Althusserianismo: psicología como apología del capitalismo

Comencé este espacio el 19 de mayo de 2020. El encierro era cada vez más aburrido y tedioso. Aún me encontraba en el penúltimo semestre para terminar la licenciatura. La psicología, en su monotonía, terminaba por cansarme, por aburrirme, incluso por desesperarme: no había reflexión crítica ante la disciplina. Tuve la suerte de encontrarme con un libro bastante interesante y necesario en ese mismo mes: Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad, del Dr. David Pavón-Cuéllar, de quien me considero seguidor y a quien tuve la fortuna de conocer e intercambiar palabras gracias a este blog.

Este libro me introdujo con mayor claridad al tema de las diferentes psicologías críticas y me motivó a abrir este espacio. Al principio lo llamé “Psicología crítica y crítica de la psicología”. Mi objetivo era (y sigue siendo de alguna u otra manera), compartir aquello que estaba leyendo, pero también, por otro lado, era hacer lo que los psicólogos críticos hacen: incomodarle, estorbarle, reclamarle, criticarle, reprocharle a la psicología todo lo que hace. Decidí cambiar el nombre a “Versus la Psicología” para efectos prácticos y usar la referencia a la “trinchera estudiantil” en la que me encontraba en ese momento. Hoy, habiendo concluido mis estudios de licenciatura, el espacio gira en torno a tres temáticas: Marxismo, psicoanálisis y psicología crítica.

Entre las referencias del libro antes mencionado, encontré muchos(as) autores(as), sin embargo, quien más me atrajo fue Althusser y quienes seguían su trabajo. Pasé a leer Ideología y aparatos ideológicos de Estado de Althusser, y posteriormente me encontré con el maravilloso trabajo de Néstor Braunstein y sus colegas: Psicología: ideología y ciencia. A Deleule no lo había podido leer porque quería su libro en físico: La psicología, mito científico; al no conseguirlo, lo leí hace poco en PDF y puedo decir que es, sí o sí, una lectura necesaria e imprescindible para la crítica de la psicología. Mi lectura del althusserianismo no se agotó en estos textos: me encontré los Escritos sobre psicoanálisis de Althusser, y como lector recurrente de Pavón-Cuéllar, podía encontrar este althusserianismo entre sus líneas.

Los ensayos con los que comencé estaban llenos de referencias a Althusser y Braunstein. “La psicología como reproductora de la ideología dominante” fue el segundo escrito que publiqué aquí después de un resumen sobre psicología crítica. Este segundo escrito (y quizás los siguientes cuatro o cinco), sostenía la tesis de la psicología como aparato ideológico de Braunstein.

Me introduje al marxismo no por Lenin o Trotsky, ni siquiera por Marx o Engels. Mi introducción al marxismo fue por el marxismo althusseriano, el que da cuenta de una valiosa articulación: marxismo y psicoanálisis. Fue gracias a este marxismo que también me interesé más por el psicoanálisis. Pareciera entonces que este rodeo por el campo del althusserianismo fue necesario antes de leer directamente a Marx y a Freud, quienes no me han faltado en los últimos escritos, inclinándome más por el primero que por el segundo.

Un año después, he decidido recopilar, de manera breve y general, algunas de las críticas que el althusserianismo le ha hecho a la psicología. Me había servido de sus aportes para construir los breves ensayos que aquí publico, pero no me había dado el tiempo de mostrar qué dicen acerca de la psicología. Este es el momento: un día antes del “día del psicólogo” en México, 20 de mayo. Considérenlo, los y las psicólogas que se encuentren este escrito, un “regalo” del marxismo althusseriano. Nuestro itinerario será el siguiente: primera parada con Althusser, haremos un abordaje intermedio con Deleule, y concluiremos con Braunstein.

Louis Althusser

Aunque el joven Marx ya sospechaba del futuro proceder de la psicología[1], Louis Althusser concretará de paso en su obra esta crítica a la disciplina que, como ya adelantamos, serán después ampliamente desarrolladas por sus seguidores. No procederé en orden cronológico.

Althusser recalcó que la psicología era una “formación teórica de la ideología burguesa”[2], dándole un lugar entre la economía política criticada hasta morir por Marx y la sociología. Estas formaciones teóricas, dice Althusser, “tienen como misión disimular con el fin de perpetuar la explotación y el dominio de la clase burguesa”[3]

Consideró que la psicología era solamente “una rama de la moral” a la que se le atribuyen las “prácticas de reeducación social de la persona” así como la “normalización del comportamiento de los individuos”[4]

Althusser también pudo dilucidar la relación que la psicología tenía con el psicoanálisis. Nos recordó que la psicología intenta siempre “anexar al psicoanálisis” y al anexarlo, este queda reducido a las lógicas de la psicología, o en sus palabras, queda reducido a “una técnica de readaptación ‘emocional’ o ‘afectiva’ […]”, pero también, tal como ha sucedido con la psicología actualmente, el psicoanálisis termina por ser “un objeto de consumo común de la cultura”[5]. Estos intentos de “anexión y revisión” por parte de la psicología (e incluso de cierto marxismo dogmático) hacia el psicoanálisis, se debían porque las conclusiones de Freud “trastornaron a la psicología”[6], y sobre todo, porque el descubrimiento del Dr. Freud era “verdadero y peligroso”, y agrega Althusser:

“Donde no hay verdad, no hay razón para desear anexar o revisar. Hay pues, en Freud, algo verdadero, de lo que hay que apropiarse pero para revisar su sentido, pues esto verdadero es peligroso; hay que revisarlo para neutralizarlo”[7]

Althusser le reconoció a Lacan sus críticas al psicoanálisis psicologizado, que no era sino un “psicoanálisis digerido”[8]. Tal psicoanálisis, nos recuerda Lacan, “se ha inclinado hacia la adaptación del individuo al entorno social”[9]. Si el psicoanálisis fue psicologizado en Norteamérica, fue solo en la medida en que debía cumplir una demanda social, misma que le ha sido formulada a la psicología (veremos esto en los comentarios de Deleule).

El “último Althusser”, lanzó un último dardo al centro de la diana psicológica, afirmando que el pensamiento conjunto de Marx y Engels “trastrueca todos los principios de la psicología y que poco menos que anticipa la intersubjetividad”[10]

Didier Deleule

Deleule profundiza las reflexiones de Althusser en torno a la psicología en su libro La psicología, mito científico. Esta reflexión crítica y amplia, le permite cuestionar la supuesta neutralidad del psicólogo [11] “al poner entre paréntesis”[12] el entramado social, en el modo de producción capitalista. Se encuentra en el origen y quehacer de la psicología una “demanda social”[13], de la que la psicología nada sabe, pero sigue cumpliendo.

En la retraducción que Deleule hace del discurso de distintos psicólogos, identifica que son los mismos psicólogos, a través de lo que dicen (incluyendo sus lapsus), quienes dejan entrever “su pertenencia ideológica” al sistema así como la tarea de “prevenir o ahogar los conflictos en el seno de la organización social” [14]. Cuando la psicología revela “su opción ideológica”[15], dice Deleule, la disciplina se convierte en una “ideología de recambio” que termina por ser un “refuerzo de la ideología dominante”[16]. Esto solo se logra cuando la psicología presenta como “científico”, lo que “no es más que ideológico”[17].

Al preferir “las revoluciones a pequeña escala” (frase que contendría “todo el espíritu de la psicología moderna”[18]), la psicología funciona como justificación y reproducción del capitalismo, de la ideología burguesa. Esta justificación, reproducción, y la preferencia por pequeñas revoluciones (que no son sino “catarsis sociales” en un espacio controlado como lo es el “psicodrama”) solo serán posibles cuando el psicólogo “esté ya educado”[19], o dicho de otra manera, que los psicólogos sean interpelados por la ideología burguesa para devenir “profesionales de la ideología”, como les diría Althusser[20].

Néstor Braunstein

Siguiendo la misma línea, tomando entre sus referencias a Althusser y a Deleule, Néstor Braunstein y sus colaboradores prepararon un libro que hoy en día resulta imprescindible. Me atrevería a decir que puede ser una buena introducción, por el camino de la crítica de la psicología, al althusserianismo y a Marx. En este espacio solo dedicaré atención a lo escrito por Braunstein, dado que es quien sigue de cerca a Althusser e incluye sus aportes en su discurso.

El argumento central de Braunstein, similar al de Deleule, es el de recordarle a los psicólogos que su disciplina es una “técnica y una ideología”, entendiendo esta última en dos sentidos: “como conjunto asistemático de nociones precientíficas y como representación ilusoria y deformada de la realidad elaborada por las clases dominantes” [21] . Al no saber qué estudian, y pasar de estudiar la conciencia a estudiar la conducta, los psicólogos, “sin saberlo”, se enmarcan en un “proyecto adaptacionista”[22] de los sujetos. Detrás de esta obsesión por adaptar y evaluar tal adaptación, se encuentra un “encargo social emanado de las clases dominantes”[23].

Nos recuerda Braunstein que “la psicología individual [que es también social, dice Freud en la primera página de Psicología de las masas] desconoce que el individuo que estudia es un resultado del ambiente (social) y que la contraposición [dualista] de ambos es solo aparente”[24]. En este desconocimiento en el que se encuentra fundada la psicología y su pretensión de ciencia natural (como una “biología” más), la disciplina sería solo serviría como “técnica de registro, predicción y control” pero también como una “ideología que ofrece representaciones ilusorias sobre la singularidad y la autonomía del yo, de la personalidad o de la conciencia”[25]. Complementa diciendo que sería absurda “la pretensión de fundar una psicología basada en el estudio de la conciencia y la conducta de individuos aislados” sin tener en cuenta “la estructuración del aparato psíquico a través del proceso de sujetación”[26]

Braunstein, lector de Althusser, acierta en considerar a la psicología como “aparato ideológico”[27] (tema que fue abordado de manera general en el segundo ensayo de este blog) y esto se verá confirmado tras la lectura sintomal (como la de Marx identificada por Althusser) que realiza de la psicología académica.

En esta lectura no literal, sino más bien, lectura del síntoma del capital, Braunstein descubre que “el psicólogo trabaja por cuenta de alguien y ese alguien no muestra la cara”[28]. La psicología que se enseña en la formación del estudiante “está constituida como una respuesta técnico-ideológica frente a una demanda [Deleule] que procede de las clases dominantes”[29]. Cito ampliamente al Dr. Braunstein:

“Así nos hemos enterado que el progreso psicológico está supeditado a una política que es la del capitalismo en su fase avanzada, el imperialismo, fundado en la explotación creciente de los trabajadores del propio país y en el mantenimiento y reforzamiento de la dependencia económica, cultural y políticomilitar [sic] de los países del llamado Tercer Mundo. La psicología sobrevivirá en la ‘creciente medida de lo que pueda aportar a nuestra vida’, en tanto que va creciendo su importancia como aparato ideológico de Estado, en tanto que profundice en la implementación de técnicas al servicio de la sujetación ‘individual y colectiva”.[30]

Comentarios finales

El común denominador de esta postura althusseriana contra la psicología, es el de considerar a la disciplina como parte de la ideología dominante, o como bien diría Deleule, como “refuerzo” de la misma; diremos aquí que la psicología no es más que una apología del capitalismo. Tanto Deleule y Braunstein, así como otros críticos marxistas de la psicología, como Pavón-Cuéllar, no dudan al generalizar su crítica a toda la disciplina. Esta crítica generalizada surge porque la psicología nunca ha podido salir de las apariencias, de la ideología, de lo consciente como eje de estudio. De ahí que opten (y me incluyo), por el psicoanálisis, y más aún, por el psicoanálisis de Freud y Lacan.

Intentar incluir a la psicología en la lucha revolucionaria es perdonarla por sus funciones actuales en el capitalismo neoliberal. Es cierto que hay psicólogos y psicólogas que manifiestan su postura política a favor de la clase oprimida, pero me atrevo a decir que tal postura tarde o temprano los hará abandonar su psicología, y optar más por lo político que por lo psicológico.

A un día del 20 de mayo (día del psicólogo en México), reitero y reiteramos que la psicología sirve únicamente para la clase dominante, aquellos que tienen los medios de producción. Son quienes explotan la fuerza de trabajo de los otros, quienes se apoderan del saber-hacer del esclavo, los que pueden tratarse con la psicología. Nunca falta un psicólogo o psicóloga en la industria, en la escuela: ¡cada vez hay más psicólogos en el país!

Quizás sea momento de recordarles a los que ejercen y a los estudiantes, que su psicología, por más positiva, por más buenas intenciones que diga tener, está manchada de sangre por torturas[31], empapada del sudor de los trabajadores y trabajadoras cansadas, explotadas, mal pagadas, discriminados, empobrecidos, desvalorizados. Hoy es un buen momento para recordarle todo esto a la psicología, incluso a los que optan por una postura diferente, contrahegemónica, con la finalidad de que reafirmen su lucha, su opción política contra el capitalismo, el racismo, el colonialismo o el patriarcado.

Para finalizar, no me queda más que agradecer, en el primer aniversario de este espacio en donde he podido compartir lo que pienso, a quienes me han apoyado afectivamente, quienes me ofrecen retroalimentación teórica, quienes comparten los escritos y a quienes comentan en la página de Facebook: todxs, de alguna u otra manera, estamos haciendo psicología crítica.

Referencias


[1] Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Akal, 2013

[2] Louis Althusser, Sobre Marx y Freud (1978), en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan, México, Siglo XXI, 1996, p. 204

[3] Ibid. p. 197

[4] Althusser, El descubrimiento del doctor Freud (1976), Op. Cit., p. 177

[5] Althusser, Freud y Lacan (1964), Op. Cit., p. 33

[6] Althusser, El descubrimiento del doctor Freud (1976), Op. Cit. p. 173

[7] Althusser, “Sobre Marx y Freud” (1978), Op. Cit. p. 196

[8] Louis Althusser, “Psychoanalysis and psychology” (1964), en Psychoanalysis and the Human Sciences, Nueva York, Columbia University Press, pp. 67-70

[9] Jacques Lacan, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis (1953), en Escritos I, México, Siglo XXI, 2009, p. 239

[10] Louis Althusser, Para un materialismo aleatorio (1982), Madrid, Arena Libros, 2002, p. 16

[11] Didier Deleule, La psicología, mito científico, Barcelona, Anagrama, 1969, pp. 76-77

[12] Ibid., p. 29

[13] Ibid., pp. 47, 63, 79-80

[14] Ibid., p. 79

[15] Ibid., p. 91

[16] Ibid., p. 93

[17] Ibid., p. 96

[18] Ibid., p. 113

[19] Ibid., p. 132

[20] Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” (1970), en La filosofía como arma de la revolución, México, Siglo XXI, 1974.

[21] Néstor Braunstein, Psicología: ideología y ciencia (1975), México, Siglo XXI, 1991, p. 21

[22] Ibid. p. 40

[23] Ibid., p. 41.

[24] Ibid., p. 70

[25] Ibid., p. 75

[26] Ibid., p. 95

[27] Ibid., p. 88

[28] Ibid., p. 343

[29] Ibid., p. 353

[30] Ibid., p. 354

[31] David Pavón Cuéllar, Psicología y Destrucción del Psiquismo: La Utilización Profesional del Conocimiento Psicológico para la Tortura de Presos Políticos. Psicologia: Ciência e Profissão, no. 37 (2017), 11-27. https://dx.doi.org/10.1590/1982-3703010002017

¿Qué es la psicología? Seis definiciones en clave marxista

Mímesis

La pregunta del título no es para nada nueva. Es, por el contrario, algo repetitivo entre los psicólogos. Es el enigma no descifrado. Es la obsesión que atormenta a la disciplina. Es la pesadilla que ha gravitado desde tiempos inmemoriales en los cerebros de aquellos. Su definición es oscilante: a veces optan por decir que es una ciencia objetiva y bien delimitada con objeto propio, y otras veces pasa al dominio público para convertirse en una Weltanschauung .

Al desconocer su determinación material, esto es, su determinación por el modo de producción actual, la psicología cae en embrollos inextricables, en formulaciones redundantes y contradictorias, en querellas profesionales y teóricas entre “escuelas” y “corrientes”. Por tanto, si no ha existido tal consenso es porque no son ellos, los profesionales de la psicología, los que deciden qué se dice o no en los manuales, códigos de “ética”, en los pasillos de las facultades, o en la calle sobre la disciplina. Al estar integrados en el capitalismo, su definición oscilante se establece en función de las lógicas del sistema, por sus intereses económicos y de clase.

Diremos que las definiciones de la psicología oscilan entre la aceptación de “lo dado” y las cosas “tal como son” con el fin de adaptarnos y someternos a estas, en donde impera la lógica del número y lo acrítico, encontrándonos así en un movimiento lineal inalterable y que solo podría ser alterado por el experto, por la minoría académica, quedando reducido el sujeto en objeto esclavizado; pero también se define como un espacio público en el que todos caben, formando así una visión del mundo, con cierta flexibilidad, con promesas de cambio [individuales e internos] y “autonomía”, como incentivo de las cualidades humanas y la libertad. ¿No sería esto algo tan conocido como el funcionamiento del propio capitalismo? ¿No es acaso la psicología una mímesis del sistema en todos los sentidos?

Las contradicciones teóricas surgidas entre psicólogos y sus intentos para definir su disciplina se determinan fuera de los congresos, de los colegios y de las asociaciones de psicología; de ahí entonces que en dos siglos no se haya logrado el acuerdo: ¡porque no son ellos quienes mandan! Así, las contradicciones que podemos encontrarnos a la hora en que se define a esta disciplina, es decir, lo flexible-inflexible, lo humano-numérico, la autonomía-heteronomía, la libertad-esclavitud, son solo las contradicciones que encontramos en el sistema capitalista. La psicología es definida desde otro lugar: desde las lógicas de la producción de mercancías y las relaciones de explotación capitalistas.

Retraducción marxista

Pienso, entonces, que la psicología necesita definirse, pero no desde donde ha sido definida, asegurándole siempre un mínimo de existencia y prestigio en pro de la clase burguesa, sino desde un lugar en el que quede inerme, desnuda, indefensa; desde un lugar en el que no pueda defenderse porque ha sido descubierta. Propongo seis breves y muy generales definiciones en clave marxista que retraducen a la psicología, y al retraducirla, se pone de manifiesto que esta disciplina no es sino un desplazamiento necesario efectuado por el capital y sus personificaciones para que estos puedan mantenerse y reproducirse constantemente. Estas definiciones generales también servirán para extender aquello que dejé inconcluso o muy vago en el escrito anterior.

  • La psicología es la expresión, en otros términos, de la lucha de clases que tiene lugar en el sistema capitalista

En primera instancia, la psicología queda definida por la lucha de clases, entre el proletariado y la burguesía, y al quedar definida por ella, también se convierte en un espacio para que esta quede expresada. El psicólogo se eleva en calidad de burgués porque posee medios de producción, a saber, sus teorías, encuestas, test de personalidad y técnicas terapéuticas. El psicólogo somete a los sujetos hasta rebajarlos a meros objetos, objetos de la psicología, subordinados a sus lógicas de producción. El psicólogo adquiere el papel de mandamás, de administrador de vidas puesto que posee los medios para ello. Su posición de poseedor le permite diferenciarse del proletariado, de los no-psicólogos, y es gracias a esta diferenciación en donde radica la dominación, tanto burguesa como psicológica.

Del mismo modo en que la clase burguesa nos promete a todos y todas libertades e independencias[1], así la psicología promete libertad e independencia en el momento en que cautiva y somete al proletariado, al no-psicólogo. Pero como nos lo recuerdan Marx y Engels[2], todas estas libertades e independencias, son tan solo libertad e independencia para comprar y vender. De ahí que digamos que no podemos ser marxistas en psicología.

  • La psicología es la formación teórica en donde se confirma la división mental y física del trabajo, y por tanto, es una versión actualizada y mejorada del idealismo burgués

Al no reconocer su determinación histórica-material, la psicología deviene abstracción. Su objeto, la psique, está determinada por la división en clases y por la división mental y física del trabajo. De ahí que el marxista Pavón-Cuéllar nos recuerde que “el objeto de la psicología no es cualquier psique”, sino la psique de los que dominan[3], aquellos que se han podido abstraer del trabajo manual, lo que les permite creer que todo es producto de su cerebro, tal como fue señalado por Engels[4].

La psicología cree que lo más importante del ser son sus funciones cognitivas y sus mecanismos cerebrales, sus emociones en aislado. Así, los problemas del mundo capitalista son reducidos a meros conflictos psíquicos, cognitivos o cerebrales, mismos que tendrían que ser resueltos mediante la psicología para que el mundo se construya y avance.

Como marxistas, no podemos esperar nada de la psicología si confirma en cada paso que da, en cada teoría desarrollada, en cada artículo publicado, a la clase dominante y su abstracción, eso que Marx ya había advertido[5]:

“Una psicología para la que está cerrado este libro [fuerzas humanas esenciales], es decir, justamente la parte más sensiblemente actual y accesible de la Historia, no puede convertirse en una ciencia real con verdadero contenido. ¿Qué puede pensarse de una ciencia que orgullosamente hace abstracción de esta gran parte del trabajo humano y no se siente inadecuada en tanto que este extenso caudal del obrar humano no le dice otra cosa que lo que puede, si acaso decirse en una sola palabra: ‘necesidad’, ‘vulgar necesidad’?”

  • La psicología es el espacio catártico diseñado para la clase burguesa

Puesto que todos los problemas del mundo quedan reducidos a la psique determinada por la clase dominante, los métodos terapéuticos de la psicología están dirigidos a esta y no al proletariado. Son solo los que dominan los que pueden curarse de ansiedad y depresión, porque solo desgastan la mente en la especulación financiera y en funciones directivas. La salud mental tal y como la conocemos, es la salud mental capitalista. El capitalista necesita de su psicología, del psicólogo, para realizar sus operaciones, para asegurar la ganancia, para no sentirse abrumado y asqueado de tanto dinero, para no sentirse deprimido si sus acciones caen.

En cambio, si la clase dominada padece constantemente de estos trastornos, es solo en la medida en que su malestar radica en la explotación física y real: el trastorno mental deviene efecto de la explotación, de la extracción del plusvalor, del plustrabajo no pagado al obrero. Si al trabajador lo envían al consultorio del psicólogo es solo para que este desvanezca y suprima temporalmente el síntoma, lo que aparece de manera consciente, ignorando la determinación capitalista inconsciente, misma que retornará con mayor fuerza. Se padece de explotación capitalista, no de ansiedad o depresión.

  • La psicología es una modalidad de enajenación en el sistema capitalista

La psicología burguesa se generaliza a las masas. Si la clase capitalista considera a la psicología un espacio catártico que les funciona y los saca de apuros, entonces esta idea particular de clase, pasa a ser idea general del mundo: “las ideas de la clase dominante, son las ideas dominantes” nos recuerdan Marx y Engels[6]. De esta manera, las ideas de los sujetos desposeídos de los medios de producción real, son las ideas psicologizadas.

La enajenación estriba en la psicologización, en el reconocimiento del sujeto a través de las teorías psicológicas, en la imagen psicologizada que le promete consistencia frente a la inconsistencia, forma frente a lo amorfo, y todo esto porque la psicología se presenta como el único posible de los mundos, en la única manera de pensarse a sí mismo, en la única forma de ser y actuar. La vida del sujeto ya no es su vida, sino de la psicología, pero sobre todo, del capitalismo, del capitalismo y su psicología.

Es más conveniente llamarse a sí mismo obsesivo o ansioso, porque estos dotan de identidad al sujeto, lo hacen ser alguien en conjunto con los demás. Si, por el contrario, alguien se llama a sí mismo “explotado por el sistema capitalista”, será considerado un anormal, un inadaptado; digamos que si alguien no se interpela con la psicología, sería un no-enajenado…

  • La psicología es el lugar que permite el imperio del valor de cambio sobre el valor de uso

Sabemos que lo que les interesa a los capitalistas es producir valores de uso porque estos son solamente “el sustrato material del valor de cambio”[7]. El capitalismo se rige por la lógica del número, por el crecimiento constante, por el aumento exponencial, por la maximización de la ganancia. Da igual lo subjetivo del trabajador y la forma objetiva que su trabajo toma[8], solo importa el número que podrá representar tal objetivación independientemente del uso o la cualidad que esta tenga. Pareciera que todo queda como en una especie de lenguaje binario, ceros y unos. Lo mismo sucede con la psicología.

Sus pretensiones de objetividad no solamente se reducen a un ejercicio político y no neutral oculto, sino también a la reducción de todo en cantidades, tal como sucede en el sistema capitalista. El sujeto deviene objeto puesto que reporta cierto resultado numérico que se disfraza con palabrerías. Tales ejemplos los vemos claramente en los test de inteligencia (WISC, WAIS, Shipley, Beta, y otros), o también en las escalas de depresión y ansiedad (por su puesto, sus “ítems” están determinados inconscientemente por la clase dominante): entonces ya no importaría ni siquiera los motivos aparentes (conscientes) de la depresión o la ansiedad, sino tan solo el número reportado (ya sea en escalas o el número de criterios diagnósticos) para adecuar las técnicas “científicas”. ¿No es acaso esto otra contradicción propia del capitalismo que se desplaza hacia la psicología? Para el sujeto sometido a las pruebas psicológicas, es “ganancia” que no tenga tantos criterios marcados por el DSM, mientras que si resulta con diagnóstico de depresión mayor, reportaría “pérdidas”.

  • La psicología es un arma contrarrevolucionaria

Al ofrecer sus servicios técnicos y catárticos ya no solo para una minoría, sino para la mayoría, la psicología funciona como sedante[9]. La psicología solo se enfoca en tratar lo consciente, o como gustan decir, se enfoca en mantener a todos en “el aquí y el ahora”. Cuando escuchamos decir a los estudiantes de psicología y a sus docentes que la psicología sirve para que todos “podamos tener una buena vida” o “ser más productivos en el trabajo”, o también para “mejorar nuestras vidas”, se habla de aquello que Marx[10] y Holzkamp[11] nos advertían: solo nos limitaríamos a interpretar el mundo y no transformarlo, y al interpretarlo solo estaríamos aceptando las cosas tal como se nos presentan.

La psicología es un arma que no permite la transformación del mundo. Cuando aprieta el gatillo, las balas psicologizantes debilitan al ser, debilitan la acción colectiva, atomizándonos a todos, encerrándonos a cada uno dentro de nosotros mismos. No olvidemos tampoco sus servicios prestados a la mercadotecnia: la psicología de la imagen, del color, o de lo que a ustedes se les ocurra, todas en función de la persuasión, de la creación de necesidades irreales, de la promoción del consumo acelerado y desmedido.

La psicología es capitalismo

Como intenté describirlo someramente en el artículo anterior, podemos agregar una séptima definición que resume y condensa las seis anteriores: la psicología es capitalismo. Esto es así porque su manera de actuar, de ejercer el poder, de presentarse, asemeja el movimiento del capital. El capital estaría en lo inconsciente de la disciplina psicológica, de ahí su mímesis que traté de abordar al principio.

Tal como hace un síntoma, este deviene consciente distorsionando su verdad. El síntoma psicología es una traducción del capitalismo. Todas sus definiciones son solo traducciones, “verdades a medias”, una parte del todo. De ahí entonces que tengamos que efectuar una retraducción en clave marxista, tal como Freud lo explicó con las neuropsicosis de defensa[12]: por ejemplo, retraducir el síntoma obsesivo a lo sexual, el origen de aquel.

Si el capitalismo cambia, cambia con él la definición de psicología, sus servicios, sus técnicas. Este escrito puede ser tan solo una advertencia para los camaradas marxistas que confían aún en la psicología, desconociendo su origen burgués. Si luchamos, desde cualquier trinchera, contra el capital, es necesaria la lucha contra la psicología. No hay que tomarnos a chiste cuando se dice que existen síntomas del capital: la psicología es uno de ellos.

Notas

1 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (1848), Madrid, Akal, 2004. p. 42

2 Ibid.

3 David Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies” en Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology?, Londres, Routledge, 2017. p. 14

4 Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), México, Colofón, 2008, p. 176.

5 Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Alianza, 2013. p. 184

6 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista” (1846) en Escritos sobre materialismo histórico, Madrid, Alianza, 2012. p. 71

7 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (1867), México, Fondo de Cultura Económica, 2014. p. 169.

8 Ibid. p. 44

9 David Pavón-Cuéllar, “Nuestra psicología y su indignante complicidad con el sistema: doce motivos de indignación”, Teoría y Crítica de la Psicología 209, núm. 2 (2012): 202–9.

10 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach” (1845), en Escritos sobre materialismo histórico, Madrid, Alianza, 2012. p. 39

11 Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la Psicología Crítica (1985)”, Teoría y crítica de la psicología 8 (2016): 293–302.

12 Sigmund Freud, “Las neuropsicosis de defensa” (1894), en El yo y el ello y otros escritos de metapsicología, Madrid, Alianza, 2012. p. 215

Síntomas del capital

¿Inconsciente capitalista?

Existe una tendencia notable en la que el capital no se presenta como lo que es, sino que, más bien, se expresa y toma sentido a través de síntomas: ya sea como personificaciones, como sentido común, como mercancías, como discursos académicos o como una pandemia[1]. Sería inútil que el capital se expresara como lo que es fuera de su terreno: un sistema opresor, mortífero, injusto, desigual, patriarcal, colonial, inhumano, racista, clasista, homicida y feminicida, obsesionado con la ganancia. Si esto fuera así, es decir, si el capital se presentara ante nosotros como tal, probablemente estaríamos librados de él desde hace mucho tiempo. Pero es justamente su carácter sintomático, esto es, su despliegue, retorno, transmutación, desplazamiento o condensación en otras formas, lo que impide su superación, renovándose de manera incansable.

En efecto, el capital permanece oculto, es algo intangible. En otras palabras, permanece inconsciente para nosotros, sin embargo, no por ello deja de tener efectos en “nuestras” vidas[2]: en “nuestro” ser, en lo que compramos o en la universidad. Son los síntomas los que nos dan la clave para entender el funcionamiento de lo que subyace a estos, a saber, como mencionamos anteriormente, el capital. No debería impresionarnos lo anterior: Marx lo anticipó hace casi dos siglos[3]. Podremos aventurarnos diciendo que existe un inconsciente capitalista, mismo que fue descubierto por Marx. Siguiendo a Páramo Ortega[4] y Pavón-Cuéllar[5], podemos identificar tres características básicas de dicho inconsciente:

  1. Su núcleo básico es la maximización de la ganancia, su pulsión es la producción de la plusvalía[6], una pulsión de acrecentamiento y acumulación[7], incluyendo a su vez, el origen de la valorización del valor, a saber, la explotación de unos por los otros, del proletariado por los capitalistas.
  2. Puesto que su núcleo es la producción de plusvalía, no le interesa la cualidad, sino la cantidad.
  3. Es un inconsciente idealista, producto de la división mental y física del trabajo, en donde el primero domina al segundo. De ahí que se considere al cerebro como motor de toda realidad exterior[8].

Es el inconsciente capitalista el que domina la vida del obrero, del académico, e incluso, del capitalista más acaudalado. Nadie nos salvamos. Devenimos, de alguna manera, síntomas del capital: ya sea expresando el núcleo básico del capital, o reproduciendo el idealismo burgués, o reduciéndonos a puros número, o tal vez las tres cosas al mismo tiempo.

Si Freud nos ofrece las coordenadas para explicar lo inconsciente “personal-individual” (nótese el entrecomillado puesto que no hay algo propiamente individual), Marx nos ofrece las coordenadas para entender el inconsciente capitalista. Nos limitaremos esta ocasión a tratar de analizar dos síntomas: la mercancía y al capitalista.

Mercancías y capitalistas como síntomas

Mercancías

Tal como lo descubrió Freud, el inconsciente se manifiesta en la vida cotidiana[9], ya sea en las equivocaciones orales o en el olvido. Sin embargo, habremos de admitir también que el inconsciente capitalista descubierto por Marx no solamente se manifiesta en los actos fallidos, sino que también se expresa en los actos cotidianos de la vida. La vida cotidiana no solamente incluye toda actividad práctica humana, sea trabajo o lenguaje, sino también los aparatos utilizados para llevar a cabo tal actividad, a saber, cualquier dispositivo móvil, medio de transporte, accesorio o herramientas específicas, aquellos que, por sus características, es decir, como valores de uso y de cambio, podemos denominar mercancías[10].

Nuestra vida cotidiana en el modo de producción capitalista se encuentra rodeada de mercancías. Cuando tenemos una mercancía con nosotros, lo que realmente tenemos es el trabajo humano invertido en ella[11], sin embargo, no lo sabemos[12]. En efecto, además de que la mercancía se presenta como fetiche encubriendo el carácter social del trabajo humano, también se nos presenta como una formación sintomática de lo que hemos descrito párrafos arriba, es decir, se presenta como síntoma del capital. Veamos más a detalle lo anterior.

Una mercancía, de manera general, es la objetivación del trabajo humano. Sin embargo, bajo el yugo del capitalismo, el trabajo humano no es lo que parece a simple vista, esto es, no es únicamente actividad práctica del ser ni la exteriorización del mismo; es, por el contrario, trabajo enajenado[13], trabajo que no le pertenece al obrero, y por ende, tampoco la mercancía producida por él/ella. Queda así el obrero reducido a pura fuerza física de trabajo, traducida en la cantidad de tiempo en que esta puede ser empleada por su comprador para beneficio propio. Sin entrar en demasiados detalles, puesto que rebasaría ampliamente nuestros objetivos, agregaremos que desde el momento en que se compra la fuerza física de trabajo, el capitalista sabe lo que tal fuerza puede rendir[14] más allá de lo necesario para “reponerse”. Es precisamente en esta extensión del tiempo de trabajo, es decir, más allá del que sirve al obrero para reproducirse diariamente, lo que le generará la plusvalía al capitalista. Creará así un plusproducto con el plustrabajo, en donde el primero le traerá ganancias al capitalista, y el segundo le ocasionará miseria al trabajador, o como diría Marx: “el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones para el trabajador”[15].

Han aparecido las características del capital en el síntoma mercancía. En primer lugar, la mercancía lleva desde su origen la intención de maximizar la ganancia. Desde el momento en que el capitalista desembolsa su dinero para comprar medios de producción y fuerza de trabajo que crearán el producto nuevo, “es ya capital por su propio destino”[16], tiene la intención, por tanto, de acrecentarse; la mercancía es solo un medio para la riqueza. Sucede, a su vez, que la mercancía esconde la explotación del obrero por el capitalista, por el mismo capital, explotación que crece en la medida en que se extiende la jornada de trabajo y se le hace producir más. En segundo lugar, puesto que la mercancía interesa porque reporta ganancias, lo que importa es siempre su valor de cambio y nunca su valor de uso. Sucede lo mismo con el trabajo del obrero: lo que importa no es su trabajo concreto, la forma útil en la que pueda expresarse, sino tan solo la inversión (cantidad) de su fuerza de trabajo, la forma abstracta del mismo[17]. Al capitalista no le interesa para qué pueda ser usada la mercancía que producen sus trabajadores, sino cuánto ($) va a ingresar a su billetera. En tercer lugar, el idealismo queda expresado en la mercancía por la relación de explotación antes descrita: son solo aquellos los que poseen el capital anticipado, aquellos que tienen los medios de producción y la capacidad de comprar la fuerza de trabajo los que hacen abstracción del trabajo manual; por eso siempre “andan de cabeza”.

De manera general, podemos decir que toda mercancía que tenemos en este momento a nuestra disposición, es un síntoma del capital. En ella no vemos ni la plusvalía, ni la explotación del obrero, ni el idealismo del capitalista, tampoco nos interesa qué hizo con nuestro dinero su vendedor (lo más seguro es que lo reinvirtió para generar más dinero). Todos estos elementos anteriores, propios del capital, retornan en forma de una “simple” mercancía. Estamos conviviendo con el capital sin darnos cuenta. Al disfrutar nuestras mercancías, no somos realmente nosotros los que las disfrutamos, sino, más bien, es el capital el que disfruta de nosotros, el que ríe al vernos usar continuamente lo que fue producto de una explotación. Diremos pues, que la mercancía se convierte en el síntoma perfecto porque de ella no se sospecha nada; ella misma condensa la esencia del capital, el acrecentamiento y la explotación. Las personas no disfrutan de sus lujosos iPhone, tampoco disfrutamos de las compras innecesarias que hacemos por Amazon. Por el contrario, es Tim Cook (Apple) riéndose de nosotros al saber que nos vendió un teléfono en más del 100% de su costo real, o Jeff Bezos (Amazon) al ver cómo compramos compulsivamente mercancías mientras explota a sus trabajadores. Se ríen precisamente porque su truco funcionó. El capital no se presentó como lo que es, sino como síntoma, como mercancía. No importa su forma ni su uso, ni quién la creó; lo único que importa es que el capital se pudo expresar, pudo salir a la superficie sin que sospecháramos de él.

Capitalistas

Pero si Tim Cook o Jeff Bezos se rieron de nosotros, es simplemente porque ellos también son un medio del capital para expresarse. Los estafadores fueron estafados. Ni siquiera ellos actúan con total independencia. No fueron ellos los que se rieron, sino el capital que se encarna y cobra vida gracias a ellos. Todo capitalista es solo “capital personificado”[18], su alma “es el alma del capital”[19] puesto que “su único motivo propulsor”[20] es la apropiación, el acrecentamiento de plusvalía. Marx nos deja la clave al decir que el capital se dota de conciencia a través del capitalista[21], y decimos que es la clave porque es lo que intentamos exponer aquí: la conciencia del capitalista le pertenece al capital, por eso Freud nos recuerda que la conciencia es tan solo un síntoma, y que si queremos, por ejemplo, saber la verdad del capitalista, debemos emanciparnos de tal síntoma[22]. El capitalista, además, se abstrae del trabajo pesado, piensa que el mundo se crea desde las órdenes que emanan de su cabeza, de esa conciencia que es solo una conciencia que personifica otra cosa.

El capital retorna en forma de cuerpo humano: tiene cara para sonreír y burlarse de nosotros, cerebro para determinar sus operaciones, manos para contar su jugoso dinero, órganos sexuales para dejar pequeñas crías que seguirán su legado. Dejaré que Pavón-Cuéllar[23] nos acompañe en esta explicación, por tanto, me permito citarlo ampliamente:

“Cerebro, neuronas y fibras nerviosas son requeridas por el capital para adquirir su psique característica, ambiciosa y despiadada. Sin embargo, una vez adquirida, esta no es más la psique de la persona que posee capital, sino que es el capital el que posee, como un demonio, a la persona que le ha vendido su alma”. (Cursivas mías)

Su persona queda reducida, además, en puras cantidades. Es porque tiene. ¡Hasta son números en las listas de Forbes! ¡Qué risa! Ya no los conocen ni siquiera por su nombre, sino por el número de posición en que se encuentran en la lista de los más ricos. Bezos es el #1, lo que quiere decir que está por encima de n personas (números). El ser del capitalista se divide entre su fortuna calculada en acciones, en el número de propiedades en donde reside y vacaciona, el número de fundaciones a las que “apoya” con su sonrisa cínica, la cantidad de trabajadores que le producen, el número de hijos entre los cuales repartirá su fortuna. La cantidad de su fortuna, acumulada gracias a la explotación, “es cada vez más su única propiedad importante”[24] dado que su “desmesura y el exceso, es su verdadera medida”[25]. Una vez que el capitalista muera, el capital quedará vivo únicamente porque el mismo capitalista ha preparado a sus pequeños para que continúen su legado. El capital siempre resucitará de entre los muertos.

A pesar de que Páramo Ortega[26] haya acertado al diagnosticar a los capitalistas con la “psicopatología de la avaricia”, en el capitalismo esta condición es considerada normal, a lo que todo mundo aspira. De ahí que no aparezca en nuestro gracioso Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales (o como sea que se llame). La psicopatología que sufre el capitalista es su condición normal. Pero, al igual que la mercancía, su personificación, su estado psicopatológico, es otro síntoma clave del capital. Su verdad son las lógicas del capital, es el capital mismo. Su cuerpo es la extensión de aquello que los economistas burgueses criticados por Marx escribieron en sus libros.

Al igual que como vimos en la mercancía, el capital quedó expresado en el capitalista: su tendencia a enriquecerse, su idealismo puesto que se abstrae del trabajo manual sólo dando órdenes con su cabeza, y su reducción a ser cuantitativo.

Comentarios finales: otros síntomas

Lo inconsciente retorna de muchas maneras; lo mismo el capital. Hemos equiparado el capital con el descubrimiento freudiano, pudiendo unirlo de manera provisoria y aventurada (“inconsciente capitalista”). Damos el crédito principalmente a Marx por descubrir tal inconsciente, y a los autores que hemos citado por el momento por contribuir a la descripción del mismo. Sabemos que no son los únicos y con una investigación más profunda con otras/os autores, podríamos enriquecer lo discutido. A quienes hemos omitido por ahora, les damos crédito por contribuir a la crítica.

Hemos identificado, quizás, los dos síntomas perfectos del capital: mercancía y capitalista. Es en ellos en donde cobra vida para poder expresarse. Sin embargo, no por ser los perfectos quiere decir que sean los únicos. Como adelantamos al principio, el capital, como categoría inconsciente, mantiene efectos en los lugares menos esperados. Un ejemplo de ello lo encontramos en la psicología. La psicología se nos presenta como un síntoma del capital puesto que cumple con las condiciones (lógicas) del capital. Podríamos argumentar que su lógica de acrecentamiento estriba en la reproducción de sus teorías fuera del lugar académico, su plusvalía es su psicologización: producen teorías no para entender, explicar o transformar al mundo, sino por pura soberbia, por avaricia teórica. Lo cuantitativo del capital se expresa en la reducción de los sujetos a puros números en cuestionarios, tests, encuestas, cantidad de criterios diagnósticos, sus evaluaciones cuantitativas de grado como determinantes de su calidad académica (CENEVAL en México), las calificaciones en los exámenes, la persecución de los estímulos académicos por parte de los docentes descuidando la calidad educativa, el cuidado del puesto administrativo para no perder su dinero, la publicación de papers irrelevantes, con poca calidad, en exceso. Su idealismo es más evidente: un psiquismo escindido de sus condiciones reales de existencia, emociones entendidas como propias del sujeto, lenguaje entendido como una mera función cognitiva, su pretendida materialidad basada en las neurociencias que termina diciendo nada del sujeto, entre otras.

Los síntomas del capital los tenemos a la orden del día. La única forma de enfrentarnos a ellos es descubriendo su verdad y al mismo tiempo aceptando que existen estas formaciones del capital (síntomas) que nos dominan. Mientras esto no suceda, mientras no aceptemos los síntomas como son, es decir, como velos encubridores de lo real, el capital vivirá. No somos los que viviremos, sino que será el capital el que lo haga a través y a costa de nosotros.

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, El coronavirus como síntoma del capitalismo, David Pavón-Cuéllar http://oktubre.cl/2020/04/06/el-coronavirus-como-sintoma-del-capitalismo/

2 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), En El malestar de la cultura y otros ensayos, Madrid, Alianza, 2010.

3 Karl Marx, El Capital I. Crítica de la economía política (1867), México, Fondo de Cultura Económica, 2014.

4 Raúl Páramo Ortega, “Dinero y Adicción. Patología social como subproducto cultural del capitalismo”, en El psicoanálisis y lo social, Valencia-Guadalajara, Universidad de Valencia-Universidad de Guadalajara, 2006.

5 David Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies” en Marxism and Psychoanalysis. In or against psychology?, Londres, Routledge, 2017.

6 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 256

7 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op. cit. pp. 16-18

8 Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), México, Colofón, 2008, p. 176

9 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Madrid, Alianza, 2011.

10 Marx, El Capital I…, op. cit., pp. 41-42

11 ibid., pp. 44, 72-73

12 ibid., p. 74

13 Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía (1844), Madrid, Alianza, 2013.

14 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. pp. 175-176

15 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit. p. 137

16 Marx, El Capital I… (1867), op. cit. p. 135

17 ibid., p. 44

18 ibid., pp. 141, 208

19 ibid., p. 208

20 ibid., p. 141

21 ibid.

22 Freud, “Lo inconsciente” (1915), op. cit., p. 274

23 Pavón-Cuéllar, “Marxian psychologies”, op cit., p. 18

24 Marx, Manuscritos… (1844), op. cit., p. 190

25 ibid.

26 Páramo Ortega, “Dinero…”, op. cit., p. 254

Psicologización de la vida cotidiana

Los hombres no relacionan unos con otros
sus productos del trabajo como valores porque esas cosas
valgan para ellos como las envolturas puramente
materiales de un trabajo igualmente humano.
Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos
como trabajo humano […]. No lo saben, pero lo hacen.
(Marx, 1867, p. 74)

Es un fenómeno muy frecuente el de que en la equivocación
se abra paso precisamente aquella idea que se quiere retener […].
[…] Mi paciente no sabía lo que inhibía,
ni siquiera si inhibía alguna cosa.
(Freud, 1901, p.88).

Este texto corresponde a una continuación de dos anteriores en los que he abordado la ficción del psiquismo en el capitalismo: un psiquismo estudiado por la psicología, que lleva, entre sus más notables adjetivos, el carácter “autónomo”. Los significantes de la psicología, compartidos ahora fuera de la academia, producen cierta cadena de la que parece imposible librarnos, una cadena que nos sujeta y no deja que nos apartemos de ella.

La psicología y lo psicológico, han desbordado su origen, su lugar en la universidad y en el consultorio. Si antes la preocupación de los psicólogos era que alguien ajeno a su círculo intentara apropiarse de sus contenidos, ahora la preocupación reside en que su contenido no sea lo suficientemente eficaz para alcanzar a todos y todas, de cualquier género, en todos los lugares, país o trabajo. La preocupación de hoy (¿exclusiva de la psicología?) es que no se esté hablando el lenguaje de la psicología.

La psicología ha pasado a ser el representante del capitalismo en el nivel subjetivo, esto es, nuestra psicología se inscribe en lo “individual” como la que guía nuestras formas de ser, hacer y hablar, pero que mantiene oculto a quien representa, el capital y sus personificaciones en la finanza o la industria. En otras palabras, cuando hablamos de representante de alguien o algo más, esto quiere decir, que no es el representante la verdad misma (ese “alguien o algo” representado): por eso es representante. Una representación no es lo mismo que lo que se representa, claro está, pero no por ello, lo representado deja de estar en el momento de la representación. La verdad de la psicología queda oculta, como ya lo hemos argumentado. Pensar la psicología al margen de la estructura, al margen del modo de producción, simplemente sería una tontería. Cuando la psicología habla, no es ella la que habla realmente. Lo dicho en sus teorías es pura abstracción.

En este sentido, propongo este texto tratando de abordar algunos ejemplos que son propios de lo que autores han denominado psicologización, o como se ha nombrado en este espacio: fetichismo de lo psíquico. El hecho de recurrir a ejemplos no quiere decir que vayamos a prescindir de la argumentación teórica, por eso será siempre necesario acordarnos de algunos autores que (considero) nos han dejado el legado de la sospecha, de la crítica: Marx, Freud, Althusser (entre otros que se han seguido su legado y se han apoyado en alguno de los tres o en los tres en conjunto). Este último autor, Louis Althusser, nos ofrece una herramienta original que articula a los dos primeros. La lectura sintomal (que me atrevería a decir que es lo que hoy se llama análisis crítico del discurso, siguiendo la línea de Pavón-Cuéllar1), identificada en Marx por Althusser2, la utilizamos aquí hace un par de meses, sin embargo, he de admitir que mi análisis fue muy superfluo puesto que abordaba un texto propio de la psicología que en su momento revisé para una clase, su código ético, y por ello, (in)motivado por mi clase para traerlo al debate, incurrí en un análisis apresurado.

Verdad de la psicología y psicologización en la vida cotidiana

Fue a partir de Freud3 que nos pudimos percatar que hasta en los más sencillos actos de la vida diaria, se oculta el verdadero sentido de lo que se dice. Lo dicho no hace sino ocultar el decir. Confesamos involuntariamente4 al equivocarnos en el discurso, o mejor dicho, para efectos de nuestro objetivo (aunque tengamos que diferir parcialmente del estudio freudiano), confesamos algo sin quererlo aun cuando pronunciamos el discurso de la psicología sin equivocaciones: da igual si decimos “tra-n-storno” o “trastorno” mental. Tomé este significante por ser el primero que se me ocurrió, pero no necesariamente tenemos que remitir al lenguaje técnico de la psicología para lo que pretendemos hacer. Basta con analizar cómo algunas frases expresadas por “gurús de la mercadotecnia” hacen uso del discurso de la psicología para justificar la verdad tras lo dicho, o en grupos de apoyo psicológico para personas que en su mayoría no son psicólogos, se comparta un sinfín de contenido de la psicología. Veamos un ejemplo de este último y algo de su contenido, puesto que es prácticamente lo más cotidiano hoy en día: ¿Quién no ha utilizado alguna red social en los últimos treinta minutos?

Un grupo en Facebook con 259 mil miembros, llamado “Psicología”, está destinado a “aportar contenidos y materiales informativos acerca de la psicología y todo lo relacionado con ello” en el que “no solo el administrador” sino también los miembros “pueden ser partícipes de esto”. Su descripción informativa ya nos presenta, de entrada, un problema que nos debería de preocupar.

Si nos limitáramos a leer de manera literal lo escrito y hacer alguna inferencia, las cosas no son nada complicadas: un grupo de psicología que distribuye contenido psicológico, en la que puede participar todo mundo, aunque no sean psicólogos. En sí, no hay problema alguno. La cosa se torna complicada cuando leemos de manera sintomal, es decir, cuando se “descubre lo no descubierto”5 a través de una “mirada instruida” al “cambiar de terreno”6. Nuestra lectura, entonces, supone la existencia de “dos textos”, en la que el segundo texto “se articula con los lapsus del primero”7. Dejaríamos de lado tanto el texto manifiesto como la inferencia banal que acabamos de hacer.

Si ponemos atención, es decir, si leemos el texto-síntoma como lo que es, como síntoma revelador de la verdad, podemos proceder de forma introductoria preguntándonos: ¿Qué tipo de aportes y materiales sobre psicología se distribuyen en el grupo? Es algo que no se dice. Para nada pienso que sea psicología crítica, está claro: basta con poner el término en la barra de buscar y los resultados serán nulos; de esto podemos afirmar que la psicología que se distribuye en tal grupo es la psicología normalizadora con facha humanista (aunque no se diga; si hay dudas, lo veremos más adelante), pero ¿por qué ni un rastro de crítica alguna? Otra pregunta que podemos traer a flote: ¿de qué manera, independientemente del contenido psicológico, se está distribuyendo tal material? Veamos esto.

Si ingresamos al grupo (cada uno lo puede hacer dado que es público y no es necesario ser miembro) nos daremos cuenta que los contenidos compartidos no son, en su mayoría, artículos académicos, sino que son contenidos psicológicos traducidos en memes, en frases motivacionales, o en cualquier otra forma (síntoma) que no sea académica, lo que esto indica, es que el saber psicológico se traduce en sentido común, y es en el sentido común en el que se “sintoniza a las mentes”8.

Siguiendo esta línea, diríamos que 259 mil “mentes” se están “sintonizando” a través de lo psicológico. Pero aquí lo psicológico no es la verdad en sí, no es ni siquiera el problema real. El meme o la frase motivadora es una extensión de lo psicológico: el sentido común y la psicología se unen para formar un velo denso, casi infranqueable. La función del sentido común, en este caso, es permitirle a la psicología que se explique más de forma que sea mejor entendida por sus interlocutores. Pero, insisto, la psicología no es la verdad, es un velo formado por ella y su traducción en el sentido común.

No es necesario detenernos de manera profunda en la lógica de la psicologización discutida en los dos ensayos anteriores y en algunos otros. Basta tan solo inferir que cuando la psicología habla y se transforma en sentido común (meme o frase) para “psicoeducarnos”9, no es únicamente la psicología la que habla y se articula en el sentido común, y esto por algunas razones: 1. Cuando invocamos a la psicología tal como la conocemos, partimos del yo como ente autónomo que solo recibe estímulos (eso que se entiende por “social” en las clases de psicología social) que puede moldear a su gusto. Esto es problemático: al concebir al yo como centro de nuestra atención, caemos en un hoyo idealista del que, difícilmente, se puede salir si no “cambiamos de terreno” como nos dice Althusser10. Tal como nos recuerda Marx11, la psicología no hace sino “orgullosamente abstracción” de nuestra vida real, del modo de producción en el que nos encontramos. Lo real desaparece ante nuestros ojos. La psicología habla en nombre del idealismo; 2. Pero este idealismo, no viene de la nada. Es, por el contrario, la posición favorita de la clase burguesa, aquella dueña de los medios de producción, amo del saber-hacer del esclavo, esa clase a la que solo le basta su voluntad o su cerebro para dirigir la producción y disfrutar de la plusvalía. Esto último, la producción de la plusvalía, característica esencial del capital, es lo real que queda oculto en el idealismo, y posteriormente en la psicología.

Entonces, la psicología se convierte en “portavoz”12 de quien(es) le confieren su lugar en la estructura, o como dijimos al principio: se convierte en representante cuando lo que se representa (el capital) no puede salir a la luz como tal. Así, además de estar sintonizadas las mentes de los 259 mil miembros del grupo, a su vez, gracias a la psicoeducación (por encargo del capitalismo), ya son 259 mil psicólogos los que se encuentran en el grupo.

Veamos un ejemplo más claro de esto en el mismo grupo en cuestión. Un ejemplo de cómo la psicología se traduce en el sentido común para reforzar el velo ideológico. Alguien en el grupo publica una imagen en la que versa lo siguiente:

“Paz mental. No puedes controlar las situaciones externas, pero sí puedes controlar cómo reaccionas a ellas”.

Nos encontramos primeramente con una estructura algo llamativa, como si fuera una definición en un diccionario físico o virtual: “Concepto. Definición”. No nos vamos a detener en el “concepto” (paz mental) por cuestiones de espacio y porque podemos hacer una inferencia de esta a partir de la “definición” que se presenta. La frase “No puedes controlar las situaciones externas” nos presenta algo bastante preocupante. Esta oración se nos pone de frente como una orden, una regla, un imperativo en forma negativa, algo que “no podemos hacer” y que, seguramente si lo llegamos a hacer, habrá una sanción ¿por quién? no se nos dice, así como tampoco se nos dice quién formula dicha regla. Además, el hecho de “no poder controlar” implica también, no poder cambiar algo, puesto que, si no hay control sobre ese “algo”, las cosas siguen su curso, siguen sin modificación alguna, sin cambio. El no-control implica un no-cambio.

Hay alguien o algo que se dirige a nosotros de manera imperativa, casi hasta de forma agresiva: “¡No puedes (…)!”. La clave se encuentra en la segunda parte de dicha oración: “las situaciones externas”. Ese “alguien” o “algo” que nos dice ¡No puedes! está en esas “situaciones externas”, es decir, la orden, la regla, viene desde lo externo y no desde dentro del sujeto (como argumentaría Byung Chul Han). Es de las “situaciones externas” de donde proviene la orden, puesto que se nos dice que no las podemos (ni debemos) cambiar, tal vez porque si cambiamos tales situaciones algo malo nos podría ocurrir. Podemos sospechar dos cosas: 1. La orden proviene de aquello que teme ser perturbado o “cambiado”, o 2. La orden la emite el guardián de aquello que no debe ser cambiado. Vayamos más adelante con la última parte.

Pero sí puedes controlar cómo reaccionas a ellas” mantiene la misma estructura imperativa pero ahora en forma permisiva: “sí puedes” hacer esto, pero no lo otro. Lo que sí está permitido es reaccionar a la situación externa, no perturbarlo ni cambiarlo, solo reaccionar, una acción que se queda en el plano individual, puesto que “reaccionar” es una acción propia, intransitiva, que no recae en nadie sino tan solo en uno mismo: solo podemos reaccionar en nosotros, dejando que “la situación externa” nos haga reaccionar quedando esta intacta en su totalidad. Se vuelve a presentar la misma cuestión: ¿Quién(es) o qué está emitiendo tanto la prohibición como el permiso?

Quizá “paz mental” nos dé una parte de la respuesta. La noción de “paz mental” nos lleva a pensar en la psicología, en el psicólogo, en lo psicológico. Es la psicología la que realiza la “definición” (recordemos nuestra llamativa estructura: Concepto. Definición) de lo que es tener “paz mental”. La psicología se dirige a nosotros para decirnos que nuestra “paz mental”, es decir, nuestro estado psíquico sin perturbación alguna, la no-locura, es un mero estado que se adapta y solo reacciona a la situación externa, mas no la intenta cambiar o confrontar, porque le está prohibido: quien intente cambiarla, no tiene paz mental, es un loco que a su vez, perturba la situación externa, “ajena” a él o a ella. Es entonces la psicología, el psicólogo, lo psicológico, lo que está emitiendo las órdenes, el permiso y la prohibición, lo que establece nuestro modo de ser-hacer frente a la situación externa. Pero aquí la psicología funciona como sujeto subordinado, como un peón que cumple una orden que no está explícita ni en el sujeto escondido, ni mucho menos en la frase analizada. La “paz mental” es definida en función de la situación externa que le exige a la psicología establecer que solo se permita reaccionar a ella, mas no cambiarla. No le vamos a dar un rodeo más: nuestra “situación externa” es el modo de producción capitalista.

Es el capitalismo el que necesita una “paz mental” en los sujetos para que estos únicamente reaccionen y se adapten a lo que aquel demande. A modo de hipótesis general y para poder ejemplificarlo con Freud, diremos que “situación externa” fue el desplazamiento perfecto efectuado por su emisor (la psicología) para que quedara oculto quien teme por ser perturbado o sacado a la luz: el capitalismo. Así, en este ejemplo, podemos decir que existió un doble ocultamiento: la psicología que emite de manera (in)directa la orden, explicitada en la frase protegiendo la “situación externa”, y por otro lado, el capitalismo en forma de “situación externa” dando la orden oculta a la psicología. Nadie, ningún psicólogo, se va a presentar diciendo “No puedes cambiar al capitalismo, solo puedes reaccionar a él y adaptarte, así que, estás jodido(a), confórmate con esto”. Nadie nos dirá a quién sirve la psicología realmente. El capital “no lleva escrito en la frente lo que es”13, de ahí que tenga que recurrir, en este caso, a su psicología y quedar, a su vez, inconsciente para esta.

La frase, como traducción al sentido común de lo psicológico, no deja de ser psicología en sí. Pero la verdad de la psicología permanece oculta en su saber, es decir, en su saber enajenado14. Un saber que se sostiene y se produce en el capital.

Comentarios finales

Como los dos ejemplos anteriores, hay bastantes en ese grupo. Para mala suerte de nosotros, existen más grupos de estos, y por lo tanto, son más de 259 mil “mentes sintonizadas” por las lógicas de la psicologización que contribuyen a la perpetuación del capitalismo. Por razones de espacio, no podemos detenernos en más ejemplos, sin embargo, invito a mis lectores/as que hagan su propio análisis.

Lo psicológico no existe y se reproduce solo en 259 mil personas, y esto es lo preocupante. El meme, la frase, los grupos, el mensaje en WhatsApp, quedan atrapados en estas lógicas, que no hacen sino permitir la explotación. Nuestro consumo de estas plataformas plagadas de psicología (y por ende, de capitalismo encubierto por aquella) permite una extracción de plusvalía en la vida real prácticamente sin poner ninguna resistencia.

¿Qué hacer entonces? Para esto, como comunistas, si queremos cambiar y no solo reaccionar, podemos comenzar con romper la mistificación producida en nuestra vida cotidiana, tal como nos lo mostró Freud. Cuando Freud analizó esto, no había smartphones, mucho menos Facebook. Una tarea de nosotros los comunistas en teoría es, por lo menos, luchar contra las concepciones burguesas del mundo15, y esto lo podemos hacer al leer el síntoma expresado en las nuevas plataformas. Al realizar una lectura sintomal, y no literal, impugnamos lo escrito16 y evitamos la reproducción de aquello que el texto contiene, su proliferación en el sentido común, un sentido común que deviene mercantil-capitalista17. Tenemos que (y sí, es casi un deber puesto que las “situaciones externas” lo exigen) impugnar lo que se presenta en la vida cotidiana: nuestra vida cotidiana que, al menos desde el 2020 y principios del presente, se ha llevado completamente en lo digital. Nuestra vida cotidiana ya no es solo un contenedor de funciones biológicas, de rutinas y de lugares, sino de saberes, de producción mercantil y de plusvalor.

Referencias

1 David Pavón-Cuéllar, Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”. David Pavón-Cuéllar, 2015, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2015/11/07/opciones-politicas-del-analisis-textual-en-las-ciencias-humanas-y-sociales-reproduccion-justificacion-impugnacion-y-transformacion-ante-el-eslogan-mover-a-mexico/comment-page-1/#comment-596

2 Louis Althusser, “Prefacio: De “El Capital” a la filosofía de Marx” (1965), En Para leer El Capital (México: Siglo XXI, 1969).

3 Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (1901) (Madrid: Alianza, 2011).

4 Ibíd., pp. 115-120

5 Althusser, “Prefacio: De “El Capital” a la filosofía de Marx” (1965), Op. Cit. p. 33

6 Ibíd., p. 32

7 Ibíd., p. 33

8 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018). p. 53

9 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. Hacia una crítica psico-política (México: Paradiso Editores, 2019).

10 Althusser, “Prefacio…” Op. Cit. p. 32

11 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (1844) (Madrid: Alianza, 2013). p. 184.

12 Carlos Pérez Soto, Sobre la condición social de la psicología (Chile: LOM, 2009). pp. 153-154.

13 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (1867) (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 74

14 Pérez Soto, Sobre la condición social de la psicología, Op. Cit. pp. 154-156.

15 Louis Althusser, La filosofía como arma de la revolución (1968) (México: Siglo XXI, 1974).

16 Pavón-Cuéllar, Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”, Op. Cit.

17 Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común), Op. Cit.

Psique y capital: entre la ficción y la dominación

Pretendo en esta ocasión ofrecerles a mis lectores un ensayo complementario sobre lo que escribí hace un par de meses, es decir, sobre el fetichismo de la psique. Pienso que fue un buen intento acercarme desde Marx y el fetichismo de la mercancía, pero quedé un poco inconforme porque faltaron algunas cosas que solo a través de Freud podemos explicar, aunque como se podrá observar, no es que lo propuesto por Marx dependa de Freud. Me decanto más por los postulados del primero que por los del segundo, pero dada mi influencia académica, no puedo dejar de lado lo psíquico.

El marxismo, que ya es en sí subversivo, no puede ignorar las repercusiones que el sistema actual tiene en la vida individual de los sujetos; de esto Marx estaba bastante enterado. No obstante, limitarnos al marxismo podría, no solo dejar de lado aspectos importantes de las vidas individuales, sino también, nos conduciría a cobijarnos en un dogmatismo que ni Marx o Engels hubieran permitido. Pero también hemos visto, que la subjetividad no se puede abordar desde la psicología (que es mi formación), puesto que esta juega con la parte más superficial de nosotros.

Es por lo anterior, por lo que se ha propuesto, desde el siglo pasado, la articulación marxismo-psicoanálisis. En concordancia con lo mencionado por Reich1 y Vainer2, el marxismo podría darle a la teoría del inconsciente el elemento de la realidad actual, y el psicoanálisis, por su parte, podría dar cuenta de cómo esa realidad se instaura en la vida psíquica. Así, nuestros intentos en este blog pueden aportar (aunque sea de manera incompleta) a la reivindicación de lo que se ha denominado izquierda freudiana, en los que encontramos importantísimos autores del siglo pasado como Reich, Fenichel, Bernfeld, Fromm, Marcuse, etc., así como autores de este siglo, tales como Carpintero, Vainer, Pavón-Cuéllar, Páramo Ortega, entre otros.

El problema de la psique

¿Qué entendemos por “psique”? o más bien, ¿qué nos han enseñado que es la “psique”? Resulta bastante problemático responder a estas interrogantes, pero, increíblemente, hay quienes se han empeñado en contestarlas sin mayor dificultad y sin mayor explicación, entre ellos podemos invocar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro gurú de motivación o coach de inteligencia emocional.

Lo que solemos entender por psique, en el sentido común actual, es bastante simple. Es algo (sin una definición clara) que se encuentra “en la cabeza” (quién sabe dónde, pero ahí está), o que tiene su expresión en la “conducta observable” y por ende, la psique es sin lugar a dudas, objetiva: se puede medir y también se puede evaluar con alguna escala de inteligencia o de depresión, incluso con resonancia magnética. Eso es nuestra psique: una psique individual que tiene por objeto la consecución de tareas abstractas y concretas, algo que de vez en cuando, tal como lo señala Christlieb3, se reúne con otra psique individual para conversar e intercambiar estados emocionales, resultados de pruebas psicométricas, o algún trastorno padecido.

Somos entonces, por un lado, individuos con “algo” (que no sabemos realmente qué es) en nuestra cabeza (que tampoco sabemos dónde está exactamente), que contiene nuestras emociones (?), nuestros deseos (?), nuestro lenguaje (?); y por otro lado, somos individuos “objetivos” porque tenemos una conducta que expresa eso que no sabemos qué es y que no sabemos en dónde se encuentra.

“¡Ese eres tú!” dice el neuropsiquiatra o neuropsicólogo al señalar las zonas cerebrales activadas por algún estado emocional o alguna conducta realizada (suya, por supuesto). ¡Eso es nuestra psique! Un cúmulo de zonas cerebrales activadas, emociones expresadas en conductas y un cierto C.I. que nos dice qué tan inteligentes somos. Así, todo es sencillo. Llegamos a una (absurda, pero bastante consensuada) conclusión: la psique es independiente de lo exterior.

Algunos profesionales del dispositivo psi podrán objetar de manera instantánea: “¡Es que la psique recibe estímulos externos!” Efectivamente, recibe estímulos, pero al considerarlos como tal, como estímulos, es algo pasajero, algo que la misma psique puede moldear a su gusto, desechar con facilidad, y recibir otro estímulo, así una y otra vez, un movimiento circular en el que la psique sigue estando intacta a la luz de lo “externo”4. Esta, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, es la concepción que domina, precisamente, nuestra psique (risa).

Lo que podemos observar en esta descripción de lo que se entiende, comúnmente y en gran parte del gremio académico psicológico (y no psicológico), por lo “psíquico”, es que está estrechamente relacionado con la parte perceptiva consciente, es decir, nuestra psique es la que percibe, la que desecha y recibe estímulos de manera selectiva, a nuestra propia conveniencia. Bajo esta concepción, no es ello lo que elige por nosotros, sino el yo. No es el más allá, sino el más acá. Veremos esto más a detalle.

Ficción del yo

Mucho se ha hablado de que todos tenemos un yo. No hay que complicarnos tanto en este momento para explicar este yo: basta remitirnos a la manera en la que hablamos. Siempre emitimos enunciados en la primera persona del singular, ya sea con un pronombre personal o posesivo: “Mi trabajo es para que yo esté bien”. Nuestro yo es lo que efectúa cualquier acción, tal como lo vimos anteriormente con la psique. En estas conceptualizaciones del sentido común del mundo en el que nos encontramos (aquí nos empezamos a poner más serios) podemos decir que psique y el yo son uno mismo: el yo es lo psíquico y viceversa, un yo consciente.

El que habla en la primera persona del singular produce ciertos efectos psíquicos como emociones y activa ciertas zonas cerebrales que hacen notar que hay algo (quién sabe qué cosa), al mismo tiempo que estas emociones y zonas iluminadas en la resonancia magnética, presentes y accesibles en la consciencia-percepción del yo, hace que se exprese bajo la forma yoica: “¡Ese de ahí soy yo!”. Visto de esta manera, la cosa es muy sencilla y no exige mayor complicación. Es, como ya lo dije, la forma del sentido común para entender-nos como individuos (el uso de esta palabra es provisional).

La cosa se torna complicada cuando alguien introduce un corte en la línea argumentativa de lo que entendemos por el yo, o en otras palabras, es como si algo cortara al yo directamente. Esto ya es en sí, bastante problemático para quienes hasta ahora, habían concebido al que habla en la primera persona del singular como ente independiente con su psique consciente localizada anatómicamente y expresada en actos del habla. Podemos decir, que los que introducen este corte fueron Marx y Freud, pero detengámonos en el segundo.

En efecto, fue ni más ni menos que Freud el que dio cuenta que en este yo consciente que tanto se alaba hoy en día y al que se dirigen los medios de comunicación, las redes sociales, etc., no es lo único psíquico5, y al no ser lo único, entonces, debe haber algo más en la malentendida psique que hasta ahora hemos descrito. Si antes con el yo y su psique estábamos más acá, con el corte freudiano (y marxista) nos posicionamos más allá. Si lo consciente es lo positivo, es decir, lo que está y que podemos ver como tal, debe existir su contrario, su negativo, aquello de lo que no podemos dar cuenta. Existe entonces, lo inconsciente que opera y tiene efectos en y sobre el yo consciente6. Lo que vemos activado en nuestro cerebro cuando somos sometidos a una resonancia magnética o cuando hablamos en la primera persona del singular, es solo una parte de nosotros, sigue siendo lo consciente, nuestro yo, es decir, es el efecto de lo que no se ve.

Es en el yo en el que recaen las acciones no vistas, no percibidas, y por tanto, no es un ente totalmente activo como se piensa, es decir, el yo no vive, es vivido7. Es como si existiera alguien o algo más que nos controla sin nosotros saberlo. En este sentido, el yo queda, de cierta manera, sometido al proceder de lo inconsciente. La psique, entonces, se escinde (si me permiten hacer uso de esta palabra), y por tanto, la verdad del yo tal como lo conocemos se va desplomando.

Con el corte freudiano quedaría claro que no hay un yo absoluto, y que hay “algo” o “alguien” más que ejerce cierta influencia en nosotros, en nuestra manera de hablar, en nuestras acciones (lo veremos más adelante). Incluso sería un poco extraño utilizar el pronombre de la primera persona del plural: ¿realmente somos nosotros los que hablamos? ¿son nuestras las acciones que llevamos a cabo? ¿realmente mi trabajo es para que yo esté bien? Podemos decir que es gracias a Freud que descubrimos la ficción del yo, ese yo con el que la psicología fantasea. El propio Freud nos dice que debemos “emanciparnos” del “síntoma conciencia”8. Como síntoma no representa nada por sí solo, no es la realidad, es algo ficticio, un velo que encubre, en este caso, lo inconsciente.

Es cierto que, gracias al descubrimiento de lo inconsciente, en el sentido freudiano, nos abrimos paso al más allá del yo. Pero también debemos proceder con cautela para no incurrir en el mismo error que se ha cometido en la psicología al concebir lo social como una charla entre psiques (ahora ya concebida como aparato en el que existen sistemas, a saber, lo inconsciente y lo consciente), es decir, como psiques independientes que se juntan de vez en cuando. De ahí entonces que tengamos que partir desde Marx y el marxismo.

Decíamos en líneas más arriba, que algo o alguien ejercía acciones en nosotros de manera inconsciente. Podemos decir que en este inconsciente existe una “estructura pulsional” que ha sido heredada a lo largo del tiempo, es decir, que es constante9. Esto no es falso, por supuesto, pero nos atrevemos a decir que una concepción de lo inconsciente como algo simplemente pulsional, interno y constante sería caer en un error muy grave. A la par de esta estructura constante, se presenta una determinación de las condiciones reales de vida, es decir, de la realidad objetiva de producción; esto es, el mundo social en el que el individuo se encuentra (él/ella y su psique). Esto no es ni siquiera nuevo, ni una idea original de los que podemos ubicar en el freudomarxismo o en la izquierda freudiana. La idea la podemos encontrar directamente en Marx.

Antes de pasar a la exposición de lo anterior, me quiero detener en una parte de un tuit que el multimillonario cínico, Ricardo Salinas Pliego, escribió hace unos días: “…estamos como estamos, porque somos como somos”. Para el lector marxista/freudomarxista, la frase anterior no representará dificultad alguna. Lo que la frase escrita por Salinas expresa es bastante sintomático y es un reflejo de lo que hasta ahora hemos venido desarrollando. Lo que nos deja ver lo anterior es que lo que soy yo determina la situación social actual; no hay que hacer ninguna explicación rebuscada a la frase: estamos así (socialmente hablando) porque somos (del ser, del yo) así, o en otras palabras más sencillas: el yo antecede a lo social. Si nos ponemos freudianos, podremos decir que hubo algo de su inconsciente que se manifestó en esa frase. Pero la pregunta que nos queda ¿qué clase de inconsciente es? ¿el freudiano lleno de pulsiones? Esta es una respuesta que no se puede dar desde el psicoanálisis.

Marx, en conjunto con Engels, responden a las preguntas formuladas anteriormente: “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”10. Si en vez de “conciencia” remplazáramos por aparato psíquico, la cosa no cambia, es solo una modificación conceptual para adecuarla a lo que hemos venido trabajando. En este sentido, lo inconsciente explorado por Freud, quedaría también determinado, en última instancia, por la vida real, por el modo de producción. Lo inconsciente ya no sería únicamente pulsional, sino también social. Esto no quiere decir que sea un inconsciente compartido por todos y todas, sino que más bien, al estar determinado por lo social, por la vida real, se piensa, se habla, se bromea, se olvida de cierta manera que responde a los intereses del mundo actual.

La cita de Marx y Engels, si la consideramos de manera aislada, no tiene mayor dificultad. El problema es que, esa vida a la que se refieren ambos, es la vida de producción capitalista, del capitalismo. El yo consciente y lo inconsciente, pasan a formar parte de la estructura real, o mejor dicho, pasan a formar parte de la superestructura. La ficción aquí no se ha ido, pero le hemos concedido otro valor más importante. La ficción de la que hablábamos anteriormente se limitaba al nivel individual: un yo que era pura ficción porque su verdad se hallaba en lo inconsciente. Ahora, la fórmula conserva su esencia pero con una adición: el yo ficticio como efecto de lo inconsciente y lo inconsciente propiamente, son incluidos en el todo social. Ahora el yo como efecto del inconsciente, deviene en el síntoma perfecto, puesto que encubre dos cosas en una sola: el inconsciente pulsional del que no da cuenta sino a través del síntoma neurótico o de los lapsus, y lo social que también tiene efectos sobre lo inconsciente, manifestándose entonces, como actividad del habla en la forma de la primera persona del singular, sea en pronombre personal o posesivo. Si pudiéramos expresarlo resumidamente y de manera puramente provisional y quizá erróneamente, quedaría más o menos así:

Capitalismo →|(Icc: P-R-NR) →/ Yo consciente(FP)|

Siendo Icc lo inconsciente, P lo pulsional, R lo reprimido, NR lo no reprimido; las flechas indicarían el efecto sobre lo posterior. La diagonal (/) que se encuentra después de la flecha que va hacia el yo consciente responde a la ficción que hemos venido enfatizando desde el corte freudiano, lo que a su vez, da como resultado lo ya analizado anteriormente y que denominé como la producción del fetichismo de la psique representado por FP (entendida la psique como en la primera parte de este escrito y lo criticado líneas más arriba). Las barras laterales en vertical (||) que comprenden del Icc al yo consciente, representa la noción de sujeto, que veremos más adelante.

El problema de “dónde” podemos encontrar a la psique se ha esclarecido en gran medida. Primero, con el corte hecho por Freud, entendemos que lo que hasta ahora se ha conceptualizado por psique o psiquismo, no es sino una parte sintomática, puesto que hacía referencia exclusivamente al yo consciente. Segundo, y esto resuelve la duda principal sobre el “lugar” de la psique, decimos que aun incluyendo lo inconsciente como parte de lo psíquico, estos no pueden ubicarse dentro del individuo en un sentido restringido o exclusivo, y por lo tanto, lo psíquico es social, está fuera de nosotros, y no dentro. Si es necesaria una aclaración, sería únicamente para decir que no estamos diciendo que lo psíquico se encuentra en un lugar propiamente tópico ubicado fuera de nosotros. Frente a cualquier interpretación idealista de lo anterior, sostenemos junto con Marx que la psique es práctica11, determinada por el modo de producción: desde el momento de nacer, nuestro psiquismo se irá determinando por la clase de nuestra familia, por la división del trabajo, por cuánto gane el padre o la madre; no venimos al mundo con una cabeza aislada que se constituye por sí misma. Lo psíquico es el resultado de las condiciones de existencia, y al mismo tiempo, el “individuo” psíquico puede modificar sus condiciones dentro de los límites dados por la sociedad capitalista, llegando así a una reproducción de lo psíquico capitalista y el capitalismo simultáneamente.

Volviendo al ejemplo de Salinas Pliego, vemos entonces que su posición social, es decir, su posición en la producción capitalista, a saber, dueño de Grupo Salinas, el segundo hombre más rico de México, determina su yo consciente, ese que escribió esa parte del tuit que revisamos anteriormente. Aquí ocurren dos cosas. En primer lugar, en tanto psique práctica, es decir, un psiquismo determinado por las condiciones reales, deja ver su posición en la división del trabajo bien explicada por Engels12, al pensar que bastaría con lo cambiar lo que somos para cambiar las condiciones actuales o que todo sería producto del ejercicio intelectual o de los axones, somas y neurotransmisores. Segundo, se fetichiza lo psíquico, pero esto último entendido como en la primera parte de este texto, a saber, lo psíquico conocido, lo consciente, lo yoico: es gracias a la cultura de la psicología, de su saber, que permite reforzar este fetichismo. Como es sabido, el yo siempre será un orgulloso, pero en su orgullo estriba su ignorancia de lo real, de la determinación por el inconsciente, y en última instancia, por el capitalismo.

La manera de expresarse de Salinas puede ser examinada por el psicoanalista, siempre y cuando este tenga presente que no es únicamente el inconsciente (freudiano) lo que se manifiesta en el habla común. Su expresión “estamos como estamos porque somos como somos” no es exclusivamente síntoma de un inconsciente puramente pulsional, sino social y económico.

De la ficción a la dominación: del yo consciente al sujeto capitalista

Ya adelantamos que la psique, desde el punto de vista marxista-freudiano, no puede ser sino un producto de las condiciones reales de existencia que el yo no puede percibir sin los elementos necesarios, es decir, en las condiciones dadas para él o ella. El problema es que esta ficción no nos lleva a otra cosa que al sometimiento y dominación de todos y todas por el capital.

Si decíamos que el individuo-yo es el síntoma perfecto puesto que se halla producido por y en el capitalismo, ya no hablamos entonces de un individuo, porque no es alguien aislado; hablamos entonces, de un sujeto, un sujeto interpelado, como nos recuerda Althusser13. La interpelación que se le hace al sujeto no es más que una orden para adquirir una identidad necesaria (pero falsa) para el capital, es decir, la interpelación ideológica “proporciona-solicita los documentos de identidad al interpelado”14. En un movimiento particularmente interesante esta interpelación produce un efecto-inconsciente15, aunque con esto no quiera decir que produce el inconsciente como tal, es decir, no es la génesis del inconsciente propiamente, sino que más bien, es una articulación, y a su vez, ese inconsciente produce el desconocimiento del sujeto interpelado porque existe en lo “vivido” del discurso ideológico16. Luis Pablo (o sea yo) ya está interpelado en el capitalismo desde el momento de su nacimiento, produciendo así un efecto-inconsciente que se articula con mi discurso ideológico y mantiene ciertos efectos a su vez en ese discurso. Podría decirse, que uno queda preso del capitalismo y de lo inconsciente. Uno se convierte en sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, y sí, la única distinción que habría entre nosotros, todos sujetos, es la clase en la que uno se encuentra determinado: proletario o burgués, aunque como sabemos, y como nos lo recuerda Fenichel17, el yo consciente del primero casi siempre se parece, en sus valores, al segundo, puesto como ya lo adelantaba Marx y Engels: las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en la sociedad18.

El sujeto (siervo del capitalismo y de lo psíquico producido en este sistema) no podrá dar cuenta de su condición de sujetado. Esto es así porque, es un hecho que cada vez más, como lo dijimos anteriormente, los medios de comunicación, las redes sociales, los comerciales, las frases como la de Salinas y otros, todo eso, se dirigen siempre al yo e indirectamente a lo inconsciente, reforzando así el lugar que teníamos asignado desde nuestro nacimiento. Asegurado todo por el capitalismo, quedamos en un total desconocimiento.

La ficción del yo lleva consigo la condición necesaria para que exista la dominación. Lo único que está sucediendo es una reproducción incansable de lo psíquico entendido como lo consciente y lo yoico, tal como sucede en el movimiento circular vicioso del capital19. Las repercusiones son claras. El yo, ahora sujeto capitalista con un psiquismo capitalista, se encuentra encerrado en su sentido común y psicológico que presume inocente y suyo, sin mayor dificultad. Es un ser, pero no siendo. Un siervo que lo tratan como de la familia real para que no se vaya de ahí. Su deseo no es su deseo, su emoción no es suya, su lenguaje no es suyo: son todos del capital. Volviendo a la frase de “Mi trabajo es para que yo esté bien”, en la realidad, significaría todo lo contrario: no es mi trabajo, sino el trabajo que necesita el capitalista, y no es mi vida la que estará bien, sino la vida del vampiro capitalista. Está por demás decirlo, pero es necesario: el sujeto capitalista no sabe que es sujeto capitalista. Es decir, el hecho de que demos cuenta que existe un psiquismo capitalista, no cambiaría mucho la cosa, puesto que los que están en el poder no irán por la vida diciendo que es un psiquismo capitalista; de ahí que recurran a la fetichización.

El fetichismo de la psique producido por el discurso ideológico, por la palabra del yo consciente, reforzado por la psicología, la psiquiatría, las resonancias magnéticas, los gurús de motivación o inteligencia emocional, impide la revolución, impide la toma de conciencia de clase, puesto que la única conciencia existente es la psicológica y capitalista: aquella que promete bienestar virtual pero en la realidad genera miseria.

Comentarios finales: marxismo y psicoanálisis

Lo que aquí se escribió no es sino un complemento a lo ya expuesto en otro lado20, quizá hasta repetido. Pero lo más importante que se puede rescatar es lo ya iniciado hace un siglo: el freudomarxismo o la izquierda freudiana. Tal como lo menciona Páramo Ortega21, los primeros freudomarxistas fueron los propios Marx y Freud. Y es que, por más divergente que pueda parecer su pensamiento, ambos se compenetran. Esta compenetración es la que necesitamos hoy. Por un lado, pienso que el marxismo, por sí mismo, es de fácil acceso para la clase proletaria, lo que implica una gran ventaja para todos y todas, ya que nos lleva inmediatamente a comprender el todo social y el mundo en el que vivimos; por el otro lado, el psicoanálisis pienso que se ha encerrado en su burbuja muchas veces (una característica de los burgueses, a saber, formar una élite en la que solo entran unos cuantos), negando así, el acceso a su comprensión, otras veces siendo reaccionario y por ende, a su poca aceptación en el marxismo. Pero tacharlo de burgués no es sino descartar el potencial crítico que tiene consigo, e incluso, tacharlo con ese adjetivo sería de lo más infantil. La sensibilidad política y teórica marxista puede darle eso que le falta al psicoanálisis, pero también este, tiene mucho para ofrecernos a los marxistas, eso que a veces se nos ha escapado. Así, en acuerdo con Pavón-Cuéllar22, el psicoanálisis puede convertirse en un medio para el marxismo, un medio para la revolución, para la subversión en el sistema, tanto a nivel individual como social.

Referencias

1 Wilhelm Reich, Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1934) (México: Siglo XXI, 1986)

2 Alejandro Vainer, “Introducción”, en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009)

3 Pablo Fernández Christlieb, “Todos los psicólogos sociales: recapitulación de cuatro o cinco décadas”, Athenea Digital 19, núm. 1 (2019): 1-25.

4 Escuchado en una conferencia dictada por David Pavón-Cuéllar: https://www.youtube.com/watch?v=s6jGb0LtbSM , min. 20.

5 Sigmund Freud, El yo y el ello (1923) (Madrid: Alianza, 2012). pp. 10-11.

6 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p.245

7 Freud, El yo y el ello (1923), Op. Cit. p. 22

8 Freud, “Lo inconsciente” (1915), Op. Cit. p. 274

9 Otto Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). pp. 224-225.

10 Karl Marx y Friedrich Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012), 41–101.

11 Karl Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012). p.35-39.

12 Friedrich Engels, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Manifiesto del Partido Comunista. Ideología Alemana., Karl Marx y Friedrich Engels (México: Colofón, 2008)

13 Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, en La filosofía como arma de la revolución (México: Siglo XXI, 1974), 102–51.

14 Louis Althusser, “Tres notas sobre la teoría de los discursos” (1966), en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996). p. 121.

15 Ibíd., pp. 121-125

16 Ibíd., p. 124.

17 Fenichel, “Sobre el psicoanálisis como embrión de una futura psicología dialéctico-materialista” (1934), Op. Cit. p.228

18 Marx y Engels, “Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista”, Op. Cit. p. 71

19 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

20 https://versuslapsicologia.mx/2020/12/14/la-psicologia-no-lo-sabe-pero-lo-hace-del-fetichismo-de-la-mercancia-al-fetichismo-de-la-psique/

21 Raúl Páramo Ortega, “Otto Fenichel: clásico del psicoanálisis y pionero de la izquierda freudiana” en A la izquierda de Freud, coord. Alejandro Vainer (Buenos Aires: Topía, 2009) p.36

22 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

Mundo Psicologizado

Advierto a mis lectores que este es un texto “distinto” en cuanto a formato. No tuve ganas de citar esta vez porque mucho de aquí, se ha dicho en anteriores ensayos con sus respectivas citas, lo que claramente indica que aquí no se expone nada nuevo; pero como dice Freud: “Nada nuevo habremos de decir [aquí]; tampoco evitaremos repetir lo ya expuesto en otros lugares”. Por tanto, esto no me impide, claro está, que retome las ideas de quienes han ejercido gran influencia en mis palabras.

Imperio psicológico

Es un hecho que todos y todas conocemos algo de psicología. Sabemos, hasta cierto punto, de qué trata la psicología, incluso, forma parte de nuestro día a día. Nuestra normalidad se ha convertido en normalidad psicológica. Pero es esta normalidad lo que me preocupa y debería preocuparnos. No es raro, entonces, que mientras caminemos, nos encontremos demasiadas personas expresándose en clave psicológica: “¡Me siento estresado!” dice el oficinista; “¡Este día está para deprimirse!” exclama el adolescente después de hacer tareas escolares; “¡Tenemos que ser resilientes!” dicen papá y mamá ante una crisis económica. Es como si la psicología estuviera por todos lados, como si nos acompañara hasta cuando no queremos compañía. Esta es mi preocupación: la psicología está dominando nuestras vidas.

A este dominio ejercido por la psicología se le conoce como psicologización. A simple vista, no parece tener ningún efecto, incluso, parece inofensivo. Sin embargo, como veremos más adelante, esta psicologización de la vida tiene grandes consecuencias en nuestro ser y hacer. La psicología ejerce un efecto imperialista al abarcar zonas que parecían inabarcables por ella. Y cuando hablo de psicología, por supuesto, me estoy refiriendo también a los psicólogos. Somos los psicólogos los que contribuimos a esta psicologización. Sin embargo, y recurriendo a la fórmula marxista, no lo sabemos, pero lo hacemos.

Veremos, además, que esta psicologización no surge de la nada. Es decir, la psicología es simplemente un velo que encubre otra cosa, que mantiene parcialmente oculto algo que, por su misma “naturaleza” y constitución, es preciso ocultar. Esto oculto, sin embargo, es lo que atraviesa y sostiene a la psicología: la constituye y le marca el camino que ha de recorrer. En otras palabras, la psicología se convierte así en un síntoma de la verdadera enfermedad.

Psicologización de la vida

El psicólogo crítico en Bélgica, Jan De Vos, cuyos aportes son imprescindibles para una crítica a la psicología, nos ha advertido ya que todos somos, prácticamente, psicólogos en potencia. En otras palabras, todos nos estamos convirtiendo en psicólogos(as) sin haber pisado un aula o una facultad de psicología. Se nos está enseñando a reconocernos a través de la psicología; es como si usáramos unos anteojos graduados por la psicología para ver y formar nuestras vidas alrededor de lo psicológico.

Como lo mencioné líneas más arriba, no es raro escuchar a personas que se expresen con los términos utilizados por los psicólogos: “trastorno”, “depresión”, “border”, “resiliencia”. Hay un sinfín de palabras originadas en la psicología que tienen bastantes efectos en nuestras vidas; veamos esto más de cerca. Al reconocernos a través de lo psicológico, al hablar y adoptar los términos de los psicólogos, dejamos de ser lo que somos; dejamos de ser uno con los otros para pasar a ser un “yo”, un “yo psicológico”, individual, autónomo, con libertad. Si queremos ser más radicales, podemos decir que nuestro ser, nuestra persona, ya no nos pertenece realmente, sino que le pertenece al saber de la psicología. Nos encontramos en una enajenación completa. Nos convertimos en extraños en nuestro reconocimiento a través de la psicología. Sin embargo, como habré de reflexionar más adelante, no es que nuestro ser social (puesto que todos somos seres sociales desde nuestro nacimiento) y lo propiamente social, es decir, la vida misma, se extingan, sino más bien, quedan difuminados. Queda, como ya habíamos adelantado, oculto tras el velo de la psicología.

Decíamos: la psicologización no surge de la nada. También habíamos dicho que hay algo que atraviesa a la psicología de extremo a extremo. Y si hay algo que atraviesa y sostiene a la psicología, es porque eso es más poderoso que aquella. Esto que sostiene a la psicología es el capitalismo. Veremos más detallado lo anterior.

Capitalismo y su psicología

No es que la psicología funcione de manera autónoma. Ni ella misma es lo que nos promete, esto es, libre. La psicología cumple dos funciones contradictorias: ser parte del engranaje que echa a andar la máquina capitalista y, por otra parte, ocultar esta misma función y a la máquina misma. El filósofo mexicano y marxista David Pavón-Cuéllar ya había adelantado esto: la psicología cumple funciones específicas para que el sistema no caiga, para que se mantenga estable y funcional.

Como sabemos, el capitalismo pinta todo de rosa, pero en realidad, no es más que un sistema deshumanizador que todo lo traduce en valor de cambio, en ganancia, todo tiene que generar un excedente a costa de esta deshumanización, de esta enajenación de la vida al ser explotados (eso que Marx llamó “plusvalía” y que es tan vigente como hace casi dos siglos). Y es que, precisamente esto queda oculto por la psicología: al reconocernos como sujetos psicológicos y no como lo que somos realmente, a saber, explotados, la clase explotada, el capitalismo puede seguir produciendo riqueza a través de un movimiento infinito e incansable de explotación. Este movimiento tiene que preservarse para que los bolsillos sigan llenándose. Es por esto que el capitalismo tiene que recurrir a sus mejores herramientas para asegurar su existencia, para perpetuarse y perpetuar la ganancia.

La psicología, entonces, es la herramienta perfecta para el capital. Lo es, como hemos repetido, porque nos hace ver lo que está permitido ver. Nos hace ser lo que está permitido ser. Desde el momento en que nos nombramos “depresivos”, “estresados” o “ansiosos”, difuminamos la realidad misma, a saber, la realidad que explota y genera ganancias para unos cuantos. Es más fácil y conveniente para las fábricas o cualquier otro lugar de trabajo, que sus trabajadores enfermen de “depresión” o “ansiedad”, porque así pueden recurrir a todo el tratamiento psicológico para aliviar el malestar. Como dijimos al principio: el problema está en que lo psicológico es solo un síntoma, la enfermedad es el capital, es el vampiro que nos arrebata la vida día tras día.

Al psicologizarnos, al dejarnos psicologizar, le estamos dando un territorio más al capital para que sea explotado. Digámoslo claro: al psicologizarnos nos convertimos en ignorantes, en toda la extensión de la palabra. Lo somos porque nos importa un carajo lo que le pase al vecino, al campesino explotado, al oficinista estresado. No nos importan porque solo nos importamos nosotros mismos en nuestra (supuesta) individualidad. No hay sentido de comunidad, no hay solidaridad verdadera puesto que siempre está de por medio la ganancia, el beneficio. Si el capital es una cosa muerta que vive gracias a nosotros, no esperemos que de la psicología emanen fuerzas vitales. El capital es psicología, y la psicología es capital. Nuestra autonomía es nuestra desdicha; nuestro yo es pura ficción. Nuestro mundo psicologizado no es nuestro mundo, es del capital.

Marx y Freud ante la psicologización

No hay salida de la psicologización por la misma psicología. Tenemos que buscar en otro lado. La salida es por otro lado, aunque a veces no la podamos reconocer: Marx y Freud. Por un lado, Marx nos otorga la llave para salir del capitalismo. Hace poco tuve la oportunidad de leer un comentario de un usuario en Facebook que versaba más o menos así (no recuerdo muy bien): “la genialidad de Marx no encaja en el cerebro de los vulgares”. Una frase muy cruda, pero cuánta verdad contiene. En efecto, las ideas marxianas y marxistas abren la posibilidad de otro mundo, y al referirme a sus ideas en general, hablo también de esas ideas “psicológicas” y no solo de la crítica al capital. Es por eso que Marx resulta tan peligroso, porque su legado no está limitado a lo “económico”. No entraremos a detalles a sus ideas puesto que en este espacio se han expuesto en compañía con otros marxistas.

Freud, por su parte, ofrece una salida más “rápida” y visible de la psicología. Al dar cuenta de lo inconsciente, queda destruido el sujeto psicológico, el yo psicológico, supuestamente autónomo e individual. Ya no es el sujeto psicológico consciente el que habla y el centro de nuestra atención, sino todo aquello que había desaparecido al concebirlo como individuo autónomo. Solo a través de Freud podemos saltarnos la represión impuesta por el capitalismo.

Me parece bastante irrisorio los que han dicho que Marx y Freud están superados. Irrisorio porque, sin meternos a sus detractores reales, hay quienes están constantemente “revisándolos” para tratar de anexarlos a sus filas, “digiriéndolos” para que no les caiga de peso. Es más, hay quienes han tomado sus ideas sin darles un gramo de crédito. Hasta los más posmodernos han tomado aportes de Marx, incluso de Freud. No hay crítica sin hacer paradas en Marx y Freud. Como ya lo había dicho en el artículo anterior aunque refiriéndome específicamente a Marx, es como si estos revisionistas se administraran unas buenas dosis de ideología para protegerse contra cualquier peligro.

La única oportunidad para derribar el imperio del capital y su psicología es a través del bombardeo marxista y freudiano. Así sin más.

Comentarios finales

Nunca me ha gustado dar una conclusión. Es más, siento que durante todos mis textos voy concluyendo desde el principio. Y es que la conclusión será siempre deshacernos de la psicología a como dé lugar. La conclusión será siempre oponernos al capitalismo. Concluiré siempre diciendo que necesitamos crítica: crítica en nuestras aulas y crítica en las calles, no importa qué forma tome esta. La necesitamos. No habrá nunca una conclusión; no hemos terminado.

Enfermedad Marxista

Antes de comenzar, tengo que ofrecerle una disculpa a mis lectores, nuevamente, por usar un título que puede confundir a primera vista, pero intentaré disipar tal confusión sobre la marcha en este breve texto.

Dado que estamos en tiempos pandémicos, presiento que existe a la par de la COVID-19, una nueva enfermedad que se está desatando y que puede abrir paso a replantearnos (realmente y sin apariencias) nuestro modo de vida. Podemos iniciar concluyendo que vivimos en una sociedad con lógicas que enferman a los sujetos, si entendemos la enfermedad en el sentido más reducido y común posible: lo que nos hace daño, lo que nos mata rápida o lentamente, lo que tenemos que prevenir con medicamentos para su control. Pero inmediatamente entramos en una contradicción tan evidente para algunos pocos: esta sociedad insana (como la llama Fromm[1]) se presenta como la más sana de todas, como la única sociedad en la que puede existir el humano, en la única en la que se concibe como persona “sana”. Y es que precisamente esta presentación como “lo más sano de todo”, crea un efecto ilusorio en el que lo dañino, lo mortífero, “desaparece”, y desaparece para hacerse más fuerte, para agravarse, para desatenderse.

En este sentido, me propongo dos cosas, pero antes, necesito hacer unas aclaraciones. Primero, me siento obligado a hablar como psicólogo en esta ocasión, a saber, casi como un “técnico” que ofrece un diagnóstico. Me siento de esta manera porque pienso que puede ser una oportunidad para devolver la fuerza psicologizadora contra su mismo origen: la psicología y el capitalismo; apoyarme en esta lógica psicologizadora del diagnóstico serviría, a su vez, para intentar criticarla disimuladamente. También es preciso manejar el lenguaje del diagnóstico para que, si existe algún psicólogo o psiquiatra mainstream leyendo esto, se sienta familiarizado, aunque sinceramente no espero nada de ellos, ni espero y tampoco me importa que cambien su postura y mucho menos están dirigidas a ellos mis palabras en este momento. Estoy casi seguro que, como Parker[2], ya a muchos y muchas no nos interesa buscar un cambio en la psicología misma, sino más bien, únicamente criticarla para incomodar lo más que se pueda: tanto al capital como a su psicología; de ahí que busquemos otra cosa. Por otro lado, aunque esté por demás decirlo, lo presentado aquí es pura analogía, sin afán de distorsionar lo que aquí nos compete: el pensamiento marxista como elemento necesario para pensar en otra sociedad.

Entonces, estas breves palabras tienen un doble sentido: primero, hacer un “diagnóstico” en sentido marxista de nuestra sociedad excesivamente sana (pero enferma): su funcionamiento sano, sus personas sanas, sus profesionales que mantienen esta salud [mental] normales, etc. Y por otro lado, deseo explicar la enfermedad que aterra a esta sociedad; es una enfermedad que ni los psiquiatras o psicólogos más empedernidos en sus áreas tuvieron el tiempo de incluir en sus manuales diagnósticos. Lo curioso de esta enfermedad es que puede manifestarse mentalmente o de manera física: es por esto que se les escapó a los profesionales de la salud que ejercen a favor del capital. Son tan amplios sus síntomas que se convierte imperceptible. Puedo decir que esta “enfermedad” es el mismo marxismo, o parafraseando a Pavón-Cuéllar[3]: es una sana “enfermedad”. Es lo más anormal que se podrá encontrar en nuestra normalidad, lo más inquietante en la supuesta quietud en la que vivimos y pretenden mantener.

Capitalismo Sano

Tal como sugiere el subtítulo, pareciera que nos encontramos en un sistema sano. Y sí, probablemente es sano en la medida en que se tenga que enfermar todo lo vivo en el globo para que tal sistema exista y funcione. Nuestra sociedad capitalista está excesivamente sana, es decir, funciona de “maravilla”. Pero ¿cómo es su funcionamiento? Su proceder tiene que ser eficaz y no puede haber cabida para la enfermedad (¿no es el capital, en sí mismo, la enfermedad?). Detengámonos brevemente para hacer un diagnóstico marxista de nuestra sociedad (in)sana.

Plusvalía sana

Existe cierto consenso para que todo aparente ser normal, vamos, para que todo funcione. En primer lugar, la normalidad o la salud en el capitalismo equivale a la exagerada producción de mercancías, de la cual, lo único bueno que puede extraerse es el valor de cambio y, obviamente, la plusvalía. Es esta última lo que hace que nuestro sistema sea excesivamente sano. Nuestra sociedad se caracteriza por estar motorizada por la ganancia, por el excedente, por el ganar más y más. Lo sano es la destrucción de cualquier ecosistema a costa de obtener el plusvalor, lo sano es el sometimiento físico e ideológico de los sujetos a fin de que estos sean los que produzcan dicho excedente. Pero lo verdaderamente interesante en este sistema sano es que, para que exista una producción de plusvalía de manera normal y sana, debemos desconocer su origen. La plusvalía que funciona en el capital es la que se oculta, y sí, hablar de plusvalía oculta ya es redundante. De ahí entonces que podamos decir, junto con Marx[4] y Debord[5], que nuestra sociedad es una sociedad del fetichismo y del espectáculo: ¡Fetiche y espectáculo completamente sanos!

Personas sanas: Capitalista y Trabajador

Tenemos dos tipos de personas sanas en [y para] el capitalismo: el que tiene los medios de producción y que compra la fuerza de trabajo, y el que no tiene dichos medios y, por tanto, tiene que vender su fuerza de trabajo al primero [6]. La salud del primero, radica en el acoso del valor[7], es decir, en su obsesión “incansable de ganar” a través de la valorización del valor [8]. Si no estuviera motivado para ganar, estaría entonces enfermo, desviado de la campana capitalista de Gauss. Sería preocupante para el sistema que lo acoge. Desde el momento en que pone en movimiento su dinero, lo lanza a la circulación, se convierte en la persona más sana de todas. Es más, puesto que “su bolsillo es el punto de partida y el punto de retorno de su dinero” [9], y este dinero se incrementa, se valoriza, se puede pagar mejores condiciones de salud: se convierte en una persona con exceso de salud. Parafraseando a Marx, esta persona, el capitalista, puesto que se encuentra con exceso de salud debido al excedente económico, puede sobrevivir más en este sistema que la segunda persona que estamos a punto de describir: el trabajador [10]. El capitalista se perpetúa y perpetúa su ganancia. Se convierte, por así decirlo, en [casi] todopoderoso. Esta es su condición normal, es lo más normal en esta vida (si es que esta sociedad en la que nos encontramos es realmente vida), es su estado más “saludable”.

La segunda persona sana en y para el capitalismo es el trabajador. El trabajador es un pilar en nuestra sociedad capitalista para que esta se mantenga sana. A diferencia del capitalista, el trabajador tiene ciertas características que dejan ver su normalidad en el sistema, o mejor dicho, características que le permiten funcionar y catalogarlo como sano. Como ya adelantamos, en primer lugar, el trabajador no es poseedor de mercancías para vender y obtener un beneficio de dicha venta, lo único que posee es su capacidad de trabajo, su habilidad física y mental, vamos, su fuerza de trabajo[11]. Pero veamos más de cerca esta situación. Solo puede estar sano si produce para otros, es decir, si se [le] enajena[12]. El trabajador para estar sano en nuestro sistema sano, debe sentirse extraño, ajeno a sí mismo y lo que produce, debe renunciar a eso producido por sus manos. Para estar sano, el trabajador debe “producir maravillas” para los capitalistas y al mismo tiempo “privarse” de estas[13]. Solo es una persona sana si es comprada por otro, por el capitalista. Vamos más adelante con nuestro intento de diagnóstico marxista.

Podemos agregar un tercer tipo de personas sanas: los que mantienen al capitalismo como hasta ahora, esto es, sano. Estos últimos sacan a relucir todo su arsenal técnico y teórico para que nada se salga de la norma, para que nada ni nadie enferme. Aquí podemos encontrar a los psicólogos, a los psiquiatras y a uno que otro psicoanalista. Estos se encargan de que el trabajador no se dé cuenta de que está siendo explotado, y en caso de que empiece a percatarse de ello, en caso de comenzar a enfermarse, darle una alta dosis de medicamento ideológico para que siga funcionando. Por otro lado, estos mismos técnicos del capital, cuidadores del capitalista y del trabajador, se enfrentan a un fenómeno interesante ya analizado por Pavón-Cuéllar[14]. Pongámoslo con un ejemplo cotidiano. Todos sabemos que mantenemos cierta temperatura corporal al día, sin embargo, durante ese mismo día podemos sufrir pequeñas variaciones en dicha temperatura. Estas pequeñas variaciones es un alejamiento simple y nada llamativo de la temperatura normal; o como les gusta decir a los que manejan la estadística, “no representa diferencia significativa”. Lo mismo sucede con este fenómeno, es decir, existe un “pensamiento crítico capitalista-neoliberal” [15], o sea, que de cierta manera este pensamiento causa incomodidad al estado normal de las cosas, pero termina por desvanecerse, termina por ser irrelevante en cierto sentido. Tal es el caso de Han, quien se ha limitado a describir al sujeto neoliberal y al mismo tiempo olvidarse de lo que subyace a este sujeto, reproduciendo al mismo tiempo el orden de las cosas (toda esta explicación, en donde se aborda a otros “críticos neoliberales” es expuesta claramente por Pavón-Cuéllar en la obra citada anteriormente, el lector puede recurrir a ella si desea indagar más). Estos mismos críticos están tan sanos como los primeros descritos líneas más arriba.

Enfermedad Marxista

Como vimos, estamos totalmente sanos a los ojos del capital. Pero resulta que este último es tan tonto que su obsesión por mantenerse sano lo ha traicionado. Ha dejado espacio libre para que una enfermedad lo ataque hasta el fondo y amenace con matarlo: el marxismo. Podemos hablar que la contraparte de la salud capitalista se encuentra en la enfermedad marxista. Lo más curioso de todo, es que el mismo estado normal y sano del capitalismo, creó su peor enemigo, creó su propio fin, cavó su propia tumba [16] La enfermedad marxista es aquella que se ubica en un extremo bastante alejado de la normalidad capitalista, de la salud del sistema. Al igual que la enfermedad freudiana, la enfermedad marxista toca fibras sensibles y fundamentales del capital [17] de tal manera que el sistema inmune capitalista quede rebasado y destruido totalmente. Mientras la primera ataca primordialmente la cabeza, la segunda, sin limitarse, ataca a todo el organismo. Sin embargo, esta enfermedad marxista tiene efectos totalmente distintos en las personas descritas anteriormente.

A los capitalistas, esta enfermedad les causa asco, la repudian, no la toleran, no pueden lidiar con ella. Les causa dolor excesivo, mareos ideológicos, les amenaza con quitarles lo que robaron para mantenerse sanos, los mantiene sin posibilidad alguna de cura ni siquiera con oportunidad de alejarse del centro, y es que, en cuanto salen del lugar que les permite vivir, esto es, del capitalismo, mueren al instante. En los trabajadores sucede lo contrario. No tienen ninguna reacción. Es más, creo que los hace más fuertes en el momento en que la contraen. La salud en la que vivían realmente les perjudicaba, esa era la realidad. Más bien, estaban tan sedados por el medicamento con bastantes gramos de ideología, que tal estado les hacía creer que era su condición real, su estado sano. En el tercer tipo de personas, pueden ocurrir dos cosas: lo mismo que a las primeras, es decir, causarles bastante malestar, o por el otro lado, permitirles reconectarse con lo real, es decir, con la explotación de la segunda persona descrita y las operaciones (i)lógicas del capitalismo.

Hay quienes ya nos contagiamos de la enfermedad marxista, y como lo mencioné, no hay marcha atrás, no tiene cura. Ventaja para nosotros, crueldad para los capitalistas. La enfermedad marxista tiene sus síntomas. Los síntomas benefician al sujeto trabajador que contrajo tal enfermedad: permite su expresión, permite la expresión de su marxismo, de la vida real y no enajenada. Hay quienes lo hacen protestando por derechos, otros lo hacen desde la militancia y el trabajo de base, otros publicando en redes información importante, otros lo hacemos escribiendo siguiendo los pasos de Marx y Engels y otros marxistas escritores, otros desde el consultorio, otros desde el propio trabajo en general, otros desde casa al rebelarse a sus padres, otros en la escuela al cuestionar a sus profesores. De esta y muchas otras maneras se manifiesta la peligrosa enfermedad marxista, esa que pone en peligro la normalidad de nuestro sistema actual.

Enfermarnos de marxismo es también una advertencia para nosotros mismos, es decir, es lo que nos dice que el rumbo que estamos tomando, o que han tomado por nosotros desde siempre, ha sido siempre el incorrecto, ha sido el que lleva a la ruina todo lo que toca, la vida misma. Es una advertencia por habernos acostumbrado a una falsa salud, a la salud del capitalismo. Y el hecho de llamarle “enfermedad marxista” es porque el sistema capitalista así lo considera: una enfermedad, algo que perturba la normalidad de los sujetos sometidos en este sistema, algo que perturba a los bolsillos de los capitalistas.

Comentarios finales

Quiero cerrar citando a Pavón-Cuéllar[18] aunque complementando un poco: “Habría que enloquecerse [o enfermarse de marxismo] […] para curarse de la patología de la normalidad* [o del capitalismo excesivamente sano]”. No hay salida del capitalismo más que por la puerta del marxismo [19]. Esto es por una única razón: la sociedad actual, con su sana avaricia, amenaza con la aniquilación de todos, de todo lo que conocemos como vida. No hay vida real en el capitalismo. Y si es que la hay, no es ni siquiera nuestra. ¡¿Qué carajo hacemos entonces aquí?! ¡Hay que enfermarnos para no morir!

Pero, como toda enfermedad, es preciso neutralizarla. Debemos entonces, tener cuidado con el tercer tipo de personas sanas en el capital, a saber, los psicólogos. Estos últimos intentarán por todos los medios neutralizar la enfermedad, erradicarla. Esto es evidente: lo harán porque es en este sistema en el que ya tienen un reconocimiento “científico”. También conocemos su modus operandi: mediante la psicologización se asegura el estado normal de las cosas, quedamos fuera de todo “peligro”. Deshacernos del capital al enfermarnos de marxismo, implica deshacernos de los guardianes de aquel, de sus médicos y sus respectivos medicamentos ideológicos. Los enfermos de marxismo no podemos continuar si no nos deshacemos de estos últimos, de la totalidad. Todos y todas estamos en la misma lucha.

Referencias y notas

1 Erich Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (México: Fondo de Cultura Económica, 1956). p. 66

2 Ian Parker, “Psychology is Not What You Think: An Interview with Critical Psychologist Ian Parker”, Marzo 2020, https://www.madinamerica.com/2020/03/psychology-not-think-interview-critical-psychologist-ian-parker/?fbclid=IwAR0bdOlOgyU9aeM4H0oj10LZJqxSvgzvMUOKThUX6VwiovJAOVgsPbDdP4U

3 David Pavón-Cuéllar, “Sana locura y normalidad patológica en el capitalismo neoliberal”, Clínica & Cultura 6, no. 2 (2017): 62-78.

4 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 72-82.

5 Guy Debord, La sociedad del espectáculo (España: Gegner, 1967).

6 Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I., Op. Cit., pp. 153-154

7 Ibíd., p. 141

8 Ibíd., pp. 140-141

9 Ibíd., p. 141

10 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013). p. 65

11 Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I., Op. Cit., pp. 153-157

12 Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía, Op. Cit., pp. 132-151.

13 Ibíd., p. 137

14 David Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Clínica & Cultura 8, no. 1 (2019): 24-36.

15 Ibíd., pp. 31-33

16 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista (Madrid: Akal, 2004), p. 37

17 Louis Althusser, “Sobre Marx y Freud”, en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan (México: Siglo XXI, 1996)

18 Pavón-Cuéllar, “Sana locura y normalidad patológica en el capitalismo neoliberal”, Op. Cit., p. 76

*La noción de “patología de la normalidad” es desarrollada por Fromm en la obra aquí citada y por Pavón-Cuéllar en el artículo de la referencia no. 3 en este ensayo

19 Pavón-Cuéllar, “Comunismo y psicoanálisis ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”, Op. Cit.

El retorno de Freud y Marx en psicología

Es para el comunismo que nosotros, los comunistas,
necesitamos del psicoanálisis.
Lo necesitamos porque sirve para mucho de lo que buscamos,
como la reinserción en la trama histórica,
la evasión de la esfera individual y
la subversión de las identificaciones opresivas.
(David Pavón-Cuéllar, 2019, “Comunismo y psicoanálisis
ante el sujeto del sistema capitalista neoliberal”)

Es bien conocido entre marxistas y psicoanalistas que tanto Marx como Freud representan un peligro para el statu quo. No solamente representan una amenaza en el aspecto teórico, sino también, en el terreno ideológico. Hace ya algunos meses había escrito acerca de una ausencia intencionada sobre Marx y Freud en las aulas de psicología, de forma más precisa, alegaba que prácticamente eran inexistentes en el saber psicológico, y eso obedecía a imperativos más allá de la academia. Sin embargo, he de admitir que me limité a la mera descripción de su ausencia y ahora también admito que esta misma es falsa, en el sentido que no es como tal que no existan en la psicología, sino que esta última, a través de todo su dispositivo ejerce cierta (re)presión para que tanto el legado de Marx como Freud se mantengan relegados en los planes de estudios. No es raro entonces que se encuentren bastantes similitudes entre este texto y el otro, dado que el objetivo es el mismo: analizar el porqué del “no” a Marx y Freud en psicología.

He de admitir también que, como marxista, el uso de los términos freudianos en esta exposición puede generar incomodidad entre los psicoanalistas más ortodoxos dado que no pretendo hacer uso de ellos en el sentido clínico/convencional, pero por lo que aquí se lucha es por una repolitización de la psicología, o mejor dicho, al prescindir de nuestra actual psicología y optar, quizá, por el psicoanálisis como otra-psicología, esta repolitización debe formularse de la siguiente manera: No Freud sin Marx y viceversa. Esto es, en principio, porque no podemos darnos el lujo como “estudiosos del psiquismo” de prescindir de la crítica al capital y de la corrosiva realidad que este ha dejado a su paso, y que, indudablemente, configura los aspectos más íntimos de nuestro ser. En este sentido, recurro al uso de términos específicamente a manera de analogía con un fin politizador, así sin más.

En algo que coinciden y coincidimos marxistas y psicoanalistas es que aquí no vemos la esencia de la psicología crítica dentro de la misma disciplina, sino que la vemos fuera de ella, más allá de sus márgenes. Es así, entonces, que me propongo analizar el mecanismo represivo que ejerce la psicología con Marx y Freud, de tal manera que al final, podamos reflexionar acerca del retorno de lo reprimido que Freud planteó, aplicado a esta articulación subversiva Marx-Freud. Invito ampliamente al lector/a a que complemente en aquello que pueda escapar a mis palabras.

Inconsciente marxista-freudiano

Tengo la sospecha de que existe algo que podemos denominar como inconsciente marxista-freudiano, esto por dos cosas. En primer lugar, porque este inconsciente se encuentra más allá de la consciencia de la psicología (que incluye, por obvias razones, al capitalismo); en segundo lugar, y aquí está lo más importante, es que en tanto inconsciente, no deja de tener efectos sobre esta consciencia [1]. Así, la característica más importante de este inconsciente marxista-freudiano es que en psicología existe, pero no lo percibimos, no sabemos de su existencia: es algo conocido desconocido, como diría Žižek [2]. Pero también encontramos que este inconsciente marxista-freudiano no tiene temporalidad, es decir, ha perdurado por siempre a través del legado marxista y en Lacan, lo mismo que en la aparente diferencia entre Marx y Freud: no hay contradicción alguna; en este inconsciente marxista-freudiano se apuesta por la vida, por el placer y no se subordina a la “realidad” de la psicología y del capitalismo[3].

Lo que este inconsciente marxista-freudiano nos permite es, justamente, dar un sentido más allá de lo consciente mismo, es decir, más allá de la psicología misma y sus respectivos márgenes; es a través de este inconsciente que podemos explicar lo psicológico más allá de la psicología en sí. Parafraseando a Freud, sería una “presunción insostenible” tratar de explicar lo psicológico solo a través de su consciencia[4], en este caso, sería absurdo pensar que la psicología puede explicar todo irguiéndose como panacea cuando en realidad solo obedece a sus altos mandos. Es aquí entonces donde el inconsciente marxista-freudiano podría tener su papel más llamativo: explicar lo que no se explica en la superficie psicológica.

Sin embargo, y aquí está el meollo de toda la discusión, es que este inconsciente no puede ser sino obstruido, no por completo, pero sí parcialmente, de tal manera que quede relegado. Puesto que el inconsciente marxista-freudiano explica lo que no se explica en la consciencia de la psicología, es decir, explica la razón de ser en tanto que esta psicología es un aparato ideológico capitalista que a su vez fomenta el desconocimiento de lo psíquico en su totalidad, y que también da cuenta del sistema económico-cultural que oprime al sujeto, es preciso que a este inconsciente se le ejerza una fuerza represiva.

Represión del inconsciente marxista-freudiano

Como adelantaba al principio, es bien sabido lo que puede causar el acercamiento al inconsciente marxista-freudiano, o en términos más simples, es peligroso acercarnos a Marx y a Freud. De esto se percató Mariátegui al exponer que tanto en Marx como en Freud existía cierto intento de “racionalizarlos” y oponerles “reacciones de defensa”, de tal manera que estas oposiciones de carácter “más violento e infantil” no obedecían propiamente al ámbito de la discusión teórica-filosófica, sino más bien, al plano político-ideológico[5]. ¿No es acaso esto previsto por Mariátegui lo mismo, o al menos parecido a la represión? Veamos con detenimiento cómo funcionaría dicha represión en nuestra psicología.

Lo que vemos en lo expresado por Mariátegui es justamente lo que sucede en psicología. No es que Marx y Freud no existan o estén ausentes, como había pensado con anterioridad en el otro texto, sino que más bien, sufren de la represión ejercida en psicología. Sufren la represión como el inconsciente freudiano. En la represión ejercida por la consciencia de la psicología, lo mejor es “rechazar” y “mantener alejados”[6] los elementos del inconsciente marxista-freudiano: es precismo mantener a Marx y a Freud fuera del campo psicológico consciente.

La represión ejercida en oposición al inconsciente marxista-freudiano y sus elementos es para evitar el displacer en el terreno de la psicología[7], pero este displacer no es sólo psíquico, sino político. No es extraño que en los planes de estudio en las facultades de psicología se le dé mayor peso a lo que mantiene al sistema tal como lo conocemos, tanto en el aspecto subjetivador como en la cuestión de producción de capital y explotación real. La represión entonces sirve, en psicología y en el capital, para mantener el equilibrio, de tal manera que a aquella se le tiene que exigir un esfuerzo continuo[8]. Pero no nos confundamos, el hecho de que se necesite mantener el equilibrio y con esto evitar el displacer responde al imperativo de mantener las cosas tal cual las conocemos al día de hoy. Es decir, la represión funciona como una gran muralla que protege cualquier acto subversivo del inconsciente marxista-freudiano; aunque, como inconsciente, sabemos que ni la muralla más grande ni la más llena de soldados impiden su acceso; esto lo veremos más adelante.

El displacer ideológico-político generado por el inconsciente marxista-freudiano se manifiesta en los actos para evitar ese mismo displacer, a saber, la desaparición del psicoanálisis en las facultades y solamente abordado y absorbido como una simple y banal “teoría de la personalidad”, y por el lado marxista, este es simplemente visto como una teoría económica. Lo vemos también en el discurso de los docentes y compañeros cuando se incomodan con la crítica freudiana y marxista, pretendiendo alegar que Freud y Marx han sido superados y que “existen” otras posibilidades, acomodándose en el sillón del posmodernismo más apolítico de todos.

En términos laxos, podríamos decir que el placer que podríamos obtener de la liberación del inconsciente marxista-freudiano se encuentra, hasta este momento de la discusión, subordinado al principio de realidad capitalista-psicológica. También podríamos decir que se obedece a una conservación de lo capitalista-psicológico, una conservación que se opone a la libertad, a la verdadera libertad social e individual, no aquella aparente alardeada por los gurús del capital y de la psicología. Pareciera entonces que toda vida dentro del espacio amurallado por el capital y la psicología tiene su destino en la muerte [9]: no hay vida como tal en el capital, y agreguemos, en su psicología. Se evita el displacer a costa de vivir menos; esta evitación solo alimenta al vampiro capitalista [10]. Nos volvemos también autómatas en nuestras aulas al reproducir lo impuesto, lo permitido, lo normal, lo adecuado para la consciencia de la psicología a fin de que en esta se eviten perturbaciones.

El “retorno de lo reprimido”: Marx y Freud ante la represión de la psicología

Fue Freud quien dilucidó que la represión no es omnipotente. A la represión se le escapan muchos elementos: piensa que lo puede todo cuando en realidad, en esa pretensión de omnipotencia, se le escapan “por la tangente” muchos elementos, retoños de lo reprimido [11]. Tal es el caso, al menos desde el marxismo, de las psicologías marxistas. Todo esto es solo sintomático, de tal forma que pudo alcanzar, aunque de manera “distorsionada” la consciencia de la psicología. Cabe hacernos una pregunta: ¿no será acaso este ejemplo de síntoma la capacidad subversiva del inconsciente que venimos hasta ahora intentando describir?

El inconsciente marxista-freudiano es aquello que lucha por la vida frente a lo mortífero en el capital y en psicología, es lo disruptivo en el equilibrio impuesto por el capitalismo y la psicología. Si bien es cierto que el acceso a la consciencia lo tiene negado, este puede encontrar otros caminos indirectos para acceder a ella. No es tampoco raro que estudiantes y docentes recurran a Marx y a Freud fuera de su plan de estudios, fuera de su currícula.

El inconsciente marxista-freudiano, que podríamos tomarlo como sinónimo de la metapsicología crítica iniciada por los propios Marx y Freud, seguida por Pavón-Cuéllar y colegas de manera magistral, y argumentada en este espacio anteriormente de manera breve, se manifiesta de forma sintomática en las discusiones con los docentes que psicologizan todo a su paso y distorsionan a Marx y Freud al debatirles sus ideas y abordar los problemas de manera crítica; se manifiesta cuando un alumno o un docente habla de “capitalismo”, de “inconsciente”, de “plusvalía”, de “ello-yo-superyó”, de “fuerza de trabajo”, de “represión”; se manifiesta cuando un estudiante de psicología sabe que la psicología solo aborda una parte del problema o cuando nota el más descarado servilismo en la psicología organizacional (por ser el más explícito); se manifiesta en las compañeras feministas que dan cuenta de la opresión que ejerce el sistema capitalista-patriarcal a la mujer; el inconsciente marxista-freudiano se manifiesta cuando algún alumno o alumna pregunta “¿quién es Marx?” o “¿Qué dice Freud?”; se manifiesta en los pocos ejemplares de los libros de Marx en facultades de psicología y en el abundante número de ejemplares llenos de polvo y casi nuevos de Freud.

Los lapsus de discusión acalorada o incluso los famosos memes de Marx y Freud, son manifestaciones del inconsciente marxista-freudiano. Es todo lo que se le escapó a la represión ejercida por la psicología. Nos dejan ver que están ahí. Lo único que esta represión permite es que entre marxistas y freudianos nos “desarrollemos más libremente en la oscuridad” para encontrar después formas “extremas” de expresión[12]: entre la liberación sexual y el comunismo.

Comentarios finales

Lo expuesto aquí ha sido pura analogía. No pretendo que se adopte lo que aquí se presentó, y como verá el lector, utilicé en esta ocasión los conceptos freudianos, pero de ninguna manera se debe tomar este ejercicio como “enseñanza” de algún concepto psicoanalítico. Lo que sí puedo afirmar, es que existe un potencial subversivo entre aquellos que decidimos acercarnos tanto a Marx como a Freud, a veces más a uno que a otro. Independientemente de a quién nos acerquemos más, la subversión se mantiene. Si la mancuerna perfecta que mantiene la dominación de los sujetos y del estado actual de las cosas es capitalismo-psicología, la mancuerna que podría servir para la crítica a la psicología y al capitalismo sería Marx-Freud. Una relación no dicotómica, pero sí moebiusiana, complementaria una a otra.

En contraposición a este inconsciente subversivo, se encuentra el inconsciente capitalista, que se manifiesta en prácticamente toda la psicología exceptuando aquellas psicologías que dan cuenta de este sistema represor. Pero me atrevo a decir que este inconsciente hace mal, nos hace a todos y a todas mal: a los psicólogos y psicólogas, a las personas fuera de la academia. Nos enajenamos en él, nuestra práctica ya no es nuestra y se nos impone el estudio de un inconsciente, o mejor dicho, de un psiquismo manipulado por el capital, un psiquismo lleno de ilusiones e irrealidad pura. De ahí entonces la necesidad de hablar de un inconsciente marxista-freudiano y ponerlo sobre la mesa y jugar con sus cartas apostando a un nuevo mundo fuera de las lógicas del mercado y a otra-psicología.

Referencias

1 Sigmund Freud, “Lo inconsciente” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p. 245.

2 Slavoj Žižek, Acontecimiento (2014) (México: Sexto Piso, 2018)

3 Freud, Lo inconsciente (1915), Op. Cit., pp. 268-269.

4 Ibíd., p. 247

5 José Carlos Mariátegui, “Freudismo y Marxismo” (1974), en Marxismo, psicología y psicoanálisis, eds. Ian Parker y David Pavón-Cuéllar (México: Paradiso, 2017). p. 284

6 Sigmund Freud, “La represión” (1915), en El malestar de la cultura y otros ensayos (Madrid: Alianza, 2010). p. 232.

7 Ibíd.

8 Ibíd., p. 236

9 Sigmund Freud, “Más allá del principio del placer” (1920), en Psicología de las masas, Más allá del principio del placer, El porvenir de una ilusión (Madrid: Alianza, 2010). p. 132.

10 Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). pp. 208-209

11 Freud, La represión (1915), Op. Cit., pp. 233-237.

12 Ibíd. p. 234

(Meta)Psicología Crítica

La crítica suele desvanecerse en las aulas de psicología. Pero, ¿no es acaso este desvanecimiento o pulverización de lo crítico-reflexivo producto de su origen?, en otras palabras, ¿no será que el error que cometemos muchos y muchas al criticar a la psicología es, precisamente, que partimos de la misma psicología? Los intentos vagos de crítica a la psicología suelen ser muchos, lo hemos constatado: conductistas “criticando” humanistas, humanistas a los cognitivos, psicoanalistas (psicologizados como bien lo analizó Althusser[1]) a humanistas, sistémicos a psicoanalistas. El potencial crítico se esfuma cuanto más se alegue entre ellos, queriendo imponer cada uno su Verdad; más aún: una Verdad psicologizada, dentro de los límites trazados por la institución psicológica tal como la conocemos desde hace un siglo. Lo que podemos notar es un bucle infinito acrítico en el que se pierde cualquier posibilidad de trascendencia académica y política. La pérdida de posibilidades la podemos notar cuando encontramos intentos de burdo eclecticisimo que, por cierto, no terminan llevando a ningún lado.

Ojo, que el lector/a no se confunda aquí, no ubico a ninguno de esos paradigmas dominantes como salvadores de nuestra psicología, pretendiendo superar ese eclecticismo. La psicología, como institución, ejerce una forma (o varias formas) de gobierno de los sujetos, no solo de los que alguna vez pisamos sus campos de concentración, sino también, de aquellos que son ajenos a la disciplina. No es raro entonces que nos empeñemos en buscar la crítica en otro lado, fuera de su dispositivo para regresar a él con suficientes armas y destruirlo.

Si en este espacio me comprometí con una psicología crítica, más específicamente, con una crítica marxista a la psicología, es porque encuentro en ella lo que no existe en los intentos de crítica al interior de nuestras facultades, de nuestros salones y en nuestras conversaciones con los docentes. Encuentro eso que la enseñanza de Pavón-Cuéllar ha dilucidado en su articulación de Marx y Freud [2], también lo que Marx permite pensar más allá de lo que se nos da en nuestros planes curriculares y la necesaria intervención de Foucault para entender el “arte de no dejarnos gobernar”. Es así pues, que en este texto se retoma lo que ya se podría haber denominado como “meta-psicología crítica”, que ya de por sí puede sonar redundante para quien ya esté familiarizado con los autores mencionados anteriormente.

¿Qué es la crítica?

Esta pregunta a modo de título se la hizo Michel Foucault en una conferencia que dictó en 1978 en la Universidad de la Sorbona, Francia. Lo que aquí nos interesa es, precisamente, su conceptualización de lo que hoy es tan necesario en la psicología para rebasarla “por la derecha”, o sea, por su lado ciego, de tal forma que ni la misma disciplina sepa que está siendo superada. Algo que es revelador, y a modo de paréntesis, de esta conferencia es que se dicta tres años después de la publicación de Vigilar y Castigar, texto en el que se posiciona en un inconfesado marxismo[3], un marxismo que es necesario para la propuesta que aquí nos compete.

La pregunta que nos interesa, al igual que a Foucault, es: ¿qué es la crítica? ¿para qué nos puede servir la crítica? Podemos sostener la tesis que, al igual que la Iglesia cristiana analizada por Foucault[4], la psicología opera de la misma manera en la actualidad: propaga la idea de que “debemos” ser gobernados por ella, por su saber-poder. Pareciera que todas las facultades de psicología obedecieran a una Cosa que escapa de su saber en el sentido que no sabe que es determinado por aquella. En las universidades en donde se imparte psicología, es preciso sujetar a todos los estudiantes a esa homogeneización disfrazada en diversidad teórica [5]. Ante esta homogeneización, esta gubernamentalización en el que las Verdades incluyen efectos de poder y el poder tiene sus verdades, es necesaria una postura crítica.

Al posicionarnos en la crítica, tratamos de escapar de esa forma (o de las diversas formas) que nos gobierna, de esa psicología ejercida en los manuales, en las clases, en el discurso docente-universitario. La crítica, entonces, siguiendo a Foucault, sería el arte de no dejarse gobernar, la inservidumbre voluntaria, sería pues una postura indócil, reflexiva[6]. Paralelamente, encontramos una postura similar en Holzkamp: la crítica se traduciría en nuestra capacidad de acción que permitiría ejercer un mayor control sobre nuestro devenir, en este caso, el devenir estudiantes en las facultades de psicología, y que además, rebasaría las estructuras del poder, de la estructura burguesa de dominación y sus estrechos márgenes con los que la psicología burguesa juega y da una supuesta libertad a los sujetos[7].

La crítica entonces es algo que niega lo que es negado, y que, probablemente, supere a través de esa negación realizada en la reflexividad. La crítica se aleja de lo que es criticado: a través de la crítica se puede lograr una emancipación. Trataremos de profundizar más a continuación

Meta-Psicología Crítica

Es indudable, como intentamos adelantarlo en el primer párrafo, que existen críticas en nuestra psicología. Si se me permite ser más abierto a lo que planteé anteriormente, podría decir que bajo la definición de Foucault y Holzkamp, existen ciertas psicologías críticas (que omitiré nombrarlas por espacio; el interesado/a puede revisar el texto de “Psicología crítica y lucha social: pasado, presente y futuro” del Dr. Pavón-Cuéllar, en el que ofrece una visión panorámica de estas psicologías críticas) que han aportado en demasía a la discusión teórico-práctica en nuestra disciplina y que han posibilitado la apertura a repensar lo que se hace y decimos en psicología. No obstante, podemos atrevernos a decir que estas psicologías críticas suelen estancarse en el bucle psicologizado en el que se erosiona cualquier potencial crítico. Podemos decir también que muchas psicologías pueden ser “críticas”, pero no todas las psicologías críticas son metapsicologías críticas.

Es cierto que partimos de una definición particular de psicología crítica, una definición que revisamos parcialmente en el primer escrito de este espacio. Es preciso detenernos en ella. Pavón-Cuéllar nos escribe: la psicología crítica es “una actitud crítica ante la psicología”[8], una “posición ante ella”, una “forma crítica de relacionarse con ella”[9]. La definición es sintomática, en el buen sentido de la palabra. Lo es porque el autor revela lo que debe de contener una psicología crítica, y es justamente que el “ante” y el “relacionarse” ubican a la psicología crítica fuera de lo mismo psicológico. Es una posición anormal, fuera del discurso psicológico, fuera del alcance de la tecnología psicológica y su control, fuera de las querellas disciplinares que se dan entre psicólogos.

Lo que aquí se propone entonces, es buscar esa crítica fuera de los márgenes de la psicología misma, fuera de las estructuras del poder, fuera de la institucionalización, más allá del statu quo psicológico-burgués. Este “más allá” psicológico, como bien ha sido señalado por Pavón-Cuéllar, se puede encontrar tanto en Marx como en Freud, ese carácter metapsicológico[10]. Antes de limitarnos al primero, es menester mencionar que la tópica freudiana es un claro ejemplo de la crítica que aquí estamos presentando y recordando, es decir, Freud no se limitó a estudiar la consciencia tan desgastada en nuestra psicología mainstream, sino que halló otro camino, más reflexivo, más profundo y menos reduccionista. Al verse rebasados siempre por Freud, a los psicólogos no les queda otra cosa más que psicologizarlo y distorsionarlo, encubrirlo todo con el velo de la fantasía. Es tal el miedo y la resistencia al psicoanálisis freudiano que por eso no se revisa en las aulas, y si se revisa, es una abstracción y erosión descarada de su crítica. El inconsciente está más allá del límite psicológico, pero su crítica, precisamente, radica en ese alejamiento de lo que está ya psicologizado.

Si estamos hablando, al igual que Holzkamp, de que existe una psicología burguesa, no solamente necesitamos de Freud para “rebasar por la derecha” a la psicología. En cierto sentido y paradójicamente, podríamos decir que lo que Freud ofrece es una crítica directa a lo psicológico, una crítica más evidente y quizá por esto, los psicólogos estén más precavidos a la hora de enseñarlo, y por eso es más susceptible a distorsiones. En este sentido, entonces, es preciso recurrir a Marx. Este terreno no ha sido explotado ni se deja explotar por la psicología. En el desconocimiento de Marx radica su debilidad como ciencia.

Cuando recurrimos a Marx, nuestros intentos de abordar y relacionarnos críticamente a la psicología se repolitizan y se llevan más allá de la crítica psicológica, más allá de la psicologización, y lo hace de tal forma que la psicología no se da cuenta que están siendo rebasados por Marx y el marxismo. Esto en dos sentidos: el primero es que se ofrece una reinterpretación y reelaboración de lo psíquico [11] y otro, en que esto psíquico no está cerrado en lo mismo psicológico, es decir, no hay nada de psicología en Marx.

El más allá psicológico de Marx se explica por su intervención desde lo económico-social, desde su postura materialista histórica y dialéctica. En esta intervención se resalta el aspecto fundamental del ser, justo en el momento en que esta metapsicología no se cierra a los sentidos y no hace abstracciones deliberadas [12]. La metapsicología de Marx supera en creces a nuestra psicología en el momento en que dilucida el sistema que lo sostiene todo, incluyendo a la misma disciplina: el capitalismo. Una psicología que no tiene nada qué ofrecer (críticamente hablando) frente a este sistema que lo devora todo a su paso, es únicamente una psicología que atomiza la realidad. No hay crítica sin crítica al capitalismo, o mejor dicho, y parafraseando a Pavón-Cuéllar, no hay psicología crítica sin crítica al capital.

A su vez, puede decirse que la metapsicología de Marx es una crítica en el sentido foucaultiano, dado que escapa a eso psicológico que actualmente nos gobierna a los estudiantes, profesores, clínicos, etcétera, configurados por el sistema capitalista. Es un “escape de esas artes de gobierno”[13]. Es reflexionar en donde no se reflexiona ni un momento. Es no aceptar en donde se acepta todo: lo único que aceptamos es que hay un más allá que explicaría lo psíquico y a la psicología, el capital. Si existe incomodidad entre los psicólogos al darse cuenta de que hay algo que los sostiene, es justamente por eso mismo, porque los sostiene, y una vez en el lado metapsicológico-crítico, no podría haber tal sostén. Es como si esta metapsicología crítica desentrañara los más oscuros secretos que se ocultan en el velo de la psicología, en su espectáculo, en su fetichismo.

Decíamos entonces que hablar de metapsicología crítica es redundante. Lo es porque ambas palabras están fuera del alcance de la psicología. Ambas se oponen a ella de forma tajante. Es así que podemos decir que lo que conocemos como psicología crítica debería ser sin la ausencia de Marx (y de Freud, y quizá de Foucault). Cito la reflexión de donde surge la idea de este escrito:

“En Marx, lo psicológico se esfuma, se desvanece, desaparece. Y desaparece porque se desatiende, porque resulta secundario y parece incluso irrelevante. La psicología suele obviarse y sirve principalmente para ser atravesada [cual fantasía] y permitirnos acceder a la metapsicología[14] (Cursivas mías)

La psicología crítica, desde nuestra perspectiva y desde la de otros marxistas, es algo que desborda lo psicológico [15], es algo que no se deja psicologizar [16] ni gobernar por esas artes. Es una sospecha porque permite preguntarnos por qué algo no está ahí, por qué se encubre, por qué no se deja ver.

Comentarios finales: necesitamos la metapsicología marxiana

Las nuevas generaciones de estudiantes de psicología necesitan dar cuenta de que existe un más allá de las teorías y discursos pronunciados en sus aulas. Necesitan no dejarse cooptar en sus filas psicológicas. Esto por dos cosas: la primera es que ya existen muchos psicólogos mainstream, al servicio del poder, unos que no se dan cuenta que sirven al mismo y otros cínicos que lo siguen haciendo, pero por otro lado, y aquí está lo interesante, al ubicarnos en una metapsicología crítica estaríamos asumiendo un papel político a favor de quienes han sido marginados, a través de la psicología, por el capital, y una vez asumiendo esta postura política, nos apuntamos hacia otro mundo, no solo más allá de lo psicológico, sino, más allá del capital.

Ser metapsicólogos críticos, si se me permite hacer uso de esta denominación, es entonces apostar también por otra psicología, por otra forma de entender la constitución psíquica. Dice Pavón-Cuéllar, cerrando también su artículo: “Este ir más allá es principio fundamental de toda crítica radical en nuestra época”[17]. Es una postura crítica no titubeante ni ambivalente, entre el aquí psicológico y el más allá psicológico, es simplemente más allá de la psicología. Lo cierto es, que las nuevas generaciones de estudiantes de psicología, si deciden elegir este camino, deben saber que no serán bien recibidos en su psicología, en nuestra psicología: serán los anormales, los locos, los “rojos”, los “zurdos”, como peyorativamente se refieren muchos y como suelen proceder los reaccionarios en la psicología. Es un reto que pocas y pocos están dispuestos a asumir. Es más fácil escudarse en la cómoda premisa de que el cambio es utópico. Es justamente así porque no salen de su esfera psicologizada, una esfera que no les deja ver lo que es y la posibilidad misma.

Referencias

1 Louis Althusser, Psychoanalysis and the Human Sciences (1963-1964). (Estados Unidos: Columbia University: 2016)

2 David Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Teoría y Crítica de la Psicología 7, (2016): 139-149.

3 David Pavón-Cuéllar, “Michel Foucault, su inconfesado marxismo y su crítica de la psicología”, Athenea Digital 20, no. 1 (2020): 1-23, https://doi.org/10.5565/rev/athenea.2229

4 Michel Foucault, “¿Qué es la crítica? (1978)” en: ¿Qué es la crítica? seguido de la cultura de sí, (Buenos Aires: Siglo XXI, 2018), p. 47

5 Luis Pablo López-Ríos, “¿Por qué criticar a la psicología siendo estudiante?” Versus la Psicología, 2020, https://versuslapsicologia.mx/2020/11/01/por-que-criticar-a-la-psicologia-siendo-estudiante/

6 Foucault, “¿Qué es la crítica? (1978)”, Op. Cit. p. 52

7 Klaus Holzkamp, “Los conceptos básicos de la psicología crítica”, Teoría y Crítica de la Psicología 8, (2016): 293-302.

8 David Pavón-Cuéllar, Psicología crítica. Definición, antecedentes, historia y actualidad. (México: Itaca, 2019).

9 Ibíd., p. 12.

10 Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Op. Cit. pp. 140, 143

11 Ibíd. pp. 139-149.

12 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (1844) (Madrid: Alianza, 2013). pp. 183-184.

13 Foucault, “¿Qué es la crítica? (1978)”, Op. Cit. p. 49

14 Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Op. Cit. p. 143

15 Ibíd.

16 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes. Hacia una crítica psico-política (México: Paradiso Editores, 2019).

17 Pavón-Cuéllar, “Metapsicología del capital”, Op. Cit. p. 147.

La psicología no lo sabe, pero lo hace: del fetichismo de la mercancía al fetichismo de la psique

Es un hecho prácticamente indiscutible que Marx no solo dedicó una vasta crítica al modo de producción capitalista. No sólo nos enseñó quién es el que nos domina actualmente, sino que al mismo tiempo nos enseñó cómo nos domina. Esta dilucidación la podemos encontrar específicamente en dos textos que me parecen importantísimos: “El trabajo enajenado” en los Manuscritos de economía y filosofía y en “El fetichismo de la mercancía y su secreto” en el Libro I de El Capital. Ambos textos, bastante ricos en relación a lo que nos estructura como sujetos (además complejos a mi parecer; quizá de ahí que se diga en diferentes medios que los economistas burgueses y uno que otro marxista se hayan saltado esta parte), explican a detalle cómo es que, en las condiciones actuales, el capital domina sobre nosotros, nos hace suyos, o lo que es lo mismo, cómo nos deshumaniza para humanizar otras cosas.

En este sentido, en el presente escrito trataré de abordar una propuesta que estuve pensando mientras leía estos dos textos, y específicamente el segundo ya mencionado. Esta propuesta tiene que ver con el fenómeno de la psicologización y con este, obviamente, el aparato de la psicología y su respectivo papel subyugante en el capitalismo actual. Muy probablemente, esta propuesta, (que no es para nada nueva y que además puede estar bastante incompleta) esté tan psicologizada como la psicología y el capital mismo. No obstante, apelo a aquello que Pavón-Cuéllar, parafraséandolo, nos menciona[1]: ¿por qué no volver contra la psicología su misma fuerza psicologizadora? O la misma crítica que propone Jan De Vos: una crítica a la psicología y a la psicologización sería imposible sin estar en estas[2].

De este modo, pretendo retornar a Marx y al fetichismo de la mercancía, aunque sea de manera laxa (y quizá incompleta) para utilizarlo como punto de explicación del proceder de la psicología dominante, de esa psicología perpetradora de la clase dominante, del capital.

Fetichización: de lo mercantil a lo psicológico

La mercancía

El capitalismo, en palabras de Marx, es un gran cúmulo de mercancías[3]. Las mercancías poseen ante todo dos cualidades bien distintivas: el valor de uso y su valor de cambio[4]. Al menos esto es lo que se puede percibir inmediatamente en cualquier objeto-mercancía, sin embargo, como bien lo analizaría Marx, al ver a la mercancía más de cerca, vemos que este objeto cobra un carácter social. Estas mercancías, no son solo objetos así sin más, pura objetividad material; en cambio, toda mercancía es producto del trabajo humano, inversión de la fuerza de trabajo para producir dicho objeto (lo que a su vez indica el valor de la mercancía, determinado por la magnitud o cantidad de tiempo de trabajo), independientemente de las cualidades útiles que del trabajo resulten y que el mismo producto contenga. En este sentido, Marx explica que la mercancía esconde algo misterioso en ella, adquiere pues, una cualidad fantasmagórica que emana de sí misma. La mercancía, nos dice Marx, refleja al humano el carácter social del trabajo de este, sin embargo, este carácter aparece como si fuera de la misma mercancía, como si la cualidad social-humana fuese propia de esta forma, y por tanto, la relación social entre productores, aparezca ajena a esas cosas[5].

En este sentido, la mercancía aparece como una entidad independiente de quienes la producen, de ahí que Marx llame a este fenómeno el “fetichismo inherente a los productos del trabajo”[6]. Dado que la producción de mercancías es exclusiva del capitalismo, de la propiedad privada, los productores en su supuesta independencia y privacidad del trabajo “únicamente” se relacionan en el intercambio de dichos productos, lo que deja ver que lo único que se relaciona de manera social, son las mercancías y no los sujetos. Al respecto Marx menciona: “Ello hace que las relaciones sociales entre los trabajos privados aparezcan ante los productores como lo que son, es decir, no como relaciones directamente sociales entre personas en sus trabajos mismos, sino como relaciones de cosas entre personas y relaciones sociales entre cosas”[7].

En el capitalismo nada es humano, lo único humanizado es aquello que por su naturaleza no puede, per se, humanizarse sino a través de la práctica del ser humano, es decir, aquellos productos fetichizados, las mercancías. Pero el humano en el capitalismo ni siquiera es humano desde el momento en que se enajena él, su producto y su propia práctica al trabajar para otros; en pocas palabras, todo le es extraño[8]. Ya no se pertenece él mismo ni le pertenece lo que produce. Por el contrario, la mercancía (y lo que se oculta tras de esta) lo domina, lo hace suyo, lo somete, lo subyuga. Cobra ante él la fuerza con la que fue producida, la usa a su favor para someter a su productor; no únicamente constituye el camino que ha de seguir el trabajador en su producción, sino que ha de establecer el encuadramiento mental para que siga dominando a aquél. El trabajador se desvaloriza al mismo tiempo que se valoriza el mundo de las cosas[9].

Volviendo a lo anterior, por tanto, las relaciones sociales, lo humano y el trabajo mismo quedan siempre escondidos en la forma mercancía, siendo esta una entidad “independiente”, y a su vez, al estar estos elementos ocultos, los trabajadores no saben que precisamente están intercambiando trabajo humano; piensan que están intercambiando sus mercancías como meros valores emanados del mismo objeto por su carácter intercambiable. De ahí la maravillosa frase de Marx, que es mejor citar en su totalidad: “[…] Los hombres no relacionan unos con otros sus productos del trabajo como valores porque esas cosas valgan para ellos como las envolturas puramente materiales de un trabajo igualmente humano. Por el contrario. Equiparan entre sí sus distintos trabajos como trabajo humano al cambiar entre sí sus diferentes productos como valores. No lo saben, pero lo hacen[10]. La mercancía se convierte en un “jeroglífico social”[11].

La mercancía oculta pues, además del trabajo humano, la dominación del trabajador, oculta su explotación, la explotación del plusvalor. Hoy, por el movimiento histórico del mundo y el cambio de las fuerzas productivas, se llevan a cabo nuevas formas de dominación en el capital. La propuesta del “sentido común mercantil-capitalista” de Veraza[12] viene a colación respecto a estas nuevas formas de sometimiento. El propio Marx lo señalaba anticipadamente: “lo que distingue unas épocas económicas de otras no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace”[13], o lo que es lo mismo y complementando esta proposición, el capital y su perverso proceder no cambia, lo que cambia es su forma para hacer más efectivo este proceder.

La psique

La psicología, nos dice De Vos, hace posible la fetichización[14]. Nosotros agregaríamos que la fetichización en el capitalismo es lo que es gracias a la psicología, y precisamente es así en la medida en que lo que estudia la psicología, lo psíquico y todo “lo demás”, es a su vez, fetichizado en la sociedad actual. La psique se absolutiza en el capitalismo y en la psicología. Esto no es una idea nueva que se me haya ocurrido espontáneamente. Marx lo explica precisamente al hacer su análisis acerca del fetichismo de la mercancía y compararla esta última con el mundo religioso al decir que “los productos de la cabeza humana aparecen como figuras independientes y dotadas de vida propia”[15]. También Engels nos da un claro ejemplo cuando critica al idealismo imperante hoy en día, cuando este afirma que “el rápido progreso de la civilización fue atribuido exclusivamente a la cabeza, al desarrollo y actividad del cerebro”[16].

Eso que estudia la psicología, la psique (entendamos aquí este concepto desde la psicología) aparece como una entidad fantasmagórica, y al respecto de esto último, sabemos que lo consciente, lo yoico, lo que para la psicología es primero, hace posible la creación de fantasías para ocultar la realidad; la psicología no atravesará la fantasía, la reforzará y tampoco intentará combatir la mistificación en el fetichismo de la mercancía, por el contrario, sostiene dicha fetichización. Este ocultamiento de lo externo que reside en lo interno es propio de la psique de la psicología, y que además, tiene bastantes consecuencias que iremos abordando a continuación. La psicología necesita que su objeto esté fetichizado y que lo esté ella también para que todo lo demás no interese. Es lo que me atrevería a llamar el fetichismo de la psique.

Una de las primeras consecuencias de esta fetichización de la psique es que oculta el orden social constituyente de los sujetos, es decir, su lugar en el sistema. Lo anterior claramente hace referencia a la propuesta de Braunstein cuando este menciona que sólo el psicoanálisis en conjunto con el materialismo histórico haría posible la develación de este ocultamiento[17]. El sujeto no es lo que es por su propia voluntad, como también se piensa en el mundo de las mercancías; o sea, no se es rico porque así lo quiera el sujeto: si el humano es rico es porque existen unas condiciones reales de existencia que le preceden, existe, a su vez, un mundo simbólico que lo atraviesa y lo constituye para que pueda comportarse y hablar como rico.

El problema viene también cuando el sujeto quiere cuestionarse la psicologización de su ser y del mundo. El problema justamente es que todo ya parece natural desde que se nace. Todo es ya psicológico. De ahí entonces que al psicólogo le cueste trabajo aceptar que ese interior que estudia no es un interior absoluto, sino producto de las condiciones reales. Por otro lado, en un mundo en el que se nace y, paradójicamente, se le dice al recién nacido (aquí está lo paradójico para la psicología; lo que precede al “recién nacido” no lo toma en cuenta) que será “inteligente”, “enojón”, “cariñoso”, “noble”, no hay mucha capacidad de acción después. El sujeto nace ya como homo psychologicus, desde ese momento empieza la fetichización de lo psicológico, de la psique como motor del sujeto, desde este momento nos empiezan a psicoeducar[18], desde ese momento queda oculto quien nos dijo que seremos enojones, cariñosos o inteligentes con 2000 de C.I.

La psicología no sabe que cuando habla de psique, emociones, el “yo” y la cognición, está al mismo tiempo hablando del modo de producción, de su compadrazgo con el capitalismo, de las relaciones de explotación, del plusvalor explotado al trabajador, del lenguaje estructurante del ser humano. Al igual que los productores de mercancías, la psicología no lo sabe, pero lo hace. El mundo psicológico, al igual que el mundo religioso, lo que está en la cabeza aparece como independiente de la realidad, y a su vez, todo eso resulta ser un cúmulo de “jeroglíficos sociales”. Lo psíquico, al igual que la mercancía, no se pone en la frente lo que verdaderamente es. Al fetichizar la psique pareciera que únicamente nos relacionamos entre síntomas, trastornos, emociones y cogniciones. Se relaciona el yo de un empleado con el yo de su jefe; ya no existe relación entre obrero y trabajador, sino que esta relación aparece exclusivamente como relación social entre los elementos psicológicos al relacionar cada uno su sentir y pensar, y por tanto “se borra” el carácter social de lo que produjo su “interior”. En la psicología todos aparecemos como productores privados.

Por otro lado, el ser humano ya no es ser social en el momento en que se interpela a través de la psicología, no se pertenece, sino que su ser le pertenece ahora a la psicología y lo que esta oculta. Su enajenación radica en su psicologización. Su extrañamiento estribaría en el conocimiento exclusivo de lo psicológico. Lo corpóreo y las condiciones reales se reducen a lo psíquico. Cuanto más sujeto de la psicología es, tanto menos ser humano y social se vuelve. Cuanto más se mira al espejo el sujeto, más borrosa se convierte su imagen y menos se da cuenta de lo que está detrás de aquel.

Comentarios finales

¿Qué es el capitalismo sin su psicología? Es una pregunta que me persigue desde que comencé el blog. No quiero decir que la psicología sea la más importante aquí. Suficiente tiene con ser nombrada por todos en cualquier lugar. Lo que quiero decir es que existe una relación interdependiente entre el capitalismo y la psicología. El capitalismo facilita la existencia de la psicología, su razón de existencia. La psicología, por tanto, se encuentra en deuda con el vampiro. La tiene que saldar, tiene que regresarle el favor a toda costa. Con su efecto psicopolítico adquiere un lugar especial en la sociedad, la colocamos en un pedestal. ¿Por qué será que se adora tanto a la psicología y lo psicológico en las empresas, en los noticieros o en las mismas redes sociales?

Al igual que el economista burgués, el psicólogo con el mismo adjetivo tampoco se da cuenta del fetichismo, no solo de la mercancía (porque en sí, el psicólogo ignora el modo de producción), sino tampoco de la psique, del propio elemento que dice estudiar. El fetichismo de la psique, a su vez, es una cuarta razón por la que no se puede ser marxista en psicología[19].

Notas

1 David Pavón-Cuéllar, Psicología Crítica. Definición, Antecedentes, Historia y Actualidad (Ciudad de México: Itaca, 2019).

2 Jan De Vos, La psicologización y sus vicisitudes (México: Paradiso Editores, 2019).

3 Karl Marx, El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I. (México: Fondo de Cultura Económica, 2014). p. 41

4 Ibíd., p. 42

5 Ibíd., p. 73

6 Ibíd.

7 Ibíd.

8 Karl Marx, Manuscritos de Economía y Filosofía (Madrid: Alianza, 2013).

9 Ibíd., p. 134

10 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 74

11 Ibíd.

12 Jorge Veraza, Marx y la psicología social del sentido común. (Contribución a Una Teoría Marxista Del Sentido Común) (Ciudad de México: Itaca, 2018).

13 Marx, “El Capital. Crítica de La Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 164

14 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit. p. 195.

15 Marx, “El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo I. Libro I”. Op. Cit. p. 73

16 Friedrich Engels, “El Papel del Trabajo en la transformación del mono en hombre” En El Papel Del Trabajo En La Transformación Del Mono En Hombre. Manifiesto Del Partido Comunista. Ideología Alemana (Ciudad de México: Colofón, 2008), p. 176.

17 Néstor Braunstein, “Relaciones del psicoanálisis con las demás ciencias,” En Psicología: ideología y ciencia, ed. Néstor Braunstein et al. (México: Siglo XXI, 1975).

18 De Vos, “La psicologización y sus vicisitudes“. Op. Cit.

19 Luis Pablo López-Ríos, “¿Marxista en psicología? Imposible.,” Versus la Psicología, 2020, https://versuslapsicologia.mx/2020/11/12/marxista-en-psicologia-imposible/.