aparente “libertad” que los dispositivos y herramientas tecnológicas aparentan ofrecer.

Digitalización y Psicopolítica: la relación perfecta

Hoy las clases toman un nuevo rumbo: docentes y estudiantes nos encontramos frente a la digitalización de la educación. Nuestra presencia física se ve sustituida por un correo electrónico, por un pseudónimo, por la intensidad de nuestra red de internet en casa, por el dispositivo inteligente y su cámara que nos hace estar presentes en las “clases”. Hoy ya no solo somos aquel homo psychologicus interpelado por las teorías psicológicas y todo el corpus de la psicología que nos pone al servicio (in)directo del capitalismo; aquel que nos decía con vehemencia: “¡Tú eres resiliente, capaz, autogestor, libre, autónomo!” “¡No necesitas a los otros, solo a ti mismo y a nadie más!” Nuestro devenir sujetos se torna distinto, en una nueva “modalidad”, esa que nos interpela a “ser” nosotros desde la comodidad y “libertad” de nuestras casas en nuestros dispositivos tecnológicos.

Ya no hablamos solamente de una psicologización, sino que se incluye en esta interpelación la digitalización de la vida, aquella interpelación para ser sujetos digitales (De Vos, 2019), un homo digitalus, una subjetividad inmaterial (¿qué hay detrás de esa inmaterialidad? ¿idealismo actualizado? debate abierto para el lector). El propio De Vos (2019) adelantaba esta vicisitud en la misma escuela (mucho antes de que la COVID-19 fuera el tema de cada día): la presencia que entonces era material, en la que decíamos “presente” cada que mencionaban nuestro nombre en el aula, hoy se ve sustituida por otras formas digitales. Al respecto menciona:

“Pero en la actualidad, la presencia escolar vuelve a ser algo muy sencillo: puede ser simplemente comprobada electrónicamente […] entrar a la clase, encender su laptop […] son diferentes formas de comprobar su presencia, mientras se comprueban otras múltiples cosas también“. (ibíd.; 154) (Cursivas mías)

La digitalización en la escuela, como la explica De Vos (2019), quedaría simplificada a dos términos: a una presencia (inmaterial, virtual, digitalizada, verificada electrónicamente) y la pantalla (donde el mundo está “presente”). Al respecto y antes de continuar, me gustaría hacer un breve paréntesis para recordar a Lacan y el estadio del espejo. Esta digitalización del sujeto, quizá podríamos compararla con aquel estadio en donde el sujeto es interpelado por el Otro al verse a través del espejo y por todo lo que no puede ver en él, lo que hay detrás de este (Braunstein, 1980): el mundo está presente y ausente a la vez en el sujeto. El sujeto se percibe a sí mismo, crea su yo “autónomo” gracias a la imagen que el espejo le devuelve y al reconocimiento del Otro. La pantalla, por su parte, le devuelve una imagen digitalizada al sujeto que se reconoce a través de ella, se ve a sí mismo como completo, como un “yo” digitalizado, sin darse cuenta de que en esa imagen existen “otras múltiples cosas”. El Otro y lo demás (¿capitalismo? ¿psicologización?), aquellos que se encuentran del otro lado de nuestra pantalla y lo que no alcanzamos a ver en el entorno digital, serán encargados de comprobar/interpelar esas “múltiples cosas” (quizá) de las que De Vos habla y que profundizaremos en esto más adelante.

La digitalización de los sujetos, de la educación misma, a su vez se convierte también en una disciplinarización de la vida (De Vos, 2019), pero no tan coercitiva, una disciplinarización “light” si así lo quisiéramos ver. Hoy, docentes y estudiantes, tenemos que encender nuestra cámara web para que se compruebe nuestra presencia inmaterial; tenemos que utilizar correos institucionales para que se compruebe nuestro ser, de lo contrario, no somos nosotros; las plataformas virtuales como Classroom o Moodle (por mencionar solo dos), se convirtieron en el nuevo panóptico, en el panóptico digital, en las que se programa el tiempo específico para hacer tareas y otras actividades. A diario llegan a nuestros correos notificaciones de nuevos deberes por cumplir. El diálogo y el debate ya no existen, ya no se puede hablar tanto por el límite de tiempo en las sesiones y los temas verdaderamente relevantes y preocupantes quedan excluidos; los docentes saben todos nuestros movimientos en la red y sus jefes saben todo de ellos: la hora en que subieron un documento, si entregaron o no un pendiente, si están conectados o no en alguna sesión virtual. Ya tampoco es una biopolítica, más bien, es una digi-política (De Vos, 2019). Antes utilizábamos el internet para buscar a través (de manera superficial) de él lo que necesitábamos para la escuela, hoy, por el contrario, nosotros somos el internet (ibíd.). Ahora somos un apéndice, parafraseando a Marx y Engels (1848/2004), de nuestra laptop o celular, de la red misma, funcionando como esclavos pasivos de lo que no aparece en nuestra pantalla.

Si bien es cierto que hoy nos encontramos frente al imperio digital, los significantes de los “psi”, o de la psicología, no desaparecerán en ningún momento (sin hablar a detalle de que la estructura del entorno digital también está psicologizado) (De Vos, 2019). Este retorno constante a la psicologización, la obsesiva necesidad por querer psicologizarlo todo, no es mera casualidad, como ya lo argumentaba Han (2014). Esa psicopolítica debe seguir siendo aplicada en todo momento para asegurar las relaciones de producción. El capitalismo neoliberal no puede descansar, ni siquiera la pandemia puede ser motivo para detenerlo. La psicopolítica debe aplicarse y aparecer siempre, sí o sí, en el entorno digital.

En el panóptico digital, se reproducirían los discursos psi, esos que nos alentarían tanto a docentes y estudiantes a estar “motivados”, a ser “autogestores” de nuestro “propio” aprendizaje, a ser “resilientes” frente a la situación de la pandemia, a estar pendientes de las propias tareas a realizar. Lo digital favorecería toda esa optimización que necesita la psique (Han, 2014) para rendir adecuadamente, convirtiéndola así en fuerza productiva. Las frases motivadoras e individualizadoras en Facebook, las imágenes alentadoras llenas de resiliencia que publican las universidades, los discursos de “autoaprendizaje” y “autogestión” en las clases en línea, conducen a un autosometimiento. De ahí que no percibamos la coerción disciplinaria que mencionábamos anteriormente: todo parece agradable. La psicopolítica vuelve todo más fácil y agradable, siendo esta maximizada por el entorno digital: teniendo inteligencia emocional y emociones positivas (Han, 2014) publicadas y enseñadas en cualquier página de Facebook, plataforma educativa o en la misma clase virtual, rendiremos más (¿para quiénes?) y nos sentiremos en “libertad”, sin presión alguna: “al fin y al cabo, no estoy en el salón de clases, no pasa nada, soy libre”. Desde el entorno digital, somos víctimas de la psicopolítica, de la psicologización ejercida que quizá sea el punto central de todo el asunto, como lo explica Pavón-Cuéllar (2019) en el prólogo de la obra de De Vos:

“[…] debemos empezar por convertirnos en impulsos, motivaciones, afectos, emociones, pensamientos, cogniciones, actitudes, rasgos de personalidad, respuestas a estímulos […] La crítica de los actuales giros neurológico y digital no puede llegar demasiado lejos ni tampoco profundizar lo suficiente, por lo tanto, si no se atreve a remontar hasta el dispositivo psicologizador con el que se produce lo que se neurologiza y se digitaliza. La psicologización es aquí el meollo de todo el asunto. El corazón del homo psychologicus es el que late dentro de los pechos del homo neurologicus y del homo digitalus“. (p. 23)

Esta psicopolítica, esta psicologización, siempre está ahí, en el seno de la digitalización, hoy digitalización escolar. La interpelación ideológica de la que Althusser nos hablaba en el aparato ideológico escolar, es hoy una interpelación a distancia, a domicilio, sutil y digital. Esta digitalización se precipitó y agudizó por la pandemia, y con ello, se maximizó la psicologización. En este sentido, nos digitalizamos y se refuerza lo que ya estaba psicologizado en nosotros. Somos homo psychologicus y digitalus a la vez, tal como lo necesita el sistema.

“Si la digitalización posibilita ciertas formas extremas y extremadamente sutiles de sujeción, dominación, manipulación, enajenación, explotación, mercantilización y financierización, es también porque se vale de la misma psicología que nos ha ido constituyendo internamente y que hoy regresa desde el exterior bajo una forma digital […] Ya somos lo dominado por la psicología que ahora simplemente reviste la forma digital de los dispositivos electrónicos, de los sistemas computacionales y de todos los demás artilugios informáticos”. (Pavón-Cuéllar, 2019a, p.27).

Comentarios finales: el retorno a la psicologización

La digitalización, al igual que las vicisitudes del capitalismo, es solo una mutación de la psicologización. El capitalismo neoliberal conserva mayoritariamente las formas y procedimientos de su antecesor industrializado, aunque de formas actualizadas y “menos” evidentes. Lo mismo sucede con la digitalización: la interpelación que sucede en el entorno digital mantiene siempre elementos de la psicologización, como lo argumentaba De Vos y Pavón-Cuéllar. La psicopolítica es un efecto inherente al proceso de devenir sujetos digitales. Lo emocional y el management de sí mismo (Han, 2014), nos hacen sentir libres frente a la crisis actual que el mismo sistema no desea perder y que por eso no existe un descanso real ni de nosotros, ni del mundo. Eso que provocó la crisis y resiste a ella, el capitalismo, es tal vez lo que se esconde detrás de la pantalla, detrás de la imagen que nos devuelve la pantalla o el espejo lacaniano.

El aparato ideológico escolar tampoco puede detenerse, porque es en este donde se reproducen las relaciones de producción que mantienen al sistema, y al no poder detener esta interpelación de sujetos, incluso durante una pandemia cuyas cifras mortíferas son síntoma del capital (explicado aquí brevemente con base en lo argumentado por Pavón-Cuéllar), tienen que recurrir a aquella flexibilidad que la “serpiente” psicológica (Han, 2014) y digital tiene en sus movimientos para escabullirse en los espacios que parecen imposibles. Somos ahora nuestro propio panóptico, desde la comodidad de nuestra casa, ya no necesitamos que el docente esté frente a nosotros. Nos autosometemos con nuestra sensación de libertad y control de nuestras emociones en el confinamiento.

Quizá el lector pueda concluir: “¿Entonces es mejor asistir a clases presenciales?” Probablemente, pero esto no quiere decir que ese regreso a la presencialidad vaya a eliminar el problema. Tal vez desaparezca parcialmente la digitalización y lo que esta conlleva en el control de la vida, sin embargo, la psicologización, la psicopolítica, la interpelación ideológica sigue y seguirá ahí si no existe una organización entre nosotros, docentes y estudiantes comprometidos(as), ético-políticos(as) y subversivos(as), que cuestione y critique lo que se dice y se hace en nuestras aulas a través del dispositivo psicologizador. Si queremos que las cosas cambien, podríamos pues, empezar por la crítica a ese dispositivo que todo lo psicologiza a su paso que, tal como Foucault lo explicaba, criticar sería “interrogar la verdad” psicologizadora, “desconfiando” de ella, “limitarla”, “escapar de esas artes” (Foucault, 1978/2018) que de la psicologización emanan, y que a su vez, esto podría conducirnos al derrocamiento de lo que hoy se esconde detrás de la pantalla y en la red, aquello que sostiene a la psicología y su psicopolítica enmascarada de digitalización.

Referencias

  • Braunstein, N. (1980). El sujeto en el psicoanálisis, el materialismo histórico y la lingüística. En Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis (hacia Lacan). México: Siglo XXI.
  • De Vos, J. (2019). La digitalización. En J. De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.
  • Foucault, M. (2018). ¿Qué es la crítica? Conferencia dictada en la Sociedad Francesa de Filosofía, Universidad de la Sorbona, 27 de mayo de 1978. En ¿Qué es la crítica? Seguido de la cultura de sí. Argentina: Siglo XXI.
  • Han, B. C. (2014). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.
  • Marx, K. y Engels, F. (2004). Manifiesto Comunista. Madrid: Akal. (Original publicado en 1848. “Manifiesto del Partido Comunista”).
  • Pavón-Cuéllar, D. (2019). Prólogo. La psico-política de Jan De Vos ante nuestra psicologización en el capitalismo. En J. De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. México: Paradiso Editores.